Revolución
9. Diez días de febrero
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9. Diez días de febrero
De la fuga de Pancho Villa se enteró Martín en el Hospital General, poco antes de que los médicos le permitieran volver a su habitación del hotel Gillow. Los periódicos, según cada posición política, contaban diferentes versiones del suceso; pero todos coincidían en que el antiguo guerrillero había escapado de la prisión de Santiago Tlatelolco con la complicidad de un funcionario local, y tras embarcar disfrazado en Manzanillo y desembarcar en Mazatlán se había refugiado en las montañas del norte, o había pasado al otro lado de la frontera estadounidense. Incluso aseguraban haberlo visto en San Diego, Tucson o El Paso.
En cuanto a Martín, tras algunas complicaciones —un jirón de tela incrustado por la bala produjo una infección que tardó en remitir—, la herida mejoró, limpia al fin, y empezaba a cicatrizar. Al cabo de una semana fuera del hospital pudo caminar prescindiendo de muletas e incluso de bastón. Fue por entonces, todavía convaleciente, cuando recibió en el espacio de pocos días tres visitas en el hotel. La primera fue de Emilio Ulúa, quien con su nula simpatía habitual se interesó apenas por la salud del ingeniero, criticó el incidente en que se había visto envuelto —sórdido, fue el adjetivo que utilizó—, dijo que había escrito al marqués de Santo Amaro criticando aquella conducta irresponsable, y manifestó que, en espera de instrucciones sobre su futuro, no era necesario que Martín se apresurase a volver a su puesto de trabajo. De momento —recalcó desabridamente—, la Minera Norteña seguiría haciéndose cargo de la factura del hotel y abonaría el salario del presente mes. Y a partir de ahí, ya irían viendo.
—A lo mejor, con algo de suerte —resumía esperanzado—, me ordenan que lo meta en un barco rumbo a España y me libro de su presencia para siempre.
—No diga eso, don Emilio —bromeó Martín—. Acabaría usted echándome de menos.
—Sí, claro… Después de su aventura en Juárez, es justo lo que la empresa necesita en estos tiempos: un pistolero.
La segunda visita fue del todo inesperada. A media tarde del último día de enero, un mozo del hotel subió una tarjeta a la habitación de Martín.
—El caballero lo espera en el Jockey Club dentro de treinta minutos.
Salió a la calle sombrero en mano, tras anudarse a toda prisa la corbata y ponerse una americana. Después de recorrer las cuatro cuadras que separaban el hotel de la fachada de azulejos, cruzó el amplio vestíbulo, y tras identificarse con el conserje subió al primer piso apoyándose —todavía le costaban los esfuerzos prolongados— en la barandilla de hierro y cobre. Antonio Laredo, padre de Yunuen, leía los diarios en la confortable butaca de un salón techado con antiguas vigas de cedro oscuro, junto a uno de los grandes vitrales multicolores cuya luz reflejaban los espejos venecianos de marco dorado en la pared opuesta.
—Le agradezco que venga. Sé que no está restablecido por completo, pero no creí conveniente que nos viésemos en su hotel. ¿Cómo se encuentra?
—Bien. Apenas alguna molestia al caminar. En unos días estaré como nuevo.
Se quitó Laredo unos lentes con montura de oro y los dejó con descuido en la mesa, sobre los periódicos. Tenía el rostro afeitado, patillas rubias y unos ojos claros semejantes a los de su hija.
—Tuvo suerte —dijo.
Sonreía Martín.
—Más habría tenido si el balazo se lo hubiese llevado otro.
—Eh, sí, por supuesto —Laredo lo observaba con curiosidad cortés—. ¿Ha vuelto a tener noticias de Chinto Córdova?
—Ninguna, desde que me llevó al hospital.
—Nosotros tuvimos carta suya hace unos días. Se encuentra bien, en Morelos. Combatiendo a esa chusma suriana.
Alzó una mano para reclamar la atención de un camarero, al que sin consultar con Martín pidió dos coñacs Martell. Después se recostó en la butaca.
—Quiero agradecerle que todavía no haya ido de visita a mi casa.
—Bueno, pensaba hacerlo —asintió Martín—. En cuanto acabara de reponerme.
—No es una buena idea.
—¿Perdón?
Laredo estaba muy serio. El tono de sus ojos, endurecido, parecía virar del azul al gris.
—De eso precisamente quiero hablarle. ¿Se ha comunicado con mi hija?
—Le escribí una carta desde el hospital. Pensaba…
Lo interrumpió el otro con ademán acostumbrado a mandar. La mano se interpuso breve, conminatoria.
—Ella no respondió a esa carta, ¿verdad?
—Cierto —admitió Martín—. No lo ha hecho. Supongo que la situación es algo incómoda.
—Supone bien. No es plato de gusto andar en boca de la gente, con un tiroteo de por medio. Ni para ella, ni para mí… Como sabe, somos familia conocida. Con una reputación que mantener.
Creyó el joven oportuno justificarse.
—Fue el capitán Córdova quien forzó la situación —dijo.
—Es posible —el otro sonreía indiferente—. Pero a Chinto lo conocemos desde niño. El caso de usted es distinto.
Llegaron las copas de coñac. Laredo tomó la suya en el hueco de la mano, comprobando la temperatura. Había nacido, dijo, en un pueblecito asturiano llamado Luerces, que ni siquiera estaba en los mapas. Salió de allí con catorce años, empujado por el hambre, y embarcó en Gijón. Al llegar a Veracruz pidió limosna, barrió calles y trabajó en oficios bajos.
—La suerte quiso favorecerme. Después de un tiempo empleado en una casa exportadora de maderas y cueros, monté mi propia empresa, arruiné a mi antiguo jefe y acabé comprándole el negocio.
Se llevaba la copa a los labios casi con cautela. Tras probar el coñac, pareció satisfecho. Martín no había tocado la suya.
—Soy un hombre conocido en México, respetado en el mundo financiero. Y Yunuen es mi única hija… ¿Comprende mi situación?
—Perfectamente.
—No voy a ofenderlo dudando de sus intenciones. Mi hermana Eulalia asegura que es usted un buen muchacho. Lo aprecia. Sin embargo…
—¿Sin embargo?
—Conozco a los hombres, señor Garret. Me he pasado la vida estudiándolos y negociando con ellos. Sé qué pie calza cada cual.
Agitó la copa, oliendo su aroma. Reflexivo.
—Usted tiene una profesión honorable —prosiguió tras un momento—. Me he informado bien… Lamentablemente, también tiene un pasado reciente. Y no me refiero al tiroteo de la calle Cuauhtemotzin.
Bebió otro sorbo y dejó la copa en la mesa.
—La posición de sus amigos del gobierno es delicada, ¿no cree?… Insostenible, incluso.
—No son mis amigos.
—Bueno, sean lo que sean, pasan por serlo. O usted de ellos.
Se abrió la puerta vidriera y entraron unos socios a los que Laredo saludó con un distraído movimiento de cabeza. Aunque fueron a sentarse al otro lado del salón, bajó la voz.
—Madero nos lleva a la catástrofe. Está rodeado de ambiciosos y carece de condiciones políticas y sentido de la realidad. Incluso de conciencia patriótica.
—Al menos es hombre de principios —objetó Martín.
—No sea ingenuo. Ni los principios son absolutos, ni los pueblos son tan ciegos para suicidarse por respaldar una doctrina que los lleva al desastre. Y que además puede provocar una intervención armada del vecino del norte.
Miró Laredo hacia la vidriera exterior como si lo que decía se confirmara en la calle.
—Me temo que se avecinan cambios en México —añadió, lúgubre—. Y ojalá no sean violentos.
Movía Martín la cabeza, sin encajar del todo lo que escuchaba.
—¿Quiere decir que ya no soy alguien recomendable?
—No lo es en absoluto, si me permite la franqueza. No estos días.
—¿Y qué opina Yunuen?
—Ella no tiene nada que opinar. Es mi hija, y eso basta.
Siguió una pausa embarazosa. Concediéndole tiempo, Laredo cogió su copa. Indicaba la de Martín, pero éste negó con la cabeza.
—Estoy seguro de que usted no quiere perjudicarla más.
—¿Más?
—Ya me entiende.
—Me temo que sí —sonreía el joven con amargura—. Que lo entiendo.
—Por eso creo que no debe volver a visitarla, de momento. Ni en mi casa ni fuera de ella. Se lo pido como padre.
—No se ofenda, señor Laredo, pero también quisiera oírlo de la propia Yunuen.
—Me hago cargo, pero queda fuera de lugar. Es una muchacha obediente, hemos hablado y hará lo que yo le diga.
—¿Sabe ella de esta conversación?
—Que sepa o no sepa es lo de menos. He venido a pedirle a usted, como español y caballero, que no emprenda ninguna locura. La honra de una chiquilla es como el cristal, ya sabe.
—Nunca se me ocurriría…
—De todas formas, déjeme prevenirlo —interrumpió Laredo—. Socialmente no se encuentra usted en buena posición. El relato oficial de los hechos es que, ante su insistencia respecto a Yunuen, el capitán Córdova, como viejo amigo de la familia, decidió intervenir. De ahí el tiroteo y lo demás.
—Vaya… No me deja muy bien parado.
—Lo sé, pero apelo a su hombría de bien. Es la mejor forma de que Yunuen se mantenga fuera de tan lamentable situación.
Siguió uno de esos silencios en los que todo parece dicho. Y realmente, consideró Martín, así era. Se puso en pie. Desde su butaca, el otro alargó una mano para estrechar la suya, pero el joven decidió ignorarla. Iba a marcharse cuando se detuvo un momento.
—Acláreme una duda —dijo con frialdad—. Si el gobierno del presidente Madero fuese estable y yo tuviera con él esas buenas relaciones que me atribuyen, ¿habríamos mantenido esta conversación?
Lo contemplaba Laredo desde el sillón, ceñudo. Incómodo. Al fin cogió los lentes y abrió un periódico.
—Soy un hombre de negocios, señor Garret. Y usted es un joven inteligente.
La tercera visita de aquellos días fue de Diana Palmer, que había regresado a la ciudad. Alojada como de costumbre en el Gillow, una breve nota suya, llevada por un mozo del hotel, informó a Martín de la llegada: Me aseo un poco y hablamos, concluía, escueta. Y media hora más tarde, la norteamericana llamaba a la puerta de la habitación.
—¿Conserva usted sus contactos con el Palacio Nacional? —quiso saber ávida, casi a bocajarro.
Aunque se había lavado y cepillado el cabello y vestía una blusa limpia sobre larga falda gris, la ausencia de maquillaje delataba fatiga y adelgazaba más su rostro. Se veía cansada, y con motivo: acababa de llegar en tren desde Veracruz, procedente de La Habana, sin descanso y con muchas prisas. Se lo habían pedido por cable urgente desde el New York Evening Journal.
La desalentó Martín. Raúl Madero, el hermano del presidente, seguía con las tropas del norte y él apenas tenía acceso a algunos funcionarios de su departamento y de la secretaría de Industria. Nada de alto nivel.
—Y con el otro hermano, Gustavo, ¿tiene trato?
—Ninguno.
Dio ella unos pasos hacia la puerta vidriera abierta a la terraza, mirando distraída los enseres del joven: el Elementos de Laboreo de Minas de Moncada Ferro abierto boca abajo sobre la cama, la Anábasis y otros libros alineados en el escritorio y los objetos personales sobre el mármol de la cómoda: estuche de cuero con utensilios de afeitar, reloj con leontina, cepillo de ropa, pluma estilográfica, cortaplumas con cachas de marfil, un pequeño retrato de sus padres enmarcado en plata, el revólver Orbea y una cajita con veinte cartuchos de calibre 38.
—Van a ocurrir cosas —dijo, críptica.
—¿Qué cosas?
Jugueteaba ella con el revólver. Lo dejó otra vez sobre la cómoda.
—No se haga el tonto. Cosas.
Lo resumió tras un momento y en pocas palabras, asomada a la terraza, mirando hacia fuera cual si lo que contaba pudiera abarcarse desde allí: el deterioro de la situación política, el descontento de viejos porfiristas, empresarios y terratenientes, los revolucionarios decepcionados y el ejército descontento por la blandura con que Madero encaraba, o evitaba encarar, los principales problemas del país.
—Poco hay de nuevo en eso —estimó Martín, que se había situado junto a ella.
De la calle subía rumor de gente y caballerías. Más allá de los antiguos edificios coloniales, sobre las torres de la catedral, el cielo era azul con vetas de cobre: uno de los muchos increíbles celajes mexicanos.
—Sí hay algo nuevo: los rumores de golpe —afirmó Diana—. De pronunciamiento, como dicen ustedes los españoles. Por eso el Evening me ha enviado aquí.
Aquello le pareció excesivo a Martín.
—Qué disparate. Nada hay que parezca indicar…
—Oiga —se había vuelto hacia él, brusca, interrumpiéndolo—. Mi periódico tiene excelentes contactos en Washington.
En los iris canela fulgían reflejos de arrogancia. Alzó un brazo y señaló la calle, la ciudad.
—En cuanto bajé del tren, con la maleta en la mano y antes de venir al hotel, me pasé por la embajada estadounidense… Fue lo primero que hice.
Martín atendía paciente, con curiosidad.
—¿Y?
—Henry Lane Wilson no quiso recibirme.
—Estaría ocupado. Son tiempos revueltos.
Negó ella, muy seria.
—Yo hago otra lectura… Sabe muy bien quién soy y quién me envía. No le caigo simpática desde mi entrevista a Pancho Villa: ha dicho atrocidades sobre mí y protestado a los periódicos que me emplean. Mis crónicas, dice, son demasiado favorables a Madero. Aun así, nunca se negó a recibirme antes. Está claro que no desea comprometerse.
Seguía desconcertado Martín.
—¿Y por qué me lo cuenta?
—Quizá porque confío en usted… O más bien, confiaba en su acceso fácil al entorno del presidente.
—Eso es un mito. Además, ya le he dicho…
—Sí, lo ha dicho.
Se quedó callada un momento.
—¿Sabe que Pancho Villa está en El Paso, Texas?
—Hay rumores —repuso Martín.
—Son más que rumores. Realmente está allí.
—¿Y piensa volver a México?
—No lo sé.
—Es un devoto del presidente Madero.
Movía ella la cabeza, dubitativa.
—Ignoro si lo seguirá siendo.
Cuando regresaron dentro, Diana volvió a mirar los objetos que había en la habitación.
—No tendrá un cigarro, ¿verdad?
—Lo siento. Sigo sin fumar.
Se detuvo la norteamericana ante el espejo del armario, acercando el rostro. Una mirada seca y crítica mientras exploraba su propia imagen.
—¿Qué se dice del general Huerta estos días?
—Lo consideran un firme apoyo del presidente, que confía ciegamente en él.
Seguía ella mirándose mientras se tocaba los pómulos bajo los ojos fatigados.
—Entre copita y copita, como el propio Huerta dice.
—Borracho o sobrio, su influencia es decisiva. Y se asegura que es un verdadero patriota.
—No sé… En todo caso, vienen días interesantes —ahora observaba a Martín a través del espejo—. ¿Se quedará usted aquí, o viaja al norte?
—Aún me quedaré un poco más.
Se había vuelto hacia él y seguía estudiándolo, reflexiva.
—Lo veo bien —dijo—. Tal vez más delgado que la última vez.
—Es posible.
—Cojea un poco, ¿no?
—Apenas.
—¿Algún accidente?
—Nada serio.
La vio entreabrir los labios cual si fuese a decir algo más, pero permaneció callada, con una leve sonrisa que se desvaneció despacio. Al fin hizo un ademán evasivo.
—Debo empezar a moverme —suspiró—. Insistiré con el embajador y recurriré a la gente que conozco… Si en algún momento se le ocurre cómo echarme una mano, le estaré agradecida.
Cruzaba los brazos como si de repente tuviera frío. Martín se acercó a la terraza para cerrar la puerta vidriera.
—Hay algo en el ambiente que no me gusta —dijo Diana—. La urgencia de mi periódico, la actitud de Henry Lane Wilson… Le aseguro que ese hombre es un verdadero hijo de mala madre. Sé que paga grandes sumas a Rábago, director de El Mañana, para que no cese en su campaña de prensa contra el presidente.
—No es el único. Casi todos los periódicos coinciden ahora.
—Demasiada unanimidad, ¿no cree?… No me sorprendería que la embajada prepare algo sucio. Mi problema, como periodista, es que no puedo informar sobre eso antes de que ocurra.
—¿Qué se propone hacer?
Sonrió sin humor.
—Hablar con cuantos pueda y estar preparada.
—¿Intervendrían los Estados Unidos?
—No lo sé. Todo es posible en estos tiempos. Y de nuestro presidente puede esperarse todo.
Se dirigió a la puerta. En un par de días, añadió, le tomaría el pulso a aquello. Para entonces, si a Martín le iba bien podrían verse otra vez e intercambiar información. Quizá dar un paseo en coche por Coyoacán, o cenar algo muy francés en Sylvain.
—Cuando guste —asintió el joven.
—Es usted un encanto… Supongo que las señoritas se lo andarán rifando.
Se echó a reír Martín.
—Supone en exceso.
—No creo.
Ella todavía se detuvo un momento.
—Tenga cuidado —aconsejó, grave—. Mi embajador es un mal bicho, y puede ocurrir cualquier cosa. Si la situación se precipita, todo el que parezca relacionado con el actual gobierno puede tener problemas. Eso lo incluye a usted… Y puede que a mí.
Iba la norteamericana a salir al pasillo. Martín mantenía la puerta abierta para despedirla cuando el piso se movió bajo sus pies como si se desplazase hacia un lado. Sonó un rumor lejano y sordo: un gemido ronco que parecía venir de las raíces del mundo, mientras un estremecimiento conmovía el edificio, hacía oscilar la lámpara colgada sobre la cama y una delgada grieta se abría en la pared, rápida y zigzagueante como un relámpago. Aquello duró sólo un instante, apenas cuatro o cinco segundos, antes de que todo quedase de nuevo como antes, idéntico y quieto a excepción de la pequeña hendidura y la lámpara que aún siguió oscilando un poco más.
—Menudo susto —dijo Diana cuando todo terminó.
—Es la tercera vez en dos semanas —repuso él.
Se miraban fijamente a los ojos, inmóviles uno frente al otro. Ninguno se había movido ni despegado los labios durante el temblor de tierra. Ella sólo había empalidecido, y Martín supuso que él mismo también.
—Es usted un joven tranquilo —comentó Diana tras un momento.
Movió él la cabeza con una sonrisa resignada. Fatalista.
—Geometría —dijo.
La vio parpadear, confusa.
—No comprendo.
Martín se encogió de hombros. Diana estaba asombrada.
—¿Es lo que tiene en la cabeza?… ¿Después de un terremoto?
Sonrió él casi con dulzura, sin responder. No sabía qué más decir, o cómo explicar en voz alta lo que tan evidente le parecía. La norteamericana, observó, lo miraba ahora de un modo distinto, muy serio e intenso. Nunca antes lo había mirado así, cual si su habitual aplomo de mujer libre, segura y viajada titubeara un instante.
—Dios mío —la oyó murmurar—. Me equivoqué con usted… No es tranquilo, sino peligroso.
Se despertó tarde, pues había dormido mal. Aún le dolía un poco la herida del costado, que por otra parte seguía cicatrizando bien. Duermevela de sueños extraños, encadenados, en los que se veía transitar por una ciudad desconocida, recorriendo calles vacías bajo una luz indecisa, incierta entre amanecer y anochecer, que mostraba en el suelo huellas de un reciente carnaval: serpentinas pisoteadas, confeti, botellas y máscaras tiradas por el suelo, pero ni un alma a la vista. Se había perdido y no encontraba el camino, ni a quien preguntar. A cada momento sacaba el reloj del bolsillo para comprobar la hora, sintiendo que todo corría en su contra; que se retrasaba en emprender un viaje cuyo destino ignoraba. Y así, desorientado, inquieto, buscaba el hotel donde había dejado el equipaje, calculando con angustia el tiempo que le quedaba para llegar a una estación de carruajes o de ferrocarril, o tal vez a un puerto invisible en el que sonaban sirenas de barcos a punto de zarpar.
Lo despertó al fin, del todo, un clamor de gente. Poniéndose el batín sobre el pijama salió a la terraza y se asomó a la calle. Por 5 de Mayo, en dirección al Zócalo, una multitud en la que había mujeres y niños acompañaba a una fuerza militar. Los soldados, vestidos de caqui y armados con fusiles, avanzaban en formación, precedidos por oficiales montados a caballo. Había algo en la escena que la alejaba de un desfile convencional: nada de cornetas o tambores. Los soldados iban equipados para el combate; y los que abrían la marcha, junto a los jefes, llevaban los fusiles prevenidos y caminaban alerta.
Quizás esté ocurriendo, pensó Martín con un escalofrío.
Quizás esté ocurriendo ya.
Se lavó en la jofaina, se vistió correctamente y se dispuso a salir. Por un momento dudó ante el revólver, indeciso entre echárselo o no al bolsillo, pero se impuso la prudencia: ir armado en una revuelta callejera, expuesto a verse cacheado y detenido en cualquier control militar, no era aconsejable.
Más vale un por si acaso que un quién lo hubiera dicho, recordó.
Eso acostumbraba a decir Genovevo Garza.
Así que se limitó a meter unos billetes en la cartera y algunas monedas de plata en el chaleco. Después cogió el sombrero y bajó por la escalera. Había gente agrupada en el vestíbulo y la puerta, mirando hacia las esquinas de 5 de Mayo y la Profesa: personal del servicio y huéspedes del hotel, hombres inquietos y mujeres asustadas. Algunos vecinos se asomaban a las ventanas y balcones o habían bajado a la calle.
—¿Qué ocurre? —preguntó Martín al portero.
—Hay tropas ante el Palacio Nacional, señor Garret… Y se han oído disparos cerca de la prisión militar de Santiago.
—Es algo serio, entonces.
—Eso parece.
Caminó hasta la esquina. La tropa a la que había visto recorrer 5 de Mayo ya se encontraba en el Zócalo. Pasó un grupo de pilluelos descalzos corriendo con alboroto hacia la plaza. No circulaban tranvías, carruajes ni automóviles. Un lechero, que había detenido la carretela en mitad de la calle y estaba siendo interrogado por los vecinos, aseguró haber visto cañones de artillería en algunos cruces. También soldados pecho a tierra, con ametralladoras y fusiles listos para disparar, delante del Palacio Nacional.
—Bulle tropa por el rumbo de la Ciudadela —comentaba alguien.
—Pero ¿quién va contra quién?
—Eso nadie lo sabe.
—Huele a cuartelazo de lejos.
—Y de cerca… Para mí que ya se cayó el arbolito donde dormía el pavo real.
Se dirigió Martín a la plaza. En la zona de Plateros estaban cerradas las tiendas grandes por ser domingo, pero había mucha gente civil agrupada en la esquina y en el lado oeste del Zócalo, entre el kiosco de los tranvías eléctricos y el portal de Mercaderes. Dos o tres centenares de personas, en los que se mezclaban repartidores de diarios, vendedores callejeros, limpiabotas y hombres y mujeres del pueblo bajo, miraban, discutían, jaleaban a los militares o los increpaban. Todo era confuso, y en los campanarios de la catedral asomaban fusiles.
—¡Viva el presidente Madero! —voceaban unos.
—¡Viva el general Reyes! —aclamaban otros.
A Martín le pareció ver al general Bernardo Reyes con un grupo de militares que discutían entre ellos, y eso lo sorprendió. Le era conocido por las fotografías de prensa, y pensaba que el general seguía en prisión desde su intentona de sublevación. Que ahora anduviese libre, con soldados a los que parecía mandar, era insólito.
—¿Aquél es Reyes? —preguntó a un tranviario que observaba la escena con un cigarrillo en la boca y los pulgares en las sisas del chaleco.
—Me late que sí —fue la respuesta.
—¿Y qué hace aquí?
—Ay, pues… Eso, ni modo.
Observó entonces Martín que la fuerza militar desplegada en la extensa plaza no obedecía a un mando único. Más allá del kiosco de tranvías y los árboles del centro había un cinturón de soldados tumbados en el suelo en línea de tiradores, protegiendo el Palacio Nacional. Éstos apuntaban sus armas hacia los recién llegados, que seguían haciéndolo por 5 de Mayo, San Francisco y Seminario, desplegándose a su vez. Había dos bandos, por tanto, y eso no pintaba bien. Decidió mantenerse cerca del portal de Mercaderes, que ofrecía resguardo, y se dirigió hacia allí.
Fue en ese momento cuando a su espalda sonó una descarga y empezaron los disparos.
El Zócalo era una ratonera: una trampa mortal para la muchedumbre agrupada en su curiosidad, que entre gritos de pánico corría ahora buscando refugio. Resonaba la fusilería y también un estrépito seco, entrecortado, en el que Martín reconoció el tiro esporádico de una ametralladora Hotchkiss. Zumbaban las balas como látigos de metal que azotaran el aire. Rebasando a la fuerza atacante que disparaba contra el Palacio Nacional, el fuego de los defensores cruzaba la plaza arrancando cortezas y hojas a los árboles e iba a impactar en los edificios del lado occidental, haciendo caer abatidos, de camino, a hombres, mujeres y niños.
Asesinos, gritaba la gente. Criminales, asesinos.
Continuaba el tiroteo. Puesto a resguardo en el soportal de Mercaderes, intentando comprender lo que ocurría, alcanzó Martín a ver deshecho el grupo en el que había creído reconocer al general Reyes. Había cuerpos inmóviles entre los soldados que disparaban y piques de polvo, fusilería intensa que daba en los muros del palacio y las torres de la catedral. No era sitio para quedarse a mirar, decidió. Le hormigueaban las ingles aguardando el golpe de cualquier balazo: había visto más de lo que esperaba, o debía. Tampoco era como la primera vez en Ciudad Juárez; ahora conocía los riesgos y sabía moverse. Así que, agachada la cabeza, corriendo de columna a columna bajo el porche, procuró irse de allí. Por todas partes había civiles ensangrentados, unos muertos y otros que imploraban auxilio o se arrastraban dejando regueros de un rojo intenso que brillaba al sol. Caído entre los varales de un carro, un caballo relinchaba su agonía coceando en el aire. Y junto a un cochecito de niño, tan alejado que nadie se atrevía a comprobar lo que había dentro, una mujer estaba inmóvil, tendida boca arriba en el suelo. Consideró Martín la posibilidad de llegar hasta el cochecito y ponerlo a resguardo, pero sólo fue ese momento. Un hombre joven que también se protegía en los soportales lo decidió antes que él: salió al descubierto y cayó muerto a los pocos pasos.
Asesinos, asesinos, seguía oyéndose entre el estampido de los disparos.
Retrocedió Martín dispuesto a escabullirse hacia San Francisco. Había soldados guarecidos en los soportales y pegados a las casas, que acerrojaban los Máuser y disparaban hacia el Palacio Nacional. Saltaban en el aire los relucientes casquillos vacíos, tintineando al caer, y chiquillos desharrapados que andaban cerca corrían a cogerlos, disputándoselos. Una bala perdida tumbó a uno de doce o trece años, de los llamados papeleros, que aún llevaba sus diarios para vender bajo el brazo, cuando cruzaba la calle para apoderarse de unos casquillos; saltó en el aire como un conejo alcanzado y se quedó inmóvil, desangrándose sobre los periódicos desparramados en el pavimento.
—Pinches escuincles —oyó decir Martín a un soldado—. No pueden estarse quietos.
Siguió alejándose mientras procuraba mantenerse pegado a las fachadas. Tras doblar la esquina vio la calle de San Francisco desierta en toda su extensión hasta la avenida Juárez. Los puestecitos de vendedores dominicales estaban abandonados y caídos por tierra. Por una bocacalle pasó a toda velocidad un automóvil que hacía sonar una sirena y ondeaba una bandera de la Cruz Blanca. En balcones y ventanas, los vecinos más prudentes colgaban sábanas blancas, y en casas donde vivían extranjeros aparecían banderas de varias naciones.
Viniendo de la Profesa, un sacerdote joven con sotana y estola al cuello preguntó a Martín si era posible llegar al Zócalo.
—Me necesitan allí —dijo.
Llevaba en las manos un estuche de santos óleos. Su cara estaba blanca como el papel y le temblaba la voz. Se lo desaconsejó Martín.
—Las balas no distinguen, padre.
—¿Hay muertos y heridos?
—Sí, muchos.
Dudó el sacerdote, angustiado, debatiéndose entre la aprensión y su ministerio. Al fin se persignó y echó a andar apresurado hacia el Zócalo. Martín lo miró alejarse durante un momento. Siempre hay alguien, pensó, que va más allá. Después siguió adelante y llegó al Gillow.
Fueron una tarde, una noche y un amanecer de rumores e incertidumbre. Hasta el hotel llegaban noticias de toda clase, a menudo contradictorias. En todo caso, imposibles de verificar. Martín permaneció la mayor parte del tiempo en su habitación, asomado a la terraza, observando la ciudad en apariencia desierta. Sonaban descargas de fusilería en varios puntos, e incluso cañonazos lejanos. Deambular por las calles era peligroso, y había un cadáver en el cruce más cercano —un mendigo alcanzado por una bala perdida— que nadie retiró hasta el alba.
Bajaba a ratos el joven al vestíbulo y al bar, donde los huéspedes hacían corrillos. Se decía que la central de teléfonos estaba colapsada y que las comunicaciones eran difíciles, sin servicio de correos ni telégrafos. Por fortuna, en el Gillow había abastecimiento suficiente: el servicio era razonable y el restaurante seguía abierto. El lunes por la mañana, a la hora del desayuno, unos audaces reporters que habían pasado la noche recorriendo el Zócalo y otros lugares de la ciudad trajeron noticias concretas. Los generales Díaz, Reyes y Ruiz se habían sublevado contra el gobierno: Reyes murió ante el Palacio Nacional, Ruiz había sido fusilado y Díaz se atrincheraba con su tropa en la Ciudadela. También ardía la cárcel militar de Santiago, donde habían muerto docenas de presos amotinados. Las víctimas en la ciudad se contaban por centenares y los hospitales estaban llenos: los médicos no daban abasto desbridando heridas, anudando arterias, lavando y extirpando. El suelo de los pasillos se veía lleno de sangre.
—Es como hace cuatro años en Barcelona —comentó uno de los periodistas al saber que Martín era español—. O en el golpe republicano de Lisboa… Pero con muchas más víctimas.
—¿Tan grave es?
—Una matanza. Se habla ya de cuatrocientos muertos.
—¿Y el presidente? —preguntó alguien.
—Madero estaba en Chapultepec cuando empezó todo. Entró en el Palacio Nacional con una escolta de militares y civiles que le son partidarios. Parece que tiene medio controlada la situación.
—¿Qué hay del general Huerta?
—Se mantiene adicto al gobierno. Y también el general Felipe Ángeles trae refuerzos desde Cuernavaca… Según cuentan, lo importante ahora es desalojar a los rebeldes que resisten en la Ciudadela. Llevan allí artillería, para batirlos.
A media mañana, tras pensarlo mucho, Martín decidió arriesgarse. Hacía horas que no sonaban disparos. Salió a la calle y, prudente, se asomó a la esquina. El cadáver del mendigo ya no estaba allí: sólo una mancha de sangre coagulada en el suelo salpicado de desperdicios, papeles arrugados y casquillos de bala. A uno y otro lado de la avenida 5 de Mayo todo estaba silencioso y desierto: nada hacia el Zócalo ni hacia la Alameda. Procurando caminar por la banqueta, lo más pegado posible a las fachadas de los edificios, Martín fue en esa última dirección. Su sombra aparecía y se desvanecía bajo sus pies, según la luz. Cada vez que una nube ocultaba el sol, la mañana se volvía apagada y sucia, acrecentando el aspecto fantasmal de la ciudad en estado de sitio. No circulaban tranvías. Las tiendas, incluso las de comestibles, tenían los cierres echados, y en ventanas y balcones seguían colgadas sábanas blancas y alguna bandera.
Ante la legación de España, bajo los colores rojo y gualda que pendían de un mástil situado en el balcón, había dos automóviles y un piquete de soldados de rostros cobrizos y uniformes azules y caquis. Se identificó Martín y le permitieron la entrada. Conocía el edificio y al secretario de embajada Paco Tojeira. Subió hasta el pasillo del primer piso, ocupado por una veintena de españoles en demanda de amparo: discutían nerviosos, cargando el ambiente de conversación y humo de cigarrillos mientras interpelaban impacientes a los empleados que entraban y salían por las puertas de cristal esmerilado.
—Ay, Dios, Martín… Eres el que faltaba.
—¿Tienes cinco minutos?
Ponía aparte el diplomático algunos de los papeles que se amontonaban junto a un tintero, un soporte de palilleros y plumas y una máquina Underwood.
—Tengo sólo uno. Pero durante ese minuto soy todo tuyo.
—Un mal día, ¿verdad?
Abarcó el otro la mesa, suspirando, y extendió el ademán desolado hacia la puerta y el pasillo.
—Pésimo.
Se estrecharon la mano; Paco Tojeira tenía los dedos manchados de tinta. La barbita rubia y los lentes le daban un aire perspicaz, simpático. Después de conocerse tiempo atrás en la tertulia de las Laredo, los dos se habían visto de vez en cuando en el café Colón y la cantina de la Ópera. Se caían bien.
—Confío en que no vengas a pedir ayuda, protección o salir de aquí. Tendrías que ponerte a la cola.
—Nada de eso —lo tranquilizó Martín, sentándose—. Sólo quiero averiguar cómo andan las cosas.
Se pasó el otro una mano por la calva bronceada.
—Raras… Muchísimos muertos, pero no me refiero a eso. Raras políticamente hablando. Excepto en la Ciudadela, Madero parece dueño de la situación, pero…
—¿Pero?
—Pues eso: pero.
Se le había ensombrecido la expresión. Miró los papeles y alzó evasivo las manos.
—Los militares también están raros —añadió—. Ni sí, ni no. Más gallegos que mi abuela.
—¿Y qué dice Cólogan?
Al oír nombrar al embajador, Tojeira se encogió de hombros.
—Mi jefe ha recibido instrucciones de Madrid para mediar entre tirios y troyanos… Esta mañana temprano ha visto al presidente, y ahora está a punto de ir a la Ciudadela para entrevistarse con los sublevados.
—¿No ha condenado el golpe? —se sorprendió Martín.
—No, todavía. Y en eso coincide con su colega yanqui y los otros. Es como si todo el mundo esperase con cautela a ver quién se lleva el gato al agua.
Se echó atrás en el asiento, sacó un pañuelo y empezó a limpiar los lentes mirando al visitante en silencio. Dudaba sobre decir algo más, y al fin pareció animarse.
—Debes tener cuidado, chico.
—¿Con qué?
—Se dice que los sublevados tenían, o tienen, listas de gente afecta a Madero para hacer con ellos una limpieza.
—¿Y?
Siguió otro silencio. Se miraban mientras Martín digería aquello.
—No me fastidies —dijo—. ¿Qué pinto yo en una lista?
—Te atribuyen ciertos antecedentes.
Sonrió el joven, amargo.
—De los que alguna empresa hispanomexicana se ha beneficiado, como te consta.
Asintió Tojeira.
—Ya, pero sabes lo que son estas cosas, ¿no?… Cómo las gastan aquí. De verme en tu lugar, procuraría pasar inadvertido.
Martín intentaba no dejarse desconcertar por el vacío que se le había hecho en el estómago.
—¿Cólogan está al corriente?
—Es él quien me lo ha dicho. En realidad no deberías asomar mucho estos días. Hasta que escampe.
—¿Podría verlo?
—¿Al embajador?
—Sí.
Tras una corta vacilación, Tojeira sacó el reloj y miró la hora.
—Está a punto de salir para la Ciudadela con nuestro cónsul y un militar mexicano. En cinco minutos se va. Quizá hayas visto su escolta en la puerta.
Mientras guardaba el reloj dirigió a Martín una sonrisa de compromiso, poco animosa.
—Sal al pasillo y prueba a hacerte el encontradizo —sugirió—. Te conoce, e igual dice algo.
—¿Me acompañas?
Al diplomático se le petrificó la sonrisa.
—Ni hablar.
Se puso Martín en pie con un suspiro desalentado. Volviendo a sus papeles, Tojeira se daba con el índice unos golpecitos en la nariz.
—Ten mucho ojo, ¿eh?… Me huelo que esto no ha terminado.
Se encontró con Bernardo Cólogan apenas salió del despacho. Acompañado por varias personas que lo mantenían lejos de quienes lo importunaban, el responsable de la legación española iba camino de la escalera y de la calle. Se interpuso el joven en el rellano, sombrero en mano.
—Señor embajador, soy Martín Garret, ingeniero de la Minera Norteña. Tal vez me recuerde usted.
Se detuvo Cólogan, ignorando la mano que el joven le tendía. Alto, canoso, elegante.
—No es buen momento —repuso con frialdad.
Insistió Martín.
—Sólo quiero saber si es cierto un rumor.
—¿Qué rumor?
—¿Hay algún español entre los amenazados por los militares rebeldes?
Lo miró el otro de arriba abajo, impenetrable.
—Qué disparate —dijo.
Después se desentendió de Martín. Y mientras el grupo bajaba por la escalera, el joven advirtió que uno de los acompañantes, vestido de paisano pero con porte inequívoco de militar mexicano —de coronel para arriba, sin duda—, alzaba el rostro para dirigirle una mirada siniestra.
Aún más siniestro fue el modo en que lo recibió Emilio Ulúa cuando fue a verlo a las oficinas de la Minera Norteña en la avenida Juárez.
—¿Qué hace aquí, Garret?
Le sorprendió al joven el tono: seco y malhumorado. El mexicano estaba tras su mesa, en mangas de camisa, desabotonado el chaleco y con un habano entre los dientes. De vez en cuando miraba de reojo la ventana del despacho que daba a la Alameda, cual si desde allí pudieran acechar testigos molestos. De camino, antes de llegar, Martín había visto militares acampados bajo los árboles del parque.
—Es mi lugar de trabajo, don Emilio.
—Pues es de los pocos que se han presentado.
No sonaba a elogio, sino a todo lo contrario. Se puso en pie Ulúa, dirigiéndose a la ventana.
—¿Qué ha visto de camino hasta aquí?
—Se oye algún tiro suelto, pero las calles parecen tranquilas. Casi ningún comercio está abierto y hay soldados por todas partes. Dicen que el presidente controla la situación.
—De eso no estoy tan seguro.
Miraba afuera el mexicano, las manos en los bolsillos y el cigarro en la boca. Al cabo movió los hombros como si le molestase un peso en ellos.
—Voy a darle un consejo —añadió, grave—. Manténgase poco visible y no salga hasta que todo se aclare.
Protestó Martín, perplejo.
—Pero mis obligaciones…
—Sus obligaciones consisten en no complicarnos la vida a la Norteña ni a mí.
Por fin Ulúa se había vuelto a mirarlo.
—¿Necesita dinero?
—No creo —se sorprendió el joven—. Hace unos días saqué del banco lo suficiente.
—¿Billetes?
—Algo, sí. También pesos de plata.
—Prudente medida.
—¿Por qué me dice eso?
No respondió el otro. Siguió un silencio en el que se oyeron algunos disparos aislados, lejanos. Ulúa miró hacia fuera de nuevo y tocó el cristal de la ventana como si comprobara su solidez.
—Parece que suenan por la parte de la Ciudadela —dijo.
Todavía se quedó mirando la calle un poco más. Al fin se volvió, el cigarro humeante entre los dedos.
—Quítese de en medio, Garret.
—¿Perdón?
—No vuelva por aquí, de momento. Si Madero controla la situación y todo retorna a la normalidad, nada debe preocuparlo. Pero si las cosas se tuercen demasiado…
Era evidente que daba vueltas a algo que no terminaba de expresar. Martín se inquietó aún más.
—¿Qué sabe que yo no sepa?
Lo miraba el mexicano como si todo fuera obvio.
—¿Sobre usted?
—Pues claro.
Aún titubeó Ulúa. Dio una chupada, dejó salir lentamente el humo y se quedó mirando la ceniza del cigarro.
—Hace pocos días, alguien, un amigo, me hizo preguntas.
—¿Quién?
—Eso es lo de menos. Digamos que alguien bien situado, que podía hacerlas.
Sintió Martín un desagradable escalofrío. Se le había secado la boca.
—¿Militar o civil?
—Tampoco importa. El caso es que se interesó por su relación con los hermanos Madero, su actuación en Ciudad Juárez… Lo de menos fueron las respuestas que le di, porque lo inquietante eran las preguntas. ¿Me entiende?
—No del todo.
—Pues debería. En cualquier caso, tiene mi palabra de que no hablé mal de usted. Una cosa es que no me caiga simpático y otra es que lo señale de mala fe… Espero que me crea.
Después de chupar de nuevo el cigarro dejó salir despacio el humo, como antes.
—Lo tienen muy presente, Garret —añadió de pronto—. Su relación con Raúl Madero y con la gente de Villa lo hace sospechoso. Más de lo que yo creía —lo miraba, ceñudo—. ¿Por qué demonios sonríe?
—Por nada en particular —repuso Martín—. Recuerdo cuando esas relaciones les eran útiles a usted y a la Norteña.
Emitió el otro un gruñido hosco.
—Los tiempos cambian, ya sabe.
—Sí, lo sé.
—Y con ellos, las circunstancias.
—Desde luego.
Volvió Ulúa a su mesa y tomó asiento. Ahora eludía la mirada de Martín. Con mucho cuidado, casi delicadamente, dejó desplomarse la ceniza del cigarro en el cenicero de bronce del charro a caballo.
—En México se mata fácil —dijo con repentina brusquedad—. Ya lo comprobó. Si yo me encontrase en su lugar, saldría de aquí antes de que se compliquen las cosas.
—Ya están complicadas, me parece.
—Se compliquen más para usted, quiero decir… Tomar el tren a Veracruz sería prudente, aunque tal vez estén controlando a los pasajeros. En todo caso, hasta que todo se aclare me refugiaría en la legación española.
—Acabo de estar allí.
Lo miró Ulúa al fin, con súbito interés.
—¿Y qué tal?
—No estaban felices de verme.
—Tampoco yo lo estoy… Pero ellos tienen la obligación de protegerlo.