Revolución
9. Diez días de febrero
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—No me consideran prioritario en sus obligaciones.
—Vaya —el mexicano se mostraba aliviado, cual si aquello disminuyese su propia responsabilidad—.
También los compatriotas se le desentienden.
—Así parece.
—¿Y qué hará, entonces?
—Ir a mi hotel y esperar.
Asentía Ulúa, aprobando la idea. Señaló la puerta.
—Le deseo suerte… Ahora, váyase.
Recogió Martín algunos documentos de su despacho y salió a la calle. El cielo seguía alternando sol y nubes, y en ese momento era gris. Pasó junto a los soldados acampados en la Alameda, que lo miraron indiferentes. Los fusiles estaban puestos en pabellón y una ametralladora apuntaba hacia el cruce con Balderas. Junto al monumento a Juárez vio dos piezas de artillería cubiertas con lonas.
Hasta el Zócalo, San Francisco estaba desierta y todo seguía cerrado: ni un alma a la vista. Anduvo Martín prudente, pegado a las fachadas, procurando no quedar al descubierto. Sus pasos resonaban en la calle vacía. La nube seguía cubriendo el sol, y aquella luz imprecisa que agrisaba la ciudad le producía un extraño desamparo. Un miedo nuevo, cuajado de soledad y frío, que nunca había sentido antes.