Revolución
11. Más allá del río Bravo
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11. Más allá del río Bravo
Caminó por la banqueta de madera de la calle, a la sombra de los porches, sintiendo crujir los tablones bajo sus botas sucias. Estaba cansado, sin afeitar, aunque satisfecho de haber llegado a donde se había propuesto llegar. Llevaba una cazadora gringa de pana, un sombrero Stetson que había comprado en San Antonio y un bolso de viaje donde iban sus escasas pertenencias: un libro, algo de ropa blanca, un par de camisas y cuellos, el estuche de aseo y poco más. En un cinturón ceñido bajo el chaleco portaba también un fajo de dólares americanos y algunas monedas de oro. Y en el bolsillo derecho de la cazadora, el viejo revólver Orbea cargado con cinco balas.
Miró hacia arriba y a uno y otro lado, comprobando la dirección. Hotel Salón Galveston, señalaba el rótulo. Empujó la puerta batiente y cruzó el umbral, deslumbrado todavía por la claridad exterior. Apenas lo hizo, un fulano grandote, de mirada hosca, le cortó el paso.
—¿Qué se le ofrece, amigo?
Lo había preguntado en español, pero lo que centró la atención de Martín fue el objeto que acababa de apoyarle en el estómago: un cuchillo grande, reluciente y amenazador. Había otro individuo de aspecto parecido sentado junto a la pared, con una botella cerca. Los dos miraban con mucha atención al recién llegado. Rostros atezados, con ropas de ciudad desmentidas por su aspecto campesino. Mexicanos hasta el tuétano.
—Soy el ingeniero.
—¿Mande?
—Dígales que soy un amigo de Ciudad Juárez.
Lo contemplaba el del cuchillo, receloso. Evaluándolo despacio.
—Espérese tantito —dijo al fin.
Miró al otro, que se levantó con desgana, cruzó la habitación y desapareció por una puerta del fondo. El lugar estaba amueblado con cabezas de venado disecadas, unas cuantas mesas, sillas y un mostrador que hacía de barra de bar y recepción del hotel, desde donde observaba la escena, recostado en un aparador con botellas y vasos, un cantinero barbudo, rubio, de aspecto anglosajón.
—¡Újole! —exclamó una voz—. ¡Jijo de su repinche madre!
Genovevo Garza estaba plantado en la puerta, con cara de sorpresa. Su pelo y bigote eran más grises que en Parral, y la cicatriz de la cara parecía más oscura y profunda; pero los ojos negrísimos relucían complacidos. Sonrió Martín, dejando la bolsa de viaje en el suelo.
—Me alegro de verlo, mi mayor.
—Qué mayor ni qué chingados… Venga un abrazo, hombre.
Se estrecharon fuerte, palmeándose la espalda a la mexicana.
—Se han ido ustedes bien lejos —dijo Martín.
—Pa qué le digo que no, si sí. A la mera gringada. Pero más vale estar lejos que no estar —lo estudiaba con atención y afecto, de arriba abajo—. ¿De dónde nos cae, ingeniero?
—Es largo de contar.
—¿Tuvo que pasar la frontera, o viene a El Paso de visita?
—Un poco de todo.
Hizo el otro una mueca, comprendiendo al fin.
—Hubo que hacer rápido la petaca, ¿no?
—Algo así.
Se oscureció el semblante del mexicano.
—A otros no les dio tiempo… Según cuentan, asesinaron al señor presidente Madero, a su hermano Gustavo y a varios otros.
—Eso he oído.
—Suerte que pudo irse a tiempo.
—Sí.
Todavía se lo quedó mirando Garza un momento, grave. Después sonrió de nuevo, y con amistoso arrebato le pasó un brazo por los hombros.
—Ándele padentro. Hay quien se alegrará de verlo.
Lo condujo a la otra habitación. Había cinco hombres en torno a una mesa con restos de comida, colillas en ceniceros y botellas de licor. Martín conocía a dos de ellos. Uno era el impasible Sarmiento, con su catadura siniestra de indio flaco, seco y malencarado. El otro, corpulento, mostachudo, de pelo crespo y ojos color café, vestía pantalón charro y estaba en mangas de camisa sin cuello, húmeda de sudor y medio abierta sobre el torso: Pancho Villa en persona, bebiendo gaseosa. Al ver a Martín, el jefe guerrillero se echó atrás en la silla, sorprendido, antes de soltar una carcajada jovial.
—Ay, mamacita —exclamó—. El mero mero… Pásele, hombre.
Se levantó bruscamente y estrechó la mano de Martín. Después le dio un abrazo fuerte, poderoso.
—Qué gusto, amiguito. Qué sorpresota… ¿Cómo nos cae de sopetón por estos rumbos?
—Se les peló entre las patas a los huertistas —apuntó Garza.
Volviose aún más cálida la mirada de Villa.
—Ah, claro —chasqueó la lengua—. Esos desgraciados.
Condujo a Martín hasta la mesa, lo hizo sentarse y puso en sus manos un caballito de tequila lleno hasta el borde.
—Échese un trago, hombre. No le aunque. Trae cara de hacerle falta.
—Me hace —admitió Martín.
—Pos píquele nomás, y luego hablamos.
Bebió Martín. El alcohol bajó por su garganta hasta el estómago, ardiente, estimulante. Señalaba Villa una lata de cigarrillos gringos abierta sobre la mesa y el joven negó con la cabeza.
—¿Sigue sin fumar, amiguito?… Yo también, pero estos paisanos míos son puras chimeneas —miró a Sarmiento, guasón—. Sobre todo aquí, el apache… ¿No saludas al ingeniero, compadre?
Hizo el otro, sin mudar de expresión, un leve movimiento de cabeza. Sus ojos duros, ajenos a toda simpatía, permanecían fijos en el recién llegado. Como para compensar el desaire, Villa puso una mano en un hombro de Martín.
—Orita cuéntenos. Y despacio, ¿eh?… Pa que nos enteremos bien.
Sonrió Martín, pues el tequila bebido le animaba el corazón. Y empezó a contar. Se estaba bien, pensó mientras hablaba, con aquellos hombres rudos, sencillos y peligrosos como la vida. Ante los rostros tostados y bigotudos que escuchaban su relato con interés. Había regresado al fin, concluyó satisfecho, donde todo volvía a reducirse a esquemas elementales, con reglas fáciles de observar cuando se había pagado el precio por conocerlas: vida, muerte, lealtad, coraje y poco más. Allí todo parecía maravillosamente simple, y comprenderlo suscitaba en él un cálido orgullo. También era uno de aquellos hombres, decidió. Estaba de vuelta entre los suyos; y eso era importante, porque había creído no tenerlos.
Mientras le procuraban alojamiento —tarea difícil, pues El Paso estaba lleno de refugiados y gente en tránsito—, se acordó que Martín pasara la primera noche en la casa donde se alojaba Genovevo Garza, situada bajo el cerro, al final de Oregon Street. Fue el propio mayor quien se ofreció a ello, así que salieron juntos, caminando por la calle todavía animada a esas horas. Aunque pardeaba la tarde, había tránsito de carruajes y algún automóvil, y las tiendas seguían abiertas. Casi todos los rótulos estaban en inglés: Boot & Shoes, Sánchez Candies, Milwaukee Beer Co…. Entre las fachadas de los edificios, sobre los postes de luz, se cruzaban los cables de los tranvías eléctricos. Comparado con el Juárez que Martín recordaba al otro lado del Bravo, aquello era el mundo moderno. El próspero futuro.
—Vamos a volver pronto a México —dijo Garza.
Se sorprendió Martín.
—¿Cuándo?
—Nomás en cuanto se pueda. Mi general Villa se ocupa de eso.
—¿Con qué fuerzas cuenta?
—Ah, pos ya lo vio. Nosotros y alguno que anda por ahí.
Martín se detuvo en seco.
—¿Sólo una docena de hombres?
—Menos… Pero en pasando el Bravo se nos unirá la gente pal agarrón. El general ya estuvo platicando con Maytorena, Venustiano Carranza y otros de allá.
Seguía caminando el mexicano, y Martín se le unió de nuevo.
—¿Carga usté armas? —preguntó Garza de improviso.
—Mi viejo revólver.
—Mas mejor no lo enseñe mucho… A los gringos no les gusta que aquí nos andemos paseando con fierros.
—Entendido.
El mexicano lo miraba de soslayo, como queriéndolo adivinar.
—Y dígame un punto, ingeniero. ¿Vino a quedarse con nosotros?
—No lo sé… O en realidad sí lo sé.
Anduvieron un trecho sin que el joven dijera nada más. Al cabo se encogió de hombros.
—No tengo a dónde ir.
Se rascó el mostacho Garza, analizando aquello.
—Eso es muy novelero, oiga —concluyó, escéptico—. La gente como usté siempre tiene dónde, no como nosotros los muertos de hambre. Sabe escarbar piedras de las minas y poner barrenos, ¿o que no?… Tiene un trabajo y una patria.
—No estoy seguro de eso.
—¿Del trabajo?
—De la patria.
—Ay, chingao. No está bien que un hombre joven diga eso.
Habían llegado al final de la calle, donde se abría una explanada polvorienta que iba a morir al pie del cerro. Las últimas casas eran bajas, modestas. En una de ellas había ropa tendida delante y humeaba la chimenea.
—Aquí estoy bien, con ustedes —Martín se volvió al sur, hacia el río que la ciudad ocultaba—. En México, o tan cerca de él.
—¿Y qué tiene eso de acomodo, si me permite la pregunta?
—Es difícil de explicar, no sé —lo pensó un poco más—. Diría que ustedes los mexicanos están vivos.
—Güeno, estamos vivos mientras no nos afusilan o nos matan, que es lo corriente. Luego de eso, lo que estamos es muertos.
Se aproximaban a la casa cuando se abrió la puerta y salió una mujer con una cesta de mimbre para recoger la ropa tendida. Al verlos se quedó quieta, mirándolos. Vestía falda negra larga hasta los pies y corpiño blanco. Llevaba el cabello recogido en dos trenzas soldaderas, y al acercarse los dos hombres se cubrió la cabeza con el rebozo caído sobre los hombros.
—Vea quién llegó, Maclovia —dijo Garza, festivo.
No había cambiado desde que Martín la vio en Parral. El atezado rostro de india norteña —labios gruesos, nariz ligeramente chata y grandes ojos negros— permanecía inalterable. No mostró indicio de reconocimiento o bienvenida cuando el recién llegado la saludó quitándose el sombrero. Lo miraba indiferente, cual si aquella presencia inesperada no alterase la rutina de su vida.
—Esta noche dormirá aquí —dijo el mayor.
Hizo ella un ademán afirmativo y empezó a descolgar la ropa tendida y a meterla en el cesto. Invitó Garza a Martín a entrar en la casa, que era de piedra y ladrillo, con una mesa, algunos muebles viejos y las paredes sin enlucir, e indicó un cuarto separado del resto por una cortina donde había una manta y un jergón puesto en el suelo.
—Acomódese nomás, ingeniero. No es un hotel de lujo, pero está en su casa.
En la chimenea, suspendido sobre el fuego, hervía un puchero. Olía bien, a carne y legumbres. Mientras el recién llegado vaciaba su bolso de viaje, entró Maclovia, dejó la cesta con ropa en un rincón y se puso a remover el guiso con un cucharón de madera. Sólo mucho más tarde, cuando los dos hombres comían sentados a la mesa y la mujer les servía, advirtió Martín que ella lo miraba.
Salieron a dar un paseo después de la cena. La cercanía del desierto enfriaba la noche, así que Martín llevaba puesta la cazadora. A un lado, calle abajo, la ciudad se veía iluminada a trechos por los postes con luz eléctrica. Al otro, sobre la masa negra del cerro recortado en un halo de luna, las estrellas acribillaban de alfilerazos el cielo. Fumaba Genovevo Garza, y sólo se advertían de él la punta roja del cigarro bajo el ala oscura del sombrero y el bulto que se movía despacio, abrigado en un sarape.
—¿De verdad se proponen cruzar la frontera? —preguntó Martín.
—Muy de verdá, ingeniero. Mi general Villa no olvida lo de don Panchito Madero. ¿Que no sabe lo que hicieron?… Porque no sólo asesinaron al presidente y al vicepresidente Pino Suárez, sino que a don Gustavo, el hermano del presidente, lo torturaron y le pincharon el único ojo sano que tenía, antes de darle plomo. Y ora el gobierno caza maderistas como a venados.
—Pero Madero no fue muy agradecido con Villa.
—¿Y qué?… Son albures de la política, y Pancho esas cosas las entiende. Nunca, ni cuando estuvo preso, le tuvo rencor al señor presidente. Dice que es el único hombre honrado que conoció; pero que perdonaba a demasiada gente, y así le fue. Orita se lo llevan los diablos viendo cómo ese malagradecido Pascual Orozco, con su punta de colorados, se ha puesto de parte del tirano Huerta y sus pelones.
Anduvieron un trecho callados antes de que Garza hablara otra vez.
—¿Qué hará, ingeniero?
—¿Si Villa regresa a México, quiere decir?
—Ajá.
—Tal vez los acompañe, si me dejan.
—¿Sólo tal vez, dice?… ¿De qué depende?
No respondió Martín a eso. Ni él mismo lo sabía. Su única certeza era que estaba bien allí, entre aquella gente. Hasta el curso de su propia vida parecía suspendido en un asombroso paréntesis que lo eximía de responsabilidades. Desde que llegó a El Paso experimentaba la estupefacción, semejante a una droga suave, de un presente tan intenso que lo dispensaba del futuro.
—¿Y usted, mayor?… ¿Por qué sigue leal a Pancho Villa?
—Pos no sé. A algo hay que ser, ¿no?… O a alguien. Sin lealtá, los hombres semos menos que los puros animales —se detuvo como para pensarlo—. Además, desde que entré en la bola sólo he sacado los pies fríos y la cabeza caliente… Ni una tierrita tengo todavía pa mí y mi Maclovia.
—Pero una revolución necesita hombres, caballos, armas. Hace falta dinero.
Sonó la risa del mexicano.
—Es la verdá pelona, ingeniero. Así que en eso andamos… En eso estamos.
Otra vez se quedaron callados. Garza tardó en hablar de nuevo.
—Hay un asunto, oiga. Y a lo mejor me cae usté en el momento.
Esperó Martín, intrigado. Otra vez guardaba silencio el mexicano, cual si dudase en ir adelante.
—Llevo tiempo dándole vueltas —dijo al fin—, y verlo aquí me da una idea.
—¿Sobre qué?
—Darle fogata norteña a algo que me ronda… ¿Se acuerda del Banco de Chihuahua?
—No lo olvidaré en la vida.
—¿Y del oro que nos fregaron?
—También.
—Pos güeno, al final algunas cosas se van sabiendo. De poquito a poco.
—¿Y?
—Nada, pos eso. Que en la vida siempre alguien dice esto me dijeron, o esto me callaron. Y algún nombre tengo.
—Vaya.
—Sí, ingeniero. Vaya.
—¿Y qué dice Villa?
—El general no dice nada, porque sólo soy yo quien lo sabe. O lo sospecha.
Brilló por última vez la brasa del cigarrillo. Luego cayó al suelo y Garza lo aplastó bajo el pie.
—Cada cosa tiene su momento —apuntó.
—¿Y por qué me cuenta a mí todo eso, mayor?
—Porque le tengo ley. Cuando llueven plomazos se les agarra el carácter a los hombres. Y en Juárez y la barranca del Fraile vi cómo le llovían y no sacaba paraguas… Después en Parral, cuando nos pudríamos allí, vino a vernos. Y tampoco olvido que visitó a mi general Villa en la prisión.
Volvió a callar el mexicano. Chirriaba la grillada entre los matojos negros.
—Es un gallo fino, de los que no se rajan. ¿Cómo anda de montar a caballo?… Hasta orita nomás lo vi caminar.
—Me sostengo en la silla, que no es poco.
La luna asomaba más tras el cerro, dibujando relieves y sombras. Bajo el ala del sombrero, las facciones de Garza eran un perfil oscuro donde Martín sólo pudo vislumbrar un breve destello claro a la altura de la boca. Sonreía el mexicano, advirtió, como un coyote en la oscuridad.
—Tengo cosas en la calabaza, ingeniero. Algo que todavía no puedo contarle a mi general, y pa lo que necesito a alguien de confianza. De esa gavilla de cabrones, Sarmiento y los otros, me fío pa pelear, pero no pa otras cosas. Les confiaría mi vida, pero no mi dinero, si lo tuviera. Ni mi mujer… ¿Me explico?
—No mucho.
—Ya se lo iré aclarando tantito. Ora la pregunta es si vendría conmigo una de estas noches, a dar un paseo al otro lado de la frontera.
—¿Solos? —se sorprendió Martín.
—Sí, ingeniero, yo y usté. O casi solos… Porque igual, si hace falta un tercero del que fiarse, nos llevamos a Maclovia.
Tres noches después, Martín Garret, Genovevo Garza y Maclovia Ángeles cruzaron el río Bravo al amparo de las sombras por el vado de Cedillos, con el agua mojándoles los estribos de las sillas de montar, y cabalgaron despacio y en silencio hasta despuntar el día. El amanecer los encontró con el sol a la espalda, tumbados sobre una roca, vigilando un ranchito que se alzaba en torno a un pozo con brocal de piedra. Había también un cercado con media docena de animales, un cobertizo para el maíz y unas cuerdas tendidas con cecina secándose al sol. Más allá se extendía una milpa descuidada, con restos de cañas y hojas secas.
—Éitale —dijo Garza.
Dejaron sarapes y sombreros, cogieron las carabinas, acerrojaron cartucho y bajaron rodeando el cerrito, disimulados en los espinosos nopales. Se habían quitado las espuelas para no hacer ruido. El mexicano iba delante, con una canana de balas cruzada al pecho, pisando con cuidado de no remover piedras delatoras. Lo seguía Martín un poco atrás y a su derecha, procurando moverse del mismo modo, con un dedo sobre el guardamonte de la carabina aunque sin tocar el gatillo, como había aprendido a hacer casi dos años atrás en Ciudad Juárez. Tenía la boca seca y el pulso le martilleaba en los tímpanos. El sol, que amarilleaba los cerros y las copas de un chaparral cercano, aún no templaba el frío del amanecer; pero él no lo sentía. La tensión le caldeaba el cuerpo.
—No hay que matar al fulano —había prevenido Garza antes de que empezaran a moverse—. Pase lo que pase, no hay que matarlo.
Mientras avanzaba entre matas de zacatón grises y secas, el joven sentía a su espalda, cerca, la respiración de Maclovia Ángeles. El mayor había conseguido una carabina para cada uno y ella llevaba la suya, además del pistolón al cinto de otras ocasiones. Se volvió Martín a mirarla. La soldadera se había anudado un pañuelo en torno a la cabeza y su rostro no delataba emoción alguna. Caminaba tras los hombres con el arma lista, un poco recogida la falda mediante un nudo en la cadera sobre unas viejas botas de montar manchadas de grasa y polvo.
Al pasar junto al cercado un caballo relinchó por su presencia, de modo que se agacharon hasta quedarse de rodillas, inmóviles. Pero no hubo nada más, así que tras un momento reanudaron su avance. La casa tenía los postigos cerrados. Cuando los primeros rayos de sol alcanzaron el tejado, las moscas más madrugadoras empezaron a zumbar. Unas gallinas que iban y venían picoteando el suelo se apartaron a su paso.
—Cierre un ojo, ingeniero, no vaya a deslumbrarse —susurró Garza—. Ya hay mucha luz afuera y dentro estará oscuro.
Obedeció Martín. Caminar con un ojo cerrado aumentaba la sensación de irrealidad que le causaba aquella aventura. Habían llegado a un abrevadero de piedra donde Garza hizo señas a Maclovia para que permaneciera cubriéndolos. Apoyó la soldadera su carabina apuntando a la casa y se quedó quieta, a la espera.
Siguieron adelante los dos hombres, y estaban sólo a unos pasos de la puerta cuando de repente se abrió ésta, una mujer apareció con un cubo en cada mano y se los quedó mirando, asustada. Sin decir nada, mientras la mujer abría la boca para gritar, Garza se incorporó, corrió hacia ella, la apartó de un empujón y entró en la casa. Martín le fue detrás.
Una vez dentro, todo ocurrió muy rápido: chilló un niño de dos o tres años al verlos aparecer, corrieron al dormitorio y vieron a un hombre casi desnudo revolverse entre las sábanas, queriendo alcanzar el revólver que estaba junto al cabezal de la cama, dentro de una funda colgada en la pared. Sin darle tiempo para eso, Garza se le echó encima y le asestó un culatazo en la cara, con tanta violencia que lo hizo caer al suelo. Después le apoyó el cañón de la carabina en la cabeza, se volvió hacia Martín y moduló una mueca satisfecha bajo el bigotazo gris. Una sonrisa extraña que el joven no le había visto nunca.
—Póngase cómodo, ingeniero… Y relájese, que esto irá poquito a poco.
El niño seguía gritando en la otra habitación, aterrado.
Genovevo Garza era un interrogador paciente. Desde hacía media hora formulaba las mismas preguntas, sin mostrar enfado ante la ausencia de respuestas. Fumaba y preguntaba, aguardaba un poco y volvía a empezar.
—Probemos otra vez —le decía al prisionero—. A ver si orita se te aviva la memoria.
El otro mexicano era duro de pelar. No decía una palabra. Lo habían sacado fuera y lo habían amarrado de pies y manos a la cerca. Estaba descalzo y sólo llevaba un calzón que le cubría las vergüenzas, descubierta la cabeza. El sol ya daba de plano, cubriéndole el rostro y el torso de sudor. Era un norteño de piel tostada, pelo espeso y ojos achinados. Trazas de campesino o bandolero, concluyó Martín. Habida cuenta del arma en el dormitorio y de sus ojos duros e inconmovibles, más lo último que lo primero.
—Ándale, hombre —insistía Garza—. Si al final me lo has de platicar, ahórrate el trámite… ¿Pa qué andar a brincos, estando el suelo parejo?
Entre chupada y chupada al cigarro, el mayor abofeteaba al prisionero. Lo hacía desapasionadamente, sin ensañarse. Con mucha calma. Una o dos bofetadas recias, secas, cada vez. De vez en cuando le mostraba las monedas de oro que habían encontrado en un talego de piel dentro de un armario de la casa: seis maximilianos relucientes, idénticos a los del Banco de Chihuahua.
—Ya, paisano. Acabemos con esto y vámonos a la sombra.
El prisionero permanecía mudo. Sin despegar los labios ni para quejarse cuando Garza lo golpeaba. Tan callado como si no tuviera lengua. En ocasiones volvía los ojos hacia la casa, donde, después de traer los tres caballos y amarrarlos a la cerca, Maclovia Ángeles se había quedado vigilando a la mujer y al niño.
—¿Que no ves que no hay de otra, paisano?
Más bofetadas. Zumbaban los tábanos atormentando al hombre desnudo. Al fin, Garza pareció perder la paciencia. Se guardó el saquito de monedas en un bolsillo, arrojó la colilla del cigarro, suspiró hondo, y miró a Martín con desaliento, contrariado.
—¿Tiene el estómago delicado, ingeniero?
Parpadeó el joven, sorprendido.
—Depende.
—El amigo no es de mucho hablar, como ve… Así que puede usté hacer dos cosas: ir a la casa y relevarme a Maclovia, o echar una mano.
—¿En qué?
—En hacerle unos huaraches yaquis.
Lo pensó un momento el joven. Sonaba siniestro, pero no tenía elección. No en esas circunstancias, tras haber seguido a Genovevo Garza hasta allí. Ya le contaré tantito, había dicho el mayor cada vez que le adivinaba las preguntas. Ándese tranquilo, ingeniero, que a su tiempo yo le cuento. Desde que habían salido de El Paso al anochecer, a Martín le parecía moverse muy despacio a través de algo irreal. Miró los pies desnudos del prisionero y se preguntó qué tendrían que ver los huaraches, las sandalias campesinas, con todo aquello.
—Dígame en qué puedo ayudar —se decidió.
—Sujétele las piernas a este jijo de su pinche madre.
Obedeció confuso, sin comprender del todo. Agachándose Garza, con la misma postura empleada para herrar un caballo o quitar piedras de las herraduras, sacó el cuchillo y le rebanó al prisionero la planta de un pie, de los dedos al talón. Aulló de dolor el otro, retorciéndose y pataleando hasta el punto de que sus piernas escaparon de las manos de Martín. Eso arrancó un juramento al mayor, que se incorporó irritado.
—O lo hace derecho, ingeniero, o tráigame a Maclovia.
Se miraron con dureza. A Martín le temblaba la barbilla, atorado entre la vergüenza y el espanto.
—Esto es… —empezó a decir.
—México, ingeniero —lo interrumpió Garza—. No hace mucho dijo que le gusta México.
Seguía mirándolo severo, grave bajo el bigote gris. Con la cicatriz de la cara más marcada que nunca y una chispa de provocación en los ojos.
—No querrá —añadió secamente— andarse paseando como un turista.
Aquellas palabras, dichas en tono desafiante, las recibió Martín igual que un golpe. Aún se sentía espantado. Confuso. Una suerte de ebriedad sobria, sin haber probado una gota de alcohol. Sintió que le subía del estómago a la boca algo que se transformó en un salivazo ácido. Volvió a tragarlo sacudiendo la cabeza, asombrado de sí mismo, y respiró hondo mientras miraba en torno: la casa, los animales del corral, el paisaje desolado. Dos cuervos muy negros revoloteaban arriba, esperando su momento. Qué diablos, pensó, estoy haciendo aquí.
—No soy un turista —dijo al fin.
Asentía Garza, aprobador.
—Pos entonces agárrele nomás la otra pierna.
Permaneció sentado en el suelo, el sombrero inclinado sobre los ojos, la espalda contra el muro de la casa y la carabina atravesada en el regazo. Genovevo Garza se había alejado tras montar a caballo y enlazar a la silla una reata, al extremo de la cual iba atado de manos el prisionero.
Huaraches yaquis, pensaba amargo Martín. Sandalias indias.
Ahora sabía qué significaba eso. Había visto irse a jinete y prisionero, forzado éste a caminar detrás a tirones, pisando sobre piedras y espinos con las plantas en carne viva. Los dos se habían internado en el chaparral y el joven estaba sentado inmóvil, esperando mientras los tábanos zumbaban alrededor y se posaban en sus manos y cara, incapaz hasta de espantárselos. Aún sentía el sabor ácido del amago de vómito en la boca.
Se abrió la puerta de la casa y asomó Maclovia, que seguía con la pistola colgada al cinto y la carabina en las manos. Dentro se oía llorar al niño. Siguió ella en el umbral mientras observaba con desconfianza los cerros próximos, sin prestar atención a Martín. Al cabo le dirigió una mirada silenciosa.
—Huaraches yaquis —dijo él, respondiendo a la pregunta no formulada.
La soldadera estuvo mirándolo un poco más. Tenía, advirtió el joven, pequeñas gotas de transpiración en la frente, bajo el nacimiento del cabello, y también sobre el labio superior. Contempló con interés sus rasgos toscos, de un atractivo casi animal. El pecho que abultaba ligeramente la blusa húmeda de sudor.
—¿Por qué no fuiste con ellos?
Era la primera vez que lo tuteaba. Desde que se conocían, las pocas veces que ella le dirigió la palabra lo había hecho siempre de usted, a la mexicana.
Se encogió Martín de hombros.
—No es mi especialidad.
Entornó la mujer los ojos.
—Ay, pues. Eres un gachupín de manos limpias.
—No —replicó él tras pensarlo un instante—. Hace tiempo que me las ensucié.
Sonrió un poco ella: una mueca irónica, medio despectiva. Se apoyaba en el quicio de la puerta acariciando maquinalmente, sin prestar atención, la palanca de la carabina.
—¿Se ve más gacho cuando estás dentro?
Volvió a pensarlo Martín, con buena voluntad.
—No estoy seguro de estar dentro —decidió.
Maclovia había vuelto a mirar los cerros cual si no le importase lo que oía.
—Es mi segundo hombre —dijo de pronto.
Se sorprendió el joven. La mujer lo miró por fin, sólo un instante.
—Ya me tronaron a otro.
—Lo sé.
Ella pareció reparar en la carabina, pues la dejó en el suelo, apoyado el cañón en la puerta, para secarse en la falda el sudor de las manos.
—Una mujer necesita a alguien —murmuró.
Señalaba Martín la dirección por la que se habían ido el mayor y el prisionero.
—No hay muchos como él. ¿Qué harías si…?
Se detuvo al llegar ahí. Fue la mirada de Maclovia la que lo hizo callar. Al cabo de un rato la oyó suspirar para sus adentros. Después cogió la carabina y volvió a entrar en la casa.
Estuvo mirando Martín revolotear los cuervos sobre el vallado. Un poco antes del mediodía, con el sol muy arriba y las sombras reducidas al mínimo, vio a Genovevo Garza salir del chaparral cabalgando despacio. Venía solo.
También aquello, pensó estremeciéndose, era México.
Cuando Garza llegó ante la casa, detuvo el caballo y permaneció en la silla, sin desmontar, apoyadas ambas manos en el pomo. Se veía fatigado. Traía una costra de sangre seca, que no parecía suya, en una pernera del pantalón. Tras un momento se quitó el sombrero para enjugarse el sudor de la frente. No miró a Martín.
—Una mina abandonada, en la parte gringa —se limitó a decir—. Allá por Sierra Diablo, al otro lado del Bravo.
Cabalgaron mucho, sin descanso, con las riendas en la mano y las carabinas en fundas sujetas a la silla. Un día entero hasta su destino, y otro día y medio de vuelta hasta El Paso. Apenas reposaron en el camino; dormitaban sobre la silla, bajo las estrellas, y durante el día las sombras se acortaban y alargaban desde las patas de sus monturas.
Dolorido del trote y la molestia de la vieja herida, mirando la espalda de Genovevo Garza y la grupa del caballo que el mexicano montaba, dispuso Martín de tiempo para reflexionar sobre algunas cosas que había ido aplazando, inconexas en su cabeza, y que por fin se situaban en relación con otras. Tenían que ver con el pasado y el presente que conformaban al hombre que ahora creía ser. Por alguna razón que no lograba discernir con nitidez, en los últimos tiempos había dejado de mirar el mundo desde su propio interior para convertirse en testigo de sí mismo: alguien que, con asombrada distancia emocional, contemplaba el discurrir de las cosas cual si las mirase desde fuera y desde lejos. Con una ecuanimidad nueva, desprovista de emoción e incluso de sentimientos.
No se reconocía en eso, había llegado a pensar al principio, cuando los hechos se atropellaban en el desorden de lo nuevo. Pero lo que realmente le preocupaba, o desconcertaba, era reconocerse ahora justo en eso: la extraña frialdad, el modo nuevo con que los sucesos, incluso espantosos o violentos, aparecían ante su mirada. La asunción cada vez más serena de cuanto horror, dolor o incertidumbre proponía aquella natural combinación mexicana de la vida y de la muerte. Y así, sucesos que antes lo habrían espantado pasaban con facilidad el filtro de sus sentimientos, no adormecidos ni indiferentes, sino resignados. O tal vez sólo, al fin, lúcidos.
Sin haber cumplido todavía los veintiséis años, cabalgando entre Sierra Diablo y el río Bravo, Martín Garret se sentía como el aprendiz de ajedrez que, tras situarse cerca del tablero y observar el desarrollo de una partida implacable, empieza a comprender las reglas del juego.
—Usté que entiende de esto, ingeniero —dijo Pancho Villa, observando preocupado la galería—. ¿Lo ve seguro?
—Hasta cierto punto.
—Híjole.
Resonaban los pasos y las voces en la oquedad subterránea, que registraba los ecos hasta que se desvanecían lejos, en la oscuridad. La luz del hachón de ocote que sostenía Genovevo Garza iluminaba el pasadizo estrecho y sofocante. Los tres hombres habían llegado hasta allí tras recorrer un túnel con raíles de hierro y vagonetas oxidadas, para bajar luego por una antigua escala de travesaños inseguros. Los caballos habían quedado arriba, en la boca de la mina, guardados por Maclovia Ángeles ante un feo paisaje de tierra surcada de profundas brechas, pozos de aireación, escombreras y torres pardas de herrumbre.
Villa seguía inquieto. Miraba en torno y arriba cual si esperase que aquello le cayera encima de un momento a otro. La luz oscilante iluminaba su rostro tenso. Los ojos movedizos, temerosos.
—¿Y trabaja su mercé en sitios como éste, amiguito? ¿Eh? ¿Sin que lo obliguen?
—Trabajaba… Espero volver a hacerlo algún día.
—Ay, madre.
Hablaban en voz baja avanzando con cautela, atentos a esquivar los agujeros del suelo. A veces el hachón chisporroteante iluminaba herramientas y carretillas abandonadas, cubiertas de polvo entre piedras desprendidas del techo. A Villa la tensión lo tornaba locuaz.
—No vaya a tomarme por quien se arruga fácil, oiga… Pero una cosa es acabar allá afuera, echando bala como mero macho, y otra verse enterrado a oscuras.
—No creo que haya peligro —lo tranquilizó Martín—. Algunas vigas están podridas, pero el encofrado aguanta.
—¿El qué?
Indicó el joven los maderos que apuntalaban la parte superior y los costados del túnel.
—Todo esto. El armazón que impide un derrumbe.
—Ah, chingao.
Los precedía Genovevo Garza: hachón en alto, callado, atento a dónde ponían los pies.
—¿Estás seguro de dónde nos metemos, compadre? —le preguntó Villa.
—Del todo, mi general… Aquel fulano me cambió la información por la vida de su vieja y su escuincle.
—¿Y se lo cumpliste?
—Pos claro. Se lo juré, y un hombre no tiene otra que su rifle y su palabra. Allá los dejamos a los dos, en el rancho. Hasta le dije a ella dónde quedaba el cuerpo, por si quería darle tierra.
—Pero no le sacaste al finado señas de cómplices ni jefes.
—Ni modo, oiga. Y crea que lo apreté, pero ahí se le hizo de piedra la boca… Se lo puede certificar aquí el ingeniero.
Se volvió Villa a Martín y éste apartó la vista.
—Huaraches yaquis —se limitó a decir.
Asentía el jefe guerrillero, cruelmente aprobador.
—Éitale.
Garza movió la cabeza con desaliento.
—Menos pa platicarnos el rumbo de esta mina, pa lo demás estuvo requetemudo, el fulano.
—¿Ningún nombre?
—Ninguno. Se vestía por los pies, el jijo de tal.
—¿Y se allegaron aquí derechos, después?
—Cruzamos el río de vuelta, cabalgamos todo un día y vimos lo que vimos y lo que usté va a ver, mi general. No íbamos a irle sólo con habladas.
Rió Villa entre dientes, ilusionado.
—Ay, mamacita… Ay, ay.
Se volvió a mirar a Martín. El jefe guerrillero, advirtió éste, todavía parecía incrédulo a ratos, cual si no acabara de asumir tan inesperado golpe de suerte. Había abierto mucho los ojos, paralizado de sorpresa cuando al regresar a El Paso, cansados y polvorientos de cabalgar, Garza y él lo llevaron aparte para contárselo todo: la mina de Sierra Diablo, las cajas escondidas en una galería abandonada. El tesoro del Banco de Chihuahua. Cuando vio los seis maximilianos encontrados en el rancho y un cartucho de cartón con otras veinte monedas de oro de las halladas en la mina, Villa casi había gritado de alegría.
—¿Y está todo, dicen?
El mayor Garza alumbraba otro agujero del suelo, señalándoles el peligro.
—Eso no hay forma de saberlo, mi general, porque no nos quedamos a contarlo. Pero cuantimenos hay un chingo de oro, como verá tan luego.
—¿Y falta mucho?
—Estamos casi.
Oscureció Villa el gesto. De pronto parecía suspicaz.
—Naide habrá venido a llevárselo, ¿no?
—Ni modo —lo tranquilizó el mayor—. Dejé a mi Maclovia vigilando allá arriba, y ya la vio cuando llegamos. Lo que dijo.
—No dijo nada, compadre… Se nos quedó mirando callada, como siempre.
—Es su manera de hablar. Callándose.
—Pos si ésa es su manera, tu vieja habla por los codos.
Habían llegado a una barrera de maderos apilados sobre unas oxidadas vagonetas de hierro.
—Es güena mujer la tuya, mi Geno —añadió Villa.
—Pos sí, oiga. Pa eso tuve suerte.
Clavó Garza el hachón en el suelo. Villa miraba a uno y otro, intrigado. Se pasó la punta de la lengua por el filo del bigote mientras sus ojos brillaban de esperanza.
—¿Es aquí?
—Aquí mero.
—¿De verdá no me tantean, compadre?
—Niguas.
Cambió Garza una mirada con Martín y entre los dos empezaron a retirar los maderos y tablones medio podridos que cubrían las vagonetas.
—Debajo están las nueve cajas.
—¿Quesque no eran diez?
—Aquí sólo vimos nueve, mi general.
Una súbita desconfianza cruzó rápida el rostro del jefe guerrillero.
—¿Seguro?
Imperturbable, Garza no respondió a eso. Se limitó a mirar con fijeza a su jefe hasta que éste apartó la vista, arrepentido de la pregunta que acababa de formular.
—Es posible que se repartieran una —intervino Martín—. Fueran quienes fuesen.
Lo miraba Villa, ceñudo. Reflexivo. Agitó al fin la cabeza como si descartara pensamientos inoportunos.
—Lástima que aquel jijo de la tiznada no les contó más.
Después, tras escupirse en las palmas de las manos y frotarlas con vigor, ayudó a retirar los últimos obstáculos. Las cajas seguían allí, comprobó Martín, tal como Garza y él las habían dejado tres días atrás: rotos los sellos de lacre y plomo pero con el contenido intacto, las monedas metidas en cartuchos por los que asomaba el oro reluciente a la luz del hachón. En el mismo lugar donde las encontraron al bajar por primera vez a la mina y seguir el camino descrito por el hombre torturado en el rancho.
—Ay, ay, mamacita —repetía Villa, fascinado.
Con las manos llenas de monedas, sopesando los cartuchos, miraba a Martín y a Garza cual si no acabara de creer lo que ocurría.
—Compadre Geno, amigo ingeniero… Esto que han hecho no lo olvidaré en mi vida… Pudieron callar y quedarse con todo.
Movía la cabeza el mayor, ofendido.
—Pos ni de lejos, mi general —replicó muy serio—. Cómo chingados íbamos a poder.
—Épale. Vengan que los abrace.
Lo hizo uno tras otro, palmeándoles fuerte la espalda. Grande como era, fornido, parecía un oso feliz. Y aquella emoción, pudo comprobar Martín mientras Villa lo estrechaba entre sus brazos poderosos, era sincera. También advirtió con sorpresa que el brillo en los ojos del jefe guerrillero no era codicia, sino cólera hasta entonces contenida. Relumbres de venganza.
—Ora tenemos con qué empezar —le oyó decir—. Ora sí hay con qué pegarle fuego a México.
Lo hablaron tres días después, tras reunirse en un reservado del hotel Green Tree, a la luz de los globos de gas. Fue una cena cara, casi una fiesta con grandes filetes muy hechos, champaña francés y cigarros habanos. Estaban allí el indio Sarmiento y cuatro hombres más, aparte Genovevo Garza y Martín Garret. En ningún momento, ni durante la cena ni después, Pancho Villa habló del oro del Banco de Chihuahua. Se limitó a decir que había encontrado financiación: a cambio de futuras concesiones, un capitalista estadounidense facilitaba medios para entrar en campaña. Llegaba la hora de devolver los agravios al hoy presidente Huerta y vengar la memoria del difunto Madero. Había sublevaciones en Coahuila y Sonora, los jefes Carranza y Maytorena se alzaban en armas contra el gobierno reuniendo a cuantos lucharon contra Pascual Orozco, y el coronel Obregón se les unía con su 4.º batallón. La bola echaba a rodar de nuevo y Villa no iba a dejar de entrarle a eso.
—Quien nos dio por acabados se equivocó de plano. ¿Que no entienden?… Mala yerba nunca muere.
—Pero semos pocos, mi general —objetó alguien.
—Ahí está la gracia, en jugársela con lo que hay… ¿Qué mexicano no ha puesto en su vida un peso al albur?
Lo discutieron hasta muy tarde: no lo de volver a la revolución, pues ahí todos estaban de acuerdo, sino el modo de hacerlo. A fin de cuentas, en El Paso eran sólo ocho hombres y una mujer, y su único equipo consistía en seis caballos, ocho rifles, una escopeta y nueve pistolas. Pero a cada objeción, exaltado y optimista, Villa golpeaba la mesa y subía el tono.
—Crecerá como un torrente cuando sepan que vuelvo. Soy Pancho Villa, carajo… Por la mañana seremos treinta, a la noche cien, y al día siguiente tendremos un ejército —los miraba uno por uno, desafiándolos a contradecirlo—. Hay que mandar mensajes a nuestra gente: que las viejas preparen tasajo y muelan el mais, y los hombres desentierren los fierros que escondieron.
Tras decir aquello soltó una carcajada; y aunque nunca bebía, alzó una copa y bebió de golpe un buen sorbo. Su mueca cruel, observó Martín, hacía pensar en un animal hambriento y vengativo.
—Volvemos a campaña, muchachos —el jefe guerrillero se secaba el bigote con el dorso de una mano—. Y a esos piojosos les vamos a hablar por donde no se platica… Sobre todo a esa serpiente cascabel de Orozco, que fue el primero en traicionar a don Panchito Madero y hoy pone sus colorados a las órdenes del borracho Huerta.
Salieron por fin del hotel y se separaron fuera. Martín y Villa caminaban uno junto al otro mientras Genovevo Garza, unos pasos detrás, cubría las espaldas a su general. Cruzaron San Francisco Street evitando la plaza iluminada con postes eléctricos, aún concurrida de gente y carruajes aunque ya era de noche. Todavía quedaban tiendas abiertas. Un automóvil los alumbró con sus faros y se alejó en una humareda de combustible quemado.
—Pinches carros gringos —gruñó Villa, molesto—. ¿Que no, ingeniero?… Poco hay mejor que un buen caballo. Una mujer, si acaso.
Caminaba el jefe guerrillero con pasos lentos y largos, las manos en los bolsillos y echado atrás el sombrero. Al pasar cerca de una luz se volvió hacia Martín, inquisitivo.
—¿Ya se decidió?… ¿Viene o se queda?
Aquello pilló desprevenido al joven. Había contado con tiempo por delante para pensarlo. Procuró salir como pudo.
—No soy mexicano, mi general.
—Tampoco lo era en Ciudad Juárez, y ya vio. O lo vimos todos.
—¿Me aceptarían con ustedes?
—Ni lo dude… Hace servicios que ya quisieran muchos, es de los que no se rajan, y en lo de Sierra Diablo se portó como un hombre.
Se había detenido Villa. Le golpeó suavemente con un dedo el pecho, sobre el corazón.
—Tiene cosas ahí dentro, amiguito. Cosas que me gustan —se dirigió a Garza, que se mantenía detrás de ellos—. Y a él también le gustan… ¿O no, compadre?
—Sí, mi general —confirmó Garza.
—¿A que le tienes ley a este gachupín?
—Mucha, mi general.
Villa había vuelto a caminar, y ahora llevaba a Martín cogido del brazo. Bajó la voz hasta el susurro.
—¿Imagina lo que podemos pagarnos en armas, parque, comida y gente con ese oro?… ¿Dejar de montar caballejos con estragos de garrapatas?
Doblaron la esquina de Franklin Street, iluminada bajo un gran anuncio de whisky Cedar Brook pintado en el muro. Confianzudo, Villa seguía cogido al brazo del joven.
—Usté conoce mañas de dinamitero y usa la cabeza —prosiguió—. En lo que vamos a hacer siempre tendrá sitio… Además, me visitó en prisión y tampoco olvidó a mi compadre Geno ni a su gente. Todos lo aprecian, ingeniero.
—No todos —replicó Martín.