Revolución
11. Más allá del río Bravo
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—¿Lo dice por Sarmiento?… No se inquiete. A ese apache le caemos todos como pedradas en mala parte. No sonreiría ni a su familia, si la tuviera. Pero lo que yo respeto él lo respeta.
Se había detenido de nuevo, mirándolo de cerca.
La luz de los postes eléctricos dejados atrás aún le perfilaba medio rostro bajo el sombrero.
—Anímese, hombre. Si vino a El Paso, será por algo.
—No tenía otro sitio a donde ir.
—Ah, qué usté. Curioso que diga eso. Hay toda una España pa recibirlo, si quiere. El mundo es grande y tiene estudios. No es un pelado muerto de hambre.
—No me refería a eso.
—Ya, claro… Sí. Comprendo a qué.
El extremo de la calle estaba en sombras, y a medida que se alejaban del centro podían ver mejor las estrellas entre las fachadas de las casas. De un edificio con ventanas iluminadas y aspecto de salón o burdel salía música.
—Es uno de los nuestros —afirmó Villa.
La penumbra disimuló la sonrisa escéptica de Martín.
—No estoy seguro de ser de nadie.
—Ándese con nosotros y lo verá —Villa se volvió hacia el mayor Garza, que seguía caminando detrás—. Díselo tú, compadre.
—¿Qué debo decir, mi general?
—Convence aquí, al señor, que se deje de chingaderas y se nos junte.
—Ya oyó, ingeniero —dijo el otro—. De plano se lo pide Pancho Villa.
El jefe guerrillero apoyó una mano en un hombro de Martín: fuerte, pesada, segura de sí. Hecha para llevar las riendas de un caballo y manejar una pistola.
—Dígame… ¿No le tienta ser revolucionario?
—Ya lo fui.
—Pos séalo otra vez, carajo.
Calló Martín sin saber qué replicar a eso. Comprendía que cualquier palabra que pronunciase aquella noche, en un sentido u otro, iba a marcar el resto de su vida. Y ante ciertas cosas era imposible volverse atrás. Quizá, concluyó, debería concederse más tiempo. Reflexionar en frío. Pensarlo un poco.
Pero insistía Villa, urgiéndole.
—Niégueme, si puede, que la palabra es bonita: revolución.
—Lo es —concedió el joven.
—La más hermosa del mundo —el otro se volvió de nuevo a Garza—. ¿Que no, mi Geno?
—Es la pura verdá, mi general. Sin ella sólo semos bestias con amo.
—¿Oyó eso, amiguito?
—Lo oí.
—Podrá contárselo a sus nietos, cuando los tenga: estuve con Villa, que no admitía a cualquiera… Decirles que fue uno de los hombres leales que cruzaron el Bravo.
Todavía intentó Martín retrasar el compromiso. Dejarse una vía alternativa por si al día siguiente, a la luz del sol, viese las cosas de otro modo. Una vez diera su palabra no habría vuelta atrás. Así que hizo el último intento.
—No sé si seré capaz —aventuró.
La carcajada de Villa, atronadora, parecía estremecer la calle.
—¿Capaz, dice?… Nació pa esto, ingeniero. Pa andar en la bola. La balacera lo pone caliente… Se lo digo yo, que hasta hace poco no sabía leer ni escribir, pero que de caballos, viejas y hombres entiendo un rato.
Se detuvo otra vez como si acabase de recordar algo. Martín lo vio introducir dos dedos en un bolsillo del chaleco. Algo dorado relució entre ellos, y sintió en su mano el peso de una moneda de oro.
—Le debía esto, me parece. Y al fin puedo devolvérselo… No piense que Francisco Villa olvida una deuda.
Cuatro días después, en la medianoche del 23 de marzo del año 1913, un jinete solitario cruzó el río Bravo por el vado de los Partidos, con el agua a la altura de la cincha del caballo. Hacía frío y se cubría con una chamarra de piel de venado cuyo cuello rozaba por detrás el ala ancha de su sombrero. Una vez al otro lado, el jinete exploró la orilla, se adentró entre los árboles hasta asegurarse de que no había nadie en las inmediaciones y regresó al río. Allí, puesto de pie en los estribos y haciendo bocina con las manos sobre la boca, emitió un sonido ronco y después agudo, entrecortado, que imitaba el aullar de un coyote. Apenas había un ápice de luna en el cielo estrellado, pero fue suficiente para que en la orilla opuesta se destacaran las siluetas negras de otros ocho jinetes, que uno tras otro fueron internándose en el cauce oscuro y manso del río que separaba México de los Estados Unidos. La última de esas sombras llevaba un sombrero tejano Stetson, una cazadora de pana, un viejo revólver al cinto y una carabina Winchester enfundada en la silla de montar, bajo la pierna derecha. Era el español Martín Garret Ortiz, que esa misma noche cumplía veintiséis años.