Revolución
12. Los cerros de Zacatecas
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12. Los cerros de Zacatecas
Las granadas estallaban sobre Zacatecas en forma de nubecillas de color azafrán, escupiendo granizadas de reluciente metralla sobre los federales encogidos en barricadas y trincheras. Retumbaban los cañonazos entre el crepitar del tiroteo, semejante a innumerables troncos de leña que crujiesen al fuego. Una ametralladora tableteaba a lo lejos, insistente, monótona. Desde la silla de su caballo —una desgastada McClellan del ejército estadounidense—, Martín alcanzaba a ver los fogonazos de la artillería federal que disparaba desde el cerro de la Bufa y sus impactos en las líneas revolucionarias: resplandores fugaces, surtidores de tierra, polvo y humareda, cuyos estampidos repetía el eco en las cañadas.
—¡Vean, muchachos! —exclamó Genovevo Garza—. ¡Los pelones se repliegan al Grillo!
Sonaron gritos de alegría entre el centenar y medio de jinetes que esperaba al resguardo de una ranchería de la que sólo quedaban en pie algunos muros de adobe. Se ganaba la batalla, pero despacio y a costa de enormes pérdidas, pues el enemigo, bien fortificado, resistía tenaz. Habían caído ya los cerros de Loreto y la Sierpe, y por la ladera de este último se veía correr cuesta abajo, como puntitos semejantes a rápidas hormigas, a los federales que habían estado defendiendo la cima, de donde escapaba menos de un centenar. La bandera tricolor, la constitucionalista, ondeaba arriba.
Se volvió el mayor Garza a Martín, mirándolo satisfecho.
—¿Qué le parece, ingeniero?… ¿Los estamos quebrando o no?
—Del todo.
—Ya se lo dije, compadre.
—Sí.
Se pasó Martín una mano por la cara, y los pelos del mentón sin afeitar le rasparon la palma. Tenía las botas, las espuelas y los pantalones manchados de barro de las últimas lluvias. A su alrededor notaba el olor de los caballos mezclado con el de su propio cuerpo: estaba sucio y fatigado por dos días de sobresaltos y escaramuzas, tras llegar a Zacatecas en uno de los trenes de la División del Norte. Después de los tanteos y combates preparatorios, el asalto formal a los cerros fortificados que circundaban la ciudad no había empezado hasta las diez de la mañana; pero Martín luchaba sin reposo desde la víspera, tras dinamitar dos puentes en la carretera de Guadalupe y dejar fuera de servicio durante la madrugada, al amparo de la oscuridad y la niebla nocturnas, un extenso tramo de vía próximo a la estación del ferrocarril, en la línea utilizada para traer refuerzos por las tropas federales.
Llegaron muy seguidos dos proyectiles de artillería enemigos: uno pasó sobre las cabezas de los jinetes con un sonido prolongado, semejante al rasgar violento de una tela, y otro estalló cerca levantando una polvareda de piedras y tierra. Algunos caballos piafaron inquietos, pero el de Martín se mantuvo impasible, limitándose a cabecear un poco: era un bayo de ocho años, fuerte, tranquilo, con una bonita línea negra de la crin a la cola, acostumbrado a la guerra. Lo había adquirido el año anterior por ciento veinticinco pesos en Chihuahua, al entrar en la ciudad con las tropas de Pancho Villa, y lo había montado en la primera y segunda toma de Torreón y en la batalla de Tierra Blanca. Se llamaba Láguena.
—Ahí viene Raúl Madero —dijo alguien.
Había empezado a soplar viento: las rachas movían las ramas de los mezquites y doblaban las alas de los sombreros. Apareció el hermano del presidente asesinado, cabalgando con su escolta. Reventaban granadas en el aire, y cada vez que oían llegar chirriando un bote de metralla, todos agachaban la cabeza. El recién llegado se dirigió a Genovevo Garza y tiró de las riendas. Traía los cristales de las gafas empañados de polvo.
—El general Villa me ordena atacar El Grillo, pero necesito refuerzos.
—Me tiene a su disposición, mi coronel.
—Los federales mandan gente al cerro desde las trincheras de Las Peñitas. ¿Puede estorbárselo con su batallón?
—Pos claro, descuide.
—En cuanto el enemigo afloje en el cerro, desbaratamos su resistencia en todo Zacatecas.
—Orita les caemos, mi coronel.
Mientras el otro se alejaba, dirigió Garza una despaciosa mirada al terreno por recorrer. Sólo veía en él, comprendió Martín, lo que necesitaba ver. Después habló a los suyos.
—Ya oyeron, muchachos, aprevénganse… Vamos a entrarles a esos muertos de hambre.
Ofrecía el mayor, apreció Martín, una recia estampa de guerrero: cananas de balas cruzadas al pecho, sombrero echado sobre los ojos, la cicatriz que le sesgaba la cara y el mostacho gris, cubierto todo de una capa de barro seco, polvo y humo de pólvora que blanqueaba arrugas como cuchilladas. Se había vuelto a mirar al joven con una complicidad estrecha y vieja, y su gesto no era una pregunta. Habían combatido juntos demasiadas veces y eran innecesarias ciertas palabras.
—Por supuesto —repuso Martín a lo no formulado.
—Pos píquele, compadre, que se nos enfría.
Arrimó espuelas el mayor, hizo Martín lo mismo, y con ellos empezó a moverse despacio el escuadrón de jinetes que los acompañaba: eran los llamados dragones o guías de Durango, caballería de exploración de la brigada Villa. La infantería —rifles y carabinas, calzones de manta, sombreros anchos de palma— estaba un poco más allá, tendida en el suelo, buscando ofrecer el menor blanco posible a la artillería. Había cadáveres tirados entre los arbustos y las peñas, semejantes a montones de ropa vieja.
—¡Arriba, hombres! —voceó Garza—. ¡No vayan a creer esos pelones que nos arrugamos!
Se iban incorporando a su paso, avanzando detrás. Contornearon el cerro enemigo dejándolo a la izquierda mientras desde arriba, escalonados en la pendiente, los federales empezaban a tirar con intensa fusilería. Zumbaban las palomillas de plomo y algunos cayeron alcanzados. Un jinete que iba a la izquierda de Martín se inclinó sobre el cuello del caballo y, silencioso, sin despegar los labios, se deslizó de la silla al suelo.
—¡Aviven! ¡No se la pongan fácil a esos jijos de tal!
Los de a pie corrieron y los jinetes pusieron al trote sus monturas. Desde arriba llegaban ahora plomazos espesos como un enjambre de insectos furiosos. Caían hombres y caballos. Más allá del cerro y las trincheras federales, tras las pencas de maguey desmochadas por las balas, podía verse una parte de la ciudad: casas altas, torres de iglesias y humaredas lejanas que se alzaban verticales para mezclarse con nubes bajas y restos de la niebla que aún no se disipaba del todo, grisácea por la bruma de la pólvora quemada.
—¡Avívense!… ¡Arriba Villa, muchachos!
Cuando sonó el clarín y pasaron al galope, el estruendo de cascos de caballos, explosiones y disparos se volvió ensordecedor. Cabalgaba Martín separados los estribos y corvo sobre la montura, arriscado el sombrero y apretados los dientes, tenso como si los músculos se volvieran tiras de cuero mientras rondaban las balas enemigas. De reojo veía en lo alto del Grillo y la Bufa resplandecer los fogonazos de los cañones como reflejos de espejitos diminutos, oía reventar granadas sobre su cabeza y no pensaba sino en seguir picando espuelas, avanzar sin que lo mataran hasta que Genovevo Garza ordenase alto, desmontar y combatir pie a tierra, a la dragona. No sentía otro miedo que el habitual al hierro caliente y la mutilación, ni otra audacia que la común resignación del soldado. Pocos habrían reconocido al joven ingeniero de minas que por primera vez se asomó a la guerra en Ciudad Juárez en aquel hombre flaco y duro, tostado por el sol, capaz ahora de percibir los complejos matices del peligro y la muerte con los ojos y los oídos. Con el instinto, no con la razón. A fin de cuentas, desde que había cruzado el río Bravo con Pancho Villa, de San Andrés a Zacatecas, aquél era su undécimo combate.
Al ver aparecer a los jinetes, los soldados federales que desde la ciudad se dirigían al cerro se detuvieron y empezaron a regresar a las trincheras. Punteaba el paisaje de uniformes caquis retrocediendo en desorden mientras sus oficiales intentaban contenerlos y hacerles seguir adelante. Sonó el clarín en ese momento, y Martín, como los demás jinetes incluido Genovevo Garza, extrajo el rifle de la funda, descabalgó, y con la rienda sujeta al brazo izquierdo cortó cartucho y empezó a tirar protegiéndose en el cuerpo de su caballo. Lo hacía despacio, como había aprendido, sin precipitarse, tomándose tiempo entre disparo y disparo, buscando con calma a qué enemigo apuntar para hacer mejor blanco. Abría la boca para que los estampidos del arma no le maltrataran los tímpanos, respiraba hondo, retenía el aliento y volvía a hacer fuego. Y cuando veía desplomarse las figurillas caquis, por sus disparos o por los de sus compañeros —a ciento cincuenta metros resultaba imposible saber quién acertaba a quién—, sentía un regocijo íntimo, cruel, hecho de satisfacción por matar y de alivio por seguir vivo.
Alcanzaba la infantería a los jinetes, y la lluvia de plomo combinada de unos y otros enterró a los federales en las trincheras. Al descubierto ya sólo se veían cadáveres y heridos que se arrastraban buscando protección y eran rematados a tiros, sin piedad. Cuando Martín, medio agachado, apoyó la espalda en el flanco de su caballo para recargar el rifle, dirigió la vista al Grillo mientras introducía los cartuchos uno a uno. Por una ladera se veía ascender penosamente a la infantería revolucionaria y por la otra bajar a los federales que habían defendido la cumbre. El cielo se despejaba un poco hacia el este, tornándose azul, y en él se alzaban columnas de humo gris. Estremeciéndose, el joven recordó los gritos de los jinetes que, atrapados en las primeras cargas del día bajo sus caballos muertos, se habían quemado vivos entre los arbustos incendiados por los cañonazos.
Genovevo Garza, que estaba cerca y también recargaba su carabina al resguardo del caballo, le dirigió a Martín una risotada triunfal bajo el mostacho tiznado de pólvora.
—¡Se rajan los pelones, compadre! —gritó.
Asintió el joven, sintiendo que el gozo le estallaba dentro como una granada. Sus ojos de veterano habían reconocido la señal: el incendio de edificios que, por parte de los federales, acompañaba siempre a la evacuación de pueblos y ciudades.
Bajo la luz de un espléndido ocaso, Zacatecas era una matanza. La estación de ferrocarril parecía un cementerio a cielo abierto —el coronel que la defendía fue fusilado apenas se rindió— y la calzada de Guadalupe, por donde los huertistas quisieron escapar sin conseguirlo, negreaba de hombres y caballos muertos, de uniformes que los fugitivos se quitaban intentando huir de la carnicería. Al final, cada uno había procurado salvar su propia vida. Pero no sólo eran los cerros y el camino de Guadalupe: también en la ciudad, entre los cadáveres, se veía mucha población civil, incluso mujeres y niños. El Palacio Federal y el Teatro Calderón estaban en ruinas. Había destrozos y escombros por todas partes, heridos y muertos sobre charcos de sangre tirados en las aceras, bajo los soportales y amontonados en las plataformas de dos tranvías detenidos en medio de la calle.
Pasada la tensión del combate, aturdido por la resaca de la pólvora pero dichoso de hallarse vivo y sin heridas, Martín lo observaba todo con frío estupor. Caminaba por el centro de la ciudad con su caballo de la rienda, mirando a un lado y otro. Exasperados por la resistencia enemiga, los revolucionarios vengaban a sus muertos con cuanta cólera, crueldad y vileza es capaz de albergar el ser humano. Los héroes de la jornada se tornaban asesinos en el crepúsculo: se mataba para conseguir alcohol o comida, para robar y violar. Tras invadir hoteles y cantinas, bandas de revolucionarios celebraban la victoria destruyendo, saqueando, entrando en las casas a sangre y fuego mientras resonaban descargas de piquetes de fusilamiento. A ningún jefe, oficial o colorado de las tropas de Orozco se le perdonaba la vida aunque se rindiera, y hasta soldados rasos, sacados de sus escondites en casas, iglesias y hospitales, eran asesinados a mansalva.
—Hola, dinamitero.
Con la última luz, más allá de las ruinas humeantes del Palacio Federal —también había una casa en llamas que crepitaba cerca sin que nadie hiciera nada por atajar el incendio—, Martín se encontró con Tom Logan. El mercenario norteamericano estaba sentado en un banco de la plaza con una caja de whisky Wilson y un maletín entre las polainas. Tan sucio y polvoriento como Martín, fumaba un cigarro de mariguana mientras miraba a unas mujeres —había llegado un tren revolucionario y las soldaderas, algunas con hijos a cuestas, se desparramaban por la ciudad sumándose al saqueo— disputarse una máquina de coser ante la hermosa filigrana de piedra de la catedral española. Algunas vestían prendas de ropa robadas de las tiendas. Se pegaban e insultaban con violencia, y Logan las observaba divertido.
—Me encanta este disparate —dijo—. Habría que inventar alguna palabra para definirlo.
—Guerra —apuntó Martín.
—Sí, claro… Guerra.
Se habían encontrado otras veces durante la campaña, reconociéndose. Logan, licenciado después de Ciudad Juárez, volvió a incorporarse a las tropas villistas durante la primera toma de Torreón. En el intermedio, sostenía, había trabajado en un rancho de Arizona, pero esa vida no le acomodaba. Y al saber que Pancho Villa entraba de nuevo en campaña, volvió a México para unirse a la División del Norte. El veterano de la guerra de Cuba seguía siendo experto en ametralladoras, y tenía a su cargo una sección de tres máquinas Hotchkiss y una Colt servidas por una docena de voluntarios ingleses y norteamericanos. Durante la batalla por Zacatecas, dijo, había estado en el ataque a la estación del ferrocarril y el panteón del Refugio.
—Ha sido duro, ¿eh? —comentó Logan.
—Más o menos.
—Perdí a tres de mis ametralladores… ¿Qué tal te fue a ti?
Palmeaba el banco a su lado, invitándolo a sentarse. Ató Martín la rienda del caballo en el respaldo de hierro, se quitó el sombrero, movió la pistola enfundada que llevaba al cinto, para que no incomodase, y ocupó el lugar ofrecido.
—Pudo ser peor —dijo.
—Sí, ¿verdad? —sonreía el otro, sarcástico—. Siempre puede ser peor.
Agachándose con el cigarro entre los dientes, extrajo una botella de la caja, le quitó el corcho y se la pasó a Martín. Aceptó éste: el trago largo le quemó la garganta y avivó los sentidos. También bebió Logan.
—Dicen que Huerta está acabado —dijo.
No estaba el joven seguro de eso. Miraba alejarse a las soldaderas, que perseguían furiosas a la que cargaba con la máquina de coser.
—En México nada acaba del todo. Siempre vuelve a empezar.
—Eso es verdad. Y menuda locura, ¿no? —Logan hizo un movimiento semicircular con la mano que sostenía la botella, abarcando la plaza y la ciudad—. No hay quien detenga esta barbaridad.
—Se desahogan —opinó Martín—. Han sufrido mucho.
—Hemos… También tú y yo.
—Tal vez nosotros, extranjeros, veamos la vida de otra manera.
—¿Eso crees?
Bebió el gringo otro trago y señaló con el pulgar a su espalda, sin volverse.
—Ahí mismo he visto a varios de los nuestros sacando a rastras a una mujer para violarla. Jovencita, ¿eh?… Casi una niña. Hija de huertistas, decían. Conocía a uno de ellos, y me invitó a unirme a la fiesta.
—Pero no lo hiciste.
—No es mi estilo —Logan lo miraba con curiosidad—. Tampoco el tuyo, me parece.
—Hay quien te reprocharía no haberlo impedido.
Emitió el otro una risita cínica.
—Nadie aquí me echaría en cara eso… Mi pasividad.
—No hablo de aquí. Aunque a veces parezca increíble, hay otros mundos además de éste.
Se rascó Logan las patillas pelirrojas. Puso el tapón a la botella y la metió en la caja.
—¿Crees que debería haber intervenido? —ahora fruncía las cejas, pensativo—. ¿Haberles dicho a esos animales borrachos que violar a mujeres está mal?
—Claro que no. Arriesgabas que te pegasen un tiro.
—Eso pensé. Así que me vine con mi whisky y mi botín aquí, a tomar el fresco. Tú habrías hecho lo mismo.
Lo meditó brevemente Martín.
—Sí —dijo.
El otro había abierto el maletín y le mostraba el contenido: cubiertos de plata, un par de relojes, algunas alhajas de mujer.
—¿No has cogido nada?
—Todavía no.
—Poco vas a encontrar como te demores… Hasta dientes de oro llevo.
La brisa del anochecer, procedente de los cerros, traía olor a madera quemada y carne podrida. Alzó un poco Logan el mentón, olfateando el aire como un perro de caza adiestrado.
—Smell of war —dijo.
Después cerró el maletín, apuró el resto del cigarro y lo dejó caer. El sol se había ocultado del todo y el incendio de la casa los iluminaba de lejos. En torno seguían sonando gritos y disparos distantes.
Se levantó Martín poniéndose el sombrero con desgana. Se sentía a gusto con el gringo, pero necesitaba encontrar un sitio donde cenar algo y después dormir doce horas seguidas. Cuando estaba muy cansado, la vieja herida de la cadera izquierda todavía molestaba un poco.
—¿A dónde vas? —quiso saber Logan.
—A buscar a mi gente… Pertenezco al estado mayor del general Villa, pero para combatir suelen asignarme a los guías de Durango.
—¿Los de Genovevo Garza?
—Ésos.
—¿Y salió el mayor ileso de la balacera?
—Ni un rasguño.
—Un fulano especial, Garza. Eso tengo entendido… ¿Es verdad que quisieron nombrarlo teniente coronel, pero se niega?
—Es verdad —confirmó Martín—. No desea ascender de grado.
—Vaya… ¿Y por qué?
—Dice que apenas sabe leer ni escribir, y ni ganas tiene de aprender. Que como mayor está muy a su gusto y que no le vengan con chingaderas.
Se echó Logan a reír.
—No sería el primer analfabeto que llega a general.
—Ya, pero él es así.
Señaló el norteamericano las dos barritas de latón cosidas a la cazadora de Martín.
—¿Y tú, teniente?
—Me dieron esto para que me respeten, pero no ejerzo demasiado.
Desató la rienda del caballo, que relinchó suavemente al sentir su mano. El Winchester 30/30 estaba en su funda, en la silla. Tengo que limpiarlo en cuanto pueda, pensó. Demasiados disparos hoy. Y nunca se sabe.
—¿Me permites una pregunta más personal? —inquirió Logan.
—Hazla y veremos si respondo o no.
—En lo mío no hay secretos, ni lo pretendo. Ando en la bola porque me gusta esto y me pagan dos pesos y medio al día… Pero ¿y tú?
Tardó Martín un momento en responder.
—Se aprenden cosas —resumió.
—¿Perdón?
—México es una buena escuela para alguien que mira.
Lo contemplaba el otro, inseguro.
—¿Eso eres, alguien que mira?
—Lo procuro.
—Pero también eres alguien que mata.
—Incluso cuando mato, miro. Y tengo derecho: el precio es que también pueden matarme a mí.
—¿Y qué harás cuando lo hayas visto todo?
—Supongo que me iré. Volveré allí de donde procedo.
—Quizá no sea fácil adaptarse, después de vivir esto. A mí me resultó imposible.
—Lo averiguaré cuando esté lejos.
—¿Sabiendo?
—Exacto, ésa es la palabra. Sabiendo cosas que antes no sabía.
Se tocó con el pulgar y el índice el ala del sombrero. Después echó a andar y Láguena lo siguió, dócil.
—Nos veremos por ahí, Logan… En la próxima.
—Oh, desde luego, dinamitero. Aquí siempre hay una próxima.
Después de un día de balazos estaba siendo un anochecer de encuentros. Cerca del Teatro Calderón, lugar de reunión acordado para la gente de la brigada Villa pero convertido en otra ruina humeante, Martín vio al indio Sarmiento. Por todo el centro de la ciudad, partidas de constitucionales convertidos ahora en bandoleros celebraban la victoria fusilando prisioneros y robando cuanto de valor hallaban a su paso, de manera que entre los cadáveres que nadie retiraba y los vidrios rotos de las vitrinas se amontonaban despojos de las tiendas saqueadas.
Sarmiento se hallaba con uno de esos grupos: sentado a la luz de dos faroles de queroseno en una silla ante una mesa sacada de una cantina, rodeado de botellas vacías o a medio vaciar, en compañía de varios sujetos de siniestra catadura y algunas mujeres de burdel —que acogían a los revolucionarios con el mismo entusiasmo que antes dedicaron a los federales—, dictaba justicia sumaria para los prisioneros que le iban trayendo a punta de fusil.
La escena era tan asombrosa, tan primitiva y brutal, que Martín se detuvo a contemplarla. Los villistas presentaban a un hombre maniatado, militar o civil, y Sarmiento, tras amagar una consulta con el pintoresco jurado, dictaba una sentencia que siempre era de muerte. No escapaban a ella ni militares federales, algunos de ellos heridos, ni tampoco ciudadanos de Zacatecas conocidos por sus simpatías huertistas. En cuanto a los colorados, los pocos seguidores de Pascual Orozco que seguían vivos eran traídos a golpes y empujones, resignados a un destino que conocían de antemano. Si para los jefes y oficiales del ejército gubernamental no había piedad, para ellos tampoco. Bastaba la palabra colorado para que Sarmiento, entre trago y trago de alcohol, señalase el callejón a donde se les conducía para ejecutarlos como animales. Martín se asomó a echar una ojeada y lo que vio le contrajo el estómago. El pasaje era estrecho y largo; y al fondo, a la luz aceitosa de un farol, se amontonaban los cadáveres. Había al menos veinte, y el suelo de tierra era un fango sanguinolento que llegaba hasta la esquina.
Resonaron botas y voces por la banqueta de madera y vio Martín que traían a otro prisionero. No debía de tener más de trece años, le habían atado las manos delante y uno de sus captores mostraba un clarín de reluciente latón que acababan de arrebatarle. Era un jovencísimo corneta que en la ropa, desgarrada a jirones, llevaba aún el distintivo del general colorado Benjamín Argumedo. Lo habían visto escondido entre la paja de un establo. Intentaba mantenerse digno, erguido pese a los empujones, pero sus ojos nerviosos, desorbitados por el miedo, iban de un rostro a otro buscando dónde hallar compasión.
—Sólo es un chamaquito —dijo una de las mujeres.
—Pero bien coloradito —repuso Sarmiento, burlón.
Hablaba lentamente, pues el mucho beber le tornaba pastosa la lengua. Sus ojos amarillentos se veían turbios e inyectados en sangre. Había descubierto a Martín y lo miraba más a él que al muchacho, como si le estuviera dedicando la escena.
—Nomás un escuincle —insistió la mujer—. Una criatura.
Ordenó Sarmiento que bajaran los calzones al muchacho. Martín había visto eso otras veces.
—Mírenle las vergüenzas —ordenó el indio—. Si hay vello, es lo bastante hombre para darle bala.
Desnudaron al chico de cintura para abajo, entre risas. El pobre intentaba cubrirse con las manos atadas.
Había vello.
—Túmbenlo —ordenó Sarmiento.
Seguía mirando a Martín cuando lo dijo. Y algo estalló súbitamente en la cabeza de éste. Una peligrosa combinación de fatiga, hartazgo y cólera que hacía desvanecerse toda prudencia.
—Es una barbaridad —intervino—. Una cosa es matar en caliente; y otra, esto.
Sarmiento, que estaba a punto de acercarse una botella a la boca, se quedó tan inmóvil como una serpiente de cascabel que descubriera una presa.
—¿Pa qué se mete, si nadie lo llamó? —dijo al fin.
—Usted no tiene autoridad.
Torció el otro la boca, fanfarrón.
—Mi autoridá son mis tompiates.
Y acto seguido, dejando la botella en la mesa, sacó el revólver y le pegó al corneta un tiro en la cara, tan inesperadamente que quienes lo custodiaban se apartaron asustados. Gritaron las mujeres y cayó el chico de espaldas, deshecho el rostro. Un reguero de sangre se extendió por la banqueta y goteó hasta el suelo de la calle.
—Hijo de puta —dijo Martín, sin poder contenerse.
Lo miró el indio cual si no diera crédito a lo que acababa de oír.
—¿Qué dijiste?
El tuteo hacía aún más siniestra su actitud, pero Martín sostuvo el envite. Ya no era posible un paso atrás, así que repitió el viejo insulto español.
—He dicho que eres un hijo de puta.
Se hizo un silencio espeso, de matices mortales. Sarmiento no había enfundado el revólver. Lo mantenía sobre la mesa, junto a las botellas, dirigiéndole miradas indecisas, como si calculara qué hacer. Sospechó Martín que no estaba tan borracho como parecía, pero que le interesaba aparentarlo de cara a posteriores justificaciones. Y comprendió que había caído en una trampa.
—¿Éste quién es? —preguntó uno de los mexicanos.
—Un gachupín que dice mentadas y anda por donde no debe —repuso Sarmiento.
—Al general Villa no le gustan los españoles —dijo otro.
—Ni a mí —la mirada del indio era prometedora como la muerte—. Son amigos de los ricos y traidores a la revolución.
Miró alrededor Martín, desamparado. No conocía a ninguno de aquellos fulanos. Tocó con un dedo las barritas de latón cosidas a su cazadora.
—Soy teniente de la División del Norte.
Se volvieron unos a otros y luego a Sarmiento, indecisos. Movió éste la cabeza y descubrió los dientes en una mueca venenosa.
—Yo soy capitán, y me chingo a los tenientes y a su pinche madre… Desármenlo.
Dudaron los otros e insistió Sarmiento.
—¡Desármenlo, carajo!
Al fin uno de los mexicanos arrebató a Martín la rienda del caballo y otro le sacó la pistola de la funda. Se movían torpes y apestaban a alcohol, humo y ropa sucia. El joven los dejó hacer, sin resistirse.
—Por fin tienes tu oportunidad, Sarmiento —dijo, amargo.
—Y no pienso desaprovecharla —el indio señalaba el callejón—. Llévenlo allá.
—No puedes hacer eso.
—Pos claro que puedo.
—El general Villa te colgará por esto.
—Ya me entenderé yo con Villa —volvió a señalar el callejón—. Denle padentro a este traidor.
El callejón olía a muerte, sintió Martín. La de otros y la suya: la matazón que se vislumbraba en la penumbra del farol, los cuerpos amontonados según habían ido cayendo, y él mismo, que pisaba el barro sanguinolento en que se había convertido el suelo. En otras circunstancias habría analizado los pasos finales que daba en la vida con la curiosidad racional, instintiva a veces, que orientaba cada uno de sus actos y pensamientos. Pero esa noche, última en su última hora, estaba muy cansado; demasiado confuso para que lo inminente, o inevitable, lo descompusiera. Todo parecía una pesadilla absurda de la que era necesario salir de algún modo. Y en ese momento, morir era una forma tan buena como cualquier otra de evadirse. De tumbarse, por fin, y descansar.
Cuando le ordenaron alto, parado casi encima del montón de muertos, le sorprendió no sentir miedo. Tampoco sentía valor —le daba igual cómo lo vieran morir sus estúpidos verdugos—, y ni siquiera indiferencia. Lo embargaba una tristeza nueva, desconocida hasta entonces. Muchas veces había estado cerca del final, pero siempre fue en combate, a cielo abierto, dueño del destino y los actos que hasta allí lo llevaban. Ahora, sin embargo, a la trémula luz del farol de queroseno en aquel callejón, la muerte, la extinción de todo, le producía una intensa melancolía: una tristeza desconsolada, extrema, silenciosa, que le subía del pecho a la garganta y los ojos en largo sollozo interior. Voy a morir casi a oscuras en un rincón perdido del mundo, y me van a matar hombres cuyos nombres no conozco, de los que apenas he visto las caras. Y nada de cuanto en el resto de mi vida habría sido posible podrá ocurrir ya.
De un empujón lo pusieron cara a la pared, y al apoyar las manos en ella notó las marcas de anteriores balazos. El cañón de un Máuser le tocó la nuca, duro y frío. Cuando me disparen, pensó absurdamente, voy a dar con la frente en la pared. Eso no es bueno, pues me dolerá el golpe. Así que, resignado, apoyó muy despacio la cabeza, cerrados los ojos y tensos los músculos, esperando el impacto. Varias veces había oído decir que en el instante supremo se recordaban escenas de la vida pasada, pero comprobó que no era cierto. Él sólo pensaba en no golpear el muro con la frente al morir.
Esperó un rato, pero no llegaba el disparo. A su espalda sonaron voces confusas a las que no prestó atención. Si tardan mucho, se dijo, terminarán flaqueándome las piernas.
—¡Acaben de una vez, cabrones! —gritó, impaciente.
Pero no hubo disparos. Las voces a su espalda seguían sonando y llegaban como a través de un velo que amortiguara los sonidos. De pronto unas manos vigorosas lo agarraron por los hombros para darle la vuelta y ante sus ojos aturdidos apareció el rostro de Genovevo Garza.
La luz del sol de la mañana, todavía horizontal, entraba por la ventana iluminando el perfil rudo de Pancho Villa. Estaba en mangas de camisa y pistola al cinto, recién lavado, húmedo el pelo, en el comedor de una casa del centro de la ciudad donde había instalado su cuartel general. Rodeado de espejos, cuadros y marquetería, desayunaba con cubiertos de plata un atole de harina de maíz con rajas de canela, y parecía más atento a meter en él la cuchara que a los hombres que aguardaban de pie al otro lado de la mesa, sobre la madera encerada del piso. Martín era uno de ellos, y también estaban allí Sarmiento, Genovevo Garza y el secretario personal de Villa, un joven llamado Luis Aguirre. De vez en cuando, el jefe revolucionario alzaba los ojos para dirigirles una ojeada silenciosa y seguía comiendo. Por fin acabó, se limpió la boca con una servilleta almidonada y blanca y se echó atrás en el respaldo de la silla.
—No sé cómo chingados no los hago afusilar a todos… ¿Que no ven que tengo cosas más serias de que ocuparme?
—Me faltó al respeto, mi general —dijo Sarmiento—. En público de la gente.
Miraba Villa a Martín.
—¿Cómo explica eso, amiguito?
—Se extralimitó, mi general. Mataba a mansalva, sin necesidad.
Se hurgaba Villa los dientes con un dedo. Tras un momento ladeó el rostro para escupir en el suelo.
—Por lo que sé, este apache cabrón cumplía órdenes mías y del señor Carranza, primer jefe de la revolución: jefes y oficiales federales y colorados de cualquier clase, a enfriar cada cual una bala. Usté lo sabe como todos.
—Mató a un cornetilla jovencito, casi un niño.
Volviose Villa hacia el otro, socarrón.
—Épale, Sarmiento. ¿Orita te echas chamacos al plato?… ¿Que no tienes bastante con los que se afeitan?
—Era otro banderarroja, mi general —opuso el indio, sombrío—. Con pelo en los aparejos. Y si era lo bastante hombre pa andar dando trompetazos con Orozco, cuantimás lo era pa irse con la tiznada.
—Pero también te quisiste bajar aquí, al ingeniero.
—Le digo que me faltó al respeto. Tan peor, con una mentada de madre.
Arrugó Villa el gesto.
—Ah, pos eso está feo. Qué mala boca. Pero los machos arreglan esas cosas de tú a tú echando bala, no afusilando por mano de otros.
Intervino Genovevo Garza, que no había dicho nada hasta entonces.
—Con permiso, mi general… Si no llega a verlo Chingatumadre y me avisa, se lo habrían torcido allí mesmo.
—¿Y quién carajos es Chingatumadre?
—Uno de mis sargentos, que andaba cerca y conoció al ingeniero. Gracias a que corrió a avisarme, llegué a tiempo.
Sonrió Villa malévolo, guiñándole un ojo a Martín.
—Nació otra vez anoche, ingeniero. Ya puede cambiarse de día el onomástico.
Tras decir eso se lo quedó mirando, con gana de añadir algo.
—Me cuentan que ayer y antier peleó como los güenos —dijo.
Le sostenía el joven la mirada, tranquilo.
—Hice lo que pude —replicó con sencillez.
—Y lo hizo bien, a lo que parece. ¿Que no?… Dizque les reventó la vía del tren a los federales. Lo felicito.
—Gracias, mi general.
—No tiene de qué. Es el único gachupín que conozco que me cae simpático… Pero déjeme decirle, amiguito. Lleva tiempo en la División del Norte y sabe cómo son las cosas.
Se pasó Villa una mano por el pelo crespo, como si le picasen parásitos que el baño caliente no hubiera eliminado. Después se rascó el cuello poderoso en lo entreabierto de la camisa.
—¿Saben qué pensaba ayer en la batalla, cuando llovían puros trancazos y nuestra gente caía subiendo a los cerros?… Pos pensaba que ahí luchaban hombres que querían ganar contra otros que no querían que les ganaran, y que muchos morirían sin saber quiénes ganaron y quiénes perdieron.
Se quedó callado un momento. Cogió un cuchillo de la mesa, probó el filo en la palma de una mano y puso el cubierto a un lado, con desdén.
—Así es la revolución —comentó al fin—. Se hace matando… La ganas cuando matas más que el enemigo, y la pierdes cuando matas menos. Y sólo con muertes y más muertes progresa la causa del pueblo. Así que, ni modo. En llegada la hora, igual que matas hay que saber morirse.
Sus ojos color café los penetraban severos, cual si comprobara su conformidad con lo que escuchaban. Acabó dirigiéndose a Martín.
—Usté, amiguito, hizo mal en andar de metiche, y Sarmiento hizo mal en quererlo afusilar… Por otro lado, el indio hizo bien en cumplir la orden de no dejar colorado vivo, usté hizo bien en no arrugarse cuando le iban a dar plomo, y mi compadre Genovevo hizo más mejor quitándolo del paredón —se volvió hacia su secretario, que se mantenía aparte con un cartapacio de documentos bajo el brazo—. ¿Me he explicado, Luisito?
—Perfectamente, mi general.
—A mí también me se pega la gana de ser salmónico, o como tiznados se diga eso. No todo es picar espuelas al Siete Leguas y fajarse a plomazos.
—En efecto, mi general —asentía el secretario—. Ahí lo dijo.
—Pues eso… Todos hicieron bien y mal, y eso mero es la vida.
Paseó Villa por la estancia una mirada pétrea, que no admitía réplica. Y señaló el cartapacio.
—¿Saben qué voy a hacer luego luego, cuando ustedes me permitan atender cosas que de verdá importan?… Pos recibiré a diez o doce ciudadanos, los más ricos, chocolateros y perfumados de Zacatecas, que Luisito dejó esperando afuera, pa decirles que tienen hasta la puesta de sol pa juntarme doscientos mil del águila como contribución a la causa. Y que si no me cumplen, los afusilo.
Volvió a rascarse la cabeza y se miró las uñas en busca de algún resultado de la exploración. Después, con la misma mano, les mostró la puerta.
—Orita bórrense de mi vista y déjenme seguir haciendo la revolución, que ya me reclama. Usté, ingeniero, olvide el difuntito y el arrebato de Sarmiento; y tú, apache, olvida las mentadas… Así que dense la mano y no chinguen.
Era un patio grande y empedrado de un caserón situado cerca de la plaza de toros. Abandonado por los dueños, partidarios de Huerta que huyeron antes de la batalla, el lugar mostraba los estragos del saqueo: en el suelo había restos de loza, vidrios rotos, ropa pisoteada, libros y papeles a medio quemar. Los muebles de caoba se empleaban en fuegos de cocina y los cortinajes y alfombras, en sudaderos para los caballos. Apoyado contra un muro, el retrato de algún prócer con levita negra y leontina en el chaleco se había usado como blanco para probar la puntería. Podía tratarse del antiguo presidente Porfirio Díaz, pero era difícil saberlo. El rostro del lienzo resultaba irreconocible, acribillado a balazos.
—Acérqueme el aceite, ingeniero. Hágame el favor.
Martín cogió la latita de Montgomery Ward y se la pasó a Genovevo Garza. Estaban sentados en elegantes sillas forradas de terciopelo, sacadas del comedor de la casa. Entre uno y otro había una mesa en la que tenían desmontadas las armas que limpiaban: dos rifles, el revólver del mayor y la pistola de Martín, que aunque conservaba el viejo Orbea español prefería llevar en campaña una potente Colt calibre 45. La tarde anterior habían conseguido munición y repuestos de sobra al reventar la puerta de la armería MW & Co. de la calle Correos y vaciar a conciencia los estantes.
—Es güeno este aceite gringo —comentaba Garza, satisfecho, lubricando el engranaje de la palanca de su arma.
Martín indicó la marca del precio.
—Ya puede serlo, ¿no?… Veinte centavos de dólar cuesta cada lata.
—Ni modo. Pero a nosotros nos hicieron rebaja.
A pocos pasos, Maclovia Ángeles zurcía y remendaba sentada en el patio con otras mujeres. Casi todas vestían una disparatada mezcla de ropa campesina y prendas procedentes de los armarios de la casa, pero Maclovia conservaba su larga falda oscura y la habitual blusa de tela cruda sobre cuyos hombros pendían dos trenzas espesas y negras. Aunque ya no se combatía en la ciudad, la soldadera mantenía su pesado pistolón sobre la cadera derecha. A veces levantaba la vista de la labor y contemplaba a los dos hombres que limpiaban las armas o dirigía una mirada hacia el corrillo de villistas que al otro lado del patio, sentados o tumbados en el suelo y con las cananas de balas colgadas de los fusiles puestos en pabellón, se agrupaban en torno al sargento Chingatumadre, que una y otra vez intentaba tocar Las tres pelonas en una guitarra a la que faltaba una cuerda. Todos fumaban tabaco procedente del saqueo, pero no había ni gota de alcohol. Apenas amaneció tras el desorden de la victoria, Pancho Villa había ordenado romper las botellas en las cantinas y fusilar a quien se encontrara borracho.
Encajaba Garza, tras secarlas bien con un trapo, las piezas metálicas en el cajón de mecanismos del rifle. Al fin ajustó la tapa y miró a Martín, ocupado en pasar la baqueta por el cañón de su Winchester.
—Igual ya no hay que usarlas más, ingeniero.
—Esto es México —repuso éste mientras alzaba el cañón y entornaba un ojo para comprobar la limpieza del ánima.
Cuando lo dejó en la mesa y empezó a montar las piezas vio que Garza lo miraba pensativo.
—¿Qué hay, mi mayor? —preguntó.
—Pos nada… Que lo miro, compadre, y me doy cuenta de cómo ha cambiado.
—¿Para bien o para mal?
—Ni modo, hombre. Pa bien… Qué si no.
Frotaba el guerrillero su rifle con un trapo.
—Me acuerdo de cuando lo conocí —añadió.
—El oro del Banco de Chihuahua —sonreía evocador Martín.
—Eso es.
—Y el pobre don Francisco Madero.
—Carajos.
Seguía mirándolo el mayor, benevolente, y pensó Martín que también había cambiado desde los tiempos de Ciudad Juárez: su pelo y bigote se habían vuelto completamente grises, y la cicatriz de la cara se confundía con las arrugas que, como cuchilladas, cuarteaban el rostro color de bronce. Sin embargo, era su mirada la que había envejecido más. Ahora parecían asomar en ella la resignación y la fatiga.
—Era usté un chamaco aplicado —recordó Garza—. Tan curioso y con tanta voluntad.
—¿Y qué soy ahora?
—No sabría decirle, pero sé lo que no digo.
—¿Su amigo?
Hizo un ademán de reproche el mexicano, cual si la pregunta fuese una ofensa.
—Más que eso, hombre… Es mi compadre.
—Es un honor que diga eso, mi mayor.
—Lo que digo es la verdá pelona. Está ahí, tan poco remilgoso, limpiando sus fierros como si no hubiera hecho otra cosa en la vida. Más mexicano que el pulque. Lo vi rifarse el cuero perjudicando pelones en Torreón, en Tierra Blanca, en Ojinaga… Y hasta jugársela el otro día con Sarmiento por defender a un pinche colorado al que yo mesmo, de estar donde él estaba, le habría pegado un tiro.
Pasó por última vez el trapo por el rifle. Después cogió los cartuchos metálicos amontonados sobre la mesa y empezó a introducirlos en el cargador.
—Hay quien no entiende que a un hombre de su educación y sus posibles pueda gustarle esta vida… Que quiera estar con nosotros por su puro gusto.
Sonrió Martín.
—Es difícil de explicar.
—Por eso no pido que me lo explique.
Seguía metiendo cartuchos el mexicano. Tras un momento levantó la cabeza.
—¿Me permite nomás una confianza, ingeniero?
—Pues claro.
—En estos tres años, desde que nos encontramos en Juárez, se ha hecho un hombre de güena ley. Un gallo jugado, tan valiente como el primero que se comió un zapote prieto… Alguien a quien se puede fiar un secreto. O la vida.
Sonrió Martín con afecto, sin decir nada. Garza había metido seis cartuchos y dejaba el arma en la mesa.
—No es de ésos —prosiguió— pa decirles no te infles tanto, melón, que te conocí pepita. Ni modo. Sabe estar y sabe hacerse perdonar, y le salen sobrando las palmaditas en la espalda y las barras de teniente… Mi Maclovia dice que hasta coronel podría llegar, si se pusiera. Y estoy conforme. Lo que pasa es que no se pone.
Martín miró a la soldadera, que seguía cosiendo con las otras mujeres.
—Me temo que sigo sin caerle simpático —concluyó.
—Se equivoca, compadre. Mi vieja es como la ve, ruda de maneras. Sin educación. Pero lo valora, ya le conté. Una vez me platicó que es el único entre todos estos hilachos piojosos con el que se iría si yo doblara el petate… ¿Se acuerda?
—Lo olvidé en seguida. No deseo ofenderlo, mayor.
Se limpiaba el otro el aceite de las manos, frotándolas con el trapo.
—¿Ofender?… Niguas. Entiendo lo que ella dice.
Oyeron la voz de Maclovia gritándole a Chingatumadre que acabara con las pelonas, que ya cansaba. Rieron los del corro y el sargento se esforzó ahora, con poco éxito, en los acordes de Jesusita en Chihuahua.
Miraba Martín a la soldadera. Por un momento ella levantó la vista de la costura y sus ojos se encontraron antes de que la bajara de nuevo.
—¿Siempre fue así de dura, mi mayor?
—Siempre.
—¿Y siguen sin querer tener hijos, por ahora?
—No está el palo pa cucharas… Malos tiempos pa cargar con un chamaco en mitad de este mitote.
Había acabado Martín de encajar y cargar su Winchester. Desmontaba la baqueta, guardando en el estuche los utensilios de limpieza.
—De todas formas, parece que se acaba —comentó—. Dicen que el primer jefe Carranza baja hacia el sur y que la gente de Zapata anda por Cuernavaca… También dicen que la División del Norte estaría camino de la capital de no haber malos entendimientos entre Villa y Carranza, que anda celoso de tantas victorias y teme que le muevan el sillón.
—A ver si tienen razón y acaba todo este desmadre. Llevo un costal de veces prometiéndole a mi Maclovia un ranchito pa vivir como personas. Y no pido que me den, sino que me pongan donde hay… Qué menos, después de tanto sufrimiento y tanto pelear. ¿No cree?
—Por supuesto.
—Además, si esto se alarga no sé qué pensará la gente. Ya me se afiguran poco los tiempos de antier, ¿no se acuerda?, cuando empezábamos la revolución, que llegabas a un pueblito, salían todos a echarnos vivas y hasta con banda de música nos festejaban… Orita, nomás nos ven asomar todos pelan gallo.
—Como usted mismo dice, mayor, no hay loco que coma lumbre.
—Es la mera verdá. Hasta los pobres se cansan de dar sudor, sangre y mais pa conseguir tan poco. En eso no cambian las cosas, ¿que no?… O llegas arriba y robas, o te quedas abajo y te roban.
—Puede ser.
—No, compadre. Es.
Torcía Garza un cigarro entre los dedos encallecidos, preparando el avío de fumar.
—¿Y qué hará, ingeniero?… Cuando todo acabe, si es que alguna vez acaba.
Sonrió Martín. Aquélla era una idea que procuraba eludir.