Revolución
6. Encuentro en el Zócalo
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—No imagina cómo la paso aquí… Todo son peticiones, demandas, requerimientos. La gente cree que bastan dos palabras al presidente para que se cumplan todos los deseos imaginables.
Aplicó el secante a lo escrito y entregó la tarjeta a Martín, que la guardó en su billetera.
—En su caso me gustaría serle más útil —añadió—, pero tengo las manos atadas. Y más en estas circunstancias. Lo militar tiene prioridad absoluta. Ahora que me han ascendido a teniente coronel, y con Orozco dando problemas en el norte, creo que volveré a vestir otra vez ropa de campo.
Se tocaba el chaleco, resignado, palpando los botones demasiado tensos. Dirigió después una mirada despectiva al cómodo despacho.
—Y no lo lamento, ¿eh?… Me irá bien cambiar de aires.
Se puso en pie y Martín lo imitó en el acto. Sonreía Madero, evocador, mientras lo acompañaba a la puerta.
—Lo recuerdo a usted sucio de polvo y pólvora, allá a orillas del Bravo: los combates, los puentes y la amenaza gringa. Y las cosas que hizo por nosotros… Lamento no corresponder como sus servicios merecen.
—No importa —protestó Martín—. El placer ha sido verlo. Que me haya hecho el honor de concederme este rato.
Lo miraba el otro con amistosa curiosidad.
—¿Me permite una observación, señor Garret?
—Naturalmente.
—Estoy sorprendido de que sea sólo ingeniero de la Minera Norteña.
—¿Por qué? —se extrañó el joven.
—Pues no sé. Creí que su posición… Bueno, imagínese. En Gambrinus lo vi en excelente compañía.
Movió Martín la cabeza, deshaciendo el equívoco.
—Oh, no, en absoluto. Sólo estoy aquí de modo circunstancial. En comisión de servicio.
—Pero bien considerado, por lo visto.
—No puedo quejarme.
—Lo mandaron a verme sus jefes, ¿no? —guiñaba Madero un ojo, cómplice—. Por si había suerte tocando las viejas teclas entre compañeros de armas.
Enmudeció Martín, de nuevo ruborizado, maldiciendo en sus adentros a la Norteña, a Emilio Ulúa y a toda su estirpe. En ese momento habría deseado desaparecer bajo tierra. Al fin, recobrado del desconcierto, sonrió con sencillez. Con súbita franqueza.
—Tiene mi palabra de que me resistí cuanto pude.
Se echó a reír el otro, palmeando su espalda.
—Lo creo. No parece de ésos.
Estaban en la puerta del despacho, que el propio Madero había abierto.
—¿Volvió a relacionarse con la gente de Villa? —se interesó.
Dudó Martín, recordando el reciente encuentro en el Zócalo.
—No —mintió—. ¿Qué sabe de ellos?
—Unos volvieron a sus casas y otros siguieron con las armas en la mano —se le oscureció el gesto—. Puede que haya que recurrir otra vez a esa gente. Suena triste, ¿verdad?… Que deban hablar los fusiles.
—¿Y qué tal anda el coronel Villa?
Le dirigió el otro una mirada rápida y suspicaz, que sin embargo resbaló sobre la expresión inocente de Martín.
—Pues se me hace que allá en su rancho, criando vacas —repuso con forzada indiferencia—. Aquí sabemos poco de él.
—Claro.
Se estrecharon la mano, y el mexicano lo hizo con un calor que parecía sincero.
—¿No le pica a usted la acción? —quiso saber—. ¿Volvería allí arriba, en caso necesario?
Lo pensó tres segundos Martín.
—No creo… Aquello fue un episodio aislado. Casual. Mi clase de vida es otra.
—Comprendo. Y hace bien. La política es mal camino, y a veces conduce al paredón.
Mantenía la puerta abierta, sin terminar de despedir a Martín. El secretario se había levantado de su mesa para acercarse a ellos, pero Madero lo detuvo con un ademán. Bajaba un poco la voz, confidencial.
—En cierto modo lo envidio a usted: joven, extranjero y con una prometedora carrera por delante… Eso permite observar de otra forma a este desgraciado país, siempre enfermo de sí mismo.
Suspiró hondo mientras torcía el gesto, como si le doliera dentro.
—Me temo que vendrán tiempos difíciles, estimado amigo —añadió, lúgubre—. Y hace bien en mantenerse al margen.