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Cuarta parte » El forastero: Benjamin Netanyahu

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Netanyahu se casó con Sara en marzo de 1991, cuando estaba embarazada de varios meses. Según la prensa israelí, Netanyahu pospuso la boda al menos una vez, pero finalmente lo hizo entrar en vereda Yisrael Meir Lau, entonces máximo rabino de Tel Aviv.

Ahora los Netanyahu tienen dos hijos. Sería un disparate sacar conclusiones sobre su matrimonio, pero todo apunta a que es otra unión erizada de problemas. El primero de varios desastres se produjo en enero de 1993, mientras Netanyahu se hallaba en plena batalla por el liderazgo del partido Likud.

Sara recibió una llamada anónima que aseguraba que su marido tenía «algo» con su asesora de imagen, una mujer casada llamada Ruth Bar; es más, decía el interlocutor, existía una grabación de vídeo en la que aparecían Bar y Netanyahu en «situaciones románticas comprometedoras». La reacción de Netanyahu fue salir de inmediato en televisión y reconocer su infidelidad y, sin dar nombres (todo el mundo sabía que se refería a su rival, David Levy), acusó a algunos miembros de su propio partido de utilizar «medios mafiosos». Era «el peor crimen político de la historia de Israel, y tal vez de la historia de la democracia», dijo a los espectadores. Añadía asimismo que su única deuda —«Si tengo una deuda, y la tengo en esta cuestión»— era con su mujer y sus hijos.

Finalmente no apareció ninguna cinta y Netanyahu tuvo que pedir perdón a Levy. Por su parte, Levy se refirió a él como «Napoleón», «mentiroso» y «escurridizo» y se negó a hablar con él o a pronunciar su nombre hasta 1996.

La prensa israelí ha asegurado que el matrimonio de Netanyahu se sostiene ahora gracias a una serie de normas estipuladas por Sara y los abogados de la familia. Fuentes cercanas al primer ministro aseguran que Bibi consideró que no podía permitirse otro divorcio a la vez que aspiraba a liderar una coalición política conservadora y religiosa. Netanyahu esquiva el tema con varias frases trilladas de contrición y renovación, pero su asesor David Bar-Illan no fue nada evasivo conmigo.

«La confesión de adulterio, la historia de Sara, le dolió más de lo que me esperaba —dijo Bar-Illan—. Durante años, en Israel nadie se preocupaba de esas cosas. Moshé Dayán se tiró a la mitad de las mujeres del ejército e incluso tuvo problemas por ello, pero dijimos que nos daba igual. Todo el mundo lo sabía, como también sabía cosas de otros políticos y sus aventuras. Sin embargo, el ambiente cambió. Es el feminismo, que es casi victoriano. Cuando Bibi hizo su confesión, no fue especialmente sutil. Era difícil malinterpretar lo que decía, las acusaciones contra gente de su propio partido. Pero fue un terrible error salir en televisión y confesar la infidelidad. Aquí el delito es cuando te descubren, y a él no lo habían descubierto.»

 

 

Desde que llegó al poder, el matrimonio de Netanyahu ha sido blanco de la prensa hostil. Los periódicos sensacionalistas han acusado a Sara de todo, desde plagiar trabajos en la escuela de posgrado hasta ser una chiflada de la limpieza. La cuidadora de sus hijos, Tania Shaw, denunció a la familia y acusó a Sara de «esclavitud» y maltrato. Un extenso artículo publicado en el periódico Yediot Ahronot aseguraba que Sara tiraba zapatos a sus sirvientes; otro relataba que Sara había irrumpido en una reunión gubernamental de alto nivel y había ordenado a un asistente del primer ministro que se levantara porque estaba ocupando su asiento. En la prensa israelí, la impresión general es la de una bruja sombría que lleva a su marido a raya. Un miembro de la Knésset declaraba incluso que debería aprobarse una ley para contenerla.

Supuestamente, Bar-Illan es un maestro de la prensa, pero cuando le pregunté por el matrimonio, con el bolígrafo y la libreta a la vista de todos, puso los ojos en blanco y dijo: «Sara no es la mujer más estable del mundo. […] Ahora solo aparece cuando toca: recepciones para niños o actos para los discapacitados o los desfavorecidos. Y funciona. Está bien. Por fin empieza a resultar aburrida a los israelíes. Si hubiera corrido desnuda por la calle habría sido diferente, pero está bajo control».

Bueno, no exactamente. El año pasado, Sara concedió una entrevista a la televisión estatal israelí. Tenía una rabieta increíble y acusó a algunos miembros de la Knésset de insinuársele, y de Sonia Peres dijo que el hecho de que «ella no tenga cultura y se dedique a fregar platos y a jugar a cartas no significa que yo también tenga que hacerlo». Sara se volvió hacia su entrevistador y se fue. Aceptó seguir adelante solo si destruían la primera parte; ahora las cintas se encuentran en un sótano de los estudios, pero, tratándose de Israel, el material se filtró casi al instante.

En otra entrevista, Sara insistía en que su matrimonio era auténtico y carecía de motivaciones políticas. «Son incapaces de aceptar que nos queremos de verdad —dijo—. Cada vez que nos cogemos de la mano se supone que es de cara a la galería. Deberían ver lo mucho que lo hacemos cuando estamos solos. Es increíble.»

La situación personal de Netanyahu recuerda un poco a la de Bill Clinton, pero la comparación es más tenue de lo que parece. A diferencia de Clinton, que tiene muchos amigos, tanto dentro de la Casa Blanca como fuera, Netanyahu no. Ha echado a tantos asistentes y ministros en sus casi dos años en el cargo que principalmente le queda gente que le dice sí a todo. Dos de los amigos más antiguos de Netanyahu, Uzi Beller, que es médico, y el dentista Gabi Picker, casi nunca le ven ni hablan con él. «Nadie ve a menudo a Bibi —me contó Beller—. Todo líder tiene un pequeño círculo de íntimos, pero Bibi no.» Bar-Illan dice que se considera uno de los dos o tres confidentes de Netanyahu, pero aun así asegura: «Es muy difícil interpretar emocionalmente a Bibi. Es muy cerrado. No es posible intuir qué siente, ni siquiera yo. Nunca tengo la sensación de saber qué se le pasa por la cabeza. Ignoro quién lo sabe».

Un periodista israelí que ha observado de cerca a Netanyahu dijo: «Su vida es muy complicada. Es un prisionero en su despacho. Es una sala muy pequeña. Con toda esa seguridad, en cuanto sale tiene a varios hombres a su lado. Luego se mete en un Cadillac claustrofóbico. Allá donde va hay unas medidas de seguridad extremas. Cuando llega a casa, es aún peor. No tiene dónde relajarse, dónde dejarse ir. Todos esos problemas, la prensa, su familia, las negociaciones, responden a la idea que tiene del mundo, un lugar que siempre es hostil y en el que se enfrenta a todos y a todo constantemente».

Los pocos placeres de Netanyahu incluyen la buena comida (ha ganado más de veintidós kilos desde que ocupa el cargo), pero, aunque le gustan los lujos, no le gusta pagar por ellos. Tiene fama de no coger casi nunca la cuenta. El periódico de izquierdas Kol Ha’ir asegura que, en el pasado, Netanyahu intentaba utilizar su nombre para conseguir descuentos en productos y servicios. Incluso su placer más característico, los puros Davidoff, parece haberle estallado en la cara. En abril, los periódicos descubrieron que el gobierno gastaba unos tres mil dólares al mes en puros que costaban treinta dólares la unidad. Los portavoces de Netanyahu respondieron que esos puros eran para invitados extranjeros, una especie de servicio de bienvenida, pero antiguos primeros ministros y sus asistentes se apresuraron a negarlo. Shamir, el aparente colega de Netanyahu en el Likud, manifestó que los únicos detalles que ofrecía a sus visitantes extranjeros eran una taza de té «y tal vez una galleta para acompañar».

 

 

Netanyahu también es un forastero en su relación con Washington, ya que la Casa Blanca es prácticamente un templo a la memoria de la sombra de Bibi, Yitzhak Rabin. Para Clinton, Rabin era la definición de la dignidad, de los riesgos históricos. Hay fotos de Rabin en el Despacho Oval y en la residencia de la segunda planta. Hillary Clinton conserva como si fuera un tesoro una paloma de cristal que le regaló Rabin. El presidente guarda la kipá del funeral y en su estudio se puede ver tierra de la tumba de Rabin en una bandeja. «Esto es casi un culto a Rabin —me dijo un funcionario de alto rango de la Casa Blanca—. No hay nadie a quien el presidente admire o añore más.»

Cuando Bill Clinton llegó a la escena política, los grandes leones del final de la guerra fría se habían ido o estaban a punto de desaparecer —Gorbachov, Thatcher, Mitterrand— y el hombre de Estado al que admiraba era Rabin. Su primera reunión se produjo en el Hotel Madison de Washington durante la campaña presidencial de 1992. En el ámbito de la política internacional, Clinton era un neófito, y cuando Rabin inició un discurso sobre Oriente Próximo, que consumió cincuenta y cinco minutos de la hora que tenían prevista, Clinton no se sintió insultado ni aburrido; estaba agradecido. A partir de entonces, Clinton gravitó hacia Rabin como si fuera una figura paterna.

«Creo que Clinton veía a Rabin como un mentor —dijo Eitan Haber, uno de los principales asistentes de Rabin—. Hablaban continuamente por teléfono y coordinaban cada paso antes de que algo se convirtiera en un problema, incluso los pasos más pequeños. Hasta el acuerdo de no besar ni abrazar a Arafat en la Casa Blanca, y dejarlo en un apretón de manos, estuvo coordinado.»

El asesinato de Rabin en 1995 fue devastador para Clinton, y respondió asistiendo al funeral y pasando varias horas con su familia. (Por el contrario, cuando Netanyahu fue a abrazar a la hija de Rabin, Dalia Pilosof, a quien conocía de cuando era estudiante, ella dijo: «Ahora no, por favor». La viuda de Rabin, Leah, dijo a las claras que prefería las condolencias de Yasir Arafat.) Con Shimon Peres ocupando el cargo de primer ministro, la relación con la Casa Blanca siguió siendo políticamente cercana, pero en lo personal se volvió más distante. Peres era más ideólogo, frío, francófilo y despegado.

Sin embargo, en las elecciones israelíes de 1996, Clinton no ocultó su preferencia por Peres en detrimento de Netanyahu. El factor principal, por supuesto, era que Peres estaba a favor de llevar adelante el proceso de Oslo; el programa de Netanyahu consistía en su miedo a Oslo y en la resistencia a la presión estadounidense.

Los espectadores de la televisión estadounidense consideraban que Netanyahu estaba «americanizado», un político israelí que estudió en el MIT, tenía un acento estadounidense perfecto y disfrutaba con la CNN y Nightline. Pero el Estados Unidos de Netanyahu era la antítesis del de Clinton: era el Estados Unidos de Ronald Reagan. Los políticos amigos de Netanyahu eran Richard Perle, Ronald Lauder y Jeane Kirkpatrick. Sus periodistas predilectos eran, por supuesto, los que se mostraban benevolentes con él: A. M. Rosenthal, William Safire y Charles Krauthammer. Anhelaba un auge de un movimiento neoconservador en Israel como el que había aupado a Reagan. Hizo saber a los republicanos de Capitol Hill que era uno de ellos, una especie de republicano israelí. Pero, aunque hablaba inglés, desconfiaba y sigue desconfiando mucho de la Casa Blanca de Clinton. Por supuesto que Clinton adoraba a Rabin, le dice a todo el mundo. Los estadounidenses siempre nos quieren cuando lo damos todo y no recibimos nada a cambio.

En su primera visita a Washington como primer ministro, Netanyahu parecía empeñado en demostrar a todo el mundo que había un nuevo hombre en el cargo, un hombre con el que no se podía jugar. Itamar Rabinovich, el entonces embajador israelí en Washington, me dijo: «Yo habría recomendado a Bibi que en su primer viaje (aunque él no preguntó) hubiera ido a la Casa Blanca y hubiese dicho: “El pasado es pasado. Sé que apoyaste a Peres en las elecciones, pero no hay rencor”. Por el contrario, cuando se reunieron en julio de 1996, Clinton salió diciendo que Netanyahu se había comportado de una manera y había utilizado un tono que no dejaba entrever que él fuera el presidente de una superpotencia amiga y que Netanyahu era el líder de una pequeña nación que necesita el apoyo de la superpotencia». En resumen, Clinton se sintió insultado por el líder de un país más pequeño que Vermont que recibe 3.000 millones de dólares en ayudas cada año.

Un funcionario de la Administración afirmaba que la química personal entre Clinton y Netanyahu era igual que la que existía entre las díscolas mascotas de la Casa Blanca, Buddy y Socks. Cuando el Air Force One y el avión de Netanyahu aparcaron uno junto al otro el pasado noviembre en Los Ángeles, Clinton llegó a la conclusión de que no tenía tiempo ni siquiera para un breve encuentro. Sobre la relación, un funcionario de la Administración dijo más tarde: «Lo tratamos como al presidente de Bulgaria. De hecho, creo que [Clinton] saldrá a correr con el presidente de Bulgaria, así que la comparación no es acertada».

El pasado enero, Netanyahu emprendió un viaje a Estados Unidos aceptando la hospitalidad de un grupo de evangélicos cristianos que incluían a Jerry Falwell, que había vendido vídeos que acusaban al presidente de asesinato. Clinton montó en cólera, pero cuando a la mañana siguiente se reunió con Netanyahu, comentó jocosamente: «Ahora estamos empatados». Netanyahu y David Bar-Illan me dijeron que ignoraban que Falwell hubiera atacado tan despiadadamente a Clinton y Bar-Illan intentó arreglarlo asegurando que un contacto judío de Nueva York le había animado a reunirse con los evangélicos por su apoyo a Israel. Teniendo en cuenta lo mucho que siguen Netanyahu y Bar-Illan la escena estadounidense, sus alegaciones de inocencia resultan poco creíbles.

«Las relaciones nunca han sido más tensas —me dijo un diplomático israelí—. Lo irónico es que cuando Bibi volvió de Estados Unidos sin aceptar nada, se convirtió en un héroe para su pueblo, igual que Sadam Husein al resistir la presión estadounidense.»

Norman Podhoretz, ex director de Commentary, apoya la línea dura de Netanyahu con los palestinos, pero reconoció que le sorprendió su actitud. «Lo ha hecho increíblemente mal, y no me lo esperaba de él —aseguró—. Antes era capaz de seducir a cualquiera. […] Pero como amigo no es una persona de fiar. Es como los Kennedy. Si hace una promesa o realiza un nombramiento, no necesariamente lo respeta. Entonces depende de su encanto, como Clinton. Ese truco ha perdido toda la magia.»

 

 

Cuando le pedí a Netanyahu que describiera su relación con Clinton, dio una honda calada al puro y expulsó el humo mientras sonreía. Parecía un oso con una sonrisa de oreja a oreja y nunca había transmitido tanta satisfacción.

«Es correcta —dijo—. En lo personal hay momentos interesantes de afinidad, porque creo que comprende muy bien ciertas cosas que a su círculo inmediato se le escapan. Para empezar, probablemente sea mejor político que cualquiera de ellos. Así que entiende algunas cosas porque conoce el terreno. Entiende mejor nuestra situación política que su gente, sobre todo los que lo llevaron a cometer el error de intentar influir en las elecciones. […] Personalmente me cae bien. Es difícil que no sea así. No diré que mantenemos unas relaciones cálidas e íntimas. No es cierto. Es posible, pero no ha ocurrido.»

Lo que ha heredado Netanyahu de su padre es la idea del «nosotros contra ellos», la idea de que solo los tontos son incapaces de ver lo que él ve, de que la historia judía corre un peligro permanente de desaparecer por completo y de que esa historia, teniendo en cuenta el papel de la asimilación en la Diáspora, está en manos de Israel y, en gran medida, de su primer ministro.

«La historia del pueblo judío es diferente a la de cualquier otro porque carecía de los elementos de la supervivencia nacional —afirmó—. Por otro lado, no perecieron por completo. Perecieron casi por completo. Eran alrededor de un 10 por ciento del Imperio romano cuando nació Cristo, así que, según los cálculos, debían de ser unos ciento veinte millones, y no doce. El hecho de que seamos un 12 por ciento de lo que podríamos ser se basa en muchas fuerzas, pero es la incapacidad de vivir en un lugar coherente con una cultura coherente.

»No es la idea de la Diáspora. Otros pueblos han vivido su diáspora. Los chinos la tienen, una diáspora que llega muy lejos, si bien cuentan con un centro coherente. Nosotros perdimos el centro coherente y nos dispersamos. Normalmente, lo que ocurre a un pueblo dispersado es que conquista nuevas tierras o desaparece. Nosotros no conquistamos nuevas tierras, pero tampoco desaparecimos, así que siempre nos hallamos en el ocaso de nuestra existencia. Entre la aniquilación y la asimilación, era fácil predecir que el pueblo judío no sobreviviría a los siglos XXI o XXII. Lo que sucedió después de la peor catástrofe de nuestra historia es que acumulamos la voluntad nacional necesaria para recrear un centro vital para la vida judía aquí en Israel. Ahora creo que tenemos un futuro judío en Israel. Es cierto que, por primera vez, la mayoría de los judíos estarán aquí en algún momento de la próxima década. Sucederá, tal vez mientras yo sea presidente, pero no estoy seguro. […]

»Tienes que protegerte. Eso es lo que no tenían los judíos. No tenían medios para protegerse del mal, de los impulsos más básicos de la humanidad. Y pagaron como no lo ha hecho ningún otro pueblo. Ahora disponemos de medios para protegernos.»

 

(1998)

 

 

En 1999, Netanyahu perdió el cargo ante Ehud Barak. Cuando el Likud lo recuperó dos años después con Ariel Sharon, Netanyahu pasó a formar parte del gabinete, primero como ministro de Asuntos Exteriores y luego de Economía. Solo unos días antes de la retirada israelí de Gaza, Netanyahu dimitió a modo de protesta. Al posicionarse a la derecha de Sharon en lo tocante a las concesiones a los palestinos, Netanyahu pretende recuperar el cargo perdido y llevar la política israelí más a la derecha. En noviembre de 2005, cuando Sharon abandonó el Likud para formar un nuevo partido de centro, la formación quedó en manos de Netanyahu y el enfrentamiento era inevitable. Y en enero de 2006, cuando Sharon sufrió una catastrófica apoplejía, la suerte de Netanyahu parecía una vez más una panorámica abierta.

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