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Cuarta parte » El nivel espiritual: Amos Oz
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El nivel espiritual: Amos Oz
Amos Oz es el novelista más famoso de Israel. Durante dieciocho años ha vivido en el puesto fronterizo de Arad, en el desierto, una ciudad de 28.000 habitantes situada entre Beersheva y el mar Muerto. A última hora de la tarde, tras un día sentado a su mesa, suele ir a una cafetería del centro comercial de la ciudad. No tiene que esperar mucho rato a que alguien le salude o se siente a debatir, o incluso lo denuncie por apoyar públicamente —algo que hizo por primera vez en 1967, poco después de la guerra de los Seis Días— una solución de dos estados para los palestinos. Oz es liberal, y la mayoría de los rusos que dominan cada vez más la población de Arad, no. Pero siempre le gusta hablar; es un «hijo del mundo», hiperelocuente. Unos párrafos plenamente formados afloran en la conversación con una facilidad hipnótica y líquida. Tarde o temprano, su aspirante a contertulio queda hipnotizado y en silencio.
Oz ronda los sesenta y cinco años, es delgado y, siendo generosos, de mediana altura. Siempre parece estar oteando un sol lejano. Cuando cosechó fama, hace casi cuarenta años, los críticos y los lectores solían comentar su aspecto deslavazado y emblemático: el pelo y los ojos claros, el intenso bronceado y las finas arrugas cerca de los ojos y en la comisura de los labios. Vestido con unos pantalones de pinzas arrugados y camisa de trabajo, Oz formaba parte de la iconografía sionista de mitad de siglo: el novelista-kibutznik, el Sabra de la conciencia política. Sigue teniendo un rostro atractivo, pero, dependiendo del ángulo o de la expresión, ahora existe en una suerte de flujo temporal. Si vuelve la cabeza hacia un lado, regresa a los viñedos y olivares; si la vuelve hacia el otro, es una eminencia gris consagrada a los estudios. Lleva gafas bifocales con cordel. Hace unos años le pusieron prótesis en las rodillas y camina como si pisara cristales rotos.
Oz es serio, romántico, generoso, sentimental y agradablemente vanidoso. Es muy consciente de su imagen y no tarda en sacarlo a colación. «La escritura sionista europea sostenía que en el momento en que los judíos pusieran un pie en tierra bíblica, volverían a nacer —me dijo una mañana en el estudio que tiene en el sótano—. Serán una nueva raza. Cambiarán incluso físicamente. Serán rubios y bronceados. Mis padres eran oscuros. En un milagro genético-ideológico, lograron tener un hijo rubio, lo cual les provocaba un orgullo y una alegría infinitos. ¡No dejaban de alabar mi rubiez! Creían que era por el sol y el aire. ¡Es Jerusalén! Me llamaban shaygets. ¿Conoce esa palabra yídish y lo que significa? Es un pequeño criador de cerdos ucraniano que lanza piedras a los judíos. Yo provengo de un largo linaje de distinguidos eruditos y rabinos. ¿Por qué les gustaba tanto llamar a su hijo shaygets?»
Nacido en Jerusalén, Oz pasó más de treinta años en un kibutz en el centro de Israel, donde se casó y crió a dos hijas y un hijo. Se trasladó a Arad en 1986. Hasta entonces, nunca había poseído más que unos libros y algo de ropa en el cajón. Cuando empezó a percibir unos cuantiosos derechos de autor por su novela de 1968, Mi querido Mijael —la historia, narrada por una mujer, trata de un matrimonio que se desintegra con el trasfondo de la guerra de Suez de 1956—, invirtió todos sus ahorros en la cuenta general del kibutz. «Hasta que cumplí cuarenta y seis y me trasladé a Arad no tuve una propiedad privada, ni siquiera un talonario —afirmó—. No encontrará a nadie con un pasado más exótico a este lado de Corea del Norte.»
Oz es un hombre de una pulcritud casi obsesiva: frases ordenadas, estanterías ordenadas. Cada mañana al amanecer y cada noche al ponerse el sol sale de su modesta casa y se dirige al desierto. Arad está construida sobre el pedernal, la arenilla y los insignificantes matorrales del Néguev. En el Libro de Números, el rey canaanita de Arad se enfrentó a Moisés y su grey antes de que los israelitas conquistaran la ciudad. Durante tres mil años, el lugar tuvo escasa relevancia. Ubicado sobre un promontorio con vistas al Jordán, las montañas de Edom y el mar Muerto (un brillo mercúrico en la distancia), la Arad moderna fue fundada en 1962 por el gobierno israelí con la esperanza de alejar a la creciente población de las ciudades de la llanura costera. La transformación fue instantánea: los sistemas de irrigación y electricidad, las viviendas —bungalows, bloques de pisos de cemento—, los árboles y los radares, el centro comercial. Arad no tardó en ser una ciudad fronteriza tan funcional y aburrida como los barrios periféricos de Los Ángeles.
Este verano acompañé una noche a Oz y su mujer, Nily, en uno de sus paseos por el desierto, primero en coche y luego a pie. «El paisaje no es distinto de la época de los profetas y Jesús», dijo Oz por el camino. Las colinas están desnudas, pero hay lobos, liebres del desierto y chacales. Hay campamentos beduinos y oasis. Oz pasea aquí para despejar la mente de las últimas noticias llegadas de Jerusalén y Gaza, para «mantener la perspectiva de la eternidad».
Nily, que tiene el pelo negro como el azabache y un ingenio que a veces pretende apagar a la estrella de la familia, sonríe pacientemente mientras Amos realiza observaciones que, sin duda, ella ha escuchado cien veces. Amos y Nily se conocieron en el kibutz cuando eran adolescentes y llevan cuarenta y cuatro años casados. Sus hijos son mayores y las distracciones escasean. Por el camino me mostraron el oasis en el que acampan y montan en camello sus nietos, que viven en el extrarradio de Tel Aviv y Haifa, cuando van de visita. Pasamos junto a varios carteles arqueológicos, lugares bíblicos. Muy oportunamente, bordeamos un campamento beduino, una cabra y un camello, el equivalente turístico al Empire State Building pero en el desierto.
«Amos —dijo Nily, que estaba cansada de la excursión—, ya volveremos a dar un paseo. Está bajando el sol.»
Oz detuvo el coche y, sin temor al tráfico que se aproximaba, ya fuera animal o motorizado, puso rumbo a la ciudad.
El año pasado, Oz publicó unas memorias tituladas Una historia de amor y oscuridad, una de las obras literarias más vendidas de la historia de Israel. Durante muchos años, Oz ha buscado inspiración para sus novelas en las historias y los paisajes de su vida. Lo que convirtió Una historia de amor y oscuridad en todo un acontecimiento en su país es el poder con el que entrelaza los avatares íntimos de una familia de inmigrantes —una madre solitaria y deprimida, un padre distante y su hijo— con la crónica histórica más general: el rechazo de Europa, la búsqueda frenética de refugio entre los árabes de Palestina, el idealismo y las decepciones, la fundación de Israel y la guerra posterior. Amos es un chico precoz y reservado que «no cesa de hablar», confundido por las noticias que oye sobre los campos de la muerte en el extranjero y la guerra civil en casa; es un chico que planea la historia de un nuevo país con soldados de juguete y mapas desplegados en el suelo de la cocina. El libro es una obra digresiva e ingeniosa que gira en torno al nacimiento de un Estado, el destino trágico de una madre y la creación de un nuevo yo por parte de un niño. «Yo era, si quiere, el Tom Sawyer o Huckleberry Finn de la historia —dijo Oz—. Para mí era como navegar solo en una balsa por el río Mississippi, pero era un río hecho de libros, palabras, narraciones, crónicas históricas, secretos y separaciones.»
En una novela como Pastoral americana, de Philip Roth, la historia parece atacar a los personajes y frustrar su deseo de tranquilidad; es como una conmoción. Eso nunca ha sido posible en la parte del mundo en que vive Oz, donde la guerra y la tensión étnica han sido una constante. «Sé que para la gente de Occidente la historia es algo que aparece por televisión —comentó—. Este libro está saturado de historia. No es una trágica pieza de música de cámara proyectada sobre una gran pantalla.»
Fania, la primogénita de Oz, enseña historia en la Universidad de Haifa y me dijo que Una historia de amor y oscuridad debería leerse en parte como un argumento sobre la trayectoria del sionismo. El libro, añadió, retrata el sionismo y la creación de Israel como una necesidad histórica para un pueblo que hace frente a la amenaza de la extinción. Reconoce el pecado original de Israel —el desplazamiento y el sufrimiento de los palestinos—, pero, al mismo tiempo, defiende el sionismo ante ciertos sectores de la izquierda europea y ante los nuevos historiadores israelíes que cuestionan la legitimidad del Estado incluso ahora, casi seis décadas después de su fundación. Amos, Nily y yo abandonamos los valles del desierto para dirigirnos a una zona más próxima a la ciudad en la que podíamos dar un paseo al anochecer y mencioné la idea de su hija.
Oz volvió la cabeza de inmediato. «Si no hubiera existido el sionismo, habrían muerto seis millones y medio de personas en lugar de seis millones y ¿a quién le habría importado? —dijo—. Israel es un bote salvavidas para medio millón de judíos.»
Algunos intelectuales estadounidenses, europeos e israelíes dicen ahora que el proyecto sionista se ha perdido y que el único futuro es binacional, un Estado de árabes y judíos desde el Mediterráneo hasta el río Jordán, un Estado que, dadas las realidades de las fronteras y el índice de natalidad, pronto sería de mayoría árabe. ¿Había sido un error el sionismo tal como lo concibió la generación de sus padres?
«Yo no creo que hubiese ninguna alternativa práctica real —respondió Oz—. Cuando el antisemitismo en Europa resultó insoportable, los judíos podrían haber optado por Estados Unidos, pero en los años treinta no tenían una sola opción de entrar allí.» Uno de sus abuelos, que vivía en Lituania, solicitó el visado francés y británico y varios escandinavos y todos ellos fueron rechazados. «La situación era tan desesperada que incluso solicitó la ciudadanía alemana dieciocho meses antes de que Hitler llegara al poder —comentó Oz—. Por suerte para mí, la rechazaron. Los judíos no tenían donde ir y es difícil explicarlo a día de hoy. La gente pregunta si fue buena idea venir aquí, si fue un error, si el sionismo era un proyecto razonable. No había otra opción. Hubo una conferencia en Evian —en 1938— en la que se debatió el problema de los refugiados judíos y las persecuciones nazis. Prácticamente solo la República Dominicana y un par de países más manifestaron su disposición a aceptar mil o dos mil judíos. El primer ministro de Australia dijo que allí, gracias a Dios, no tenían problemas de antisemitismo, pero que no querían animar a más judíos a ir, porque de lo contrario sí los tendrían.» Era una época, como dijo Chaim Weizmann, el que sería primer presidente de Israel, en la que «el mundo parecía estar dividido en dos partes: los lugares en los que los judíos no podían vivir y los lugares a los que los judíos no podían entrar».
Oz aparcó el coche en una acera que marcaba el final de Arad y el comienzo del desierto. Salimos y contemplamos una larga cuesta. Amos y Nily descendieron cogidos de la mano un camino que conducía a una enorme escultura de aspecto marcial.
—No sé qué hicimos para merecer esto tan maravilloso —dijo Nily al acercarnos a ella. Entornó los ojos y sonrió.
No caminamos mucho más. Nily llevaba un vestido largo de algodón negro y se había levantado repentinamente una fuerte brisa.
Amos quería ver la puesta de sol, que ahora quedaba a nuestra espalda. Nos dimos la vuelta y contemplamos la ciudad. En la acera había sentados varios etíopes que compartían una botella grande de cerveza.
—¿Sabes qué significa «Addis Abeba»?
Oz sabe muchas cosas. Nily es muy paciente con esto.
—¿Qué significa Addis Abeba? —dijo ella con dulzura.
Los hombres miraron y sonrieron al oír la conversación.
Nily levantó la mano para indicar que nos detuviéramos.
—Mirad, mirad aquí —dijo señalando un punto del camino—. Son hormigas.
—Una sociedad de hormigas —precisó Amos—. Evitemos las metáforas y observemos.
Ambos se agacharon y miraron con una fascinación propia de una pareja que está de safari.
El sol estaba tiñéndose de naranja y se hallaba a solo unos centímetros del horizonte.
Nily sonrió mientras Amos la agarraba con fuerza desde atrás.
—Me alegro de estar viva —dijo.
Amos esperó un poco. Había oscurecido más, pero todavía no era de noche. Levantó la mirada.
—Tengo hambre —dijo y se dirigió al coche.
Minutos después nos detuvimos frente a varias empresas comerciales de escasa altura situadas a las afueras de la ciudad.
«Bienvenido al restaurante del señor Shay —anunció Nily—. El mejor restaurante chino del Néguev.»
El señor Shay, un tailandés que no se sabe cómo llegó a Arad y se casó con una israelí, vino a saludarnos a la mesa. Éramos los únicos comensales. Me preocupaba. Pero el señor Shay era un buen cocinero y, aunque dicen que prepara un «cangrejo kosher» increíble, pedí pollo.
Hablamos un rato de Una historia de amor y oscuridad. Gran parte del libro es fruto de los recuerdos, de unos recuerdos construidos a base de lecturas y conversaciones con parientes mayores. Hay largas exploraciones de los orígenes de Oz, la vida de sus abuelos y padres en Europa, un mundo perdido de alta cultura, aprendizaje judío y feroz antisemitismo. Utilizando las pruebas, pero también tomándose las libertades propias de un novelista, Oz intenta reflejar cosas tan ocultas para él como las aventuras amorosas de su padre y la torturada vida interior de su madre.
«No me gusta que me describan como un autor de ficción —señaló—. La ficción es una mentira. Si no me equivoco, James Joyce se tomó la molestia de medir la distancia exacta que había desde la entrada del sótano de Bloom hasta la calle. En Ulises es exacto, pero lo definen como ficción. ¡Pero cuando un periodista escribe “una nube de incertidumbre se cierne…” lo llaman hechos!»
Una historia de amor y oscuridad es en última instancia el relato de la creación de Israel a través de los ojos de un niño, una especie de Lo que Maisie sabía sionista. En una época en que el sionismo era cuestionado, el libro ofrece una justificación dramática pero liberal de la existencia de Israel. Oz decía que, si bien el conflicto entre israelíes y palestinos es un conflicto entre la «derecha y la izquierda» —entre dos reivindicaciones legítimas que exigen un divorcio decente y equitativo—, con el tiempo se han perdido las condiciones desesperadas que precedieron a la fundación del país. Oz solo puede contarlo como una historia:
«La madre del hombre que se casó con mi hija mayor es una superviviente del Holocausto poco habitual. Ella, su madre y su hermana vivían en Holanda y fueron deportadas al campo de concentración de Ravensbrück, donde la madre falleció. Las niñas tenían dieciocho y diecinueve años. En Ravensbrück oyeron historias sobre Auschwitz de boca de algunos detenidos que habían estado allí pero no habían sido aniquilados porque provenían de matrimonios mixtos. Entonces ocurrió algo que me parece único en la historia del Holocausto. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Berlín dio la orden de que ambas fueran enviadas a Theresienstadt. Allí les presentaron a Adolf Eichmann, y él y varios comandantes de las SS las interrogaron. Eichmann les preguntó qué sabían de Auschwitz. “Si alguna vez contáis algo sobre vuestra vida en Ravensbrück o lo que sabéis acerca de Auschwitz”, les advirtió, “vosotras también saldréis por esas chimeneas”. En Theresienstadt les dieron trabajo y Eichmann las vio en dos ocasiones durante la guerra.
»Aquella mujer creció y fue uno de los testigos del juicio de Eichmann —celebrado en Jerusalén a principios de la década de 1960—. Le resultó difícil testificar. En el juicio, Eichmann intentó demostrar que él era solo un eslabón de la cadena, que no tenía capacidad para decidir sobre una sola vida. Cuento esta historia porque, pese a que Eichmann advirtió a las dos hermanas que guardaran silencio, se lo dijeron a todos los que pudieron en Theresienstadt. Hablaron de Auschwitz y las cámaras de gas, pero absolutamente nadie las creyó. Las tacharon de histéricas. Entonces ¿cómo era posible que la gente de Jerusalén o Nueva York se creyera algo que incluso los presos de Theresienstadt se negaban a creer? Una cosa es saber. Otra, creer. Y otra, comprender.»
Hace unos años intenté organizar un encuentro con Oz en Jerusalén, pero puso objeciones. Al parecer prefería casi cualquier otro lugar: Arad o el piso de Tel Aviv que habían comprado él y Nily para pasar los fines de semana cerca de sus nietos. «No suelo pasar la noche en Jerusalén —dijo—. Voy por asuntos profesionales o a ver a amigos. Es una ciudad hiperactiva. Todo el mundo espera algo: el mesías, un desastre o ambas cosas. Tel Aviv es cada vez más Mediterránea, como el sur de Francia, mientras que Jerusalén se parece a… No sé a qué, tal vez a Qum, en Irán.»
El auténtico nombre de Oz, nacido en Jerusalén en 1939, es Amos Klausner. Sus padres, Yehuda Arieh y Fania, llegaron de Europa del Este en los años treinta y hablaban yídish, ruso, ucraniano y alemán. En Jerusalén hablaban hebreo con su hijo y ruso cuando había secretos que guardar. En aquella época, Palestina era predominantemente árabe. Jerusalén no. Excepto en los tiempos de las Cruzadas, en los siglos XI y XII, había habido una presencia judía continua en la ciudad. Cuando nació Amos, la población era pequeña —unos cien mil habitantes— y cada barrio era distinto. Los Klausner salían de su piso, situado en un sótano de la calle Amos, en Kerem Avraham, para ver a sus parientes más distinguidos del barrio de Talpiot y, según Oz, lo hacían «con el mismo espíritu que los judíos del shtetl cogían el tren para ver los edificios de cinco plantas de Varsovia».
Una mañana me reuní con Oz en un hotel situado a las afueras de la ciudad y fuimos en taxi a Malchai Yisroel, la calle Reyes de Israel. Kerem Avraham, junto con los enclaves vecinos de Geula y Mea Shearim, es de mayoría ortodoxa. Unos carteles anunciaban la inauguración de una nueva carnicería kosher, conferencias de los rabinos más ilustres y una tienda de ropa «para mujeres modestas». Oz señaló un enorme complejo de viviendas vallado que primero había sido un orfanato y, tras la conquista de Palestina por parte de los británicos en 1917, se convirtió en los barracones Schneller. Los barracones Schneller son una presencia, la personificación del Mandato británico, en muchas historias y novelas de Oz. Cuando era niño, él y sus amigos aceptaban goma de mascar de los soldados británicos y luego se daban la vuelta, gritaban «¡Nazi!» y arrojaban piedras.
«¡Imagínese! —me dijo ahora—. Eso fue uno o dos años después de que los británicos libraran una guerra con los nazis de verdad.» Cuando Oz tenía siete años, el Grupo Stern, una organización terrorista judía, hizo estallar un coche bomba delante de los barracones. «¡Cómo los admiraba por aquello!», dijo mofándose también de sí mismo.
Aquel día hacía un calor brutal. Aunque en los bloques hay abundantes cipreses y pinos de Jerusalén, los árboles parecían débiles y chamuscados.
En muchos barrios de la ciudad, los judíos viven en casas que fueron expropiadas a familias árabes durante la guerra de 1948, lo que los israelíes judíos denominan la guerra de Independencia y los palestinos al-Nakba, la Catástrofe. Con cierto alivio, Oz decía que Kerem Avraham fue construido en unas tierras compradas por un misionero inglés, James Finn, que tuvo la novedosa idea de crear un lugar en el que los judíos pudieran fundar una granja.
La emoción dominante en Una historia de amor y oscuridad es la pérdida. Incluso el sionismo parecía en aquel momento una forma de pérdida, la pérdida de una cultura europea que había rechazado y ahora asesinaba a los judíos. «Todo el mundo en Jerusalén, el Jerusalén judío de aquellos días, echaba algo de menos — había dicho Oz con anterioridad—. Otros lugares, otras culturas, otros idiomas, otras gentes. Para la mayoría de los judíos era un exilio, un campamento de refugiados. Pero, al mismo tiempo, era también un imán para toda clase de lunáticos, redentores, reformadores del mundo y mesías hechos a sí mismos. En este sentido, no ha cambiado demasiado; puede que aún sea más así. Todos los que podían rescatar al pueblo judío en tres movimientos sencillos venían a Jerusalén. Estaba llena de profetas, encuadernadores que profetizaban, cajeros que profetizaban y eruditos que profetizaban. Para un niño aquello resultaba fascinante, ya que, por cada fantasía que podía evocar en mi pequeña mente, encontraba a alguien que alentaba esa fantasía y decía: “Sí, sí, este niño tiene visión, sabe más que Ben Gurión”.»
Llegamos al número 18 de la calle Amos, un modesto bloque de viviendas con una pequeña ferretería en el centro de lo que había sido el piso de una pequeña familia: los Klausner.
«Está más deteriorado que antes», comentó Oz mientras subíamos unos escalones y observábamos un pequeño jardín trasero. En tiempos había higueras, rábanos, cebolletas y berenjenas. Ahora no parecía crecer nada aparte de algunos hierbajos.
«Si ve este lugar —añadió Oz—, aquí es donde mis amigos y yo trabajábamos a diario cuando teníamos unos siete años, intentando construir un cohete que pensábamos disparar contra el palacio de Buckingham. Hubo un problema con el combustible y el sistema de orientación.» Cuando no estaba tramando el derrocamiento el rey Jorge VI, Oz escribía lo que describe como «poemas bíblicos sobre la restitución del reino de David por medio de la sangre y el fuego». Su padre había estudiado literatura e historia en Vilna y Jerusalén y podía leer en dieciséis idiomas, aunque jamás encontró plaza de maestro. Se ganaba la vida como librero y por la noche escribía libros y artículos sobre literatura comparada. Durante el sabbat, Fania se quedaba sola en casa leyendo —Chéjov, Tolstói, Kleist, Hamsun, Maupassant, Agnon, Flaubert— y los hombres se sentaban en el patio «a debatir los problemas de Bakunin y Necháiev y si los social-demócratas alemanes eran demasiado blandos». La política era la conversación constante, y casi todos los adultos del círculo de los Klausner eran revisionistas de derechas que desconfiaban de los sionistas laboristas y sus sueños de socialismo.
«Lo más curioso es que aquella gente no eran fascistas —afirmó Oz—. Ellos rechazaban cualquier idea racista, pero sostenían que la nación árabe era una tierra tres veces más grande que Europa, mientras que el pueblo judío no tenía nada, y que incluso si Israel fuera cedido a los judíos y se obligara a los árabes a emigrar, eso significaría que los árabes perderían un 0,5 por ciento de su patria. Yo solo intento exponer su manera de ver las cosas […] Así que, sí, el entorno de los Klausner era muy de derechas, muy militarista, contaminado por el hecho de que los judíos saben combatir, y combatir bien. Nos complacía de una manera muy infantil. Recuerde que habían transcurrido dos años desde el Holocausto. En esos años, los judíos nunca fueron acusados de matones; fueron acusados de ser unos cobardes que se esconden y no contraatacan.»
Oz miró por una ventana de su viejo piso. Las cortinas estaban corridas. Cuando vivía allí, todas las habitaciones, cocina y cuarto de baño incluidos, estaban repletas de libros y en medio de ellos había pequeños paisajes de Europa recortados de revistas: lagos, bosques y montañas cubiertas de nieve. «Cuando era niño, mi padre y otros me decían: “Algún día, Amos, no en nuestra generación, sino en la tuya, esta Jerusalén evolucionará y se convertirá en una ciudad de verdad” —rememoró—. No sabía de qué hablaban. Para mí, Jerusalén era la única ciudad de verdad en todo el mundo. Europa era un mito.
»Sin embargo, en el fondo se respiraba nostalgia y anhelo. Uno paseaba por Rehavia, una especie de barrio germano-judío bastante rico de Jerusalén, los sábados a la hora de la siesta, cuando las calles estaban absolutamente vacías, y desde muchas ventanas se oían pianos. Todos anhelaban Europa, ya fuera Chopin, Mozart o Brahms.»
Al final de la Segunda Guerra Mundial, las expectativas sobre la fundación de un Estado judío eran intensas: «Nos encontrábamos en el pasillo de la planta de maternidad. Éramos como los padres nerviosos que esperan lo que está sucediendo al otro lado de la puerta». Una Hanuká, mientras el padre de Oz encendía las velas, le dijo a su único hijo que algún día, no en su generación sino en la de él, vivirían en el país hasta un millón de judíos. «A mí me sonaba a ciencia ficción, una especulación futurista y estrambótica.»
Lo siguiente, por supuesto, es la historia diplomática y militar de 1947-1948: las declaraciones de las Naciones Unidas sobre la partición en dos estados el 29 de noviembre de 1947 y la posterior guerra: Egipto, Siria, Transjordania, Líbano e Irak por un lado y el recién declarado Estado de Israel por el otro.
En sus artículos y ensayos en libros como En la tierra de Israel y Bajo esta luz violenta, Oz no abriga ninguna ilusión sobre la naturaleza de esa guerra y aún menos sobre el desplazamiento de más de setecientos mil árabes palestinos de sus pueblos y ciudades y su mísera vida en campamentos de refugiados de toda la región. Al mismo tiempo, argumenta, los árabes no tenían «ninguna obligación» de empezar una guerra tras el plan de partición de la ONU. Pero en Una historia de amor y oscuridad el narrador no es un historiador desinteresado; el punto de vista es el de un joven que ve lo que podía ver y escucha las retransmisiones, los discursos y los rumores que circulan a su alrededor. Cuenta que recoge botellas para fabricar cócteles Molótov, la suspensión de la escuela durante un año entero y el rumor que corría por el barrio de que algunas familias habían huido del país y de que una guardaba cápsulas de cianuro «por si acaso».
«Todos los supervivientes del Holocausto lo habían visto desde las últimas semanas de agosto de 1939 —dijo Oz sobre los primeros días de la guerra—. El gran cambio llegó el 14 de mayo con la finalización del Mandato británico. El viernes por la mañana vi con mis propios ojos cómo los británicos abandonaban los barracones Schneller y luego a la Haganah [el nuevo ejército israelí] tomar las riendas inmediatamente. El viernes por la tarde nos dijeron que Israel era una nación, que tenía un gobierno, pero un minuto después de la medianoche nos anunciaron que sería invadido por cinco ejércitos regulares árabes y que unas baterías antiaéreas efectuarían bombardeos. Ahora no había adónde mandar a los niños, no había adónde ir.» Durante años, el padre de Oz había visto pintadas en Europa en alemán, ruso y ucraniano: «Judíos, marchaos a Palestina». Años después, como ciudadano de Israel, vio otras: «Judíos fuera de Palestina».
En un momento de sus memorias, Oz escribe que de niño esperaba «convertirse en libro». Cuando le pregunté al respecto, sonrió y dijo: «Cuando era pequeño había miedo. La gente te decía que disfrutaras cada día porque no todos los niños llegaban a convertirse en personas. Probablemente era la manera de contarme el Holocausto o el contexto de la historia judía. No todos los niños crecen. Sé que los israelíes nos volvemos cansinos cuando decimos que todo el mundo está contra nosotros, pero en los años cuarenta era así. Quería convertirme en libro, no en hombre. La casa estaba llena de libros escritos por hombres muertos y pensaba que un libro podía sobrevivir».
El padre de Fania había sido propietario de un molino en Rovno, en el oeste de Ucrania, y viajó con su familia a Haifa en 1934 para trabajar de carretero en el puerto. En el libro, Oz narra que, a mediados de la década de 1940, su madre sabía que a las afueras de Rovno, en el bosque de Sosenki, «entre ramas, pájaros, setas, pasas de Corinto y bayas», los nazis habían matado a más de veinte mil judíos con ametralladoras en dos días.
Incluso de niño, como deja claro en Una historia de amor y oscuridad, Oz era muy consciente de que su madre iba a la deriva y de que la relación de sus padres se había erosionado. Fania estaba cada vez más deprimida, retraída. «Las principales razones del declive de mi madre eran el peso de la historia, el insulto personal, los traumas y el miedo al futuro —dijo Oz—. Mi madre tenía premoniciones todo el tiempo, probablemente debido al trauma del Holocausto. Puede que intuyera que lo que les había ocurrido a los judíos en su ciudad natal ocurriría aquí tarde o temprano, que habría una masacre total. No es algo que le dijera a un niño, a lo sumo de manera tangencial, aunque algunas historias y cuentos que narraba, los libros que leía, contenían una espeluznante visión schopenhaueriana del mundo.»
A finales de 1951, los períodos de tristeza de Fania eran peores y más frecuentes. Amos y su padre, escribe, eran «como unas muletas que llevaban a una persona herida cuesta arriba». En Una historia de amor y oscuridad, el lector sabe desde el comienzo que Fania está condenada y, al final del libro, cuando deambula por las calles bajo una tormenta y a la postre se quita la vida con una sobredosis de sedantes, es posible comprender un poco la pérdida y la furia del hijo.
Solo ahora, después de alcanzar una edad en que es lo bastante mayor para ser el padre de su madre perdida, me contaba Oz, puede ver esos días con cierto distanciamiento.
Fania Klausner se suicidó en enero de 1952, dijo Oz, por innumerables razones: «Murió porque, para ella, Jerusalén era un exilio. Este clima, este entorno y esta realidad le resultaban ajenos. Y murió porque sus esperanzas, si es que tenía alguna, de que aquí pudiera construirse una réplica de su Europa, sin los aspectos negativos del shtetl judío de la diáspora, al parecer quedaron borradas por la realidad de la mañana posterior». Fania tenía solo treinta y ocho años.
«Después de la muerte de mi madre, mi padre y no nunca hablamos de ella —dijo—. Nunca mencionamos su nombre, ni una sola vez. Si la mencionábamos era como “ella”. Tuvimos muchas discusiones [creía que yo era rojo], pero jamás sobre ella.»
Llegamos a la calle Ben Yehuda, una zona peatonal jalonada de cafeterías, restaurantes, librerías y tiendas de baratijas para turistas. La zona que rodea Ben Yehuda, uno de los lugares más concurridos de Jerusalén, ha sido un destino popular entre los terroristas suicidas.
Hacía años que Oz no volvía a su antiguo barrio, y estaba inusualmente callado. De repente, se adentró en un callejón, subió unas pequeñas escaleras y empezó a buscar una de sus cafeterías favoritas.
«Está por aquí —dijo—. Está… ahí… ¡sí!… Aquí.»
El cartel decía Tmol Shilshom («Anteayer»), el título de una novela de S. Y. Agnon. Cuando Oz era joven, Agnon era la única presencia literaria de Jerusalén, un inmigrante proveniente de Galitzia que escribía en hebreo y que en 1966 ganó el premio Nobel.
Oz se peinó la ceja y pidió una bebida fresca. El paseo por Kerem Avraham había sido una especie de ejercicio, una actuación previa petición: el regreso del escritor a una escena del libro, a la escena del crimen. Oz parecía agotado por la experiencia.
«Acabamos de visitar un lugar que ya no existe», dijo. Al menos, no como era en la vida y los libros de Amos Oz. «Cuando visité Oxford, en Mississippi, tuve que volver a toda prisa a las novelas de Faulkner. El lugar era una reproducción descolorida del auténtico.» Casi la mitad de los libros de Oz, entre ellos Donde aúllan los chacales y otros cuentos, Mi querido Mijael, La colina del mal consejo, El mismo mar y ahora Una historia de amor y oscuridad, se desarrollan en algo más de dos kilómetros cuadrados de Kerem Avraham.
Como escritor y profesor —es catedrático de literatura en la Universidad Ben Gurión en Beersheva—, Oz dice que es un «provinciano» comprometido. No ignora otras literaturas, pero está obsesionado primordialmente con los narradores, ensayistas y poetas que escribieron en hebreo moderno y modelaron el sionismo cultural.
«Mis padres sabían hebreo antes de llegar a Palestina —dijo—. Sabían yídish, pero para ellos era el idioma del shtetl, el idioma de la generación anterior, así que no hablarlo formaba parte de su rebelión contra sus antepasados. Para mi madre, el yídish era el idioma en el que discutían sus padres. El hebreo de mi infancia era una lengua que estaba dando sus primeros pasos en campo abierto, como una criatura criada y creada en un laboratorio o un zoo y puesta en libertad.»
Tras siete siglos en una situación casi durmiente, el hebreo fue revivido como un instrumento moderno por un reducido grupo de nacionalistas de Europa a finales del siglo XIX. «Existe un mito según el cual el hebreo fue revivido por razones ideológicas por un genio loco o un loco genial llamado Eliezer Ben Yehuda, que reinventó el idioma y creó miles de palabras, lo cual es cierto —comentó Oz—. Esto ocurrió a principios de siglo aquí en Jerusalén. Pero, por supuesto, ni siquiera un genio podría convencer a los noruegos de que hablaran coreano una mañana cualquiera o a los griegos de que hablaran portugués. Entonces ¿qué pasó en realidad? En la última década del siglo XIX, con la llegada cada vez más numerosa de judíos europeos a Jerusalén, la mayoría de los cuales no eran sionistas, sino ultraortodoxos, que viajaron por motivos religiosos para ser enterrados en el monte de los Olivos, al enfrentarse a la población judía nativa, la población sefardí, no había un idioma común. La única manera de pedir indicaciones para ir al Muro de las Lamentaciones o alquilar un apartamento en la Ciudad Vieja era recurrir al hebreo de los libros de oraciones. Si hace cien años uno hubiera llevado a una isla desierta a mil fieles católicos franceses y mil fieles lituanos, el latín habría revivido por las mismas razones.»
Además, desde el siglo XVIII había habido escritores que utilizaban lo que gran parte del mundo consideraba una lengua muerta: Chaim Nachman Bialik, Yosef Chaim Brenner, Micha Berdichevsky y, más tarde, S. Y. Agnon. Cuando Oz viaja por Europa y Estados Unidos dando conferencias y discursos, la mayoría del público quiere hablar de la actualidad, no de influencias literarias, aunque para muchos oyentes judíos, Agnon y el resto de los puntos de referencia literarios de Oz son desconocidos. Es como si los lectores de Gabriel García Márquez nunca hubieran oído hablar de Cervantes. «Agnon tiene una imaginación al nivel de Robert Musil y Hermann Broch —afirmó Oz—. ¿Por qué escribía en hebreo? Incluso si hubiera escrito en yídish habría tenido un público más numeroso. Es un escritor que creaba novelas realistas y miméticas en un lenguaje que nadie hablaba. Probablemente obedecía en parte a una cuestión ideológica, al neosionismo. Esos escritores estaban hipnotizados por la belleza del hebreo como instrumento musical, y estaba también el romanticismo del siglo XIX, 1848, la primavera de las naciones, y el interés en el folclore, en la vuelta a los orígenes. Esto sucedió en toda Europa.»
El renacimiento del hebreo es el mayor éxito del sionismo cultural. A principios de siglo lo hablaban diez mil personas, trescientas mil en los años cuarenta y siete u ocho millones en la actualidad. «Superan a los hablantes de danés en todo el mundo —dijo Oz—. Y a los hablantes de inglés en la época de William Shakespeare. Así que esta es la gran historia de mi vida, más incluso que la creación de un Estado, el drenaje de los pantanos o cosechar algunas victorias en el campo de batalla.»
Curiosamente, Oz tiene relativamente poca afinidad con los novelistas judeoestadounidenses de su generación. Ha leído a Bellow, Malamud y Roth, y sabe que algunos de sus parientes quisieron convertir Nueva York, y no Jerusalén, en su tierra prometida, pero no solo se muestra indiferente a esos escritores, sino incluso altaneramente desdeñoso con su obra y sus temáticas.
«De manera irónica, me imagino como uno de los escritores judeoestadounidenses de origen ruso, escribiendo básicamente sobre las neurosis de los inmigrantes y sus descendientes —dijo—. Ese sería probablemente mi tema. No escribiría sobre el desierto o las noches estrelladas del país. Hasta cierto punto, como lector tengo algunos problemas, y esta no es una categoría profesional y no la utilizaría en mi puesto como profesor de literatura en el aula, tengo cierto problema con la literatura encerrada. […] Muchas cosas de las que cuento guardan relación con la vida al aire libre, el campo, un tipo de montañas áridas alrededor de Jerusalén, los barrios, la calle, el kibutz. Sentiría claustrofobia.»
El kibutz Hulda, que con el tiempo llegó a abarcar casi mil hectáreas, se encuentra al sur de la carretera que une Tel Aviv y Jerusalén. Los pioneros judíos compraron los terrenos en 1904 a un terrateniente árabe, y en 1931, un grupo de jóvenes sionistas seguidores de A. D. Gordon, un visionario tolstoiano procedente de Ucrania, creó el kibutz. Amos se fue a Hulda cuando tenía catorce años. Cambió el apellido Klausner por el de Oz, una palabra hebrea que significa «fuerza», aunque a su llegada a Hulda no es que tuviera mucha. Estaba pálido, débil y confuso.
«Lo curioso es que mi nueva vida no estaba muy por debajo de las expectativas de mi padre, ya que siempre me transmitieron la idea de que tienes que ser completamente diferente —dijo Oz—. Tendrás que ser un simple conductor de tractor o soldado.»
Le pregunté a Oz por qué no había huido a Tel Aviv, a la vida nocturna laica, al hedonismo o los libros, a cualquier lugar excepto uno en que la jornada laboral comenzaba a las cuatro de la mañana.
«Tel Aviv no era lo bastante radical; solo lo era el kibutz —respondió—. Lo curioso es que en el kibutz encontré lo mismo que en el shtetl judío: ordeñar vacas y hablar de Kropotkin al mismo tiempo y discrepar sobre Trotski al estilo talmúdico, recoger manzanas y tener una acalorada discusión sobre Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht. Era como una pesadilla. ¡Cada mañana te despertabas en el mismo lugar! Como trabajador era un desastre. Me convertí en el hazmerreír del kibutz.»
Los otros jóvenes ya estaban acostumbrados a la vida en el kibutz: estar separados de sus padres en una especie de barracones y la libertad sexual de los adolescentes. «Era una vieja historia: yo era un chico judío de Europa del Este intentando integrarse en una sociedad que tenía sus códigos aceptados, e incluso una serie de acentos y lenguajes corporales establecidos —dijo Oz—. Era El señor de las moscas adolescente, con mejor clima y permisividad sexual.»
Salimos de la autopista y tomamos un desvío hacia Hulda.
A mediados de la década de 1950 y en la 1960, las granjas comunales de Israel eran una bandera de color caqui del proyecto sionista por su resistencia y su semisocialismo blando, aunque incluso entonces los kibutzniks representaban solo un 4 por ciento de la población del país (ahora no llegan al 2 por ciento). En los años ochenta, los jóvenes se alejaron del kibutz y se rebelaron contra la seriedad y el idealismo de sus padres. La vida era demasiado dura, demasiado sencilla. Se cansaron de la falta de privacidad. Querían su dosis del nuevo consumismo protoestadounidense en las ciudades.
Nuestra primera parada fue un pequeño cementerio cubierto de pinos.
«Dos terceras partes de mis personajes están en este cementerio», dijo Oz. Mientras caminábamos, iba señalando una tumba tras otra: Pinchas Lavon, que fue ministro de Defensa. Los Zuckerman, los padres de Nily. Un par de amigos. Un dandi intelectual conocido como el Conde que hablaba de filosofía y producía vino. Después, una hilera de veinte tumbas idénticas, todas ellas pertenecientes a jóvenes que murieron en un solo día de batalla en 1948. En los orígenes de esos hombres, comentaba Oz, radicaba la historia de los primeros días del Estado, y fue leyendo las inscripciones de la piedra negra: «Nacido en Polonia. Nacido en Trípoli. Nacido en Rusia. En Tel Aviv. En Gaza. En Checoslovaquia». Una vez las hubo leído todas, se detuvo y dijo: «Muchos murieron en Israel sin haber vivido aquí. Vinieron al país y, al cabo de tres semanas de independencia, perecieron en combate».
Hicimos un alto frente a la tumba de un joven que había sido alumno suyo cuando enseñaba literatura en la escuela del kibutz: «Muerto en la guerra de 1967». Luego un niño de cuatro años que se ahogó.
«Conocí a toda esta gente. Quién odiaba a quién, quién amaba a quién, quién engañaba y con quién —comentó Oz—. Es el cementerio de una familia numerosa. A nosotros también nos enterrarán aquí.»
Era última hora de la mañana y la mayoría de los adultos estaban trabajando en el campo y en las viñas. El sol caía a plomo y el aire estaba cargado de polvo y olía a heces de vaca y heno. Hay más de cincuenta edificios en la zona. Puesto que la población se ha reducido, algunos edificios han quedado abandonados. Nos detuvimos al lado del bungalow de cemento en el que vivían Amos y Nily cuando se casaron. El socialismo del kibutz sin duda era más moderado que su primo de la República Democrática Alemana, pero la arquitectura era igual de burda. El piso era más pequeño que el dormitorio de un universitario. Oz sonrió al llamar a la puerta. En comparación con la casa de la calle Amos, volver a visitar aquel lugar parecía causarle placer. Oz escribió Mi querido Mijael en el diminuto cuarto de baño. «Me pasaba la noche fumando, con la tapa del inodoro bajada y una libreta y un libro en las rodillas, escribiendo —dijo—. Quería ser un simple conductor de tractor. Pero empecé a escribir en secreto. No podía evitarlo.»
Nos invitó a entrar un joven delgaducho sin camisa y botella de cerveza en mano. Reconoció aquella cara.
—¿Amos Oz? —preguntó.
—El mismo.
El joven sonrió y nos enseñó los cuatro rincones de la habitación. Oz los inspeccionó exhaustivamente, alegre, como si fuera a encontrar a su yo joven debajo del colchón o detrás de las pelusas de polvo. Finalmente, dio las gracias a su inquilino heredero, salió y señaló un gran nogal.
«Lo planté cuando nació mi hija mayor», dijo.
Paseamos por la granja y llegamos a un arsenal abandonado, a la «república de los niños», con patio de juegos, escuela y los extensos barracones donde dormían, y al comedor, donde Oz trabajaba de camarero los sábados («el más rápido del kibutz»). Los edificios estaban encorvados y desconchados, venidos a menos. Por todo Israel se especula con que aproximadamente en una generación ya no quedarán kibutz; la tierra se convertirá en granjas privadas o complejos residenciales.
«En cierto sentido, el kibutz dejó algunos de sus genes en toda la civilización israelí, incluso en la gente que nunca vivió en uno y rechazaba la idea —comentó Oz—. Solo hace falta ver a los colonos de Cisjordania, que no son mi gente favorita, como podrá imaginar. Verá genes del kibutz en su conducta e incluso en su aspecto. Si se fija en la franqueza de los israelíes, el anarquismo casi latente, el escepticismo y la falta de una jerarquía de clases entre el taxista y el pasajero, es parte del legado del kibutz, y es un legado positivo. Así que, de un modo extraño, el kibutz, como algunas estrellas muertas, sigue dándonos luz mucho después de haberse extinguido.»
Cuando Oz empezó a publicar sus primeras historias y pidió un descanso de sus labores agrícolas para escribir, se abrió un intenso debate entre los ancianos: «¿Quién es él, a sus veinticuatro, para declararse escritor? ¿Y si todo el mundo se considerara artista? ¿Quién ordeñaría las vacas y araría la tierra?».
Finalmente, tras el largo debate, a Oz le fue concedido un día para escribir (enseñaba dos días y pasaba tres en el campo). Con cada libro, obtenía un día más para escribir. Cuando Mi querido Mijael se convirtió en superventas, Oz continuó las prácticas socialistas del kibutz. «Me convertí en una rama de la granja, pero seguían diciendo que solo podía disponer de tres días a la semana para escribir —recordó—. Hasta los años ochenta no tuve cuatro días, dos para enseñar y turnos los sábados como camarero en el comedor.»
Aunque a sus hijos nunca les gustó el kibutz, Amos y Nily se quedaron mucho tiempo después de su momento dorado. Pero a mediados de la década de 1980 los médicos les dijeron que su tercer hijo, Daniel, sufría un caso agudo de asma y que necesitaba un cambio de clima. Arad probablemente tiene el aire más limpio y seco del país —«una meca para los asmáticos», como dice Oz—, y la familia se trasladó allí en 1986. «Seguía en el kibutz por las amistades, por lealtad y, en cierta manera, porque no quería huir de un barco que naufragaba», dijo.
En Una historia de amor y oscuridad, en sus novelas y en sus conversaciones apenas hay nada de sus años en el kibutz que Oz no afronte: la soledad inicial, el ambiente de trabajo intensivo, cotilleos, sexo y sueños, la sensación de vivir siguiendo unos ideales y ver cómo esos ideales se desmoronan, se desvanecen. Y, sin embargo, casi no menciona su participación en el verdadero elemento universal de Israel: el ejército.
A finales de la década de 1950, en el ejército regular, formaba parte de una unidad inspirada en el kibutz llamada Nahal, y participó en escaramuzas por toda la frontera siria. Durante la guerra de 1967 formó parte de una unidad de carros de combate en el Sinaí; en la guerra de Yom Kippur de 1973, cuando Israel estuvo a punto de perder ante las fuerzas de Siria y Egipto, servía en una unidad en los Altos del Golán, en la frontera siria.