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Cuarta parte » El nivel espiritual: Amos Oz

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«Para mí es difícil, ya sea en una entrevista o un libro, hablar de la experiencia del combate —dijo—. Nunca he escrito sobre el campo de batalla porque no creo que pudiera transmitir la experiencia a la gente que no ha estado allí. La batalla consiste sobre todo en un hedor espantoso. El campo de batalla apesta al paraíso. Cuesta imaginárselo. No se percibe ni siquiera en Tolstói, Hemingway o Remarque. Esa mezcla asfixiante de goma, metal y carne quemados y heces, todo ardiendo. Una descripción del campo de batalla que no contenga el hedor y el miedo no es suficiente. Allí, todos los que te rodean se han cagado en los pantalones.» En un momento dado me contó que él y sus compañeros pensaron durante dos o tres días de la guerra de 1973 que no sobrevivirían y que Israel sería destruido. «Pero no creo que pueda describirlo sin recurrir a tópicos —afirmó—. Hace mucho tiempo intenté escribir sobre ello un par de veces.

Destruí los borradores cuando me di cuenta de que el lenguaje, al menos el mío, no podía contener esa experiencia. Podía escribir sobre sexo. Podía escribir sobre el kibutz, sobre la envidia, sobre las puestas de sol y sobre los chacales aullando, pero no sobre aquello.»

 

 

En los años noventa, cuando Shimon Peres barajaba la posibilidad de abandonar el liderazgo del Partido Laborista, dijo que imaginaba tres herederos: Ehud Barak (que acabaría convirtiéndose en primer ministro), Shlomo Ben Ami (que llegaría a ser ministro de Asuntos Exteriores de Barak) y Amos Oz.

«Desde niño he dirigido mentalmente este país y sigo haciéndolo —comentó Oz—. Sé hacer algunas cosas mejor que los primeros ministros. —Luego sonrió y adoptó una apropiada modestia—. Si observo la historia, sé qué hacer, pero eso no significa que pueda ser primer ministro. Sé una o dos cosas que Shimon ignora, pero tengo una incapacidad física: no sé pronunciar las palabras “sin comentarios”. ¿Cómo voy a ser político?»

Oz es un ardiente admirador de Václav Havel. Puede que incluso envidie cómo Havel, un artista político, se catapultó de repente al papel de hombre de Estado-visionario y se convirtió en el primer presidente elegido democráticamente que gobernaba en Praga desde el auge del comunismo. Oz se convirtió en un actor político solo dos meses después del final de la guerra de 1967. Tenía veintiocho años y era un escritor desconocido procedente de un pequeño kibutz, pero tuvo el valor de enviar un artículo titulado «La tierra de los ancestros» al periódico laborista Davar, en el que pedía al gobierno que iniciara de inmediato unas conversaciones con los palestinos sobre Gaza y Cisjordania. Como muy pocos en aquel momento de exaltación nacional, Oz pronosticó un desastre moral y político si Israel conservaba los territorios. «Incluso la ocupación inevitable es una ocupación corruptora», escribió.

El apoyo a una solución de dos estados —poner fin a la ocupación y establecer una división segura de Israel y Palestina— ahora es una posición casi consensuada en Israel. Incluso Ariel Sharon, que está tomando medidas para desmantelar los asentamientos de Gaza, lo reconoce. Pero en 1967, cuando gente de todo el mundo celebraba el triunfo del «pequeño Israel» y turistas extranjeros llegaban en manada al Muro de las Lamentaciones recién liberado, esa posición se consideraba extremadamente radical. En el kibutz, Oz había abandonado claramente su educación revisionista de derechas por una política mucho más liberal, pero ni siquiera en Hulda encontró un acuerdo unánime. Algunos exigían que fuese destituido de su puesto como profesor. Sus hijos eran blanco de las burlas en el colegio. Hubo cartas desagradables en la prensa derechista: «traición», «colaborador de los enemigos mortales de Israel», «candidato al Judenrat local». Le pregunté cómo fue capaz de adoptar una postura pública tan osada en un momento tan temprano.

«Fue mi imaginación —respondió—. No podía evitar pensar en mi infancia bajo el Mandato británico en Jerusalén. De niño tenía pesadillas (pesadillas genéticas, de familia) en las que unos extranjeros uniformados venían a matarnos a nuestra calle: los británicos, los romanos, los soldados zaristas o cualquier personaje de la larga martirología judía. Mi padre se inclinaba ante los británicos uniformados, la misma reacción que tuvo en Lituania. De repente, en 1967 yo era el extranjero uniformado. Me encontraba en Cisjordania, con un uniforme y un subfusil, cumpliendo el servicio en la reserva, y aquellos niños palestinos estaban dispuestos a besarme la mano para que les diera chicles.»

Después de la guerra de Yom Kippur, los partidarios de la solución de dos estados ya no eran considerados miembros de la Flat Earth Society y, en 1978, Oz, junto con muchos otros activistas liberales y ex altos mandos y reservistas del ejército, creó un movimiento comunitario conocido como Shalom Achshav, Paz Ya. Gran parte de su activismo ha adoptado la forma de artículos editoriales. Ha escrito innumerables columnas, primero para Davar y, cuando este cerró hace una década, para el periódico sensacionalista Yediot Ahronot. Aunque sus posturas son siempre de izquierdas, rara vez escribe para el periódico más importante de esa tendencia, Ha’aretz. «En mis artículos políticos, concibo a mis lectores como Edith Bunker —afirmó—. Soy incapaz de convencer a Archie Bunker. Se me escapa.»

Oz cree (como todas las encuestas dejan ver) que tanto la ciudadanía israelí como la palestina apoyan la solución de dos estados —«un compromiso a regañadientes», realista—, pero que ni Sharon ni Yasir Arafat, el achacoso líder palestino, tienen valor para llevar el proceso a buen puerto. («Los pacientes están preparados para la operación, pero los cirujanos son unos cobardes», dice.) Ahora esa es una idea bastante convencional, al menos en los círculos moderados y liberales. Ensoñador (pero consciente de ello), Oz trata de imaginar una serie de gestos inverosímiles que los sacarían del punto muerto: «Imaginemos que Sharon pronuncia un discurso como el de Sadat en la Asamblea Nacional Palestina en el que se muestra comprensivo y dice que hará cualquier cosa, excepto suicidarse, por curar las heridas palestinas, que será difícil pero tendrán un Estado independiente y parte de Jerusalén. Supongamos que lo dice en el aniversario de la matanza de palestinos en Deir Yassin. ¿Se imagina el terremoto? Y supongamos que Arafat sale en la televisión palestina y anuncia que, tras cien años de guerras sangrientas, finalmente se ha dado cuenta de que aquella también es la patria judía, de que necesitamos dos estados. ¿Se lo imagina? Sé que no es un escenario verosímil, pero es lo que faltó en los años noventa. Imagine las reverberaciones en todos los campamentos de refugiados palestinos y en todo el mundo musulmán. Pero nadie está dispuesto a hacerlo.»

 

 

Los cuatro novelistas más importantes de Israel —Oz, Aharon Appelfeld, A. B. Yehoshua y David Grossman— son de izquierdas y apoyan la creación de un Estado palestino, pero se distinguen por poner énfasis en cosas distintas en su obra: Appelfeld por sus recuerdos del antisemitismo genocida en Europa; Grossman por su empatía hacia los palestinos en crónicas periodísticas como El viento amarillo; Yehoshua por su relación con los judíos no europeos, los sefardíes del norte de África y los países árabes; y Oz por su sionismo liberal. De los cuatro, él es el más conocido en el extranjero, no solo como narrador de historias, sino también como artista político. Hay algo en él —la elocuencia idealista, las opiniones liberales, su atractivo de chico prototípico del kibutz— que sigue atrayendo multitudes a sus lecturas. A Oz no le molestan las atenciones, pero siempre está desfasado con respecto a su público. (Cuando le preguntan por el nuevo muro de seguridad de Israel, Oz sorprende a más de uno al decir: «Por desgracia, el muro es necesario. El único problema es que está en el sitio equivocado. Debería recorrer las fronteras de 1967».) Sobre todo en Europa se encuentra muy a la izquierda de los grupos de las sinagogas y a la derecha del público más laico. Un día, durante el almuerzo, Oz contaba que a menudo le preguntan cuánto tiempo ha pasado en las prisiones israelíes, lo cual denota la idea de que el gobierno de Israel no permite las opiniones contrarias. Oz también es reprendido por algunos escritores e historiadores jóvenes de Israel, ya que sigue criticando a los líderes de su país y a los palestinos en lugar de ver la situación como una versión del desastre francés en Argelia.

«Se enfadan conmigo porque rechazo la analogía colonial —dijo—. Puede que el sionismo sea un monstruo, pero no es un monstruo colonial. En los primeros sionistas había un fuerte elemento de superioridad moral y cortedad de miras y pasaron por alto la presencia de la población árabe y su importancia. Tenían la presunción de superioridad moral propia de las víctimas que se compadecen hasta el punto de no poder imaginar que puedan estar cometiendo una injusticia con los demás. Pero luego está el problema de la izquierda: en su lucha por los derechos de los palestinos, pasan por alto los derechos del pueblo judío.»

Le pregunté a Oz por qué le costaba especialmente transmitir su visión acerca de Europa.

«Muchos estadounidenses y europeos son sentimentales en la resolución de conflictos —dijo—. Creen que lo primero que hay que hacer es resolver los odios, convertir a los enemigos en amigos, y entonces hacer la paz. Pero, históricamente, los enemigos acérrimos han firmado tratados de paz jurando para sus adentros que engañarán y traicionarán. Esto sería un divorcio que no daría pie a una luna de miel, sino a un freno emocional a la escalada que llevaría generaciones. Mire a los europeos. Tardaron mil años en firmar la paz. Aunque nos apunten con el dedo como una institutriz victoriana, tienen una historia de ríos de sangre. Aventuraré una profecía: Oriente Próximo no tardará tanto en alcanzar la paz como lo hizo Europa. Y derramaremos menos sangre.»

En el imaginario político de los judíos israelíes y los árabes palestinos, «Europa» sigue desempeñando un papel apabullante. «Los judíos y los árabes tuvieron a los mismos opresores —dijo Oz—. Los europeos fueron culpables del antisemitismo y del Holocausto, y también del colonialismo de Oriente Próximo y la explotación de los árabes.

»En los poemas de Brecht, los oprimidos se cogen de las manos y caminan juntos. Pero los dos hijos del mismo padre opresor a menudo pueden ser los peores enemigos. Los palestinos me ven, al israelí, como una extensión de la Europa blanca, sofisticada y colonizadora que ha regresado a Oriente Próximo a hacer lo mismo: dominar y humillar como los cruzados europeos. El otro bando, los israelíes, no ven a los palestinos como otras víctimas, sino como creadores de pogromos, cosacos, nazis, opresores con kufiya y bigote que siguen degollando a judíos por simple diversión. Oirá esto en muchas sinagogas; son faraones, los goyim, y nosotros corderos rodeados de setenta lobos. Ninguna parte renunciará nunca a ese victimismo y discutirá siempre quién era David y quién era Goliat.»

Oz forma parte de la izquierda israelí, pero no hay que confundirlo con un partidario de un Estado binacional. En sus novelas, el árabe es el otro: la figura de la fantasía, la autenticidad y, casi siempre, vista desde la distancia. Oz se crió rodeado de palestinos, pero no entre ellos, y no ha viajado a muchos países árabes. Un episodio de Una historia de amor y oscuridad que suena falso es uno en el que el joven Amos visita la casa de una adinerada familia árabe y él provoca sin querer un accidente grave a un niño.

Si bien en Israel la mayoría de las críticas hacia Oz proceden de la derecha, en los últimos años ha sido atacado cada vez más por la izquierda, a medida que los jóvenes emprenden una especie de batalla edípica contra las generaciones fundadoras. Se da una versión israelí del «padres liberales, hijos radicales» cuando eruditos como Ilan Pappe o el poeta Yitzhak Laor reprenden a sus mayores por aferrarse incluso a las versiones e iconografías del sionismo liberal.

«Preguntaban: “¿Cómo puede estar desocupado en un momento así?” —comentaba Oz—. “¿Por qué no está escribiendo panfletos antisionistas en este momento de opresión colonial?”. Luego tachan el tema (el Jerusalén de los años cincuenta, el kibutz) de irrelevante, de historia del salvaje Oeste para los jóvenes.»

Oz no siente simpatía por Arafat —«Se tiene por una combinación del Che Guevara y Saladino»—, pero sí por la reivindicación más general de los palestinos. «Los árabes se vieron enormemente perjudicados por la creación de Israel, por su relativa prosperidad y por lo que consideran el apoyo de gran parte de Occidente —afirmó—. Los palestinos se vieron perjudicados por el hecho de que habían perdido una parte importante de su patria. Pero esto no es una guerra de civilizaciones. El término en sí, “choque de civilizaciones”, es totalmente hollywoodiense, como de La guerra de las galaxias. En este conflicto, centenares de miles de personas han perdido sus casas, palestinos y judíos de Europa y los países árabes. En 1948 se produjo una limpieza étnica del 100 por ciento de los judíos de Cisjordania y Gaza. Es un país muy pequeño que inflige una derrota terrible y humillante a un pueblo que no ha tenido una victoria militar desde los tiempos de Saladino.»

 

 

Una tarde me cité con Oz en el restaurante Cavalier, situado en el centro de Jerusalén Oeste. No fue un almuerzo corriente. Los otros invitados eran Israel Kantor, un abogado y viejo amigo de Oz, y Moen Khoury, un abogado cristiano palestino que vive en Nazaret y tiene negocios en los territorios ocupados, en Jerusalén y en otros lugares de Oriente Próximo. El marzo anterior, el sobrino de Khoury, George Khoury, un estudiante de veinte años de la Universidad Hebrea, practicaba jogging por la zona de la Colina Francesa, en Jerusalén, hacia las 7.30, cuando recibió un disparo en la cabeza, otro en el cuello y otro en la barriga descerrajados por un grupo de hombres que pasaban en coche. Su muerte fue confirmada en el Centro Médico de la Universidad de Hadassah. Al principio, la noticia del tiroteo fue anunciada en la prensa palestina como una victoria, y las Brigadas de los Mártires de al-Aqsa, que están vinculadas a la organización al-Fatah de Arafat, se responsabilizaron del asesinato. Pero cuando salió a la luz que Khoury era palestino y que su padre, Elias, era un importante abogado que había participado en casos de propiedad de tierras contra los colonos israelíes, la oficina de Arafat llamó en dos ocasiones a casa de los Khoury para pedir disculpas y las Brigadas declararon a George shaheed —mártir— y adujeron que su muerte se había producido por «un error de identidad». La familia Khoury rechazó la propuesta.

«Es un acto de barbarie que no cambiará mi manera de ver el mundo, que incluye una profunda fe en los derechos de los palestinos —dijo Elias Khoury, que pidió al movimiento palestino que dejara de alentar el terrorismo y a los líderes religiosos que lo denunciaran “alto y claro”. Según declaró a la radio israelí—: El terrorismo es ciego. No discrimina entre judíos y árabes, entre el bien y el mal.»

La policía detuvo a tres sospechosos que dijeron que merodeaban por la Colina Francesa en busca de un judío al que disparar, y cuando vieron a un joven corredor, un atacante salió del coche y abrió fuego. Uno de los sospechosos había salido hacía poco de la cárcel.

«Me alegro de que hayamos podido reunirnos —dijo Moen Khoury—. Elias se va hoy al extranjero.»

Khoury, Kantor y Oz hablaron un rato de George y de sus planes para estudiar derecho y entrar en el negocio familiar. Khoury recordó que, en los años setenta, su hermano había dirigido un combate contra colonos en Sebastia y Elon Moreh. Su padre, Daud, y otras doce personas murieron en 1975 cuando una nevera cargada de explosivos estalló en la plaza Zion, cerca de donde estábamos comiendo. Al-Fatah reivindicó la autoría.

La violencia de los últimos tres años, decía Moen, ha sido una catástrofe «absoluta». En Nazaret, un lugar popular sobre todo entre los turistas cristianos, «han cerrado la mayoría de los hoteles», y uno que fue inaugurado en 2000 se ha convertido en prisión. «La visita del Papa en marzo de 2000 debía ser el comienzo de una nueva era —afirmó—. Pero coincidió con el desastre», el inicio de la segunda intifada.

Hablaron un rato de los asentamientos, y coincidieron en que habían sido ruinosos tanto para los palestinos como para los judíos. «El pecado original de los judíos israelíes es que pensaban demasiado en la tierra y muy poco en la gente», observó Kantor.

La numerosa familia Khoury, que es tan unida como próspera, mostró interés en realizar gestos públicos que demostraran sus sentimientos sobre la muerte de George más allá de su pesar. Kantor, que conocía bien a Elias y Moen, les recomendó que leyeran Una historia de amor y oscuridad y que se plantearan la aventura relativamente inusual, e incluso cara, de realizar una traducción al árabe. Oz ha publicado veinticinco libros que han aparecido en decenas de lenguas. Solo dos, Mi querido Mijael y La bicicleta de Sumji, una novela para niños, han sido publicadas en árabe. Ni Oz ni Khoury creían que los árabes fueran a experimentar una conversión gracias a Una historia de amor y oscuridad.

—Es solo cuestión de conocer al otro —dijo Khoury.

—Es como mirar por la ventana —coincidió Oz—. Una oportunidad de ver la vida privada de otro pueblo.

Finalmente, mientras tomábamos café, Khoury aceptó encargarse de la traducción. La dedicatoria de la edición en árabe sería un extenso tributo a George escrito por Amos Oz.

—Por favor, pregunte a su familia si le parece bien —dijo Oz.

—Así lo haré —repuso Khoury.

Salimos del restaurante. Khoury se dirigió a su oficina en Nazaret y Oz recorrió las calles de Jerusalén con rapidez, incómodo en su ciudad natal, ansioso por regresar a su casa en el desierto.

 

(2004)

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