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Cuarta parte » Después de Arafat

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Después de Arafat

 

 

Después de tres décadas de exilio en Jordania, Líbano y Túnez, Yasir Arafat y la cúpula de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) regresaron a su país en 1994 y finalmente convirtieron Ramallah en el centro administrativo de la OLP. Reformaron una comisaría de policía construida durante el Mandato británico y la convirtieron en una sede, en su muqata. Y allí, según la convicción de Arafat, los palestinos negociarían las condiciones de un Estado independiente y se prepararían para el traslado a Jerusalén.

La muqata nunca fue un lugar muy elegante. Recordaba más a un hospital de la República Democrática Alemana que al epicentro de un país en ciernes. Arafat era un viajero incesante, adicto al glamour de la visita oficial, pero cuando estaba en Ramallah trabajaba y dormía en una serie de pequeñas habitaciones modestas. A finales de 2000, después de que las negociaciones finales fracasaran en Camp David, terminó una era de promesas y comenzó la segunda intifada; el primer ministro israelí, Ariel Sharon, respondió a una serie de atentados suicidas cometidos en 2001 con una enorme campaña militar conocida como Operación Escudo Defensivo. De repente, todas las grandes ciudades palestinas se encontraban bajo un toque de queda e inundadas de soldados israelíes. En Ramallah, los tanques se concentraron en la muqata y abrieron boquetes en las paredes. A veces no había electricidad ni comunicaciones en los edificios. Las baterías para teléfonos móviles escaseaban. Y ahora que los israelíes insinuaban que podían acabar con Arafat o al menos deportarlo, el líder palestino se convirtió en un prisionero en su propio despacho. Recibía visitas en una sala polvorienta que olía a cañerías rotas. Era difícil oír las conversaciones debido al ruido del aparcamiento, los tanques haciendo girar las torretas y los vehículos oruga crujiendo contra el macadán. Protegió a los terroristas incluso después de asegurar a Estados Unidos que estaba persiguiéndolos. A veces parecía desquiciado. «¡Rezad por mí para que alcance el martirio! —dijo en la televisión egipcia—. ¿Hay lugar mejor para ser martirizado que esta tierra santa?» Cuando los israelíes aliviaron la presión el año pasado, los palestinos esperaron mucho tiempo antes de empezar la reconstrucción de la muqata. Dejaron algunas salas destrozadas para dramatizar el enfrentamiento. El aparcamiento quedó cubierto de escombros —coches quemados y latas de aceite llenas de cemento— para que a los tanques les resultara más difícil volver.

Hace menos de tres meses, el 11 de noviembre de 2004, Arafat murió de una enfermedad no desvelada en un hospital situado a las afueras de París. Tenía setenta y cinco años. El cuerpo fue trasladado al extrarradio de la capital francesa para el funeral de la mañana siguiente y después a Ramallah, donde se celebró otro.

Arafat, que había imaginado un entierro de fundador cerca de la mezquita de al-Aqsa, en Jerusalén, descansa ahora en el aparcamiento de la muqata. Y Ramallah, como cualquier otra ciudad de Cisjordania y la Franja de Gaza, continúa rodeada por la tecnología de vigilancia y el equipamiento militar de las fuerzas de ocupación israelíes. Casi todos los palestinos consideran a Arafat un patriarca, pero pocos niegan que sus últimos años fueron una coda prolongada de futilidad política. La primera intifada, a finales de la década de 1980, despertó a los israelíes al desastre moral de la ocupación; la segunda, con sus suicidios heroizados y los asesinatos selectivos, prácticamente ha terminado, y el resultado más tangible son más de cuatro mil muertos, más asentamientos judíos en Cisjordania, más controles, más desconfianza y un muro de seguridad. Cuando falleció Arafat, los palestinos estaban más alejados de la creación de un Estado que cuando llegó a Ramallah hace una década.

Arafat era un líder revolucionario que trató la cuestión de la sucesión sin ningún interés. Husam Jader, un líder de la OLP en Nablus, se mofó en su día de la mortalidad de Arafat diciendo que quizá sería elegido «dios de Palestina». Algunos de sus primeros compañeros de armas, como Abu Yihad y Abu Iyad, habían muerto a manos de los israelíes o de rivales árabes, como Abu Nidal; a los que sobrevivieron, a menudo los trataba con desdén. Según Saïd Aburish, uno de sus biógrafos, Arafat llamaba a Saeb Erekat y Hanan Ashrawi, ambos diplomáticos de la OLP, gahel, «ignorante», y shar-mootah, «puta», respectivamente.

Sin embargo, había poca confusión entre los palestinos sobre lo que ocurriría. Incluso cuando Arafat se hallaba en París, solo un hombre —un refugiado y figura destacada de la OLP llamado Mahmud Abbas— era tomado en serio como sucesor. Abbas, que responde al nombre de Abu Mazen, es un hombre sereno y poco carismático que ronda los setenta años. Había sido miembro del círculo de Arafat desde la fundación de al-Fatah, la facción dominante de la OLP, hace cuatro décadas. Ejerció de principal negociador de Arafat en las conversaciones secretas de Oslo en 1993 y en muchas otras iniciativas políticas. Abbas no lleva ropa de trabajo ni una pistola en el cinturón, como sí hacía Arafat. Nunca ha desempeñado una función militar en el movimiento. Lleva traje. Las bolsas pálidas de los ojos, el cabello y el bigote grisáceos y su pose formal le confieren un aspecto de actor de cine desvaído, Cesar Romero, por ejemplo, al final de su etapa adulta.

El año pasado, mientras Sharon y la Administración de Bush ignoraban a Arafat y lo declaraban «el principal obstáculo» para las negociaciones y la paz, Abbas ocupó durante cuatro meses el cargo de primer ministro de la Autoridad Palestina. Durante ese tiempo dijo en repetidas ocasiones que la «militarización» de la intifada contra Israel —el salto de la piedra al cinturón suicida— había sido un «error» grave y contraproducente. También dejó claro que consideraba que Arafat había socavado la causa en 1991 al respaldar a Sadam Husein en la primera guerra del Golfo. Esas posturas fueron recibidas con mucho más entusiasmo en Jerusalén y Washington que en las calles de Ramallah, Nablus, la ciudad de Gaza o Jan Yunis, y Arafat, a quien no le gustaba compartir el poder, aunque tuviera poco, no hizo nada por ayudar a que Abbas progresara en sus negociaciones con Israel. Arafat empezó a mofarse de su primer ministro, tildándolo de Hamid Karzai palestino, una referencia al presidente afgano, a quien los árabes normalmente consideran una marioneta de la Casa Blanca de Bush. Y, como era de esperar, Abbas desapareció pronto, debilitado por Arafat y sustituido por Abu Alá, un burócrata anodino conocido como «el otro Abu». Estaba claro que solo la muerte lograría que Arafat dejara de aferrarse al poder.

 

 

La tarde del entierro de Arafat, el aparcamiento de la muqata estaba abarrotado de miles de dolientes, casi todos ellos hombres, muchos armados con pistolas y AK-47, que dispararon al aire. Su muestra de tristeza caótica era auténtica: para su pueblo, Arafat es el creador del movimiento palestino, el que unificó sus distintas facciones y que luego, por medio del terrorismo, la diplomacia, la teatralidad y su peculiar personaje, sostuvo la causa ante la atención variable del mundo. Pero en unos pocos días la emoción remitió. El tradicional período de cuarenta días de luto no pareció durar más de una semana. Unos trabajadores erigieron una sala de duelo con paredes de cristal, pero acudieron pocos visitantes. La prensa —palestina, israelí y de otros países— solo hablaba del futuro, de una vaga sensación de oportunidad. El encuestador más célebre de Palestina, Jalil Shikaki, afirmaba que el optimismo no había sido tan intenso entre los palestinos de a pie desde hacía cinco años. Incluso los más ardientes admiradores de Arafat estaban contentos con la idea de un nuevo comienzo.

Abbas emprendió la campaña a la presidencia de la Autoridad Palestina el día de Navidad. Su victoria en las elecciones del 9 de enero se daba por sentada. Solo había otro posible candidato con un seguimiento de masas: Maruan Barguti, un hombre diminuto de una inteligencia férrea y medidas despiadadas. A diferencia de Abbas, Barguti conocía bien la retórica de la lucha armada, pero también comprendía mejor la política israelí que casi todos sus mayores en la OLP. A la postre, llegó a la conclusión de que su candidatura era poco práctica. Tomó la decisión en una cárcel israelí, donde cumple cinco condenas a cadena perpetua por su participación en varias operaciones terroristas. El único oponente reseñable de Abbas era Mustafá Barguti (pariente lejano de Maruan), un hombre de izquierdas y director de un organismo humanitario de asistencia sanitaria que se vendía como un adversario más belicoso de los israelíes; en su anuncio más importante aparecía enfrentándose a varios soldados israelíes.

Incluso antes del comienzo de la campaña, Abbas había abandonado sus oficinas del norte de Ramallah y ocupado una habitación en la muqata. Sin embargo, se cuidó de instalarse en la que fuera el ala de Arafat —esas salas desnudas y destrozadas y los objetos que contenían se conservaban como una especie de museo— y, pese a sus disputas a lo largo de los años, Abbas empezaba cada una de sus apariciones públicas con un panegírico dedicado al difunto líder. De todas las facciones, al-Fatah era la que disponía de más dinero para publicidad, empleados de campaña, televisión y viajes. Incluso podía sentirse segura dejando la cuestión de la participación a un invitado distinguido; el actor estadounidense Richard Gere grabó un anuncio para la televisión palestina en el que decía: «Hola, soy Richard Gere y hablo para el mundo entero. Es muy importante. Salid a votar».

Abbas sabía que era considerado demasiado rígido, demasiado gris, demasiado blando, demasiado contrario a la «lucha armada». Su estrategia electoral era sencilla: era un Arafat descafeinado, decía la gente, un hombre que seguiría la línea de Arafat sin el estilo autocrático, sin la ropa de trabajo, sin el nepotismo y sin los llamamientos a que «un millón de mártires» marcharan sobre Jerusalén. En un omnipresente cartel de campaña aparecían Abbas y Arafat sobre la rúbrica: «A tu manera, nos acercaremos al sueño palestino».

Una mañana durante la campaña, en la sala de reuniones reformada de la muqata, me reuní con Nabil Aburdeneh, el principal asesor de Arafat, de esos a los que uno imagina como el susurrador, el hombre del maletín. Se sentó en una estancia agradable y recién pintada que habían decorado con sofás de piel sintética, una nueva alfombra y luces empotradas. Aburdeneh rebosaba entusiasmo ante los comicios. Abbas, dijo a modo de apoyo, es «uno de nuestros líderes históricos. Estuvo detrás de Oslo, estuvo en Camp David y estuvo en Wye River [durante la Administración de Clinton]. Siempre colaboró con Arafat. Abu Mazen está ocupando todos los puestos de Arafat. Es el hombre de la paz y de la próxima era —añadió—. Vamos a poner a prueba a Sharon y a la Administración estadounidense. En todo momento dijeron que el obstáculo era Arafat. Bien, Arafat ya no está aquí. ¿Y ahora qué?».

 

 

En 1982, cuando el ejército israelí invadió Líbano en un intento por derrocar a la OLP, Abbas viajó a Moscú para mantener varias reuniones. Una de las sesiones fue con Meir Vilner, secretario general del Partido Comunista israelí. Vilner mencionó una conversación que había tenido con Sharon, por aquel entonces ministro de Defensa, en la Knésset de Jerusalén. «Vilner se marchaba cuando Sharon entró», escribe Abbas en sus memorias de 1995, tituladas Por canales secretos:

 

Cruzaron miradas, pero no se dijeron nada. Sharon agarró a Vilner del hombro y le dijo: «¿Por qué no me saludas? ¿Por qué me giras la cara?», a lo que Vilner repuso: «Yo no saludo a sanguinarios». «¿Se refiere a los palestinos?», le preguntó Sharon. «Sí —dijo Vilner—, me refiero a la sangre de los palestinos y al sitio de Beirut. Me refiero a su hambre de asesinatos. ¿No los considera seres humanos como nosotros que también tienen derechos?» Cuando Vilner salía por la puerta, Sharon le espetó: «Algún día se dará cuenta que el creador del Estado palestino fui yo».

 

Veintidós años después, Abbas tenía la oportunidad de negociar con un hombre al que siempre había considerado un carnicero, el artífice de los asentamientos de Gaza y Cisjordania, pero que ahora, con una popularidad sin precedentes, había llegado a un punto en que reconocía la necesidad de un Estado palestino. Durante décadas, Sharon había rechazado la idea de que los palestinos tuvieran derecho a algún territorio perdido, kilómetro a kilómetro. Que Jordania, que ya es un Estado de mayoría palestina, acoja a sus hermanos, decía. En las elecciones de 2003 a primer ministro, fue Amram Mitzna, el candidato del Partido Laborista, el que propuso que Israel volviera a comenzar el proceso retirándose unilateralmente de Gaza. Esa era la posición que asumía ahora Sharon.

«No creo que tengamos que gobernar a otro pueblo y dirigir su vida —le dijo Sharon a Ari Shavit, un entrevistador israelí, en 2003—. No creo que tenga fuerza para eso.» Era un cálculo nacido menos de un reconocimiento moral que de la realidad demográfica. En un momento en que la inmigración judía se desplomaba y la presencia palestina entre el río Jordán y el Mediterráneo iba en aumento, Sharon decidió empezar un proceso de «retirada» que empezó con un repliegue civil y militar de la Franja de Gaza en julio de 2005. Todos los soldados serían trasladados a Israel y más de siete mil colonos serían sacados de allí, por la fuerza si era necesario.

Durante la campaña del mes pasado, me reuní con muchos de los viejos aliados de Arafat en la OLP y les pregunté si compartían el mismo optimismo sobre un nuevo comienzo que reflejaban los sondeos. No lo compartían. El pueblo, insistieron, estaba agotado, desmoralizado. La intifada no podía contarse como una victoria. Sharon estaba dictando la situación de manera tan exhaustiva que la mayoría de los palestinos esperaban cosas mucho más modestas que un acuerdo definitivo: menos controles en las carreteras y retirada militar de las ciudades. Sharon ha manifestado que está dispuesto a reiniciar el proceso diplomático internacional conocido como Hoja de Ruta, pero también se reserva el derecho a aminorar la marcha o incluso a abandonar el proceso. Hanan Ashrawi, la veterana negociadora de la OLP, me dijo: «Las perspectivas de Abu Mazen son muy difíciles. Parece que en el discurso político israelí el único palestino aceptable es un sionista que esté dispuesto a renunciar al derecho de regreso de los refugiados y que rechace cualquier diálogo con los grupos militantes. Quieren un líder palestino hecho a medida que siga las reglas israelíes, pero que no podrá gozar de credibilidad para vender un acuerdo al pueblo palestino».

Cualquier esperanza de que Sharon pudiera abandonar Gaza como un primer paso hacia un acuerdo total y justo se vio socavada el pasado otoño cuando Ha’aretz publicó una sorprendente entrevista con Dov Weissglas, un abogado de Tel Aviv y uno de los asesores más próximos a Sharon. En ella, Weissglas reconocía que el único motivo por el que Sharon había tomado medidas era una realpolitik a regañadientes; se había dado cuenta de «que todo estaba empantanado». La economía estaba débil, los soldados se negaban a servir en los territorios ocupados —«No eran chicos raros con coletas verdes y un pendiente en la nariz que emanan un fuerte olor a hierba»— y los planes no oficiales para una solución de dos estados estaban consiguiendo una aceptación popular sorprendentemente alta. Sin embargo, decía Weissglas, «la retirada en realidad es formaldehído. Proporciona la cantidad necesaria de formaldehído para que no exista un proceso político»:

 

Legitima la postura de que no hay negociación con los palestinos. Aquí la decisión es hacer el mínimo posible para mantener nuestra situación política. […] Aboca [a los palestinos] a una situación en la que tienen que demostrar su seriedad. No hay más excusas. Los soldados israelíes ya no les amargan el día. Y, por primera vez, tienen una franja de tierra con continuidad total en la que pueden correr de un extremo a otro con el Ferrari. Y todo el mundo los está observando. A ellos, no a nosotros.

 

El mensaje estaba claro. Sharon renunciaba a Gaza —la Gaza atestada y anárquica, que incluso Yitzhak Rabin deseaba que se «hundiera en el mar»— a la vez que planeaba conservar mucha más Cisjordania de la que pudiera imaginarse en las conversaciones anteriores con los palestinos.

«Por lo visto, Sharon pretende crear un Estado residual en Gaza y poco más —dijo Salim Tamari, un historiador y sociólogo de la Universidad Bir Zeit, en Cisjordania, expresando una opinión generalizada entre los políticos e intelectuales palestinos—. Moshé Dayán creía que podrían aferrarse a los territorios y suspender cuestiones de soberanía hasta que la densidad de los asentamientos fuera un hecho consumado. Esa es también la lógica de Sharon. […] Yo veo los motivos de Sharon tal como los expresó Dov Weissglas.

»Pero eso es ser corto de miras —prosiguió Tamari—. Los grupos —como Hamas y la Yihad Islámica— solo tardarán meses o años en recuperar la habilidad para llevar a cabo operaciones militares. En los treinta y siete años de ocupación, Israel ha utilizado todos los medios de fuerza, deportación, destrucción de hogares, encarcelamiento, asesinato, para impedir la resistencia. Nunca ha fructificado y ya va siendo hora de que los israelíes se den cuenta de que el uso de la fuerza no les proporcionará seguridad. ¿Creen que pueden encerrar para siempre a los palestinos en sus jaulas?»

Yasir Arafat no dejó un legado democrático. Autócrata hasta el final, dominaba la política, la prensa, la policía y el flujo de capitales; le gustaban los aduladores, llenaba sus cuentas bancarias, recompensaba a sus compinches y castigaba a los rebeldes, a veces con palizas o con la cárcel. Pero, dado que el movimiento palestino ha sido una mezcla de laicistas, islamistas, capitalistas y comunistas, Arafat siempre tuvo que maniobrar, que incluir, que permitir un mínimo debate, hasta un punto impensable en el resto del mundo árabe. «Teníamos baazistas, marxistas, gente pro siria, pro jordana y pro iraquí —afirmó Yasir Abed Rabbo, uno de los principales negociadores de Arafat—. Lo que hizo Arafat, y es muy loable, fue formar ese mosaico en la OLP y encontrar la manera de que coexistiera. De lo contrario, habríamos saltado en mil pedazos. […] Esa fue la experiencia capital, la experiencia crucial, de la OLP. La experiencia del resto del mundo árabe nos habría dado algo muy diferente.» El ejemplo democrático de Israel, reconocía tranquilamente Rabbo, también fue una influencia profunda.

En Año Nuevo, la campaña proseguía con una calma casi insólita. Cuando Abbas hizo paradas en Gaza, las afueras de Jerusalén y Cisjordania, parecía estar adaptándose súbitamente a las dimensiones teatrales de los comicios, estrechando manos y pronunciando animados discursos. «Puede que estemos poniendo los cimientos de la segunda democracia funcional de Oriente Próximo —me dijo Ziad Abu Amr, un legislador palestino—. En Irak, ustedes, los estadounidenses, están imponiendo algo. Esta democracia llega bajo las condiciones de la ocupación y la lucha nacional, pero el pueblo palestino está imponiendo su propio régimen. Si los palestinos pueden hacerlo bajo coacción, bajo la ocupación, esos otros países, Egipto, Siria y el resto, no pueden definir sus “referéndums” como elecciones reales.»

Una semana antes de la votación, acompañé a unos colegas en un viaje a Nablus, una ciudad cisjordana en la que los combates habían sido especialmente duros durante la Operación Escudo Defensivo. Históricamente, Nablus era un centro mercantil. Para los israelíes, se había distinguido como un centro terrorista: la Ciudad Vieja (la Kasba), la Universidad de An-Najah y el cercano campamento de refugiados de Balata eran conocidos bastiones de apoyo a grupos armados, y Beit Furik, un pueblo situado a las afueras de la ciudad, es considerada una «cuna» de terroristas de igual modo que algunas ciudades del sur de Estados Unidos son conocidas por sus quarterbacks o el pudin. En 2002, Sharon envió soldados, alrededor de un centenar de tanques y vehículos blindados de transporte a Nablus para practicar detenciones y, si era necesario, matar combatientes de los grupos armados; la ciudad sigue en estado de sitio.

Cuando pasamos por un control israelí y llegamos a las afueras de Nablus, vimos la muqata local de Arafat, que también estaba en ruinas. La policía palestina había dejado allí los escombros como una especie de monumento; se podía ver la bañera de Arafat a través de la pared destrozada. Por todas partes había carteles que conmemoraban a los mártires —niños y adolescentes que se habían hecho estallar, y habían hecho estallar a israelíes, por la causa— y pintadas que decían: «Jerusalén está en nuestros ojos».

En Balata nos citamos con Tayseer Nasrallah, director de derechos humanos del campamento de refugiados, donde viven más de veinte mil personas. El término «campamento de refugiados» evoca imágenes de aldeas hechas con tiendas de campaña —y así era Balata a principios de la década de 1950—, pero las Naciones Unidas y otros organismos proporcionaron dinero hace tiempo para ayudar a construir toscos bloques de pisos y escuelas. A día de hoy, Balata es contigua a la ciudad de Nablus, pero apenas depende de sus servicios. Esta insistente separación de las ciudades y sus campamentos es típica en todos los territorios ocupados. «Nuestra preocupación en Balata es mantener vivo el simbolismo de los campamentos de refugiados —comentó Nasrallah—. El campamento es un testimonio vivo de la tragedia palestina de 1948.»

Nasrallah tenía su oficina en un pequeño centro cultural que había sufragado el gobierno de Bélgica. Como representante de los refugiados, había acompañado a Abbas al estrado cuando dio su primer discurso de campaña; Nasrallah estaba decidido a dejar atrás la etapa de Arafat. «La personalidad de Arafat no volverá a repetirse jamás. Inshallah, si Dios quiere —dijo—. Sufrimos por haber tenido a una persona tan simbólica y carismática. Queremos a alguien que comprenda nuestro sufrimiento, cree instituciones y no quiera ser considerado un dios. Solo hay un dios en el cielo.»

Pero, una vez que Nasrallah hubo terminado de exponer su apoyo general a Abbas, surgieron los dilemas más peliagudos de la política palestina, en especial el problema de los refugiados. Más de setecientos mil palestinos huyeron de Israel en 1948. Los palestinos, incluido Abbas, insisten en que las resoluciones de la ONU y la ley internacional les dan derecho a volver, no solo a un nuevo Estado palestino, sino, si así lo desean, a Jaffa, a Haifa, a Ramallah, a las ciudades del Israel moderno. No obstante, si hay una cuestión en la que están de acuerdo casi todos los israelíes, es que el pleno derecho a regresar supondrá el fin de un Estado mayoritariamente judío, lo cual es inadmisible. El propio Abbas es un refugiado. Nació en 1935 en la ciudad de Safad, en Galilea; en 1948, su familia se marchó a Siria. En varios discursos ha reafirmado la postura palestina sobre los refugiados —que su derecho al retorno es absoluto y completo—, pero su imagen de conciliador persiste. Esto no satisface del todo a la mayoría de los palestinos. Tienen la impresión de que, aunque insiste con seriedad en las fronteras que prevalecían antes de la guerra de los Seis Días de 1977, probablemente cederá en el tema de los refugiados.

Nasrallah dijo: «Solo aceptaremos una decisión después de celebrar un referéndum de todos los refugiados», incluidos los de Jordania, Siria y Líbano.

«Mire —añadió—, no pretendemos arrojar a los judíos al mar. En esta tierra hay sitio para todos. Si pueden venir judíos de todo el mundo, entonces Jaffa puede aceptarnos. ¿Quieren ir a China? […] Si quieren un Estado limpio y puramente judío, pueden encontrarlo en otro lugar, pero aquí no. Esta tierra no estaba vacía cuando llegaron.»

Una tormenta repiqueteaba contra los tejados, pero todavía oíamos el sonido de los tambores que llegaban desde el exterior, un desfile de colegiales, exploradores de al-Fatah que marcaban el ritmo de la candidatura de Mahmud Abbas. En Nablus, como en la mayoría de las ciudades palestinas, mucha gente joven afirma que su mayor ambición es morir en la lucha armada contra los israelíes, empuñar un rifle o llevar un cinturón suicida en los omnipresentes carteles de mártires. No costaba imaginar que si Abbas y Sharon no realizaban progresos, algunos de aquellos exploradores algún día tal vez sostendrían armas en lugar de baquetas.

La lógica de Nasrallah para los terroristas que hay entre sus filas era la habitual: «Hay una motivación, están aterrorizados. Así que la sensación es: “¿Por qué no aterrorizamos a los que nos aterrorizan?”. El mensaje que hay detrás de un terrorista suicida es ese. Después de la Operación Escudo Defensivo, la mayoría de los niños estaban dispuestos a hacerse saltar por los aires. En Balata, si uno quiere abrir una oficina para terroristas suicidas, es el mejor negocio posible. Las políticas israelíes están creando nuevos enemigos cada día».

A corto plazo, el problema político más complicado de Abbas fue convencer a los combatientes de que depusieran las armas. En las conversaciones que mantuve con autoridades israelíes en Jerusalén y Tel Aviv —con Sharon, varios de sus asesores principales y sus dos viceministros, Ehud Olmert y Shimon Peres; con jefes de espionaje; con Silvan Shalom, el ministro de Asuntos Exteriores; y con los aliados de Sharon en la Knésset—, ninguno de ellos parecía creer que Abbas tuviera los medios necesarios para unificar a las innumerables fuerzas de seguridad palestinas y controlar el terrorismo mucho tiempo. Lo veían como a un hombre con buenas intenciones pero poca fuerza y sin electores reales. «Con su permiso —dijo un alto mando del espionaje israelí sobre Abbas—, creo que tiene aceitunas en lugar de huevos.»

La Autoridad Palestina (AP), creada en 1994 como parte de los acuerdos de Oslo para dirigir los territorios hasta la fundación de un Estado, ha entrado en caída libre desde que empezó la segunda intifada hace cuatro años. La violencia, la corrupción, el faccionalismo y la presión israelí han erosionado a la AP. Cuando un ex alto cargo del Departamento de Estado de Estados Unidos le dijo a Arafat el año pasado que la AP corría el peligro de convertirse en una ruina política y de entrar en bancarrota económica, este respondió: «Que se derrumbe. Será culpa de los israelíes y de los estadounidenses». Cada vez más, los líderes jóvenes de los grupos militantes armados han ganado relevancia como árbitros de la calle, ignorando a la AP, y ningún líder palestino potencial, ni siquiera Abbas, puede controlarlos fácilmente. Al inicio de la campaña, los combatientes de Hamas y la Yihad Islámica decían que boicotearían las elecciones. Los líderes de las Brigadas de los Mártires de al-Aqsa —un grupo laico afiliado a al-Fatah y, en los últimos años, tan violento como Hamas— se acercaron a Abbas y escucharon lo que tenía que decir para comprobar si era merecedor de su confianza. Abbas parecía recabar apoyos, pero eran contingentes. En Yenin, situada al norte de Nablus, el líder de las Brigadas es Zakaria Zbeida, que salió de la cárcel en 1994 gracias a los Acuerdos de Oslo y ha sido el alma de la ciudad; supuestamente prendió fuego a las oficinas de la AP porque esta no había encontrado empleo para algunos de sus combatientes. Zbeida, que sobrevivió a la detonación de una bomba que le estalló en la cara cuando la fabricaba, está en búsqueda y captura por su participación en varias misiones terroristas, entre ellas una emboscada contra votantes israelíes en un colegio electoral que provocó la muerte de seis israelíes y dos pistoleros palestinos. Cuando Abbas visitó Yenin durante la campaña, obtuvo una gran victoria. Salió a hombros de Zakaria Zbeida.

Para que entendiéramos cómo veían los hombres armados de Nablus la campaña, Nasrallah invitó a las oficinas a un combatiente de las Brigadas llamado Abu Muhammad. Llevaba gorro de lana negro, traje de faena, botas de combate y kufiya. Era treintañero y musculado, no tenía cuello, como los guardaespaldas, y lucía una barba oscura tan corta que casi parecía pintada.

—Los israelíes me buscan —anunció al sentarse—. Me han disparado tres veces.

—¿Cuándo?

—No soy bueno para las fechas.

Abu Muhammad cogió un paquete de tabaco, quitó el plástico e intentó sacar un cigarrillo. Bajo la mesa, zapateaba con furia, al parecer siguiendo el ritmo de su ansiedad. Miró hacia el umbral, donde estaba apostado su guardaespaldas. Como todos los combatientes de la ciudad, estaba vigilado por los israelíes y lo sabía. Había informadores a los que buscar, incursiones después de medianoche en Balata y la Kasba. Abu Muhammad dormía en un lugar diferente cada noche.

Después de forcejear con torpeza, logró sacar un pitillo. «Todavía nos quedan algunos objetivos israelíes que atacar, pero ya son menos —dijo mientras se lo encendía—. Estamos esperando a ver qué ocurre. La pérdida de Yasir Arafat ha sido grande y estamos viendo si la nueva situación es propicia o no. ¿Por qué vamos a abortar nuestras operaciones cuando siguen atacándonos? […] Tenemos nuestras reservas y condiciones, pero votaremos a Abu Mazen. No dejaremos los rifles.»

Alguien preguntó si había algún líder palestino al que los hombres armados habrían apoyado con verdadera convicción. Abu Muhammad se echó a reír.

«Por supuesto. Yo prefiero a Maruan Barguti —respondió—. Lo llamamos el jeque de nuestra lucha.»

Cuando le preguntaron durante cuánto tiempo estaba dispuesto a empuñar un arma, Muhammad dijo: «Soy activista de al-Fatah, pero ¿cree que realmente quiero esto? Me detuvieron en 1987, 1990 y 1992. Me impusieron una condena de diez años en 1992, pero me pusieron en libertad en 1994 gracias a Oslo. Muchos de mis mejores amigos son mártires. —Su expresión pedía comprensión y el ritmo del pie se aceleró—. Tengo tres hijos —añadió—. La semana pasada me llamaron a la escuela de mi hija y, aunque estaba poniendo en peligro mi vida al salir a la calle de esa manera, fui. El director me dijo que iba mal en el colegio, que lo único que sabe son los nombres de los mártires de las Brigadas de los Mártires de al-Aqsa. Y no es solo ella. Todos llevan fotos de los mártires colgadas del cuello, como si fueran amuletos».

 

 

Aquella noche, en la Kasba, hubo un mitin electoral, un acto adusto y húmedo. Colocaron láminas de aluminio encima del laberinto de tiendas, pero aun así se colaba la lluvia. El mitin estaba previsto para las seis, y durante una hora estuve allí sentado entre el escaso público escuchando marchas militares de la OLP de los años sesenta que atronaban a través de unos altavoces. Varios adolescentes con AK-47 deambulaban por los pasillos, ajenos al hecho de que estaban apuntando a la cara de la gente, a mi cara. Finalmente llegó Mahmud Alul, el gobernador de Nablus. Tenía un aire señorial y llevaba un abrigo de cachemira. En Líbano y Túnez, había sido asistente de Abu Yihad, el segundo de Arafat, y miembro del ala militar de al-Fatah. Había perdido a un hijo en la intifada, me dijeron, «al que dispararon mientras tiraba piedras».

Alguien detuvo los himnos militares y Alul se acercó al micrófono para pronunciar un discurso de conmemoración del cuarenta aniversario de al-Fatah. Hemos perdido a Arafat, empezó. «Él nos dio coraje. Él nos dio inspiración.» El panegírico duró unos quince minutos. El gobernador no mencionó a Mahmud Abbas ni una sola vez.

A la mañana siguiente, en su oficina, Alul pareció sorprenderse cuando le pregunté por la ausencia de aquel hombre en su discurso.

«Ese no era el propósito —dijo—. El propósito era al-Fatah, el partido.»

Y entonces, como muchos otros, añadió que las instituciones palestinas, y no un solo hombre, dirigirían los asuntos del pueblo palestino. Mahmud Abbas, declaró, era «un instrumento de las instituciones».

«Los estadounidenses y los israelíes deben saber que para que Abu Mazen triunfe deben darle algo: liberar prisioneros, levantar el asedio o ayudar en la situación económica —afirmó—. ¿Cómo voy a decirle a un combatiente que no luche si los israelíes vienen a la ciudad a matarlo?»

Cuando Abbas visitó Nablus días después, pronunció varios discursos triunfales en el campamento de refugiados y en la universidad, y lo siguió por toda la ciudad una procesión que lo vitoreaba. En las calles, muchos de los hombres que lo acompañaban eran comandantes armados de las Brigadas de los Mártires de al-Aqsa. Al menos por ahora, su estrategia retórica estaba funcionando.

Oriente Próximo es una región en la que los mensajes se lanzan de manera explosiva. Hace varios años, en la ciudad de Gaza, cuando los radicales querían informar a la comunidad laica de que el alcohol no era permisible, quemaron el Hotel Windmill, donde se podía beber. Mensaje captado. Ahora es casi imposible comprar una cerveza en toda Gaza.

Durante la campaña, Abbas recibió mensajes tan poco delicados como esos. En la ciudad de Gaza, justo después de que Abbas comenzara su campaña, varios miembros de las Brigadas dispararon dentro de una tienda en la que se celebraba un funeral durante una visita suya, un gesto que aterrorizó al candidato y a sus asistentes. El mensaje parecía claro —Abbas estaba amenazado de muerte—, y fue recibido con igual claridad: el líder de la facción responsable del tiroteo no tardó en ser nombrado director de campaña. Los días en que Abbas hablaba de los obstáculos de la lucha armada, Hamas lanzaba cohetes caseros por encima de los muros de Gaza; la gente de la ciudad israelí de Sederot también fue blanco de esos mensajes. El de Sharon era que Israel no aceptaría ningún ataque, por pequeño que fuera: en represalia por cuatro morteros que estuvieron a punto de alcanzar un autobús escolar, un tanque israelí disparó contra un grupo de adolescentes que se hallaban en un campo de fresas de Gaza. Murieron siete, seis de ellos pertenecientes a la misma familia. Los jóvenes habían disparado los morteros, dijeron los israelíes; los palestinos insistieron en que eran jornaleros. La madre de tres de los chicos fue al campo a recoger los restos de los cuerpos de sus hijos.

A medida que Abbas y su comitiva viajaban de una ciudad a otra, trató de equilibrar sus mensajes. No cesaba de criticar la intifada, aunque procuraba no difamar a los propios mártires. Y justo cuando parecía que iba a cruzar una línea, resultando demasiado blando, demasiado «hombre de Sharon», lanzaba un cohete retórico. Cuando se enteró del ataque del carro de combate israelí, pronunció un furioso discurso en Jan Yunis y calificó a Israel de al adu el-sahyuni, «el enemigo sionista», un término normalmente utilizado por Hamas y sus organizaciones satélite en Damasco y Teherán. Abbas es calculador, y su comentario fue deliberadamente desmedido.

Más tarde, al regresar a su despacho en la muqata de Ramallah, Abbas invitó al columnista político más famoso de Israel, Nahum Barnea, del periódico sensacionalista Yediot Ahronot, y a su principal corresponsal, Ronny Shaked. Barnea, que perdió a un hijo en un atentado con bomba en un autobús, y Shaked saludaron a Abbas irónicamente con un: «¡Ahlan, «hola», somos el enemigo sionista!».

Abbas se justificó. «Cuando sucede una tragedia como esa —dijo en referencia al ataque mortífero con morteros— una persona no sabe qué saldrá de su boca.»

La campaña estuvo plagada de humillaciones. En Rafah, la ciudad más pobre y anárquica de Gaza, Abbas llegó a un acto de campaña y un miembro de su comitiva le arrancó la punta del anular derecho al cerrar la puerta del coche.

«Envolví el dedo con papel de periódico y fui a pronunciar el discurso —le dijo a Barnea y Shaked—. No fui al hospital hasta que hubo terminado el mitin.» En el pasado, Abbas manifestó que el ejército de Israel era capaz de derrotar a «la nación árabe», a los veintidós estados. Y ahora no entendía por qué le criticaban por ir rodeado de hombres con AK-47 en casi todos los actos electorales. «No entiendo por qué está molesto Israel —afirmó—. ¿Es porque me han visto fotografiarme con las Brigadas de los Mártires de al-Aqsa? Me reúno con ellos en todas partes, y también con miembros de las otras facciones. Queremos que todos participen de la estrategia palestina. Lo haremos con la condición de que Israel deje de perseguirlos.»

Mahmud Abbas ha pasado buena parte de su vida política intentando equilibrar el maximalismo de los principios del partido con los peligros de la negociación. En ocasiones fue nombrado incluso mediador de Arafat. En 1993 fue enviado a Arabia Saudí para pedir disculpas por el apoyo de la OLP a Irak en la guerra del Golfo. Abbas, que posee amplios conocimientos sobre los debates entablados entre facciones sionistas, se ha reunido con israelíes desde los años setenta. Fue una importante presencia en casi todas las negociaciones palestinas con los israelíes desde la distensión de principios de la década de 1990. El estilo de Arafat consistía en engaños, dramatismo, adulaciones, contradicciones intencionadas, misterio y niebla. Abbas es lógico, austero y árido. Yossi Beilin, líder del partido liberal Yahad que pasó centenares de horas reunido con Abbas, ha escrito que es «apocado […] realista […] pragmático, pero no moderado».

Varios políticos liberales de Israel, entre ellos algunos que conocen a Abbas desde hace muchos años, me han dicho que sus declaraciones ortodoxas sobre el tema de los refugiados, por ejemplo, eran una mera necesidad política y que, en última instancia, era un líder dispuesto a correr riesgos para conseguir una solución de dos estados, Israel y Palestina como vecinos. «Abu Mazen parece el sucesor de Fidel Castro —me dijo una noche Beilin en Tel Aviv—. Todavía no he conocido al sucesor de Fidel, es cierto, pero sé que no llevará ropa de trabajo ni un puro grande y que no pronunciará discursos de siete horas.

»Abu Mazen es el sucesor natural de Arafat —prosiguió—. Era el número dos de la OLP, así que no es un líder impuesto. Ha estado en Túnez y en los territorios. En un Estado embrionario, eso es importante. Además, cae bien en el mundo árabe. Tiene contactos en el Golfo, Kuwait, Marruecos, Arabia Saudí, Jordania y Rusia.»

Abbas es un musulmán devoto, pero es firmemente laico en su política. Tiene dos hijos, uno de los cuales es un empresario adinerado. Un tercer hijo murió de un infarto en 2002. Abbas nunca ha llevado armas y tampoco ha combatido, ni oficial ni clandestinamente. Un elemento inquietante de su pasado es su carrera putativa como académico a tiempo parcial. A principios de la década de 1980, Abbas finalizó una disertación doctoral en el Instituto de Estudios Orientales de Moscú sobre las supuestas negociaciones entre algunos líderes sionistas y los nazis para la reubicación de los judíos alemanes en Palestina a cambio de sus propiedades. En 1984, Abbas publicó una versión de su disertación en Ammán en formato de libro, que llevaba por título El otro lado: la relación secreta entre el nazismo y el sionismo. (El grupo documental israelí Memri tiene en su haber una copia de la disertación, en ruso, y del libro, en árabe.) La disertación está escrita con un estilo soviético casi paródico; el prólogo cita incesante e irrelevantemente las obras completas de V. I. Lenin. En la versión en libro, Abbas siembra dudas sobre el alcance del Holocausto:

 

Durante la Segunda Guerra Mundial murieron cuarenta millones de personas de varias naciones. El pueblo alemán perdió diez millones; el soviético, veinte millones, y el resto eran de Yugoslavia, Polonia y otros países. Pero después de la guerra se publicitó que había seis millones de judíos entre las víctimas y que la guerra de aniquilación iba dirigida en primer lugar a todos los judíos y solo después al resto de los pueblos de Europa. La verdad es que nadie puede corroborar esa cifra ni negarla rotundamente. En otras palabras, el número de víctimas judías podrían ser seis millones o podría ser muy inferior, incluso menos de un millón. Pero un debate sobre el número de judíos no atenúa en absoluto la atrocidad del crimen cometido contra ellos, porque el asesinato de un ser humano —cualquier ser humano—, es un crimen que el mundo civilizado no puede aceptar y que la humanidad no puede comprender. […] Al parecer, al movimiento sionista le interesaba exagerar el número de muertos en la guerra para garantizarse mayores beneficios. Eso es lo que lo llevó a confirmar esa cifra e inculcarla en la opinión pública internacional y, al hacerlo, generar más concienciación y simpatía por el sionismo en general.

 

Abbas cita la investigación de Robert Faurisson, un revisionista francés del Holocausto, donde afirma que no murieron judíos en las cámaras de gas de Auschwitz. La disertación es una obra desagradable que difícilmente puede tacharse de indiscreción de juventud: Abbas tenía casi cincuenta años cuando fue publicada. Sus posteriores explicaciones resultan vacuas. Cuando un periodista del diario israelí Ma’ariv le preguntó a Abbas por su libro, este respondió: «Cuando escribí El otro lado en 1982, estábamos en guerra con Israel. Hoy no habría hecho esos comentarios». Y en Ha’aretz declaró que su obra había sido malinterpretada, que el Holocausto fue un «crimen terrible e imperdonable contra la nación judía».

 

 

Aunque Abbas y la mitad de los palestinos siguen hablando de un acuerdo que proporcionaría un Estado conforme a las fronteras de 1967, donde Jerusalén Oriental sería la capital, y un compromiso sobre los refugiados y los lugares sagrados, la élite política israelí vive en un universo distinto. Las conversaciones sobre un acuerdo total, como el que intentó el primer ministro laborista Ehud Barak en Camp David en 2000, son cosa del pasado. Sharon ha alterado radicalmente las condiciones del debate y, al mismo tiempo, se ha presentado como la única figura capaz de avanzar. Igual que solo De Gaulle podía apelar a que Francia abandonara Argelia y que solo Nixon podía ir a China, se dice que solo Sharon puede salir de Gaza y desmantelar los asentamientos. Donde el Partido Laborista fracasó, Sharon podría triunfar con su estilo vacilante.

La perspectiva escéptica (que reina entre algunos israelíes liberales y casi todos los palestinos) es que Sharon no ha cambiado en absoluto y que abrigar esa idea es una ingenuidad; por el contrario, la única razón por la que renuncia a Gaza es para poner fin a una ocupación inútil y costosa y, al mismo tiempo, seguir perforando el mapa de Cisjordania con tantos asentamientos judíos que será posible no ceder más de la mitad del territorio a una futura entidad palestina. «El verdadero obstáculo para la paz siempre ha sido Sharon y la conjura entre él y Bush —afirmó Hanan Ashrawi, la negociadora palestina—. Ese compromiso unilateral es beneficioso para Sharon, le concede una ventaja geográfica máxima y una pérdida mínima, da la impresión de que existe un plan político y niega al otro bando, socavando así un Estado palestino. Sigues siendo un ocupante, aunque sea desde la distancia.»

La visión contraria (y hay muchos israelíes que la sostienen) es que no importa lo que pretenda Sharon. No es joven ni sano, y si logra ceder Gaza y los palestinos pueden contener los atentados suicidas y los ataques con cohetes y los estadounidenses siguen adelante con la Hoja de Ruta […] llegarán más concesiones. Es un futuro exento del idealismo de los tiempos de Oslo o la política de riesgos calculados de Camp David, pero es un futuro. Uno de los viceprimeros ministros de Sharon en el gobierno de coalición, el líder laborista Shimon Peres, me dijo que la retirada es un «plan muy mediocre», pero que se sentía algo más cómodo con la táctica de Sharon que con el intento de Barak de saltar al abismo en Camp David. «A lo mejor Sharon tiene la esperanza de salirse con la suya desprendiéndose de Gaza. No importa —aseguró Peres—. Los hechos son más fuertes que los líderes. Y ocurrirá lo mismo en Cisjordania, incluso en las mejores condiciones para él. Se ha producido un cambio. Hace unos años, la idea de que el Likud hablara sobre un Estado palestino era considerada una locura. Y ahí están. Han abandonado la idea del Gran Israel. […] El Partido Laborista perdió en acciones, pero ganamos en ideología. Ahora Sharon habla nuestro idioma.»

 

 

Los palestinos, al igual que los israelíes, han vivido con Ariel Sharon desde el ascenso del Estado israelí, cuando el joven comandante era un protegido de David Ben Gurión, el líder del partido Mapai y figura fundacional del Estado. Si bien Sharon dirige el partido Likud, que heredó el anhelo «revisionista» de Zeev Jabotinsky del Gran Israel —Menahem Begin llegó al poder en 1977 bajo esa bandera—, el primer ministro no es una criatura de una ideología firme.

En parte, Sharon puede cosechar un apoyo tan amplio para la retirada por la brutalidad de su biografía. En el balance de la política israelí, nadie puede acusarlo de ser blando con los palestinos. «Sharon conoce solo dos estados mentales —ha escrito Avishai Margalit, el filósofo político israelí—: combatir y prepararse para combatir.» Es recordado tanto por su osadía como por su crueldad. Tras servir en la guerra de Independencia de 1947 y 1948, a principios de la década de 1950 Sharon pasó a formar parte de la legendaria Unidad 101, que realizaba incursiones trasfronterizas contra combatientes de Egipto y Jordania. Sharon dirigió el ataque contra la aldea jordana de Kibbiya, en la que fueron derruidas más de cuarenta casas, algunas con las familias en su interior. Sesenta y nueve personas murieron, en su mayoría mujeres y niños. Como ministro de Defensa de Begin ya fue el artífice del programa de asentamientos en Gaza y Cisjordania, y fue el principal agresor de la guerra de Líbano al ordenar que el ejército siguiera avanzando hacia el norte, rumbo a Beirut. Un grupo independiente israelí, la Comisión Kahan, determinó que Sharon tenía una «responsabilidad indirecta» y «responsabilidad personal» en la matanza a manos de falangistas cristianos, mientras el ejército israelí se hallaba en compás de espera, de centenares de hombres, mujeres y niños palestinos en los campamentos de refugiados de Sabra y Shatila.

Como político, Sharon jamás ha dado muestras de la menor fe ni siquiera en el acuerdo más benigno con los árabes. En 1994, cuando la Knésset aprobó de manera casi unánime un tratado de paz con Jordania, Sharon se abstuvo.

Ben Gurión se sentía seducido y a la vez ansioso por Sharon, al que describía como «un joven original y visionario. […] Si corrigiera el defecto de no contar la verdad y se distanciara de las habladurías, sería un líder militar excepcional». Los sucesores de Ben Gurión eran todavía más astringentes en sus valoraciones. Golda Meir tachaba a Sharon de «peligro para la democracia» y, una década después, Begin dijo que Sharon era capaz de rodear la Knésset con tanques. Incluso los colonos, que eran sus beneficiarios, se mostraban recelosos. Cuando Israel y Egipto firmaron la paz hace veinticinco años e Israel se retiró del Sinaí, fue Sharon quien se encargó de desmantelar Yamit, el principal asentamiento de la zona.

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