Reportero
Cuarta parte » Después de Arafat
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Sharon, como cualquier otro jefe de Estado, está rodeado de asistentes y ministros, pero sus asesores de confianza no ocupan puestos oficiales; puede que lo más parecido sea su hijo Omri, un legislador que ronda los cuarenta años y que parece dirigir los asuntos políticos de su padre con el teléfono móvil. (El otro hijo de Sharon, Gilad, regenta la granja familiar, según dicen, la granja privada más grande de Israel.) Calvo, corpulento, cínico y divertido, Omri marca el ritmo como un concejal de Chicago, adulando, suplicando, comerciando e intimidando. En una pequeña cena celebrada en Tel Aviv —Omri comió cuatro platos de ossobuco y chupó ruidosamente el tuétano de los huesos— lo oí contar que su padre iba a convencer a un rabino nonagenario especialmente recalcitrante para que apoyara la coalición del gobierno. «Todo es posible», comentó Omri.
«Sharon no confía en nadie —me dijo Yossi Beilin—. No confía en el Likud, no confía en el Partido Laborista, no confía en los europeos, en los británicos o incluso en Bush, ni tampoco en la izquierda o en la extrema derecha. Depende de sus hijos, lo cual es indicativo de una personalidad paranoide. Omri, un diputado sin cargo en la Knésset, es el director general del país. Es increíble. Su importancia es insalubre. Israel sigue siendo una democracia estable, pero es increíble.»
Ya en 2001, Sharon planteó la difusa idea de que su país al final tendría que hacer «concesiones dolorosas». Pero en lugar de entrar en detalles y arriesgarse a sufrir el rechazo de su partido, utilizó a un subalterno —el viceprimer ministro Ehud Olmert— para que lanzara un globo sonda en diciembre de 2003.
Olmert, un político inteligente y arrogante que fue alcalde de Jerusalén antes de incorporarse al gabinete, me contó que en diciembre de 2003, coincidiendo con el treinta aniversario de la muerte de Ben Gurión, estaba previsto que Sharon hablara cerca de donde se encontraba enterrado. Sin embargo, la víspera, Sharon llamó a Olmert para decirle que estaba enfermo y pedirle si podía sustituirlo. Olmert proviene de una vieja familia revisionista que estaba en desacuerdo con Ben Gurión por haber aceptado la partición de Palestina en 1947 en las Naciones Unidas y ordenar que unos soldados israelíes dispararan en 1948 contra el carguero Altalena, que transportaba un gran arsenal de armamento y combatientes rebeldes leales a Menahem Begin. Pero, aunque Olmert seguía siendo ambivalente respecto de Ben Gurión, era fiel a Sharon.
Aceptó pronunciar el discurso de inmediato. Sharon le envió por fax un borrador. El pasaje clave citaba a Ben Gurión, que decía que los israelíes «podrían haber conquistado» mucho más territorio, pero «luego ¿qué?». Ese Estado «celebraría elecciones y estaríamos en minoría. Cuando tuvimos que elegir entre una tierra completa sin un Estado judío o un Estado judío sin la tierra completa, elegimos un Estado judío».
Para los ideólogos revisionistas que creían en el Gran Israel, ese pragmatismo seguía siendo una herejía medio siglo después. Y cuando Olmert lo leyó en la ceremonia, la reacción no se hizo esperar. «Al terminar el discurso y tomar asiento —me dijo Olmert—, el portavoz de la Knésset [Reuven Rivlin, un ideólogo del Likud] me miró, casi con lágrimas en los ojos, y dijo: “Esto es un desastre. Es el final. El final del Likud, el final de aquello por lo que hemos estado luchando”.» (Rivlin, por su parte, me contaba en su despacho de la Knésset que quedó «destrozado» al oír que su íntimo amigo, hablando en nombre de Sharon, había traicionado los principios de Jabotinsky, Begin y el Gran Israel.) Un año después, cuando el propio Sharon pronunció un emotivo discurso y evocó los mismos temas, Olmert llegó a la conclusión de que Sharon había cambiado la versión en parte para desviar la atención de un escándalo de financiación de campaña y por la presión de Estados Unidos y los europeos, que necesitaban ver ciertos progresos en Oriente Próximo.
Olmert dijo: «Si hoy me preguntan si creo que Judea y Samaria —los nombres bíblicos de Cisjordania— son la tierra histórica de los palestinos, diría que en absoluto. Allí no hubo nunca una nación palestina. No hubo nunca un grupo étnico claro y definido que creara una vida nacional aparte de los judíos. Había tribus, había individuos, había familias o lo que fuera. Y la mayoría de los territorios estaban bastante vacíos. Así que, desde un punto de vista histórico, podemos argumentar con vehemencia contra las reivindicaciones palestinas. Pero ¿qué diferencia hay? Al final, entre el Jordán y el mar hay cinco millones de palestinos. Ese es el hecho fundamental».
Olmert, como todos los miembros del círculo de Sharon con los que hablé, decía que las fronteras en las que insisten todos los políticos palestinos para un acuerdo final —las de 1967— están «fuera de la mesa». «Pero eso no significa que no vaya a haber modificaciones —añadió mientras se encendía un habano—. Para mí siempre serán parte de Israel. Pero quizá nos veamos obligados a retirarnos de algunas zonas, porque tenemos que elegir entre el Gran Israel y un Estado democrático judío. ¿Por qué? Porque creemos que dentro de diez años cambiará toda la configuración. Dejará de existir un conflicto de tipo argelino para convertirse en un conflicto de estilo surafricano. Digo argelino en el sentido de que es un enfrentamiento entre dos naciones. En una situación surafricana, [los árabes] aceptarán el Gran Israel, una persona, un voto. El día en que ese sea el principal argumento, habremos perdido la partida. Se convertirá en un Estado palestino con una mayoría palestina, un gobierno palestino, unos líderes palestinos y un derecho palestino al retorno por elección de la mayoría del pueblo en una votación democrática. ¿Qué haremos entonces?»
Le pregunté si creía que el plan de retirada de Sharon —sean cuales fueren los motivos— restituiría su reputación histórica en el extranjero.
Olmert volvió a encenderse el puro y exhaló lentamente. Su cabeza estaba prácticamente envuelta en humo. «¿Quién se acordará de Sabra y Shatila después de la retirada? ¡Pues algunos historiadores judíos! —Se echó a reír y dio una calada al puro—. Mire —dijo—, el mundo al final se centrará en lo principal. Esta es la historia de la historia, y lo sabe. ¿Sabe cuántos errores cometió Churchill antes de convertirse en la figura histórica del siglo XX? ¿Quién se acuerda ahora? Esta es una medida histórica por parte de Sharon. A mí me dedicarán una nota al pie y a él, el capítulo principal.»
Las oficinas de Sharon son muy corrientes, a excepción del despliegue de seguridad, que se ha multiplicado desde el asesinato de Rabin hace una década. La sensación de amenaza no ha hecho más que crecer. Dos mandos de espionaje israelíes me dijeron que les preocupa la vida de Mahmud Abbas y Ariel Sharon. «La situación es tensa —comentó uno de ellos—. Tenemos motivos para creer que Hamas está intentando asesinar a Abu Mazen. Y en Israel, los extremistas —en especial los colonos de los territorios ocupados— piensan que la destitución de Sharon es lo único que podría frenar la retirada.»
El pasado otoño, con la aparición en Ha’aretz de los indiscretos comentarios de Dov Weissglas sobre utilizar la retirada para sumergir cualquier negociación en «formaldehído», Sharon y su círculo montaron en cólera y, desde entonces, sus asistentes han sido reacios a hacer declaraciones. Y, sin embargo, hablaron, al menos de forma anónima. Uno de los principales asesores de Sharon me llevó a una oficina situada cerca de la del primer ministro y me dijo que ahora todo dependía de la habilidad de Abbas para poner freno al terrorismo. Sharon, decía, consideraba que el 11 de septiembre de 2001 era el momento en que la Administración de Estados Unidos empezó a interpretar el terrorismo eminentemente como una agresión ideológica que debe frenarse a toda costa.
«La visión política europea era la inversa —apostilló—. Veían el terrorismo como un subproducto de la frustración política. No estoy diciendo que los europeos respalden el terrorismo, pero en su dialéctica, a diferencia de la estadounidense, el terrorismo es el resultado natural. Por nuestro conocimiento profundo de la región desde hace ciento diez años, que es cuando empezó la emigración judía a gran escala, tenemos un concepto distinto del terrorismo político. En Oriente Próximo, las reglas son diferentes.
»Ahora, el problema entre nosotros y los palestinos —continuó— no es la sustancia de la solución, sino la habilidad para ponerla en práctica. Aunque los palestinos hubieran conseguido el territorio de 1947 y no el de 1967, aunque volvieran todos los refugiados, aunque obtuvieran toda Jerusalén y no solo una Jerusalén dividida ¿qué ocurriría al día siguiente? No hay una sola persona en la Autoridad Palestina capaz de dirigirse a su pueblo y decirle que el juego se ha acabado, como sí hizo Ben Gurión en 1948 con un 30 por ciento de la tierra que poseemos ahora. Él pudo hacer frente a su oposición, entre ellos Menahem Begin, y mandarla al infierno. Y se fundó el Estado.»
El asesor de Sharon afirmaba que sabían que Abbas no podría aniquilar a todos los terroristas, pero que el esfuerzo debía ser impresionante. «Al menos queremos ver a los palestinos arrestarlos, aplastarlos en lugar de darles la bienvenida como si fueran héroes», dijo. Al cabo de un rato, el asesor y un secretario de prensa me llevaron a ver al primer ministro, que se encontraba al otro lado del pasillo.
Sharon tiene setenta y seis años y un sobrepeso alarmante. Parecía impaciente, cansado. En la montaña, más arriba de su complejo, situado cerca de la Knésset, colonos de todos los territorios ocupados habían creado una aldea de tiendas de campaña y habían estado manifestándose un día tras otro contra la retirada. Ondeaban banderas naranjas y regalaban pegatinas y camisetas que decían: «El pueblo está con Gush Katif». Unos pocos habitantes de los asentamientos de Gush Katif, en Gaza, llevaban estrellas naranja, un símbolo de su victimismo y un recuerdo de las estrellas de David amarillas que los nazis obligaban a llevar a los judíos. A la mayoría de ellos, el símbolo les resultaba indignante. Algunos colonos hablaban de protestas masivas para bloquear la retirada aquel verano; en Cisjordania ya hubo enfrentamientos entre soldados y colonos cuando un pequeño puesto de avanzada —dos simples caravanas— fue desmantelado. Contaban que, en privado, Sharon estaba furioso, pero procuró mostrar solo comprensión.
«Están abandonando sus hogares —me dijo—. El plan de retirada es una pesada carga. Es doloroso para ellos y también para mí. Pero tenemos que hacerlo.»
Sharon no quería hablar de concesiones más allá de Gaza. Siempre había dicho que era necesario tener asentamientos en el valle del río Jordán como plan defensivo contra Jordania e Irak —el Frente Oriental—, pero ahora Sadam estaba en la cárcel y los jordanos tenían un duradero tratado con Israel. Le pregunté a Sharon si no podían desaparecer esos asentamientos.
«No lo sabemos —respondió—. Cuando gestionas la seguridad de un país pequeño hay que mirar hacia el futuro, y el valle del Jordán es muy importante. No sabemos cómo irán las cosas con Irán, Irak o Siria. Tenemos que ser muy cautelosos.»
Cuando hablamos solo faltaban unos días para los comicios. Abbas estaba haciéndolo bien; casi se había transformado. Parecía estar tomándole el gusto a la oratoria y sus valoraciones en las encuestas iban a más. Los detractores de Sharon decían que tal vez fuera la única persona en todo Oriente Próximo que echaba de menos a Arafat, porque ahora tendría que lidiar con un antagonista elegido democráticamente y un socio negociador.
«Como judío, para mí lo más importante es la posibilidad histórica de que el pueblo viva seguro —dijo Sharon—. En esta parte del mundo, las declaraciones, las promesas, las propuestas e incluso las firmas son una cosa. Solo los hechos son serios. No se trata de si confío en los árabes. Solo puedo tomarme en serio los hechos. Y tienen que erradicar las organizaciones terroristas y requisarles las armas. Tienen que hacerlo, no prometerlo.»
Sharon afirmaba que la retirada de Gaza sería solo el primer paso para recuperar a los palestinos en un proceso de negociación, siempre y cuando el nuevo jefe de la Autoridad Palestina realizara un esfuerzo concertado por arrebatar armas y explosivos a Hamas, la Yihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de al-Aqsa. «Conozco bien a Abu Mazen —dijo—. Me he reunido aquí con él muchas veces. Tiene que desmantelar las organizaciones terroristas y combatir el terrorismo. Tiene que conseguir que los palestinos estén totalmente comprometidos con el cese del terrorismo. […] Observaremos cómo se desarrollan los acontecimientos.»
Sharon echaba mano de tópicos, y parecía centrar su atención en el calendario mecanografiado en una hoja que tenía delante, el único papel que había sobre su mesa. Pero, justo cuando me iba, se levantó y, como un experimentado actor dramático que intenta que una declaración parezca improvisada, producto de la pasión y de una idea súbita, dijo: «En materia de seguridad nunca hago concesiones. ¡Jamás! Mientras yo esté aquí no pasará. Y no tengo pensado irme en breve».
No todos los colonos israelíes —más de 7.000 en Gaza, aproximadamente 250.000 en Cisjordania— comparten ideología. Algunos de los asentamientos más grandes y afianzados alrededor de Jerusalén y Tel Aviv parecen ciudades dormitorio de las zonas más remotas de Phoenix o Los Ángeles. La gente no se trasladó allí por motivos mesiánicos, sino porque el gobierno los animó, concediéndoles exenciones en viviendas e impuestos. Algunos incluso votan al Partido Laborista. Sin embargo, la gran mayoría de los colonos son de derechas y, como en toda la política, los que aparecen con más frecuencia en las noticias son los beatos, los paranoicos, los cascarrabias y los peligrosos. Hay muchos colonos a las afueras de Hebrón, Nablus y Yenin que se consideran soldados del Gran Israel, soldados de Dios —algunos de los más radicales son conocidos como «las juventudes de la cima»— y los altos mandos del espionaje israelí me confiaban su temor a que algunos fanáticos fueran más allá de la desobediencia civil para frenar el plan de Sharon para desmantelar los asentamientos de Gaza este verano.
En una reunión del comité de la Knésset, Avi Dichter, el director del Shabak, el equivalente israelí del FBI, decía que es probable que varias docenas de colonos extremistas hagan circular el rumor de que unos francotiradores del ejército dispararán contra ellos para obligarlos a responder y provocar una batalla total. Dichter debía preocuparse por que militantes palestinos obtuvieran misiles antiaéreos a través de túneles excavados debajo de la frontera egipcia y por que colonos judíos robaran armas de los arsenales militares israelíes. «La Franja de Gaza podría convertirse en el sur de Líbano», aseguró.
La cúpula de los colonos, el Consejo de Yesha, ha lanzado una proclama que llama a los partidarios de Israel y el extranjero a hacer piña con los colonos de Gaza y «desobedecer esta Ley de Traslado y prepararse gran cantidad de ellos para pagar el precio de la prisión». El documento, escrito por Pinchas Wallerstein, jefe del consejo regional de Binyamin, y difundido en todos los asentamientos y en internet, dice que la retirada es «una empresa inmoral». El tono era desesperado y destilaba superioridad moral: «Si Martin Luther King viviera para ver cómo se señala a los judíos para expulsarlos de sus hogares, tal vez diría que este electorado también fue señalado para impedirle el acceso a escuelas, restaurantes y, sí, barrios».
Una mañana, una directiva de relaciones públicas llamada Aliza Herbst me recogió con una furgoneta en mi hotel de Jerusalén para ir a ver a Wallerstein. Herbst es una mujer seria de unos cincuenta años que, mientras atravesábamos Cisjordania rumbo al norte, comparaba su compromiso con la vida en un asentamiento con la vida contracultural que llevaba en los años sesenta en la Universidad de Wisconsin. «Mi marido participó en el movimiento ecologista y estuvo en el primer Día de la Tierra —me contó—. De ahí viene el idealismo.» Seguíamos el eje principal de Cisjordania, la ruta 60, y pasamos junto a aldeas árabes, asentamientos judíos y varios tramos del muro. La complejidad de la geografía, sus líneas de seguridad, es mucho mayor por la acción del gobierno israelí en los últimos treinta y siete años. Abandonamos la carretera principal y subimos una montaña hasta llegar a un pequeño asentamiento llamado Migron, varias decenas de caravanas rodeadas por una valla y alambre de espino. No parecía un buen lugar para vivir. Se encontraba en lo alto de una ventosa colina, rodeado de aldeas árabes y recuerdos bíblicos. No había tiendas ni teatros, tan solo caravanas. Herbst no lo veía así. «Es como un campamento de verano —dijo—. ¿Qué tiene de malo?»
Llegamos a Pesagot, un asentamiento judío mucho más grande con vistas a Ramallah. Wallerstein tiene su oficina allí. Herbst, que vive en el cercano asentamiento de Ofra, salió de la furgoneta y dijo que para ella estaba claro que la retirada de Gaza provocaría «inevitablemente» el fin de Ofra, el fin de Pesagot y, a su manera, estaba dispuesta a resistir. «Pinchas dice: “¡Despertad! Esto está ocurriendo de verdad” —afirmó—. Tengo derecho a estar aquí, igual que usted tiene derecho a estar en Nuevo México o Tennessee.»
Wallerstein nos recibió en su despacho. Está quedándose calvo y lleva una gran kipá de lana —una variedad que, en el preciso lenguaje de los tocados israelíes, indica a un nacionalista religioso— y cojea debido a una herida que sufrió en la guerra de 1967. Wallerstein me mostró un pequeño agujero en uno de sus teléfonos y otro en el marco de la ventana, según él, provocados por los disparos de un francotirador desde una aldea árabe cercana. Wallerstein es uno de los padres fundadores del movimiento colono. Antes era profesor de biología, se trasladó a Ofra en 1975 y se convirtió en alto mando de Gush Emunim (Bloque de los Fieles) y más tarde en miembro del Consejo de Yesha.
Mientras hablábamos, Wallerstein iba consultando el correo electrónico. Desde que hizo público su llamamiento a la resistencia pasiva contra la retirada de Gaza ha recibido miles de mensajes de todo el mundo, casi todos de apoyo, pero también muchos pidiendo medidas más severas. Giró la pantalla de ordenador para que pudiera ver un mensaje que acababa de abrir: «Cualquier método es legítimo para protegerse de las acciones que quiere emprender Sharon».
Wallerstein conoce al primer ministro dese hace décadas. Trabajaron juntos en la disposición de nuevos asentamientos cuando Sharon pertenecía al gabinete de Begin, pero ahora, aunque Wallerstein es prudente con el lenguaje que utiliza, está claro que se siente traicionado e insinuaba que Sharon habían «cambiado» tras la muerte de su esposa, Lily, en 2000 y que estaba intentando sanear su histórica reputación en el extranjero.
A diferencia de algunos colonos, Wallerstein no estaba a favor de la vieja solución absolutista al problema palestino, un traslado forzado de la población árabe a Jordania. Pero, para él, la solución de dos estados, ya fuera con las fronteras de 1967 o la versión mucho más limitada y provisional que proponen los aliados de Sharon, era impensable.
Le pregunté cuánto tiempo creía que los palestinos tolerarían vivir en pequeñas islas de territorio rodeados de tropas, controles y asentamientos judíos, y si imaginaba un acuerdo bantustán, como sucedió en Sudáfrica durante el apartheid. Wallerstein no se ofendió por la analogía. «¿Bantustanos? Tal Vez. Si he de ser honesto, el problema no son solo los árabes de Judea y Samaria. Son los árabes de todo el país. Lo más difícil de digerir de la retirada de Gaza es que no se hace por la paz. El potencial para atacar Israel aumentará.»
Lamentaba que los colonos estuvieran cada vez más aislados del resto de Israel, que ahora incluso los partidarios de Sharon, y no solo los liberales tradicionales, los vieran como habitantes obstinados y potencialmente peligrosos de otro Estado, «el Estado colono».
«Es más fácil pintar el mundo de blanco y negro, así que es mejor que un colono tenga cuernos saliéndole de la cabeza y un cuchillo entre los dientes —dijo Wallerstein—. De lo contrario, quizá haya que afrontar interrogantes sobre la historia y la moralidad. Creo que formo parte del movimiento sionista, que empezó a materializar hechos sobre el terreno hace cien años.»
El día de las elecciones fui a Gaza. La principal entrada a la Franja, el cruce de Erez, ha sido un lugar bastante tranquilo en los últimos años. Decenas de miles de obreros palestinos solían entrar en Israel cada mañana para trabajar en granjas, fábricas y casas y luego regresaban por la noche. El trayecto a menudo llevaba entre dos y tres horas. En Gaza, el desempleo podría ascender al 70 por ciento, y los salarios en Israel eran una fortuna relativa: entre veinte y cincuenta dólares al día. Sin embargo, durante la segunda intifada, los israelíes prácticamente frenaron esa migración diaria y decidieron arreglárselas con mano de obra barata procedente del Sudeste Asiático.
Incluso en un día tranquilo en el que no haya habido atentados, se tarda alrededor de una hora en pasar todos los controles y recorrer el largo pasadizo exterior para llegar al otro lado. Es un trayecto severo: a un lado, granjas verdes y fértiles, autopistas bien pavimentadas y centros comerciales; al otro, casas baratas y atestadas, aguas residuales en las calles, bocinas y polvo, y los omnipresentes carteles que ensalzan el martirio de los jóvenes que han sido enviados a Israel a cometer atentados suicidas. Al recorrer el pasadizo de cemento vi un agujero enorme en la pared y el tejado metálico. «Vino un terrorista suicida la semana pasada», me dijo alguien.
Era domingo. A los colegios electorales de toda Gaza llegaban votantes que guardaban cola, marcaban sus papeletas y se marchaban con tinta púrpura en el dedo pulgar, un indicativo de que habían votado. Los observadores célebres —Jimmy Carter, Joseph Biden, John Kerry— se encontraban en Jerusalén Oriental y las ciudades más accesibles de Cisjordania, pero no hubo muchas quejas.
«Esta podría ser una nueva era —dijo Ziad Abu Amr, el legislador palestino—. Lo interesante del devenir de la campaña en las últimas semanas es que el candidato que iba en cabeza no dio por sentado el triunfo. Había una auténtica ansiedad en los círculos más próximos. Arafat nunca temió las elecciones; nunca le preocupó el resultado ni se preocupó por hacer campaña. Abu Mazen tenía que hacerse popular en un corto espacio de tiempo. La ansiedad en al-Fatah obedecía a si sería lo bastante popular.»
Figuras políticas como Abu Amr tendrán un papel crucial en Gaza en los próximos meses; durante mucho tiempo ha sido un intermediario entre al-Fatah y los líderes de Hamas. Hasta los asesinatos selectivos de líderes de Hamas, entre ellos Sheij Yassin, en los últimos dos años, el grupo estuvo muy organizado, y utilizaba sus servicios sociales, sus mezquitas y su fama de incorruptibilidad como herramientas de reclutamiento eficaces. Ahora, gran parte de la toma de decisiones recae en Jaled Mashal, el jefe de Hamas en Damasco. Según Abu Amr, no hay secretismo en torno a la decisión de Hamas de no presentar a ningún oponente contra Abbas. «Aunque ganara el candidato de Hamas —dijo—, tendría que negociar con Israel o declararle la guerra total, y Hamas no puede permitirse esa opción.» Es mejor boicotear las elecciones y no correr el riesgo de desmitificar a Hamas.
Uno de los pocos líderes de Hamas que quedaban en Gaza era un médico llamado Mahmud al-Zahar, a quien entrevisté antes de que la intifada llegara a su punto culminante. En aquel momento, Zahar solía citarse a menudo con periodistas y ofrecía los eslóganes habituales de absolutismo islamista, teorías de la conspiración y amenazas al Estado de Israel. En septiembre de 2003, un F-16 israelí lanzó una bomba sobre su casa, que mató a su primogénito e hirió de gravedad a su mujer. Zahar, que no sufrió daños de consideración, ha estado en la clandestinidad desde entonces.
Varios compañeros y yo quedamos con Zahar hacia la media noche en los estudios de televisión de Ramattan, en la ciudad de Gaza. Sin duda, consideraba que aquel día los israelíes le dejarían en paz.
Llegamos a los estudios y vimos por un monitor a Abbas aceptando la buena noticia en Ramallah.
Había ganado con aproximadamente un 62 por ciento de los votos. «En nombre de Dios —dijo a sus seguidores—, ¡esta victoria es por el alma de Yasir Arafat! […] También es un regalo para el pueblo palestino desde Rafah hasta Yenin y para las almas de los mártires y los heridos, y de los 11.000 prisioneros que se encuentran en las cárceles israelíes. ¡Ahora todos ellos celebran esta victoria con vosotros! […] ¡Las Brigadas de los Mártires de al-Aqsa también os dan la bienvenida!»
Al fondo del pasillo, alguien tosió intencionadamente. «Eh… El señor Zahar va a recibirlos.»
Zahar nos dio la bienvenida en un sórdido estudio. Era más robusto de lo que recordaba, cetrino y con ojeras. Cerró los ojos cansinamente, nos saludó asintiendo y empezó a quejarse de las elecciones y del hecho de que se hubieran ampliado dos horas para dar a Abbas mejores índices de participación. «Esperábamos un proceso limpio», protestó.
Todavía oíamos a Abbas hablando por el monitor que había fuera.
«Nuestra actitud hacia Abu Mazen depende en primer lugar de su actitud hacia las facciones palestinas y los movimientos de resistencia —precisó—. Desarmar a las unidades militares de al-Fatah, Hamas y la Yihad Islámica generará un enfrentamiento militar en Palestina.
»Nadie le dará la oportunidad de hacer eso. […] Hamas nunca permitirá que Abu Mazen nos quite las armas mientras siga produciéndose una agresión israelí. Estos soldados están aquí para proteger a los palestinos. Si Abu Mazen ataca a Hamas y censura nuestros derechos nacionales —y aquí su tono se volvió amenazante— saldrá perdiendo.»
En otras palabras, Sharon y cualquier otro israelí solo entendían un lenguaje. «¿Por qué abandonó Israel el sur de Líbano y no los Altos del Golán? Porque había una lucha armada eficaz —dijo Zahar—. ¿Por qué se va Sharon de Gaza? Porque la lucha armada era demasiado costosa para los israelíes. […] No confiamos en ellos. Mahmud Abbas hablará con ellos, pero no se puede confiar en esa gente.»
Era de esperar. Lo más interesante era que Hamas, que siempre ha mantenido una postura absolutista —Israel no puede tener acceso a las tierras árabes—, había hecho llegar un documento a al-Fatah en el que aseguraba que estaba preparada para trabajar con ellos en pos de una solución de dos estados según las fronteras de 1967. Era difícil saber con qué seriedad podía interpretarse ese hecho. «Si os marcháis de Gaza y cesáis la agresión, os daremos una hudna —dijo Zahar utilizando el término árabe para «tregua»—. La OLP tenía prisa. Reconocieron a Israel sin obtener nada a cambio. Dependían de la buena voluntad de los israelíes. Si consiguiéramos Cisjordania, Gaza y Jerusalén —en referencia a Jerusalén Oriental como capital—, podría concebir una hudna de diez años, tal vez más. Pero no confiamos en los israelíes.»
Mencioné que el espionaje israelí y algunos comentaristas palestinos estaban preocupados por que Hamas pudiera adoptar las medidas más extremas si no podía llegar a un acuerdo con el nuevo líder de la Autoridad Palestina. Zahar me miró y dijo: «Abu Mazen no debe temer a Hamas. Profesamos una fe religiosa que no nos permite matar a un hombre inocente».
Cuando uno pasea por los barrios de Gaza, cuesta creer que Abbas pueda controlar el terrorismo a corto plazo o de forma total, sobre todo cuando una cultura del martirio y su glorificación han echado semejantes raíces. El Cementerio de los Mártires. Carteles de mártires. Postales de mártires. Camisetas de mártires. Cintas de vídeo de mártires. Un día pasé junto a la Farmacia del mártir Maslam. Esta distorsión de la identidad es una crisis tan grave como la política. En el barrio de Sheij Radwan, un bastión de Hamas, hablé con un grupo de adolescentes.
—¿Quieres ser mártir? —le pregunté a uno.
—Si Dios quiere —respondió Muhammad Talmas, un estudiante de dieciocho años.
—Y si no ¿qué?
—Ingeniero, tal vez.
—¿Puedes ser ambas cosas?
—Bueno, mire a Ismail Abu Shanab —dijo. El muchacho conocía la martirología igual que los niños estadounidenses conocen a los jugadores de béisbol—. Hizo ambas cosas. Murió el año pasado en un ataque con misiles. Yo quiero ir al Paraíso. El profeta Mahoma solía decir: «Quiero ir al cielo después de mucho trabajo y hazañas». Inshallah.
—¿Qué opinas de Abu Mazen?
—Las palabras de Abu Mazen entran en conflicto con los intereses palestinos. Hay miles de mártires y prisioneros en las cárceles israelíes. Los palestinos deberían recibir una recompensa en su nombre, toda Palestina.
—¿Nada de coexistencia? ¿Dos estados?
—No, no, no —dijo—. Jamás.
El psicólogo más importante de Gaza, Eyad al-Sarraj, me dijo que si algún día Israel y Palestina llegaban a un acuerdo, la cultura del martirio disminuiría radicalmente. «Cuando Sadat vino a Israel y soltó su espada, la psicología israelí cambió de la noche a la mañana —dijo Sarraj—. Hasta entonces —añadió—, los jóvenes (e incluso las jóvenes) de Gaza y Cisjordania aspiraban al martirio.
»Los mártires están al nivel de los profetas —comentó Sarraj—. Son intocables. Puedo denunciar los atentados suicidas, cosa que he hecho muchas veces, pero no a los mártires, porque son como santos. Si lo haces, te desacreditas por completo. Por eso, cuando el tonto de Bush dijo que no eran mártires, sino asesinos, como si los únicos mártires fueran cristianos… Nosotros también tenemos nuestros mártires. […] Se sacrifican por la nación. Si quieres formar parte de esta cultura, tienes que entenderlo. Yo no creo en la religión, pero no puedo decir que Mahoma no fuera más que un mago o que los mártires se equivocan. Eso te descalifica en esta cultura.»
En las dos semanas posteriores a las elecciones, la violencia no se detuvo: hubo ataques con cohetes, represalias militares e incidentes en las fronteras. Pero fueron menguando con el paso del tiempo. Abbas fue a Gaza a negociar una hudna con las facciones armadas. Los israelíes y los palestinos hablaron de nuevas medidas de seguridad, e incluso de retiradas militares en Cisjordania. En los periódicos abundaban las especulaciones sobre una posible reunión entre Sharon y Abbas. Sharon habló de un «logro histórico». Ya casi nadie mencionaba a Arafat, sus últimos años, su misterioso final. Ya no quedaba tiempo para eso.
(2005)
En 2005, Ariel Sharon hizo buena su promesa de evacuar y cerrar los asentamientos israelíes en Gaza. Escenas emotivas de la retirada, que fueron retransmitidas a todas horas, cautivaron al país, pero la oposición a Sharon se limitaba principalmente al ala derechista del partido Likud.
En noviembre, Sharon calculó que, tras varios años de vilipendio por parte de la izquierda por su participación en Sabra y Shatila y otros episodios oscuros de la historia militar y política, y por la desconfianza en la cúpula del Likud, ahora se había ganado el apoyo del amplio electorado centrista israelí. A consecuencia de ello, anunció que abandonaría el partido y crearía una nueva formación de centro llamada Kadima (Adelante) para competir por un nuevo mandato como primer ministro. El electorado palestino, entretanto, estaba fracturándose, y Hamas ganó fuerza y las facciones jóvenes de al-Fatah se sentían cada vez más desencantadas con la vieja guarda, que incluía a Mahmud Abbas, por su corrupción, mala gestión y fracasos políticos.
Hasta enero de 2006 todo apuntaba a que Sharon conseguiría la reelección y seguiría un camino más o menos unilateral hacia la cesión de un Estado a los palestinos, un Estado limitado y moldeado a partir de Gaza y zonas contiguas de Cisjordania, pero no los asentamientos más grandes y afianzados de Cisjordania o, crucialmente, Jerusalén. Pero Sharon sufrió una catastrófica embolia y, de repente, los líderes israelíes —y la dirección del país— se mostraban inseguros, carentes de un político central con capacidad para llevar al país tan siquiera a un acuerdo limitado. Ehud Olmert, viceprimer ministro de Sharon, sería el primero en intentarlo.