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Segunda parte » Estamos vivos: Bruce Springsteen a los sesenta y dos

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«Le puse sus guitarras delante y le dije: “Ahí está la puerta. Ya sabes para qué sirve”. No hemos vuelto a hablar de aquello. No hay nada de qué hablar. Habría estado en la mejor banda del mundo si no hubiera ocurrido aquello. Pero, desde un punto de vista histórico al menos, estuve en la E Street Band. Bruce lo sabe y todo el mundo lo sabe.»

Pasamos ante el edificio en cuya planta baja estuvo la fábrica de tablas de surf donde Lopez vivió con Springsteen. Ahora el letrero de la puerta reza: «Immunostics Inc. Reactivos microbiológicos, serológicos e inmunológicos de calidad». A lo largo de los años, Springsteen ha invitado a Lopez a tocar con la banda unas diez veces, incluida una en el estadio de los Giants para tocar «Spirit of the Night». Cuando Lopez preguntó si podía formar una banda que tocara las viejas canciones de Steel Mill, Springsteen sonrió y dijo: «Claro que sí, adelante».

«Pero es difícil vender a Steel Mill ahora —indicó Lopez—. La gente sabe que Bruce compuso todas las canciones y espera que aparezca, y eso no va a ocurrir.»

 

 

Si Vini Lopez es el batería con peor suerte de la historia de Estados Unidos, Jon Landau es seguramente el crítico de rock más afortunado. Durante un descanso en los ensayos para la gira de 2012, fui en coche al norte de Westchester, donde Landau vive con su mujer, Barbara. Landau es solo tres años mayor que Springsteen, pero es un hombre de presencia física más corriente. Ha estado embolsándose una buena parte de las ganancias de Springsteen durante más de treinta años. No se metió el dinero por la nariz; lo tiene colgado de las paredes. Su colección de arte (sobre todo pintura y escultura del Renacimiento, con algún que otro cuadro francés del siglo XIX) es lo que se llama «importante». A riesgo de alarmar a su compañía de seguros, puedo informar de la presencia de obras de, entre otros, Tiziano, Tintoretto, Tiepolo, Donatello, Ghiberti, Géricault, Delacroix, Corot y Courbet.

Pero Landau no ha salido ileso de la acción del tiempo. El año pasado le extirparon un tumor del cerebro, y como estaba cerca de un haz de nervios ópticos, perdió la visión en un ojo. La recuperación no fue fácil, y a veces, mientras me enseñaba sus cuadros, parecía que a Landau le faltaba el aire. Después de la operación, Springsteen fue a verlo casi todos los días. «Sabía que yo lo estaba pasando mal, y yo pensaba que me iba a morir —contó Landau—. Hablamos mucho de cosas profundas. —Después sonrió—. Los grandes pensadores pensaron mucho.»

Landau comenzó su carrera en una profesión que en realidad no existía. En 1966, tres años después del ascenso de los Beatles, todavía no existía la crítica de rock. Aquel año, Landau, un adolescente precoz de Lexington, Massachusetts, estaba trabajando en una tienda de música de Cambridge llamada Briggs & Briggs. Su padre era un profesor de historia izquierdista que se llevó a la familia de Brooklyn en la época de las listas negras y consiguió un trabajo en Acoustic Research. Landau se crió con música folk, y en sus tiempos del instituto iba a todos los conciertos de rock que podía permitirse. En Briggs & Briggs conoció a un estudiante de Swarthmore llamado Paul Williams, que había empezado a publicar una revista en multicopista con tres grapas titulada Crawdaddy! Siendo estudiante en Brandeis, Landau escribió para Crawdaddy! Todavía era estudiante cuando Jann Wenner le invitó a escribir una columna para una revista quincenal que estaba preparando, y que se llamaría Rolling Stone.

Como crítico, Landau era de lo más atrevido. Para el primer número de Rolling Stone, en 1967, puso de vuelta y media el clásico de Jimi Hendrix Are You Experienced? Al año siguiente, vapuleó a los Cream por la pretenciosidad de sus conciertos, añadiendo que Eric Clapton, el guitarrista de la banda, era «un maestro de los clichés de todos los guitarristas de blues posteriores a la Segunda Guerra Mundial […] un virtuoso interpretando ideas de otros». En aquellos tiempos a Clapton se le conocía como «Dios». La crítica hizo que Dios dudara de sí mismo. «El sonido de la verdad me tiró de espaldas. Estaba en un restaurante y me desmayé —contó Clapton años después—. Y cuando volví en mí, decidí de inmediato que aquello era el final de la banda.» Los Cream se disolvieron.

A Landau le gustaban los singles bien construidos, ya fueran de los Beatles o de Sam & Dave; miraba con recelo los desvaríos artísticos. «Cada vez más, la gente espera del rock lo que antes esperaba de la filosofía, la literatura, el cine y las artes visuales —escribió—. Otros esperan del rock lo que antes obtenían de las drogas. Y, en mi opinión, el rock no puede soportar ese tipo de carga, porque introduce en el rock cualidades que son la negación de lo que era el rock al principio.»

En aquellos tiempos, no existía una separación clara entre la industria del rock y el periodismo de rock. En 1969, Jann Wenner produjo un disco de Boz Scaggs. Landau produjo álbumes con Livingston Taylor y los MC5. Landau admiraba a los ejecutivos que entendían de música, como Ahmet Ertegun y Jerry Wexler, y aprobaba a los músicos que comprendían las virtudes de la popularidad. En su tesis de licenciatura en Brandeis, escribió con admiración sobre Otis Redding, que quería ser un entertainer «abierta y honradamente preocupado por divertir al público y tener éxito».

A finales de 1971, Landau vivía en Boston y se había casado con la crítica Janet Maslin. Aunque tenía la enfermedad de Crohn y no se encontraba bien, era el centro energético de un círculo de jóvenes críticos emergentes: Dave Marsh, John Rockwell, Robert Christgau, Paul Nelson y Greil Marcus. Landau se fijó en el primer álbum de Springsteen, Greetings from Asbury Park, y encargó la crítica en el Rolling Stone a Lester Bangs. Él comentó el segundo, The Wild, the Innocent and the E Street Shuffle, en el semanario alternativo The Real Paper, diciendo que Springsteen era «el cantante y compositor nuevo más impresionante desde James Taylor», pero añadiendo que «el álbum no está tan bien producido como debería haberlo estado». Le parecía «poco denso o pasado de agudos, sobre todo cuando la banda toca los cambios».

Landau, que entonces tenía veintiséis años, aceptó una invitación de Dave Marsh para ir al Charley’s, un club de Cambridge, a ver a Springsteen en directo. «Fui a aquel club y estaba completamente vacío —me contó—. Tenía poquísimos seguidores. Antes de la actuación, pregunté a los tíos del bar dónde estaba Bruce, y señalaron la calle.»

Springsteen estaba pasando frío; un tipo flaco y barbudo, con vaqueros y camiseta, dando saltitos para entrar en calor. Estaba leyendo la crítica de Landau, que la dirección del club había colgado en la cartelera.

«Me acerqué a él y le dije: “¿Qué te parece?” —comentó Landau—. Y él respondió: “Este tío suele ser bastante bueno, pero he visto cosas mejores”. Me presenté y nos reímos mucho.»

Al día siguiente, recibió una llamada de Springsteen. «Estuvimos horas hablando —dijo Landau—. Sobre música, sobre filosofía… En lo básico, era igual que ahora. Y mira, hemos estado manteniendo esa conversación durante el resto de nuestras vidas: sobre el crecimiento, sobre pensar a lo grande, sobre cosas grandes.»

Un mes después, Landau fue a ver a Springsteen en el Harvard Square Theatre, donde actuaba como telonero de Bonnie Raitt. Era la víspera del vigésimo séptimo cumpleaños de Landau, y se sentía prematuramente acabado. Su carrera estaba estancada. Debido a la enfermedad de Crohn, le resultaba difícil comer y trabajar. Su matrimonio se estaba deshaciendo. Pero aquella noche, el 9 de mayo de 1974, se sintió rejuvenecido mientras Springsteen tocaba de todo, desde el viejo número de Fats Domino «Let the Four Winds Blow» hasta una canción nueva sobre escape y liberación titulada «Born to Run».

El artículo que Landau escribió para The Real Paper es la reseña más famosa de la historia de la crítica de rock:

 

El jueves pasado, en el Harvard Square Theatre, vi pasar ante mis ojos mi pasado de rock and roll. Y vi algo más: vi el futuro del rock and roll y se llama Bruce Springsteen. Y en una noche en la que yo necesitaba sentirme joven, él me hizo sentirme como si estuviera escuchando música por primera vez. […] Es un gamberro del rock and roll, un poeta callejero latino, un bailarín de ballet, un actor, un bromista, un líder de banda de bar, un acojonante guitarrista rítmico, un cantante extraordinario y un compositor de rock and roll verdaderamente grande. Dirige una banda como si lo hubiera estado haciendo siempre. […] Se pasea delante de su banda rítmica all-star como un híbrido de Chuck Berry, el primer Bob Dylan y Marlon Brando.

 

Columbia Records utilizó la frase «he visto el futuro del rock and roll» como lema principal de una campaña publicitaria. Springsteen se hizo amigo de Landau, que se mudó a vivir con él en su destartalada casa de Long Branch. «La palabra “modesta” se queda corta para describir la vivienda —recordaba Landau—. Había un sofá, su cama, una guitarra y sus discos. Y nos quedábamos hablando hasta las ocho de la mañana.» Los dos hombres escuchaban música y hablaban del tercer disco de Springsteen. No era probable que Columbia siguiera invirtiendo en él si el tercer disco fracasaba. Springsteen apreciaba la lealtad de Appel, pero su manera de soltar comentarios impertinentes le ponía los nervios de punta. Landau era más sutil: hacía preguntas, halagaba, sugería, recomendaba. Springsteen invitó a Landau al estudio, donde le ayudó a acortar «Thunder Road» de siete minutos a cuatro y le aconsejó revisar el principio de «Jungleland».

«Yo tenía la convicción juvenil de que sabía lo que estaba haciendo», dijo Landau. Springsteen le dijo a Appel que iba a incorporar a Landau como coproductor.

 

 

Born to Run, publicado en agosto de 1975, transformó la carrera de Springsteen, y la serie de diez conciertos en el Bottom Line al principio de la gira sigue siendo un acontecimiento del rock, a la altura de James Brown en el Apollo o Bob Dylan en Newport. En el Bottom Line, Springsteen se convirtió en lo que es. Al añadir a Van Zandt como segundo guitarrista, quedó liberado de algunas de sus tareas musicales y se convirtió en un showman desenfrenado, saltando desde amplis y pianos, brincando como una rana de una mesa a otra.

Landau dejó su trabajo de crítico y se convirtió a todos los efectos en la mano derecha de Springsteen: en su amigo, su consejero para todo, su productor y, a partir de 1978, su manager. Tras una prolongada batalla jurídica que mantuvo a Springsteen fuera del estudio durante dos años, Appel fue indemnizado y despedido.

Landau alimentó la curiosidad de Springsteen acerca del mundo fuera de la música. Le dio libros que leer —Steinbeck, Flannery O’Connor— y películas que ver, sobre todo westerns de John Ford y Howard Hawks. Springsteen empezó a pensar en otras cosas aparte de los coches y las carreteras. Empezó a considerar su propia historia, la historia de su familia, en términos de clase y arquetipos estadounidenses. La imaginería, las narrativas y el sentido de pertenencia a un sitio de aquellas novelas y películas sirvieron de combustible para sus canciones. Además, Landau fue un catalizador de la entrada de Springsteen en el gran negocio, animándole a tocar en locales mayores y superar sus primeras y desastrosas actuaciones en el Madison Square Garden. Y le animó a pensar en sí mismo como hacía Otis Redding: como artista y entertainer en un escenario muy grande.

Algunos críticos han descrito a Landau como un Svengali avaricioso, un coronel Parker o algo peor aún. Pero la gente del mundo musical con la que he hablado rechaza toda idea de influencia maligna o dominante sobre Springsteen. «La idea de que esté manipulado es ridícula», dice Danny Goldberg, que lo conoce desde hace más de treinta años. Según Goldberg, que ha sido manager de Nirvana y Sonic Youth, «es Bruce el que utiliza a Jon para conseguir un completo control artístico». A Landau le duele cualquier insinuación de que esté controlando de algún modo a su cliente o sea responsable de su trayectoria. «El principio fundamental de un manager es ser el hombre de confianza del artista. Sus intereses son lo primero —dice—. Así que cuando estás trabajando con él, sea en lo que sea, la primera pregunta es: “¿Qué es lo mejor para Bruce?”. Springsteen —sigue diciendo—, es la persona más lista que he conocido. No la más informada ni la más instruida, pero sí la más lista. Siempre que te enfrentas con una situación, una cuestión práctica, un problema artístico, su análisis de la gente que participa es exquisito. Va muy por delante.»

Hace una década hubo un momento en que Springsteen premió a Landau, que en sus tiempos había soñado con ser una estrella del rock, llamándolo al escenario. «Una noche, Bruce me dijo que me colgara una guitarra cuando llegáramos a “Dancing in the Dark” y estuve saliendo cinco o seis noches —me contó una vez Landau en el camerino—. Es un subidón tremendo. Pero la séptima noche dijo: “Mira, es estupendo que salgas al escenario. Pero estaba pensando que tal vez esta noche deberíamos darte un descanso”.»

—¿Quieres decir que estoy despedido? —preguntó Landau.

Springsteen sonrió y respondió:

—Bueno, sí. Más o menos es eso.

 

 

A medida que Springsteen iba conociendo más el mundo, se volvió mucho más político. No fue así desde el principio. En 1972 había tocado en un pequeño acto en beneficio de George McGovern en un cine de Red Bank, pero de joven la música le interesaba casi exclusivamente como fuente de liberación personal. No había establecido ninguna conexión entre las idas y venidas de su padre y las realidades del desempleo, la depresión de Freehold y la ola de desindustrialización.

Ya se podía notar una conciencia política en Darkness on the Edge of Town, y esta fue creciendo en los años siguientes. Empezó a encontrar la voz para hacerlo a base de lecturas —el entusiasmo de Landau desempeñó un papel aquí— y viajes, y sobre todo escuchando música country y folk: a Hank Williams y Woody Guthrie. Springsteen sabía que ya no le quedaba más que decir acerca de noches desesperadas en autopistas de peaje; quería componer canciones que pudiera cantar un adulto, sobre el matrimonio, sobre la paternidad y sobre cuestiones sociales importantes. Después de escuchar una y otra vez a Hank Williams, afirmó que las canciones pasaban «del archivo a la vida». Lo que antes le había parecido «quejumbroso y pasado de moda» ahora era profundo y sombrío. Williams representaba «los blues adultos» y la música de la clase trabajadora. «El country me atraía por su naturaleza misma, el country era provinciano y yo también —dijo Springsteen hace poco en Austin—. Yo me sentía un tipo corriente con un don un poco por encima de lo corriente […] y el country habla de la verdad que emana de tu sudor, de tu bar del barrio, de tu tienda de la esquina.» Leyó la biografía de Woody Guthrie escrita por Joe Klein. Leyó las memorias de Morris Dees, abogado de los derechos civiles, y del activista antibélico Ron Kovic. Todo esto se refleja en los himnos proletarios de Darkness on the Edge of Town, en el quejido acústico de Nebraska e incluso en el himno pop Born in the USA. Ahora cantaba sobre los veteranos de Vietnam, los trabajadores inmigrantes, las clases, las divisiones sociales, las ciudades desindustrializadas y los pueblos estadounidenses olvidados, pero nunca en un idioma que pusiera en peligro a «Bruce», la icónica estrella del rock para toda la familia. En escena empezó a cantar himnos a sus causas y a pedir donativos para los bancos de alimentos locales, pero el lenguaje nunca era amenazador ni disuasorio, y las recaudaciones en la puerta y las ventas de discos eran más que fabulosas.

Hubo quien detectó en todo esto el hedor de la santurronería. En 1985, James Wolcott, entusiasta del punk y la nueva ola, se declaró harto de la «sinceridad hortera» de Springsteen y del nivel de elogios que le dedicaban «los pijos urbanitas». «La devoción ha empezado a acumularse alrededor de la cabeza rizada de Springsteen como la niebla en la cumbre de una montaña —escribió Wolcott en Vanity Fair—. La montaña no tiene la culpa de la niebla, pero aun así la reverencia se está poniendo espantosamente pesada.» Para Tom Carson, el problema era la insuficiencia de radicalismo, el hecho de que Springsteen siguiera siendo en el fondo un progre convencional. Springsteen «creía que el rock and roll era básicamente sano —escribió Carson en el L. A. Weekly—. Era una alternativa, una vía de escape, pero no una rebelión, ni como ruta hacia la sexualidad prohibida o el bienestar social ni, por extensión, como rechazo de la sociedad convencional. Para él, el rock redimía a la sociedad convencional».

En el mercado del rock de estadios, ese nivel de convencionalismo era una virtud, no una limitación. A mediados de la década de 1980, Springsteen era la mayor estrella de rock del mundo, capaz de agotar las entradas en el estadio de los Giants durante diez noches seguidas. Era tan poco amenazador para los valores estadounidenses que en 1984 George Will fue a verlo. Con pajarita, chaqueta cruzada y tapones en los oídos, Will vio actuar a Springsteen en Washington y escribió una columna titulada «Un Yankee Doodle Springsteen»: «No tengo ni idea de la postura política de Springsteen. […] No es un quejica, y sus denuncias de fábricas cerradas y otros problemas siempre parecen puntuadas por una grandiosa y animosa afirmación: “¡Nacido en Estados Unidos!”». Una semana después, Ronald Reagan fue a Nueva Jersey para pronunciar un discurso de campaña. Siguiendo el ejemplo de Will, Reagan afirmó: «El futuro de Estados Unidos se apoya en mil sueños en vuestros corazones; se apoya en el mensaje de esperanza de canciones que muchos jóvenes estadounidenses admiran: las de Bruce Springsteen, de Nueva Jersey».

Springsteen quedó espantado. Después dijo que «Born in the USA» era la canción más malinterpretada desde «Louie, Louie», y empezó a cantar una versión acústica que la despojaba de su grandilocuencia y resaltaba sus tonos más sombríos. Desde el escenario decía: «Bueno, el presidente mencionó mi nombre en su discurso del otro día y yo empecé a preguntarme cuál de mis álbumes es su favorito, ¿sabéis? No creo que sea Nebraska. No creo que ese lo haya escuchado». Y después tocaba «Johnny 99», la triste historia de un trabajador del automóvil despedido que, borracho y desesperado, mata a un dependiente nocturno en un atraco frustrado.

 

 

Una vez, alguien le dijo a Paul McCartney que los Beatles eran «antimaterialistas». McCartney se echó a reír. «Eso es un enorme mito —respondió—. John y yo nos sentábamos y decíamos literalmente: “Ahora, vamos a componer una piscina”.»

Con el álbum Born in the USA, Springsteen combinó la virtud política y el atractivo popular, la protesta y la fiesta. Cuando estaba componiendo las canciones para el álbum que después fue Born in the USA, Landau le dijo que tenían un disco excelente, pero que todavía no tenían una piscina. Necesitaban un éxito de ventas.

«Mira, he escrito noventa canciones —respondió Springsteen—. Si quieres otra, escríbela tú.» Y después se retiró enfurruñado a su suite del hotel y compuso «Dancing in the Dark». La letra reflejaba la agotadora frustración de un artista que «no tiene nada que decir», pero la música —una filigrana pop sostenida por una pegadiza línea de sintetizador— entraba con mucha facilidad. «Fui tan lejos como quise en dirección a la música pop, y probablemente un poco más —recordaba Springsteen en un texto para su libro de letras, Songs—. Mis héroes, desde Hank Williams a Frank Sinatra y Bob Dylan, eran músicos populares. Tenían éxitos. Había mérito en intentar conectar con un público grande.» Born in the USA fue disco de platino y se convirtió en el más vendido de 1985 y de la carrera de Springsteen.

Cuando Springsteen y Van Zandt eran jóvenes, tenían sueños de «Cadillac rosa», fantasías de riqueza y gloria rocanrolera. «Yo sabía que nunca sería Woody Guthrie —recordaba Springsteen en Austin—. A mí me gustaba Elvis, me gustaba demasiado el Cadillac rosa. Me gusta lo sencillo y la sensación espontánea y momentánea de los éxitos pop. Me gusta hacer mucho ruido y, a mi manera, me gustan los lujos y las comodidades de ser una estrella.» Compró una mansión de catorce millones de dólares en Beverly Hills. Mantuvo la amistad con sus viejos compañeros de correrías de Jersey, pero también hizo nuevos amigos, amigos famosos. Cuando se casó con una actriz llamada Julianne Phillips en 1985, fueron de luna de miel a la villa de Gianni Versace en el lago de Como. Después vinieron coches y motocicletas de época, un estudio de grabación con los últimos adelantos, caballos y la señal definitiva del ascenso social: una granja orgánica. Las giras crecieron hasta proporciones de gran empresa: jets privados, hoteles de cinco estrellas, catering de lujo, fisioterapeutas, gestión eficiente.

Springsteen era consciente de la cómica contradicción: el multimillonario que en su personaje teatral es la voz de los desposeídos. Muy de vez en cuando, en sus letras se ha filtrado alguna punzada de incomodidad por esto. A finales de la década de 1980, Springsteen le tocó a Van Zandt «Ain’t Got You», que apareció en su álbum Tunnel of Love. La letra habla de un tipo al que se le paga «el rescate de un rey» por hacer lo que le sale de manera natural, que tiene «la suerte del cielo» y una «casa llena de Rembrandts y obras de arte de valor incalculable», pero al que le falta el cariño de su ser amado. Van Zandt reconoció la autoburla, pero no le importó. Estaba horrorizado.

«Tuvimos una de las mayores peleas de nuestra vida —recuerda Van Zandt—. Yo le dije: “¿Qué coño es esto?”, y él me respondió: “Bueno, ¿qué quieres decir?, es la verdad, es lo que soy, es mi vida”. Y yo: “Qué gilipollez. La gente no necesita que le hables de tu vida. A nadie le importa un pepino tu vida. Te necesitan para sus vidas. Ese es tu trabajo. Darles alguna lógica, razón, simpatía y pasión en este mundo frío, fragmentado y confuso; ese es tu don, explicarles sus vidas. Sus vidas, no la tuya”. Y seguimos peleándonos y peleándonos. Él dijo: “Que te jodan”, y yo: “Que te jodan a ti”. Y creo que algo de lo que yo dije surtió efecto.»

Además, Springsteen estaba experimentando períodos de depresión mucho más serios que el ocasional sentimiento de culpa por ser «un hombre rico con camisa de pobre», como canta en «Better Days». Un nubarrón de crisis se cernía sobre él cuando estaba terminando su obra maestra acústica Nebraska, en 1982. Fue en coche desde la Costa Este hasta California y después condujo de vuelta. «Tenía sentimientos suicidas —cuenta su amigo y biógrafo Dave Marsh—. La depresión en sí no era sorprendente. Había subido como un cohete, de la nada a ser algo, y ahora le besaban el culo día y noche, con lo que puede que empezara a tener algunos conflictos interiores sobre lo que de verdad valía.»

Springsteen empezó a plantearse por qué sus relaciones eran tan fugaces. Y tampoco podía librarse del pasado, de la sensación de que había heredado el aislamiento depresivo de su padre. Durante años, estuvo conduciendo de noche hasta la vieja casa de sus padres en Freehold, hasta tres o cuatro veces por semana. En 1982 empezó a visitar a un psicoterapeuta. Años después, en un concierto, Springsteen presentó la canción «My Father’s House» recordando lo que le había dicho el terapeuta sobre aquellos viajes nocturnos a Freehold. «Dijo: “Lo que haces indica que crees que ocurrió algo malo, y vuelves pensando que puedes corregirlo. Algo salió mal, y tú sigues volviendo para ver si puedes arreglarlo o enderezarlo de algún modo”. Yo le dije: “Pues sí, eso es lo que hago”. Y él me contestó: “Pues no puedes”.»

Quizá la riqueza extrema hubiera hecho realidad todos los sueños de Cadillacs rosas, pero no sirvió para ahuyentar la depresión. Springsteen estaba dando conciertos que duraban casi cuatro horas, impulsado, según decía, «por el puro miedo, y por el desprecio y el odio a mí mismo».

Tocaba durante tanto tiempo no solo para impresionar al público, sino también para agotarse. En escena mantenía a raya a la vida real.

«Mis problemas no eran tan obvios como los relacionados con las drogas —contó Springsteen—. Los míos eran diferentes, eran más tranquilos, igual de problemáticos pero más tranquilos. En todos los artistas, debido al lastre de la historia y al autodesprecio, hay una enorme tendencia hacia esa anulación de ti mismo que se da en el escenario. Son las dos cosas: hay un enorme descubrimiento de uno mismo y, al mismo tiempo, un abandono del yo. Durante esas horas te libras de ti mismo; desaparecen todas las voces dentro de tu cabeza. Simplemente, desaparecen. No hay sitio para ellas. Hay una sola voz, la voz con la que estás hablando.»

 

 

La vida de Springsteen en las dos últimas décadas ha sido, según todas las apariencias, notablemente estable. En 1991 se casó con Patti Scialfa, una habitual del ambiente musical de Asbury Park que se había unido a la banda como cantante. El padre de Scialfa era constructor, y ella había estudiado música en la Universidad de Nueva York.

Mientras Springsteen estaba de gira, fui en coche a Colts Neck, donde él y Patti viven en una granja de ciento cincuenta hectáreas. Tienen tres hijos, dos chicos y una chica, y cuando los niños eran pequeños, la familia vivía más cerca de la costa, en Rumson, Nueva Jersey. Rumson es un sitio rico, al estilo provinciano. Colts Neck se parece más a Middleburg, Virginia. Allí vive gente muy encopetada, y también Queen Latifah. Los Springsteen tienen asimismo casas en Beverly Hills y en Wellington, Florida.

Springsteen no es inmune a las ventajas de su buena suerte («Vivo en la cumbre»), pero Patti, que se crió cerca de él aunque con mucho más dinero, ve las cosas más a lo grande. Cuando se mudaron a Colts Neck, contrató a Rose Tarlow, una diseñadora de interiores que había trabajado para su amigo David Geffen, para que diseñara la casa. Cuando llegué, un guardia de seguridad me condujo a un complejo de garajes transformado en estudio de grabación y una serie de salitas. Las paredes estaban decoradas con fotografías de, sobre todo, Bruce Springsteen, y las mesas y estanterías estaban repletas de libros sobre música popular, con especial insistencia en Presley, Dylan, Guthrie y Springsteen. Había un televisor enorme, una cafetera exprés y un bastón enmarcado que perteneció a Elvis, que en 1973 rompió en un ataque de rabia.

Al cabo de un rato apareció Patti Scialfa, arrastrada por dos grandes y bamboleantes pastores alemanes. Era una mujer alta y esbelta de cincuenta y muchos años, con una llamativa mata de pelo rojo, amable y sonriente, que me ofreció agua al estilo moderno; también parecía un poco nerviosa. Scialfa, como su marido, disfruta de una vida sumamente regalada, pero su posición es extraña y no suele hablar de ello en público. En los conciertos actúa a la izquierda de Springsteen, a dos micrófonos de distancia, una posición ideal desde la que observar noche tras noche las miles de miradas hambrientas dirigidas hacia él. Scialfa ha grabado tres álbumes propios. En la E Street Band, a la que se incorporó hace veintiocho años, toca la guitarra acústica y canta, pero, según me explicó, «tengo que decir que mi papel en la banda es más figurativo que musical». En escena, su guitarra apenas se oye, y es solo una de las muchas voces de acompañamiento. No obstante, nadie entre el público ignora que es la mujer de Springsteen —su «chica de Jersey», su «mujer pelirroja», como dicen las canciones—, y en cualquier momento de la función puede coquetear con él en el escenario, rechazarlo, desmayarse o bailar. La E Street Band es un conjunto de personajes, no solo de músicos, y Scialfa interpreta hábilmente su papel de la Amada y Perpleja Esposa, así como Van Zandt interpreta el suyo de Mejor Amigo. «A veces me siento frustrada cuando me gustaría añadir algo nuevo al menú, pero en la banda, en el contexto de la banda, no hay sitio para eso», me dijo.

En las dos últimas giras, Scialfa ha sido una presencia intermitente. Se pierde algunos conciertos para estar con sus hijos: el mayor, Evan, acaba de graduarse en la Universidad de Boston; la chica, Jessica, estudia en Duke y es amazona en un circuito hípico internacional, y el pequeño, Sam, ingresará este otoño en la Universidad de Bard. Estar con los chicos ha sido una prioridad. «Cuando era joven, me sentía muy, muy vulnerable —me contó Scialfa—, y quería que las cosas fueran relajadas y estables, que hubiera alguien en la casa y asegurarme de que se sintieran apoyados cuando iban al colegio. —Y añade—: La parte más difícil es repartirte, la sensación de que no estás haciendo bien ninguna de tus tareas.»

Costó trabajo lograr que Springsteen, un «aislacionista» por naturaleza, se comprometiera en un auténtico matrimonio y resistiera el impulso de concentrarse solo en su música y sus actuaciones. «Ahora veo que dos de los mejores días de mi vida —le contó a un periodista de Rolling Stone— fueron el día en que cogí la guitarra y el día en que aprendí a dejarla.»

Scialfa sonrió al oír esto. «Cuando eres tan serio, tan creativo y tan desconfiado a nivel íntimo, y cuando tu arte te ha dado tanto, tu capacidad de crear algo se convierte en tu medicina —dijo—. Eso es lo único que te ha dado esa estabilidad, esa alegría, esa autoestima. Y te pones en plan: “Esta parte de mí no la va a tocar nadie”. Cuando eres joven, eso funciona, porque te lleva de A a B. Cuando te haces mayor, cuando estás intentando tener una familia e hijos, eso no funciona. Creo que algunos artistas pueden ser propensos a proteger el pozo del que sacan su inspiración, y lo hacen tan bien que en realidad están protegiendo al mismo tiempo partes malignas de sí mismos. Empiezas a ver que algo se ha roto. No es una simple cuestión de ser el mítico lobo solitario; algo se ha roto. Bruce es muy listo. Quería una familia, quería una relación, y se esforzó mucho, muchísimo, tanto como lo hace con su música.»

Le pregunté a Patti cómo lo consiguió Bruce. «Evidentemente, con terapia —respondió—. Fue capaz de mirarse a sí mismo y combatirlo.» Y, sin embargo, nada de esto ha permitido a Springsteen manifestarse con libertad y claridad. «Eso no me asustó —señaló Scialfa—. Yo también he sufrido depresión, así que sabía lo que le pasaba. Depresión clínica. Sabía de qué iba la cosa. Me sentía muy semejante a él.»

En sus primeros tiempos de pareja, la idea que tenían Bruce y Patti de unas vacaciones perfectas era subirse al coche e ir al valle de la Muerte, coger una habitación en un hotel barato, sin televisión ni teléfono, y simplemente quedarse allí. Ahora es más probable que vayan de viaje con los chicos o recorran el Mediterráneo en el yate de David Geffen. «Recuerdo cuando mi familia se volvió bastante rica y algunas personas intentaban que nos sintiéramos mal por ser ricos —dice—. Lo fundamental es esto: si tu arte está intacto, tu arte está intacto. ¿Quién escribió Anna Karenina? ¿Tolstói? ¡Era un aristócrata! ¿Y por eso es menos válida su obra? Si tienes la suerte de poseer auténtico talento, y lo has alimentado, explotado, protegido y vigilado, ¿acaso vas a perderlo? ¡Lo puedes perder sentándote a la puerta de tu casa y bebiendo vino barato! No hace falta que vivas la gran vida.»

Tal como lo ve Springsteen, el talento creativo siempre se ha alimentado de las corrientes más oscuras de su psique, y la riqueza no garantiza la felicidad. «Llevo treinta años de análisis —dijo—. Mira, no puedes subestimar el sutil poder del odio a ti mismo. Piensas: “No me gusta nada de lo que veo, no me gusta nada de lo que hago, pero tengo que cambiar, necesito transformarme”. No conozco un solo artista que no utilice ese combustible. Si estuviera demasiado satisfecho de sí mismo, nadie haría nada, demonios. Brando no habría actuado. Dylan no habría compuesto “Like a Rolling Stone”, James Brown no habría gritado “¡Ugh!”. No habría buscado ese efecto que es tan difícil. Es una motivación, ese elemento de “tengo que rehacerme, rehacer mi pueblo, rehacer a mi público”, el deseo de renovación.»

 

 

Wrecking Ball es un disco tan político como What’s Going On?, Rage Against the Machine o It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back. Tras los escarceos políticos de Springsteen en los años ochenta, se fue comprometiendo cada vez más con cuestiones sociales. Cantó sobre el sida («Streets of Philadelphia»), la emigración («The Ghost of Tom Joad»), la expropiación («Spare Parts») y la guerra de Irak («Last to Die»). Desde el escenario pronunciaba discursos sobre «la extradición, las escuchas ilegales, la inducción a la abstención o el incumplimiento del habeas corpus». Por todo esto fue atacado por Bill O’Reilly, Glenn Beck e incluso un columnista del Times, John Tierney, que escribió: «El cantante que grabó Greetings from Asbury Park parece haber cruzado ideológicamente el Hudson: Greetings from Central Park West». En 2004 hizo campaña por John Kerry, y en 2008 se mostró aún más entusiasta con Barack Obama, colgando en su página web una declaración que decía que Obama «le habla al Estados Unidos que yo he imaginado en mi música durante los últimos treinta y cinco años, una nación generosa con una ciudadanía dispuesta a afrontar problemas sutiles y complejos, un país interesado en su destino colectivo y en el potencial de su espíritu comunitario». En un concierto en el Monumento a Lincoln antes de la toma de posesión de Obama, Springsteen interpretó «The Rising» con un coro de góspel y cantó con Pete Seeger «This Land Is Your Land», de Woody Guthrie, incluyendo, por sugerencia de Seeger, las dos últimas estrofas «radicales» («Allí había un muro muy alto / que intentó detenerme. / Había un enorme letrero / que ponía “Propiedad privada”. / Pero por el otro lado / no decía nada. / Ese lado se hizo para ti y para mí»).

Las canciones de Wrecking Ball fueron compuestas antes del movimiento Occupy Wall Street, pero reflejan su rabia contra los que no asumen responsabilidades. «We Are Alive» traza una línea entre los fantasmas de los huelguistas oprimidos, los manifestantes por los derechos civiles y los trabajadores, y su estribillo es una especie de comunión entre los muertos y una llamada a los vivos: «Estamos vivos / y aunque nuestros cuerpos yacen solos aquí en la oscuridad, / nuestros espíritus se alzan / para llevar el fuego y encender la chispa». A pesar de todo esto, la postura política —tanto en Wrecking Ball como en sus predecesores— no es verdaderamente radical. Está cargada de una insistencia progre en que el patriotismo estadounidense tiene menos que ver con la primacía de los mercados que con un sentido rooseveltiano de la justicia y un sentimiento común de pertenencia.

Una noche le pregunté a Springsteen qué esperaba que hicieran sus canciones políticas por la gente que va a los conciertos a pasárselo bien. Meneó la cabeza y dijo: «En el mejor de los casos, funcionan en el límite mismo de la política, aunque procuran dirigirse a su centro. Tienes que entender que el camino es largo y siempre ha habido gente haciendo alguna versión de lo que nosotros hacemos en esta gira, y habrá otros que lo hagan después de nosotros. Yo creo que una de las cosas que este disco intenta hacer es recordarle a la gente que existe una continuidad que pasa de generación en generación, un conjunto de ideas expresadas de mil maneras diferentes: libros, protestas, ensayos, canciones, en torno a la mesa de la cocina… Estas ideas están siempre presentes. Y tú eres una gota de lluvia».

Springsteen admira a Obama por la ley de asistencia sanitaria, por rescatar a la industria del automóvil, por la retirada de Irak y por matar a Osama bin Laden, y, en cambio, está decepcionado por sus fracasos en lo referente a cerrar Guantánamo y nombrar a más defensores de la justicia económica, y percibe un increíble favoritismo hacia las grandes corporaciones; los habituales elogios y quejas de los progresistas. No tiene claro que vaya a participar en otra campaña. «Lo hice dos veces porque las cosas estaban muy negras —dijo—. Me pareció que si alguna vez iba a gastar el poco capital político que tengo, aquel era el momento de hacerlo. Pero ese capital disminuye cuanto más lo usas. No digo que no lo vaya a hacer, y todavía me gusta apoyar al presidente. Es una cosa que no hice en mucho tiempo y no tengo planes de salir ahí todas las veces.»

A Springsteen se le ha acusado de tomarse a sí mismo demasiado en serio, y el micromundo que lo rodea lo toma tan en serio que una persona de fuera puede llegar a percibirlo como una burbuja de devoción. Pero Springsteen también puede burlarse de sí mismo. Hace dos años, en el programa de Jimmy Fallon, accedió a vestirse como lo hacía en los tiempos de Born to Run —barba, gafas negras de aviador, gorra blanda de chulo, chupa de cuero— y salió con Fallon, que iba disfrazado de Neil Young, a cantar una versión medio en serio medio en broma de «Whip My Hair», de Willow Smith. Es difícil imaginar a Bob Dylan vestido con ropa de trabajo como en «The Times They Are A-Changin’» y recreando su antigua personalidad. En un programa más reciente Fallon, disfrazado de nuevo de Neil Young, volvió a invitar a Springsteen, esta vez con su imagen reforzada de tío de Jersey de los años ochenta, incluida una camisa vaquera sin mangas. Cantaron juntos una canción festiva del dúo pop LMFAO, «Sexy and I Know It»: «Estoy en bañador procurando broncearme las mejillas. […] Soy sexy y lo sé».

Como autor y como intérprete, Springsteen domina una serie de temas y estados de ánimo: cómico y grandioso, político y atolondrado. A medida que la gira progresaba, fue alterando el repertorio, de manera que cada concierto pareciera hecho a medida para la ocasión. En el Apollo afirmó que la música soul había sido la educación de la banda: «Estudiamos todas las asignaturas. ¿Geografía? Nos aprendimos la situación exacta del “Funky Broadway”. ¿Historia? “A Change Is Gonna Come”. ¿Matemáticas? “99 and a Half Won’t Do”, joder». En Austin, Springsteen celebró el centenario del nacimiento de Woody Guthrie iniciando el concierto con el lamento del trabajador errante, «I Ain’t Got No Home», y cerrándolo con «This Land Is Your Land».

En Tampa, Springsteen cantó «American Skin (41 Shots)», que compuso después de que la policía acribillara a tiros a Amadou Diallo, pero en esa ocasión estaba dedicada a Trayvon Martin, el joven negro desarmado al que mataron en Sanford, Florida. En la primera de las dos noches en Filadelfia, Springsteen rindió homenaje a sus raíces costeras, tocando dos semirrarezas de los primeros años de su discografía, «Seaside Bar Song» y «Does This Bus Stop at 82nd Street?». En una incursión entre el público, encontró a la madre de Max Weinberg, de noventa y siete años, y le dio un beso. La noche siguiente, subió al escenario a su propia madre, Adele, de ochenta y siete, y bailó con ella «Dancing in the Dark». En Nueva Jersey, Springsteen se volcó en el homenaje a Clarence Clemons. Durante la última canción, «Tenth Avenue Freeze Out», mandó parar la música después del verso «el Big Man se ha unido a la banda» y en las pantallas situadas encima del escenario se proyectó una película de Clemons. («Tío, casi no pude aguantar aquello —me contó después el percusionista Everett Bradley—. Estaba llorando a mares.»)

En todos los conciertos, la diferencia más llamativa entre la vieja E Street Band y la nueva era la creciente prominencia que se le daba a Jake Clemons. Cada vez tocaba con más fuerza y parecía más dispuesto a ocupar el centro del escenario. Después de unos cuantos conciertos, cruzaba el escenario haciendo moonwalking. Y, sin embargo, cada vez que Springsteen rendía homenaje a Clarence Clemons, Jake parecía abrumado y se golpeaba el pecho en señal de respeto a su tío y agradecimiento por la respuesta del público. «Todo el mundo quiere formar parte de algo más grande que uno —dijo Jake—. Un concierto de Springsteen es un montón de cosas, y en parte es una experiencia religiosa. A lo mejor es de la estirpe de David, un pastor que puede tocar una música bellísima, de modo que los locos se vuelven menos locos y el rey Saúl puede por fin relajarse. La religión es un sistema de reglas, orden y expectativas, que une a la gente en un propósito. Existe de verdad un componente de Bruce que es sobrenatural. ¡Bruce es Moisés! ¡Sacó a su pueblo del país de la música disco!»

 

 

Una noche, cuando Springsteen estaba esperando para actuar, le pregunté cómo creía que su constitución interior le había llevado a ser el artista e intérprete que es. «Probablemente, trabajé más que cualquier otro que yo conozca», afirmó. Pero creía que en el fondo había también un componente psicológico. «Busqué algo que necesitaba hacer. Es un trabajo lleno de ego, vanidad y narcisismo, y para hacerlo bien necesitas todas esas cosas. Pero no puedes dejar que esas cosas te dominen. Necesitas todas esas cosas, pero relativamente controladas. Y si les preguntas a mis amigos o a algunos miembros de mi familia, lo que para mí es control relativo puede que para ellos no sea control. Está relativamente controlado en comparación con otra gente que hace lo mismo que yo. Pero necesitas esas cosas porque lo que te impulsa son tus necesidades, la pura hambre y la pura necesidad de excitar a la gente y excitarte tú hasta un estado más elevado. La gente ha buscado eso durante toda la historia de la civilización. Es un trabajo extraño, y para mucha gente es un trabajo peligroso. Pero esas cosas son la raíz del asunto.»

En mayo, la gira emprendió tres meses de actuaciones en estadios de Europa. En Barcelona, Springsteen se alojaba en una suite con terraza privada y jacuzzi en el Florida, un hotel fabuloso en una colina que domina la ciudad; la banda y el equipo lo hicieron en el Arts, un hotel de cinco estrellas en la playa. Por la tarde, una caravana de furgonetas Mercedes negras transportó a los músicos (algunos miembros de la banda tienen sus propios asistentes de viaje) al estadio olímpico para la prueba de sonido. Borra de tu mente todas las imágenes de la leyenda del rock: olvídate de los baterías locos desplomados en un vestuario del estadio entre una niebla de droga dura; olvídate de los técnicos tirando televisores y botellas vacías de Jack Daniels desde los balcones del hotel a la piscina. El equipo de gira de Springsteen es aproximadamente tan decadente como los Ice Capades. Los miembros de la banda hablan de que echan de menos a sus hijos, del jet lag, de la cobertura wifi en el hotel.

«Para tener éxito en estos tiempos, vale más ser un atleta que un drogadicto —me dijo Van Zandt—. Pasas por la fase de las drogas y la bebida, y si sales de ella ves que todas las recompensas están en la longevidad. La longevidad es más divertida que las drogas. Y después está el negocio. Para eso necesitas tener la cabeza despejada.»

El estrato superior del negocio de los conciertos de música pop está, como Silicon Valley, dominado por un pequeño número de empresas: Lady Gaga, Madonna, U2, Jon Bon Jovi, Jay-Z y muy pocas más. De aquí para abajo, el descenso es vertiginoso. Springsteen ya no está en la fase «beatlemanía» de mediados de la década de 1980 —un período de pequeños disturbios en los alrededores de sus hoteles—, pero todavía es capaz de agotar las entradas en los estadios del circuito I-95 y otras ciudades de Estados Unidos. Y en Europa es aún más popular. En 1985, el pataleo rítmico de sus fans en el Ullevi, un campo de fútbol de Gotemburgo, dañó los cimientos, un episodio conocido en la leyenda de Springsteen como «la vez que Bruce rompió un estadio». En Europa, ese espíritu persiste.

Es probable que la gira para promocionar Wrecking Ball dure un año. James Brown actuaba muchas más veces en un año, pero nunca hacía conciertos tan largos ni tan absolutamente agotadores. Algunas noches, Springsteen se queda un rato más en su camerino, haciendo acopio de fuerzas para todas las carreras, saltos y gritos, pero nunca ha pensado en dejar de hacerlo.

«Una vez que la gente ha comprado las entradas, yo no tengo esa opción —me dijo. Estábamos solos en un enorme camerino improvisado de Barcelona—. Recuerda, también estamos llevando un negocio, así que hay un intercambio comercial y esa entrada es mi contrato. Esa entrada significa que yo te prometo que voy a ir al límite todas las veces que pueda. Ese es mi contrato. Y desde que era un chaval me lo he tomado muy en serio.» Aunque hay noches en las que se siente vacío en el camerino, el escenario siempre ejerce su magia. «De pronto, la fatiga desaparece. Tiene lugar una transformación. Eso es lo que vendemos. Estamos vendiendo esa posibilidad. Es casi de risa: salgo al escenario y… zas, “¿Estáis listos para transformaros?”. ¿Qué? ¿En un concierto de rock? ¿Por un tío con una guitarra? En parte es una chapuza y en parte es “Venga, vamos a hacerlo, a ver si podemos”.»

Un regalo que Springsteen le ha hecho a su cuerpo son más días libres, que le dejan tiempo para su familia, para hacer ejercicio, para escuchar música, para ver películas, para leer. Últimamente está enganchado a la novela rusa. «Es una compensación por lo que uno se perdió la primera vez —dijo—. Tengo sesenta y tantos años y me digo: “¡Hay un montón de rusos de esos! ¿A qué viene tanto alboroto? Así que sentí curiosidad. Era un libro increíble, Los hermanos Karamázov. Después leí El jugador. El rollo social de la primera parte me pareció menos interesante, pero la segunda mitad, sobre la obsesión, era divertida. Aquello me llegaba. Yo era muy fan de John Cheever, y cuando me metí en Chéjov pude ver de dónde venía Cheever. Y era muy fan de Philip Roth, así que me metí en Saul Bellow, leí Augie March. Todo eso son conexiones nuevas para mí. ¡Es como descubrir ahora que los Stones tocaban canciones de Chuck Berry!»

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