Reportero
Segunda parte » Estamos vivos: Bruce Springsteen a los sesenta y dos
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Springsteen está sentado al lado de una mesita baja cubierta de púas, cejillas, armónicas y papeles con listas de canciones escritas con rotulador negro grueso. Después de la prueba de sonido, intenta imaginar la actuación de esta noche. El resto de la banda y el equipo están más allá, en el «catering», un economato improvisado. El menú de esta noche es jarrete de ternera, mero y varias opciones vegetarianas, por no mencionar la media docena de tipos de ensalada y un amplio surtido de postres. («¿Has probado esa cosa española de plátano? ¡Es asombrosa!») Los miembros de la banda esperan a que Springsteen reparta la lista de canciones de esta noche. Los veteranos están tranquilos, pero los miembros más jóvenes aguardan con cierta inquietud. «Siempre estoy angustiado, tengo pesadillas con que incluya un tema que yo jamás haya oído quince minutos antes de salir al escenario», dice Jake Clemons.
A miles de fans, muchos de los cuales han estado esperando fuera desde por la mañana, se les permite entrar en el estadio a las seis de la tarde, para un concierto que no empezará hasta las diez. Me fijo en un grupo de jóvenes españoles que lleva una pancarta que pone en inglés: «Bruce, gracias por hacer mejores nuestras vidas». Intento imaginarme un letrero como ese para… ¿quién? ¿Lou Reed? ¿AC/DC? ¿Bon Jovi? («Richie Sambora, gracias por hacer mejores nuestras vidas.» Lo dudo.) El ultrasincero intercambio entre Springsteen y sus fans, que parece empalagoso a los no iniciados y los no interesados, es lo que le distingue, a él y a sus actuaciones. Lleva así cuarenta años y todavía, una hora antes de salir al escenario, sigue intentando que esa transacción tenga sentido.
«Estás aislado, pero quieres hablarle a alguien —dijo Springsteen—. Tienes muy poco poder y buscas causar impacto, que se reconozca que estás vivo y que existes. Espero que la gente salga del recinto donde tocamos con una sensación algo más positiva de cuáles son sus opciones, emocionalmente y tal vez colectivamente. Tú les das un poco de poder y ellos te dan poder a ti.
Todo es una batalla contra la futilidad y la soledad existencial. Es como si todos estuviéramos apretujados alrededor del fuego, intentando librarnos de esa sensación de lo inevitable. Eso es lo que hacemos los unos por los otros.
»Intento dar el tipo de espectáculo que el chaval de la primera fila nunca olvide —continuó—. Nos esforzamos por estar a tu lado y punto, que te unas a nosotros y nos permitas unirnos a ti para el viaje, para todo el viaje. En eso trabajamos todo el tiempo, y este espectáculo es la última entrega y, en muchos sentidos, la más complicada, porque en muchos aspectos tiene que ver con el final de ese viaje. Hay chavales que vienen al concierto y que nunca han visto a la banda con Clarence Clemons y Danny Federici, unos tíos que estuvieron treinta años en el grupo. Así que nuestro trabajo es honrar a las personas que estuvieron en ese escenario, dando el mejor espectáculo que hemos ofrecido nunca. Para hacer eso, tienes que asumir tus pérdidas y tus derrotas en igual medida que tus victorias. Y todo esto es finito, aunque puede que falte mucho para el final. Terminamos la velada con una especie de fiesta, pero no es una fiesta sin complicaciones. Es una fiesta de la vida. Eso es lo que intentamos ofrecer.»
Un par de semanas antes, falleció una de las tías más queridas de Springsteen. Y ahora, un día antes del primer concierto en Barcelona, en Red Bank ha muerto Mary Van Zandt, la madre de Steve. «Cuando yo era pequeño, las muertes eran frecuentes —dijo Springsteen—. Luego llega un período en el que, a menos que ocurran accidentes, no hay muertes, y a continuación llegas a otro período en el que vuelven a ser frecuentes. Hemos entrado en esa fase.»
Poco después, tras haber cambiado sus vaqueros de calle por sus vaqueros de escena, Springsteen recorre con la banda un túnel del estadio, en dirección al escenario. Lo último que ve antes de acercarse al micro y a la explosión lumínica de los focos, es un rótulo pegado al último escalón que pone «Barcelona». Pocos años atrás, en un estadio de Auburn Hills, Bruce no paraba de saludar al público con gritos de «¡Hola, Ohio!», hasta que Van Zandt se lo llevó a un lado y le dijo que estaban en Michigan.
Springsteen mira el rótulo y se sitúa bajo los focos.
«¡Hola, Barcelona! —le grita a un mar de cuarenta y cinco mil personas—. ¡Hola, Cataluña!»
(2012)