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Tercera parte » En las profundidades del bosque: Solzhenitsin en Moscú

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En las profundidades del bosque: Solzhenitsinen Moscú

 

 

No hace mucho, durante las noches blancas, di un paseo desde las puertas del Kremlin, pasando por delante del centro comercial subterráneo de la plaza Manezh, hasta la calle Tverskaya, la zona cero del neocapitalismo ruso. Hubo una época en la que en esta calle no era tarea fácil conseguir, por ejemplo, un cuenco de sopa de remolacha. Ahora es perfectamente viable (paseando sin rumbo) adquirir un macchiato en Coffee Bean, una calzone en Sbarro, un sedán Cadillac, un vestido de noche de diez mil dólares, reproductores de vídeo, DVD y, si lo desea, un cuenco de sopa de remolacha. Cada año trae un nuevo aumento del comercialismo a Tverskaya: más tiendas, más restaurantes y más hoteles. Dependiendo del estado de las cosas, hay incluso algunos moscovitas que, además de mirar, pueden comprar.

De repente, se oyó un trueno y se desató una tormenta veraniega. La lluvia caía en una cortina fría y me metí en la librería Young Guard. Se hallaba abarrotada, pero no resultaba desagradable; estaba limpia, había aire acondicionado, unos dependientes muy serviciales deambulaban por allí y las estanterías se encontraban repletas de obras completas de autores que hace poco más de una década estaban prohibidos por los censores soviéticos. Mientras hojeaba las memorias de un actor al que conocía —una estrella del cine que en una ocasión hizo una lectura pública de los poemas de Joseph Brodsky cuando eso era arriesgado y delicioso—, la encargada del establecimiento empezó a hablar por los altavoces y, con la voz seductora de un comercial descarado, más Kmart que comisaria, dijo: «¡Respetados clientes! Les informamos de que hoy presentamos un título nuevo, que pueden encontrar cerca de caja. Es una obra de Alexandr Issáievich Solzhenitsin, autor de Archipiélago Gulag y ganador del Nobel. Se titula Doscientos años juntos y es una historia de las relaciones entre rusos y judíos».

Nadie se detuvo; nadie parecía sorprendido en absoluto. De hecho, durante la media hora posterior, casi nadie fue a ver aquel curioso libro nuevo. En la Rusia contemporánea, la historia ha sido despiadada en su rapidez, y la memoria ciudadana es veleidosa. Solzhenitsin tiene ochenta y dos años. Sobre todo para la gente joven, su nombre representa solo otro acontecimiento de un pasado soviético que se recuerda a medias: la Revolución, los campos, Stalingrado, Yuri Gagarin… Solzhenitsin. Cuando este regresó a Rusia en mayo de 1994, tras veinte años de exilio forzado, fue recibido con una mezcla de celebración, escarnio e indiferencia. Algunos escritores más jóvenes parecían decididos a hacerse un hueco tildando al anciano de ególatra reaccionario, aburrido y pasado de moda. Esos duros recibimientos, junto con una acogida en general negativa de la crítica a su ciclo de novelas históricas, La rueda roja, hicieron que Solzhenitsin en ocasiones se comportara con resentimiento, aunque era reacio a reconocerlo.

Buscando en las estanterías cogí un libro de relatos cortos de Solzhenitsin publicado el año pasado. La segunda mitad del libro está integrada por historias escritas después de su vuelta a casa: «Ego», «En los extremos», «Mermelada de albaricoque». La primera parte la componen aquellas primeras historias clásicas que reordenaron la política y la literatura de la Unión Soviética a principios de la década de 1960, entre las cuales destacan «Incidente en la estación de Krechetovka» y Un día en la vida de Iván Denísovich. Cuando uno lee La casa de Matriona siente escalofríos, un presagio de los exilios y regresos del autor:

 

Durante el verano de 1956 volví sin rumbo de los calurosos y polvorientos desiertos, simplemente a Rusia. Nadie me esperaba ni me había invitado a ningún sitio, porque se me impidió regresar durante un corto período de diez años. Yo solo quería volver al corazón del país, alejarme del calor y adentrarme en los bosques y sus hojas crujientes. Quería liberarme y perderme en lo más profundo del corazón de Rusia —si es que existe tal cosa— y vivir allí.

 

Solzhenitsin, como el narrador de su historia y millones de personas más, volvió a Occidente después «de un corto período» en los campos —las innumerables islas del archipiélago gulag— y en el exilio interior. Regresó y durante veinte años escribió, eminentemente en secreto, la historia de la tiranía soviética. Cuando Archipiélago Gulag fue publicado en el extranjero en 1974, los líderes soviéticos detuvieron a Solzhenitsin, lo subieron a un avión y lo enviaron a Occidente. En el exilio no solo soñaba con su regreso, sino que estaba convencido de que llegaría, al igual que lo estaba de la caída del régimen.

El 26 de mayo de 1994, Solzhenitsin y su mujer, Natalia, cogieron un vuelo de Vermont, donde residían, a Magadan, en el mar de Ojotsk, que había sido uno de los principales centros del sistema de gulags. En el transcurso de dos meses, él y su familia viajaron en tren hacia Moscú, con paradas en Vladivostok, Jabárovsk, Irkutsk, Krasnoiarsk, Novosibirsk y un total de diecisiete poblaciones. No fue un retorno en el que no imperara cierta sensación de oportunidad y ego: la BBC rodó un documental y pagó unos vagones especiales. En esta ocasión, Solzhenitsin apenas se «perdió» en lo más profundo de Rusia. A cada parada acudían a oírle hablar multitudes, firmó libros y apareció en la televisión local; era la gira de autor más grande de la historia. Pero también hubo conmoción en el viaje. Solzhenitsin había hecho tanto como cualquier otro por poner fin a siete décadas de opresión en Rusia, y era improbable que volviera a realizar un viaje largo en su país. Era a un tiempo un regreso, una bienvenida y una despedida.

Cuando el convoy llegó finalmente a Moscú, Borís Yeltsin, que se había convertido en el primer presidente de la Rusia poscomunista, intentó ganarse a Solzhenitsin, al igual que había intentado ganarse a Andréi Sajárov a finales de la década de 1980. Viacheslav Kóstikov, ex secretario de prensa de Yeltsin, escribía en unas memorias:

 

Sus ayudantes pretendían que adoptara un talante dominante. Le dijeron: «¿Quién es ese tal Solzhenitsin? Al fin y al cabo no es un clásico, no es Liev Tolstói. Es más, todo el mundo está cansado de él. Sufrió a causa del totalitarismo, y sí, es un experto en historia ¡pero hay miles como él! Mientras que usted, Borís Nikoláievich, es único». Sin embargo, Yeltsin eligió un tono distinto. La conversación se desarrolló sin tropiezos y con mucha franqueza, y no hubo ningún intento por ocultar las diferencias políticas. Hablaron durante horas e incluso tomaron un poco de vodka.

 

Puede que la reunión fuera amigable, pero la crítica de Solzhenitsin a Yeltsin, tanto en televisión como en dos pequeños libros de crítica política —«El problema ruso» al final del siglo XX (1994) y Rusia en el abismo (1998)—, no hizo sino intensificarse. Solzhenitsin culpaba a Yeltsin de romper la antigua unión sin tener en cuenta los intereses de los veinticinco millones de rusos que ahora se hallaban en las antiguas repúblicas soviéticas; de unas reformas económicas que «empobrecían» a la nación; de comportarse «como esclavos» de Occidente y vender los intereses de Rusia al Fondo Monetario Internacional y la OTAN; de fomentar la corrupción; y de no crear verdaderas instituciones democráticas desde las bases. Solzhenitsin declaraba que en la historia de Rusia habían existido tres smuty, o «tiempos difíciles»: la revuelta política del siglo XVII que instauró la dinastía Romanov, el año revolucionario de 1917 y, ahora, la crisis poscomunista. Solzhenitsin ya no estaba diciendo lo indecible —la mayoría de sus opiniones eran moneda corriente y ninguna estaba prohibida—, pero su tono era igual de agresivo que en Gulag. Al afirmar que el presente, pero no, por ejemplo, los años treinta, eran tiempos difíciles, relegaba a Yeltsin a un círculo del infierno incluso más profundo que el de Stalin.

En 1998, coincidiendo con el octogésimo cumpleaños de Solzhenitsin, Yeltsin todavía parecía ansioso por complacer al escritor y le concedió el más destacado de los honores de Estado, la Orden de San Andrés. Solzhenitsin la rechazó. «En las condiciones actuales, en que la gente se muere de hambre y tiene que manifestarse para que le paguen el salario, no puedo aceptar este premio —dijo—. Quizá dentro de muchos años, cuando Rusia supere sus insalvables problemas, mis hijos podrán aceptar este galardón.» Cuando Yeltsin abandonó el cargo el 31 de diciembre de 1999, Solzhenitsin estaba furioso porque el nuevo presidente, Vladímir Putin, había concedido la inmunidad a su predecesor. Solzhenitsin declaró que Yeltsin, «junto con otras cien o doscientas personas», debía «enfrentarse a la justicia».

A la sazón, Solzhenitsin había logrado distanciarse de casi todos. Los comunistas lo despreciaban, por supuesto, y los nacionalistas rusos de línea dura, que en su día esperaban que fuera su abanderado, lo consideraban demasiado liberal. Los liberales, que miraban hacia Occidente en busca de modelos a seguir, no podían tomarse en serio la visión de Solzhenitsin, que consideraba a Occidente una mina de materialismo inútil y un páramo de vacío espiritual. Tampoco podían tolerar posturas conservadoras como su apoyo al restablecimiento de la pena de muerte.

Cuando Solzhenitsin llegó por primera vez a Moscú, fue citado como posible sucesor de Yeltsin. En todo momento fue una fantasía, si bien denotaba su enorme prestigio. Pero, con el tiempo, y debido a la exposición de Solzhenitsin en televisión, gran parte de la ciudadanía estaba molesta con él o se mostraba indiferente. Sus apariciones televisivas fueron canceladas. Cayó en las calificaciones políticas y luego desapareció de ellas. Sus apariciones públicas eran cada vez más infrecuentes. Sin embargo, siguió escribiendo. A través de sus hijos Ignat, pianista de concierto y director de orquesta en Filadelfia, y Stephan, asesor de planificación urbana y medio ambiente en Boston, pude conseguir una copia por adelantado del primer volumen de Doscientos años juntos y pensaba hacerle una visita a las afueras de la capital.

 

 

Curiosamente, llegué a Moscú justo después de que George W. Bush se reuniera con Putin en Eslovenia. Bush había llegado a la presidencia con la promesa de que no se dejaría seducir por un líder ruso como, a su juicio, Bill Clinton se había dejado seducir por Yeltsin. Así pues, entre los ex disidentes rusos a los que vi era motivo de burla que Bush, tras un breve día en presencia de Putin, declarara que «le había mirado a los ojos» y lo consideraba «muy sincero y digno de confianza». «Pude hacerme una idea de cómo era su alma», dijo Bush. No parecía tener demasiada importancia para Bush que Putin le hubiera desairado en materia de defensa con misiles, que Rusia siguiera librando una guerra contra los chechenos en el sur y contra los medios de comunicación en Moscú, o que Putin estuviera realizando acercamientos cada vez más amistosos hacia Irán. A falta de conocimiento y preparación, Bush recurrió a la confianza metafísica en sí mismo. Lo que halló en el alma de un oficial de carrera del KGB fue «un líder excelente». A un amigo mío le recordó a una escena de Annie Hall en la que Alvy Singer cuenta que lo expulsaron de la universidad por copiar en el examen final de metafísica: había mirado el alma del niño que se sentaba a su lado.

Al parecer, la gran mayoría de los rusos estaban igual de enamorados de Vladímir Putin. Su grado de aprobación tras un año y medio en el cargo rondaba el 70 por ciento. La gente le admiraba porque, al parecer, no cometía los pecados de Yeltsin. Mientras que este era grandilocuente e impredecible, Putin es constante y conscientemente soso. Mientras que Yeltsin era un zar, Putin es burócrata jefe. Ha moderado su lenguaje; en una ocasión prometió matar a los chechenos incluso «en sus letrinas» y ahora quiere «poner fin a la resistencia de formaciones armadas ilegales». Al menos en lo que a imaginería respecta, ha cumplido una promesa de estabilidad. Por el momento no parece tener importancia que esa estabilidad guarde menos relación con la sobriedad de Putin que con el elevado precio del petróleo. El regreso económico del país después del desplome de agosto de 1998 recuerda a la estabilidad de la época de Brézhnev: Rusia todavía no produce gran parte de lo que quiere el mundo, a excepción de recursos naturales.

La oposición de Putin es fácil de definir —un sector longevo de seguidores del Partido Comunista y algunos liberales, como Grigori Yávlinski, del partido Yábloko—, pero, por el momento, no suponen una grave amenaza para él. Es más, apenas se respira nostalgia por las viejas batallas. Muchos guerreros de finales de la década de 1980 y en la de 1990 se han desperdigado, han muerto o han sido desacreditados. Y algunas figuras contemporáneas que se postulaban como símbolos de la democracia no eran en modo alguno heroicas. Hasta que Putin puso coto a la cadena NTV —la única televisión nacional de propiedad privada en el país— y sustituyó a la directiva, su presentador más destacado era Yevgeni Kiséliov, que estaba al frente de un magacín informativo llamado Itogi que se emitía los domingos por la noche. La reputación de Kiséliov se basaba en su ostentosa intrepidez; y, sin embargo, no parecía prestar ninguna atención a los rusos de a pie o a los pobres. Una noche, en directo, con el propósito de humanizarse, desveló con timidez que sentía una terrible debilidad por los vinos de Burdeos excepcionalmente añejos. Para demostrarlo, mostró a los espectadores su considerable bodega. No era exactamente Andréi Sajárov con su bolsa de la compra de redecilla y su traje raído.

Una tarde me dejé caer por la Casa de los Periodistas, situada en el Anillo de los Bulevares, donde un grupo de activistas pro derechos humanos celebraba una conferencia. Durante una pausa, tomé un café con Alexandr Podrabínek, un viejo amigo que, desde 1987, había publicado un periódico independiente llamado Ekspress-Jronika, donde se ofrecían noticias que los diarios y canales más importantes ignoraban. Podrabínek es un hombre menudo y casi endiablado que ronda la cincuentena. Entre 1978 y 1983 se vio obligado a vivir en el este de Siberia, tanto en campos de trabajo como en un exilio interno, por el pecado de haber escrito Medicina punitiva, un libro sobre el uso que hacía el régimen soviético de hospitales psiquiátricos para contrarrestar la disensión política. No abrigaba ninguna ilusión sobre Yeltsin y sigue oponiéndose férreamente a la guerra en Chechenia, pero, pese a los errores de Yeltsin, dice, el país estaba dejando atrás una etapa relativamente «dorada» y adentrándose en unos días un tanto más oscuros. «La idea de la democracia apenas ha impregnado el imaginario popular —aseguró—. Yeltsin era un hombre con más amplitud de miras que Putin. Ahora tenemos a una persona con el intelecto de un sargento del ejército. Da órdenes sencillas a la gente y obedece órdenes sencillas. Carece de una gran visión, excepto la creación de una estructura de poder vertical.»

Putin pasó gran parte de su vida adulta como alto mando del KGB, pero su currículum tiene una repercusión distinta y más variada en Rusia que en el extranjero, según Podrabínek. Incluso Sajárov afirmó en una ocasión que, pese al papel del KGB en el terror infligido por el régimen comunista, también era un bastión de competencia, de gente que entendía lo que sucedía verdaderamente detrás de la fachada oficial. «A casi nadie le importa que Putin fuera agente del KGB —señaló Podrabínek—. La idea de la reputación aquí no es relevante. La gente elige a bandidos como gobernantes sabiendo que lo son, por ejemplo, en Extremo Oriente. O eligen a un agente del KGB o a un comunista de línea dura. Votan a la gente cuyos nombres les ponen delante. La mentalidad de Rusia es demasiado fácil de condicionar, como se ha demostrado una y otra vez.»

A medida que el movimiento pro derechos humanos en Rusia se ha visto desplazado a los márgenes, sus periódicos y conferencias a menudo han sido financiados por fundaciones occidentales o no reciben financiación alguna. Ekspress-Jronika, con una tirada máxima de 65.000 ejemplares, dependía de la generosidad de la Fundación Nacional para la Democracia; ahora la sensación de urgencia ha desaparecido, al igual que buena parte del respaldo económico del movimiento. Podrabínek no ha podido publicar el periódico desde hace un año. Cuando le pregunté por ello, se echó a reír. «Pronto será como en los viejos tiempos, tan solo unos cuantos disidentes y algunos occidentales generosos que traerán dinero escondido en el cinturón y en los zapatos. Pero, recuerden, es posible retroceder un largo camino, sobre todo si Occidente no se molesta en prestar demasiada atención. […] Lo que necesitamos realmente, en mi opinión, es una nueva generación de políticos que estén dispuestos a decir que Rusia, igual que todo el mundo, necesita un sistema democrático normal. Hasta entonces, puede que nos pasemos cuarenta años vagando por el desierto.»

Horas después me reuní con una de las compañeras de Podrabínek en la conferencia, Ludmilla Alexéieva, presidenta del grupo pro derechos humanos Moscú-Helsinki. Alexéieva es septuagenaria. Vive cerca de la calle Arbat, una zona peatonal poblada desde hace mucho por vendedores que ofrecen camisetas irónicas postsoviéticas; una de mis favoritas, con un logo de «McLenin’s», yuxtapone a Vladímir Ilich de perfil y los Arcos Dorados. Alexéieva emigró a Estados Unidos en 1977 y regresó a Moscú en 1992.«El mayor problema que tenemos es la ley, el sistema judicial —dijo—. La Constitución se reformó en 1993, de modo que hay leyes nuevas, pero nadie las conoce ni las cumple. Los jueces son corruptos e ignorantes o son tan mayores que su “pensamiento” y sus hábitos legales se formaron en tiempos soviéticos. Casi todos esos jueces adoptan la visión soviética de que el objetivo del tribunal es, por encima de todo, velar por los intereses del Estado. Se piensa poco o nada en el individuo.»

Cuando comenté que la caída del Estado comunista, la popularidad de Putin y un declive generalizado de la política como obsesión rusa habían conducido a la marginación del movimiento por los derechos humanos, Alexéiva discrepó y esbozó una sonrisa indulgente.

«No se ha visto marginado —aseguró—. Ha cambiado.»

Antiguamente, el movimiento estaba compuesto por grupos extremadamente reducidos de intelectuales urbanos que recogían peticiones secretas, se reunían furtivamente con visitantes occidentales y corrían el riesgo de ser encarcelados a cada paso. Hoy en día, ha adoptado la forma de una sociedad nacional de ayuda legal vagamente conectada. En las ciudades y provincias, jóvenes abogados con hondos conocimientos de la práctica y la ética jurídica modernas se han establecido en oficinas y tribunales.

«Hay miles de personas así —dijo Alexéieva—. Eso no es marginación. Es un verdadero paso adelante.»

 

 

Una tarde nubosa, salí de Moscú en coche y me dirigí al pueblo de Peredelkino. Durante el período soviético, el gobierno alentaba al Sindicato de Escritores a destinar dachas de Peredelkino a literatos, sobre todo los que fueran ideológicamente fiables, pero también a verdaderos artistas como Pasternak y Rostropóvich. (En los años sesenta, Solzhenitsin vivió allí una época con unos amigos.) Algunas dachas de Peredelkino han sido adquiridas por jóvenes empresarios —detrás de las viejas vallas verdes hay muchas construcciones de lujo—, pero todavía quedan muchos escritores en la zona. Había ido a ver a Liev Timoféiev, un economista que en 1985 fue enviado a un campo de prisioneros en los Urales cuando gobernaba Gorbachov por escribir y distribuir un libro sobre la economía ilegal o sumergida. Junto con decenas de prisioneros políticos, Timoféiev fue liberado en 1987 y se convirtió en una figura activa del movimiento pro democrático. En los años noventa recuperó su pertinencia académica y publicó una serie de libros sobre la economía ilegal y los narconegocios. También escribe artículos más breves para Izvestia y The Moscow News e imparte clases en la Universidad Estatal Rusa de Humanidades. Estaba más joven que hace diez años.

«Bueno —dijo tímidamente cuando nos saludamos en la puerta de su dacha—, me divorcié y me casé con una mujer más joven. Estas cosas pasan.»

Entramos en un porche parapetado en el que había una mesa cubierta de melocotones, uvas, fresas silvestres y un cuenco de cerezas.

«¿Recuerda cuándo nos vimos por última vez? —preguntó Timoféiev—. Fue en la Casa Blanca, la última noche del putsch.» Eso fue el 21 de agosto de 1991, la noche en que se vino abajo el golpe liderado por el KGB y, con él, el régimen comunista. En Nochebuena, Gorbachov había transferido el poder a Yelstin y la Unión Soviética quedó disuelta.

Timoféiev coincidía con sus compañeros del movimiento pro derechos humanos en lo referente a Chechenia y el ataque a la prensa, pero era mucho más temperamental que los que yo conocía. La postura de Timoféiev sobre la economía dista mucho del análisis habitual: Rusia sufre por el auge de un reducido número de oligarcas despiadados que llegaron a controlar los principales sectores a través de sus contactos políticos.

«En Rusia, ni una sola persona vive fuera de la realidad de un país en la sombra —afirmó—. En cuanto sales de tu casa o piso por la mañana, te encuentras en un mundo de sobornos, contrabando, actividades extraoficiales, dinero negro y todo lo demás.» Fuera empezaron a oírse truenos —uno fue tan fuerte que salté de la silla— y luego llegó la lluvia. Una fría llovizna se colaba por la tela metálica. «Esto no tiene nada que ver con los oligarcas —continuó Timoféiev—, ni con los grandes empresarios sobre los que lee en los periódicos, sino con todo el mundo: campesinos, profesores, trabajadores de fábricas, todo el mundo. Y, en ese sentido, nada ha cambiado realmente entre el período soviético y ahora. Solo ha cambiado en cantidad, que aumentó infinitamente. La economía sumergida es un mercado normal de compraventa. Al fin y al cabo, antes ya había precios para todo: un puesto en el Partido Comunista era un activo por aquel entonces; tenía valor y pagabas por él. Ahora, los frutos del mercado son distintos, pero no hay leyes ni estructuras que den significado a una verdadera economía de mercado. Hay ejemplos por todas partes. Hace poco, mi vecino fue a solicitar un permiso de conducir, pero pronto quedó claro que la única manera de conseguirlo era pagar doscientos dólares a la persona que realiza el examen. Hace quince o veinte al día. No puede quedarse con todo el dinero, tiene que repartir un poco, pero se gana la vida. […] Este sistema funciona, pero no es tan productivo como una economía abierta. Solo sirve para el día a día. Es como estar esperando para aterrizar.

»Soy economista, así que lo que más me interesa de Putin es eso. En Rusia será imposible gozar de un cambio democrático serio sin una economía de mercado desarrollada. Y, en ese sentido, creo que Putin y su equipo han hecho más en un año que Yeltsin y los suyos en diez. Yeltsin, por supuesto, puso los cimientos y probablemente necesitó ese tiempo. Pero Putin lo ha hecho bien. Y lo más importante es que por fin se aplica un impuesto fijo sobre la renta del 13 por ciento.

Antes casi nadie pagaba impuestos. Es un gran avance. Ahora existe una ley sobre terrenos no agrícolas y una legislación sobre los juicios con jurados. Y se aprecia una tendencia generalizada a evitar cualquier pensamiento económico reaccionario. Teniendo en cuenta lo que esperaban algunos, no puedo pedir mucho más.»

En 1989 había asistido con Timoféiev a una producción teatral de Un día en la vida de Iván Denísovich. Cuando mencioné que al día siguiente iría a visitar a Solzhenitsin, Timoféiev reaccionó como los demás prisioneros y disidentes a los que había conocido en el pasado. Consideraba que los logros de Solzhenitsin, en especial el libro que daba título a la obra teatral y Gulag, eran tan extraordinarios y su independencia e integridad tan intachables que criticarlo, o incluso evaluar sus ideas con un espíritu crítico, era un error.

«Discrepo mucho con Alexandr Issáievich, pero no deseo discutir con él —dijo Timoféiev—. Probablemente no haya existido una vida en todo el siglo XX que tuviera tantos pluses. Nadie en este siglo, al menos en Rusia, a excepción de Sajárov, está a su nivel. Así que puede decir lo que le plazca. Tiene derecho a hacerlo. —Timoféiev hizo una pausa y añadió—: Pero, al mismo tiempo, su influencia ha disminuido. Cuando hace muchos años escribió su ensayo Zhit’ ne po lzhi! («¡No vivas mintiendo!»), nuestra reacción fue la misma que ha tenido usted con el trueno hace un momento. El efecto fue sorprendente. Pero cuando lo oí en televisión, reconozco que tuve claro que sigue siendo una figura en la vida literaria, pero no un actor crucial en la vida política o social.»

¿Había perdido Solzhenitsin su autoridad moral desde que volvió a casa? «En el mundo moderno, las autoridades morales son una prueba de la incapacidad de una sociedad para llevar una vida decente —dijo Timoféiev—. Tener que recurrir tanto a alguien como Solzhenitsin o Sajárov es un claro indicio de que algo va mal. En la actualidad puedo expresarme no identificándome en la intimidad con una figura como esa, sino escribiendo, leyendo, votando, haciendo negocios o lo que sea. Es algo positivo. La sociedad necesita un Solzhenitsin en una época de emergencia. Ahora lo necesita mucho menos.»

 

 

La tarde siguiente, Natalia Solzhenitsin pasó a recogerme por el hotel en un Volvo gris. Es una mujer muy inteligente y enérgica de poco más de sesenta años, y ha ayudado a su marido de todas las maneras posibles: cuando Solzhenitsin escribía y a menudo permanecía encerrado en su estudio varios días seguidos, ella llevaba la casa, criaba a sus tres hijos (uno de su matrimonio anterior, Dimitri, falleció en 1994), realizaba tareas de documentación, mecanografiaba o volvía a mecanografiar manuscritos, editaba una serie de volúmenes sobre historia rusa, administraba un fondo para veteranos de campos de concentración utilizando los ingresos de Archipiélago Gulag, organizaba los archivos de la familia y planificaba su vuelta a casa. En Vermont, Natalia era el enlace de Solzhenitsin con el mundo, y mantiene esa función aquí, donde trata con editores, periodistas, lectores y acosadores. Dudo que Alexandr Issáievich haya cogido el teléfono desde hace décadas. Natalia se crió en Moscú y conoce cada una de sus calles y callejones, pero su marido no es un moscovita auténtico; viene de una ciudad de provincias, Rostov, y en su obra celebra, e incluso idealiza en ocasiones, las verdades de la vida en una aldea. Su casa se encuentra en Troitse-Likovo, un reducto verde a orillas del río Moscova, un lugar que solo ahora, con la expansión urbana, puede considerarse parte de la capital.

—Al principio —comentaba en el coche—, cuando volvimos a casa, Alexandr Issáievich iba al centro a buscar cosas un par de veces al mes. Luego una vez al mes.

—¿Y ahora? —le pregunté.

—Y ahora casi nunca. Alexandr Issáievich no vive en Moscú. Vive en el bosque.

En la ciudad, el tráfico es espantoso desde hace unos años. Tardamos tres cuartos de hora en recorrer los quince kilómetros que nos separaban de Troitse-Likovo, situada al oeste. Finalmente, Natalia tomó un desvío y enfiló un camino estrecho y lleno de baches. Pasamos junto a varias casas de campo de pequeñas dimensiones y nos detuvimos frente a una verja alta pintada de verde bosque.

«En Rusia todavía no tenemos porteros automáticos», comentó Natalia mientras salía animadamente del coche. Abrió la verja y el efecto fue increíble: de repente se extendía ante nosotros un bosque prístino. Volvió al coche y bordeamos lentamente una pequeña casa en la que vivían su primogénito, Yermolai, y su mujer y luego nos acercamos a la vivienda principal, con forma de «V» muy abierta. El lugar, cuya construcción encargaron, era moderno, espacioso y elegante, algo que no se ve con mucha frecuencia en Moscú, ni siquiera ahora. Si Natalia me hubiera dicho que había traído en avión la casa desde Aspen o Telluride, puede que la hubiera creído. Hace tiempo vivían en la zona miembros del viejo Politburó, como el célebre jefe de la policía secreta Lavrenti Beria. Natalia mencionó que el primer ministro de Putin residía en la misma calle, pero que pronto se trasladaría.

Mientras caminábamos hacia la casa, vimos a la madre de Natalia saludando por la ventana. Tiene la misma edad que Solzhenitsin, pero, según Natalia, está mejor de salud que su marido. En los últimos años, Solzhenitsin ha sufrido dos infartos y padece intensos dolores de espalda. Desde su regreso ha seguido trabajando —relatos cortos, poemas en prosa, ensayos sobre otros escritores y artículos políticos, además de Doscientos años juntos—, pero su energía y su apremio ya no eran los de antes. Cuando escribió Archipiélago Gulag, podía concentrar dos jornadas en una: se levantaba a la una de la mañana y trabajaba hasta las nueve; descansaba y volvía a trabajar hasta las seis, cenaba y se acostaba a las siete de la tarde, dormía hasta la una y volvía a comenzar, al tiempo que esperaba que alguien llamara a la puerta. Dormía con una horca cerca de la cama.

Natalia nos acompañó a una biblioteca, donde nos recibió Solzhenitsin. Tenía prácticamente el mismo aspecto que cuando lo conocí en 1994: la misma barba del siglo XIX y el ceño fruncido y la misma chaqueta de safari. Pero ahora caminaba con bastante lentitud y utilizaba bastón; su discurso era más comedido, más proclive a recurrir a lugares comunes. Cuando le pregunté si creía que alguna vez concluiría su labor, respondió: «Todo depende de mi salud. Si sigo vivo pero postrado en una cama, tendré que dejarlo, por supuesto. Pero, mientras pueda moverme, aunque sea con ayuda de un bastón, seguiré trabajando».

Todos los líderes soviéticos y rusos desde Jruschov han seguido una estrategia con Solzhenitsin. Durante décadas fue la represión; ahora es la seducción. Putin y su mujer, Liudmila, fueron a visitarlo el año pasado con flores en la mano. Poco después de dicha visita, me reuní con Putin en Nueva York y le pregunté por el tiempo que había pasado con Solzhenitsin. «Ah, tenía muchas ideas interesantes», comentó sin ningún entusiasmo.

Solzhenitsin afirmó: «Los encuentros con Yeltsin y Putin fueron relativamente breves y se produjeron solo una vez, así que sería un error dar excesiva importancia a mis impresiones personales. Sin embargo, observé a Yeltsin desde la distancia durante diez años, de modo que puedo juzgarlo como figura histórica. Creo que Yeltsin permitió una enorme devastación en Rusia. Pensábamos que las cosas no podían ser peores que con el comunismo. Parecía que cualquier iniciativa, la que fuera, traería algo mejor. Por el contrario, Yeltsin consiguió hundir todavía más a Rusia. Apoyaba a los ladrones. Nuestras riquezas y recursos nacionales fueron privatizados casi gratuitamente, y ni siquiera a los nuevos mafiosos se les pedía que pagaran alquiler. El Estado se ha convertido en un desposeído.

»En cuanto a la libertad de expresión, es el gran logro de Gorbachov y su política de la glásnost. Yeltsin no interfirió en ese proceso. El ataque al Partido Comunista también empezó antes de Yeltsin. Desde finales de la década de 1980, muchos funcionarios del partido abandonaron sus puestos para participar en negocios comerciales. Huyeron como cucarachas. Así que, cuando Yeltsin llegó al poder, el Partido Comunista ya no existía como monolito. Yeltsin, en su enfrentamiento con el Sóviet Supremo, permitió que se debilitara el poder estatal, y entonces, en octubre de 1993, se fue a otro extremo, disparar con tanques contra la Casa Blanca. El resto del mundo no gritó ni le reprendió lo suficiente. Fue considerado un gran adalid de la democracia incluso cuando hizo aquello. Y luego Yeltsin instauró un régimen autocrático. La democracia no ha llegado a Rusia. No ha tenido tiempo de afianzarse».

En relación con el presidente actual, Solzhenitsin dijo: «Lo primero que hay que preguntar es: ¿quién llevó a Putin al poder? Lo hizo Yeltsin con la ayuda de [Borís] Berezovski [el conocido oligarca]. Para analizar el fenómeno de un hombre del KGB en el poder hay que analizar cómo llegó allí. Si hubiera llegado al poder gracias a un golpe del KGB habría sido una cosa, pero no fue eso lo que ocurrió. Solo he visto a Putin una vez y no he vuelto a mantener contacto. Me llevé la impresión de que era una persona formal. […] Durante el encuentro le hice varias propuestas, pero no ha seguido ninguna».

Hace casi treinta años quedó claro que Solzhenitsin tenía una opinión diametralmente opuesta a la de otros pensadores disidentes en lo relacionado con Occidente. En sus discursos en Harvard y ante la AFL-CIO, clamó contra la debilidad y la ingenuidad de Occidente, atacó a quienes criticaban la guerra de Vietnam y advirtió sobre el ateísmo y la cultura basura. Desde entonces no ha sucedido nada —ni siquiera la caída del régimen comunista— que le haya hecho cambiar de parecer.

«Cuando todavía existía el Telón de Acero, las modas más baratas consiguieron llegar hasta aquí: tendencias chabacanas, rock and roll, drogas, popsa. Todo lo barato, las cosas más baratas imaginables. Cuando cayó el Telón de Acero, la situación se complicó aún más. No solo se coló la porquería. Llegaron muchas influencias occidentales, diferentes cualidades, cosas distintas, y yo no diría que eran todas negativas. Pero mis conciudadanos lo recibieron todo con un espíritu abierto. ¡Todo! Creímos que empezaría un período de felicidad universal. Gorbachov y más tarde Yeltsin retiraron a nuestras tropas de Europa de manera incondicional. Ahora estoy leyendo unas memorias en las que Gorbachov preguntó a Occidente: “¿Están seguros de que no ampliarán la OTAN hacia el Este?”. Y ellos respondieron que no. A Gorbachov nunca se le ocurrió solicitar un documento por escrito que lo garantizara. Creyó en su palabra y eso fue todo. Así recibimos a Occidente. Así empezaron las cosas, con esa actitud. Luego nos desilusionamos muchísimo al empezar a darnos cuenta de la arrogancia y las verdaderas políticas de las potencias occidentales.» En los años setenta, Solzhenitsin acusaba a Occidente de ser débil con la Unión Soviética; ahora Occidente es demasiado agresivo con Rusia.

 

 

El libro de Solzhenitsin sobre los judíos rusos es peculiar. Durante muchos años ha sido acusado de antisemitismo. Los motivos son complicados. Su visión del mundo, condicionada por una intensa devoción hacia el patriotismo ruso, el sufrimiento de su pueblo y la ortodoxia, está muy alejada de la de numerosos ex disidentes, que no han dudado en acusarlo de nacionalista de línea dura, zarista y eslavófilo. Es más, un intelectual como el matemático Ígor Shafárevich, que en su día fue aliado suyo, es indudablemente antisemita. En los años setenta, algunos críticos de tercera parecieron abordar sus libros con actitud de contable, enumerando retratos «positivos» y «negativos» de judíos, y a veces lo encontraban insuficiente. Lo cierto es que Solzhenitsin no es antisemita; sus libros no son antisemitas y él, en sus relaciones personales, tampoco lo es; la madre de Natalia es judía, como también lo son muchos de sus amigos. No obstante, es cierto que, como patriota ruso, Solzhenitsin ha escrito sobre «los sufrimientos incomparables» de su pueblo y, como tal, no cree en el carácter único del padecimiento judío en los últimos siglos ni en la idea de los judíos como símbolo de la persecución. Gran parte del nuevo libro está consagrada a ubicar el sufrimiento judío dentro del contexto más amplio del sufrimiento ruso; se hace un esfuerzo persistente por señalar que la gran mayoría de la población, en especial los siervos y después el campesinado, se vio privada de sus derechos igual que los judíos. Solzhenitsin no niega exactamente la persecución de los judíos —los pogromos, las restricciones en el acceso a la universidad, los prejuicios generalizados—, pero también se da una tendencia a subrayar cualquier exageración de opresión zarista o cotejar el sufrimiento judío con la lamentable situación de casi todos los rusos. En su texto, Solzhenitsin con frecuencia se muestra irritado por la existencia de excesivos «tabúes» a la hora de debatir «la cuestión judía», por que uno deba respaldar ciertas ideas de la historia y el sufrimiento judíos o arriesgarse a que lo tachen de intolerante. Sin embargo, aunque describe y condena a la gran cantidad de judíos que participaron en el movimiento revolucionario contra el zar, se apresura a negar cualquier «conspiración» y culpa a los rusos y a sus errores —desde la «arrogancia de la nobleza» hasta el «abandono» del campesinado— de las revoluciones de 1905 y 1917. «Con todo, los círculos más elevados de San Petersburgo sucumbieron a la seductora y simple explicación de que Rusia no padecía una enfermedad orgánica, de que la revolución no era sino un despiadado complot judío, parte integral de la conspiración internacional judeo-masónica. Había una explicación para todo: ¡los judíos!», escribe en Doscientos años juntos, y añade que, en realidad «fueron las debilidades rusas las que determinaron la espiral descendente» de su «lamentable historia».

Este es un tema serio con una bibliografía descomunal, pero sorprende que, en este momento de su vida, Solzhenitsin decidiera embarcarse en una historia en dos volúmenes. Además de sus clásicos —Un día en la vida de Iván Denísovich y los tres volúmenes de Gulag— hay libros de Solzhenitsin que podemos tildar de aburridos, trasnochados o menores, pero nunca de tangenciales. La rueda roja se ve enturbiado por largos y acartonados pasajes y diálogos que suenan artificiales, pero no cabe duda de su intención y ambición; Solzhenitsin se disponía a escribir un ciclo que abarcara prácticamente todo lo que desembocó en la Revolución rusa. Doscientos años juntos resulta anómalo, nada esencial. El autor lo considera una obra académica y está bastante orgulloso de que contenga centenares de notas al pie. En realidad, ignora a buena parte del mundo académico contemporáneo. ¿Es posible que, a su edad, quisiera escribir esto para repeler viejos ataques?

«Trabajé en La rueda roja durante cincuenta y cuatro años, de 1936 a 1990 —dijo Solzhenitsin—. Y en ese tiempo descubrí numerosos datos y puntos de vista sobre la historia rusa que iban desde el siglo XIX hasta ahora. Me encontré con varios temas que eran secundarios a La rueda roja. Uno de ellos, aunque no el único, era el tema de la vida común de rusos y judíos. Ese tema afloraba de vez en cuando y se convirtió en objeto de discusión años antes, así que, de década en década, ha acompañado mi trabajo en La rueda roja. Creí que debía tratarlo de esta manera, pero si lo hubiera incluido en La rueda roja, habría puesto un énfasis erróneo. Habría parecido un intento por explicar la revolución debido a la interferencia de los judíos.» Solzhenitsin negó la idea de que estuviera respondiendo a las «críticas».

«Las críticas son un criterio equilibrado y no se trataba de eso. En este caso fueron solo ataques sin fundamento, absurdos, y únicamente pude responder con sorpresa. ¿Por qué se acusaba a Iván Denísovich de antisemita? Porque uno de los personajes, Tsezar Markovich, trabajaba en una oficina en lugar de poner ladrillos. El prototipo de Tsezar Markovich, Liev Grossman, era un amigo mío de toda la vida. Hubo muchas estupideces como esa.»

En Rusia, el antisemitismo consentido de manera oficial, pese a su resonancia histórica —en especial para los hijos y nietos de inmigrantes judeorrusos—, prácticamente ha desaparecido. En su libro y en conversación, Solzhenitsin reconocía sin ambages la presencia y persistencia del antisemitismo en muchos rusos, pero también se apresuraba a añadir que había sentido la punzada de los prejuicios antirrusos. «Hay muchos. En Radio Libertad, donde había los programas más despreciables y denigrantes, a menudo hablaban judíos rusos, y se referían a los rusos como Untermenschen

Al cabo de un rato, Solzhenitsin parecía cansado y saqué a colación el que tal vez sea el tema más doloroso. Le pregunté si creía que el nuevo orden en Rusia había minado su autoridad moral y si incluso podía ser algo positivo, tal como había comentado Liev Timoféiev.

Solzhenitsin miró la mesa y meditó un rato. Luego dijo: «Por las numerosas cartas personales que sigo recibiendo, sé que para mucha gente soy una fuente de confianza y autoridad moral. Pero yo no puedo decir si lo soy o no. Pienso que para la humanidad (no para la sociedad, sino para la humanidad) la autoridad moral es una necesidad. El curso de la historia y la cultura mundiales nos demuestran que hay y debe haber autoridades morales. Constituyen una especie de jerarquía espiritual absolutamente necesaria para todos los individuos. En el siglo XX, la tendencia universal, no solo en Occidente, sino en todas partes, era destruir cualquier jerarquía para que todo el mundo pudiera actuar como quisiera sin tomar en consideración ninguna autoridad moral. Esto ya se ha visto reflejado y ha tenido influencia en toda la cultural mundial y, a consecuencia de ello, el nivel de la cultura mundial ha bajado».

Solzhenitsin me anunció que la visita estaba a punto de concluir.

«Ya no trabajo tan rápido como antes —dijo—. Mi jornada laboral es diferente, porque paro una o dos veces al día para descansar. Antes no lo hacía nunca. Y por la noche estoy cansado y me voy a la cama bastante temprano. Por la mañana me siento fuerte, pero esa fuerza no dura tanto como antes. Me cuesta andar, incluso mantenerme en pie. Tengo que utilizar ese bastón. Tengo problemas en la columna, así que ahora incluso sentarme es un problema.» Uno de los poemas en prosa que ha escrito desde su regreso a Moscú se titula «Envejecer»:

 

Qué fácil es entonces, qué receptivos somos a la muerte, cuando cumplir años nos lleva suavemente a nuestro final. Envejecer, por tanto, no es en modo alguno un castigo del cielo, sino que brinda sus bendiciones y colores cálidos propios. […] Uno puede procurarse calidez incluso cuando las fuerzas fallan en comparación con el pasado. ¡Cuando pienso en lo fuerte que yo era! Uno ya no puede acabar la jornada laboral de una sentada, pero qué agradable es sumirse en el fugaz olvido del sueño, y qué regalo despertar una vez más a la claridad de tu segunda o tercera mañana del día. Y el espíritu puede deleitarse en limitar su ingesta de comida, en abandonar la búsqueda de sabores nuevos. Todavía estás en esta vida, pero te alzas por encima del plano material. […] Envejecer con serenidad no es un camino cuesta abajo, sino un ascenso.

 

Cuando era más joven, siempre bajo el ataque de las autoridades, Solzhenitsin solía tomarse un descanso y caminar, como un soldado de infantería, de un lado a otro del bosque. Veía su vida de escritor como una guerra contra la tiranía y a sí mismo, decía siempre, como un soldado. Así pues, le pregunté si seguía viéndose de esa manera, como un soldado con atuendo de escritor. Solzhenitsin sonrió, algo que no hace muy a menudo o fácilmente con los visitantes.

«No —respondió—. Ya no me siento así.» Luego nos despedimos y se levantó lentamente de la silla, cogió el bastón y fue a otra habitación a tumbarse.

 

(2001)

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