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Tristeza postimperial: Vladímir Putin
Un día nublado de hace veinte años me encontraba en el vagón de un tren soviético (Helsinki-Leningrado, las ventanas salpicadas de llovizna), leyendo una colección de relatos de Vladimir Nabokov. Había entonces, igual que ya no la hay ahora, una emoción ilícita en cruzar al otro lado, de Occidente al Este: las impolutas casas y calles finlandesas iban haciéndose cada vez más escasas hasta desvanecerse cerca de la frontera; solo unos minutos más tarde, las señales del deterioro soviético. Un Zhiguli renqueante remolcando con una cuerda a otro Zhiguli por una carretera enfangada; carteles empapados («Comunismo = ¡Potencia soviética más electrificación de todo el país!») clavados en las paredes de una cabaña; un borracho sarnoso con una chaqueta acolchada, indiferente a la lluvia, chapoteando con sus botas en un charco. El tren se detuvo con un chirrido en la ciudad fronteriza de Víborg. La ventilación tosió y se apagó. Un trío de hombres uniformados de mandíbula marcada —que no tendrían más de veinte años— subió a bordo y recorrió los pasillos, comprobando pasaportes y visados y realizando las inspecciones de equipajes de rigor. Como agentes de la seguridad estatal, los guardias intentaban afectar una expresión arrogante, pero solo conseguían transmitir nerviosismo, la sensación de que los vigilaba alguien más importante, igual que ellos nos vigilaban a nosotros.
Cuando llegaron a mi fila ya se habían hecho con una pequeña pila de Biblias, que habían atado con cordel, y un alijo de revistas porno alemanas. Rebuscaron en mi bolsa de loneta y no encontraron nada de interés. Uno de ellos extendió el dedo índice y empujó hacia atrás el libro de relatos que tenía en la mano para examinar la manchada cubierta. La ilustración de portada era una chica mona con el pelo claro y reluciente, aunque curiosamente poco rusa, más bien como esas modelos de los anuncios de champú Breck. El guardia se detuvo y entornó los ojos. El libro no era Lolita, pero era de Nabokov, igualmente ilegal. A los autores no se los prohíbe por títulos, se prohíbe su obra completa. Él lo sabía. Y, sin embargo, siguió adelante, dejándome con mi placer contrarrevolucionario.
Minutos más tarde, el tren reemprendió su viaje hacia el este: el agradable sopor de horas y horas de abedules y lluvia, las aldeas que iban quedando atrás. Pronto se hizo de noche y las ventanas se empañaron. Regresé a «La visita al museo», en el que un emigrante ruso se encuentra deambulando por un museo provincial de Francia. En un estado de ensoñación, se da cuenta de que ha atravesado un portal mágico que lo ha llevado a su tierra natal, a Rusia, y sin embargo tiene la reveladora sensación de que aquella no es su Rusia. Todo es muy real: el frío del aire y «la piedra que pisaba era una auténtica acera, escarchada de nieve recién caída maravillosamente fragante». Pero cuando se acerca a una tienda de reparación de calzado y ve la palabra «zapato», se da cuenta de que algo va mal: no hay tviordi znak, no hay «signo duro» al final de la palabra. Los bolcheviques eliminaron casi por completo el signo duro. Pretendían rehacer el mundo, incluida la ortografía:
Supe sin lugar a dudas dónde me encontraba. ¡Ay! No estaba en la Rusia que recordaba, sino en la auténtica Rusia de hoy en día, prohibida para mí, esclavista sin remedio, y, sin remedio, mi propia tierra natal. […] ¡Cuántas veces había vivido en mis sueños una sensación semejante! Pero ahora era realidad.
Nabokov abandonó Rusia en 1919 en un barco llamado Esperanza y nunca perdió la condición de exiliado: Berlín, París, Cambridge, Ithaca, Montreux. Su repulsión por aquello en lo que se había convertido Rusia era tal que en «La visita al museo» no fue capaz de llamar a aquel lugar «la Unión Soviética».
El tren aminoró la marcha. A nuestro paso se fueron deslizando los alrededores de Leningrado, luego los fantasmagóricos bloques de viviendas del extrarradio de la ciudad. Una sacudida y habíamos llegado. La estación de Finlandia. Las puertas se abrieron con un beso de caucho. Por ellas entró un aire húmedo y frío que olía a tabaco barato. En el andén compré un rollo relleno de unos cuantos guijarros de carne azulada. No sabía moverme por la ciudad, así que compré un ejemplar del Pravda y un mapa por unos pocos kopeks y me puse en camino.
«La visita al museo» es un relato impregnado de la nostalgia del exilio. Cuando ahora regreso a Moscú, me descubro pensando que este estado de desorientación temporal, e incluso histórica, también parece una cualidad inherente a la propia Rusia, a los propios rusos. Doce años después de la caída del comunismo y de la Unión Soviética, los rusos viven en un estado de disyuntiva y simultaneidad históricas. Los kopeks que gasté en la estación de Finlandia ya no están en circulación; el número de lectores del Pravda ha bajado de nueve millones a 100.000; en algunas ciudades se han cambiado muchos nombres de calles por otros nuevos o prerrevolucionarios; en otras, las calles todavía llevan nombres como Lenin, Trabajo o Bandera Roja. Los rusos existen en una economía que no es ni socialista ni capitalista: viven en pisos claramente soviéticos, en condiciones soviéticas, pero en los anuncios de la televisión son cómodos, limpios y ricos al estilo escandinavo. En las ciudades más grandes, e incluso en algunas más pequeñas, en lugares inesperados, se pueden obtener, a crédito o en efectivo, todas las formas de deleite material o degradación espiritual conocidas por el mundo moderno; y, sin embargo, todavía existen miles de pueblos y aldeas en los que hombres y mujeres arrastran sus botas altas por caminos enlodados que continúan en el mismo estado que en el tiempo de los zares.
No hace mucho me alojé en la calle Tverskaya, la principal atracción comercial de Moscú. En el siglo XIX, Tverskaya figuraba entre las calles más elegantes de Rusia: Tolstói perdió una fortuna jugando a las cartas en el Club Inglés; las tiendas de comestibles abastecían a los zares. En la era comunista, el Club Inglés se convirtió en el Museo Central de la Revolución y los techos de Gastronome n.º 1 todavía conservaban sus arañas, pero en sus estanterías apenas había comestibles. Ahora han regresado las exquisiteces, el caviar y el cangrejo real, pero a precios de Tokio. Son pocos los que se las pueden permitir, aunque muchos se acercan solo a mirar, como en su día miraban también la gorra de Lenin y su Rolls-Royce en el museo dedicado a su memoria.
Cuando comenzó el consumismo (legal o no) a principios de la década de 1990, parecía cosa de solo unos cuantos rusos y extranjeros adinerados. Aquella era la época de los «nuevos rusos»: vulgares, altaneros y, con suma frecuencia, delincuentes. Fue la época de las películas estadounidenses de mafiosos, de los cristales blindados, de los locales de striptease, de los palacios del porno y de los casinos con mujeres desnudas nadando en peceras enormes.
La pobreza y lo grotesco en los primeros años de vida posterior a la Unión Soviética siguen siendo una realidad. Todavía nadan mujeres desnudas en sus tanques de agua. Abundan los mafiosos. Sin embargo, ahora, en la era posrevolucionaria, hay otra cosa que resulta evidente en Moscú y en muchas otras ciudades: cierta calma sofocante, indiferencia hacia la política, una clase media y profesional que va creciendo lentamente, un comercio más normal, la idea de que, si bien la nueva Rusia —independiente, próspera y ligada a Occidente— no ha llegado y aún está lejos, ya no es inconcebible. Y la personificación de los tiempos modernos en Rusia es su presidente, Vladímir Vladímirovich Putin.
Putin no es un hombre imaginativo ni con chispa. Es adusto, inteligente, competente y agradable, pero sin gracia, un burócrata autoritario al que la historia ha dado un espaldarazo. La suya es la actitud del que escucha y vigila, del agente de espionaje. Después de unirse al KGB, les decía a sus amigos más cercanos: «Soy especialista en relaciones humanas». Suele utilizar un lenguaje insípido, con un estilo particularmente soviético. Su mirada es plana, incluso sin vida, y no desvela nunca nada. Por eso, a la mayoría de los rusos les pareció hilarante que el presidente Bush declarara en 2001 que «le había mirado a los ojos» y que pudo hacerse «una idea de cómo era su alma». Ellos nunca habían tenido tal privilegio.
En lugar de definirse inequívocamente como un hombre de futuro, un demócrata, un europeo —o, por el contrario, como un soviético, un hombre de valores tradicionales autocráticos—, Putin ha logrado la distinción de parecerle casi cualquier cosa a casi todo el mundo. Su adopción de los ideales del movimiento democrático en Rusia —una prensa libre, constitucionalismo, libertades civiles— es tibia. No luchó nunca por el fin del comunismo; simplemente heredó una serie de realidades poscomunistas. Putin es, por encima de todo, un gosudarstvennik —un estadista— que valora el crecimiento y la estabilidad de Rusia por encima de todo lo demás. Si esto requiere el procesamiento judicial de un magnate de los medios de comunicación o de un importante empresario que muestre el más mínimo atisbo de ambición política, que así sea. Si esto requiere que se llene la burocracia estatal con miles de ex directivos del servicio de espionaje, que así sea. Y, sin embargo, paradójicamente, al igual que Mijaíl Gorbachov y Borís Yeltsin, Putin ha decidido que Rusia no siga un «camino especial» determinado mística ni ideológicamente. Por el contrario, el destino de Rusia está asociado al de Europa y Estados Unidos. Su futuro podría contemplar incluso la integración en la Unión Europea y la OTAN.
Yeltsin cimentó su reputación histórica en la destrucción del sistema comunista y del imperio conocido como la Unión Soviética. Putin se ha vendido como un hombre de evolución. Hace gestos al viejo orden, en parte para aplacar los dolidos sentimientos del pueblo ruso. Alaba la honradez del héroe de la disidencia Andréi Sajárov, pero también tiene palabras de elogio para la dudosa agudeza militar de Stalin. Aunque Putin tiene una imagen realista del mermado papel de Rusia en el mundo, e incluso admite (hasta cierto punto) su historia de horrible crueldad y pérdida, asegura constantemente a sus compatriotas que la suya es una nación de grandeza histórica y que, sin duda, esa grandeza regresará bajo una nueva guisa. Durante las celebraciones del tricentenario de su San Petersburgo natal, que se llevaron a cabo esta primavera, ensalzó el imperskii bliesk, o «esplendor imperial», de la ciudad. Rusia Unida, el partido pro Kremlin del Parlamento, utiliza figuras como las de Pushkin y Stolipin, el reformador económico de principios del siglo XX, para pregonar sus virtudes.
Putin, que fue nombrado presidente en funciones el 31 de diciembre de 1999 tras la repentina dimisión de Yeltsin, ganó las elecciones en 2000 con el 52 por ciento de los votos. Sin duda, volverá a alzarse vencedor en 2004. Sus índices de popularidad superan el 70 por ciento. Algunos de los nuevos libros de texto rusos describen su infancia en términos hagiográficos en su día reservados para los secretarios generales del Partido Comunista.
Por el momento, Rusia está teniendo suerte y se deja llevar por la marea de beneficios procedentes de los sectores del petróleo y el gas natural. El rublo está fuerte, los precios de la energía en el mundo están altos, la inflación baja y el crecimiento económico se mantiene firme por quinto año consecutivo. No obstante, los opositores de Putin, ya sean los liberales de Moscú o los comunistas de provincias, se quejan de que el petróleo solo proporciona una seguridad temporal; hablan de zastói, «estancamiento», un término que evoca la era de Brézhnev. La página web vladimir.vladimirovich.ru recoge docenas de anekdoti absurdas sobre la sangre fría de Putin y sus hábitos neosoviéticos; no se hacían chistes políticos de esa índole desde la época de los últimos dinosaurios del Kremlin, a principios de la década de 1980. «El ambiente no es tan opresivo como en el régimen de Brézhnev, pero es enfermizo, y resulta muy elocuente que aparezca una web como esa y coseche semejante popularidad», afirmaba Masha Lipman, analista política del Centro Carnegie de Moscú. Los partidarios de Putin se limitan a encogerse de hombros. Agradecen la apatía.
«Putin llegó como el hombre que iba a detener la revolución —me dijo Gleb Pavlovski, un presuntuoso intelectual con pasado de disidente que cultivó la imagen de poder en la sombra en la última campaña de Putin—. Por eso el tema de su campaña para las elecciones era Termidor. Su mensaje a los votantes era que pondría fin a la revolución.
»Putin es un Luis Felipe de Orleans fallido —añadió Pavlovski—. Prefiere la vida familiar y le gustaría que su jornada laboral durase ocho horas y luego olvidarse de todo. En ese sentido es como el resto del país. Tras veinte años de revolución y sorpresas, la gente está cansada. Les agota la idea de pensar en un mundo completamente nuevo, en un Estado nuevo, en una nueva forma de economía y de pensamiento. ¡Todo nuevo! Así que perdonan a Putin sus debilidades porque saben que se siente igual que ellos.»
Cuando Yeltsin transfirió el poder a Putin, este le entregó un paquete de comodidades (la dacha, la seguridad, los coches, los chóferes, etc.) y, lo que es más importante, una garantía de inmunidad legal. En el momento de abandonar el cargo, a Yeltsin lo odiaba tanta gente y tantos políticos que siempre existía la posibilidad de que acabase siendo procesado. Su decisión de declarar la guerra a Chechenia, imprudente y desastrosa, la nueva economía de ganadores corruptos y perdedores resentidos, y el declive de las industrias básicas y los servicios sociales imposibilitaron que la mayoría de los rusos reconocieran a Yeltsin el mérito de haber roto con el comunismo. Es más, la mayoría de ellos lamentaban lo que más celebraba Occidente: la desaparición de la Unión Soviética.
Yeltsin y «la Familia» (un equipo compuesto por su hija, Tatiana Diáchenko, y varios magnates empresariales y ayudantes de confianza, como Valentín Yumashev —que se casó con Diáchenko— y el jefe de personal, Alexandr Vóloshin) entregaron a Putin la presidencia de Rusia principalmente porque les pareció competente y leal. El ascenso de Putin se produjo, en parte, debido a que tras una década de revolución apenas había sobrevivido ninguna reputación política. Como me dijo en una ocasión Borís Némtsov, uno de los muchos ministros del Kremlin que en su día parecían tener posibilidades de suceder a Yeltsin, «las revoluciones devoran a sus hijos, por no hablar de sus hijos políticos». En menos de cuatro años, a Putin lo destinaron como asistente en el Kremlin, y después lo nombraron jefe del servicio de espionaje, luego primer ministro y luego presidente. «La gente de Yeltsin modeló a Putin en arcilla —dijo Leonid Parfiónov, uno de los principales periodistas televisivos de Rusia—. No tenemos un sistema real de partidos, así que el Kremlin gestó y dio a luz a este hombre.»
Yeltsin solo se ha quejado públicamente una vez de su sucesor: cuando Putin apoyó una iniciativa para reinstaurar el himno nacional soviético, compuesto en 1943 con la aprobación de Stalin. Putin recurrió al autor Serguéi Mijalkov, de tendencias muy conservadoras y coautor de la letra de la era soviética («Partido de Lenin, la fuerza del pueblo,/¡guíanos hacia el triunfo del comunismo!»), para que escribiera unos nuevos versos aptos para la era moderna:
Desde los Mares del Sur a la región polar
extiende nuestros bosques y campos.
Eres única en el mundo, inimitable.
¡Tierra madre protegida por Dios!
Yeltsin se tomó esta recuperación como una afrenta. Había sustituido la bandera roja soviética por la tricolor de la era zarista, y la hoz y el martillo por el águila bicéfala, un símbolo cuyo origen se remonta al siglo XV. A lo largo de toda la era de Yeltsin, cuando era necesario un himno nacional, las orquestas tocaban el himno de Mijaíl Glinka, de 1833: La canción patriótica, una melodía sin letra. El himno de Putin era una ofensa a los líderes del movimiento democrático.
«Es la música que acompañó al asesinato de decenas de millones de personas —me dijo Alexandr Yákovlev, asesor de confianza de Gorbachov y de Yeltsin—. Toda la intelectualidad, tanto del ámbito musical como del literario, se ha manifestado en contra: Rostropóvich, Solzhenitsin… ¡Todos! Pero Putin creía que tenía que hacer algún tipo de concesión al Partido Comunista —que todavía lidera la oposición en el país—. También decidió revivir el premio estatal llamado la Orden de Lenin ¡aunque Lenin fuese un criminal que debería haber sido juzgado por crímenes contra la humanidad!»
El razonamiento que lleva a Putin a adoptar lo que los rusos denominan una serie de símbolos «posmodernos» —unos zaristas, otros soviéticos, otros sui generis— es parte de su estrategia «de todo para todos». La mayoría de los rusos no se lamentan por la pérdida de la ideología comunista o su dominio en Europa del Este, pero sí la de la grandeza pasada del «imperio interior», las repúblicas no rusas que ahora son independientes. La Unión Soviética, igual que el imperio zarista antes que ella, infundía respeto y miedo al mundo, y el himno estaba en consonancia con la idea de esa posición. Putin siempre arranca aplausos cuando dice ante una multitud: «Cualquiera que no lamente la caída de la Unión Soviética no tiene corazón, pero aquellos que desean su regreso no tienen cerebro». El himno nacional de Putin es un himno a la grandeza pasada y una promesa de recuperación, un sentimiento popular y cohesionador. Por tanto, Putin pensó que podía descartar sumariamente las objeciones de Yeltsin. «Respetamos al primer presidente, escuchamos sus opiniones y las tenemos en consideración a la hora de tomar decisiones —dijo—. Pero actuamos por nuestra cuenta.»
En Moscú y San Petersburgo rara vez me he encontrado con alguien que no diga que Putin es «buena gente», «un tío normal», que «hace todo lo que puede». En provincias es todavía más intocable. Desde luego, sobraban los periodistas urbanos e intelectuales que dijeran que Putin les parecía débil, indeciso o, con mayor frecuencia, un autoritario encubierto culpable de crímenes de guerra en Chechenia y decidido a reprimir la discrepancia y al poder judicial independiente. A algunos les recuerda a Alejandro III, el zar conservador que sucedió a Alejandro II, el libertador de los siervos. «Vivimos una época en la que la sociedad está sumida en la indolencia —me dijo Alexéi Venédiktov, redactor jefe de Eco de Moscú, una emisora independiente—. Putin no entiende la democracia igual que se entiende en Occidente. Para él, el orden está por encima de todo el contrato social.»
Pero se trata de una élite, de un punto de vista minoritario. Putin es igual de popular entre los jubilados pobres, que suelen votar a los comunistas, que entre los jóvenes profesionales, que apenas recuerdan el mundo antes de la perestroika de Gorbachov. Yeltsin también llegó a la presidencia con elevados índices de popularidad, pero no tardó en agotar esas reservas al instituir dolorosas (y en muchos casos chapuceras) reformas económicas y cometiendo, como en el caso de Chechenia, terribles errores. Putin tiene la intención de administrar sus índices de popularidad, no solo porque le garantizarán la reelección, sino también porque esos índices representan la idea misma de su presidencia: la calma posrevolucionaria.
En privado, Yeltsin no solo pone objeciones al himno estalinista. «Ahora Borís Nikoláievich se queja de Putin todo el tiempo —me contaba un político cercano a Yeltsin—. No es solo por los símbolos, es por todo lo que defiende. Piensa que Putin es demasiado cauto. Creo que si su bienestar no dependiera de Putin lo manifestaría más claramente. Pero tal como están las cosas, se queda en casa despotricando con la gente en la que cree que todavía puede confiar. Y Putin lo sabe. Ahora mismo, Putin se lleva mejor con Gorbachov que con Yeltsin. A veces es más fácil llevarse bien con tu abuelo que con tu padre.»
Desde que dejó el Kremlin y transfirió la custodia de los códigos de las armas nucleares a Putin («¡Cuida de Rusia!», le dijo a su sucesor al salir por la puerta), Yeltsin ha vivido casi en el anonimato en un pueblo situado a una hora de la capital, en la misma urbanización de dachas en la que vivía cuando ejercía el poder. En sus últimos años de presidencia, Yeltsin era un triste espectáculo. Se emborrachaba con frecuencia, a veces en público, y casi siempre estaba enfermo. Pasaba semanas postrado en la cama, incomunicado. «Borís Nikoláievich se encuentra estudiando documentación», afirmaba el servicio de prensa del Kremlin a los reporteros. «Debería verlo ahora —me dijo no hace mucho Anatoli Chubáis, uno de sus asesores más cercanos—. Hace años que Borís Nikoláievich no estaba tan bien de salud. Casi no bebe. Y va a nadar».
En el esquema totalitarista del mundo que trazó Yeltsin, estabas con él o contra él. Putin, por el contrario, ha manifestado en repetidas ocasiones, de palabra y de obra, que no guarda resentimientos ni emite juicios respecto del pasado. En su jura del cargo, que tuvo lugar en 2000, Putin invitó a su antiguo jefe del KGB, Vladímir Kriuchkov, que maquinó un fallido golpe de Estado contra Gorbachov en 1991 por el que no ha pedido nunca disculpas. «No tenemos nada de lo que arrepentirnos —dijo Kriuchkov en una mesa redonda de ex jefes del KGB—. Solo intentábamos salvar la Unión. Son los que han desatado el caos actual los que deberían pensar en arrepentimientos.»
«Kriuchkov creía realmente en el comunismo y apoyó a los conspiradores del golpe de Estado —dijo Putin—, pero también era un hombre honrado. A día de hoy siento el mayor de los respetos por él.» Otro de los conspiradores, el ex primer ministro soviético Valentín Pavlov, se deshacía en elogios hacia el nuevo régimen. «Hoy tratamos de hacer lo mismo que se intentó con la Unión Soviética en 1991», dijo. En el décimo aniversario del fracaso del golpe de Estado, hace dos años, Putin se encargó de que no se prestase ninguna atención a un acontecimiento que sabía que el mundo recordaría con alegría y sus conciudadanos con profunda ambivalencia: no hubo desfiles en el Kremlin, ni discursos oficiales. El presidente se fue a pescar truchas a Carelia.
En una cena en el Club 21 ofrecida por Tom Brokaw hace unos años, me senté con Putin, su traductor y otros invitados de los medios de comunicación. Putin habló solo cuando se dirigían a él (y, a diferencia de Yeltsin, apenas tocó el vino). Sorteó nuestras preguntas con evasivas, respuestas rápidas e incluso poniendo los ojos en blanco en alguna ocasión. En las entrevistas que ha concedido a medios occidentales, por lo general antes de una visita al extranjero, da la sensación de esforzase en parecer lo más aburrido posible. Cuando se dirigió a los alumnos de la Universidad de Columbia hace un par de semanas, y durante un reciente encuentro con periodistas estadounidenses en su dacha de las afueras de Moscú, aburrió con un estilo que resultará familiar al lector de Los discursos completos de Yuri Andrópov. Sentado a su lado en la cena del Club 21, tuve la sensación de haber estado con hombres como él un montón de veces en Moscú: ascéticos ex agentes del KGB que se sentían cómodos en cualquier lugar, gracias a su preparación y a los años pasados en el extranjero, pero que con frecuencia dejaban entrever un desdén frío como el acero hacia toda la ignorancia y la opulencia que los rodeaba.
(«No estoy seguro de comprender lo que está diciendo», le espetó a Katie Couric en un momento dado.)
Con el tiempo ha quedado claro que la insulsez y el carácter reservado de Putin son solo en parte un rasgo propio de su carácter y una pose profesional; también son una elección táctica, la determinación de que Rusia ya había sufrido bastante con los soliloquios de Gorbachov y la naturaleza impredecible y autocrática de Yeltsin. Este año, uno de los programas de televisión más populares del país fue la serie El idiota, de Dostoievski. En la novela, el narrador dice de Rusia que «la gente se queja constantemente de que no tenemos hombres prácticos», de que el funcionariado está lleno de incompetentes que dejan que los cultivos se pudran en los campos y los trenes choquen entre sí. Aunque Putin siempre llega tarde a sus citas, ha cultivado cuidadosamente la imagen de que es el primer hombre práctico de Rusia, un experto en eficiencia muy poco ruso. Como se suele decir, Putin «es nuestro alemán».
El abuelo de Putin fue cocinero en una de las fincas rurales que tenía Stalin cerca de Moscú. En la Segunda Guerra Mundial, la madre de Putin casi muere de inanición durante el bloqueo nazi de Leningrado, que duró novecientos días (llegó a desmayarse de hambre y fue arrojada a una montaña de cadáveres); su padre resultó herido en el frente y sobrevivió porque uno de sus camaradas lo salvó, arrastrándolo al otro lado del río Nevá; uno de sus hermanos varones murió de difteria.
Putin nació después de la guerra, en 1952. Se crió en Leningrado y, al igual que tantos otros en la ciudad, su familia y él vivían en un kommunalka, un apartamento comunitario en el que no había baño ni agua caliente, pero sí abundantes ratas. «Mis amigos y yo las perseguíamos con palos», dijo Putin en una ocasión. Era un estudiante mediocre y se pasaba casi todo el tiempo jugando por los patios de la ciudad. La auténtica ambición que pudiera tener la sacó de las novelas de suspense que leía. «Incluso antes de terminar el colegio quería trabajar en el servicio de espionaje. Era mi sueño, aunque me parecía tan posible como volar a Marte —les contó a sus entrevistadores para una conversación en formato de libro publicada en 2000 bajo el título En primera persona—. Los libros y las novelas de espías como La espada y el escudo me cautivaron. Lo que más me asombraba de todo era que el esfuerzo de un único hombre pudiera conseguir lo que no lograban ejércitos enteros. Un espía podía decidir el destino de miles de personas. Al menos así lo entendía yo.
»Más o menos a principios de noveno curso, visité las oficinas de la Dirección del KGB para enterarme de cómo llegar a ser espía —continuó Putin—. Vino un tipo a escuchar lo que tenía que decir. “Quiero trabajar con ustedes”, le dije. “Fantástico, pero hay varios inconvenientes”, respondió. “En primer lugar, no aceptamos personas que vengan a nosotros por iniciativa propia. Segundo, solo puedes llegar aquí después de haber pasado por el ejército o de haber obtenido algún título superior en una escuela civil.” Yo estaba intrigado. “¿Qué clase de título superior?”, le pregunté. “¡Cualquiera!”, me respondió. Seguramente lo único que quería era librarse de mí. “Pero ¿cuál es mejor?”, insistí. “Derecho.” Y eso fue todo. […] Cuando acepté la propuesta del departamento de personal de la Dirección no pensé en las purgas [de la era de Stalin]. Mi idea del KGB procedía de las historias románticas de espías. Yo era el producto perfecto, puro y simple, de las políticas de educación patriótica soviéticas.» Putin estudió Derecho en la Universidad Estatal de Leningrado, y el KGB lo reclutó en su cuarto año.
Con el tiempo, a Putin lo destinaron a la República Democrática Alemana. Se ha invertido una ingente cantidad de energía periodística en tratar de averiguar cuáles fueron exactamente los logros de Putin allí y la respuesta es, claramente, poca cosa. Dresde, donde estaba destinado, era un lugar de tercera categoría en comparación, por ejemplo, con Berlín. Putin recababa información sobre los extranjeros que llegaban de visita y se pasaba el tiempo tratando de reclutar agentes y fuentes, pero nunca tuvo la oportunidad de emular a los héroes de La espada y el escudo. Su trabajo era casi siempre gris. En Dresde hubo muchos días y noches ociosos para Putin, su esposa Liudmila —con la que se casó en 1983— y sus dos hijas pequeñas. «Íbamos a un pueblo que se llama Radeburg y que tenía una de las mejores fábricas de cerveza de la República Democrática Alemana —decía en En primera persona—. Pedía un barrilito de tres litros. Así que me bebía 3,8 litros de cerveza a la semana y el trabajo me quedaba a dos pasos de casa, de modo que no quemaba esas calorías de más.» Putin engordó once kilos en Dresde.
La época más agitada de la carrera de Putin como espía fueron las últimas semanas que pasó en Dresde, cuando se hicieron evidentes las señales de la caída del comunismo (y del muro de Berlín). Para no arriesgarse a una potencial insurrección y denuncia de los agentes del opresor soviético, Putin y sus colegas del KGB y de la policía secreta de la República Democrática Alemana, la Stasi, comenzaron a quemar sus archivos. «Lo destruimos todo: todos los mensajes, nuestras listas de contactos y nuestras redes de agentes —dijo—. Quemamos tantas cosas que reventó la caldera. Quemábamos papeles noche y día. Los artículos más valiosos se enviaron a Moscú.» Empezaron a producirse protestas en las inmediaciones de los edificios de la Stasi y la delegación del KGB. «Aquellos manifestantes eran una amenaza seria. Teníamos documentos en el edificio y nadie movió un dedo para protegernos. […] Aquella gente tenía una actitud muy agresiva. Reuní a nuestro grupo de fuerzas y expuse la situación. Me dijeron: “No podemos hacer nada sin órdenes de Moscú. Y Moscú guarda silencio”. […] Pero con todo aquello de “Moscú guarda silencio” tuve la sensación de que el país había dejado de existir, de que había desaparecido.»
Putin no vivió el silencio de Moscú como una pérdida ideológica, sino más bien como la traición a unos profesionales leales. Era un sátrapa a sueldo del imperio y, en un instante, habían desaparecido el imperio, la rivalidad con Estados Unidos, el estatus y el dinero. Putin no estaba preparado para aquello. Su familia y él no habían vivido en primera persona los cambios que había iniciado Gorbachov en Moscú, las revelaciones sobre el pasado soviético, las protestas contra el partido y el KGB. Un antiguo miembro del KGB me dijo que si Putin hubiera tenido algún futuro después de Dresde, lo habrían destinado al cuartel general del KGB en Moscú. Pero en lugar de eso le encargaron la vigilancia de los alumnos extranjeros de la Universidad Estatal de Leningrado, un destino servil. El KGB empezaba a recortar personal porque se hacía evidente que había terminado la guerra fría, igual de evidente que el fin de la carrera de Putin en el servicio de espionaje.
Pero antes de que acabase, se encontró con Anatoli Sóbchak, profesor de derecho de la universidad y destacado demócrata, que pronto llegaría a ser alcalde. Sóbchak, un hombre de ideas liberales, pero un administrador inepto sin remedio, acabó contratando a Putin para que le ayudase a dirigir la ciudad. Resultó que Putin aprendió rápido las nuevas reglas del mercado, aunque muchos de los negocios que hizo fracasaron. Borís Fiódorov, que llevó la cartera de Economía durante la presidencia de Yeltsin, me contó que se había reunido «una decena de veces» con Putin. «Siempre se mostraba extremadamente prudente. No te miraba a los ojos. Escuchaba, más que nada. Todavía vivía en un apartamento comunitario [con su mujer y sus hijas] y solo hablaba de negocios y de política.»
Cuando los conspiradores del golpe de Estado sacaron los tanques a las calles de Moscú la mañana del 19 de agosto de 1991, Yeltsin lideró la resistencia allí; en Leningrado, el líder de la resistencia fue Sóbchak. Putin, pese a su historial en el KGB y a la alta consideración que sentía hacia Kriuchkov, regresó de sus vacaciones para ayudar a su jefe. Sóbchak, con Putin a cargo de los teléfonos en el Palacio Mariinski, movilizó la ciudad contra el golpe: la manifestación de la plaza situada detrás del Hermitage rivalizó con las más grandes celebradas en la capital.
En Leningrado, la euforia posterior al golpe fue generalizada y Sóbchak, al igual que Yeltsin, se hizo enormemente popular. Sin embargo, con el paso de los años, y a medida que el Kremlin de Yeltsin iba pareciéndose cada vez más a una corte bizantina, con guerras entre facciones de magnates empresariales y jefes de seguridad, los idealistas como Sóbchak fueron perdiendo popularidad. Al presentarse Sóbchak a la reelección en 1996, la facción más conservadora del Kremlin, liderada por el guardaespaldas personal de Yeltsin, Alexandr Kórzhakov, apoyó a un oponente llamado Vladímir Yákovlev, que ganó por menos del 2 por ciento.
«Tras perder Sóbchak las elecciones, Putin presentó su dimisión —me contó la viuda de Sóbchak, Liudmila Narúsova—. Dijo: “Más vale que te ahorquen por lealtad que vivir rico por traición”.» Sóbchak residió durante un tiempo con su familia en su dacha de las afueras de San Petersburgo y luego aceptó un trabajo en Moscú, en el Departamento de la Propiedad del Kremlin. Incluso despojado del poder, Sóbchak siguió siendo blanco de ataques: la prensa de San Petersburgo se llenó de acusaciones de corrupción. En 1997, Sóbchak, que entonces superaba los cincuenta años, sufrió un infarto y Putin, utilizando un antiguo contacto en el KGB, organizó un vuelo privado para llevarlo clandestinamente a París para que recibiera tratamiento médico. Putin lloró en el funeral de Sóbchak cuando este falleció, tres años después de otro ataque al corazón. «No ha muerto de causas naturales», le dijo a Narúsova.
Las muestras de adhesión de Putin hacia Sóbchak fueron uno de los principales motivos que llevaron a Yeltsin y la Familia a acelerar su carrera y, por último, designarlo zar. «Supusieron que era un hombre leal —dijo Anatoli Chubáis—, y que su lealtad era transferible.»
Poco después de ser nombrado presidente, Putin dijo que iba a domar al pequeño grupo de autoproclamados «oligarcas» que habían utilizado sus contactos políticos para tomar posesión, o control, del sector petrolero, de las plantas químicas, de metales y minerales, de los intereses inmobiliarios y de la construcción, y de los medios de comunicación, el más político de los ámbitos económicos. En 1996, los oligarcas habían aunado esfuerzos para ayudar a Yeltsin a ganar la reelección frente al candidato del Partido Comunista, aunque movidos por puro interés. «No olvidemos la gravedad de esa amenaza —afirmó Yégor Gáidar, el más liberal de los numerosos primeros ministros de Yeltsin—. El regreso de los comunistas al poder en Rusia habría supuesto un peligro tremendo para el mundo. Tras una revolución siempre hay grandes expectativas y la decepción del pueblo es inevitable; y así es como los comunistas retoman el poder.» Las ventajas acumuladas por los oligarcas tras la reelección de Yeltsin —las propiedades, los contratos— eran incalculables.
Como presidente, Putin se reunió enseguida con los principales oligarcas y les hizo llegar un mensaje: mientras os mantengáis al margen de la política se os permitirá conservar vuestras propiedades, con independencia del medio por el que se hayan adquirido. El Kremlin ya había tomado medidas contra los dos hombres que habían mostrado más imprudencia: Borís Berezovski, un magnate industrial y de los medios de comunicación cuyas pretensiones políticas eran demasiado descaradas para que Putin las tolerase; y Vladímir Gusinski, que había amasado su fortuna en la banca y el sector inmobiliario de Moscú y se había hecho un nombre al fundar NTV, la primera cadena de televisión privada del país. Los dos se vieron obligados a abandonar Rusia. Berezovski vive sobre todo en Londres, donde ha intentado, con poco éxito, lanzar un movimiento de oposición contra Putin.
Gusinski vive en Israel y en Greenwich, Connecticut. Ha perdido el control de la NTV a manos de un monopolio de gas estatal, y ahora la cadena, aunque sigue siendo menos servil que las demás, es mucho menos transgresora de lo que había sido.
El oligarca más destacado que quedaba era un directivo del petróleo con cara redonda llamado Mijaíl Jodorkovski. Ex mandatario de la Liga de la Juventud Comunista, Jodorkovski tiene en la actualidad cuarenta años y, según Fortune, es el hombre más rico de Europa. Durante la era de Gorbachov figuraba entre los jóvenes privilegiados a los que se brindó la oportunidad de probar el nuevo mercado semicapitalista. A finales de la década de 1980, Jodorkovski utilizó el respaldo y los contactos del Partido Comunista para fundar un exitoso banco llamado Menatep, y al ser nombrado asesor del gobierno ruso gozaba de un acceso incomparable a información crucial. Poco a poco, Jodorkovski se fue metiendo en la industria más lucrativa de Rusia, el sector petrolero, y a través de sus contactos y mediante una serie de maniobras implacables, llegó a dirigir el conglomerado Yukos-Sibneft, que acababa de fusionarse. Su compañía es tan rica, y el resto de la economía tan débil, que Jodorkovski aporta, según sus propios cálculos, el 7 por ciento de todos los ingresos tributarios de Rusia. Su fortuna personal ronda los mil millones de dólares y me contó que tenía otros 8.000 millones bajo su «control».
Me reuní con Jodorkovski en sus oficinas centrales de Moscú, un edificio de oficinas de cristal que parecía haber sido transportado por aire desde Houston. El Moscú del siglo XXI está lleno de edificios como ese. Las oficinas al antiguo estilo soviético que todavía están en uso cuentan con la consabida alfombra roja desgastada y huelen a cenicero atestado; estas oficinas huelen a coche nuevo y están invariablemente vigiladas por decenas de guardias de seguridad armados y cuentan con bellezas de metro ochenta vestidas con trajes de Versace y Armani que llevan carpetas de cuero. Jodorkovski creció en una familia de clase media, pero se le notan los años de experiencia en las oficinas empresariales de la Liga de la Juventud Comunista y en la nueva economía rusa. Muchos de los personajes del mundo de los grandes negocios tienen la sensación de que, hace una década, en las salas de conferencias de Europa y Estados Unidos se los tenía por unos palurdos —«Nos trataban como a monos ignorantes», se quejaba el banquero Piotr Aven—, pero Jodorkovski no deja entrever ningún resentimiento. Parece a gusto, dueño de sí mismo, como si hubiera nacido en la opulencia.
Aunque Jodorkovski no ha sido nunca tan osado en sus ambiciones políticas como Gusinski y Berezovski, ha descubierto que no es inmune a la presión del Kremlin. En ocasiones Putin se reúne con los principales actores del mundo empresarial de Moscú y en una de esas sesiones, a principios de este año, el presidente lo atacó duramente. Cuando le pregunté a Jodorkovski por el incidente, se sonrojó y sonrió. Me dijo que lo habían llamado para hablar sobre corrupción en referencia a una transacción financiera entre dos empresas petroleras. «Evidentemente, no era la primera vez que salía el tema, y las sensibilidades estaban a flor de piel», dijo Jodorkovski.
Putin, según me han informado varias fuentes, se enfadó con Jodorkovski y, en otras palabras, le dijo que en el tema de la corrupción nadie se salvaba de la quema. Todo el mundo, dijo el presidente, sabía cómo se habían hecho tan ricos en tan poco tiempo los hombres de aquella sala.
Jodorkovski no se hace el inocente. «No me tengo por un ejemplo de pulcritud —me dijo—. Tampoco he dicho nunca que sea un ciudadano modélico. Por otro lado, es posible evolucionar y cambiar, sobre todo en épocas de cambios rápidos. No se puede otorgar el derecho a cambiar únicamente a las generaciones venideras. Mi vida es un buen ejemplo de ello. Demuestra que en el espacio de una sola vida puede haber dos o más puntos de inflexión. Hasta que tuve unos veinticinco años me criaron como ciudadano soviético modélico. Pensaba que aquel era el único modo de vivir. Había personas, con una educación más humanística, que creían que nuestra manera de vivir no era la adecuada. Yo no. Yo pensaba que todo iba bastante bien. Ahora tiene gracia oírme decir esto, pero es la verdad. Luego, desde los veinticinco hasta los treinta y cinco, estaba convencido de que todo aquello estaba mal y de que absolutamente todo era permisible. Uno podía quebrantar cualquier ley e irse de rositas porque en realidad no había leyes. La gente, incluso en Occidente, ha intentado acusarme de violar la ley, pero no han podido demostrarlo. No todo lo que hice fue ético, no son cosas de las que enorgullecerse. Eran tiempos duros; nuestra manera de tratar a los accionistas minoritarios no fue ética. Luego, a partir de los treinta y cinco, he tenido una tercera vida. No es posible hacer negocios e implicarse en política y salir bien parado. Lo han intentado muchos y ahora están en el extranjero.»
En su «tercera vida», Jodorkovski ha sido defensor de la «transparencia» en la contabilidad empresarial y en la economía en general. Ha creado una fundación benéfica que ha donado enormes sumas a universidades, a las artes y a otras causas. Cuando viaja por Estados Unidos se reúne con figuras influyentes del Congreso y de la burocracia federal y se codea con otros magnates del petróleo. Estos movimientos son tan calculados como la aparente insulsez de Putin. Para alentar las inversiones extranjeras, para conseguir préstamos de bancos extranjeros a intereses normales, los empresarios rusos como Jodorkovski no pueden tener reputación de forajidos. Todavía tienen que avanzar una generación o dos, de John D. Rockefeller a David Rockefeller, de magnate ladrón a vástago de la industria establecida.
«En Occidente las cosas evolucionan más lentamente —aseguró—. El desarrollo de la sociedad contemporánea ha tardado más de cien años. Nosotros hemos empezado desde cero, pero tenemos un modelo a seguir. Es más fácil hacer los deberes si tienes las soluciones.»
Unas semanas después de nuestro encuentro, Jodorkovski y su empresa fueron objetivo de un ataque del Kremlin. La policía detuvo a Platon Lebedev, su socio, asesor financiero jefe y multimillonario, acusándolo de robo, y los fiscales anunciaron que estaban investigando cargos de evasión de impuestos, fraude e incluso asesinato. Durante semanas se produjeron interrogatorios, registros y amenazas. Los analistas de Moscú dijeron que aquello obedecía a un enfrentamiento prolongado en el Kremlin entre los que apoyaban a los nuevos capitalistas y los partidarios de la burocracia tradicional. Ni Putin ni las fuerzas de seguridad estaban dispuestos a tolerar la implicación de Jodorkovski en política, su apoyo a potenciales facciones de la oposición. Por su parte, Putin calificó de «absoluto despropósito» las insinuaciones de que él se hallaba detrás de aquel hostigamiento; simplemente, la justicia estaba siguiendo su curso.
Es posible que, periódicamente, Putin cargue contra los oligarcas, pero, en general, los acuerdos del poder y la influencia han alterado menos de lo que cabría pensar. Putin, a diferencia de su volátil predecesor, rara vez despide a nadie. Alexandr Vóloshin, el jefe de gabinete de Yeltsin, un hombre calvo con barba de cuarenta y tantos años, ha seguido en el cargo con Putin y, si acaso, es más poderoso que antes. Dos de los ayudantes más influyentes, Ígor Sechin y Víktor Ivanov, provienen de la vieja guardia de Putin, la sede del KGB en San Petersburgo. Y luego están las facciones más pequeñas, centradas en las empresas petroleras, el monopolio del gas estatal y otros negocios.
En los círculos políticos de Moscú se habla constantemente de la falta de compromiso de Putin con los principios democráticos, en especial las libertades civiles. Cuando le pregunté a Anatoli Chubáis, que ahora dirige el gran sistema eléctrico del Estado, si Putin era un demócrata, se echó a reír y respondió: «¿Lo es Silvio Berlusconi?». (Casualmente, Putin mantiene una relación personal con el líder italiano; su familia ha ido de vacaciones con los Berlusconi en Cerdeña.) «La pregunta no debería ser si es demócrata o no —precisó Chubáis—. Existe un espectro de demócratas que va, por ejemplo, de Berlusconi a Tony Blair. Putin encaja en algún lugar de ese espectro, pero se acerca más a Berlusconi que a Blair. No es Fidel Castro, eso sí.»
Tal vez la comparación con Berlusconi sea adecuada. El control que ejerce sobre los medios de comunicación a su manera es tan absoluto como el de Berlusconi. Putin ha neutralizado sistemáticamente a la oposición seria en los medios. En un índice de libertad de prensa internacional, Rusia figura en el puesto ciento veintiuno de un total de ciento treinta y nueve naciones, según el respetado grupo de control Reporteros Sin Fronteras. Yelena Tregúbova, columnista de Kommersant, un importante periódico de Moscú, me dijo que los asistentes presidenciales suelen llamar a los directores y amenazarlos con «congelar» sus periódicos si no envían corresponsales más «amigables» al Kremlin. Según Tregúbova, su director la sacó del Kremlin debido a las presiones. «Putin reacciona a las críticas como una persona del KGB —aseguró—. Todo lo que no sean elogios se lo toma como una especie de amenaza.» En una reunión reciente con periodistas estadounidenses, Putin reconocía que no le gustaban «las preguntas provocadoras».
Doce años después de la caída del comunismo, no existe una censura de tipo soviético ni un departamento ideológico del Comité Central que evalúe cada informativo. Por el contrario, en 1999, el Kremlin, que ejerce un control total sobre la televisión estatal, nombró director de Canal Uno a Konstantin Ernst, un ex científico afable y de ideas afines. Putin y sus asesores saben que pueden confiar en que Ernst tenga las cosas bajo control. Por supuesto, hay políticos y comentaristas que critican al gobierno, pero dentro de unos límites.
«La libertad de expresión es una idea relativa —me dijo Ernst una tarde en su despacho, una elegante madriguera de acero y piel en la que había encendidos varios televisores con el sonido apagado—. No existe en una forma idónea en ningún sitio. Es como un gas ideal que no existe en la naturaleza, solo en la teoría. En realidad, la libertad de expresión depende del gobierno, de los directores y de los productores. Todo el mundo tiene una idea distinta de lo que significa.»
Ernst reconoció que hablaba de vez en cuando con autoridades del Kremlin, en especial con Vóloshin, y cuando le pregunté qué ocurriría si discrepaban sobre la política editorial, agitó la mano y sonrió, como diciendo que era una idea absurda. «Eso es imposible —afirmó—. Me resulta fácil trabajar aquí, porque la política exterior y nacional del Kremlin siempre es clara y comprensible. Apenas ha habido errores. No existe una distancia mental entre la opinión mayoritaria y la política del gobierno.»