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Tercera parte » Tristeza postimperial: Vladímir Putin
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La oposición de Putin es débil, esporádica, desorganizada e indefinida. Aunque los comunistas siguen siendo el partido opositor más importante de Rusia, son una formación envejecida que probablemente perdió la oportunidad de hacerse con el control del Kremlin en 1996. En la actualidad, los principales partidos liberales de la oposición son pequeños y tímidos: la Unión de Fuerzas de la Derecha, que es «liberal» en el sentido friedmanista-thatcherista; y Yábloko, que es «liberal» en el sentido socialdemócrata europeo. Esas facciones están representadas en la Duma por algunas voces inteligentes, pero hacen gala de una incapacidad patológica para formar una coalición y tienden a captar la mayoría de sus votos en Moscú, San Petersburgo y otras grandes ciudades. Cuando muestran algún signo de influencia, Putin los nombra para un cargo o los aplasta.
Conozco a Grigori Yávlinski desde que era un joven economista perteneciente al círculo de Gorbachov. Desde 1993, ha dirigido la facción de Yábloko en la Duma.
Ahora tiene cincuenta y un años y parece todavía más cáustico y frustrado que cuando lo conocí. Al preguntarle por la oposición a Putin, frunció el ceño y se puso a la defensiva. «¿Acaso tienen una auténtica oposición en Gran Bretaña o Japón o mucho menos en Estados Unidos? —respondió—. Si está buscando una aquí, es bastante difícil. Para tener oposición son necesarias unas condiciones previas serias: unos medios de comunicación independientes o que al menos no estén todos en una misma mano. Se necesitan recursos económicos independientes, una sociedad civil y un entorno especial. La Duma está llena de gente que recibe sobornos, como si fueran miembros de la administración del gobierno o un interés u otro. No tenemos elecciones independientes. Este es casi un sistema corporativo y semicriminal y no hay alternativas que ofrecer a la gente. Todo el sistema está al servicio de una persona.»
Yávlinski culpaba a Yeltsin de la «putrefacción» de las cosas. «Intentamos poner fin a la era Yeltsin lo antes posible. Sus días terminaron en 1993 —dijo—. Todo lo que vino después fue contraproducente: Chechenia, la incomparecencia de 1998 y la privatización criminal. Pero Yeltsin nos engañó de una manera especial. Introdujo a un sucesor en la escena. Y su sistema estaba bien afianzado. Ese sistema puede crear un sucesor tras otro. Así que prepárense para una carretera muy larga y con curvas. En esa situación, uno puede ser disidente o ayudar a crear un partido civil independiente. Necesitas una estrategia y mantener el vector de los derechos humanos, la política liberal, la dignidad humana y la propiedad privada. El desafío es ser independiente a la vez que se acepta dinero de gente como Jodorkovski —Yábloko está financiado casi en su totalidad por él— o se mantiene un diálogo abierto con Putin y se entiende la burocracia regional, que es tan fiel al presidente como los animales. O la gente despierta y actúa o habrá que esperar indefinidamente la aparición de una “buena estrella”. Mi labor en este sistema es crear un partido democrático independiente en Rusia. Al final, tenemos que vencer, tenemos que crear una era posterior a Yeltsin. Puede que lo consigamos dentro de veinte años.»
Cuando Moscú todavía era la capital de un imperio, la ciudad estaba militarizada. No eran solo los desfiles ocasionales en la Plaza Roja, con todos los misiles balísticos internacionales y los tanques rugiendo sobre el adoquinado, y los miembros del Politburó saludando con aire ausente sobre la tumba de Lenin. De camino al trabajo, uno circulaba siempre a la cola de un camión militar con un cartel que decía «Liudi» («Pueblo») pegado a un panel de madera en la parte trasera. En su interior, varias decenas de reclutas con uniformes de color caqui iban sentados en unos bancos fumando y bromeando: había soldados de todos los rincones del imperio.
El ejército ruso, heredero de las estructuras, las armas y las tácticas de las fuerzas armadas soviéticas, ahora es un caos: un desastre psicológico, una ruina material. El reclutamiento sigue siendo universal, pero solo hipotéticamente. Es fácil librarse con un soborno de 2.000 dólares. Solo los menos preparados y con menor educación académica se alistan. Muchos reclutas son analfabetos y su condición física es tan mala que solo sirven como carne de cañón en Chechenia o como blanco de los insultos de sus predatorios superiores. La diedovshchina, las novatadas sádicas y a menudo mortales a los reclutas, es omnipresente: los soldados son humillados y torturados de forma habitual por sus comandantes, golpeados con palos, cadenas, sillas y cualquier cosa que tengan a mano. Cada año, miles de ellos resultan heridos y centenares mueren o se suicidan; miles de ellos desertan a consecuencia de los abusos. La cúpula del ejército ruso está absurdamente poblada —hay cinco veces más generales que en los servicios armados estadounidenses— y, para muchos de esos oficiales y comandantes, la vida carece de objetivos y orgullo, lo cual los empuja a destruirse con el alcohol; sus salarios son tan bajos que degeneran en una vida de corrupción, ya sea insignificante o grande. En un caso infrecuente de denuncia, el coronel general Georgi Oléinik, un ex oficial de Economía del Ministerio de Defensa, fue condenado el año pasado por «apropiación indebida» de fondos; al parecer, se embolsó cuatrocientos cincuenta millones de dólares.
Dmitri Trenin, ex oficial de carrera del ejército soviético, es ahora académico del Centro Carnegie de Moscú y sigue manteniendo buenos contactos en el Ministerio de Defensa. Cuando nos citamos una tarde para tomar café, describió el ministerio como una «ciudad fantasma» en la que innumerables generales ocupan unas mesas vacías y no hacen más que intentar mantener la apariencia del statu quo y de su cargo. Esos generales y oficiales, decía Trenin, sufren «un enorme complejo de inferioridad». Tras pasarse toda su carrera como jefes de una máquina militar colosal preparándose para la posibilidad de un choque apocalíptico en Europa, se han negado a cambiar de estrategia o de táctica. Aunque Putin habla de la posibilidad de que Rusia se incorpore algún día a la OTAN, los comandantes de su país siguen invirtiendo todas sus energías en idear maneras de impedirlo. Hasta el momento, Putin se ha negado a reformar el ejército, a convertirlo en un cuerpo profesional, más reducido y moderno.
En la práctica, el ejército ha perdido sus tres últimas guerras: después de una década de combates, las fuerzas armadas soviéticas se retiraron de Afganistán; entre 1994 y 1996, Yeltsin cometió la estupidez de intentar someter a Chechenia a base de bombardeos, pero fracasó; el resurgimiento de esa guerra a finales de la década de 1990 hasta el momento solo ha provocado —según los rusos— la «palestinización» de Chechenia, un conflicto en el que ahora participan también terroristas suicidas. Las tropas rusas desplegadas allí son incapaces de mantener la paz en la región y violan, acosan, saquean pisos, exigen dinero a cambio de protección a los comerciantes locales, ejecutan e incluso venden armas a los rebeldes. Algunos de los grupos militantes chechenos más importantes han aceptado ayuda de radicales islámicos, incluida al-Qaeda.
«Como potencia nuclear, Rusia sigue siendo poderosa. Todavía es el país número dos en poder nuclear estratégico —señaló Trenin—. Pero, aparte de eso, su ejército es tan malo que es un milagro que haya gente que esté dispuesta a ir a Chechenia y arriesgar su vida por el exiguo salario que perciben. El comandante del submarino Kursk —que se hundió en 2000 debido a una misteriosa explosión en el mar de Barents en la que murieron ciento dieciocho marineros— tenía un salario de doscientos dólares al mes. Me cuesta encontrar en Moscú a un chico que trabaje de ayudante por menos de quinientos. Y aquel era un submarino nuclear con poder para aniquilar un país grande.»
Los políticos que apoyan una reforma fundamental del ejército insisten en que Rusia necesita unos quinientos mil soldados, y no los más de un millón de efectivos uniformados, y un replanteamiento total de sus estructuras y estrategia. Alexéi Arbátov, vicepresidente del Comité de Defensa de la Duma, me dijo: «Todavía estamos pensando en una guerra contra Occidente. Esto emana de una estrategia militar rusa que viene de los tiempos de Pedro el Grande. Cambiar esto es como pedir a los astrónomos que dejen de creer a Newton y Kepler».
La obsesión con el poder estadounidense es universal. Los rusos sienten una fijación personal con ese poder. La suya es la reacción del rival humillado que aprende a aceptar una sensación desacostumbrada de debilidad. Puede que esa sea la emoción más importante de la política rusa y condiciona casi por completo la política exterior de Putin.
Dos de los periodistas especializados en política más importantes de Rusia, Alexandr Oslon y Liev Gúdkov, me dijeron que el antiamericanismo en el país es muy distinto de, por ejemplo, el de Francia. El sentimiento viene y va. Durante las acciones militares en Kosovo e Irak y durante los últimos Juegos Olímpicos de Invierno, cuando el equipo de patinaje ruso fue acusado de ganar una medalla de oro debido a que los jueces estaban comprados, la antipatía hacia Estados Unidos era elevada, aunque luego se disipó. «En general, los rusos muestran una actitud positiva hacia Estados Unidos, pero se reaviva un complejo de derrota y humillación e incluso una sensibilidad neurótica —afirmó Gúdkov—. Un 55 por ciento creen que Occidente y Estados Unidos intentan colonizar Rusia, pero Estados Unidos todavía es visto como una utopía, ya que es el ejemplo más gráfico de un país normal.»
La actitud de Putin hacia Estados Unidos ha sido flexible. Cuando inició su mandato, las élites moscovitas de la política exterior —los militares de carrera, esto es, los generales y los almirantes del Ministerio de Asuntos Exteriores— pronosticaron que Putin «plantaría cara» a Estados Unidos más de lo que lo había hecho nunca Yeltsin. Con la excepción de algunos políticos liberales bastante marginales, la mayoría de ellos creían que Yeltsin era capaz de fanfarronear a Washington, pero que, al final, cedería a cada una de sus peticiones y deseos, ya fuera en control armamentista, diplomacia o comercio. Al principio, Putin parecía un socio negociador más duro y susceptible que Yeltsin. Entonces llegó el 11 de septiembre.
«Justo después del 11-S, Putin reunió a numerosos políticos para hablar del papel de Rusia en la situación —dijo Grigori Yávlinski, jefe de Yábloko—. La gran mayoría de los políticos manifestaron que Rusia debía ser neutral o incluso ponerse del lado de los talibanes. Solo unos pocos alzaron la voz y afirmaron que debíamos apoyar a Estados Unidos.»
Putin se decantó por la minoría, es decir, por los liberales. Fue el primer líder de un gran país extranjero que llamó a George Bush para prometerle su apoyo. Ese apoyo incluía facilitar al ejército estadounidense informes de espionaje cruciales sobre las fuerzas talibanes en Afganistán. Esas iniciativas permitieron a Putin esgrimir ante Occidente el argumento de que, en aquel momento, la guerra en Chechenia no era un ataque brutal, sino otro frente en la guerra contra el terrorismo, y Washington, que siempre había protestado, al menos tímidamente, por las acciones de Rusia en Chechenia, ya no lo hace con convicción.
La decisión de Putin sobre cómo reaccionar al 11 de septiembre fue comparada rápidamente con la cuestión de Irak. Desconfiaba de una invasión estadounidense, y el canciller alemán Gerhard Schröder y el presidente francés Jacques Chirac lo presionaron enormemente para que se uniera a su oposición a Washington en las Naciones Unidas. Las presiones también se dejaban sentir en casa. «La gente del KGB y el complejo militar-industrial querían bloquear la “conexión estadounidense” de Putin», aseguró Serguéi Karagánov, ex asesor de Yeltsin en política exterior. Según varias fuentes bien informadas de la diplomacia y los servicios secretos, los generales y jefes de espionaje de Putin le dijeron que a Estados Unidos le resultaría imposible hallar pruebas físicas de la existencia de armas de destrucción masiva y que tardarían meses, si no años, en llevar a cabo una invasión.
Putin no parece confiar del todo en su Ministerio de Asuntos Exteriores para mantener relaciones diarias con Estados Unidos. Durante la crisis de Irak, envió a Vóloshin, su jefe del Estado Mayor, a reunirse con altos cargos de la Casa Blanca. En otras ocasiones, ha hecho lo propio con Dmitri Rogózin, presidente del Comité de Asuntos Exteriores de la Duma. Rogózin es un nacionalista emocional y en Moscú tiene fama de escéptico en todo lo relativo a Estados Unidos. «Para bien o para mal, vemos algo de nosotros mismos en Estados Unidos, y Estados Unidos está viviendo su etapa dorada y nosotros el momento más bajo —me dijo—. Pero es como una montaña rusa y vamos descompasados. Por eso, nuestra actitud hacia ustedes es casi condescendiente.»
Cuando le pregunté a Rogózin por la guerra en Irak, sonrió y dijo: «En Europa, todo el mundo la considera una calamidad. Pero nosotros nos dimos cuenta de que no se podía hacer nada al respecto. […] Antes de finales de la década de 1980 todavía quedaban algunas fuerzas disuasorias. Estaban la Unión Soviética y el equilibrio de presiones. Ahora que eso ha desaparecido, es como un combate de sumo. Estados Unidos avanzó por la sencilla razón de que no tenía oponentes y toda la responsabilidad recaía en ti. Durante la guerra fría, ambos bandos crearon sus propios cyborg. Nosotros creamos el cyborg palestino. Ustedes el cyborg de Bin Laden en Afganistán. Y, de repente, esos cyborg ya no cumplían las órdenes de sus amos. Ahora, Estados Unidos tiene que ocupar todo el espacio, es responsable de todo y, por tanto, tiene la culpa de todo.»
Sin duda, Putin cree que Rusia ya no puede ser rival o contrapeso del poder estadounidense. Solo puede intentar influir en dicho poder sobre todo en interés de la estabilidad en su país y fuera, ya que solo en condiciones de calma relativa —unos precios estables del petróleo, cierta tranquilidad en las fronteras meridionales y una integración en Occidente— podrá desarrollarse de manera constante. A la postre, Putin jugó bien sus cartas en la cuestión iraquí, planteando una oposición razonada a la guerra pero sin estropear sus relaciones con Estados Unidos. Si alguien ganó aquella batalla diplomática, fue él.
«Muchos líderes rusos están molestos con Estados Unidos, pero han llegado a la conclusión de que es mejor adaptarse a su poder y hacerlo lo mejor que puedan, porque Oriente Próximo, Pakistán e Irak pueden incendiarse con revoluciones y guerras —dijo Karagánov—. De modo que alguien tiene que hacer el trabajo sucio y mantener el orden. Y ese alguien es Estados Unidos. Y aunque cometan estupideces, Estados Unidos es el único barco al que podemos aferrarnos para poner rumbo a la modernidad.»
Una tarde fui al Kremlin a ver a Andréi Illariónov, uno de los principales asesores económicos de Putin. Illariónov es joven, habla inglés con fluidez y está casado con una estadounidense. Mencioné que al atravesar la Plaza Roja y la Torre del Salvador vi que unos trabajadores estaban preparando un desfile. Habían montado un águila bicéfala de la época zarista en un extremo de la plaza y una gran bandera rusa tricolor sobre la tumba de Lenin. Sin duda, el himno de Putin completaría la estampa posmoderna.
—Sí, mañana es el Día de la Independencia —dijo Illariónov—. No se acuerda mucha gente, pero es el día que Rusia fue declarada independiente.
—¿Y qué hay de todos esos símbolos? —le pregunté.
Se encogió de hombros.
—Esos símbolos reflejan la complejidad de la historia rusa, un hecho de la vida —afirmó—. Hemos heredado el legado del Imperio ruso, setenta y tres años de comunismo soviético, y ahora, doce años de Rusia independiente. El señor Yeltsin intentó retirar el cuerpo de Lenin de la Plaza Roja, pero la resistencia del Partido Comunista no lo permitió. A regañadientes, Yeltsin decidió posponerlo.
Illariónov había trabajado en el gobierno de Yeltsin, y le pedí que enumerara las diferencias entre ambos presidentes.
—La del señor Yeltsin fue una época de revolución y él era un revolucionario que pretendía destruir el antiguo régimen —dijo.
En la era de Putin, comenté, el mundo prácticamente ha dejado de prestar atención a Rusia. Las cadenas de televisión y los periódicos cerraban sus oficinas en Moscú o al menos recortaban gastos.
—Puede que el hecho de que no copemos las portadas de todo el mundo sea algo positivo —respondió—. Siempre hemos soñado con que llegara ese momento. Es un signo de normalidad.
A veces, decía, la gente se olvida de la carga histórica que lleva Rusia y se centra en las decisiones y las personalidades, que vienen y van.
—Hubo setenta y cinco años de guerra civil con millones de muertos desde 1917: guerra entre rojos y blancos y luego colectivización; más tarde, otra guerra civil verdadera, industrialización, las purgas de 1937, la Segunda Guerra Mundial, una guerra contra el fascismo, pero también una especie de guerra civil en la que un millón de personas cambió de bando. ¿En qué otro lugar podríamos encontrar algo así? Después llegaron las purgas de prisioneros de guerra, la guerra contra los cosmopolitas, una guerra civil contra nacionalidades como los chechenos, los alemanes del Volga, los tártaros de Crimea: veinte nacionalidades deportadas o aniquiladas. Otra guerra civil. Al mismo tiempo, decenas de millones de personas se criaron con la ideología y los ideales comunistas. Eso no se puede cambiar de la noche a la mañana. Es como criarse en una fe ortodoxa, una variedad ortodoxa del islam, por ejemplo. Hay una respuesta seria cuando intentas cambiar su mundo. Necesitas un tiempo para calmarte. Así que ahora, la mayoría de la gente se centra en una idea de supervivencia. Eso es lo que quieren de verdad. Ese es Putin. Así vivimos ahora, con la historia y las historias a nuestro alrededor y todo mezclado.
(2003)
El «autoritarismo» blando de Putin se ha endurecido con el tiempo. Tras un juicio amañado, Mijaíl Jodorkovski fue enviado a prisión en la lejana Chita. Los partidos y movimientos de la oposición se han reducido bajo la presión constante del Kremlin. Putin ha amenazado incluso con eliminar organizaciones tan benignas como los comités de expertos extranjeros, por ejemplo, el Centro Carnegie de Moscú. Ha recibido los signos de independencia en la región, en especial la Revolución naranja de Ucrania, con una hostilidad y ansiedad mal disimuladas. En 2005, Freedom House, que controla las libertades civiles y los derechos políticos en países de todo el mundo, redujo el estatus de Rusia de «parcialmente libre» a «no libre». Era la primera vez que Rusia era calificada de «no libre» desde 1991. El siguiente misterio de la política rusa es cómo gestionará Putin su sucesión cuando finalice su segundo mandato en 2008.