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Cuarta parte » El forastero: Benjamin Netanyahu
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El forastero: Benjamin Netanyahu
Si París es la Ciudad de la Luz, Jerusalén es la Ciudad de la Opinión. Aquí llueven opiniones. El desierto florece con la humedad de la arenga. La expresión más infrecuente en los cincuenta años de historia de Israel es «sin comentarios» y, desde luego, nadie ha pronunciado jamás la siguiente frase: «No tengo nada que decir sobre Bibi».
Ya sea de izquierdas o de derechas, todo el mundo se refiere al primer ministro Benjamin Netanyahu por su apodo de niñez, aunque en este caso la familiaridad no ha generado afecto. Lo más curioso de Netanyahu es que, si bien goza de apoyo —su táctica de estancamiento en el proceso de paz le ha procurado una mayoría de centro-derecha—, despierta poco respeto. Una tarde fui a ver a David Bar-Illan, ex pianista de concierto y uno de los asistentes de confianza de Netanyahu y también uno de sus pocos amigos. En cuestiones políticas, Bar-Illan es un extraordinario asesor de imagen, el compañero que no duda en aparecer ante las cámaras para defender la última acción del primer ministro. Y, sin embargo, cuando mencioné los intentos de Bibi por conseguir el voto ultraortodoxo pese a sus hábitos laicos, e incluso pese a haber reconocido su adulterio, Bar-Illan puso los ojos en blanco y habló como jamás lo haría un homólogo suyo en Washington.
«Reconocer su laicismo no fue nada en comparación con el adulterio —afirmó Bar-Illan—. Una cosa es tener una aventura con una shiksa, pero ¿con una mujer casada? Con una shiksa lo hacen incluso los rabinos. Pero ¡una mujer casada! Ahora Bibi va a la sinagoga por Rosh Hashanah y Yom Kippur. Puede ir al Muro de las Lamentaciones o decir “con la ayuda de Dios”, pero no engaña a nadie.»
La retórica de la democracia israelí siempre ha sido más ruidosa que su equivalente estadounidense, pero el debate sobre Netanyahu es desquiciado. Una de las primeras cosas que hice al llegar a Jerusalén en esta ocasión fue llamar a Yitzhak Shamir, el anterior primer ministro del Likud. Shamir cogió el teléfono al primer tono, como si llevara toda la semana esperando la llamada. «¿Bibi? —dijo con su exhausto acento del Viejo Mundo—. No es muy de fiar.»
Hubo una larga pausa al otro lado de la línea, como si Shamir pensara que había dicho suficiente sobre el tema. «Es demasiado ególatra. No mantengo contacto personal con él —añadió—. No es muy popular. Tiene talento y éxito. Prosperó a una edad muy temprana. Tuvo muchas ventajas, pero a la gente no le gusta. Dudo que le admiren. Dudo que crea en nada. Tiene un ego enorme. A la gente no le cae bien una persona así. No me gusta.»
Etcétera. Una vez que Shamir se hubo despachado a gusto, llamé a Shimon Peres. Con su programa para acelerar los Acuerdos de Paz de Oslo con los palestinos, Peres perdió las elecciones de 1996 ante Netanyahu, que recabó el apoyo no solo de la derecha radical, sino también de numerosos israelíes que consideraban que Yitzhak Rabin y Peres habían ido demasiado lejos y demasiado rápido. Peres también cogió el teléfono a la primera. Me dijo que partía hacia China en cinco minutos, pero pudo dedicar diez a cargar contra su sucesor. «Hemos perdido mucho por nada —dijo con voz cansina—. Lo único que le importa a Netanyahu es su coalición. Siempre está preocupado por si pierde poder; esa es siempre su máxima prioridad. Entretanto, hemos perdido la confianza que nos ganamos, hemos perdido al mundo árabe y el respeto que despertamos en el resto del planeta. Todo eso nos hace parecer una nación rara. Conseguir la paz y no seguir adelante es extraño.»
Netanyahu, que ahora tiene cuarenta y ocho años, es el primer gobernante israelí que nació después de la fundación del Estado. Puede que a consecuencia de ello muchos israelíes perciban en él una característica falta de dignidad. A menudo la gente lo ve como un joven que intenta impresionar y solo consigue sufrir por ello. Cuando fui a entrevistar a Netanyahu en su oficina, empezó la sesión encendiendo un gran puro Davidoff. Supe que era de esa marca porque había dejado la vitola. No ofreció uno a su invitado. ¿Mala educación? ¿Le quedaban pocos? Luego procedió a llenar la habitación con tanto humo que su joven asistente de prensa, un afable hombre de Dubuque llamado Michael Stoltz, reaccionó como si estuviera atrapado en un garaje con el coche en marcha. Stoltz podría haber muerto lentamente, pensé, y Netanyahu no habría dejado de dar sus pomposas bocanadas.
El misterio de Netanyahu es que muchos israelíes lo consideran insufrible, pero si mañana se celebraran elecciones, es prácticamente seguro que derrotaría al portaestandarte de los laboristas, su antiguo comandante y modelo a seguir, Ehud Barak. Los ortodoxos conocen bien las indiscreciones laicas de Bibi, el consentimiento, el coqueteo. Los nacionalistas de extrema derecha no saben si quiere matar el proceso de paz de Oslo (como a ellos les gustaría) o no. Tanto los emigrantes rusos como los sefardíes saben que no es uno de ellos. No obstante, esos votantes forasteros creen que Bibi es mejor para sus intereses que las élites asquenazíes del Partido Laborista.
La izquierda no soporta a Netanyahu, por supuesto. Para ellos, Bibi ha «matado la paz», erradicado la posibilidad histórica que simbolizaban los acuerdos de Oslo de 1993 y 1995 con los palestinos. Sus enemigos lo consideran un político incompetente, poco imaginativo y cínico con el singular don de conservar el cargo. «Netanyahu sabe muy bien lo que quiere —me dijo Uri Savir, que fue el principal negociador de Rabin en Oslo—, lo cual consiste sobre todo en llevar a Israel en la dirección de la política de la disuasión mutua, ya que no cree en la paz real. También lo ve todo a través de los ojos de un animal político y quiere salir reelegido. Solo trabaja para sus votantes de derechas. Para atraerlos, utiliza las expresiones en boga que apelan a su mentalidad de gueto.»
Todavía hay mucha gente de izquierdas que culpa a Netanyahu de avivar el ambiente de odio que condujo al asesinato de Rabin. Sin embargo, Bar-Illan insiste en que pronto todos los israelíes acabarán maravillados de la astucia y la agilidad ideológica del mandatario. «Bibi quiere ser más Begin que Begin», me dijo Bar-Illan, refiriéndose a que hará algo todavía más asombroso que Menahem Begin cuando firmó los acuerdos de Camp David en 1978, en los que prometió devolver el Sinaí a Egipto y sellar la paz entre Israel y su vecino más poderoso.
Israel conmemora su quincuagésimo aniversario como Estado. El sionismo ha sobrevivido a las dos grandes amenazas del siglo XX —el fascismo y el comunismo—, pero la celebración es tibia. A ello ha contribuido sobremanera la idea de que la ocupación de Gaza y Cisjordania se ha producido desde 1976 y ha causado sufrimiento y erosión nacional; es más, los líderes del país adolecen de una grave falta de inspiración. Casi en todo el mundo, tanto en la derecha como en la izquierda, Netanyahu es considerado un político esquivo que además no es especialmente hábil en tales menesteres. Durante la campaña de 1996, Bibi prometió a los ortodoxos que él, el hombre más laico del mundo, sería el símbolo del Estado judío. Fue a visitar al líder espiritual de los sefardíes, el rabino Yitzhak Kaduri, y le susurró al oído: «Los izquierdistas han olvidado qué es ser judío. Creen que dejarán la seguridad en manos de los árabes, que los árabes cuidarán de nosotros». El micrófono de Radio Israelí captó esos comentarios.
En sus dos años en el cargo, Netanyahu se ha dado conocer por una serie de lamentables desaciertos. Tras conseguir el nombramiento del Likud gracias en buena medida a un nuevo proceso electoral abierto, apoyó la revocación de dicho proceso. Alimentó el escándalo al nombrar a un fiscal general cuya principal cualificación era un estrecho vínculo con el Shas, el partido sefardí. Desafió a su jefe de espionaje y ordenó el asesinato de Jaled Meshal, un líder de Hamas, en Ammán, la capital de Jordania; cuando fracasó estrepitosamente el complot para envenenar a Meshal (más inspector Clouseau que 007) y se hizo público, el rey Husein montó en cólera y los israelíes se mostraron desconcertados. Como ministro de Asuntos Exteriores, David Levy dijo que contaba con el compromiso de Netanyahu sobre el gasto social en las ciudades sefardíes, pero dimitió cuando el primer ministro renegó. La gente de derechas sigue furiosa porque las fuerzas israelíes fueron retiradas de la ciudad de Hebrón, en Cisjordania.
El círculo de Netanyahu se siente perseguido por la prensa. Sus defensores señalan, por ejemplo, que militarmente no ha actuado con agresividad y que en el plano ideológico no es inflexible. Una y otra vez mencionaban «una de las pocas excepciones», un extenso artículo de Ari Shavit publicado el pasado diciembre en el periódico liberal Ha’aretz con el titular «UN AÑO ODIANDO A BIBI». Shavit es un intelectual liberal que escribía que el propio círculo de Netanyahu ha sido excesivamente despiadado con él. Cuando empecé a confeccionar esta crónica, el padre de Netanyahu me dijo con brusquedad que yo citaría solo a los enemigos de su hijo, a «los izquierdistas». Le invité a que me proporcionara una lista de gente a la que debía llamar, y así lo hizo. Naturalmente, algunos miembros de la lista eran partidarios fervientes, pero otros, aunque aseguraban respaldar las políticas de Netanyahu, reconocían que a duras penas lo soportaban.
Uno de ellos era Yoash Tsiddon-Chatto, un coronel de la reserva de las Fuerzas Aéreas y antiguo miembro de la representación derechista en la Knésset que acompañó a Bibi a las conversaciones de paz celebradas en Madrid en 1991. «Cierto aspecto de la personalidad de Bibi crea un antiacercamiento —dijo Tsiddon-Chatto—. Nunca pensé que fintaría, manipularía y zigzaguearía como lo ha hecho en su condición de primer ministro. Dudo que su padre esté muy contento de cómo ha llevado a cabo sus políticas.»
El padre. Allá donde fuera, cuando preguntaba por Netanyahu en Israel, siempre obtenía la misma respuesta: «Para entender a Bibi hay que entender a su padre». Pero, aunque la prensa israelí suele describir a Benzion Netanyahu como una persona con unas opiniones profundamente conservadoras y un carácter duro, es casi una leyenda, una especie de secreto. No es que Benzion se esconda del mundo —es un erudito controvertido que ha publicado una serie de extraordinarios libros y artículos sobre los judíos en la España del siglo XV—, pero evita estudiadamente a los periodistas. Al igual que Bibi, Benzion Netanyahu y su mujer, Cela, ven a la prensa israelí, que es casi en su totalidad prolaborista, con un desprecio mal disimulado. El término que utilizan es «bolchevique». Tampoco sienten mucho afecto por su homóloga estadounidense. La cobertura que realiza el Times sobre el país, me decía Benzion, «a menudo me resulta desequilibrada y sesgada hacia la parte izquierdista de la opinión pública de Israel». Tuve la oportunidad de pasar un tiempo con Benzion fundamentalmente porque compartimos editor, un amigo mutuo.
Cuando se fundó la nación de Israel, Benzion Netanyahu se hallaba en los márgenes de su vida política. Ahora es su patriarca. Su primogénito, Jonathan —Yoni—, es un mártir de las Fuerzas de Defensa Israelíes, y todos los colegiales del país conocen su nombre; el mediano, Benjamin, es líder del partido Likud y primer ministro; el menor, Iddo, es novelista y radiólogo.
A sus ochenta y ocho años, Benzion tiene una mente despejada, buena salud y una personalidad imponente. Una palabra altisonante suya espanta a los gorriones de los árboles. A veces, después de que su hijo, el primer ministro, pronuncie un discurso, Benzion lo llama para corregir un error gramatical. «El hebreo de Bibi ha mejorado mucho en los últimos años», reconoce. Benzion es un hombre laico, pero sus valoraciones sobre Israel, la historia y muchas otras cosas a menudo son tan oscuras, tan implacables, que parece el más duro de los profetas del Antiguo Testamento. Sus opiniones en temas que van desde el Estados Unidos moderno hasta la debilidad y los fracasos ideológicos de varios políticos israelíes pasados y presentes con frecuencia resultan desesperantes.
El grado de desaprobación de Benzion es impresionante. Hace cincuenta años, cuando nació Israel, su política ya se hallaba a la vanguardia de la derecha, en los márgenes. De joven fue ayudante de Zeev Jabotinsky, líder del movimiento revisionista de línea dura. Entre los primeros sionistas, los revisionistas eran los combatientes clandestinos que argumentaban que los laboristas, liderados por Ben Gurión, estaban renunciando con facilidad a territorios que ahora se hallan fuera de Israel. Benzion formaba parte de un movimiento que consideraba que Israel podía reivindicar una región que abarca buena parte de la Jordania actual. El himno pro Jabotinsky de la época decía: «El Jordán tiene dos orillas; una es nuestra y la otra también». Su visión es tal vez un anacronismo, pero es la que vivió el actual primer ministro de Israel desde niño. Benzion se cierne sobre su hijo igual que Joseph Kennedy se cernía sobre su clan, y sus opiniones son el origen de la sensación que tiene Bibi de vivir en un mundo amenazador.
Cuando uno conoce a Benzion no parece tan imponente: tiene pequeños mechones de pelo blanco y unos ojos cansados y estrechos, los ojos de un sabio chino. En 1996, el día del juramento de Bibi como primer ministro en la Knésset, Benzion estaba sentado entre el público. Ari Shavit, de Ha’aretz, recuerda que vio al anciano y advirtió que no denotaba signo alguno de orgullo o alegría. «Estaba viéndolo por televisión y pensé: “Dios mío, ser hijo de ese hombre debe de ser duro. Ni siendo nombrado primer ministro puedes satisfacerlo”. Esa es la clave —dijo Shavit—. Es una persona que llega al límite, que exige lo imposible e incluso lo consigue. Es como una tiranía interna constante. No puede parar. No hay celebración.»
Decir que Benzion no tiene fe en un acuerdo de paz con los palestinos o cualquier otra nación árabe es una obviedad. Para él, esos tratados son para tontos e ingenuos. «La historia judía es sobre todo una historia de holocaustos —me dijo Benzion—, cometidos por líderes y facciones antisemitas que logran hacerse con el control de países o regiones enteros en tiempos de anarquía, guerra civil o rebelión. En las zonas que se hallaban bajo su control, todas las comunidades judías fueron aniquiladas. Hitler difería de ellos principalmente en que se había convertido en el líder indiscutible de su país y en que controlaba una región mucho más grande, lo que le permitió matar a muchos más judíos.»
En buena medida, la batalla interna de Bibi Netanyahu como primer ministro es una lucha entre una ideología heredada y el tirón de las contingencias políticas. Su dilema es siempre hasta qué punto puede o debe ser fiel a los ideales y la testarudez de su padre. Puede que no siempre actúe según los imperativos de este, pero cree firmemente en su corrección: ambos comparten una sensación de confianza insular en sí mismos, de tener razón cuando todos los que les rodean son ingenuos y falsos y están equivocados. Cuando me reuní con Bibi en su despacho, recordaba con afecto el momento en que su padre acudió a Ben Gurión en 1956 y le dijo que los israelíes, que acababan de conquistar el Sinaí, debían idear una estrategia para conservarlo. Ben Gurión respondió que lo conservaría durante mil años. ¿Por qué a Benzion le preocupaba perderlo? «Porque Estados Unidos le obligará a ello», le dijo Benzion.
«Por desgracia, tenía razón —comentó Bibi—. Fue la primera y la última vez que un primer ministro israelí sucumbía a los dictados estadounidenses.» No cuesta imaginar esa anécdota reproduciéndose en la mente del primer ministro cuando diplomáticos como Dennis Ross y Madeleine Albright se sientan con él a negociar.
Tanto la izquierda israelí como la Casa Blanca coincidirían en que Bibi ha ralentizado de tal manera el proceso de paz que los palestinos y estados árabes como Jordania y Egipto han perdido la esperanza. En las últimas semanas, las autoridades de la Administración de Clinton han alentado a Netanyahu a que acepte retirarse de un 13 por ciento de Cisjordania a cambio de garantías en materia de terrorismo por parte de Palestina. Netanyahu ha rechazado esa cifra, aunque ha manifestado su disposición a retirarse de un 9 por ciento del territorio en disputa (puede que incluso un 11 por ciento). La cuestión, insistía a finales de la semana pasada durante unas conversaciones en Washington con Ross y Albright, era que cualquier acuerdo debía preservar lo que él denominaba un «tampón territorial» contra el terrorismo palestino. Netanyahu sin duda continuaba sufriendo intensas presiones en casa: los palestinos se manifestaron en contra de al-Nakba, la Catástrofe, de la fundación de Israel; estallaron revueltas y varios palestinos murieron a manos de los soldados israelíes. Y no era ni mucho menos seguro que el gabinete derechista de Netanyahu, en especial el influyente ministro de Infraestructuras, Ariel Sharon, aceptara un pacto similar al plan estadounidense.
El argumento general de Netanyahu es que el sueño de la izquierda de un nuevo Oriente Próximo, de unas relaciones pacíficas y unos mercados abiertos en una región de dictaduras árabes, es una fantasía. «El auténtico Oriente Próximo no es una bonita paleta de agradables colores —dijo—. Allí hay manchas muy oscuras. Más que manchas, grandes franjas de fundamentalismo y regímenes dictatoriales. Se libra una batalla por el alma de esta civilización árabe islámica. No los doy por perdidos. Creo que podemos ejercer nuestra influencia, pero no de manera relevante y, en cualquier caso, de una manera distinta a la que concibe la izquierda. Creen que si hacemos más concesiones desactivaremos la bomba, el mecanismo que provoca esto. Pero es mucho más grande que la batalla contra el sionismo. Es una batalla contra la modernidad.»
Sin embargo, para la extrema derecha, Bibi no siempre ha sido lo bastante firme con los árabes. El año pasado, la decisión del primer ministro de conceder peso a la Autoridad Palestina en Hebrón fue, a su juicio, una traición a la campaña de 1996 y a los principios revisionistas. El cuñado de Bibi, un colono llamado Chagi Ben Artzi, me decía: «Bibi se crió en una familia en la que el principio de mantener la tierra, toda la tierra, en manos judías era sagrado. […] He oído al padre de Bibi mostrarse muy crítico con el acuerdo de Hebrón. Dijo que era totalmente injustificado. No veía ninguna razón para otorgar más tierras a Arafat si no contraía primero algún compromiso incluido en los acuerdos de Oslo». Benzion negaba haber discutido con su hijo por Hebrón u Oslo en general; cuando Ben Artzi hizo pública su oposición a la política de su cuñado, la relación se agrió.
Reflexionando sobre su hijo y Oslo, Benzion afirmaba más tarde: «De los actos y declaraciones del primer ministro deduzco que está luchando por obtener, dentro de los límites del acuerdo de Oslo y por medio de la ejecución de los compromisos por ambas partes, unos pactos que son vitales para la seguridad de Israel y que minimizarán los brotes de terrorismo y guerras a gran escala».
Bibi, por su parte, califica las acusaciones de influencia paterna de «palabrería de psicólogo». Los amigos y compañeros que lo conocen desde hace décadas no. Natan Sharansky, uno de los actuales ministros y principales asesores de Netanyahu me decía: «No cabe duda de que el padre es crucial para Bibi, sobre todo históricamente, en la historia judía. En sus actividades cotidianas, ayuda a Bibi a centrarse. Participa en las batallas diarias, pero siempre tiene en mente su visión de la historia».
¿Qué hará Bibi en los próximos meses y años? ¿Escuchará la llamada de la historia y tratará de llegar a un acuerdo con los palestinos? ¿O escuchará a los votantes de derechas que lo mantendrán en el cargo? «Creo que Bibi está dividido y a veces se paraliza ante la brecha que existe entre su corazón y su cabeza —aseguró David Makovsky, que escribe sobre asuntos diplomáticos en Ha’aretz—. Sus reacciones viscerales son ideológicas, como las de su padre, pero intelectualmente se ha dado cuenta de que sus reacciones viscerales no son siempre correctas. El resultado es una parálisis. Movimiento sin avances en el proceso de paz.»
Benzion y Cela Netanyahu criaron a sus hijos en una espaciosa casa de la calle Haportzim, situada en el viejo barrio de Katamon, en Jerusalén Oeste. Todavía viven allí. Por aquel entonces había poca riqueza en la ciudad, y los Netanyahu se sentían casi adinerados. Tenían un coche estadounidense —un Henry J— y uno de los pocos teléfonos del barrio. Benzion editó la Enciclopedia hebrea, una publicación enormemente popular. «Y por ello —me contó— ¡percibía el salario más alto de Jerusalén!». En la actualidad, la casa vale alrededor de un millón de dólares.
Benzion Netanyahu es conocido en círculos académicos de todo el mundo por su libro Los orígenes de la Inquisición en la España del siglo XV. En los estudios medievales, su tesis es considerada revolucionaria. Los judíos estuvieron oprimidos en España incluso después de convertirse al cristianismo. Netanyahu cuestionó la opinión tradicional de que los españoles perseguían a los conversos porque muchos de ellos seguían practicando su fe original en secreto. La obra de Netanyahu sostiene que la vieja idea de los conversos como «judíos secretos» es una ilusión romántica y aduce que, de hecho, pocos nuevos cristianos practicaban el judaísmo y que la Inquisición en realidad fue un momento histórico en el que los monarcas cristianos desarrollaron una teoría de odio racial concebida para desarraigar y destruir una amenaza percibida para su orden social y político. Netanyahu escribe que, tras dos enormes oleadas de conversión, en 1391 y 1412, esos nuevos cristianos empezaron a ocupar cargos de poder en la política y la Iglesia. Puesto que los españoles ya no podían atacar a los conversos basándose en la fe religiosa, idearon tratados que describían al pueblo judío como una raza inherentemente contaminada. Por primera vez, observa Netanyahu, una sociedad creó una teoría racial sobre la inferioridad judía, que puso los cimientos para la Inquisición en España igual que las leyes de Nuremberg fueron las precursoras de la Solución Final. Después de cuatrocientas páginas, se llega a la conclusión más sombría que quepa imaginar: aunque los judíos lleguen a convertirse, y aunque esa conversión sea total y oficial, no importa; el resentimiento hacia los judíos como pueblo persistirá, incluso hasta el punto del exilio forzado y el asesinato de masas.
Visité a los Netanyahu una bonita mañana de primavera. Cela Netanyahu me invitó a entrar y fue a buscar rápidamente a su marido. Cela estudió derecho en Gray’s Inn, Londres, pero nunca ha ejercido. En lugar de eso, crió a sus tres hijos y, sobre todo, fue la esposa de su marido. Lo protegía de distracciones y viajó con él a Estados Unidos cuando no había plazas académicas disponibles en Israel. En total, Benzion y Cela vivieron en Estados Unidos más de veinte años, primero de 1940 a 1948 para trabajar para el movimiento sionista y luego de 1963 a 1977 enseñando en varias universidades y trabajando en sus libros.
Mientras esperaba a Benzion me dirigí al comedor. Cuando sus hijos eran pequeños, el comedor era el estudio de su padre, el epicentro de la casa. «Al entrar, procurabas no molestar al viejo —dijo un amigo de la familia—. Era el santuario.» Ahora un busto de Yoni domina la estancia. Yoni fue el único soldado israelí que murió durante el ataque al aeropuerto de Entebbe, Uganda, en 1976.
A lo largo de los años, los Netanyahu han cultivado la idea de que su familia es única. «Se perciben a sí mismos como una familia importante en la historia de Israel —afirmó un amigo de Bibi—. El padre es el gran erudito y sabio. El mayor, Yoni, es el soldado mártir. El mediano es el primer ministro y salvador de Israel. El menor, Iddo, es el escritor que también ejerce la medicina. Bibi cree que Iddo es el nuevo Hemingway de Israel.
No importa que Israel posea escritores espléndidos: A. B. Yehoshua, Amos Oz, Aharon Appelfeld, Meir Shalev. Ellos piensan así.»
Al fin llegó Benzion y se sentó en una butaca. Habló un rato de su padre, Nathan Mileikowsky, un rabino nacido en Lituania que dirigía el famoso instituto Krinsky de Varsovia. Como importante orador sionista, Nathan recorrió toda Europa y Estados Unidos pronunciando discursos en apoyo a un Estado judío. Cuando llevó a su familia a Palestina en 1920, llegaron a Tel Aviv en un pequeño barco y cambiaron su nombre por el de Netanyahu, «regalo de Dios».
Durante la conversación, Benzion mencionó una y otra vez el persistente espectro de la izquierda en Israel. Según él, gran parte de la prensa israelí es peor que Pravda, porque en la antigua Unión Soviética los lectores al menos sabían que su prensa mentía con frecuencia. Este, con un lenguaje modificado, es un tema habitual de conversación para Bibi.
Benzion estudió historia medieval en la Universidad Hebrea. Más tarde fue codirector de una revista mensual y luego de Ha-Yarden, el diario de los revisionistas. Sus contemporáneos lo recuerdan como una persona extraordinariamente inteligente y agradable y, al mismo tiempo, arrogante y casi hirviendo de resentimiento y desprecio. Incluso ahora irradia las mismas cualidades cuando narra una fascinante historia del viejo Jerusalén a su visitante y después habla con ácida condescendencia (en el mejor de los casos) sobre diversos electorados y políticos de Israel. En su opinión, el fundamentalismo árabe y el poder nuclear asiático son el orden del futuro. Es un hombre de muchas e implacables opiniones, pero es muy reacio a hacerlas públicas, probablemente por temor a avergonzar a su hijo.
Es difícil describir al hombre sobre el papel. Por un lado, es agresivo e irresistiblemente vivaz; por otro, insistió en que nuestras conversaciones fueran «amigables», no una entrevista formal. Pero a menudo se deja entrever un hombre al que le molesta lo que considera la locura de los demás.
«En esa familia siempre ha habido un fuerte mito de persecución, una queja», me dijo Shalom Rosenfeld, un contemporáneo del movimiento revisionista que más tarde fue director del importante periódico Ma’ariv.
«Existe un sentimiento de rechazo por parte de los círculos académicos, que estaban dominados por la izquierda y negaron a Benzion un trabajo decente y, a consecuencia de ello, los Netanyahu se vieron obligados a emigrar, lo cual resultó muy doloroso —comentó Chagi Ben Artzi, cuñado de Bibi—. En parte, la determinación de Bibi de cambiar Israel, de convertirlo en una sociedad más democrática y llevar adelante el proceso de privatización, viene de ese viejo resentimiento, porque la izquierda utilizó la estructura económica del país para dominarlo ideológicamente. A aquellos que no eran políticamente correctos se les negaban las oportunidades económicas. Ese resentimiento sigue ahí. Para ellos no es cosa del pasado.»
Los datos de Ben Artzi son solo correctos en parte. Es cierto que Benzion no encontró trabajo en la Universidad Hebrea, pero esta era muy pequeña por aquel entonces y apenas había plazas para nadie. Para conseguir empleo y acceder a bibliotecas de una calidad superior, Benzion aceptó trabajos en el Dropsie College de Filadelfia y en Cornell, Ithaca, en Nueva York.
La sensación de marginación de la familia guarda más relación con la política real que con la académica. Algunos seguidores de Jabotinsky, entre ellos Begin y Shamir, se pasaron a la clandestinidad y llevaron a cabo misiones militares contra británicos y árabes. Netanyahu figuraba entre los ideólogos, los que hacían campaña. A principios de 1940 fue a Estados Unidos a ayudar a Jabotinsky a presionar a los políticos estadounidenses en nombre de la idea sionista. Jabotinsky falleció ese mismo año, pero Benzion permaneció allí ocho años más como director de la Nueva Organización Sionista, donde se reunió con figuras tan influyentes como el general Dwight D. Eisenhower, el secretario de Estado Dean Acheson y miembros clave del Congreso. «Cuando vine con Jabotinsky, la gente al principio se reía —comentó Benzion—. Ningún judío soñaba con un Estado propio. “¿Quién lo creará?”, decían. “¿Los ingleses? ¡Los árabes se oponen!”. Incluso Chaim Weizmann declaraba que era imposible, que era igual de viable fundar un Estado judío en Israel que en Manhattan.»
Cuando Benzion y su familia regresaron al nuevo Estado en 1948, empezó la Enciclopedia hebrea y abandonó la política. Los posteriores rivales de Bibi por el liderazgo del Likud —el alcalde de Jerusalén, Ehud Olmert, el ex ministro de Economía, Dan Meridor, y Zeev «Benny» Begin— vienen de estirpes políticas de derechas y son conocidos como los «príncipes» del partido. Bibi nunca entró en ese grupo, ya que su padre al final se había ganado la vida en el mundo académico. «No creo que mi padre se hubiera metido jamás en política —me dijo el primer ministro—. Por temperamento no es la persona adecuada.»
Pero cuando le pregunté a Bibi si se consideraba un forastero en Israel y su política, no lo negó.
«¡Tiene usted razón! ¡Forastero! —exclamó—. ¡No hace falta utilizar palabrería psicológica!» Netanyahu difícilmente podría haberse criado con más privilegios, pero es un primer ministro elegido por una coalición de grupos independientes. Sus votos provienen de los sefardíes, los ortodoxos, los colonos y los rusos. Todos esos grupos se consideran excluidos de la clase dominante asquenazí. Al igual que Ronald Reagan, Netanyahu gobierna exitosamente como forastero: aunque tiene poder, no deja de quejarse a sus votantes de la prensa tendenciosamente liberal y de los aterradores izquierdistas del mundo académico, a la vez que insinúa que ellos son la clase dirigente y que les odian. Es un tema muy recurrente.
«Creo que ya lleva a su padre incorporado —me dijo un amigo de Bibi—. Su padre siempre hablaba de “ellos”. “Ellos” no entienden nada. “Ellos” son ingenuos. “Ellos” son tontos. Siempre ellos, los demás.»
El debate político sobre Israel y Palestina consiste casi siempre en un enfrentamiento de crónicas históricas. Ningún argumento o incidente es demasiado antiguo para tenerlo en cuenta. Uno tropieza con pruebas de ello a diario. Una tarde, mientras tomaba una taza de café en un bar del barrio musulmán de la Ciudad Vieja y leía la prensa, me encontré con una carta al director de The Jerusalem Post firmada por David Wilder, un portavoz derechista de la comunidad judía de Hebrón que respondía a un artículo de Daoud Kuttab, una figura muy conocida de la política palestina:
Señor,
Daoud Kuttab atacó despiadadamente a la comunidad judía de Hebrón en su artículo «En el punto de ebullición» (1 de marzo). Esta es nuestra respuesta a varias de sus acusaciones: Kuttab hace referencia a la «mezquita de Ibrahimi». Ese edificio es conocido entre los judíos como la cueva Machpela, el segundo lugar más sagrado para el pueblo judío en todo el mundo. Solo ha sido una mezquita desde 1267. Originalmente, el edificio fue construido como un lugar de oración judío por Herodes, rey de Judea, hace 2.000 años.
Por supuesto, aquí las palabras clave son «solo desde 1267».
Para celebrar el quincuagésimo aniversario del Estado, los domingos por la noche la televisión israelí ha retransmitido un documental en veintidós capítulos titulado Tekuma, «Renacimiento». Tuve la oportunidad de ver una de las entregas más controvertidas, un resumen de los primeros días de la ocupación israelí en Gaza y Cisjordania y el auge del nacionalismo y la violencia palestinos. Para un estadounidense era bastante corriente: entrevistas e imágenes de archivo, lo que uno puede ver en A&E o Discovery Channel. Allí estaba Golda Meir, tanto en inglés como en hebreo, negando la existencia del pueblo palestino; allí estaba la miseria de los campos de refugiados; y allí estaban también los atentados terroristas en Tel Aviv y Jerusalén, la matanza de deportistas israelíes en Munich y una madre recordando que sus dos hijos murieron cuando un terrorista lanzó una granada en el asiento trasero del coche.
La directora, Ronit Weiss-Berkowitz, me explicó que empezó a recibir amenazas de muerte incluso antes de que se retransmitiera su capítulo. «Me llaman a casa —afirmó— y dicen que me quemarán. “Putos árabes.” “Izquierdista apestosa, sabemos dónde vives.” […] Yo quería mostrar paso a paso la creación de la ideología que se oculta detrás del terrorismo, que yo rechazo y con la cual no me identifico, pero cuyos orígenes comprendo. Quería mostrar por qué y cómo un palestino empieza a ver el terrorismo como una solución. Los israelíes creemos que tenemos un monopolio de la sangre, las lágrimas y el dolor, pero, por supuesto, eso no es cierto. Conocemos nuestra parte de la historia. Yo quería presentar la otra, en voz alta.»
Para la derecha, incluido el primer ministro, la serie documental fue un intento de la prensa de izquierdas por dominar la crónica nacional, por regodearse en la culpabilidad del «pecado original», el desplazamiento y la subyugación de los árabes palestinos por parte de los judíos. Yoav Gelber, uno de los asesores académicos del programa, dimitió y dijo que el capítulo pertenecía a una serie que conmemoraba «el quincuagésimo aniversario de la Autoridad Palestina».
Bibi desprecia a los hombres y las mujeres que dirigen la televisión israelí —para él forman parte de la claque izquierdista que siempre ha dominado todas las instituciones culturales y mediáticas de Israel—, y cuando le pregunté por Tekuma, hizo un gesto de disgusto. «¡Es una payasada! —dijo—. ¡Es una payasada! La pequeña parte que he visto es propaganda, es propaganda. No es la verdad. La presentación del bando palestino que he visto es increíblemente sesgada. Yo manejo datos. Los datos pueden tener diferentes interpretaciones, pero no puede haber datos diferentes. Creo que eso es importante.»
En mis conversaciones con Benzion dejó claro que creía que su pueblo quizá nunca llegaría a recuperarse del asesinato de los judíos europeos; también consideraba que el matrimonio mixto y la asimilación constituían grandes amenazas para su supervivencia. Insistió en que incluso el Israel actual, incluidos los territorios ocupados, es solo una fracción de lo que se prometió originalmente; y ceder más tierra a los árabes es extraordinariamente peligroso, en especial porque un futuro Estado palestino podría aliarse con países como Irak e Irán, los enemigos acérrimos de Israel. «No cabe duda de que muchos árabes desean la destrucción del Estado de Israel —afirmó—, y que acabarían con la existencia judía en el país si tuvieran la oportunidad. Solo el temor a represalias los refrena.»
Ese es el discurso de Benzion y también el de Bibi en su libro de 1993, Un lugar entre las naciones, la interpretación más aguerrida posible sobre la historia del sionismo y el Estado israelí. Cuando hablé con Benzion, rechazó la idea de la unanimidad familiar, pero dijo: «No hubo salto generacional. No coincidíamos en todo (no es una familia de robots), pero nuestra familia es coherente». Sin embargo, más tarde añadió: «No condiciono ni influyo de ninguna manera en las políticas o actividades del actual gobierno de Israel».
En Un lugar entre las naciones, la metáfora histórica más prolongada de Bibi sobre la difícil situación de seguridad de Israel es Checoslovaquia antes de la Segunda Guerra Mundial; para él, Cisjordania son los Sudetes, el limitado pretexto territorial esgrimido por Hitler para conquistar todo el país. Cuando le pregunté a Netanyahu sobre la comparación, reconoció que era imperfecta, pero es imposible leer ese libro sin percibir el paralelismo que el autor establece entre los alemanes y la agresión árabe. En la actualidad no se permite la metáfora checa como primer ministro, pero ha condicionado su pensamiento desde que era joven.
Si había alguien que conocía bien a Bibi, que compartía con él el mundo de la familia y una visión de la vida, era su hermano mayor, Yoni. Cuando tiene que decidir qué rumbo sigue con los palestinos o con Siria, debe lidiar con el legado de su hermano, un símbolo de los conflictos de Israel con el mundo árabe.
Iddo, Yoni y Bibi se mudaron con sus padres a Elkins Park, un barrio situado a las afueras de Filadelfia, en 1963, y asistieron a un instituto local. Cada uno de los hijos regresó a Israel para cumplir el servicio militar y sus padres permanecieron en Estados Unidos. Yoni fue el primero en ir y mantuvo estrecho contacto con su hermano por medio de centenares de cartas como esta, que fue enviada después de que Bibi se viera envuelto en una pelea: «En mi opinión, no hay nada malo en una buena pelea; al contrario, si eres joven y no sales herido de gravedad, no es malo. ¿Recuerdas lo que te dije? El que da el primer puñetazo gana».
Tras la guerra de los Seis Días, en la que Yoni resultó herido en el brazo, escribió una carta a Bibi que evocaba el espíritu de la dureza de su padre y la determinación de no quedarse en Estados Unidos: «El reclutamiento de esos pequeños terroristas solo hace que fortalecer mi conciencia como israelí. Si vienen a pelear, nosotros, o al menos yo en la diáspora, debemos contraatacar con más fuerza. Mi conciencia nacional sin duda es más fuerte que la de los árabes. Soy mucho mejor combatiente que ellos, como lo son todos los soldados israelíes».
En otra carta a Bibi, Yoni escribía: «Eres el único amigo de verdad que he tenido».
Dado que el país es tan pequeño, los soldados israelíes suelen pasar los fines de semana y las vacaciones en casa; los hijos de Netanyahu se hospedaban con amigos de la familia mientras sus padres estaban en Estados Unidos. «Yoni vivía como un gitano, lo cual era raro en Israel —me dijo el erudito Avishai Margalit, un amigo de Yoni—. Ser solitario en Israel es poco habitual y, en cierto modo, los tres lo eran.»
Bibi regresó a Israel en 1967 y se incorporó a una unidad de reconocimiento de élite llamada Sayeret Matkal. En la unidad era considerado listo y diligente, pero no especialmente creativo. Se distinguió por una incursión nocturna en el aeropuerto de Beirut en 1968 y por el rescate de rehenes a bordo de un avión de Sabena secuestrado en 1972. Durante el asalto al avión, Netanyahu fue uno de los soldados que subieron a bordo vestidos de mecánicos; agarró del pelo a una de las secuestradoras y la estampó contra una mampara, exigiendo saber el paradero de los rehenes.
Bibi volvió a Estados Unidos en 1972 para estudiar arquitectura y administración de empresas en el MIT. Volvió a toda prisa con su unidad para la guerra de Yom Kippur en 1973, pero se ganó la vida en Estados Unidos, primero como estudiante y más tarde como directivo de empresas en Boston. Dio conferencias de temática derechista en Israel, unas conferencias que recordaban mucho a Benzion. En 1973 acortó su nombre a Ben Nitay. Netanyahu siempre negó a la prensa israelí que se hubiera cambiado legalmente el nombre, y cuando Ma’ariv publicó los documentos, presentados en un tribunal del condado de Middlesex, en Massachusetts, Shai Bazak, el portavoz del primer ministro, describió el artículo como «un intento mezquino por elaborar una historia sensacionalista».
Los años que pasó en Estados Unidos no sirvieron para desplazar a Bibi hacia la izquierda. Estaba a favor de la guerra en Vietnam y sumamente deprimido por el giro conciliador que dio Israel al mando de Begin, el viejo camarada de su padre. Cuando Anwar al-Sadat llegó a Jerusalén, la cuñada de Avishai Margalit organizó una fiesta en Cambridge e invitó a Bibi.
«Cuando llegó —recordó Margalit— tenía una cara muy triste y dijo: “¿Qué celebramos? Ahora renunciaremos al Sinaí y los tendremos en nuestra frontera y estallará otra guerra”. Él asistía a un funeral, no a una fiesta.»
Nada condicionó tanto el futuro de Netanyahu como la muerte de Yoni en Entebbe. El 4 de julio de 1976 —el bicentenario de Estados Unidos—, Yoni Netanyahu condujo un equipo de soldados a Uganda, donde varios israelíes habían sido hechos rehenes por terroristas palestinos y alemanes. Cuando los soldados irrumpieron en el edificio donde se encontraban custodiados los rehenes, Yoni fue tiroteado, bien desde la torre de control, bien desde dentro del propio edificio. En aquel momento, Bibi se hallaba en Boston, y en cuanto se enteró de la noticia, se dirigió a Ithaca a contárselo a sus padres. Su madre, Cela, fue corriendo a la puerta y antes de que pudiera mediar palabra dijo: «Está muerto, ¿verdad?».
Muchos amigos y conocidos de la familia me contaron que Yoni era el hijo que parecía destinado a hacer grandes cosas, tal vez primero en el ejército y luego en el mundo de la política. Si hubiera vivido, dicen, Yoni podría haber llegado a jefe del Estado Mayor o ministro del gobierno.
Bibi estaba destrozado. «Si no fuera por la muerte de Yoni, no sé si Bibi se habría metido en política —me dijo Uzi Beller, un amigo de Netanyahu—. Le encantaba Estados Unidos, sobre todo la economía y la idea de un mercado libre. Podría haber sido tranquilamente un hombre de negocios y haber ganado mucho dinero.» Después del entierro, Bibi fue incapaz de ingerir sólidos durante semanas.
«Su hermano era la única persona a la que quería de verdad. Esto es crucial y es la base de su soledad —señaló Ari Shavit, de Ha’aretz—. Por otro lado, creo que ambos se hallaban en la misma posición. Los dos tenían un compromiso con su padre. Pero la ideología de este era de principios del siglo XX y se dieron cuenta de que tenían que nadar en un entorno contemporáneo. Así que por un lado debían ser fieles a esa figura paternal única y, por otro, tenían que salir al mundo y funcionar. Perder a Yoni fue peor que perder a un ser querido. Bibi había perdido a la única persona capaz de entenderle.»
Al mismo tiempo, Bibi no veía a Yoni solo como una pérdida personal, sino como un acontecimiento nacional, una figura histórica. Estaba decidido a que eso fuera así. En la Shiva, Bibi, sus padres e Iddo aceptaron las condolencias de numerosos israelíes. Un amigo de Yoni llegó a la casa y vio a Bibi hablando con Chaim Bar-Lev, un ex jefe del Estado Mayor que a la sazón ocupaba el cargo de ministro de Industria.
El amigo recordaba: «En cuanto me vio entrar por la puerta, Bibi se apartó de Bar-Lev, se me acercó y casi sin saludar dijo: “Llevamos trescientos años de guerra con los árabes y cada generación necesita un héroe. Trompeldor cumplió su papel y yo convertiré a Yoni en el héroe de su generación”». Josef Trompeldor pertenecía al ejército del zar y perdió un brazo en la guerra con los japoneses. Tras su llegada a Palestina, murió en una escaramuza con árabes en 1920 y se convirtió en héroe, una leyenda del renovado heroísmo judío, sobre todo para la derecha.
Puesto que la operación de Entebbe había sido tan espectacular, fue inevitable que el nombre de Yoni se convirtiera en un símbolo. Pero, tal como Bibi había prometido en la Shiva, la familia ayudó a promoverlo. Bibi e Iddo publicaron una colección de las cartas de Yoni; se han vendido más de 60.000 ejemplares solo de la edición en hebreo. Bibi fundó también un grupo de expertos llamado Instituto Jonathan para el estudio del terrorismo. Para conmemorar el heroísmo de Yoni en Entebbe, Iddo escribió un libro titulado La última batalla de Yoni. Sin embargo, un importante ex soldado llamado Muki Betser que estuvo allí se mostró hostil con la familia Netanyahu y se escandalizó por el libro de Iddo, que, a su juicio, exageraba el papel de Yoni y restaba calado a la valentía de los demás. «No sé si a Yoni le habría gustado lo que escribió su hermano pequeño», declaró Betser a la prensa israelí. A principios de la década de 1990, cuando estuvo claro que Bibi era un posible candidato a primer ministro, la prensa empezó a publicar noticias sobre Yoni —ninguna de ellas demostrada— que aseguraban que había cometido errores cruciales durante la misión de Entebbe.
Iddo Netanyahu sigue siendo el principal defensor de Yoni. Cada año, durante varios meses, ejerce de radiólogo en Estados Unidos, un trabajo que le supone dinero suficiente para vivir el resto del año en Jerusalén con su familia y escribir ficción. Me reuní con Iddo en su casa, situada en las colinas de la ciudad. Al igual que su padre, a Iddo no le gusta que publiquen declaraciones suyas, pero está claramente dolido por los ataques contra los Netanyahu.
Recientemente, Iddo publicó una novela en hebreo titulada Itamar K. Es fácil interpretarla como un ataque político mal disimulado y, desde luego, la prensa israelí así lo ha hecho. El héroe es Itamar Koller, un joven cineasta que descubre que tiene posturas de derechas pero infunde respeto como artista e intelectual. Al negarse a adoptar la ideología de la izquierda, Itamar es rechazado por la élite cultural israelí. Itamar quiere rodar una película, pero la financiación es destinada a un homosexual de izquierdas e Itamar se queda atrás con «un potencial sin explorar y sin saber si podría haberlo materializado o no». La novela incluye historias sobre dos cineastas atemorizados por un ex terrorista que ahora forma parte de la Autoridad Palestina. Itamar se cita con un escritor que está furioso por las «sonrisas de nuestros ministros al entregar Belén, la ciudad natal de David, a los árabes». Y así, una vez más, se aprecia esa soledad, esa singularidad de la familia: los Netanyahu contra la hegemonía cultural de la izquierda.
Aunque los primeros años de la vida de la familia Netanyahu son de una complejidad bíblica, su vida familiar en la edad adulta, además de sus relaciones fuera de ella, han sido un festín para los periódicos sensacionalistas. A finales de la década de 1970, Netanyahu se casó con la primera de sus tres esposas, una israelí llamada Micky, y tuvieron una hija, Noa. Pero en Boston, Bibi conoció a Fleur Cates, y cuando Micky se enteró de la aventura le dejó.
Netanyahu entró en la vida pública en 1982, cuando Moshe Arens lo nombró número dos en la embajada de Washington. Bibi se hizo un nombre en la televisión estadounidense como el israelí tranquilo y omnipresente que defendía la guerra en Líbano del gobierno de Begin. Luego, Arens ayudó a situar a Netanyahu como el hombre de Israel en las Naciones Unidas, y allí, Bibi se convirtió en una figura todavía más pública con su apoyo a los judíos soviéticos y sus ataques a Kurt Waldheim. Netanyahu regresó a Israel en 1988 y consiguió un escaño en la Knésset, además de ser viceministro de Arens en la cartera de Asuntos Exteriores. El matrimonio con Fleur, que ya era problemático, se desmoronó en Israel.
En 1989, Netanyahu estaba enlazando vuelos en el Aeropuerto Schiphol de Amsterdam y, mientras se encontraba en una pasarela automática, vio a una azafata de El Al llamada Sara Ben Artzi. «Íbamos en direcciones opuestas —dijo Sara en una entrevista—. Me miró hasta que tuvo que volver la cabeza. Luego, ya en el avión, fue a buscarme.»