Puro humo

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Burgess, no Borges

Hace exactamente cuatro años desde que Kingsley Amis nos brindó su última novela, la espera ha sido muy larga. Ninguno de nosotros se hace más joven, el tiempo es cada vez más escaso, y, a pesar de que las señoras que escriben reseñas nos recomiendan a los novelistas maduros que pensemos un poco más las cosas antes de echar una bocanada de nuestro Schimmelpenninck sobre las teclas, deberíamos seguir trabajando a conciencia.

Anthony Burgess (en una reseña sobre Kingsley Amis),

en The Observer

Pero Burgess, él mismo un aficionado a los Schimmelpennincks, tiene un abogado contrito, Loewe, fumando por poder en MF. «Apuré el final de mi cigarrillo y lo dejé junto a las otras colillas. Loewe olfateó el humo como una bestia.» Esto ocurría, por supuesto, en el hotel Algonquin, con todos en pos de la humarada malhumorada de Ross, por ósmosis: ¿masoquismo o machismo? Ni mucho menos: el muchacho Loewe, o Leo el León, marchaba tras la María: o, en su defecto, tras la hache de hachís. Lo que tanto Chano Pozo como Dizzie Gillespie conocían como manteca —de ahí el bebop que los hizo famosos a ambos: «¡Manteca, Manteca! ¿Qué tienes en la cabeza?». Cannabis, por supuesto.

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