Puro humo
Puro humo » Nota Beníssima
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No encontrar evidencia en Cuba de la Nicotiana rustica, tabaco silvestre, ha desconcertado siempre a los historiadores y botánicos (y a algunos exploradores americanos), mientras que los indios cubanos fumaban Nicotiana tabacum como hierba sagrada y como planta placentera. ¿De dónde les vino esta planta cultivada a esos nativos tan poco cultos? Los indios en la mayor isla del Caribe eran primitivos y algunos vivían solamente de frutos silvestres, mientras que otros pescaban… ¡Con las manos! Incluso los taínos, una tribu arahuaca, eran gente tan primitiva que sufría la sífilis de forma placentera —o endémica, como afirman los especialistas, especie lista. Los invasores caribes tenían una divisa, «Ana karina roto». que puede sonar a secuela de novela rusa, pero que significaba «Sólo nosotros somos gente». En consecuencia los caribes trataban a los demás indios como ganado, literalmente: después de matarlos se los comían. Colón, en su ciega obsesión por el oro y, para colmo, de pésimo oído, entendió caníbal en vez de Caribe, y de ahí dedujo que eran los hombres del Kan. Shakespeare, que tenía oído para el inglés pero no para el español (sucedió después de vencida la Armada Invencible), convirtió al caníbal en Calibán, y el apodo prosperó desde entonces hasta lo que se ve de los carros canibalizados de la Cuba de hoy en día: ¡el Caribe vive! Pero Colón estaba aún navegando de isla en isla, machaconamente, tras el oro: todo el día detrás del Kan por su reina, pero nunca pudo alcanzarlo— aunque llamaba al Kan, Kan y al vino vino.
El Gran Almirante habría podido encontrar el tabaco plantado y cosechado, incluso usado como moneda, si hubiese navegado hasta Brasil. Aquí, tras haber oído sirenas silentes en Cuba, podría haber visto a las Amazonas con un solo seno. Pero, ¡ay!, nunca llegó tan lejos. Aunque había otros taínos fumadores en las Indias Occidentales menores. Eran más sofisticados que los encontrados en Cuba, ya que usaban unas pinzas y hasta una pipa para fumar por la nariz. A Colón esas simpatías de los antípodas le resultaban muy antipáticas. De hecho, fue el primer europeo notable por odiar el tabaco, casi tanto como lo haría la reina Victoria más tarde. Aquel que lo descubrió, lo despreció: fue el primer crítico de las costumbres caribes. Decididamente, Cristóbal Colón no era vegetariano, ya que odiaba también el maíz tensa, intensamente.
Más acerca de la mazorca. Su misterio (también llamado el cariz del maíz) es similar al del tabaco, que es otra maravilla que Colón despreció: lo habría arrancado de raíz. Pero esa similitud de origen ha confundido incluso a la Encyclopaedia Britannica, tan sagaz y tan capaz en cuanto a estilo, dice: «La historia moderna del maíz comienza el 5 de noviembre de 1492, cuando dos españoles, a quienes Colón había delegado la exploración del interior de Cuba, volvieron con “una especie de grano que llamaban maíz, que sabía bien, cocido, secado y hecho harina”». Ése era Las Casas pero, esta cita del cuento de los dos marineros convertidos en exploradores, o mejor cateadores (los que buscan oro), que trajeron noticias raras y una doble fecha —el 4 de noviembre para el maíz, 5 de noviembre para el tabaco—, pertenece a la historia del tabaco y sus humos y no a la crónica de la hora de la cena. Si Britannia reinaba sobre las olas, Britannica navega por mares que Colón creía que todos llevaban a China. El único vegetal que agradó al Almirante fue un árbol cuya madera, al quemar, olía como una resina, el mástic.
Colón se subió al árbol creyendo que era el no va más y por lo tanto de «gran valía para Vuestras Altezas». Pero, en realidad, tampoco hizo nada para explotar el mástic místico ya que, para él, toda tierra recién descubierta tenía costas doradas.
Antes de ser desterrado de vuelta a España, Colón trajo consigo, desde las Canarias, la banal banana. Pero la contribución cultural que hizo, tanto para el folclor como para la ensalada de frutas, es inmensa. Sin la Musa paradisiaca (sí, la musa del Paraíso), no habrían sido posibles las repúblicas bananeras, ni habría existido la poderosa United Fruit Company que elegía a sus presidentes, de por vida o para siempre, lo que venga primero —y, por supuesto, hoy no habría ninguna Chiquita Banana, ni Banana Split, ni el capo de la mafia Joe Bananas. Y el sombrero maravilloso que Carmen Miranda portó e importó habría sido tan sólo otro amor platánico. Además, nadie podría haber afirmado jamás que la banana plata no es. ¿Qué más? ¡Ah, sí! No tendríamos esa cancioncilla, favorita de Billy Wilder, «Yes, we have no bananas». La tonada atinada que hizo con las bananas lo que Lewis Carroll hiciera en su Alice al English tea party. De la comida a la cena.
Volviendo al maíz, el misterio mayor de la mazorca es que los indios fueran capaces de cultivarla. Como con el tabaco, se supone que no deberían haber sabido cómo hacerlo. Pero sabían incluso cómo unir el maíz y el tabaco para hacer otra cosa. Enrollaban tabaco dentro de hojas de maíz y fumaban lo liado en compañía: así es como nace el cigarrillo. Según el historiador español Fernando Rodríguez de Navarrete, Colón tuvo su encuentro con el maíz en la costa venezolana. Aquí fue donde el Almirante encontró esta otra forma de oro vegetal, más parecido al oro que el mismo oro, y no hizo nada al respecto. Ni siquiera lo comió. Si Colón hubiese convertido el maíz en láminas crujientes, se habría hecho rico: tendrían no Kellog’s sino Colón’s Corn Flakes.
En cualquier caso, el caballero europeo que descubrió el tabaco transformó el rudimentario artefacto —«mosquetes de papel», sagrado sea el humo— en la obra de arte que es el puro. La transformación tuvo lugar en Cuba, pero en realidad fue hecho en su mayor parte por españoles. Se llevaron el tabaco, una sancta cosa para los indios, a Europa y allí lo popularizaron. Pero fue en Europa donde la gente vio al puro como un instrumento para el placer del caballero, como lo habían sido antes el tabaco de pipa y el rapé. En América (en especial en Cuba, pero también en los Estados Unidos) fumar era algo para todos, gracias, sin duda, al puro de cinco centavos. Pero también gracias a que Cuba estaba entonces muy cerca de los Estados Unidos, y los habanos eran más baratos que cualquier otra cosa en La Habana. Hace unos veinte años la idea (sin lugar a dudas venida de Inglaterra) de que los puros, como las rubias de Anita Loos, eran sólo para los caballeros[5] fue disipada por el semblante desangelado de Fidel Castro y la cabeza evangélica del Che Guevara, ambos vestidos con uniformes pedidos prestados al ejército de los Estados Unidos, ambos embutidos en barbas humeantes y ambos portando cigarros gordos, groseros. Éstos, caballeros, no eran caballeros. Sus hábitos significaban que, incluso en las sierras, Maestras o no, se podía cultivar tabaco y fumarlo. Antes de naufragar en Cuba, Che Guevara era un doctor argentino asmático que no tocaba un puro ni con una boquilla larga. De hecho, en su manual para todo guerrillero, Guevara recomendaba la pipa como el artefacto ideal para fumar así en la paz como en la guerra: fácil de llevar, fácil de fumar, fácil de ocultar y difícil de ser detectado por el enemigo del pueblo o del fumar. Che Guevara comenzó a fumar habanos cuando descubrió que, en Cuba, la pipa era considerada tan gringa que se la llamaba cachimba, femenino de cachimbo —el revólver de seis balas del otro Oeste.
Lo que De Xeres y el taíno desconocido significan para el descubrimiento del tabaco, es lo que el canario Demetrio Pela y el indio cubano Erio-Xil Panduca son para su cultivo. Hoy sabemos cómo comenzó de veras el cultivo de tabaco en Cuba por una carta que Pela escribiera a sus parientes en Tenerife. (Como sucede con la mayoría de los documentos históricos, éste ha quedado para la posteridad más por azar que por intento premeditado.) Sucedió a mediados del siglo XVII, ya que la carta de Pela está fechada en 1641. El tabaco empezaba a resultar muy productivo cuando Panduca le reveló su secreto, las palabras de la tribu, a Pela, otro isleño. Por ello el segundo, como dice la carta, hizo del primero su socio de por vida. Ambos compartieron el trabajo duro y los mínimos beneficios de bregar en la primera vega de la que tenemos hoy conocimiento. Casi cincuenta años después, La Habana estaba rodeada de vegas similares, todas ellas localizadas en las riberas de los ríos de la provincia. La vega, por cierto, es al tabaco lo que el viñedo al vino. Si, en español, una vega es una extensión de tierra baja junto a un río, en el habla cubana del tabaco es un campo de tabaco de cualquier dimensión, lo que en el sur de los Estados Unidos se llama una plantación. Si está sembrada con tabaco de preferencia, una vega es un tabacal. Un grupo de vegas es un veguerío, y el dueño de la vega, un veguero. Un tipo de puro campesino, enrollado por el mismo agricultor, se llama también veguero. Para algunos fumadores selectos, veguero es sinónimo de un buen cigarro. Pela y Panduca eran vegueros, pero todavía estaban lejos de producir vegueros. Los habanos aún no eran puros.
Pero, muy pronto, el tabaco comenzó a ser el segundo cultivo más productivo de la isla, no muy lejos del azúcar[6]. La ruta del tabaco conducía a la riqueza —y al trabajo duro. Hay un viejo dicho en Cuba que reza que puedes plantar lo que quieras y sentarte a esperar verlo crecer. Pero, prosigue el dicho, al tabaco no se lo deja plantado: con el tabaco te casas. Algunas veces, el beneficio de la producción de tabaco era escaso, pero otras veces no era ése el caso. Nicotiana se convirtió en un cultivo tan rentable que los hacendados (los magnates de las tierras de caña de azúcar) de los siglos XIX y XX quedaron segundos frente a los cultivadores de tabaco en el siglo XVIII. Los vegueros no eran ricos en tierra, pero su tierra era de sobra rica. Fueron lo suficientemente poderosos para oponerse al gobierno español en su estanco de tabaco en el siglo XIX. Los vegueros eran ricos, blancos y orgullosos. También eran petulantes. El primer cubano en conducir su propia carroza a través de las calles recientemente adoquinadas de La Habana fue don Lorenzo Cabrera (sin parentesco con el autor), quien compró su carruaje dorado por el dinero que había ganado con una operación ilegal, pero no secreta, relacionada con un gran cargamento de tabaco curado. El primer título nobiliario otorgado en Cuba fue para don Laureano de Torres, como recompensa por facilitar una venta muy ventajosa de hoja de tabaco cubano en nombre de la Corona. Si le hubieran preguntado acerca de este real favor que parecía caído del cielo, don Laureano podría haber comentado con Hamlet: «Nada como la hebra para captar la atención del rey». (Por supuesto, donde el príncipe dijo hebra, el autor, un plebeyo, pronuncia hembra.)
El tabaco pertenece a la humanidad, los tabacos solamente a Occidente. Resulta, de hecho, difícil imaginarse a un maharajá con un habano que emerge de entre su barba y su turbante o a un señor de la guerra chino fumando un manila mientras manda una invitación para una decapitación o un samurai que tiene que ver con otro símbolo fálico que no sea su espada corta y su abanico perfumado. Pero el tabaco ha estado con nosotros desde el Renacimiento. De hecho, esa época comenzó, como por casualidad, con su descubrimiento. De alguna manera, la Edad Media se esfumó en Inglaterra cuando Raleigh encendió su primera pipa y no con el gran incendio que limpió Londres como con una espada de fuego para cortar la peste cien años más tarde. Ya bajo la reina Isabel, «fuera del cementerio, los hombres de la ciudad se agolpaban ante las tiendas que vendían la nueva hierba de moda, el tabaco», como dice Samini Salgado en el bien llamado El bajomundo bajo Isabel. Aquí, el acento del historiador no recae solamente en los hombres de la ciudad, aquellos que hicieron la historia, o en «la nueva hierba», aquella que iba a hacer historia, sino en lo que estaba de moda: la historia que se hace. Para la época isabelina que el tabaco se vendiera por hojas en los cementerios es tan importante como las palabras que se vendían con cada libreto en los teatros: el mundo es un escenario y el discurso se adornaba con humo cada verano —especialmente en verano. Entonces los teatros florecían y el público se reunía a hablar y fumar y, de vez en cuando, a escuchar a un pobre actor pavoneándose y lloriqueando por tres o cuatro horas, sobre el escenario: un loco que se creía Macbeth, aquel que perdió la cabeza en Escocia y del que nunca más se oyó hablar. Los tiranos muertos no hablan. Los actores y los fumadores eran, en aquel tiempo, los comodines de la humanidad. Pero, con el estío, venía un visitante no deseado: la peste. Con manos a la obra, fue la muerte la que acabó con la escogida. Los hombres y el tabaco terminan, por igual, en cenizas.
Simon Forman, astrólogo, médico y curandero, contemporáneo de Shakespeare y de la reina Isabel, era un fumador tan adepto que incluso soñaba tabaco. En sus Case Books, dice: «Soñé que Stephen venía del mar y traía más tabaco. Habían navegado en la oscuridad, por largo rato, y no habían encontrado nada». Un comentarista de Forman, A. L. Rowse, contemporáneo de Isabel Segunda, afirma que, «cuando llegaron a casa, el capitán Watts mandó a alguien al barco a por tabaco». Como de costumbre, actuaron de forma incendiaria.
Mi primer cigarro
Oí la suave risa de mi padre
Parecía tan lejano y tan extraño
Sabía que yo sabía que él sabía
que había fumado mi primer cigarro.
Burlington Hawkeye, Cope’s Tobacco Plant
Por una de esas extrañas coincidencias que hicieron de Michel de Nostredame un nombre archiconocido, Nostradamus, «cum falsa damus», con señales de humo que nunca abolirán el azar, yo nací en Gibara, esa bahía que Colón llamó Puerto de Mares: exactamente el sitio donde Rodrigo de Xeres, un hombre todo humo, descubrió el fumar para Europa y el Mundo. (Es decir, para todo el mundo salvo el mismo Colón.) Pero no crecí en tierra de tabaco. Gracias a uno de esos accidentes geográficos que pueden ocasionalmente cambiar la historia, Gibara era tierra de banano, de caña de azúcar y centro turístico en verano. Todo menos tierra apta para cultivar tabaco. Mientras tanto, mil millas al oeste, en Pinar del Río, está Vuelta Abajo y todo lo que ese nombre conlleva. En cualquier caso, crecí en medio de una lucha encarnizada sobre el uso y el desuso del tabaco dentro de mi propia familia: padre en contra, madre a favor. Más un bisabuelo que fumaba puros en serie en serio como un carretero, una bisabuela que mascaba hojas de tabaco y su descendencia: un hijo y una hija que odiaban la mala hierba a muerte.
Mi bisabuelo nació en Almería, España, y vino a Cuba alrededor de 1870 para luchar contra las guerrillas mambí durante la primera guerra cubana de independencia. Permaneció en Cuba el tiempo suficiente para luchar en la Guerra Chiquita y llegar más tarde a ser teniente de artillería. Pero no esperó en el ejército a la Guerra Grande, la que desembocó en el conflicto entre Estados Unidos y España, la ocupación norteamericana de la isla y la posterior independencia de Cuba. Entre ambas guerras mi bisabuelo conoció a la que iba a ser mi bisabuela, oriunda de Bayamo, en la provincia de Oriente, y se casó con ella. Se asentaron en Gibara, una ciudad amurallada en la costa norte de la provincia.
Mi bisabuelo temió por su vida y su viuda cuando España perdió la última guerra, pero quedó realmente impresionado cuando la primera columna mambí entró en la ciudad. La dirigía un jefe de guerrillas que había nacido en Gibara, el general Sartorio, un hombre con nombre faulkneriano y que, además, se parecía mucho a Faulkner: bajo, delgado, bigotudo y un poco loco. Mi bisabuelo fue hasta la puerta a ver el desfile vistiendo su viejo uniforme español. Saludó a su superior y el general Sartorio, al pasar, alzó la mano derecha con profundo respeto. Este gesto hizo de mi bisabuelo un cubano de por vida, que adoptó tanto la política cubana como la forma de vida de los cubanos. Adopción —primero— que conllevaba el proselitismo para el general Menocal, su rival durante las guerras precedentes y que llegaría a presidente de la República y adopción, en segundo lugar, del perenne sombrero de hoja de palma y fumar tabaco. ¡Cómo fumaba cigarros! Desde que se levantaba a las cinco de la mañana hasta que se acostaba a las cinco de la tarde, todos los días de la semana. Solía fumar un tercio de cada puro dejando los restos regados por toda la casa. «Para luego.» Después se fumaba las colillas frías aunque siempre parecía que se llevaba un puro fresco a los labios. Su mujer, mi bisabuela, mascaba hojas de tabaco y encima iba por la casa cargando una escupidera de cristal como una joya opalina. Mi bisabuelo se quedó sordo como una tapia en la guerra pero eso no fue obstáculo para que blasfemara con su voz atronadora por todas partes. Mi bisabuela era una mujer menuda y pía, que solía pasar la mayor parte de la noche (tenía la desusada costumbre para una mujer de pueblo de irse a la cama a medianoche y despertarse a mediodía) susurrando plegarias a la Virgen y todos los Santos, y a Jesús también, ante su minúsculo y muy íntimo relicario. Ambos se llevaron estupendamente durante el breve período del día en que se veían el uno al otro, y a lo largo de la extendida duración de sus vidas: mi bisabuelo murió a los 103 años, y mi bisabuela vivió hasta los 91. Sólo tres sin su esposo blasfemo y fumador —pero no sin tabaco.
El hermano de mi abuela, mi tío abuelo Pepe Castro[7], creció odiando a Dios, al fumar en general y, en particular, a los puros. Odiaba tanto el tabaco que, cuando oyó que Hitler abominaba de los fumadores, ¡se hizo nazi! Para entonces ya era vegetariano y nudista y un genio loco: un inventor en pequeña escala que estaba siempre inventando (como la hélice para un barco de dos quillas) pero no creaba nada, ya que entre su pensamiento y sus actos siempre se interponía un abismo mental. La parte creativa de su mente es responsable de la construcción de un fonógrafo (él lo llamaba gramófono) para escuchar sus discos, mayormente ópera, mayormente Caruso. Pero terminó, una vez que hubo admitido que Hitler no podía seguir vivo, durmiendo en el suelo y alimentándose de raíces de batata, crudas. Vivió, no obstante, hasta los 87 años. Mi padre nació en las islas Canarias porque su padre era canario (quería que su hijo naciera donde había él llegado al mundo) y un loco de remate quien más tarde, después de regresar a Cuba, asesinó a tiros a su mujer y luego se suicidó, en una suerte de desafortunada representación de la tragedia de Otelo que salió mal. A mi padre no le gusta fumar y, a los 84 años, aún no lo hace. Es abstemio, comunista y viudo, y está ahora casado con una mujer a la que lleva treinta años. Mi madre, una belleza local durante los años treinta, fumaba un Camel displicente de vez en cuando por las mismas razones que la llevaron, después de haber sido educada en un convento, a convertirse junto con mi padre en una de los fundadores del Partido Comunista en Cuba: Moscú à la mode.
Las personas que más me influyeron de niño, mi padre y mi tío abuelo materno, eran fanáticos detractores del tabaco. Lo mismo que el tío abuelo de mi padre, un intelectual local tan austero que adoptó el sobrenombre de Sócrates. Aunque en algo, al menos, se desvió de Sócrates: murió soltero probado. En cualquier caso, fue un desafío a toda autoridad paterna que comenzase a fumar yo ya desde niño. Mi primer cigarrillo era una combinación entre el papelete primitivo y el cohoba indio: las hojas secas del árbol chamizo enrolladas en la página de un cuaderno de clase. Confieso que no tenía buena pinta, olía mal y sabía peor, pero el experimento fue todo un éxito: prendió, tiraba. O mejor, fue todo humo. La columna de humo que se alzó en el patio de atrás de casa resultó lo opuesto a una señal apache: me sorprendieron y mi padre me dio cuatro azotes. Mi madre me dio sólo uno: fue comprensiva porque sabía que fumar sería mi único vicio. Tenía ocho años por entonces y ya me relacionaba con las niñas de la calle donde vivía. Si Mozart componía divertimentos a los cuatro años, yo, con ocho, me divertía un poco más.
Pero tuve mi primera fuma, mejor y peor que una chica, con catorce años y cuando estábamos ya viviendo en La Habana. Había vuelto a Gibara de vacaciones (¿recuerdan el tradicional lugar de veraneo?). Era entonces demasiado viejo para un papelete hecho de chamizo a su sombra y demasiado joven para un puro, aunque ya estuviera al tanto de las proezas de Huckleberry Finn fumando. Pero no podía seguir los pasos de Huck y adentrarme en los confines con Finn: no tenía una pipa de maíz. Lo que había que hacer a mi edad en Gibara era fumar una marca local. Ni siquiera recuerdo cómo conseguí ese falso habano. ¿Lo compré? ¿Lo pedí prestado? ¿Lo robé? Seguro que no podía ser uno de los dormidos de mi bisabuelo, esas colillas pasivas por toda la casa. Pero fuese como fuese, allí estaba yo en julio, en mitad de la tarde, en el viejo parque Calixto García, ese militar bigotudo esperando por siempre un mensaje de los americanos: a message to García. A su lado hubo otro patriota, Donato Mármol. (Durante años, pensé que Donato era algún tipo especial de mármol, como Carrara.) Allí estaban García y Mármol, destellos blancos en el centro de la plaza verde, validos en la tarde estival, vaho malva: iba a añadir algo de humo al fuego del verano con mi cheruta. O eso es lo que pensé cuando encendí mi ur-cigarro y pasé a ser alguien: para poder distanciarme de los meros muchachos. Todo lo que recuerdo, posteriormente, fue como si una enorme mano invisible me agarrara del cuello, haciéndome vomitar la cheruta como si fuera una serpiente comida cruda en una pesadilla repentina. Después, caía violentamente del banco de mármol sobre un césped hecho de espirales verdes que se enrollaban convulsas en un miserable privado de lengua, de boca, de tripa: vomitaba.
Créanme: no existe peor resaca. Viene al instante súbita. Por supuesto, aún no conocía la regla básica para fumar, aquella que incluso Rodrigo de Xeres, ahí justo detrás de mí, más allá de la plaza y de los árboles exóticos, debió de aprender rápidamente de los indios. O sufrir el mareo que jamás sintió navegando por los océanos con Colón: no se debe inhalar. Bajo ninguna circunstancia, nunca, jamás[8]. De otro modo, las consecuencias pueden ser atroces, como si fumaras las hojas secas de la mandrágora negra. (Por cierto, esta planta, Solanum nigrum, es pariente cercana del tabaco.) Eso fue lo que hice. Me llevó al menos diez años recuperarme de mi resaca y su lección lacerante. Es bueno que un muchacho aprenda a ser hombre: o aprendes o vas directo a la senectud. Pero de volver trataría de no devolver.
Habían debido de transcurrir diez años, porque ahora tengo 24 y al final del párrafo anterior tenía 14, cuando me senté a mirar la televisión después de haber cenado, lo que raramente hacía: ver TV, por supuesto. Recuerdo que estaba fumando un Camel, algo que hacía a menudo aunque sin llegar a tener vicio. También había fumado lo que me deparaban una o varias pipas que tenía. Pero, por entonces, había dejado la pipa de la paz para fumar furiosos cigarrillos. Había dejado la cachimba (su nombre cubano, en realidad) por un adolescente canto de cigarros, y todo lo que quería entonces era ser un hombre. Pero mejor me daba prisa si no quería ser, como parecía la norma en esos días, un rebelde sin causa o, peor aún, un rebelde sin casa. Entonces llegó el anuncio, como la nieve en un paisaje tropical. Era un comercial tosco de H. Upmann, con un viejo actor melodramático en el papel del hombre más anciano del mundo, menos aciago del mundo: Santa Claus fumándose un habano en La Habana. Santa vino y se fue, pero el humo permaneció para siempre. Claus, con el acento cubano más dulce, había representado en blanco y negro al hombre más feliz.
Pero Santa Claus, en uno de esos trueques de la televisión, se parecía a mi bisabuelo. Me impresionó no solamente por el mensaje comercial que el actor presentaba tan astutamente como saliendo de la barba blanca y del pelo blanco y, por supuesto, del humo blanco: el humo que todo buen puro debe tener. Vano habano. Demasiado tarde. Había quedado enganchado para siempre. Di la bienvenida a la maldita mancha de la nicotina, al humo sólido, al fragante aroma de un puro: y al aplomo y la paz y la ponderación que ofrecía… ¿No eran ésas las virtudes visibles de la hombría? Enterré mis pipas y no volví a encender un cigarrillo. Desde entonces comencé a buscar lo que cualquier fumador de puros busca: la fuma perfecta, mi propio puro, mi vitola. Cuando la encontré fue por un momento efímero, casi por hechizo, y se llamaba Por Larrañaga. No sabía que nuestra cita sería un encuentro furtivo entre el humo.
Lo que Oscar Wilde dijo sobre la música es aplicable al tabaco: siempre te hace recordar un tiempo que nunca existió. Aunque en ocasiones ese pasado existió, pero ahora no se llama música, se llama nostalgia. Estaba ayer por la tarde en La Antigua Chiquita. Ayer era alguna vez en 1957 y era en la tarde. Era la tarde en La Antigua Chiquita. Pasó hace más de un cuarto de siglo, pero sigue siendo ayer porque, a diferencia de la música, por la memoria no pasa el tiempo. La Antigua Chiquita era un célebre restaurante en La Habana. Su nombre alude en realidad a que previamente había existido un restaurante llamado La Chiquita y el presente establecimiento era una nueva versión de la afamada fonda anterior.
Así que ahí estoy yo, en La Antigua Chiquita a las once y media de la noche pero, para mí, mi mundo seguía en la tarde. Llegué aquí después de haber visto el estreno de una película y dispuesto a escribir la reseña esa madrugada. Así es como era yo entonces: el hombre más peligroso de La Habana entre las 11.00 p. m. y las 6.00 a. m. —justo entre los ojos de la noche. O desde el FIN de una película hasta el momento en que llegaba el lechero. Había incluso elaborado un brillante Brillat-Savarinismo: una buena comida por la noche te sienta bien la mañana siguiente y ayuda a mantenerte despierto. Comer bien era el mejor recurso[9]. Así que pedí un filet mignon bien hecho, plátanos verdes fritos, ensalada de aguacate y mucha leche, como dijo Bob Hope, en un vaso sucio. Ahora ya estaba listo para permanecer despierto y escribir sobre la película que acababa de ver. O tal vez no escribir acerca de ella. A veces usaba todos los trucos a mi alcance para no escribir mi crítica, para no escribir mi columna, para no escribir nada. Entonces tenía que mirar primero las fotos de La Historia ilustrada del cine sonoro, luego las de La Historia ilustrada del cine mudo. Leía libros, libros inútiles que se llamaban El cine, de cabo a rabo, lo que no era difícil porque eran en su mayoría imágenes mil. Llegué incluso a leer el catálogo de la Biblioteca del Congreso americano con todos los copyrights de películas realizadas en cualquier parte del globo antes de 1929. Normalmente acababa escribiendo mi reseña que en general trataba sobre películas, aunque a veces se convertía, para las películas, debido a alguna extraña prestidigitación, en una quinta columna.
Fue en La Antigua Chiquita donde noté que la suela de uno de mis zapatos paraba en lo irreparable. No era fácil encontrar calzado de ante en los trópicos de antes. Aquellas botas mías habían sido compradas tiempo atrás en Nueva York, pero ahora mis zapatos mostraban señales alarm ante s de deterioro. Andaba tanteando la necesidad de unos nuevos zapatos de ante cuando el café llegó en forma de una demitasse. «Un puro de marca», le dije al camarero antes de que se marchara otra vez usando este típico tip de los habitués. En La Habana un puro es siempre un tabaco, lo de puro tanto el camarero como yo lo teníamos por exótico, de marca tanto como un marqués. La frase entera, vista desde mis espejuelos, se me aparecía entonces como un espejismo. Antes de que me viera reflejado en este retruécano visual, vino el camarero con mi marca usual: Por Larrañaga. Éste es un puro verdaderamente cidevant. O, si se prefiere, puramente ancien régime. Había sido condenado a muerte por la revolución y algún primer Robespierre, en cuyos hombros un Saint Injuste había colocado la première pierre del dogmatismo: había abolido la pequeña caja cuadrada y redonda y chata. El puro sin marca se desvaneció aquella larga noche: gentilmente, sin ruido, en el humo. Uno no debe olvidar que el dispositivo para cortarle la cabeza a un puro se llama también guillotina.
Allí estaba entonces, un cubano sin haber cumplido aún los treinta, sentado en La Antigua Chiquita, después de una cena en escena, fumando un puro y mirando a través de la ancha vía, la vieja calle Carlos. Esa avenida Carlos III que ya era una avenida cuando el rapé aún no era popular en la Europa del siglo XVIII. Justo al otro lado de la calle, oscura pero amistosa, estaba la Quinta de los Molinos, donde más tarde en el mismo siglo usarían molinos para picar las hojas de tabaco y hacer rapé, tabaco en polvo, picadura. Ahora pertenecía a la Universidad de La Habana y el bulto visible era el edificio de la Facultad de Cirugía Dental. Pensé que no había mucha gente en esa época que supiera incluso lo que era el rapé. Al menos, nadie en mi lugar: ya lo ven, no había mucha gente sentada en mi silla de La Antigua Chiquita aquella noche. Si iba a hablar acerca del rapé, sería el único en rapear[10].
Ahí estaba entonces en La Antigua Chiquita, fumando tranquilo y sin pensar de nuevo en el rapé. Tras el tabaco se me había olvidado hablar del tabaco en polvo y el tabaco de mascar. El tabaco mascado me ha asqueado siempre y el humo estaba ausente en ambos. Creo, con Casanova, que el mayor placer de fumar está, por supuesto, en el humo. Un cigarrillo es una partícula colgada de tus labios y la pipa es todo dientes apretados y ninguna furia. Pero un puro es como una pasión: primero se le prende, luego arde rojo, violeta, violento, virulento, luego crea ascuas y cría cenizas: una pasión consumida. Kipling se equivocó, un buen cigarro es una mujer y una mujer es una fuma. Una pasión hecha de esa hoja primitiva para arder en una llama menuda y luego abrazar ávidamente la brasa. Un puro es una mujer, ¡una fuma divina! Un buen puro es como un popurrí. Por eso vuelvo al origen: la música indirecta suena en todas partes. ¿Inventada tal vez por Wolfgang Amadeus Muzak?
Le acababa de pedir al camarero un Larrañaga. Me trajo de nuevo la familiar caja desnuda: no necesita de cromos ni estampas con el paraíso terrenal pintado encima. Decía, en letra iluminada, 25 aromas de Luxe. 1957 Crop/Hand-Made in Havana Cuba y encima, en la tapa, Marca Independiente y la característica rama de laurel rodeando el orgulloso nombre de la marca. El camarero había levantado la tapa ahora (como siempre) y extraído un mazo unido por un lazo amarillo que antes fue de seda y ahora es de raso o acaso nailon. Así que elegí a mi leal compañero de una hora. Son cigarros gruesos pero no obesos, ni largos ni cortos, y todos tienen el mismo color parejo. Esto significa que su tonalidad de habanos está incluso en todas partes, porque fueron hechos de hoja escogida. Este puro se acabó: tanto el fumado como el no fumado. Son visitantes de otra era: tan lejanos en el tiempo y en el espacio como un planeta distante que visitamos alguna vez. Sé que ya no los fumaré más. Nadie lo hará. Pero entre ese nadie y yo está el pasado, lo que puedo recordar, lo que de hecho recordé, lo que recuerdo ahora. Por Larrañaga: hechos por Larrañaga pero también, ¡por Larrañaga!, como en un brindis.
En La Antigua Chiquita un hombre nunca estaba solo cuando tenía un cigarro consigo. Le estoy pidiendo al camarero otro Por Larrañaga. Recuerdo esto ahora —es tiempo de volver atrás la banda. Di adiós, viajero en el tiempo, me dije, «haciendo esfuerzos espasmódicos para volver a encender su cigarro en la lámpara». Una llamada consumida: «Say I’ll be seeing you, Brick Bradford. Dis au revoir, Marcel». Di adiós, tú. Adiós tú.
Fumando mi puro proléptico me hago tantas preguntas como puedo responder cuando veo que mi puro ya las ha respondido todas.
Si puedes conducir en la carretera hacia el pasado (el pasado es 1955, año más año menos) en un Rambler, y dejando La Habana este viajero en el tiempo podría ir a través de la provincia en dirección oeste. Una vez que se cruzan los límites de la provincia de La Habana, podrías ir a parar a Pinar del Río. Allí, pronto estarías en la ruta del tabaco: ve al oeste, ojo joven, ve el oeste. Esa vía hespérida se llama en cubano Vuelta Abajo. Para cualquier fumador, nacional o extranjero, allí está la tierra donde crece el oro. En ningún otro lugar de Cuba es más sensual y sensorial el evidente tabaco. La mayor parte de la provincia se divide en vegas, algunas de ellas más conocidas que la provincia en sí, de la misma manera que un mero puerto como Burdeos se conoce más que el Departamento de la Gironda. (Lo mismo pasa, por supuesto, con los nombres de Sauterne o St Emilion, cerca del Garona, un río sin retorno.) San Juan y Martínez, cuyo nombre es la memoria de un par de lejanos colonos, un español llamado San Juan y un cubano de apellido Martínez, su socio: otra vez Pela y Panduca pero en el siglo XVIII. Ésta es una vega en vogue. Lo escribe Sydney Clark, en Todo lo mejor de Cuba: «En el pueblo tabaquero de San Juan y Martínez a muchos de los habitantes de aspecto humilde les va muy bien y muchos son ricos incluso para el standard de vida americano». (Esto fue escrito en 1955.)
El otro lugar incluso más famoso es Hoyo de Monterrey, que es lo que significa: un agujero en la tierra que perteneció a algún Monte Rey más o menos. En este hoyo y por alguna razón no revelada (con los puros todo es velo: debe de ser el humo: Pinar del Río fue la última provincia cubana donde el tabaco se plantó de forma sistemática) crece lo que incluso hoy en día, después de más de un error, es la hoja de tabaco que envuelve los mejores puros del mundo. Hoyo da a los habanos todo su buen nombre y toda su atracción.
Oscar Wilde ridiculizó la hospitalidad sureña dando parte a los ingleses, al volver a Londres de América, que, después de alabar la luna de Virginia, su anfitrión suspiró: «¡Ah, pero tendría que haberla visto usted antes de la guerra, señor Wilde!». Esta «tendencia a la melancolía» se puede aplicar también a los cubanos. Muchos exiliados (y bastantes habitantes de la isla) están prestos a jurar que el sol era más suave antes de la revolución. Esto podría asimismo ser cierto en cuanto al tabaco, la industria inmersa hoy en una de sus muchas crisis, en las que crece esporádicamente: ahora la hoja prospera, luego se hunde, después hay otra buena cosecha. Pero siguiendo esa carretera manchada de polvo rojizo encontrarías muchas vegas donde la planta crece bajo las condiciones más exactamente controladas.
Mirando el contraste a la Gauguin entre el verde lechuga de las hojas de tabaco y el casi rosado de la tierra, de repente te abruma lo inusual: el toque de lo surreal. Campos nevados eternos. ¿Nieve en los trópicos? No, blancura de nieve hecha por el hombre: acres de tierra cubana cubiertos con sábanas blancas, como inmensas camas para que los gigantes cansados duerman bajo el sol. Lo que Cristo hizo en Biscayne Bay en rosa, lo habían hecho varias décadas antes los cubanos plantadores de tabaco, sin tanta fanfarria ni fotógrafos ni de parte del arte. Al menos no lo llamaron arte, entonces. Lo hago yo ahora. Algunas áreas de la tierra de Pinar del Río están envueltas con estos enormes tapados durante la época del año cuando el sol es más duro. Son campos cubiertos con telas de holanda, que dan al paisaje una apariencia espectral. Es como si el Holandés Errante hubiera encallado en medio de un valle tropical en su búsqueda tras un cigarro mejor que los Schimmelpenninck que le siguen ofreciendo cada vez que pide un puro. Purito en este caso.
Aparentemente la luz vertical y violenta, filtrada a través de las sábanas de holanda dispuestas como un toldo alto, hace que la hoja de tabaco adquiera un color más suave. La hoja de complexión más clara se usaba para hacer un habano llamado —con cierta imaginación— rubio. Hasta Anita Loos sabía que estas rubias eran las preferidas de los caballeros americanos. Pero estos habanos oxigenados fueron también muy apreciados en el Berlín de Bertolt Brecht y Herr Isshevood. En Alemania, antes de la Segunda Guerra Mundial, hasta los cigarros tenían que ser arios. Aunque no se podía decir Heil Hitler con un tabaco en la boca. Pero tengo noticias para der Führer, que odiaba los habanos: curiosamente, la técnica del tapado de holanda la inventó un judío cubano llamado Luis Marx, más cercano a Groucho que a Karl: ambos Marx y ambos fumadores de cigarros. Luis Marx llamó a su invento «mi gentil red de mariposas», aunque en Cuba se conocían como mosquiteros. Tabaco al sol para el relleno, tabaco a la sombra para la capa. La mortaja da a algunas hojas de tabaco una palidez peor que la de la muerte: se convierte en un tinte verdusco velado. Entonces la hoja luce como el fin en el comienzo: es gris como las cenizas.
Pero Mad Marx, como le llamaban, no exageraba al demostrar tanto mimo por la hoja. El tabaco debe cultivarse cada año y, desde el momento en que se planta, su cuidado se convierte en un acto de amor intenso, aunque no siempre tenga buenos frutos. Un viejo proverbio de los vegueros reza: «Aquel que más mima más saca». Mimar aquí significa criar el tabaco «cumpliendo con sus deseos». Lo que la hoja quiere, la hoja tiene: para ser bien criada, Nicotiana debe convertirse en niña mimada. «Aquí el tabaco es mejor», decían en Vuelta Abajo, «porque es donde más se la consiente». Quizás. En Vuelta Arriba, en la región de Remedios, saben cómo cuidar el tabaco también. De hecho, ésta es la segunda tierra de cultivo sistemático más antigua de Cuba y brinda una hoja de buen cuerpo y sabor excelente. En cualquier caso, el tabaco de Vuelta Arriba sirve únicamente para tripa o núcleo del cigarro. Y hablando del cuerpo del cigarro, la tripa debe tener un forro para mantenerla en su sitio. Pero la parte esencial del habano —de hecho, de cualquier cigarro—, lo que le da su aspecto, su color y su tacto —su esencia—, es la cubierta. En Cuba se le llama capa, el manto que presta al puro toda su magia, su misterio —y su máscara, ya que te puede confundir. No es oro marrón todo lo que reluce. Si uno pudiera fumar palabras griegas, entonces la capa podría querer decir carisma. Las mejores capas provienen de la hoja cultivada en Vuelta Abajo, ya bajo las sábanas nevadas de Marx, ya bajo el fiero sol cubano.
En alguna ocasión, allá por la Nochevieja de 1933, una dama americana (¿joven?, ¿vieja?, nadie sabe ya) llamada June Giddings recibió una postal desde Cuba. Se la enviaba una tal Ruth Linn (¿señora?, ¿señorita?) que por aquel tiempo vivía en La Habana. Aparentemente fue escrita el día de Navidad y echada al buzón a la mañana siguiente. ¿O sería en la tarde? Sin duda llegó enseguida, ya que aquéllos eran los días en que el cartero llamaba mucho antes que ahora. También llamaba dos veces. La señorita Linn (prefiero recordarla así rubia, bella y soltera), en un español gramaticalmente defectuoso, felicita a miss Giddings (alta, joven, pelirroja, una mujer desenvuelta: me la imagino jugando al tenis en la tarde californiana) «Felices Pascuas y Año Nuevo». Pero la señorita Linn se toma el trabajo de escribir correctamente a ñ o, en español: viviendo en Cuba sabía la obscenidad que aparece sin la vírgula.
La misiva que recibe la señorita Giddings (si así lo hiciera) con la felicitación en español en su casa de East Colorado Street, Pasadena (¿el 13? ¿el 18?, el cartero, lápiz azul en mano bajo el cielo de lapislázuli, duda antes ante una dirección sin número: ¡ah, la indescifrable Ruth Linn!) es, incluso hoy día, de gran interés para nosotros. Si le das la vuelta a la postal (como debió de hacer miss Giddings) verás un paisaje de ciencia ficción: verde vegetación que crece apacible sobre la tierra roja, bajo un cielo nunca azul sino blanco. No es el clima nórdico sino el trópico, por supuesto. Cuba, de hecho. Es un techo artificial, hecho de tela: una cúpula perenne de sábanas blancas. La postal (otra vez vuelta) explica por qué. Dice en letra de imprenta: «TABACO CRECIENDO A LA SOMBRA —gracias a los toldos de holanda la hoja recibe un color suave muy apreciado por algunos fumadores». Después el redactor de la postal pasa de lo folclórico a la patriotería: «El tabaco cubano es sin lugar a dudas el mejor del mundo. Su sabor es inigualable». De pronto el patriotismo (que es la enfermedad senil del nacionalismo) no se convierte en el último reducto del granuja sino en la real morada del absurdo: «Muchos millones de cigarros se vendían (por unos descarados) en los Estados Unidos y en otros países bajo la categoría de habanos». (No creo que tenga que añadir sic.) Por último, hay una imitación del inglés que compite con el español espurio de miss Linn. Pero el inglés escrito por los redactores de la postal recorre un círculo que es, para mí, grato guiño: «Los tabacos de mala calidad ostentan nombres españoles que se imprimen en la caja, como un ganso cubierto de plumas de pavo real». Esto se llama, creo, toma, Tomás.
Y todo porque la señorita Linn envió esa felicitación de Navidad.
Entre la máscara o la cara de la capa y la tripa o zorullo está el capote, la hoja que conserva los intestinos. Como quien dice el peritoneo. Este saco vegetal contiene las entrañas pero es tan importante como la piel exterior, ya que en ocasiones ofrece al cigarro su sabor. El sabor es lo que importa en el habano y reside, puestos a localizarlo, en la tripa: la parte que más se quema. Pero es la capa la que garantiza que el cigarro arda. Cualquier cosa que le suceda a la capa (un corte, un agujero causado por un insecto, un descuido a la hora de quitarle la banda al puro) es un hoyo en esa capa de un caballero que no se puede remendar. O una herida que no sana. El puro, como una chimenea defectuosa, simplemente no tirará y tanto el humo como el aliento (del fumador) se saldrán al aire tibio de la tarde. Expertos ingleses aseguran que «se puede fumar un cigarro con la capa rota siempre y cuando el capote quede intacto». ¡Paparruchas! No hay forma de arreglar un puro con un hoyo, aun con un hoyito. He visto fumadores testarudos que, en vez de tirar su puro con un hoyo, tratan de tapar el boquete con lo que sea, desde saliva hasta cinta adhesiva —por gusto. El cigarro estaba ya sentenciado a muerte y ningún tipo de respiración boca a boca podría resucitarlo. Muerto al llegar.
Las capas perfectas provienen, naturalmente, de hojas perfectas. La punta del cigarro, un iceberg invertido, es menos de su décima parte y se le suele llamar la cabeza o perilla. La capa se enrolla en una espiral alrededor del cuerpo formado por la tripa y el capote. La capa procede siempre de una única hoja, pero las tripas pueden ser hechas con tabaco cortado o largas hojas unidas. La tripa y el capote se enrollan cuidadosamente, para que el lado suave de la capa quede siempre afuera, como una capa de lana que se viste al revés: lo que verán los otros es el satén carmesí. El oro está en el forro.
Las capas salidas del lado derecho de la hoja se colocan de tal manera en este universo simétrico nuestro que sus venas recorren el cigarro en una curva suave. Cuando las venas corren sobre el puro para colocarse en el lado derecho del fumador, tienes un derecho. En caso contrario, el cigarro se llama un zurdo. Corre la leyenda, en el oeste cubano, en Vuelta Abajo, de que los zurdos son los más rápidos en tirar. Si un cigarro ha sido mal enrollado, las venas de la hoja se enroscan a lo largo del cigarro como los postes de las barberías. En La Habana, hace ya años, a estos puros los llamaban, en broma, Venecianos. Algunos bromistas insistían en colocarlos en una caja en forma de góndola. Era entonces la alborada del gracioso.
Estas hojas exquisitas, parecidas a las de la lechuga, se recogen a mano, una por una, como la fruta madura más delicada, y se ponen a secar como los dátiles o las uvas. Pero eso no es suficiente. Según coinciden todos los expertos, las hojas del tabaco no tendrán entonces más aroma o sabor que cualquier otra hoja seca. Nicotiana tabacum, a pesar de su prestigioso nombre, será como las hojas muertas ante una ventana o que ruedan por el césped de cualquier jardín de Occidente en la hora última. Es la fermentación la que da a la hoja su sabor y el tabaco pasa, de ser yerba, a convertirse en la hoja más valiosa. Su peso verde en oro resulta insignificante comparado con su valor en diamantes después de que ha sido tratada —o curada. La cura es el secado de la savia de la hoja recién cosechada. Puede hacerse, parcialmente, en el exterior. El sol, entonces, realiza la cura, como en cualquier solario.
Para adelantar el proceso de fermentación o envejecimiento, la cura comienza tan pronto como los manojos (o mazos: ocho hacen un fardo) se amontonan en el suelo del almacén puestos a madurar. El almacén (en realidad más bien un granero) se llama casa de tabaco —y es, literalmente, el hogar de la hoja. Curar significa realmente una forma regulada de secar en el granero. El proceso natural conocido como sudado varía con el volumen y los cambios de temperatura y de la estación. Es entonces cuando la hoja experimenta una metamorfosis. Pero la transformación lleva más tiempo: mucho más del que el neófito (que, por cierto, significa recién plantado) pueda pensar. La fermentación requiere entre seis y doce meses, para algunos tipos de hoja con otras variedades puede durar desde ¡dieciocho meses a tres años!
El tabaco es un niño huérfano y requiere de hecho un delicado balance para ser criado. Si se fermenta demasiado poco la hoja pierde su aroma o su sabor. O ambos. Si el periodo de cambio es demasiado largo, el tabaco sufre para siempre un exceso de mimo —y no en sentido de cuidado o atención, precisamente. La analogía entre el cigarro y el vino, tantas veces hecha en el pasado, no se haya ahora tan lejos. No es de extrañar que se junten para la cena.
La casa de tabaco es, durante el día, un infierno. Dentro, la temperatura sube por encima de la resistencia humana y los vapores del tabaco son sofocantes: la hoja está sudando en silencio. De madrugada, cuando la brisa refresca el techo, si entras en la casa, te sentirás como un fogonero en su turno de noche. Cuando amaina el tufo del tabaco (o mejor, cuando te has acostumbrado) puedes ver las enormes sombras oscuras de los fardos desnudos, que esperan el siguiente amanecer para cocerse en su vapor, en un horno hecho de madera y hojas de tabaco. Luego sales a la noche, a los campos abiertos en Hoyo de Monterrey, para ver la luna y l’altre stelle. La luz lunar baña los campos de tabaco y las blancas sábanas de holanda son como la espuma de una ola pausada y silenciosa, mientras la brisa juguetea con los pocos árboles que la planta permite que crezcan donde reina soberana. Aquí la naturaleza se llama Nicotiana.
Al día siguiente la casa de tabaco, con su pared pintada de rojo burdeos y su techo cubierto de hojas de palma, vuelve a hervir bajo el sol vertical del trópico. Allí donde no existe la sombra y la insolación, como la sífilis hace tiempo, es endémica. A veces, a un lado de la hirviente casa de tabaco ves un cordero blanco, inmaculado. La casa, el cordero y los tapados de holanda son el paisaje del país donde crece el tabaco. Todo, más la luz de la luna, tras pasar por la fábrica, irá a parar a una cajita de madera de cedro, adornada con estampas variopintas y una marca y un nombre. Eso se llama un habano. Para aquellos que saben de puros, como algo opuesto a saber de tabaco, eso es la vitola. Recuerda esa palabra.