Puro humo
Puro humo » Nota Beníssima
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Lo que dijo Karl Marx sobre toda mercancía (que no puede ir por sí sola al mercado y por lo tanto debe ser llevada allí y el viaje será organizado por los intermediarios) se aplica también al tabaco: esta mercancía deberá ser repartida. El tabaco se lleva a La Habana generalmente en camión. En los cincuenta, la última vez que vi viva a Nicotiana, eran grandes camiones Mack. Luego vinieron los Pegaso españoles. Ahora todo lo que sé es que se conduce al tabaco en troikas por la nieve cubana. Pero nunca será transportado por tren de carga. No me preguntes por qué. La hoja tiene sus caprichos y he jurado guardar el secreto. Después de fumar el éxtasis sella mis labios.
El tabaco ya está en la fábrica y la hoja se librará del tallo gracias a la despalilladora. Luego será seleccionada por la escogedora. Ésta es también una mujer, como la anilladora, que coloca amorosamente la banda alrededor del cigarro. Igualmente echa cada puro en su caja a descansar —pero nunca en paz. Son, todas, mujeres cuya profesión se mueve alrededor del cigarro. Será bastante difícil, de todas formas, encontrar entre ellas a la Carmen cubana. Estas mujeres tienen un ojo penetrante para las tonalidades de la planta y son capaces de distinguir (y, en consecuencia, discriminar) no menos de sesenta y seis matices distintos de tonalidad en la hoja. Los ojos de la escogedora son tan valiosos como los de un tallador de diamantes— y no echa de menos la lupa. Ninguna escogedora puede permitirse que digan de ella, como de Carmen, que tiene mal de ojo.
Pero de vuelta al tabaco de Vuelta Abajo que reposa en la fábrica. Aquí volverá a transformarse de nuevo. Ahora comienza, per ardua, la última etapa en el camino hacia la fuma. Ésta es una verdadera metamorfosis que termina cuando un hombre despierta, para incorporarse soñando en la niebla al repetir con el poeta: «¡Dame ese cigarro espléndido!». Pero primero los expertos deben, nunca en silencio, hacer el cigarro. El general alemán Heinz Guderian dijo alguna vez que todos los técnicos son mentirosos, lo que puede ser cierto en cuanto a los diseñadores de tanques Krupt, pero los torcedores son magos, encantadores: magos encantadores. El torcedor, por cierto, no guarda relación con aquel toreador que se inventó Bizet cuando necesitaba una palabra más larga para dos compases de música en su marcha. El torcedor es nuestro hombre en habanos. Un tipo que trabaja duro. Nos lo cuenta García Gallo, antiguo torcedor convertido en historiador del cigarro: «A las siete de la mañana ya ha entrado en la fábrica. Dos minutos después de las siete ya se ha quitado la chaqueta y la corbata y se ha arremangado antes de ponerse a torcer puros». Luego se pone su delantal y se sienta en su taburete —y saca sus herramientas. Ya se ha traído consigo el instrumento más importante de su oficio: sus manos experimentadas. Ahora, de debajo de la mesa, extrae su chaveta— esto es en cubano el cuchillo del torcedor, pequeño y sin mango: casi como el Messer favorito de Lichtenberg. Sirve para cortar la hoja y moldear el cigarro, y es el menos ofensivo de los cuchillos, con la posible excepción del cuchillo de pescado. Después selecciona su gavilla o mazo de hojas, compuesto por veinticuatro hojas de capa y el tabaco de tripa necesario para la jornada. Comprueba también el olor, la consistencia y el sabor de la goma, por si se agrió durante la noche. Luego coloca el molde de madera que utilizará tras el entubado. Finalmente hay, sobre la mesa, un artefacto de nombre de espanto, la guillotina. Este artefacto se usa para decapitar la cabeza del cigarro después de que ha sido torcido. Es también una regla para medir el tamaño de cada puro: corte a la carta. Ahora el torcedor está ansioso por empezar.
Éste es Henry James sobre terapia de trabajo en grupo:
Lo mejor viene, normalmente, del talento, de los miembros de un grupo; todo hombre trabaja mejor cuando tiene compañeros que trabajan en la misma línea, estimulando la producción mediante la sugestión, la comparación y la emulación.
El trabajador solitario ha creado, por supuesto, grandes cosas; pero estas cosas se han hecho normalmente con el doble de penalidades que hubiesen requerido de haber sido producidas en circunstancias más amables.
Sobre Hawthorne
De todos los obreros yo me quedo con los tabaqueros. Los albañiles rara vez tienen los pies en el suelo, los carpinteros son terriblemente supersticiosos (no dejan de tocar madera) y los carniceros se rodean de chorizos. Únicamente los tabaqueros se fuman felizmente un tabaco mientras tuercen los propios —y los nuestros. Por otra parte, no sólo de pan viven los horneros y las lecheras cubren sus ubres. En cuanto a los barmen, me ayudan a matar el rato para darme matarratas mañana: así es como actúa el rico borracho de Luces de la ciudad (City Lights). Los toreros, es cierto, se romperán los cuernos pero ¿te echarán un capote? Finalmente, y en el caso de que no me crean, escuchen lo que tiene que decir sobre el tema H. L. Mencken: «Si los autores pudieran trabajar en fábricas amplias y bien ventiladas, como los tabaqueros, su labor sería inmensamente más luminosa». (El autor trabaja.)
Esto es lo que ronroneo junto a una botella de Bacardí, el ron cubano que, con el exilio, se ha visto forzado a convertirse en universal.
Para hacer puros en La Habana
Se emplea a los mejores obreros para las tareas más delicadas. Las variedades baratas son mucho más fáciles y un buen torcedor puede producir más de doscientos cigarros en ocho horas. Hay blancos, negros y culis, pero la mano de obra blanca es considerada con diferencia la más inteligente y la culi china la menos. De hecho se emplea a estos últimos para abrir los fardos y separar la hoja de capa de la tripa y a muy pocos de ellos se les permite torcer cigarros.
Los tabaqueros —al menos los blancos— son un grupo perezoso, indolente. Un torcedor trabajará hasta que tenga suficiente dinero para sus gustos inmediatos y dejará el trabajo hasta que se vea forzado a volver sin un centavo. Un torcedor joven, atractivo, ocupado en torcer el mejor tipo de cigarro, le señaló el propietario como un ejemplo curioso de este proceder. Trabaja cinco días a la semana, ganando una bonita suma de dinero. Cada sábado noche se pasa por una tienda de ropa, se compra un traje nuevo y esa madrugada se va a la costa o al río, se quita la ropa y se da un baño. Luego se pone el traje nuevo. Dejando el viejo comprado la semana pasada en la orilla y se va de farra hasta que se le acaba el dinero. Después vuelve al trabajo.
También hay mujeres empleadas en la selección del tabaco, pero están en otro edificio, ya que se descubrió que la coexistencia pacífica de los sexos no funciona igual en una fábrica cubana que en la atmósfera educada de un college de Nueva Inglaterra. Las hay de todos los colores, desde el blanco puro, pasando por cada variedad de crema y chocolate hasta el negro lucido que ensombrece los mejores esfuerzos de Day y Martin. Todos fuman, generalmente, los puros más fuertes. Al contrario del dependiente de una tienda de golosinas, que se atiborra al principio y después no se interesa ya más por el dulce, los hombres y mujeres de las fábricas de tabaco no pierden sus ganas de fumar… Estos cigarros los hacen aprendices cuya producción no es buena para el mercado.
The New York Sun, 1880
¿Es torcer tabaco un arte cubano? Tengo razones para dudarlo. Los puros pueden ser torcidos en casi cualquier sitio por casi cualquiera. Los canarios lo hacen, los javaneses también y los filipinos. Es, entonces, un arte isleño. ¿Bromeas? ¡Hasta las máquinas tuercen! Déjame que te cuente, limeño. En una ocasión visité una gran fábrica de tabaco (la llamaban la Gran Fábrica pero era La Corona). El enorme edificio estaba situado enfrente del palacio presidencial y desde sus arcos podías ver su augusta fachada y el famoso balcón político. Visitaba la fábrica después del asalto suicida contra el palacio en 1957, así que al entrar le salí al gerente con la pregunta de si habían tenido miedo por el ataque, y ver qué había pasado esa tarde en la batalla en la calle. «En realidad no», me dijo, «nunca pensamos que fueran armas de fuego». «¿Petardos?». Estalló: «Oh, no, cigarros explosivos». Tenía chispa. Me puse manos a la boca y le pregunté quién era su mejor torcedor y me señaló a un negro bajito con gafas que parecía Mahatma Gandhi con un Churchill en la boca. «Todo un torcedor cubano, ¿eh?», dije admirado. «De hecho», respondió el gerente, «es jamaicano». «Ya veo», dije. «Su nombre es Antonio Machín pero, para evitar confusiones, lo llamamos Machina.» Me agarró de la mano en un gesto de despedida: las carcajadas le impedían despedirse de otra manera. Mientras me iba de La Corona una gran nube de humo y risas me condujo hasta la puerta. Ahí fue cuando caí en cuenta del gran torcedor que era Gandhi. ¿Es el torcido humor de los tabaqueros un arte cubano?
El torcedor es un trabajador competente, altamente especializado. Aprender el oficio lleva su tiempo y el aprendiz, en sus cuatro años de entrenamiento, se siente a veces como un verdadero aspirante a brujo. Hacer un cigarro es un arte demoníaco, pero torcer tantos en un día de trabajo es absoluta magia. Considera que un largo (un operario experimentado que trabaja a toda velocidad) puede producir cientos de cigarros al día. Pero no todo se basa en la rapidez. Cada puro debe ser cuidado con una total perfección que no solamente implica longitud, forma y color, con la perilla perfectamente redondeada, cortada y sellada con goma, un adhesivo especialmente creado para los cigarros: debe ser completamente insípida e inodora y desvanecerse sin dejar huella cuando la perilla esté pegada —o apagada. Si el torcedor hace perfectos, el puro que se estrecha a ambos extremos, debe poseer las manos de un virtuoso: éste es el puro que, como la impura vela del libertino, se quema por los extremos. Finalmente está junto a otras veinticuatro idénticas fumas. Cada una está lista para ser fumada, para convertirse en puro humo. Uno debe recordar que este humo fue una vez un hombre. Eso, y también la vitola.
¿Qué pasa con la vitola entonces? Lo que el caballo de batalla en que el tío Toby siempre cabalgaba en Tristram Shandy es para el jamelgo corriente, incluso para Rocinante, es la vitola para el bouquet de cualquier vino —y para el puro en sí. La vitola «comprende un sentido de postura social», dice el ortodoxo Ortiz. «La vitola es la plantilla calibradora, pero en el fumador es también un rasgo de individualidad asertiva.» Vitola proviene, de entre todas las lenguas (¡quién lo diría!), del anglosajón wittol, y significaba una persona entendida, aunque no exactamente un sabio o un erudito. Está relacionada con el viejo nórdico vit y con el inglés wit: ingenio, agudeza, inteligencia. Pero wittol, en inglés anticuado, es el «hombre que tolera las indiscreciones de su esposa». Leopold Bloom en Ulysses, entonces, es el wittol judío y urbano. Regresa Bloom a la casa que no lo salva de la calle: el hogar es la infidelidad. Pero fue Bloom quien sentenció que «el puro tiene un efecto calmante». Para hacerle un mayor cumplido en sus formas fin de siècle o, más bien, esprit: «Narcótico». Más tarde en el Ulysses, cuando Bloom rechaza un trago (rechazar significa tomar distancia próxima), asoman las represalias irlandesas, «“Hola Bloom”, dice un ebrio al sobrio. “¿Qué deseas?” Bloom ni querría ni podría… Dice que bueno, que sólo desea un puro», que vuelve como un Bloomerang. «Ya, danos uno de tus infumables.» Ya, ya Joyce. Bla bla… ¡Bloom! No es de extrañar que al libro lo llamen Jewlysses.
Según Raymond Jahn en su Diccionario del tabaco, vitola «es el aspecto o la forma y tamaño del puro cubano». Ésa es su primera definición. La segunda es que una vitola (que siempre escribe con mayúsculas) «es también el molde o modelo de la forma y tamaño del puro». Demasiadas definiciones contrapuestas, creo. Pero luego va y dice: «En una colección de vitolas en una fábrica de habanos hay novecientos noventa y seis tipos diferentes» —¡y ya no queda ninguno como los diez negritos! Es obvio, la vitola es un concepto escurridizo que tiene en cualquier caso forma y figura, como la imagen del nuevo superhombre según Chesterton: la criatura que era tan singular que creó su propio canon. ¡Eso es la vitola! Lo que complica aún más las cosas es el hecho de que la vitola, en su origen, tenía que ver sólo con el aspecto visible de un puro. Con los años este concepto quedó atrás y ahora la relación entre la vitola y el puro es la de la metafísica con la física antes de Aristóteles.
Un par de cosas sobre las vitolas antes de dejarlas irse. Como don Fernando Ortiz escribe en su singular biografía de una dicotomía, Contrapunteo cubano del azúcar y el tabaco, que puede ser reducida a la armonía a dúo que existe entre el sigar y la sugar: «El tabaco nace para caballero…, va a cada paso ganándose títulos y distinciones por su color, por su olor, su sabor y su combustión hasta alcanzar la aristocrática individualidad de la vitola». Luego viene la marca que se desmarca, luego la banda. «Todo tabaco quiere buenas formas y distinguida figura, raza y abolengo, nobleza de maneras y vanagloria de blasón.» Después de esta parafernalia de cualidades aristocráticas no aristotélicas, el gran antropólogo determina sin rodeos que la vitola de un cigarro es su figura. «[n]o es tanto expresión de tamaño como de forma», dice don Fernando, utilizando el término forma como se usa en estética desde Platón. «Es forma del tabaco, pero al escogerla para sí, en ella busca el fumador un trazo de su propia compostura», que quiere decir también su impostura. «La vitola del tabaco», insiste, «es parte acentuadísima de la vitola del fumador». La vitola es algo más tangible que un hombre que fuma pero menos real que el humo: la medida de la inmortalidad de la vitola es como un velo pintado con tinta invisible: algo menos que la vida pero algo más que vivir. (Podría haber ilustrado este concepto con Churchill fumándose un Churchill.) La vitola no es como la Victrola, una marca registrada pero canta y calma como toda música —único vicio del señor Wilde.
Más tarde, Ortiz afirma: «Vitola es carácter». En su libro, el vivaz doctor Ortiz demuestra que todo el concepto del tabaco, desde la hoja al producto acabado y, por lo tanto, al fumador, es próximo a una tauromaquia, y que su terminología es parte y pariente del glosario de una corrida de toros y, por tanto, imposible de ser traducida. Ni siquiera Hemingway se atrevió a buscar un equivalente americano a cogida o cojones, por no hablar de la querencia del toro. El concepto de vitola se escapa no sólo de cualquier intento de traducción, sino también de definición y es como Louis Armstrong tratando de definir el jazz. «El tabaco y el ser humano tienen respectivas vitolas», dice el viejo Ortiz, queriendo decir el fumador, «y la vitola del uno busca su homóloga en el otro». O su igual, pero de la manera que lo pondría un Baudelaire platónico. «Dime tu vitola y te diré quién eres.» O la vitola o la vida.
Los puros deben ser del mismo tamaño que su vitola. Exactamente. Pero una de las contradicciones de todo cuerpo viviente (y los puros están todos vivos, incluso cuando aparentan estar muertos: tan sólo dormitan) es que no siempre son lo que parecen ser.
Hoy, en España, llaman vitola al anillo del puro. Incluso han acuñado el término vitolfilia para el coleccionismo de anillos de cigarro, lo que es tan popular aquí como coleccionar sellos en cualquier otra parte del mundo. Ese neologismo es un craso error, según Fernando Ortiz. «La vitola», afirma, «es la figura del tabaco puro, el anillo es sólo como su corbata de linaje». Con ello alude a los colores de la corbata de los colegios ingleses, tal y como se originaron en Inglaterra. Las anillos son, es evidente, otra cosa y tan exclusivas de los puros que no pueden compararse con las corbatas o los sellos. Las anillos tienen su mitología propia. Ya que la historia real del anillo es menos poética que la leyenda, uno duda entre la historia y el mito.
He aquí la leyenda. Los primeros fumadores de puros en Europa fueron los dandies ingleses. La leyenda, como muchos europeos, se olvida de que España y Portugal son también Europa. Así que un día (o mejor, una noche) los dandies notaron que sus inmaculados guantes color primorosa (amarillo claro) se manchaban con el sudor (marrón oscuro) de sus cigarros. De modo que pidieron a sus valets de chambre que colocaran un anillo de seda alrededor de cada cigarro, y que lo hicieran cerca del extremo de la boca para evitar los escapes del fluido pigmentoso. Ésta es la verdad. La Habana quedaba entonces definitivamente demasiado lejos de Londres para que esos dudosos dandies apremiaran a los torcedores cubanos a que recogieran el guante primoroso de sus caprichos. Además, la seda era entonces aún más cara de lo que es ahora. Por otra parte, los dandies de todas partes desaprobaban fumar pipa, que les parecía demasiado burgués, y se dieron al vicio de sniff rapé —lo que, al contrario de los puros, sí que podía manchar los guantes, los labios y las fosas nasales de estos dandies dudosos.
Y ahora, acerca de la famosa banda femenina. Según Sydney Clark, viejo conocedor, en su libro All the Best in Cuba, «las bandas de los cigarros tienen, curiosamente, un origen femenino, ya que fueron confeccionadas por primera vez —en La Habana— no como ornamento ni con el propósito de identificar nada, sino para permitir fumar puros a las damas españolas de alta alcurnia, sin que sus delicados dedos débiles se expusieran al contacto de la hembra con la hebra». Bueno, bueno. La banda de Sydney Clark ahora tiene su coda: «Gradualmente, la banda perdió su significado original y se convirtió en una suerte de heráldica».
La historia dice que un empresario europeo establecido en La Habana, Gustave Antoine Bock, quería que sus puros se vieran diferentes, incluso fuera de la caja. Ya que no podía alterar la forma o tamaño de su producto, creó una banda, que debería ser colocada alrededor de cada cigarro. Esto ocurría alrededor de 1830 (más o menos el año en que comenzó el declive del dandismo) y para 1884, la Unión de Fabricantes de Cigarros de Cuba adoptó la banda como una especie de orden de la Jarretera. Desde entonces, todos los puros, cubanos o no, lucen una banda. Bock, por cierto, sufría de lambdacismo y no podía pronunciar la «r» de cigarro. A sus tres mejores vitolas las llamaba «Mi santísima Tuinidad». Su tuibuto a la tuibu fue cuear la banda de los cigauos, expuesto a toda clase de chanzas y chances.
Ahora, otra denominación errónea. Tony Randall (¿o era Jack Lemmon: gentil o judío cómico?) le dijo una vez al camarero: «Un Corona Corona, por favor». Esa cosa no existe —y, no obstante, es muy posible que la escena ocurra en este lado de la pantalla. Corona es una marca de habanos que ahora no se fabrican en La Habana. Pero Corona no es un tipo particular de vitola. Un corona es, tan sólo, un puro largo, cortado en un extremo. El nombre, en un principio, viene de la planta, y significa las obras escogidas de la corona: las hojas superiores de la planta Nicotiana. Más tarde, un fabricante plebeyo se apropió del nombre regio. (Los fabricantes de puros siempre han sido propensos a la sicofancia, como lo demuestra el cigarro Churchill.) Más tarde, el puro se hizo popular en los Estados Unidos y se convirtió en sinónimo de un habano suave. Cuando un lego quería aparentar que sabía mucho, que era alguien y, al mismo tiempo, sonar sofisticado, siempre pedía un corona. Como Lemmon. ¿O era Randall? A veces, el fumador, un pisaverde, se hacía el hombre maduro y pedía, «Tráigame un Corona corona»— o un «corona Corona». La frase tiene el mismo halo de conjuro perfecto (otro corona se llama perfecto) que cuando James Bond pide, «Camarero, Dom Perignon», para demostrar más autoridad y savoir faire que si hubiera dicho, «Champaña, por favor». Pero el champaña es sólo un vino, como el Mosela, y no todos los champañas son Dom Perignon —aunque sucede algo parecido con los puros. Es como si, por pedir esa marca francesa, estuvieras requiriendo una Magnum perfecta de un blanco espumoso de cierta cosecha. Pero el vino solicitado podría ser tan sólo un vino spumante de Italia, ¡incluso un cava de España! Con los puros uno tiene que tener aún más cuidado cuando los pides. Esto es, si planeas fumarlo, recuerda que hay muchos tipos de cigarros— incluso explosivos.
Dejando a un lado la metafísica de la vitola, uno siempre debe fumar un puro en cuanto a su longitud y grosor: lo que podemos denominar su calibre. Este corona que conocemos, aunque no lo he dicho, es redondo y apretado. Fue, durante un tiempo, muy popular en los Estados Unidos como un puro hecho de hoja habanera clara. El perfecto es, habitualmente, un puro largo, y se estrecha desde el centro hacia los extremos. Hubo un tiempo en el que se lo consideraba la forma perfecta para un habano, de ahí su nombre. Panetela, bise, bizcocho, es un cigarro recto y largo, siempre proporcionado de diámetro, cortado en un extremo. Para ciertos escritores y cineastas, la panetela ha sustituido al corona como epítome de un cigarro. El parejo es un cigarro con el mismo grosor de punta a punta, con ambos extremos abiertos. El lonsdale es un cigarro redondo y prieto, más recto y estrecho que el corona pero más gordo que el panetela. El cetro, en el sentido de báculo o bastón, algunas autoridades en la materia opinan que viene de una corrupción de cedro. Es un cigarro que se conocía a veces como torpedo, santo de la devoción non sancta de algunos personajes turbios en época de la Prohibición: en los claustros clandestinos se permitía fumar, pero no se fomentaba el humo. El petit cetro (o cetro pequeño casi en francés, una lengua bastarda que en ocasiones preferían los fabricantes de cigarros) es, como su nombre indica, un cetro pequeño. El demitasse es un corona pequeño. El doctor Pretorius, ese monstruo delicado, fumaba uno cuando fue interrumpido de forma tan incivilizada por el más magnífico monstruo de Frankenstein. Pretorius debería haberle ofrecido un Churchill a la criatura, pero aún no se había creado. El Churchill, por cierto, es un lonsdale gordo y pesado, mientras que su contrario, el margarita, es un puro muy muy pequeño. Es tan pequeño como un cigarillo, pero conserva toda su vitola. El punchito es el clown consorte, la pareja cómica de la margarita, amargo rito.
Los fabricantes de puros los clasifican también de acuerdo a su textura y color. El oscuro es un cigarro endrino, casi negro. El maduro es de una tonalidad entre marrón y oscuro. El maduro colorado es marrón sombrío. El colorado claro es un puro marrón claro. Los productores de puros en el exilio llaman al colorado, rosado: una versión más clara del rojo. El doble claro parece un lagarto: ¡es verde! Fue, alguna vez, el puro elegido por los americanos como «nuestro cigarro» —el green go. No se le debe confundir con el puro verde que es el puro que acaba de salir de la fábrica. A veces, se le llama fresco. Aunque no en Europa, donde un puro fresco es un anatema: el excomunicado.
Ahora ya sabes, o deberías saber, todo acerca de la metafísica de un puro y casi todo acerca del tabaco físico. Elige tú, que escribo yo. Después de seleccionar el puro que gustes, esto es lo que debes hacer para fumarlo comme il faut. Pero antes, un mensaje de tu amigo el fumador de puros. La mayor parte de los consejos que siguen, han quedado obsoletos por un único absoluto: el preservativo de celofán, adoptado en los años cuarenta como, de hecho, el condón de los puros.
Así es como Raymond Chandler se desenvuelve en La ventana siniestra (también conocida como El doblón de los Brasher):
Volví a mirar a Breeze… Tenía uno de esos cigarros envueltos en celofán entre sus gruesos dedos y estaba cortando el celofán con una navaja. Lo observé quitar el envoltorio y decapitar el extremo del cigarro con la hoja y guardarse la navaja, después de haber limpiado el filo con tiento en sus pantalones. Lo vi prender una cerilla de madera y encender el puro con cuidado, moviéndolo alrededor de la llama y luego alejar la cerilla del cigarro, aún ardiendo, y aspirar el puro hasta que decidió que estaba bien encendido. Entonces sacudió la cerilla y la dejó junto al celofán arrugado sobre la superficie de cristal de la mesita de cóctel… Cada movimiento había sido exactamente igual que cuando encendió un cigarro en el apartamento de Hench, y exactamente igual a como sería cada vez que encendiera un cigarro. Era ese tipo de tipo, y eso le hacía peligroso.
Sí, esos tipos del celofán son peligrosos. También lo son sus puros. Altamente inflamables. Al menos, el celofán suele serlo. Es por ello que las Autoridades Sanitarias advierten celosas que los puros no deben ser encendidos hasta que se les quite la vaina de celofán.
En cualquier caso, jamás emules a Louis Jourdan y dejes que tu querida te elija el cigarro en Maxim’s. Incluso si su arte y maña le pertenecen a papi. Procura evitar que haga ella el numerito que Leslie Caron hacía en Gigi[11]. Olvídate del referente, incluso si ocurría en el París de finde-siècle. Me refiero a cuando ella escogió un puro de la caja (era un etui de abigarrada caoba: sí, lo recuerdo muy bien) para acercárselo a su precioso lóbulo y rodarlo entre el índice y el dedo gordo para escuchar —¿para escuchar qué demonios? ¿Termitas del tabaco haciendo un turno de noche en Maxim’s? ¿El sonido de un cigarro al quebrarse entre los dedos de una mano femenina? (En el oficio a esto se le llama «oír a la banda». ¡Bravo!) Miss Caron, una Gigi graciosa, parece alelada sólo porque estaba enamorada. Las instrucciones de Colette para ella en la novela eran: «Deja que intente enseñarte a elegir el puro de tu hombre». (Aunque Madame Sidonie dijo songer, soñar, en vez de intentar: el francés es una lengua metafórica.) Colette era, ciertamente una escritora delicada pero nadie, incluso una femme fatale ficticia, puede predecir cómo va a salir un puro antes de que se fume. Puedes elegir tu cigarro con la vista (color), con el tacto (piel suave) y con el olfato (aroma), pero eso es todo— y es todo lo que hay que hacer con él antes de ponértelo en la boca y encenderlo. Espera, espera. Otra cosa más que puedes hacer con tu puro antes de dejar que Gigi te lo encienda. Puedes perforarlo —por la punta[12].
Un proverbio de Confucio afirma que donde hay humo hay fuego y donde hay fuego habrá siempre un chino. En Cuba, el refrán reza: «Donde hay un buen puro, hay un buen fumador». El tabaco es el opio del señor, la religión del rico. Pero en La Habana hubo un tiempo en que un habano era el incienso de todos. «¿Cómo es que los salvajes de todo el mundo», se pregunta Cyril Connolly en La tumba sin sosiego, «con distintos climas, descubrieron en tundras heladas o en selvas remotas la única planta, indistinguible de tantas otras de su especie, que podía, mediante los más elaborados procesos, extraerles fantasías, intoxicación y liberarlos de sus cuitas?». Luego se responde a sí mismo Connolly: «¿Cómo, a no ser que la planta misma ayudara?».
Connolly está hablando de la adormidera (no es el apio sino el opio), pero esto es tal vez lo que ocurrió con el tabaco. La hebra deseaba que sus hojas fueran cogidas y escogidas y después de secas, convertidas en un rollo, luego que una hoja mayor envolviera ese rollo para ser encendido y, finalmente, fumado. No se sabe cómo sucedió realmente: no tenemos más que humo y conjeturas. Pero sabemos que el caballero europeo no descubrió la planta o sus hojas, sino un cigarro ya enrollado «como un mosquete» y encendido y fumado por el behique (el mago), el cacique y unos cuantos indios bravos de la tribu. La operación, desde el descubrimiento del tabaco hasta los ur-puros fumados, debió durar cientos, miles de años. Éste fue el regalo más inusitado para los visitantes europeos, a excepción de Colón. Antes de que los españoles descubrieran el tabaco en América, nadie había fumado en el Viejo Mundo —excepto las chimeneas, por supuesto.
Nunca se hizo un puro «en los muslos de bellas negresses / que los torcían como si fueran caresses». Si te acuerdas, en el artículo de 1880 del Sun de Nueva York no se aludía en ninguna parte a dulces negritas torciendo suspiros y sus puros entre los muslos, pero este minucioso corresponsal americano en La Habana aporta un dato curioso: «El cigarrero toma de su cadera la tripa de tabaco necesaria para hacer un puro… Muchos cigarreros retuercen el extremo en la boca, y éste es en especial el caso de los negros contratados aquí…».
En realidad, la primera mujer que trabajó en una fábrica de tabaco lo hizo en 1878 y no como cigarrera[13]. Era blanca como la cal. Otra leyenda sobre la fuma que se esfuma. Ésta quizás fue urdida por algún ur-freudiano tras conocer que los puros los torcían las manos peludas de hombres fornidos en la tierra del mucho-macho. Esos objetos oscuros, fálicos se hacían para acabar en su mayor parte en las bocas masculinas. (Una desgracia según el punto de vista de otros hombres.) El canard de piernas desnudas de Próspero Mérimée fue copiado por todo escritor que añorara los trópicos y desease pasar unos cuantos días tranquilos en Cliché. Pero en La tragedia de Carmen, eso es lo que encuentra don José cuando se aventura dentro de la fábrica de tabaco y mira en el interior: todas las cigarreras en paños menores, ya que eran gitanas. En Sevilla, como en el resto de España, sólo se desventran así en la alta sociedad. Fue entonces que don José vio clara a Carmen: la bella bestia desvestida. Los malos (o picantes) lectores del relato pusieron el resto. Leí una versión de Carmen cuando tenía doce años —y desde entonces he estado asomándome a las ventanas de las fábricas de tabacos cubanas. Todo lo que vi fue una teoría de tipos sudorosos, peludos y en camiseta. ¡Era, está claro, el humo del mito!
La visión en verdad increíble en las fábricas de habanos no era la de atractivas mulatas, por no hablar de negras, torciendo en sus muslos panetelas, sino la de un grupo de unos 200, 300, 500 hombres trabajando en silencio total en la atmósfera sofocante, mientras al fondo de la sala enorme, encaramado en un pedestal, un hombre leía un libro, con voz firme y resonante. Este hombre era el lector de tabaquería —el lector, para abreviar.
La fábrica es siempre una nave enorme o un hangar con altas ventanas abiertas: la planta aparece sostenida por columnas y amueblada con innumerables mesas. Sentados en las mesas hay, digamos, quinientos torcedores. En un extremo de la fábrica hay un hombre parado frente a un atril o sentado ante una mesa. Es nuestro lector. Su trabajo consiste en leer en voz alta mientras los torcedores trabajan. Antes del advenimiento de los sistemas de amplificación lo que se buscaba en el lector era su fortaleza vocal. Si su voz podía llegar hasta el final de la sala, el puesto era suyo. Se pensó por un segundo que la radio volvería al lector un objeto obsoleto. Pero la lectura en las fábricas de tabaco tiene una tradición más lejana en el tiempo que las ondas inalámbricas en el espacio.
La idea de leer libros con voz tronante a otros hombres no fue original de Mr. Bock ni de Herr Upmann. (Herr Upmann con un Baedeker, Mr. Bock con un anillo.) Todo comenzó en una prisión de La Habana donde un alcaide ilustrado redujo a los presidiarios con el sonido de la campana de Hugo sans merci en Nuestra señora de París, leída en español. Las lecturas solían incluir los diez volúmenes de Los miserables, la saga incesante del preso evadido y su sombra. (¡Vaya lectura de prisión!) En ocasiones en esa culta cárcel cubana en vez de siesta tenían Sue. Pero debemos recordar que incluso Marx leyó las novelas del autor de El judío errante y las elogió tal vez demasiado. (Otro evidente mystère du peuple.) Un emprendedor empresario de tabacos, Jaime Partagás, copió la moda del preso sufrido, y desde entonces todo fue leer y cantar. Pero no fue un tipo llamado Sue (Eugène) quien se benefició ahora sino Victor Hugo, hélas! Su Notre-Dame es un favorito de siempre de los torcedores románticos. El amor no correspondido del jorobado por la gitanilla aún repica en las fábricas de tabacos de La Habana como una campana en una catedral, pero a nadie le importa el autor de Los misterios de París. Sucede que, al ser consultados, los cigarreros sueltan un «No me suena».
Ahora, lo mismo narrado de otra manera.
Dice García Galló, antiguo oyente, en su Biografía…
La fábrica está en silencio. Sólo se oye el golpeteo de cientos de chavetas al unísono al golpear la superficie de las mesas. Todas las conversaciones finalizaron al tocar la campana el presidente del comité de lectura. Un lector profesional se ha llegado al atril situado en medio del taller. Desde allí, y con una voz más o menos sonora lee los periódicos… Durante intervalos matinales, que duran unos tres cuartos de hora, sólo lee la prensa de la mañana. Hay otros dos intervalos en la tarde… Durante la mayor parte del tiempo, durante el primer y segundo intervalo de lectura, se dedica a leer obras literarias… que van desde la novela erótica como las del Caballero Audaz [seudónimo de un tal José María Carretero], Pedro Mata o Eduardo Zamacois… novelas de usos y costumbres, novelas de aventuras, tratados científicos, tratados filosóficos y cosas así: desde Julio Verne [en la tarde del Freuday, sin duda] a H. G. Wells hasta don Miguel de Unamuno y Gorki, desde La máquina del tiempo hasta Así habló Zaratustra: todo se cuece en la tarde del sabat en esa olla podrida. Pero son los hombres del taller, y no el lector, quienes deciden qué libros se leerán[14]. Para elegirlos, el presidente del comité de lectura va de mesa en mesa tomando nota de los libros que haya propuesto cada torcedor, escogedora o despalilladora. Lee la lista en voz alta y escoge un primer título haciendo de nuevo la ronda por las mesas. Los dos libros que hayan recibido un mayor número de votos se exponen a un nuevo referéndum, y el ganador final se convierte en libro a ser leído.
Prosigue García" Galló:
El taller costea la paga del lector, después de una colecta que el presidente realiza cada sábado… Uno de los lectores más conocidos de su época, Leopoldo Tejedor, se convirtió en actor sobre un escenario legítimo… Otro lector fue Víctor Muñoz, el afamado periodista que estableció entre nosotros el Día de las Madres. Los orígenes de esta institución sorprendente se remontan incluso hasta mediados del siglo XIX. [La lectura para los torcedores, no el Día de las Madres.] Se fundó por primera vez para los reclusos torcedores de las galerías de la cárcel de La Habana… El primer taller de tabaco en el que se pagó al lector fue El Fígaro donde, en diciembre de 1865, llegaron a un acuerdo para que uno de ellos fuese un lector pagado gracias a una cuestación. Unas semanas más tarde, don Jaime Partagás seguía el ejemplo.
Fue el primer manufacturero importante que hizo tal. Incluso les regaló un atril a sus cigarreros. Fue en Partagás donde el secretario de Estado norteamericano, F. W. Seard, que visitaba Cuba por aquel tiempo, supo del método, lo vio en la práctica y le encantó. Todas las fábricas de puros de La Habana habían adoptado el sistema para 1866.
Las innovaciones vinieron después. La primera radio de galena que se instaló en Cuba en 1923 era propiedad de la fábrica de tabacos Cabañas. Hoy en día el lector usa micrófono y altavoces. Se acabaron los voceadores que un visitante entusiasta, Sydney Clark, vio y oyó, como nos lo cuenta en All the Best in Cuba:
Sin lugar a dudas, el elemento más interesante del circuito del tabaco para un turista corriente es el espectáculo del lector pagado que entretiene a los trabajadores leyéndoles en voz alta con su propio «clamor». Lee durante tres horas al día y «ya tiene que ser bueno» ya que sus propios compañeros le pagan… En las salas en las que predominan los hombres, el lector ofrece un discurso sorprendentemente sólido que incluye noticias… e incluso clásicos de España y Cuba, sin omitir la poesía, algo imposible de imaginar en una fábrica americana pero que resulta totalmente natural en Cuba. Las muchachas trabajadoras, especialmente las strippers (que no desnudan sus cuerpos sino las hojas de tabaco —de sus tallos no deseados) prefieren las novelas románticas, por lo general del tipo más pegajoso.
Empezó el efecto, en efecto, en una prisión de La Habana a mediados del siglo XIX, con un preso leyendo Don Quijote a sus compañeros de celda: los libros, entonces, eran pocos y los prisioneros muchos. Al principio, el lector, como en la cárcel, se sentaba a un mismo nivel que los otros trabajadores, pero luego se le ocurrió a Partagás, emprendedor fabricante de origen catalán, que se subiera a un podio. En general el lector leía primero los periódicos matutinos y libros por la tarde, por lo común aquellos que estaban considerados como obras maestras literarias, como las novelas de Galdós y, más tarde, Zola. Los libros predilectos que se leían una y otra vez eran Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, y de Dumas El Conde de Montecristo —de ahí la famosa marca de cigarros que demostró ser un tesoro mayor que aquel que encontrara Edmundo Dantés en la isla. Dumas y Zola fumaban puros, y les habría entusiasmado saber que sus escritos, aunque traducidos, inspiraron a muchos cigarreros a crear obras maestras destinadas, quizás, a convertirse en poéticas espirales de humo en sus bocas. Zola habría encontrado esta revelación superior a la de les cuisses de négresses nues. Dumas estaba encantado de que su fabrique de romans sirviera a una fabrique de cigares. Cuando Hugo supo que sus novelas eran leídas en voz alta a los trabajadores de una fábrica de tabacos en La Habana, mandó un carta de agradecimiento a Partagás. Ésta fue leída a los torcedores y creó, en retorno, una correspondencia circular. Cuando se desató la primera guerra de independencia cubana, un grupo de madres cubanas en el exilio le escribieron una carta a Hugo, suplicándole que intercediera con las autoridades españolas para poner fin a la carnicería— la pluma entonces tan poderosa como la espada. Hugo, que sabía lo que significan el exilio y la lucha armada, escribió un opúsculo político en forma de una «Carta a las madres cubanas», que circuló entre los exiliados cubanos hasta el fin de siglo.
Ahora esta carta política ha sido olvidada, pero no las novelas de Hugo. Como la radio, la revolución vino y se fue, pero los torcedores permanecieron. Después de 1959, el régimen de Castro usó a los lectores como una fuente de lo que creyeron que sería propaganda subliminal. Castro pensaba quizás que el humo de sus puros iba a ascender en forma de hoces y martillos en algún club capitalista. Pero los torcedores se volvieron sordos, nada interesados en escuchar los mismos eslóganes comunistas una y otra y otra vez, sin final. Peor aún, tenían que oír novelas soviéticas acerca de planes quinquenales con el mismo héroe positivo, novela tras novela, aplastando una conspiración capitalista. Al final, un Hugo triunfante volvió en forma de Quasimodo, pero no con Los miserables, donde el ubicuo policía Javert persigue sin descanso al antiguo campesino Valjean, en una historia continua de penuria y revueltas. Esas páginas eran, tal vez, demasiado ejemplares para ser leídas en voz alta a los trabajadores cubanos más alerta y mejor leídos, dicho esto sin intentar ningún juego de palabras. Aquéllos a quienes José Martí, en Tampa en los 1890, aclamó como «intelectuales que trabajáis con las manos». Ellos eran los cigarreros de Ibor City[15], todos exiliados.
El mejor ejemplo de un lector de tabaquería europeo se encuentra en Nunca la olvidaré (I Remember Mama). Aquí, un inglés, Cedric Hardwicke, antes de haber sido nombrado caballero, entretiene a una familia escandinava pobre, que no puede permitirse otro tipo de diversión que que les lean un libro, en el San Francisco de comienzos de siglo. El pedante sir Cedric (un lector implacable, impecable) mantiene hechizado a su público que escucha sin querer, con sus lecturas de un éxito seguro y lacrimógeno, Historia de dos ciudades. De hecho, Historia de dos ciudades era una lectura favorita para los torcedores más duros hasta que Fidel Castro prohibió que se leyera a «los verdaderos torcedores revolucionarios». Sydney Carton, seguro que recuerdan, fue un contrarrevolucionario y un mártir. ¿Quién podría encontrar un héroe peor dentro de una revolución?
Esos días se nos fueron. Ahora, el lector ante el micrófono lee las Obras completas de Fidel Castro. En su mayoría discursos leídos una y otra vez en la radio, en televisión, en mítines masivos: por toda Cuba. Presencié este último avatar del lector en un programa de Thames Television de 1984, filmado un año antes en La Habana. Al final de cada discurso (o del aliento del lector), se oía un sonido anómalo, anormal, como una marea de olas de metal que rompiera dentro de la fábrica. Eran los torcedores, golpeando las mesas con sus chavetas. Todo ello se veía y sonaba como un flujo influjo de cuchillos. Era, sí, un sonido fascista, que surgía de entre las hojas apacibles: fascismo en lugar de placer.
Antes de salir a la venta y ser vendidos y ser comprados, la mayor parte de los puros se colocan en un receptáculo apropiado. Muy frecuentemente, éste es una caja que no se parece en nada a un ataúd y, no obstante, no es muy distinta a la caja que a veces habita Jack el del resorte y los sortilegios. Esas cajas se adornan siempre con litografías eficaces, llamadas cromos. El cromo es una de las dos modalidades artísticas nacidas en Cuba —la otra es la música afrocubana[16]. Este arte visual, procedente del siglo pasado, cuando muchos artistas europeos visitaron la isla exótica, tiene una connotación obscena en una nana francesa, «A Cuba il n’y a pas de cacao». Ellos, en conjunción con los artesanos locales, posibilitaron la aparición de una revolución callada en el arte de la litografía comercial. Dice Samuel Feijoo, un campesino convertido en poeta, hablando sobre los cromos: «Nadie sabe que el tabaco ha creado un estilo en litografía, una nueva expresión artística».
La caja de puros se hace siempre de madera de cedro, aunque estos días te puedes llevar un mal chasco y encontrar una caja de sorpresas sin Jack, con cartón que parece auténtico hasta que lo tienes en la mano. Hubo un tiempo en el que el cedro de la caja era cubano, ahora probablemente proviene de bosques de cedros en lo más profundo de Honduras: doble tautología. Una vez que la caja de cedro está lista para ser engalanada, el especialista viene a vestirla. Se llama fileteador, y su actividad se semeja a poner papel pintado en una casa de muñecas. En el mundo del puro, sin embargo, su oficio es más artesanía que mero pegar papel: el fileteador debe realizar su trabajo dentro de la pequeña caja. Los cromos se pegan a los lados y en la tapa, pero también van dentro. La litografía del reverso de la cubierta, llamada vista (o sea: paisaje, pero también perspicacia), se empareja con un cromo que cuelga de un lado de la caja, una especie de tapa interior. Esta hoja última no debe imprimirse con mucho relieve, como lo están los otros cromos de la parte de fuera, incluso la vista. La interdicción es obligatoria. De otro modo, si el diseño tuviera un dibujo en relieve, podría imprimirse en bajo relieve en la capa (la hoja es así de sensible y delicada) de la primera fila de cigarros que yacen en la caja, cuando la tapa se clava finalmente para cerrarla y su contenido queda confinado al fondo. De no hacerse de este modo, acabarías teniendo un puro con vistas.
El anillo, a pesar de ser lo último que se le añade al cigarro, debe retirarse primero, digan lo que digan los connoisseurs espurios. Douglas Sutherland, el ur-historiador, afirma en su pretencioso librito The English Gentleman que «la mayor parte de los caballeros fuman puros, pero ésta es una práctica que tiene sus trampas». Luego reaviva esa vieja superchería acerca de las bandas de los cigarros. Eran, originalmente «colocadas alrededor del puro por el manufacturero, con el fin de proteger los guantes blancos de los caballeros de las manchas de nicotina»[17]. Mr. Sutherland continúa diciendo que, en la actualidad, sólo los caballeros más reaccionarios y los corredores de apuestas siguen sin quitarle la banda a sus cigarros. Pero aquellos que no dan su brazo a torcer (espero que sea el de la mano del cigarro) son «aquellos que quieren aprovechar su dinero, fuman su tabaco hasta el final». ¿Bola o bala? Esta afirmación tiene tantos prejuicios como uno de los epigramas del señor Sutherland, que tanto parece apreciar por su desprecio: «Los negros comienzan en Calais». Esto lo dijo un inglés en un día de lluvia.
Habiendo nacido al oeste de Calais, y siendo de tez oscura, trataré de explicar por qué las bandas de los cigarros no deben ser confundidas con otro tipo de bandas, incluidas las bandas de metal. Es debatible que la banda del puro fuera creada por un dandi, o por alguien que quisiera iniciar una moda o por un cigarrero. Pero la clave de la cuestión reside en qué hacer con la banda antes de encender el cigarro. No fue otro que Stéphane Mallarmé, poeta precioso y preciso, quien se pronunció sobre el tema: «Qué volupté», usó este vocablo baudelaireano, «cuando almorzaba con mi padre chez Bignion o chez Paillard, y al final de la comida nos traían unas cajas de puros chispeantes». Aquí Mallarmé otorga al cigarro la cualidad del champaña (y ya Farquhar dijo del champaña: «¡Mira cómo alborea y sutiliza en la copa!»), incluso cuando aún está en la caja: «Clay, Upmann, Valle[18], y en esas cajas pude evocar los futuros ballets de bellas bailarinas, con sólo despojarles de la banda como primer cosa —ya que así debe hacerse». Bague ta littérature!