Puro humo

Puro humo


Puro humo » Nota Beníssima

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Ginger Rogers bailando con Fred Astaire eran la Bella y la Brisa. Pero Ginger, por sí sola, nos convirtió a todos en pigmaliones: era, en efecto, una estatua animada. En Ardid femenino (Vivacious Lady), la muelle y mansa Ginger canta y baila en una secuencia al antojo de las lentejuelas, con la que podría conmover a un indio de palo hasta las lágrimas. El título de la canción es You’ll Be Reminded of Me. La melodía es corriente, pero la letra es para siempre:

Mi frágil mano besaste

y en el dedo me insertaste

el anillo de un puro

de 18 quilates.

Hay que tener un corazón de fría ceniza para no recordar a Ginger cada vez que le quitas la banda a tu puro. Le Bon Bock no podría haber imaginado que estaba creando un anillo de petición de mano exquisito, cuando inventó una banda para casar a cada fumador con su cigarro —y con Ginger en sus sueños. ¿Podría ser éste el comienzo de una bella amistad, Ginger y Freud?

El dandi de los poetas franceses, Baudelaire, no se pronunció acerca del anillo de los cigarros porque no se usaban en su tiempo. Una pena. Beau Brummel jamás escribió nada y Oscar Wilde, en el otro extremo del siglo dandi, prefería fumar cigarrillos, incluso en el escenario: caros Fátimas con filtro de oro que fumaba sólo cuando no se los podía permitir. (Oscar dijo inclusive: «El cigarrillo es el placer perfecto: estimula pero no satisface».) ¿Qué debe hacerse, cuando no hay ningún dandi enguantado que nos muestre el camino? Puedes dejar la banda, por supuesto, si quieres enseñar lo que fumas, preferiblemente una marca cara, incluso cuando el puro ya no es bueno —como sucede ahora con Partagás, que son puros en su mayor parte hechos a máquina pero duros y primitivos y virtualmente infumables. Por otro lado, si no quieres ir por la vida de nouveau riche, puedes arrancar la banda— y tirarla. Pero lo mejor, la regla de oro, es convertirse en un vitolphile y guardar la banda para siempre, después de haberla tomado del cigarro. O todo lo contrario: guardar la banda y tirar el cigarro al cenicero más próximo. En el pasado, las bandas solían vestir (para ser extirpadas posteriormente) la vera effigies de aquel fumador in excelsis, el rey Eduardo VII o, como en el caso del Príncipe de Gales[19], un gilipollas. O un déspota o dos, desde Bismarck hasta el Kaiser Wilhelm, ambos arcaicos. ¡Ah, qué días aquéllos, cuando la banda del cigarro sonaba a gloria! Pour la gloire!

El Hombre Invisible tenía un problema con los puros. Era un problema común. Era un aficionado impenitente, aunque fumar podía ser muy malo para su cuerpo junto con la lluvia y la nieve: se volvía algo visible en la neblina del cigarro. Pero solía decir que fumar era un «regalo bendito», y siempre exigía un cigarro tras una comida copiosa. Era, en aquel momento, cuando cometía el peor crimen posible: «Mordió ferozmente el extremo», Wells escribe tan acertadamente, «antes de que Kemp pudiera encontrar un cuchillo», lo que tampoco estuvo muy bien por parte de Kemp. Era en esas ocasiones que el Hombre Invisible «maldecía cuando la hoja exterior se despegaba». Claro, por muy invisible que fuese podía ver que el cigarro se había arruinado. Otros hombres, muy visibles, habían hecho lo mismo —y, lo que es peor, continuarán haciéndolo, como un Don Juan patoso, espantoso arruinando virgen tras virgen.

En el arte de fumar, no hay asignatura más difícil de aprender a cortar el extremo del cigarro. Si juzgamos por lo que la mayor parte de los hombres puede hacerle a un puro antes de encenderlo, como le ocurría al Hombre Invisible, es un verdadero milagro que podamos verlos fumar. Si les decimos lo que anda mal, lo más probable es que recibamos, como le pasó a Kemp, un desaire del Hombre Invisible: «¡Por Dios, déjame fumar en paz!».

El principio físico que nos permite fumar un cigarro es muy simple —una vez que se conoce. Como sucede con la mayoría de los problemas físicos, no es fácil encontrar una solución a menos que lo meditemos tanto como, por ejemplo, Newton meditó la gravitación— incluso Newton necesitó una ayuda caída del cielo. (O de la mata.) Un puro se enciende, se mantiene ardiendo y echa el humo según el mismo principio que opera en una chimenea. Rodrigo de Xeres no andaba tan descaminado cuando le habló a Colón de los hombres-chimenea. En las chimeneas, la naturaleza se encarga de echar el humo: es el viento en forma de corriente de aire. En cuanto a los puros, el hombre (o la mujer, véase George Sand) debe asumir el papel de Eolo —y echar humo. Como una chimenea, el puro debe ser construido (en este caso, torcido) con la idea de que el tubo (o caña) debe resultar de una pieza y lo suficientemente apretado como para evitar cualquier tipo de filtraciones o brechas. La boca de la chimenea es el extremo del puro. Cualquier agujero realizado en el cigarro puede desembocar no sólo en pérdida de humo, sino en la incapacidad del fumador para sorber el humo. Una vez encendido, no se debería dejar que un puro se apague: eso es todo lo que necesitas para ser (o al menos sentirte como) alguien.

Pat O’Brien, un policía de la secreta en un garito clandestino de Chicago en Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot), usa su placa para agujerear su puro. Le hace un orificio con el alfiler de la insignia, lo enciende —y en vez de humo revela su secreto.

Allí donde llaman al viento María, al puro lo llaman Polifemo, debido a su único ojo. Pero para adentrarte en tu puro —largo o corto, gordo o delgado— tienes que hacer un corte en uno de sus extremos, preferiblemente el ciego: Polifemo desatado. Esto permitirá que tu habano (o lo que fuera) se convierta en una chimenea horizontal, que es como De Xeres describió a Colón la cosa humeante ésa. Para declarar abierto tu puro, puedes cortarle limpiamente la cabeza, practicar una mella o hacerle un agujero. Si el agujero abierto es demasiado grande, la mayor parte del puro, sea rico o pobre, se saldrá. No sólo tripa, sino parte del capote, incluso la capa quedarán sueltas. ¡Catástrofe! Si el agujero es demasiado pequeño, como el practicado por un alfiler (véase O’Brien), el humo se verá forzado a atravesar una salida demasiado estrecha, algo peor que un Camel pasando por el ojo de una aguja. Muy pronto advertirás el sabor amargo de la nicotina en tus labios y en tu boca. Eso significa que la apertura es, sencillamente, demasiado pequeña para el puro, que está de forma clara siendo exprimido como una naranja con la fuerza de cada inhalación. ¿Has probado las naranjas agrias? Son acíbar.

Si no, siempre puedes morder el extremo con impaciencia y escupirlo, como hacía Edward G. Robinson cuando interpretaba a gángsters cascarrabias. O Paul Newman en el juez Roy Bean, que lo escupe en la pradera para que corra como si fuera hierba rodante o tumble weed. De hecho como hierba que rueda ardiendo. Filo de Lima, el manicura, informa que la princesa Margarita se conoce otros métodos al dedillo y usa sus uñas laqueadas. Pero aún no ha notificado si fuma puros, puritos —o incluso si fuma cigarrillos en cadena.

En cuanto a otros tipos de cortapuros menos exclusivos que las uñas reales (acaso sus filos sean más pronunciados) puedes adquirirlos en cualquier estanco. Está el émbolo, que puede extraer un limpio pedazo de tu caro puro. Está también la guillotina (desestimada en general por los Capeto) y la tijera suiza —con ginebra—, que pueden darle un buen tajo al puro para que tire. Y, por supuesto, siempre tienes el corte tradicional en forma de V, llamado así porque practica en la cabeza del puro una incisión como una V. (Éste era, por cierto, el corte favorito de Churchill durante la Segunda Guerra Mundial.) Por último, también está el perforador, que suele ser de oro o plata cuando una simple puya de madera podría servir. Pero puedes comprárselo al puro que lo tiene todo.

Nunca muerdas el extremo del puro para escupirlo fuera del encuadre, como hacía Murray Hamilton en El graduado (The Graduate), donde interpretaba a Mr. Robinson, un hombre desgraciado por Dustin Hoffman y sus maneras con los puros. Si haces lo que hacía Hamilton, no sólo tienes visos de acabar como un cornudo magnífico, sino como el alcalde alicaído de Amity en Tiburón (Jaws), con un gran escualo royéndole su cargo como roía él la punta de su habano. Los puros, ya sabes, pueden ser pura metáfora.

O eso es lo que pensó S. J. Perelman en El último (Der Letzte Mann), del habano de Groucho Marx: «Con la deliberación de un cortador de diamante, Groucho mordió el extremo de su puro y, acercándole una cerilla, exhaló una nube de humo. “Apesta”, dijo y se levantó». Groucho, deja que te diga, no hablaba de la calidad del puro sino del guión de Perelman para Pistoleros de agua dulce (Monkey Business), que Groucho llamaba Donkey’s Business. Groucho, según su productor Herman Mankiewicz, era un «Hebe con un puro». Un Hebe es, con desprecio, un judío. Groucho, por supuesto, era uno de ellos. Pero también lo era Mankiewicz. Y Perelman. Simplemente tratan de hacernos gentiles a nosotros.

En Prisionero del odio (Prisoner of Shark Island) James Stephenson, gobernador militar de una colonia penal infame, corta negligente la punta de su puro con —¿qué otra cosa?— una guillotina de juguete. Más en apuros que en puros Herbert Lom (cuyo nombre real es Angelo Kucacevich ze Schluderpacheru) es el inspector jefe Dreyfus, superior sufrido de Clouseau, solía emplear una guillotina para cortar la cabeza de su habano. En una ocasión, de puro fallo, no halló el dedo. La película se llama, de mala manera, Disparo en la oscuridad.

Ahora algo del folclor —los viejos cubanos solían insertar un palillo en la punta de sus puros, como si arponearan una ballena muerta y prieta. (Esta costumbre tal vez originó el brissage, un puro largo y enjuto con una paja en la embocadura y a lo largo del centro.) Otros, acaso para aliviar el dolor de su captura, solían hundir la punta del puro en una demitasse, para hacerlo más dulce y dar al café un ligero sabor a tabaco. Estos sibaritas de la vieja Habana están hoy tan olvidados como los balleneros de Nantucket. Pero algunos fumadores eran más drásticos que otros. Isa Whitney, por ejemplo, en “El hombre del labio torcido”, solía mojar su tabaco en láudano. Según el doctor Watson, así fue como cogió el vicio del opio. Whitney, no Watson.

No fue muy lejos de Baker Street que encontré el punzón de puros perfecto, a pesar de la plétora de viajantes que querían satisfacer mi ansia de un cortapuros. «Un cortapuros es el mejor instrumento para decapitar un puro», proclamaba un vendedor en la sucursal de Dunhill en la galería Burlington. Tras su voz astuta se escondía una oferta que uno debería repeler. Me alejé de allí despacio, siempre lo hago. Pero el verdadero hallazgo se produjo en una pequeña tienda en una de las esquinas de la galería. Un bello póster de Puros Romeo y Julieta, impreso en La Habana alrededor de 1930, embellecía el establecimiento. Medio siglo de miradas, ojeadas y elogios no había mermado su esplendor del Renacimiento, anuncio del Art Nouveau.

Le pedí al vendedor que me dejara ver un pequeño utensilio escondido en el escaparate. Hablando con un fuerte acento húngaro y oliendo a ajo (¿esperaba acaso al Príncipe de las Tinieblas a mediodía, día por noche, convertida la galería en un paso del Borgo obra del hombre?) el comerciante sólo para caballeros no sabía cuánto podía costar ese pequeño tirebouchon. Ni siquiera podía aventurar para qué era. ¿Tal vez para la más pequeña botella de vino? ¿Para limpiarse las uñas? ¿Era acaso un mondadientes? Cuando le dije que en realidad se usaba para practicar un orificio en los puros, me habló de la forma más burda: «¡Pero qué capcioso!». Para extirparle de la mano el utensilio tuve que usar el sacacorchos del dinero: me costó 16 libras, IVA incluido: mi aprecio un obvio precio húngaro. (El verano pasado vi el mismo adminículo en Barcelona y el comerciante catalán quería solamente el equivalente a 35 libras, seguro que para hacerle un agujero a mi bolsillo, no a mi puro.) Ahora, saliendo de la tienda londinense casi escurriéndome, con esa sensación de mercado negro que sólo ofrecen las gangas, el robo legal, me afané en llegar hasta una joyería cercana donde me incorporaron el utensilio de plata a la cadena de mi reloj. Ahora desde el bolsillo de mi chaqueta penden el uno del otro: el agujete del puro y las agujas del tiempo.

Bien, antes de fumar tu puro, tienes que hacer algo de veras importante: debes encenderlo. Hay más de una manera de hacer las cosas, como enseñan los japoneses cuando sirven el té de acuerdo al Zen. Para encender un puro siempre necesitarás el «fuego prometeico». Hoy en día puedes tener, de forma literal, a Prometeo en la punta de los dedos. Puedes encender tu puro con una vela, una cerilla o un encendedor. Hace 25 años, lo del encendedor habría resultado tabú. Usaban gasolina como combustible y el olor de la bencina impregnaba el sabor del puro. Hoy, la mayoría de los flamminaires usan gas inodoro y resultan tan primorosos y pulcros como sugiere el vocablo francés. Pero en mi opinión nada aventaja a una cerilla, ni siquiera un golpe de viento que no abolirá el sur. De hecho, fue fumar que creó la cerilla, una inversión de Prometeo.

Alfred G. Dunhill te ofrece en The Gentle Art of Smoking un breve repaso de la historia de la cerilla, desde las pretéritas yescas hasta el puro que se enciende a sí mismo: esta panetela Brunilda siempre se inmola. Las cajas de yescas (a veces tan pequeñas como una cajita de rapé) originaron la voz inglesa match, que viene del francés mèche, mecha. Pero fueron los alemanes quienes inventaron la ur-cerilla, un cero a la izquierda ante la Wehrmacht que creó el lanzallamas. Más tarde y, por accidente, se descubrió el fósforo en 1670 —la única fecha precisa en la historia del humo puro desde el descubrimiento del tabaco el 4 de noviembre de 1492. El fósforo fue el punto de partida del «fuego instantáneo», y como una suerte de son et lumière, de Francia vinieron los luminaires. Podías guardarlo en el bolsillo para encender tu pipa o tu puro o incluso para prenderte fuego, como le sucedió a Angelus Bulnes, poeta cubano y fumador asiduo, alrededor de 1950. (Bulnes se convirtió en un bardo bonzo por el hábito de meter pulero las cenizas ardientes de su cigarrillo en la caja de cerillas.) Luego vino la «caja de fuego instantáneo» en la que se impregnaba de clorato potásico y azúcar de remolacha la punta de la cerilla, acaso para estar cerca del contenido de azúcar de la hoja de tabaco. Hubo otras cerillas durante el siglo XIX, más o menos experimentales, más o menos perfeccionadas. Una imagen del progreso de la antorcha de bolsillo la encontramos en la demostración que Ray Milland le hace a John Wayne en Piratas del mar Caribe (Reap the Wild Wind) cuando ambos trataban de encender una cerilla ante la azorada Paulette Goddard, bajo la supervisión del dios de Cecil B. de Mille, productor con chispa divina.

Para entonces los alemanes habían inventado el Dobereiner Lamp, o ur-encendedor, mientras que los ingleses se aferraban obstinados a su arma de la cerilla que había que encender. Más tarde, como en una sucesión de ráfagas de fuego, vendría la cerilla de fricción, luego una imitación con un gran nombre, Lucifers («Ex fumo dare lucem», dijo un diablo menor) y la cerilla de fósforo por fricción llamada Congreve, tan volátil como un diálogo de este autor. La Fuzee estaba diseñada «especialmente para encender pipas, incluso puros», y a posteriori el Vesuvio en erupción para encender tu puro y hacer que cada fumador se convierta en alguien. Esto, como el Lucifer metafísico, era azufre prometido, fuego sobre la tierra. Nadie sabe de los desvelos del hombre para encender un fuego, ahora que vivimos en el tiempo de la electrónica y el cuarzo. Al final llegaron las Vestas, cerillas normales aunque parecían ser el infierno privado del caballero inglés en su cielo doméstico. J. M. Barrie, el menor de todos los grandes escritores ingleses de del siglo XX, en My Lady Nicotine (el más espléndido título de todos los libros que fuman) afirma que un caballero debe siempre encender su puro con una Vesta: «Toma, coge una Vesta. ¡Préndela y sé un caballero!». Nonsense. Cualquier cerilla sirve. Para encender tu puro, no tienes más que decir: «Fósforo, cerilla: Match me, Sidney» —y tener tu puro a punto. Burt Lancaster, cigarrillo en mano, decía aún menos en Chantaje en Broadway (Sweet Smell of Success). Miraba a Tony Curtis a los ojos y murmuraba suave: («Dame candela»). Thomas Dekker vaticinó así en el siglo XVI: «Match me in London», dijo. La mejor manera de abrir fuego que se ha visto en la pantalla la acometió, la cometió Lauren Bacall en Tener y no tener (To Have and Have Not), su primer film. Lo encendió cuando dijo: «¿Alguien tiene fuego?». Y se encontró con que Humphrey Bogart sí que lo tenía.

Saki, ese genial (tanto en el sentido de la palabra en español como en inglés), amable narrador, murió en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Sus últimas palabras registradas son «¡Apaga ese maldito cigarrillo!». Inglaterra (y con ella el resto del mundo) confía en que ese maldito cigarrillo fuera encendido, como el de los otros dos implicados, con la misma cerilla. Al menos eso es lo que afirman los supersticiosos. Por supuesto, para que esta creencia se diera, se necesitaron tanto un cigarrillo como una cerilla. No siempre estuvieron al alcance, se sabe, al menos no hasta el siglo XIX. Por eso se afirma que esa superstición nace en las trincheras de la primera Gran Guerra. Pero no es cierto. Tanto la frase como el fatal tercer cigarrillo y la única cerilla asesina los inventó Ivar Krueger mucho antes de la primera gran guerra. Krueger no estuvo ni en esa guerra ni en ninguna otra. Nació en un país europeo que se mantuvo neutral durante las dos guerras mundiales, aún incluso cuando la primera tuvo Europa como único escenario. Krueger era el rey sueco de las cerillas y se inventó la superstición para vender más cerillas. Saki, al que un tiro le atravesó el cráneo «mientras descansaba en un cráter poco profundo», hecho por una bomba, probablemente nunca pronunció su famosa última frase. Lo más seguro es que no dijera nada. Murió, pero no por su patria, sino por un anuncio sueco,

Diez años después de que Saki muriera tan de repente, Von Sternberg pudo mostrar en Los muelles de Nueva York (The Docks of New York), ayudado por sus tres actores (de Clyde Cook a George Bancroft a Betty Compson), con cuánto esmero mostraba la idea del truco de la cerilla: puerto, yerto, muerto. Incluso Betty, esa pobre mariposa nocturna, a punto de perder a Bancroft, su esposo de una sola noche, cuando ve la oferta fatal de una llama para tres camaradas, la sopla, para amonestar a Cook: «¿Me quieres traer aún más mala suerte?». Esto es, en sentido femenino, una reacción desesperada contra el destino, como lo fuera de forma militar la frase inmortal de Saki.

Pero incluso treinta años después de la muerte de Saki, se estrenó Tres vidas de mujer (Three on a Match), la historia de tres mujeres que se vuelven a encontrar por primera vez desde la infancia, para comer en la trinchera de una cafetería: al mostrador. Tras el café (por aquel entonces nadie fumaba entre plato y plato), tientan al destino encendiendo tres cigarrillos con la misma cerilla —y entonces, lógico, se arma el pandemonio. La película muestra la guerra en el mostrador. El único fósforo es ese foro gafe.

Tú, compañero resuelto, tú a quien nadie mancilla, cuídate de los tres pitillos con la misma, única cerilla.

Kenneth Fearing

Lo último en cerillas se encuentra ahora en el mercado del fumador. Es una cerilla de madera de cedro, sin sulfuro, «especialmente diseñada para puros». Ha habido, en el pasado, intentos de crear el puro perfecto que se encendiera a sí mismo. Como un puro explosivo, pero sin la broma. Con la máxima seriedad Dunhill, los creadores del mechero de gasolina, comunican que esos intentos, incluso hoy, «prosiguen —sin demasiado éxito, como parece». El cigarro con ignición propia, como una cerilla, «se prende cuando se frota contra una pared del paquete». Debe ser un cruce entre una caja de puros y una caja de cerillas. Es, entonces, encender una cerilla. O bien como hiciera el más ardiente de los Marx, Harpo, en Sopa de ganso (Duck Soup), para encender el puro del embajador Trentino: utilizaba un soplete. En el estanco de Robert Lewis, ofrecen sin recargo una caja de cerillas, supuestamente de H. Upmann. Son largas y de color marrón. Todas muestran una leyenda («Estas cerillas están especialmente diseñadas para los amantes de los puros»), con la famosa firma de Herr H. Y no están hechas en Cuba, ¡sino en la vecina India!

Mientras tanto, allá en el rancho grande, otros jinetes fumadores prefieren la cerilla fiel, fiable, que se enciende sobre cualquier superficie. Estos fumadores se llaman Gary Cooper, John Wayne, Randolph Scott, James Stewart y final, fatal, Clint Eastwood. Todos ellos podían encender una cerilla en cualquier sitio: en el pulgar, en la calva del villano vencido, en el trasero audaz de la corista. Igualitarios que eran, también en la brillante silla de sus propios Levi’s. Así, con el mínimo esfuerzo y el mayor descaro, fueron capaces de prender sus tagarninas, solos ante el peligro del río Bravo. O de cualquier otro sitio. La única pega es que este tipo de cerillas no sería inventado hasta 1890, tiempo después de que se conquistara el Oeste.

Así como bandidos en un western nuestros flamantes héroes están a punto de fumar, si también lo estás tú. Pero una última cosa, antes de que enciendas tu costoso puro. (Hoy en día todo es tan caro que da miedo: lo que este país necesita es un buen puro de cinco dólares.) Nunca, por favor, nunca hagas como Gigi. No coloques tu cerilla o tu encendedor inodoro bajo el extremo de tu puro y lo ases hasta que esté, como la boca de una chimenea, todo negro anda lleno de hollín. Ésa es una buena técnica para hacer arder tu cigarro (obviamente, un De Xeres en la hoguera), pero no para encenderlo. Si quieres arruinar un puro caro, anda, hazle un Gigi.

Esa demi-mondaine francesa es una Circe de los puros. Pero si lo que quieres es fumar, enciende tu puro como un cigarrillo, sólo que un poco más de tiempo. Mantén la llama bajo la cabeza y aspira hasta que veas que el extremo más lejano del puro se pone rojo. ¿Eso es todo? Eso es todo. Entonces tu puro brillará y pasará a ser, como lo puso Otelo de forma tan certera y placentera, el instrumento de tu gozo. ¿Por qué tanto Otelo? Bueno, es el único personaje de Shakespeare que se habría fumado un puro de hacer sabido cómo.

En Persecución (Pursued), un joven Robert Mitchum ve a Dean Jagger con un puro sin encender en la boca y se apresura a ofrecerle fuego: uno debe respetar a sus mayores. ¿Correcto? No, no es correcto. Jagger le guarda rencor a Mitchum y a los de su calaña y en la partida, más que como Dean —comodín—, se comporta hiriente como un as de pique. ¿Falso? No, cierto esta vez. Un hombre no debe ofrecerle fuego a otro hombre que intenta encender un puro. Incluso si, como en el caso Mitchum versus Jagger, uno de ellos es más joven que el otro. Encender un puro es una actividad altamente personal y nadie tiene derecho a inmiscuirse con su fuego y sus modales. La cortesía quizás sugiera lo contrario pero, cuando se trata de puros, cada fumador debería ser una isla en sí mismo. Nada de ese trato mutuo de los encendedores de cigarrillos: si me rascas la espalda, te rasco la tuya. (En este caso, si me enciendes la corona, te prendo la panetela.) Los cigarrillos son aves de paso, pero los puros se guardan. Aquel que conserva un puro sin encender en su boca puede que no sea el guardián de su hermano, pero lo es ciertamente es de su llama.

Una pregunta más urgente ahora es: ¿cuándo, incluso si puedes, debes fumar? Como sucede con la mayoría de las preguntas más cruciales, hay más de una respuesta. Primero, debo señalar que, a pesar de que todos son fumables y se fuman, los puros no son ni cigarrillos ni pipas y, definitivamente, no son puritos. Puedes fumar, a tu albedrío, tres paquetes de Camels al día, incluso si para el ocaso sientes la boca más seca que un desierto y toda el agua que llegas a beber no es un oasis suficiente. Pero nunca llegarás a fumar una caja de puros al día, ni qué decir dos. Existen, por supuesto, fumadores como Churchill o Fidel Castro que fumaban sin parar. Churchill era el único fumador capaz de fumarse a sí mismo: sólo fumaba Churchills. Fue como Chateaubriand, aquel que comía el bisté que lleva su nombre: un caníbal onomástico, sin duda. Pero, según testimonios fiables, a Churchill nunca le dio por comerse su nombre de pila, ni mucho menos por fumarse un cigarrillo Winston. Pero fumaba sus puros hasta la mitad: «I smoke the Church part and leave all the ills for the next day».

Una vez, estaba con Fidel Castro en una visita relámpago a un rancho de ganado en una isla de la costa oriental de Cuba. Cuando cayó la noche, y me dispuse a ver un western en la televisión. Castro entró en la habitación a ver la película y, de inmediato, preguntó: ¿Alguien tiene un tabaco? Yo tenía cuatro habanos en el bolsillo de mi camisa, muy visibles a la luz de la luna en la pradera. Así que le dije que tenía. Tenía que hacerlo. A medida que se metió en la historia de vaqueros cantantes y diligencias y sus capataces, Castro me pidió un segundo puro. Luego el tercero. Afortunadamente, yo sabía que Caravana de paz (Wagonmaster) era el western más corto de Ford: no llega a los noventa minutos. Pronto acabó. Castro se puso de pie, sus metro ochenta todo uniforme y pistolas, y comentó: «Demasiadas canciones y pocos indios». Todos estuvimos de acuerdo. Nuestro primer ministro era también nuestro primer crítico de cine. También llevaba la voz cantante, por supuesto: nos hizo convertir la habitación en un coro cubano. Por suerte esa noche estaba cansado y se fue a la cama seguido de sus guardaespaldas. Pero, antes de salir, se me acercó y dijo: «Veo que queda un indio». Señalaba a mi bolsillo y no a mi cabeza: quería decir mi último puro. Se refería a él como si fuera otro apache. «¿Te molesta si me lo prestas? ¿No te importa, verdad?» Para nada, comandante. Rendí mi último puro. Cuando salió con el Por Larrañaga prestado que nunca me retribuyó, me volví hacia el televisor. Estaba apagado pero, a su alrededor, estaban las colillas de los otros tres puros por el suelo, consumidos casi sin haber sido fumados. Obviamente, los primeros ministros hacen pésimos fumadores.

Entonces, ¿cuándo se puede fumar? No hagas como Pancho Villa. Siempre se levantaba con un puro gordo entre sus gordos labios indios y ordenaba que sus hombres hicieran lo mismo. Al mexicano que se sintiera mareado de inmediato se le declaraba baja y, como a un caballo cojo, se le liberaba de este valle de lágrimas. Pero según John Reed en México insurgente (Insurgent Mexico), «Villa ni fuma ni bebe». Aunque Reed teje una trama con humo y hojas: «Los hombres se agacharon alrededor de pequeños fuegos de panocha de maíz, resguardados en sus ponchos descoloridos, fumando sus hojas mientras miraban trabajar a las mujeres». En ese momento llegó el marido y reprendió (a la mujer) por su falta de hospitalidad. «Mi casa está a sus órdenes», dijo espléndido, y pidió un cigarrillo. Llegaron varios tíos y sobrinos, preguntándose si por casualidad tendríamos algún tabaco. Luego percibió una suerte de asombro colombino: «A petición de su marido, la mujer trajo un carbón ardiente en sus dedos». ¿En cada dedo? ¿Era por casualidad una especie de faquiresa mexicana? No te preocupes por el dolor humano: eran guerrilleros. «Fumamos.» Seguro que con los dedos. Un poco antes, un «traficante de Parral había llegado a la ciudad con una mula de macuche». ¿Qué es macuche? «Fumas macuche cuando no encuentras tabaco». Pero ¿qué es macuche, amigo? «Alguien compró algo de macuche, los demás tomamos un poco y mandamos a un chaval a por vainas de maíz. Todo el mundo fumó.» ¡Ah, eso es macuche! Un cigarrillo primitivo como aquel que los conquistadores encontraron en Yucatán. ¿O era marihuana? En cualquier caso, estando tan cerca de Villa como para verle en cuclillas para comer, dormir y defecar, el general no tiene ni secretos ni excretas para Reed: definitivo, Pancho Villa no fumaba. Otro mito charro achicharrado. No fumes antes de desayunar —o, de ser así, tras las comidas. Dura lex sed

En la película Viva Villa, se ve a Pancho Villa ofreciendo puros a sus dorados. Aunque no es ninguna ocasión festiva. Son puros explosivos: sirven para encender la mecha a bombas de fabricación casera. Parece que Villa siguió siendo abstemio: encendió su bomba pero no su puro. Recuerda que en La cucaracha, la canción de Villa, la cucaracha ya no puede caminar porque no tiene, porque le falta

marihuana que fumar.

Puedo entonces advertir de seguro: jamás en la mañana. Si te sientes intranquilo si no fumas después de desayunar y, como yo, odias los cigarrillos (no soporto el olor a papel quemado: me recuerda a Fahrenheit 451, una mala película y una pira de libros, un mal sueño), prueba un puro pequeño, un Margarita por ejemplo. O mejor un cigarillo, un purito, en especial los del difunto Leo Carrillo. Hay ahora buenos puritos hispanos, como los Guajiros con sus Señoritas. (Una empresa británica de puritos anuncia su producto como «Señoritas from Havana», pero cuando el siguiente embajador cubano vino a Londres, el enviado resultó ser mujer y soltera. Ahí el eslogan se hizo trizas. Ni qué decir tiene que la «Señorita from Havana» original no era cubana sino una muchacha inglesa alta, oscura y bella. ¡Todo lo que no era la dama embajadora! Así se les bajan los humos a los clichés.) Por último y, para parafrasear a Bernard Shaw, un no fumador: «Los puros después de cenar son deliciosos, fumar antes del desayuno no es desnaturalizado».

Hay un tabaquillo brasileño king-size, llamado Suerdieck —que es probable que esté hecho en Holanda. El novelista español Juan Benet, un fumador bueno aunque indiscriminado, descubrió el año pasado en Manhattan, cuando daba charlas en la Universidad de Columbia, un purito llamado Nobel. Debió estar pensando en el premio literario sueco cuando compró la primera caja como un billete de lotería. Falsa fortuna, los puritos eran daneses. Pero, en cualquier caso la compra era buena. ¡Bingo! Nobel los hace, pero son exorbitantes, no explosivos. Los Nobel son un ciento por ciento tabaco— al menos, así se anuncian. Saben como un cigarrillo con una hoja fina por capa. Eso es lo que puedes fumar si te ayuda a acortar una larga mañana. Pero para puros, que te inspire lo que el médico cubano le dijo al astronauta en cabo Cañaveral: «Remember, Commander, no cigars before launch».

Tras el almuerzo, puedes dar fuego a un puro ligero, incluso si la comida ha resultado algo pesada. Aunque, sin duda, en la actualidad ninguna comida del mediodía debería ser pesada. (Ya no somos eduardinos y todos los victorianos han muerto.) Entre los cigarros suaves, puedes quedarte con un claro, o con un colorado claro. Hay algunas brevas[20] (el nombre significa algo más que breve) hechas con el expreso propósito de ser fumadas après le repas. Uno de los mejores puros de sobremesa lo hace Sosa, exilado cubano que hace sus cigarros en la República Dominicana con capas del Camerún: ¡Toda una combustión cubana! Yo me quedo con sus panetelas o, aún mejor, con sus superfinos, como puros para los postres. Hay otros dominicanos hechos a mano, que parecen monjes, pero son tan dulces como monjitas de la Caridad. O, si lo que buscas es consanguinidad, puedes comprar un cigarro hecho en Tampa con hoja de semilla cubana. Allá tienen más de un siglo de experiencia haciendo habanos lejos de La Habana.

Fumar en la tarde no siempre es aconsejable —al menos, fumar puros. Somerset Maugham, que sabía de puros más que cualquiera de sus contemporáneos ingleses (escribió: «Hay pocas cosas mejores que un buen habano»), y tenía el dinero suficiente para comprarlos por ruedas (en términos de tabaco, cien cigarros), y que los fumaba cuando le venía en gana, dictaminó: «Cuando era joven y muy pobre… tomé la decisión de que, si en alguna ocasión tenía dinero, fumaría un puro— todos los días, tras el almuerzo y después de cenar». Otro escritor inglés Evelyn Waugh, también connoisseur, dijo que sólo ansiaba tener en su vida dinero suficiente para beber una buena botella de vino todos los días y fumar un habano —esto es, un habano. Estos dos hombres sabían de lo que hablaban, aun cuando no se hablaban. Pero su mensaje está claro: no fumes a media tarde. Si trabajas por la tarde, no fumes. Si no trabajas, haz como los españoles: echa una siesta. Hasta lo hacía Lyndon Johnson: fue John Kennedy quien le enseñó. Pero si eres como el difunto fauno y te sientes caliente y dispuesto a hacerle el amor a una ninfa a la que no querrías perpetuar, hazlo, no dejes de hacerlo— pero no fumes después. No eches a perder a la ninfa ni a la fuma.

«Para aquellos que degustaron las “bellezas desnudas” de la dulce Habana», es una vieja leyenda que al parecer acuñó Byron. En cualquier caso, muestra cuánto y por cuánto tiempo los hombres han vinculado los puros con el sexo. Hablando de leyendas, lord Byron ha ido a parar a la historia, incluso a la historia de la literatura, como el hombre del puro. «¡Dame un puro!» y toda esa cháchara chueca. Lo cierto es que podría haber sido igualmente el gran hombre del tabaco de mascar. «¡Dame ese zudullo!», masculla el canalla. Byron comenzó a «fumar puros como antes había mascado tabaco», escribe Leslie A. Marchand, biógrafo de lord Byron, «para prevenir las punzadas del hambre cuando hacía régimen para no engordar». Otro tanto para el romanticismo y el tabaco. «Sublime tobacco!», entonó Byron, y tal vez por entonces se refería a la nauseabunda bola negra de saliva y hojas secas en su boca de gentleman.

Luego escupe en sus escarpines

el pardo esputo el poeta

todo bravata y fieros fines

y grita: ¡Dame la escupidera!

Ya llega la tarde: es la hora del puro. Después de cenar, incluso si no bebes vino (el conde Drácula nunca lo hizo o, mejor dicho, nunca lo hace) o café o licor, deberías, debes fumar un puro. Es el broche de humo a una buena cena. Como le explicaba el doctor Pretorius a ese caballero nervioso, nervudo, con cicatrices extrañas en la frente, y tuercas y tornillos despuntando en su cuello como un extraño acné: es mi único vicio. Zino Davidoff canta en suizo: «La soirée —el momento de los buenos puros, el placer disfrutado en plenitud— se acerca», a veces con cautela. Al atardecer siempre se fuman puros de fondo: un buen habano, un corona canario, incluso un puro doméstico, son recomendables —mejor dicho, imprescindibles. Este puro (por ejemplo, un Montecruz Lonsdale) debería durar una hora más o menos, fumado a ritmo ocioso mientras se habla o se recuerdan cosas del pasado en traducción— la cena reciente incluida. O departiendo con una mujer que adora el aroma de un puro, pero no se atreverá nunca a confesarlo, ni siquiera a su marido. Davidoff, mercader de tabacos, aconseja al caballero fumador que continúe su puro con otro, «que debería ser más fuerte que el precedente». No estoy de acuerdo, ni tampoco lo están Maugham ni Waugh, todos ellos caballeros fumadores, puro en mano. Un buen puro largo, o uno gordo pero soberbio debería bastar. Te traerá la felicidad necesaria —y un algo de amarga dulzura le sobrevendrá. Dice Maugham, el bon vivant: «… cuando le has dado el último tirón al cabo y arrinconas la colilla sin forma, y observas la última nube de humo azul que se difumina en el aire cercano, es imposible, si eres de naturaleza sensible, no sentir una cierta melancolía».

Eso es lo que son los tristes tropiques. Un segundo puro, seguido de una segunda colilla sin forma y una doble nube de humo en que se esfuma la fuma, matarían el sentimiento, y la melancolía se tornaría en una suerte de náusea. Maugham pensaba, en efecto, en «todo el trabajo, la concentración, los problemas, los cuidados y sufrimientos, y la complicada organización que se requiere para proveerte de media hora de dicha». Es por ello que Jean Paul Sartre en La Habana, mientras fumaba un puro, dijo: «Cada vez que fumo un cigarro je dépasse la Maison Upmann». Sartre dijo, en francés pedante, exactamente lo que Maugham enunció en inglés preciso. Aunque resulta divertido que el inglés fastidioso y frívolo y el abstruso filósofo francés coincidieran así en un puro, como en un club de Londres.

Un puro no es, por supuesto, un club. Pero el puro no es ni para jugar ni para trabajar: un puro es cosa seria. Un buen fumador, como un buen amante, siempre se toma su tiempo con su puro. Así que fuma de puertas para adentro: no saques tu puro al aire tibio de la noche estival. Ni siquiera para dar una vuelta o llevar al perro hasta la farola más cercana. Los puros son como los gatos: a este lado de la puerta, en una butaca cómoda cerca de un fuego acogedor en invierno, cerca de una ventana abierta en verano. Pero aléjate tanto de la calefacción como del aire acondicionado —y por supuesto olvídate de la televisión. El puro crea sus propias imágenes y las fotos de una película o de un show pueden interferir con su difusión. Ves tus propias visiones: contempla tu cigarro calmo ardiendo como si una espira de humo, una espiral, una sabia columna salomónica creara nubes de humo sobre tu cabeza: un palio vaporoso. O, si tienes suerte, el firmamento fulgurante. Pero atiende a su cabeza ardiente, ve cómo el puro fumado se vuelve sólo cenizas y memorias.

Incluso después de muerto, debes respetar tu puro: si era bueno, porque un buen puro es difícil de encontrar. Acerca de las cenizas, algunos fumadores tuvieron un bon mot o dos antes de extinguirse. «Ashes to ushers» («Las cenizas a los ujieres»), recomendaba Lew Grade, que llegó a ser campeón inglés de charleston, y que duró lo bastante como para convertirse en lord Grade, magnate del cine —un atroz fumador en cadena de habanos, con una tea siempre apuntalando la comisura de sus labios. Sacha Guitry, el famoso actor francés, ya fallecido, una fragancia de hombre, recomendaba guardar las cenizas del puro en la palma de la mano hasta depositarlas —ahora ya frías— en el cenicero. Tildaba la experiencia de délicieuse, una palabra que pronunciaba con fervor gálico. El barón Ricardo di Portanova, uno de los hombres más ricos del mundo, se construyó un bungalow en Acapulco para el que empleó 1.500 artesanos que lo hicieran todo a mano. Esa casa de campo palaciega se llama Arabesque. Dice el fotógrafo Norman Parkinson, testigo de excepción: «El barón no para de fumar su marca personal de habanos». Y añade: «No usa cenicero». Es obvio que la quinta del barón es su cenicero.

Aquí está otro fumador de puros sin cenicero:

No hay nada más agradable que tener un sitio donde uno pueda echar al suelo tantas colillas de puros como desee sin un miedo subconsciente a la asistenta que está esperando como un centinela para colocar el cenicero donde van a caer las cenizas.

Fidel Castro, en Cartas desde la cárcel

Algunos expertos creen que se puede conocer la calidad de un puro simplemente con mirar sus cenizas: cuanto más pálidas sean, mejor será el cigarro. Se supone que un puro mediocre tiene cenizas oscuras y negras un puro malo. Solamente los mejores cigarros producen cenizas blancas.

Esta teoría —como la mayor parte de las teorías— jamás se ha demostrado. De otra manera, no sería una teoría sino un dato. O lo contrario, la cinisomancia: una creencia supersticiosa de la que Sherlock Holmes hizo una ciencia.

Holmes era tan experto en el tema que escribió «una pequeña monografía sobre las cenizas de los puros», y se jactaba, con su típico labio superior rígido, de poder distinguir, de un vistazo, las cenizas producidas por el hombre. Su tratado pionero se titulaba «De la distinción entre las cenizas de los diferentes tabacos». Dedujo, de una ojeada, en El misterio del valle de Boscome (The Boscome Valley Mystery), que el asesino de Charles McCarthy no había sido su maestro Ed Bergen ni la candorosa Candy, sino un hombre que fumaba puros indios —que previamente cortaba con una navaja roma— y que usaba boquilla. No un caballero, sino un insomne monstruo atroz.

Como todos los fumadores de puros, Holmes estaba al tanto de sus visitas que fuman, a quienes consideraba cleptómanos potenciales. Así que guardaba sus puros en la caja del carbón. Naturalmente, ni al doctor Watson ni a la señora Hudson les parecía bien. En el mismo Mystery en el que Holmes hallaba la verdad entre las cenizas, creó un misterio menor cuando exclamó: «Y ahora, aquí está mi Petrarca de bolsillo». Esta frase ha excitado incontables suposiciones entre los académicos expertos en Holmes. Desde entonces, han salido en busca de «dos hombres de mediana edad volando hacia el oeste a cincuenta millas por hora», tal como se describe a sí mismo Holmes, que viaja en su compartimento privado desplazándose con su compañero constante. Los trenes más rápidos de este siglo ¡no les hubieran dado alcance! «Lo cito, tan sólo», como dijo el genial detective, «como un ejemplo trivial». Pero quizás Sherlock Holmes dijo algo más conveniente cuando reconvino (Holmes siempre reconvenía) de firme: «Encienda un puro y déjeme exponérselo». Elemental, estaba hablándole a Watson.

Para aquéllos a quienes, como a Holmes, les preocupa que una de sus visitas esté ávida de tabaco, les recomiendo un escondrijo mejor que la caja del carbón, si es que hoy en día se puede encontrar una caja para el carbón. No aconsejo un humidor. Demasiado fino y caro. Un lugar obvio, como en «La carta robada», es el mejor camuflaje según Poe. Comprometido fiel con mi cigarro, mis labios continúan sellados, pero les puedo confiar que guardo mis puros en su caja original —en mi nevera, esa morgue vertical para caníbales. Los oculto no muy lejos del pan y cerca de las verduras. Allí es donde pertenecen mis cigarros: entre los vegetales. A ninguna partida de caza se le ocurriría buscar cajas de puros en el frigidaire. ¿Y qué pasa con los olores, entonces? Bueno, la fragancia del tabaco es agradable— al menos más que la del ajo o la del queso francés. Aparte, la idea es de mi mujer, Miriam Gómez. Siendo cubana, cree en las virtudes de la semilla aborigen.

En una entrevista reciente, Plácido Domingo, nuestro Caruso, hablaba acerca de los hábitos fumadores de Arthur Rubinstein. «Fumaba los puros más largos», decía Domingo. «Le llevaba como tres horas fumar un puro y teníamos que esperar hasta que acabase.» Ése no era el puro más largo, sino un Montecristo número 2 o tal vez un as de A, el más gordo de los habanos gordos. El habano más chico, por cierto, es el Montecristo petit cetro. Con once centímetros, este Montecristo es el puro menor capaz de albergar su vitola. Es tan pequeño que, si luce su banda marrón, parece un simple cabo. Es tan breve esta breba que no está circuncisa: es el fin y el cabo de todos los chistes sobre puros. El mayor cigarro fumable no es un habano sino un jamaicano: el Colosal, hecho por Caribe. Encendido, el Colosal se asemeja a una chimenea horizontal: la reivindicación de Xeres.

Lo interesante acerca de Rubinstein, aparte de cómo tocaba el piano cuando no estaba fumando, es que poseía una vega en Vuelta Abajo —hasta que llegó abrupta la revolución como una disonancia en un nocturno de Chopin. El gobierno cubano trató, en un principio, de evitar cualquier confrontación con el formidable polaco tan breve como bravo, un tipo al que no le daban demasiado miedo las revoluciones, ya fueran musicales o de otro tipo. Pero su vega de sol (un retruécano de pianista) acabó siendo una Sovega, un chiste ruso. Otro increíble fumador pequeño de grandes cigarros, Darryl Zanuck, poseía también una vega en Vuelta, y tuvo la oportunidad, como Rubinstein, de fumar unos habanos que eran suyos desde la raíz de la planta hasta la punta del cigarro. Zanuck fumaba, de hecho los puros más largos, especialmente durante el rodaje de El día más largo (The Longest Day), cuando su Lonsdale fuera de escena competía con la artillería aliada en escena. Su banda lucía una Z zancuda. ¿La marca del Zanuck?

El tiempo de combustión de algunos de los más largos cigarros, según Walter Kahn de Joseph Samuel & Sons, London, es: «Un Montecristo A que dura unas tres horas». Esto es: más de lo que le llevó al abate Faría encontrar a Edmundo Dantés. «Un corona dura unos 70 minutos y un petit corona unos 40 minutos.» Kahn añadió algunos comentarios de su propia cosecha: «Fumar un puro debería ser paladear, no atragantarse». Pero dice algo con lo que no estoy de acuerdo: «Cuanto más grueso sea el puro, mejor se fuma». Parece como si Kahn fuera el Khan. El calibre de un puro se mide por el ancho de su anillo. El cigarro más grueso es una bestia del calibre del ancho de tres anillos. Esto, obviamente, es algo para el circo, pero no para un club o para un comedor que valga su sal.

¿Qué es lo que pienso sobre el tiempo necesario para fumar un puro? Tengo la misma teoría que Bergson sostenía sobre el tiempo: el quid está en la duración, la durée réelle. Un buen puro debería durar por siempre jamás —o unos segundos: todo está en los labios que lo sostienen : matière et mémoire. Los buenos puros requieren, por supuesto, buenos fumadores. Un cigarro encendido es une chose qui dure, una cosa que continúa más que prosigue: un puro es materia y memoria unidas por el humo. El èlan vital puede encontrarse en un cigarro mientras se fuma. Eso es la vitola: la èlan vitola. ¿Qué pasa si el puro se apaga? No debería, pero si sucede, solamente hay una cosa que hacer: volverlo a encender. Zino Davidoff, dueño de un estanco, sugiere que enciendas un puro fresco— lo que significa que tienes que comprar otro para hacerlo. Alfred Dunhill, siendo inglés, dice: ambas son soluciones erróneas. «Un puro en buenas condiciones», nos enseña Dunhill, pensando en un buen cigarro, «no debería apagarse mientras se fuma». Pero ¿qué sucede si se apaga? Dunhill, entonces, sugiere que se frote con calma «el extremo chamuscado con una cerilla hasta igualarlo». Después se prende la cerilla y se enciende de nuevo el cigarro muerto. Pero ¿qué pasa si se apaga de nuevo? Si el puro es bueno, entonces eres un infumable fumador.

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