Puro humo

Puro humo


Puro humo » Nota Beníssima

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Aunque muchos caballeros no fumen, un fumador de puros debe aspirar siempre a la condición de caballero. Según sir Thomas Browne, un caballero es tan sólo un hombre que causa la menor molestia. El caballero fumador, debe causar el menor humo posible, desde la cerilla hasta la ceniza. No sólo debe saber cómo encender un cigarro, sino que, asimismo, debe conocer cómo apagarlo con el menor alboroto. Un consejo: cerciórate de que el puro está muerto y no lo asesines como si fuera un cigarrillo. No lo aplastes contra el cenicero. ¡No lo tires al suelo! Eso es poco caballeroso: los buenos puros mueren con las botas puestas. Así que coloca el cigarro agonizante sobre el cenicero tan suavemente como puedas y déjalo expirar su lenta muerte. Algunos puros inmortales deberían ser colocados, sin embargo, sobre un pedestal. Aves Fénix que se combustieron para vivir de nuevo en la memoria: recuerdo todos mis Larrañagas: materia recreada, arte que arde. Otros cigarros deberían ser arrojados al cenicero tan pronto como sea posible, para ser sacrificados como caballos cojos sin cura: se deberían destruir humanamente. ¿No explotan los cigarros cuando los hacen graciosos?

Los puros vienen como nos iremos todos —en una caja. Un buen puro, después de haber sido encendido y fumado durante un rato, si no se le presta atención ni se fuma, continuará encendido por un tiempo considerable, incluso si, a todas luces, aparenta ser un cigarro muerto. Esta cualidad (y no la tontería de cuánto se mantiene la ceniza en la colilla sin caer) es la única prueba válida de un buen puro. Y, en cuanto a la colilla viva más larga, es un dislate y santas pascuas. Ascuas, dijo el eco.

Eco es uno de los nombres de la versión femenina de Narciso, un mito. En El gran combate (Cheyenne Autumn) asistimos al encuentro de un mito con otro mito: Wyatt Earp y su puro. James Stewart es el tranquilo Earp, reluciente en su partida de póquer de los domingos: viste un traje blanco de lino. En la mitad de una jugada, a Earp lo requieren para salir a la calle, a un duelo con el clan de los Clanton. Para cerciorarse de que nadie le va a hacer humo sus ases, aces to ashes, deja su puro reposando sobre los naipes. La delgada panetela, con una ceniza ya de tres centímetros, sobresale por el borde de la mesa y se mantiene íntegra de milagro. Toda la moraleja de este acto de recreación de un mito, por parte de John Ford, remite a la creencia de que un buen habano puede dejarse ardiendo a su aire y su ceniza no caerá —dando por sentado que nadie va a trasegar con el cigarro.

Wyatt Earp, por supuesto, no era el marshal caballeroso que se nos presenta en la película: se sabía que había disparado a un oponente o dos por la espalda. Eso está en la historia del Oeste, pero el lapso en el que un cigarro puede mantener su ceniza, es cuestión de conjeturas: no tiene nada que ver con la calidad del puro. Este jugar al mito es una ficción tan entretenida como Sherlock Holmes, que puede descubrir al asesino con sólo examinar las cenizas del cigarro difunto junto al cadáver —que podría haber pertenecido al culpable o a cualquier peatón inocente.

Acerca de los usos de las cenizas de un puro: «Las cenizas de un cigarro mezcladas con tiza alcanforada constituyen unos excelentes polvos dentífricos». O, con óleo de amapola, servirán para ofrecer al pintor un variada gama de grises. El viejo Isaac Ostade hacía eso con las cenizas de su pipa pero, de haber estado al tanto de los habanos, «nos habría dado cuadros con tonalidades aún más nacaradas que aquellas que brindó para disfrute y sorpresa de la humanidad». (Gossip for Smokers.) ¡Imagínate entonces a Gauguin, el fullero, con un H. Upmann guardado en la manga!

«I’ve put some ashes in my sweet Papa’s bed» (He echado cenizas en la cama de mi padre) —W. C. Handy cantaba en su blues de St. Louis— llamado, ¿qué otra cosa?, «St. Louis Blues». Y eso es lo que obtuvo el padre del compositor por tener a un fumador incurable como hijo.

ASH es el acrónimo favorito de los enemigos del tabaco en Inglaterra. Hoy ceniza, polvo mañana. «La ceniza es el polvo del fuego», según Gaston Bachelard. «El humo es la antítesis del barro.» El barro, en efecto, «combina los elementos de la tierra y el agua», mientras que «el humo corresponde al aire y al fuego». El alquimista Geber sugiere que «el humo simboliza el alma que deja el cuerpo».

Nunca tires con el dedo, nervioso, la ceniza de tu puro. Los puros no son cigarrillos. No te empecines con la ceniza de tu cigarro. Déjala estar, déjala sucumbir espontáneamente. O como yace un cuerpo muerto, según Dante:

Di qua, di la, di giu, di su li mena.

Sumo, fumo, humo —la ruta de todo tabaco. Arde la tarde, crepita el crepúsculo.

Nunca le des un puro a un amigo, ése es mi lema. Regalar puros es una costumbre curiosa y tan americana como Santa Claus. Debe provenir de otro país, como Santa, pero ha sido adoptada por todos los americanos con tanto entusiasmo como adoptaron el apple pie. Este rito llega a extremos tan absurdos como ofrecer un puro a cualquiera, amigo o enemigo, cada vez que alguien tiene un niño. Según Jung, es un ritual fálico. Si es así, ¿para qué regalar un cigarro cada vez que nace una niña? Según la escuela de Jung, es el falo paterno el empuñado, no el del bebé. Parece que Freud le comentó a Jung: «Pero un puro, después de todo, no es más que un puro, como sabe». Jung se mantuvo tenaz, pertinaz: el padre es fálico. ¿Y qué pasa entonces con la madre? ¿Qué pasa con ella? Nunca anda ella obsequiando puros después del parto, ¿no? Ésa es la razón por la que guardaba los puros con mi mujer, en la nevera.

Después de lo que había sucedido con el lord que vino a cenar, pensé que estarían seguros con ella. Hasta que un día…

Se pasó por casa un amigo cubano, felizmente casado con una inglesa. Vivían en Middlesex, medio sexo, pero se apareció una mañana declarando estentóreo que acababa de ser padre. La madre se encontraba en perfecto estado de salud, con el recién nacido, en una clínica de Chelsea. Este cubano era más ruidoso y ufano que lo normal —y no desecho la posibilidad de que anduviera algo chispeado. (O bien borracho.) De pronto, mi mujer, Miriam Gómez, se agitó como si fuera a ser víctima de una parálisis cerebral y, moviéndose en estertores, se fue derecha hasta la nevera— ¿para servirse un vaso de agua, quizás? Nada de eso. Abrió la nevera y sacó —¡mi caja de puros! ¡Estaba ofreciéndole a nuestra visita con hijo recién nacido uno de mis preciados Montecristos! La misma caja de la que había extraído el puro que le di a ese lord que me falló tanto como lord Jim fallara a la gente que estaba a su cuidado en el barco que iría a pique. (Véase más adelante.) Mi amigo cubano, viejo fumador, corrió al encuentro de la caja con mis puros. Mi pánico (ahora era ya, en definitiva, más que una preocupación) era que fuera a coger más de un puro, incluso dos. Más inocente que su infante, sabía que mi amigo era capaz de todo. Afortunadamente, tomó un solo cigarro y, barbudo como era, como si fuera el abate Faría, exclamó: «¡Montecristo!» Luego ubicó el cigarro en un lugar seguro, tal y como Dantés había hecho con su compañero de celda. «¡Para luego!», exclamó y desapareció. (Tal vez en busca de más cigarros.) Desde ese día fetal, fatal, no he vuelto a fiarme de mi fiel esposa con nada que sea marrón, cilíndrico y fumable. Logré la total custodia de mis puros.

Nunca le des un cigarro a un desconocido, ése también es mi lema. Hace algunos años, me llevaba de maravilla con un lord inglés, y vino una noche a cenar. Tras el café y, acaso, brandy, abrí una caja de Montecristos que me había regalado un amigo mexicano, un productor de cine que tenía tierras en el Yucatán. Barbachano era su nombre de hombre feliz. Era, además, un hombre rico del Caribe, que sabía de cigarros y lo que es aún más importante, de mi pasión por un puro, un sentimiento tan vehemente como la impaciencia de Fortunato por el amontillado. Aunque nunca he declarado, como hiciera Kipling con más sarcasmo mordaz que gozo de fumador, que un puro es mejor que una mujer. Dicen que Kipling se casó con una dama americana porque no podía tener un trato más íntimo con su amigo americano, el hermano de ella. Parece ser que nunca pudo mantener con su esposa relaciones tan íntimas como las que tenía con los puros que se fumaba con el hermano de su mujer. Ésa, por supuesto, es otra historia. La mía, ahora, es como un regalo griego a aquéllos para quienes todos los cigarros son griegos.

Después del café o el brandy, mantuve mi caja de puros abierta lo suficiente como para contarte ahora por qué no compro jamás puros cubanos: es lo que tengo por norma. Sería como si un judío alemán le comprase sauerkraut a Hitler en 1933. Es por ello que mi amigo mexicano, que sabía de mi dilema, me compró en primer lugar la caja de Montecristos. En segundo lugar, me encontraba en casa como en un trance alcohólico ofreciéndole un puro a mi amigo inglés. Pero de pronto salí de mi nube para encontrarme con un extraño. Los ingleses están entre los mejores fumadores y son por otra parte una raza orgullosa. No me extrañó por tanto cuando mi amigo inglés aceptó el puro con consideración. Le di fuego en forma de una pajuela de madera de cedro que guardo para estas ocasiones de mis días de diplomático. El visitante estaba encantado, encendió su puro —un Montecristo número uno. Aún alcanzo a ver la característica banda marrón que parecía casi púrpura bajo la luz y sobre el cigarro, cuando la punta titubeó y le di fuego. Lo encendió. Es todo lo que hizo esa velada, lo juro. Ni siquiera le dio una calada, quiero decir una chupada al cigarro que nunca fue suyo. Pude ver el Montecristo en su mano ardiendo solo, hasta que ya no ardió más: se consumió. Entonces se redujo al silencio, se volvió cenizas y expiró. Unos minutos más tarde, mi amigo, un lord, un miembro de la House of Lords, un caballero inglés, dejó el cigarro, casi intacto, sobre el cenicero, reclinándolo para que reposara de manera penosa. Al lord no le importaba nada.

Compton Mackenzie escribe: «No encontré el cenicero perfecto para fumadores de pipa hasta que… me hallaba en la famosa tienda de Rattray en Perth… Uno de los problemas del fumador de pipa es sacar las cenizas a golpecitos. Un día aconteció que Mr. Rattray vio a un invitado en una cena que tomaba el corcho de champán, lo ponía en el medio del plato y sacudía la pipa contra él. Así que diseñó un receptáculo circular de madera en cuyo centro hay un pequeño puntal de madera recubierto de corcho». Quizás a Mr. Mackenzie le hubiera interesado el cenicero para puros que descubrí, diseñado por Dunhill. Es una pieza larga de cristal ancho, de seguro resistente al fuego, con una tapa pesada y una bandeja hendida. De un lado de la tapa hasta la bandeja corre una hendidura lo bastante larga y ancha como para contener un puro. Si dejas tu puro en el canal (¿por qué un canal?) con la punta encendida de cara al interior las cenizas caerán de seguro en la bandeja. El cenicero es un instrumento pesado que puede ser colocado sobre una mesa, en el brazo de una butaca y por supuesto en el suelo —que es donde acaban todas las cenizas.

No se ha inventado nada nuevo acerca del fumar desde su descubrimiento. Como en la naturaleza, con los puros todo es evolución. Los indios americanos fumaron puros, tiernos y torpes, en Cuba y en otras islas del Caribe. Más al sur inhalaban una forma primitiva de rapé, usando un tubo de madera para introducir polvo de tabaco por las fosas nasales. Los aztecas, los mayas y las tribus de América del Norte fumaban la pipa así en la paz como en la guerra.

Fue en México y no en Norteamérica que los europeos se encontraron con los primeros hombres fumando en pipa. Los aztecas fumaban «tubos de caña rellenos de tabaco y la resina fragante del liquidámbar» —ese árbol cadente decadente de hoja caduca en forma de estrella que exuda bálsamo aromático. Otros viajeros conocieron el tabaco que se fumaba en Norteamérica y Canadá. Cartier, el hombre que sería un mechero de gas un día, se encontró con los iroqueses quienes, como los taínos que vio Colón en una playa de Cuba, hablaban de una tierra repleta no de leche y miel sino de joyas. Los ojos de Cartier brillaron como brillarían sus relojes. Nunca vio, no obstante, esas riquezas. Pero presenció fumar en pipa, una maravilla que contemplar en aquel tiempo: hombres soltando vaho— y no era invierno. ¡Hombres que de hecho fumaban! Un contemporáneo de Shakespeare, John Florio, tradujo a Cartier como había hecho de forma previa con los Ensayos de Montaigne, para dotar a Shakespeare de carne de cañón. Aquí Cartier, aquí John Florio: el hombre no inventó la pipa pero hizo la siguiente mejor cosa: inventó la voz pipa.

Allí crece asimismo un cierto tipo de hierba, de la que en estío hacen una gran acopio para el resto del año, sacándole mucho provecho y sólo los hombres la usan. [Las feministas que lo anoten, por favor.]… en primer lugar la dejan secar al sol, luego la llevan colgada al cuello envuelta en una bolsita de piel, junto a una piedra horadada o una madera horadada como una pipa: luego gustan de tornarla en polvo, la colocan en uno de los extremos de la ya referida pipa o corneta, después colocan un ascua sobre ello y aspirando por el otro extremo llenan sus cuerpos de humo, hasta que sale por sus bocas y sus fosas nasales, casi como lo hace el túnel de una chimenea.

Ahí está: los hombres-chimenea que tanto le entusiasmaron a De Xeres.

Otras tribus indias mascaron tabaco y bebieron su jugo marrón hasta su amargo final. Incluso nuestro moderno cigarrillo, sobre cuyo daño tan resueltas están las autoridades sanitarias, proviene de la costumbre india de enrollar tabaco en vainas de maíz. Se difundieron luego en España, pero no por Grijalva, muerto en México para dar vida al notorio eslogan «Los cigarrillos matan». En España el maíz mexicano era imposible de encontrar, por lo que los fumadores para envolver el tabaco lo sustituyeron con las cosas más repulsivas: ¡algunos hasta usaron terciopelo! Al final se tomó un envoltorio hecho de papel blanco. Ésa es la razón por la que se denominó papeletes o papeletas a los primeros cigarrillos verdaderos.

Un catalán viejo, a ojo de buen cubero, vio en Cuba:

Qui te duros, fuma puros

I qui no te, fuma paper.

Éste es un viejo verso aún en vigencia, ya que los puros pueden ser muy caros en España como en cualquier otro sitio. En todas partes los cigarrillos tienen más papel que puro tabaco.

Un cigarrillo es lo que le da a la gitana el narrador de La tragedia de Carmen. Prosper Mérimée los llama con acierto papelitos. Carmen es quien, después de mencionar que le encanta el olor del tabaco, deja caer que desearía «uno de ésos». Par bonheur, por suerte Merimée, hombre próspero, llevaba consigo muchos de esos pretéritos cigarrillos y le da uno a Carmen, como había ofrecido antes un puro al transgresor don José. (Por cierto que en esa ocasión tanto el narrador como don José fumaron dos puros, uno tras otro, como si fueran de hecho cigarrillos.) Carmen halla su papelete bien doux, la mezcla suave.

Todo esto sucede en Córdoba, donde las gitanas se bañaban juntas en el río al anochecer, ninfas crepusculares. Pero es en Sevilla, cerca de la gran fábrica de tabaco, donde el lector vuelve a encontrarse con Carmen. Mérimée cuenta que había 500 mujeres torciendo puros en la fábrica. El edificio es en verdad una gran zenana donde ningún hombre puede entrar porque las cigarreras «se mettent a leur aise» —sobre todo las más jóvenes cuando hace demasiado calor. Se puede ver que las cigarreras sevillanas trabajaban casi desnudas. Esta descripción de Mérimée y la ópera de Bizet dieron pie a unas cuantas nociones francesas que son todas falsas. Primero, la Carmen del relato no lía cigarrillos como en la ópera. Torcía puros, los cigarrillos eran para ella un lujo poco familiar. «Ella fumaba», dice el narrador, «cuando encontraba papelitos». Segundo, un periodista parisino ávido de exotismo usó la historia para escribir que en verdad los puros se torcían «en los muslos de bellezas negras» en La Habana. ¿El influjo muslímico de Al Andalus? En la época en la que se escribieron Carmen, el relato y Carmen, la ópera no se dejaba entrar en las fábricas a ninguna mujer —negra, marrón o beige— en parte por razones religiosas y en parte por las reglas del oficio. Es cierto que, incluso hoy, algunas escogedoras se suben un poco las faldas cuando trabajan y suelen acomodar las hojas sin tallo sobre sus muslos desnudos. Pero las escogedoras no trabajan en la fábrica. Aquí termina toda semejanza entre la realidad y la ficción de una fábrica de tabaco. Es cierto que con el tabaco, Smoke Gets in Your Eyes: el humo se te mete en los ojos. Es la verdad. Aquí viene la ficción. Don Mateo, el amante sevillano de La mujer y el pelele de Pierre Louys (todos, mujeres y títeres, provienen de Carmen) sólo bebía «jarabe helado», pero era un gran fumador. Es también un cornudo de mucha marcha. «Dime», le propone a su nuevo rival, «lo que piensas de fumar el habano mezclado con azúcar fresco». Espero que no haga como los viejos habaneros y unte su puro en «jarabe helado», sea lo que sea. El buen doctor Watson le podría decir que eso, como el jarabe para la tos, es adictivo.

Pronto, «la alegría forzada de don Mateo se apagó con el humo de su puro». Iba a contarle a su invitado (y a nosotros) por qué él, sevillano, estaba tan cariacontecido. «Una tarde, por pura indolencia, entré en La Fábrica.» (Se refiere a la enorme fábrica de tabacos de Seville, en francés, tan vil según don Mateo.) «Ese inmenso harén de 4.800 mujeres libres de decir lo que quisieran… Ese día que, como ya he comentado, era tórrido.» (¡No lo había mencionado antes!) «No tenían ningún reparo en aprovecharse de la indulgencia que les permite desvestirse cuanto quieran en la atmósfera intolerable que soportan de junio a septiembre. Es una regla humanitaria, ya que la temperatura en esas salas es como la del Sahara y resulta piadoso otorgarles a esas chicas las mismas licencias dadas a los fogoneros y a los maquinistas. Pero el resultado no es menos estimulante.» (No hace aquí una pausa el narrador ni tampoco Louys pero la hago yo ahora.) «Aquellas que andaban mejor vestidas sólo llevaban la camisa sobre su cuerpo.» (Eran mojigatas: esa interpolación es de don Mateo.) «Casi todas las demás estaban desnudas hasta la cintura, con un simple lino.» (Tenía una tía que siempre llamaba Lenin al lino: esta última línea es un homenaje a su mala pronunciación que me permite lavar mi Lenin sucio en público.) «Unas simples enaguas de lino sueltas por allí y a veces arremangadas hasta la mitad del muslo.» (Aquí estamos. Aquí es de donde Mérimée y Mallarmé sacaron sus nociones impúdicas sobre los habanos torcidos en los muslos de bellas negresses. Pero la función continúa…) «Y ofrecían una mezcla extraordinaria… Había de todo en esa multitud desnuda, salvo, quizás, vírgenes.» (Otra interpolación de don Mateo.) «Y muchas de ellas eran bellas… Las observé con curiosidad y su desnudez no me conciliaba con la idea de un trabajo tan ingrato… Este contraste es sorprendente entre la pobreza de su Lenin, lino, y el cuidado habitual con que mantienen sus peinados. Muchas de ellas usan rulos como los de las grandes damas cuando van a asistir a un baile, y están empolvadas hasta las puntas de sus pechos, incluso entre sus medallas. Ninguna hay que no acarree en su pañuelo un espejito y maquillaje. Parecen actrices disfrazadas de mendigas… Casi ensordecido y bastante fatigado, iba a salir de la tercera sala cuando, en medio de los cuchicheos y las voces bajas, oí a mi lado una voz delicada que me decía: “Caballero, si me da una perra chica le canto una cancioncita”. ¡Reconocí, con la máxima estupefacción, a Concha!» Algo antes, don Mateo, había realizado una pregunta en apariencia retórica, pero en verdad engreída: «¿A quién le puede maravillar tener la última palabra con una cigarrera?». Según parece, a él[21].

Los cigarrillos son el opuesto perverso de los puros: los puros son largos, los cigarrillos cortos, los puros son oscuros, los cigarrillos blancos, los puros son gruesos, los cigarrillos delgados, los puros huelen fuerte, los cigarrillos están perfumados, los cigarrillos son para los labios, los puros para la boca y los dientes, los cigarrillos nunca se apagan pero se extinguen rápidamente, mientras que los puros aparentan vivir para siempre, los puros son tipos rudos, los cigarrillos femeninos como las joyas, los cigarrillos se fuman sin parar, los puros deben fumarse uno cada cierto tiempo, con todo el ocio del mundo. Los cigarrillos pertenecen al instante, los puros son para la eternidad.

El fumador europeo, que no se resiste a la ficción, prefiere sus puros duros y secos en la vida real. Esto es, por supuesto, como acabar apreciando el salmón ahumado o el bacalao salado. No es una cuestión de hábito, sino de hábitat. Es una necesidad histórica o mejor dicho, geográfica. En el pasado, los habanos tardaban semanas en llegar a Europa y, cuando lo hacían, los cigarros (aunque previamente embalados en sus cajas) habían perdido su humedad natural en el trayecto. Un puro suave, un poco húmedo, era el habano original, aborigen, que zarpaba a otros puertos. Un puro suave, algo húmedo, sigue siendo el ideal. Ésa es la razón por la que un americano inventó el humidor: para conservar los habanos, provenientes de una isla tropical, en un clima creado por el hombre. Aunque, actualmente, el fumador europeo ha aceptado la nevera, todavía prefiere, como Gigi, que su cigarro se quebrante al presionarlo: ella tiene su manera de hacerlo arder. Por cierto, el Hombre sin Nombre (Por un puñado de dólares) de Clint Eastwood, un americano de cartón en Europa, fumaba siempre cigarros italianos en esos spaghettiwesterns suyos. Son los Toscani, el puro más duro del Oeste italiano. Es por ello que el tacaño de Clint parece estar siempre encendiéndolos, para empezar a ser alguien con un nombre. Algunas veces, incluso no le importa y le da por morderlo entre sus dientes apretados. Eso prueba que Clint es un forastero a tiempo completo. Si Eastwood fuera italiano, como el resto del estruendoso (y doblado) reparto, habría cortado su Toscano en dos con su navaja y entonces, y sólo entonces, lo habría encendido. Éste es Compton Mackenzie, el duro escritor escocés, que habla: «El Toscano no es muy grueso en el medio y afilado en los dos extremos. Es normal cortar el Toscano por la mitad, aunque si uno no encuentra un Toscano que tire bien [aquí viene Mr. Eastwood: “Hopalong, prairie mooncalf”] es mejor fumarlo entero». ¡O te haré unos cuantos agujeros humeantes, hombre!

Pero bastante gente, no todos ellos americanos, tienen un cigarro y no lo fuman: simplemente, lo sostienen en su boca como un postizo marrón, como hiciera el difunto Wallace Ford en la pantalla. El no fumador más extraño que conozco es Max Lesnick, editor de una revista en Miami que, sencillamente, masca el cigarro. No es que lo masque sino que lo muerde, como si se lo comiera. Lo mordisquea y reduce cualquier cigarro, desde un Twofer hasta un Macanudo, a una mísera colilla, sin siquiera haberlo encendido —y, sin embargo, el cigarro nunca se convierte en tabaco de mascar. Carlos Franqui, un escritor revolucionario cubano que vive en el exilio en Florencia, puede pasarse horas con un cigarrillo entre sus dedos sin encenderlo. Al final del día, desecha el cigarrillo intacto, toma otro de la caja y repite el procedimiento. Siempre ha sido un no fumador.

Ahora, lo contrario. ¿Cuántos puros se pueden tener en la boca y aspirar al mismo tiempo? El recordman por el momento es Simon Argevitch, un fumador empedernido que los fuma todos a la vez: es capaz de fumar diecisiete puros —o, al menos sostenerlos en su boca, que aparenta ser elástica, encendiéndolos y siendo alguien, según el Guinness Book of Records. Una vez que todos los puros están encendidos y ardiendo, el Simple Simón puede silbar una canción. La última vez que lo vi en la televisión, en un programa de David Frost llamado A Touch of Frost, silbaba Smoke Gets in Your Eyes un poco desafinado, pero todos los puros ardían. Desgraciadamente, ninguno era un cigarro explosivo.

Robert Stephens casi da alcance a Argevitch en La vida privada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes), donde Stephens fuma seis cigarrillos, tres puros y dos pipas al mismo tiempo. Holmes humea y husmea, pero un fuelle aspira. Todo es parte de uno de sus experimentos con las cenizas frías de tabaco consideradas como una pista tibia. Watson le explica a Mrs. Hudson, «Holmes está leyendo sus cenizas». Mientras ella se va a ir desinteresada, Watson prosigue: «Puede ver la diferencia entre un cigarrillo macedonio, por ejemplo, y un puro jamaicano».

Siempre hay algo muy peligroso con los puros. Tal vez sea porque, como dijo Colón, cada puro parece a punto de estallar. Ése es el origen del puro explosivo, tan viejo como la dinamita. Poniendo todo al servicio de una guerra de guerrillas que aspiraba a la condición de melodrama, una película mediocre se anunciaba hace no mucho tiempo por un póster promocional muy bien diseñado que era en realidad mejor que la película: en él podías ver el rostro familiar de Sean Connery afanándose en resaltar su expresión burlona de bravo con bigote. Su compañera, la actriz Brooke Adams, está de perfil y perfecta. Ambos actores son, sin embargo, parte del diseño de una litografía a color que asemeja una caja falsa de puros. Se anuncian como «Genuinos habanos» y, el título de la película, Cuba, aparece entre las cabezas de los personajes y el eslogan es tan grande como una isla. En la caja se observan varios puros pero, entre ellos, tres cartuchos de dinamita unidos, con sus mechas ardiendo en un trío de TNT. Lo más curioso es que los puros se ven aún más amenazantes que los cartuchos de dinamita. Quizás es porque sabemos que todo lo que puede hacer la dinamita es explotar —pero ¿qué pasa con los puros?

Ahora oye esto:

De pronto, mientras el consejero privado estaba tendido en su silla echando bocanadas de su puro, hubo una llamarada brillante, de un rojo sangre, un estampido sordo y un breve alarido de agonía de un hombre. Sorprendido, volteé la esquina del escritorio y, para mi espanto, vi bajo los rayos eléctricos al consejero privado del zar caído de lado sobre su silla con parte del rostro reventado. Entonces la espeluznante verdad se me hizo aparente en un instante. El puro que Oberg le había conminado a que aceptara en la cantina había explotado, y el pequeño proyectil que se escondía en el interior del artefacto diabólico le había penetrado hasta el cerebro.

William Le Queux, El espía del zar

Existen otras formas de hacer cigarros explosivos —o de hacer que un puro explote. Aquí está Ogden Nash, el hombre que inventó el Nash Rambler:

Había en Herne Bay un tío vivo

que solía hacer petardos, pero

un día, se le cayó el veguero

donde guardaba la pólvora.

Había en Herne Bay un tío vivo.

Pero no sólo los cigarros se pueden hacer explosivos. Los cigarrillos también terminan en algo más que un gemido de toses. El Evening Standard londinense publicó esta noticia hace algún tiempo: «Un tránsfuga ruso del KGB trajo consigo un paquete de cigarrillos que disparaba balas». ¿Fuego real o balas de fogueo? (Algunos cigarrillos son más perjudiciales a la salud que otros.)

Santiago, el pescador cubano, no fumaba. Pero otro héroe de Hemingway, Robert Jordan, sí lo hacía. Hay una escena cómica en Por quién doblan las campanas:

«¿Qué es lo que traes?», dijo Pablo. «Mis cosas», dijo Jordan, y dejó los dos fardos un poco separados donde la cueva se ensanchaba, en el sitio más alejado de la mesa.

«¿No están bien afuera?», preguntó Pablo.

«Alguien puede tropezar con ellos en la oscuridad», dijo Robert Jordan, y se acercó a la mesa, dejando en ella una caja de cigarrillos.

«No me gusta tener dinamita aquí en la cueva», dijo Pablo. (Ésta es la primera vez que oigo hablar de cigarrillos explosivos, pero Jordan aleja mis preocupaciones, y las de Pablo…, ¿o no?)

«Está lejos del fuego», dijo Robert Jordan. «Coge un cigarrillo.» Pasó el pulgar por el borde de la cajetilla con un navío de guerra pintado en colores, y se la ofreció a Pablo.

Anselmo le trajo un taburete forrado en vaqueta, y se sentó a la mesa. Pablo se le quedó mirando, como si fuera a volver a empezar a hablar y luego cogió los cigarrillos. Jordan pasó la caja a los otros. Aún no los miraba de frente. Pero notó que uno de ellos aceptaba los cigarrillos y los otros dos no.

Fumar cigarrillos solía ser costumbre de invertidos. Al igual que el rapé, en Europa se consideró a los cigarrillos como un signo de afeminación durante la mayor parte del siglo XIX. Oscar Wilde y su círculo vicioso sólo fumaban cigarrillos, en privado como en público. De hecho, fueron primero el teatro y luego el cine los que legitimaron los cigarrillos para los hombres. (Hoy, el único lugar del teatro en el que puedes fumar es el escenario.) Pero en las películas silentes sólo los héroes afeminados fumaban cigarrillos, es obvio que era para manifestar su envidia del clítoris. En las primeras películas sonoras los muy machos comenzaron a fumar gráciles varitas blancas con la rudeza de los puros. Humphrey Bogart en El bosque petrificado (The Petrified Forest) fue de seguro el primer gángster en fumar cigarrillos y seguir siendo duro.

Desde entonces los tipos duros se fuman un cigarrillo tras otro hasta hacerse daño.

John Cromwell, el director de cine que murió hace poco a la edad de 93 años, lo sabía todo acerca de las delincuentes femeninas y los cigarrillos. En Sin remisión (Caged), una preciosa y preocupada Eleanor Parker pasa de ser una prisionera modesta y tímida en una cárcel de mujeres a convertirse en una reclusa corrupta. Se hace prostituta tras las rejas. Cuando sale de la cárcel, demuestra sus habilidades mostrando sus largas piernas y esgrimiendo un cigarrillo hecho en la prisión. En The Company She Keeps Jane Greer, alta y morena, conserva sus maneras carcelarias tras haber salido en libertad provisional liando sus propios cigarrillos con ayuda de una máquina. Lisabeth Scott, la supervisora, no aprueba. «¿Algo malo con liar mis propios cigarrillos?», pregunta Greer, guapa de veras. Como réplica, Lisabeth Scott aclara: «Es un hábito de prisión. Si fuera tú no lo haría». Greer se hace más sabia pero aumenta su resentimiento. Llega a recuperar sus derechos civiles y a comprar sus cigarrillos en la tienda más cercana. En Recuerda mi nombre (Remember My Name) nada menos que Geraldine Chaplin, que vivió en España, anda muy mesurada pero se la ve siempre fumando un cigarrillo: en casa, en la cama, en su coche, incluso en su trabajo en un Woolworth local y en todas esas mezquinas calles de un pueblo del norte de Nueva York. O donde sea. ¿Una nueva moda? Nada de eso. La película es en realidad una reproducción en 1980 de uno de esos melodramas de Joan Crawford en los cuarenta en los que ella servía a la causa del feminismo americano. Chaplin tiene más de un vicio sucio: antes de tirar el cigarrillo, lo decapita aplastando el capullo ardiente entre los dedos. Crawford, aunque también carente de autoestima, jamás se habría rebajado a tanta miseria masoquista.

Un cigarrillo lánguido al final de una muñeca caída es a Marlene Dietrich lo que una colilla ruda entre el índice y el pulgar era a Humphrey Bogart: una extensión de sus personae, no un accesorio. En El expreso de Shanghai (Shangai Express), Marlene inhala y exhala tanto que crea una atmósfera de humo sólido en su compartimento. Por no mencionar la bruma y el humo de su intensidad pasional: sus fosas nasales llamean de verdad en la noche oriental y suspira un poco, fuma mucho y suelta cosas como «Más de un hombre fue necesario para cambiar mi nombre por Shanghai Lily». (¡Debía habérselo cambiado a Shanghai Chimney!) En un momento dado Marlene, envuelta en su aura gaseosa, comienza a toser tan fuerte que el espectador teme que haya contraído algún tipo de enfisema chino: el mal de amor por el cundeamor. Camina con gran belleza pero se mueve también con el humo tanto como el tren.

La apoteosis de la brumosa Marlene se encuentra en El diablo es una mujer (The Devil is a Woman), donde interpreta a una española. No es otra que Conchita Pérez (¿Se acuerdan de ella en la novela?), una vampiresa vacua que se comporta como una tentadora osada. Como hizo en Capricho imperial (The Scarlet Empress), en la que era toda una emperatriz escarlata. Conchita Marlene rezuma una coquetería mortal, fatal para todo hombre que se aproxime y quede prendado de sus pestañas o de su abanico, lo que primero cierre de golpe. Es a un tiempo Némesis y Nepente. Al comienzo de la película, ella trabaja en una fábrica de cigarrillos en Sevilla: más una Venus blonda que una Carmen brutal. Después de muchos amantes, la película termina con Marlene pidiendo uno más para el camino, en la estación terminal de su vida. El jefe de estación sabe qué cosa quiere ella y le da un cigarrillo. Marlene lo mira y considera: «¿Sabes?, una vez trabajé en un fábrica de cigarrillos». Pese a sus prendas, sedas y encajes él la cree. Justo por la forma en la que acaricia su último cigarrillo puede ver que ella lo había visto primero. El diablo es un cigarrillo, dicen Von Sternberg y Pierre Louys: el evangelio según un maniquí maniqueo.

En Melodías de Broadway 1955 (The Band Wagon), el bigfoot de Times Square que le pisa el pie a Oscar Levant haciéndole aullar de dolor estaba fumando un infumable de cinco centavos en silencio. Fred Astaire es un contumaz fumador de cigarrillos (como lo será Jack Buchanan), pero Cyd Charisse no. «Claro, eres bailarina», explica Astaire como si Cyd, más guapa que nunca, fuese una deshollinadora. Como Paul Henreid con Bette Davis en La extraña pasajera (Now, Voyager), Fred trata de hacer que Cyd fume. Ella es remisa, él no tiene remilgos. Ella se planta: allí no fumé. «Oh, mil perdones», exclama Fred con fingido aire de haber caído en cuenta. «Las bailarinas no fuman. ¿Le importa si yo fumo?» Más tarde, cuando ella está muerta de miedo escénico antes de salir a escena, Cyd campeadora, Fred le impone un cigarrillo a la afligida Charisse. Ella está, por añadidura, grogui hasta la extenuación. Astaire, en un toma y daca, mete en sus labios un cigarrillo: ¡se ha convertido en un camello! Todos los que odian los puros acaban mal. Muchos críticos encontraron Melodías de Broadway 1955 (The Band Wagon) anti-literaria y anti-cultura. Yo la encontré anti-puros.

Para colmo de Minnelli su antepenúltima película, Vuelve a mi lado (On a Clear Day You Can See Forever) (y, para acabar de rematarlo, la última se titulaba Nina (A Matter of Time), tiene una heroína (la muy chiflada Barbra Streisand) que fuma sin parar para pesadumbre de todos y asco propio. En el último rollo Yves Montand, su hipnotista hilvanando un himno, salva a una Streisand, tensa de stress, gritando desde los tejados su amor por ella —todo ello, en apariencia, sin humo ni humor. Si se piensa detenidamente, Minnelli odia el tabaco. En su primera película, Una cabaña en el cielo (Cabin in the Sky), el sótano de Satán es una especie de nightclub que es mucho mejor que la idea de Buñuel del hábitat de Lucifer: un club nocturno durante el día. (Como se recrea en Simón del desierto donde Silvia Pinal es el avocado del diablo: tres tristes tetas.) El humo entra en los ojos como un trampantojo.

Oído en Un americano en París (An American in Paris): «Hace falta un radar para orientarte en la bruma» —y eso se dice del típico club parisino, no más brumoso que el garito que frecuentaban Tyrone Power y Gene Tierney en El filo de la navaja (The Razor’s Edge) seis años antes.

Entre esos americanos en París, un Oscar Levant muy confundido escucha que tanto Gene Kelly como Georges Guetary se han enamorado (inexplicablemente) de la misma muchacha, Leslie Caron. Mientras Levant oye lo que le suena como un embrollo eminente, le pide al garçon (es un camarero francés) café, coñac, otro café. Levant fuma un cigarrillo, luego enciende otro. Ahora fuma dos cigarrillos al mismo tiempo, trata de beber café (¿o era coñac?) y todos sus cigarrillos acaban en su copa de coñac o en su café —de donde los pesca intentando de forma asquerosa fumar esa mezcla inmunda: un coñazo.

En El bazar de las sorpresas (The Shop Around the Corner), el amable y eternamente maduro Felix Bressart, el hombre que, ante Hitler, fue Shylock durante tres minutos gloriosos en Ser o no ser (To Be Or Not To Be), debe renunciar a sus cigarros zíngaros para ahorrarse una esposa. Una parte de la trama se mueve, literalmente, en torno a un estuche de cigarrillos que es, a su vez, una caja de música en la que suena Ochi Chornya sin interrupción. La película pertenece a lo que se llama el Archipiélago Goulash y la dirigió Ernst Lubitsch, un amante vehemente que fumaba puros sin interrupción. (Murió en la cama, con una rubia encima y un cigarro en el cenicero más próximo. Sin duda, un ataque al corazón. Pero ¿cómo se le puede pedir a un hombre así que deje de fumar?)

«Música y cigarrillos», dice Margaret Sullivan con su voz ahumada, refiriéndose a la caja de música. «Me recuerda la luz de la luna.» Hubo un remake, con música y color, que confiscó todos los cigarrillos. Se tituló In the Good Old Summertime. Deberían haberlo llamado El estanco a la vuelta de la esquina.

Una de las cosas más atroces acerca de la Alemania Oriental son sus cigarrillos. Eso es el evangelio hereje según la candidata a desertora Lila Kedrova. «¿Ven este cigarrillo?», les pregunta a Julie Andrews y Paul Newman huyendo de Berlín Este en Cortina rasgada (Torn Curtain), mientras les muestra un Zigaretten. «Mitad tabaco, mitad cartón. ¡Asqueroso!» Eso es antes de que su gran intento de fuga se vuelva un fiasco patético. «No soy comunística», les explica a sus recientes amigos. «Quierro irr a Amérrika.» Pero las policías políticas de los países comunistas tienen los pies mucho más ágiles que sus bailarines de ballet. Como dicen en alemán, Gotcha! Que significa telón de acero para el defector de verdades.

¿Por qué tantas películas viejas, mi viejo? Porque aquellos que olvidan las películas del pasado están condenados a ver remakes. Y ya de pasada, o por el mismo pase, si uno no disfruta las películas de nuestro tiempo, nunca será capaz de saborear las películas del pasado. No es que las películas sean mejores que nunca, pero es seguro que las que tenemos son mejores que las que no tenemos. ¿Por qué, entonces, no disfrutarlas antes de que sea demasiado tarde en la tanda? Miren y vean.

En Bel Ami, según Maupassant, sólo parece que fumen cigarrillos los más humildes conserjes, todos hombres entonces. En la casa burguesa de Forestier, los sirvientes susurran, como sommeliers insomnes, los nombres de los vinos al oído de los invitados: ¿Corton? ¿Chateau-Laroze? Du blanc? Tras la cena copiosa, a Georges Duroy, ese advenedizo extraordinario, no le ofrecen ningún cigarro Off David’s. Nuestro héroe ni siquiera se decepciona.

Es más tarde, visitando de nuevo a Madame Forestier, que Duroy se asombra al verla llevarse un cigarrillo a la boca y encenderlo. Y más asombroso aún es lo que ella comenta sobre el acto de fumar: «Si no fumo no puedo trabajar». Haber dicho eso en 1880 la convierte en moderna y a Maupassant en adelantado. Madame Forestier, mujer con carrera, podría pasear hoy por la Quinta Avenida (y, por supuesto, por les Champs Elysées) sin problemas, sin alzar una ceja. No es que se pueda decir lo mismo de Georges Duroy, soldado y gigoló que, aunque urbano, aún sigue siendo un normando provinciano.

Como dijo la sirvienta de Burma en Kipling, «An I seed her first a smokin’ of a whackin’ white cheroot». Tal vez no sea muy conocido que los birmanos hablan en verso —o peor, que aliteran. Cheruta china.

«¿Un beso?», le propone, de pronto, Dustin Hoffman a Vanessa Redgrave. «No, gracias.» Ella es muy estricta. «¿Un cigarrillo?» «Mr. Stanton, ¿Cómo se atreve?» Vanessa está, ahora, escandalizada. Este intercambio sucedía en Agatha, una película casi de misterio basada en la vida y obras del más famoso acto de desaparición de Agatha Christie. La película está llena de sacudidas, ya sean eléctricas o de otro tipo. La convulsión sexual que la joven Agatha sufre, cuando un extraño le ofrece un cigarrillo, es cierta. En 1926, cuando la historia tuvo lugar (o no tuvo lugar), las faldas eran indecentemente cortas y el charleston era la última danza demente: le dernier cri du corps. Pero, para las señoritas victorianas como Dame Agatha, los vestidos aún terminaban a la altura de los tobillos y la paciencia de las mujeres podía ser tan corta como las faldas de esas chicas que revolotean en la pista de baile, todas brazos aleteantes y piernas desnudas. (Las llamaban, de hecho, flappers.) Las mujeres americanas (y sus homólogas inglesas) tendrían que esperar hasta después del crash de Wall Street, cuando el muro bursátil se vino abajo con el sonido de las trompetas de jazz, para fumar en privado, y tuvieron que esperar, en efecto, otra guerra mundial para poder fumar cigarrillos en público. Por aquel entonces, las mujeres bien criadas (y, por tanto, decentes) tenían a los cigarrillos como otro tipo de sexo: amor sin pareja. Estos pequeños vibradores de papel eran una ayuda a la masturbación, para las mujeres blancas y mayores de 21 años. Vanessa Redgrave, sedienta de sexo, había quedado tan aturdida que se ruborizó ante la oferta. Dustin Hoffman, judío americano, la estaba invitando a compartir. Es decir, alguna mortal modalidad (de sexo) múltiple. ¡Vaya descaro el de este hombre! Pero ésos eran los cuentos de Hoffman y él la oteó con lascivia que su tribu llamó mera chutzpah. «Agatha, ¿qué tal una mujer asesinadita?»

Siempre hay complicidad en un cigarrillo que va de mano en mano y luego de labio en labio. A veces parece la pista de un crimen. De un asesinato, incluso. Glenn Anders, el sablista sudoroso George Grisby, coge el cigarrillo inmaculado de Rita Hayworth. Ella quiere fuego. Es Mike O’Hara (o sea, Orson Welles enmascarando su voz y sus intenciones bajo un marcado y falso acento irlandés) quien enciende el cigarrillo a Grisby. Éste se lo pasa a Rita como una especie de infección social. A ella se la ve desde arriba, halagada por la adulación y la cámara: falsa rubia ella está recostada en la cubierta del lujoso yate de su esposo y viste sólo un bikini negro y un cigarrillo. El humo se mete en los grandes ojos de Orson mientras ella encanta y canta una canción exótica, erótica y Glenn silba. Entretanto, el marido de Rita, Arthur Bannister (interpretado maravillosamente por los ojos saltones y la nariz ganchuda de Everett Sloane, quien nos hace creer que la polio no es una herida honorable sino una falla moral), el famoso picapleitos criminólogo, los mira a todos y la admira a ella. Bannister lo ve todo desde su silla de ruedas, rodando y reculando y abriendo los ojos como una botella de champán envenenado. Toda la trama está en ese cigarrillo que viaja encubierto por la cubierta del barco. Es la trampa en la que Orson O’Hara atrapará la poca consciencia que queda del rey y la reina, asesinos ambos.

El título de la película es La Dama de Shanghai (The Lady from Shangai), y comienza con la voz en off de Welles, tan falsa como la de Barry Fitzgerald: «Cuando empiezo a hacer de idiota no hay nadie que me pare». Luego le pide un cigarrillo a la bella rubia ceniza, la falsa, falaz y fatal Rita —mientras ella se da un paseo en una calesa por Central Park, Nueva York. Ella no fuma (o al menos eso dice), así que él le ofrece un cigarrillo inmaculado pero no inocente— que ella envuelve en su pañuelo y guarda en su bolso. (¿Para luego?) Aquí comienza de un salto y un asalto la historia de tramas, trampas y trapisondas para descarrilar como si fuera sobre ruedas asesinas. Sí, un cigarrillo puede revelar muchas cosas. En especial mientras va de la mano a la boca y de la boca a la mano. Entonces un cigarrillo, más que un peligro, puede ser una suerte de destino[22].

Fr. Rolfe (¿es Fr. de Frederick o de Fraile?) alias George Arthur Rose y, last but not less, Barón Corvo o Conde Cuervo, era incluso más sorprendente que el cura de los O’Hara. Era un padre que fumaba como un compadre y también fue el futuro papa Adriano Séptimo. «Lo visitaba cada sábado», escribe un conocido. «Le solía llevar doce paquetes de distintos tabacos, que él me pedía, y los mezclaba con sus cigarrillos.» El buen padre liaba la sancta cosa después. Sin embargo, tenía sus razones: «Decía que le gustaba tener doce emociones de sabor en su fumar». Existe también el testimonio de otro testigo: «Rolfe siempre liaba sus propios cigarrillos y cuando tenía dinero encargaba su propia Mezcla Corvo en un estanco de Oxford. Tenía un sabor fuerte, debido sin duda al tabaco de Latakia». Un tal John Holden, desconocido pero viejo conocido, da el veredicto final: «Era un gran fumador». Cuando Alec McCowen ofreció su versión de la vida y fantasías de Rolfe en 1968 en el Haymarket Theatre fumó sin parar. En un momento dado, el escenario estaba literalmente colmado de colillas. Toda la representación fue perjudicial para la salud de los espectadores. Pero las Autoridades Sanitarias no ofrecieron ninguna advertencia.

Tom Stoppard es un fumador compulsivo que, cuando un amigo o dos del público gritan «¡Autor!» una o dos veces, sube al escenario como Wilde fumando un cigarrillo o dos. Pero cada vez que firma sólo con las iniciales, como en un prólogo, siempre me digo: «Ahí está otra vez Tom Eliot haciendo de Modesto». Aquí tenemos a Stoppard haciendo otra vez de Wilde. Bennet y Henry Carr y no Stoppard, suben ahora al escenario. Bennet es el tradicional empleado doméstico inglés: cortés, etcétera. Carr es el tradicional empleado público inglés: cortés, etcétera.

BENNET: …Señor, he puesto los periódicos y telegramas en el aparador.

CARR: ¿Hay algo de interés?

BENNET: Hay una revolución en Rusia, señor.

CARR: ¿En serio? ¿Qué tipo de revolución?

BENNET: Una revolución social, señor.

CARR: ¿Una revolución social? ¿Mujeres solas fumando en la ópera, ese tipo de cosas?

Tom Stoppard, Travesties

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