Puro humo
Puro humo » Nota Beníssima
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Desde su invención, los cigarrillos han sido tildados de ser cosa de mujeres. Los freudianos pueden argüir que, si bien el cigarro es un falo suplente, el cigarrillo no es sino un clítoris fuera de sitio: está ahora entre los labios, no inmediatamente sobre ellos. «Le malade fume des cigarettes. Freud fume des cigars —voila tout!», dijo Alain Robbe-Grillet en conversación.
Éste es un anuncio de
El cigarrillo de la felicidad
(Una historia del Sunday Times)
En uno de los precintos policiales del sureste de Los Ángeles, la policía va armada hasta los dientes. Además de sus revólveres reglamentarios de calibre 38 y sus porras de acero, la mayoría lleva un ingenio poco amistoso conocido como el Taser. Con pulsar un botón, el Taser escupe un par de finos alambres de cobre que portan anzuelos en sus extremos; éstos se adhieren a la piel del sospechoso, y permiten al policía volver a pulsar el botón y cargar al hombre con 50.000 voltios de corriente continua. «Siempre funciona», dijo el sargento Howard Yamamoto. «El tipo cae como un bolo. Pero son seguros. He oído decir que se han probado incluso en gente con marcapasos y se levantaron como si nada.» Los Tasers se usan principalmente para ayudar a la policía a enfrentarse a hombres que tienen un mal viaje de PCP —la droga de moda en Watts, creada en talleres clandestinos con «éter, chips de magnesio y tranquilizante de perro», como nos explicó el sargento Yamamoto. La droga se empapa en unos cigarrillos largos llamados Shermans, se fuma y produce efectos inmediatos y a menudo muy violentos. «Te encuentras con tipos que de pronto tienen la fuerza de cinco hombres. Hacen saltar las esposas, doblan el metal— todo tipo de locuras. He visto a gente tan colgada que tenías que enchufarles cinco o seis veces con el taser para que cayeran. Es cosa de locos. Pero parece que les hace felices.»
Obviamente, al sargento Yamamoto, compatriota y colega de otro policía japonés, Míster Moto, podemos llamarle Míster Control Remoto. Pero es el más insólito de los hombres: un policía que cree en la felicidad.
«El señor Saidy, el dueño de la tienda (de cigarros)…, era inventor. Había patentado una pipa para fumadoras, que sostenía cigarrillos en posición vertical.» Todo por mantener la moral erguida, boys. O De Xeres navega de nuevo.
Chris Mullen muestrea lo suyo en Cigarette Pack Art, acerca de los espías camino de su perdición. «No es casualidad que ningún escándalo de espías, en la vida real, esté completo sin el paquete modesto pero vital. Y no me refiero sólo al Camel. Cualquier marca servirá. En el caso del espía Martelli, en Inglaterra, una de las pruebas básicas de la acusación la constituyó un paquete blando de Philip Morris que contenía un librito de códigos, cuando se vio que ese tipo de paquete solamente se podía adquirir en Suiza.» Mr. Mullen, a su vez, aporta su granito de arena a sacar esqueletos del armario:
Por ejemplo, en Inglaterra, a comienzos de los setenta, apareció un esqueleto encerrado tras los ladrillos de una chimenea. En un fragmento de chaqueta se encontró un pedazo de Crack Shot, que John Palmer, jefe de la división británico-americana de marcas de tabaco y un experto internacional en etiquetas, fue capaz de datar: comienzos de los años veinte. El esqueleto probablemente era el de un ladrón que habría quedado atrapado al intentar bajar por la chimenea para robar la tienda —y que se encontró con la chimenea condenada.
¿Habría oído hablar el señor Palmer de «El tonel de amontillado»?
Ésta es la historia de los cigarrillos Camel, según el mismo Chris Mullen:
En 1913, el público americano se vio bombardeado, desde los periódicos y las vallas de anuncios, con este eslogan: «Camels are coming! ¡Que vienen los Camellos!». La intriga se estimuló aún más con el emblema: «¡Camels! Mañana habrá más camellos en esta ciudad que en el conjunto de Asia y África». El misterio fue revelado cuando la compañía tabaquera R. J. Reynolds sacó a la luz pública el cigarrillo Camel. El Camel apareció con un halo de propaganda [que es la única manera en la que un cigarrillo aparece ante el público]. Una de las agencias punteras de publicidad del momento se hizo cargo de la campaña por un cuarto de millón de dólares… Las ventas de 1914 alcanzaron los 425 millones de cigarrillos y, tal fue la reacción nacional, que para 1921 esta cifra había ascendido a 30 millones anuales. El paquete, que no ha cambiado apenas desde 1913, ha demostrado ser tanto de un extraordinario alcance visual… como convertirse en sinónimo del tabaco americano para muchas generaciones de fumadores fuera de los Estados Unidos… Con los años, el paquete de Camel ha conseguido su propia mística… Su diseño pasó a formar parte de la vida cotidiana tanto que, en 1958, cuando la compañía decidió despejar su diseño colocando en la lejanía la pirámide que aparece tras la joroba del camello, «varias toneladas de correo airado» protestaron por esta interferencia radical en la herencia cultural de la nación. La firma capituló.
Pero la leyenda en la parte posterior del paquete continúa igual: «No busques premios ni cupones: el coste de los tabacos usados para los cigarrillos Camel impide su uso». En otras palabras, no busques que se vayan de boquilla. Pero los Camels aún prosiguen su marcha al paso seguro de su eslogan: «Caminaría una milla por un Camel». Un paso pequeño para un camello pero una travesía turca para Camel[23]. Donde antes decía: «Mezcla de tabacos turco y doméstico», ahora dice «Mezcla de tabacos turco y americano». ¿Una suerte de orgullo nacional o es que quieren definir lo doméstico como algo más exótico para fumadores extranjeros?
En El tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre), todo lo que quiere la némesis de Bogart es un cigarrillo: «¿Tiene un cigarro, hombre?». Es Sombrero Dorado, un bandolero brutal, y Bogart es un buscador de oro amateur que ha dado con la veta. Se encuentran en un lugar perdido de México. A Sombrero Dorado (interpretado maravillosamente por el Indio Bedoya) lo acompañan dos secuaces. Bogart no tiene otra compañía que un par de burros.
Cortés como todo viejo bandido mexicano, Bedoya traduce inmediatamente su demanda a un inglés más o menos decente: «Have you got any cigarette?». Pero Bogart no conserva sino algunos restos en su petaca. «No», confiesa, «pero tengo un par de hebras de tabaco si lo desea». Sombrero Dorado, fumeur melindroso, pregunta en cambio: «¿Y algo de papel para liar?». Ahí Bogart se pasa de la raya en cuanto a relaciones sociales se refiere: «Tengo por ahí un pedazo de periódico». Eso es demasiado para Sombrero Dorado. Humillado por tener que enrollar su cigarrillo en un pedazo arrugado de periódico (las noticias viejas ni se leen ni se lían), Bedoya le birla los burros a Bogart y, para remacharlo, también le da un buen plan de machete. Antes de irse, tiene tiempo todavía de desahogar su furia fumadora sobre Bogart, con un par de golpes del cuchillo convertido en guillotina: Bogart de cúpito decapitado. Y así que el Bogart indiferente y ganador de El halcón maltés (The Maltese Falcon) (un liante enrollado), se convierte en un perdedor hasta la muerte al sur del río Bravo. Aunque persiste la noción de que, si Bogart hubiera sido un fumador de cigarros, Bedoya se habría contentado con un purito barato. O con un cabo, ya que de militares se trata. Como cuando dice: «¿Los federales? ¡Y qué me importan a mí los federales!».
Los cigarrillos constituían tal novedad circa 1875 que en la película de De Mille Buffalo Bill (The Plainsman) (apenas un pleonasmo en inglés), un Gary Cooper fumador de puros, personifica a un Wild Bill Hickok viril pero desafortunado que se queda de piedra picada al ver su primer cigarrillo. Cooper está, de hecho, alucinado con Porter Hall (¡vaya nombre!), pasajero amanerado en un vapor de ruedas por el Mississippi que fuma ostentoso algo que parece un purito pálido.
«Hey, míster», grita el grosero Cooper, «tu mondadientes está que arde». Porter ni se inmuta. «No es un mondadientes», explica Hall con fastidio, «es un cigareet. La última moda allá en el este».
Ése era el comienzo de una fea amistad. Cuando la película concluye se demuestra de forma clara con ese último final postrero (esto es un pleonasmo para pleitos) cuando Hall dispara a Cooper por la espalda. Está claro que los cigarrillos pueden ser perjudiciales para tus pulmones. Incluso los pulmones de los otros. Así se le llama al humo del vecino.
Si Hickok podía ser letal con sus pistolas (excepto, por supuesto, cuando daba la espalda), más puntería aún tenía su novia Calamity Jane con el tabaco de mascar. Era también una espectadora muy vehemente. Una vez, viendo una obra de teatro, y molesta con un personaje femenino, «de pronto se puso de pie entre el público y dejó volar un chorro de jugo de tabaco», el veneno injuriante, a la intérprete irritante. «El chorro cayó sobre el vestido rosa», escribe Carl Sifakis en American Eccentrics, «y tanto el escenario como el público se alborotaron». No sólo eso: «La actriz chilló y se encendieron las luces». Calamity, todavía iracunda, «lanzó una moneda de oro al escenario». Dirigiéndose ahora en voz alta a la actriz gritó: «Eso por tu maldito vestido gagante». (Calamity quería decir elegante.)
Hay muchas vallas publicitarias a lo largo de la carretera que va hasta el aeropuerto londinense de Heathrow: enormes, multicolores. La mayoría de ellas anuncian cigarrillos. Puedes ver al vaquero bigotudo de sombrero Stetson, con el lazo en la mano, invitándote a Marlboro Country: poses en pos de la tos. Aunque la carretera a Heathrow no está llena de hierbajos que ruedan sino de hebra liada. Está Winston, aunque ningún Churchill los fumó nunca. Un velo de pura seda rasgada pero sin violencia para anunciar cigarrillos Silk Cut. Verde y oro para los Dunhill mentolados, desde donde nada menos que sir Alfred Dunhill canturrea: «La riqueza de los mejores tabacos del mundo suavizados con un toque de menta natural». (Aquí no hay tos, hay platós.) Está también una valla de Benson & Hedges —pero no para cigarrillos. «ROLL GOLD / Roll over, all other roll-ups/Virginia hand rolling tobacco.» («Oro liado / no se líen con otros/Tabaco de Virginia hecho a mano.») Y luego la obra maestra: «HAVANA CIGARS AT REVOLUTIONARY PRICES / it’s enough to make you leave the country». («PUROS HABANOS A PRECIOS REVOLUCIONARIOS / ¡Lo suficiente para dejar el país!»). Después de eso, sólo la solución final parece apropiada: «LUCOZADE / AIDS RECOVERY». Exeunt todos salvo Hamlet. (Véase TV.) En cualquier caso estas señales de humo nunca desterrarán ese genial coup de presciencia de las Reglas para los bailes de abono de Calcuta de 1792:
No se admitirán rameras[24] en la pista de baile en ningún momento de la noche. Sin embargo, pueden admitirse rameras en las habitaciones de arriba, en las salas de juego, en los palcos del teatro y a cada lado de la sala de fiestas, entre las columnas grandes y la pared.
Neck plus ultra
Vi el hoyo negro de la flecha de un montacargas sin puerta y a su lado esta señal:
NO FUMAR
A PARTIR DE AQUÍ
La chica del afiche que viaja en el metro de Londres se parece mucho a Helen Walker, con su cara de rubita, sus ojos abotargados pero con su cuerpo todavía impresionante. Pero esa chica es la atenta tonta que comenta de un tipo corriente que la mira: «¡Ay, Dios mío! ¡Mira qué dientes tan blancos! ¡Por fin un hombre que no fuma!». Odio a las mujeres que usan más de una exclamación, ¿tú no? El hombre a su lado dice en otro bocadillo promiscuo: «¡Hummmm!» —y por un segundo pensé que se trataba de un anuncio de H. Upmann. Pero sólo era el texto sentido de una marca de pasta de dientes que es más bien una demente pasta de mientes: promete una sonrisa de perla a todos los fumadores que la usen. Clark Gable tenía una receta mejor: «Carole», le declaró a la Lombard, «tráeme la dentadura nueva».
Del Acta de los niños y las personas jóvenes:
Es delito vender tabaco a cualquier menor de 16 años.
Escuchado a una estanquera londinense en el Soho:
«Lo siento, señor, pero aquí no puede fumar».
(Seguro que la estanquera se llamaba miss Anthropy.)
Ven a la tierra femenina de Marlboro
¿Quién hubiera pensado que tras del cartel de Marlboro y su muy macho eslogan («Ven donde está el sabor. Ven a la tierra de Marlboro.») se esconde un cigarrillo femenino tratando de salir del paquete? Los cigarrillos se llamaban incluso Beauty Tips (Consejos de belleza Marlboro) y tenían la boquilla pintada de rojo «para ocultar esas huellas delatoras del creyón de labios». (Vaya labia.)
Navy Cut
Dice el libro Cigarette Pack Art acerca del término Navy Cut: «Durante el siglo XIX y en el XX se permitió a los tripulantes de la Marina Real comprar hojas de tabaco enteras, que ellos comprimían en rollos atados con cuerdas. El tabaco desmenuzado, normalmente para ser fumado en pipa, se podía obtener mondando muy fino el extremo del rollo».
Sobre Alicia viendo fumar orugas
Lucky Strike tenía un cigarrillo ardiente que presumía en su humo: «Soy tu golpe de suerte. Soy tu mejor amigo. Pruébame. Nunca te dejaré enganchado».
El primer cigarrillo King-Size
Era Pall Mall y sucedió en 1939.
Y el último cigarrillo para Edipo Rey:
En El ojo mentiroso (Eyewitness), Christopher Plummer, en apariencia más un extravío de la familia Trapp que Edipo (papel con que debutó en el cine), hace el mal para una buena causa (sacar judíos de Rusia de incógnito) y por el bien de un melodrama confuso. Después de unos cuantos crímenes muere el malo. Sorprendido, la policía le pide a Plummer que se quede quieto. Señor, si le place. En cambio la mano de Plummer va por la pluma y bucea en el bolsillo de su abrigo antes de que caiga el telón. Hace este último gesto demasiado deprisa y en un instante Plummer se desploma plúmbeo. (Con total aplomo.) Un teniente, después de revisarle en vano todos los bolsillos y agujeros, explica la verdad inexplicable con un cliché que echa humo: «Creí que iba a coger una pistola».
Por favor, no me mezcles en tu suicidio
(Por Alexander Walker[25])
Tengo presillado a mi pasaporte un documento que ha levantado la ceja de más de un oficial de aduanas en muchos aeropuertos del mundo.
No es un certificado médico que declare que estoy protegido contra esto o aquello. Pero lo considero más esencial para mi bienestar que cualquier medicina que me den.
Se titula «Reglamento del aeropuerto londinense de Heathrow, 1972» y, en aquel lugar que he rodeado con un círculo rojo, se lee: «Nadie podrá fumar… en ningún lugar donde dicha actividad esté prohibida con carteles».
Es una muestra de los tiempos que corren que más de la mitad de los adultos en Inglaterra no fumen y muchos más lo estén dejando y yo ya no deba mostrar este documento como antes, para mantener limpias las zonas de no fumadores en Heathrow tal y como estipula la ley.
Más y más gente respeta las señales de no fumar, y estoy seguro de que incluso los fumadores aprecian su valor disuasorio. Esto mismo se observa también en más sectores del transporte urbano de Londres. El empuje de la gente a favor de las zonas libres de humo es de interés general —tanto de los fumadores como del resto—, es cada vez mayor y más persistente y vigoroso.
Los taxis tienen pegatinas que rezan: «Gracias de antemano por no fumar». Ahora ya no se permite fumar en los autobuses de una sola planta. La mayor parte de los vagones del metro de Londres son para no fumadores[26].
Lo cierto es que el derecho de la gente a fumar acaba donde empiezan nuestras narices. Necesitamos que se recuerde esto en todo momento.
Lo que no tolero ni toleraré en cualquier caso es su derecho a que me mezclen en su suicidio.
Evening Standard
Tiempo después, en Vogue, Walker entrevista a Bette Davis: «Durante el té y a pesar de su operación, fumó de forma ininterrumpida, pero sólo “cigarrillos vegetales” y para calmar una necesidad, no para incurrir en ningún riesgo». Walker se lo tomó todo ello no con tos discreta sino con flema fugitiva. Por cierto que nunca explica qué es eso de los «cigarrillos vegetales». ¿Son los Camel animales?
Los chinos siempre tendrán Peking
Los chinos son hoy los fumadores más prodigiosos del mundo. Del billón de chinos que existen, 1 de cada 4 son fumadores de cigarrillos, la mayor parte hombres. La industria tabacalera del Estado produjo 911 billones de cigarrillos el año pasado, lo que supone aproximadamente 3.600 por cada fumador (las pipas y los puros no están muy extendidos). Las 140 fábricas de cigarrillos del país elaboran 1.000 marcas de cigarrillos, algunas al bajo precio de 4 centavos el paquete y otras a 50 centavos, la mitad del jornal diario de un trabajador. A diferencia de otras naciones, China no estipula que la carátula de los paquetes lleve ninguna advertencia acerca de los posibles perjuicios para la salud. El total de beneficios de la venta de cigarrillos alcanza los 5 billones de dólares al año. La cifra aumentaría de no ser por los muchos campesinos que cultivan su tabaco y lían sus propios cigarrillos.
Time Magazine
Prohibición «injusta» del tabaco
Un grupo de defensores de los fumadores ha manifestado hoy que una propuesta del comité de usuarios de los transportes de Londres para prohibir completamente el uso del tabaco en el metro y autobuses de la capital sería «no justa, no democrática y no popular».
Asimismo, condenan que se establezcan restricciones en servicios de transporte público sin atender primero a los deseos de los usuarios.
FOREST, la campaña para la libertad de elección, ha hecho llegar su crítica al comité, que hace poco exigió al GLC[27] que prohibiera fumar en todos los vagones de metro, en los autobuses y en todas las estaciones.
Evening Standard
Debemos citar ahora al viajero en el tiempo (cortesía de H. G. Wells). Excitado, dice: «He visto el futuro pero mi nombre no es Lincoln Steffens. Es Partagás». Suspiró al exclamar: «O mejor, ni siquiera eso».
«¿Cómo así?»
«No hay humo. No hay humo en ninguna parte. Ahí fuera hay un mundo sin humo. ¡Simplemente atroz!», y tiritó con violencia, como si tuviera fiebre.
Ventas más allá de Ventas
Las ventas de puros, que se recuperaron en 1983 tras tres tristes años de declive, han sufrido otro tropezón el año pasado. Los fabricantes prevén un mayor receso para 1985.
The Times
El cierre de la cámara humidificadora clausura la era del puro
Nueva York —Estos días, sirvientas, mensajeros, chóferes y todo tipo de ayuda doméstica abarrotan la mullida escalera alfombrada de Dunhill’s en la Quinta Avenida. Habían sido enviados para acarrear los puros de sus jefes.
The Dunhill Humidor Room, donde han guardado durante años sus puros monarcas, presidentes, caudillos, industriales o simples ricos, cierra. Uno no desea hablar de temas tan poco delicados como el de los asuntos financieros, pero el londinense Alfred Dunhill no puede permitirse pagar las altísimas rentas de la Quinta Avenida para albergar los más de 40.000 puros de sus clientes.
En el Humidor Room los cajones privados y climatizados de madera de cedro —o «keeps», como se los denomina— ostentan nombres como los de John F. Kennedy, sir Winston Churchill, Alfred Hitchcock y Milton Berle.
El problema es que muchos clientes han muerto. William E. Geist. International Herald
Wilkie Collins, autor de La dama vestida de blanco, escribe en su famosa Declaración de Dependencia (era opiómano) que las mujeres disfrutarán los vahos derivados de emanaciones animales, grasas clarificadas y espíritus enrarecidos. Se refería por supuesto al perfume, como el Chanel número 5 y Diorissimo: olores de un viaje en el tiempo. Pero luego Wilkie afirma que ellas, las mujeres, de manera ilógica aborrecen el «limpio, seco, olor vegetal del tabaco». Bueno, Collins, colige esto. Sé que me vas a decir que una mujer es flor de un día. Sigue leyendo, mi viejo. Cuando de fumar se trata, si lías tu tabaco en papel y luego le añades un poco de alquitrán (todo lo liado es mestizo), las mujeres se olvidarán de su perfume favorito para seguir el aroma de un cigarrillo. Mira, lo guardan en la mano y cerca de sus relojes. Está tan cerca de sus corazones que laten.
Ese siglo que viene
Para el año 2002 los hombres no fumarán puros, todas las mejores marcas habrán salido del mercado por sus precios exorbitantes tanto en Europa como en los Estados Unidos. Habiéndose perdido el hábito por culpa de la aduana, el país ya no necesitará más un buen puro de cinco centavos como perspectiva democrática. Pero no estoy tan seguro en cuanto a los cigarrillos. «In women we trust», podrían decir a partir del 2002 los fabricantes de cigarrillos: «Confiamos en las mujeres». Más tarde, mucho más tarde, en Nosotros (la novela rusa de 1922 de Yevgeny Zamyatin), el héroe de un país en el futuro distante no sabe nada de puros pero la heroína, llamada E-330, es esa cosita deliciosa que lo conoce todo acerca del arte de la seducción y los cigarrillos, ambas cosas absolutamente prohibidas en ese tiempo. Dice Zamyatin:
«Me volví. Ella llevaba un vestido y un gorro color azafrán de corte antiguo. Era un millón de veces más chocante que si no llevase nada encima. Dos puntas enhiestas, emergían de la delgada tela: dos rescoldos brillando entre cenizas.» ¿Dos cigarrillos a la luz, quizás? ¿Dos pezones? ¿Dos ombligos? ¡No, no, no! «Dos tiernas rodillas redondeadas.» Pero espera: «Estaba sentada en un sillón chato. Ante una mesa cuadrada que tenía enfrente había una jarra con algún tipo de líquido verde venenoso y dos vasos tubulares. En una esquina de la boca llevaba el más delgado de los tubos de papel, lanzando el humo de una sustancia combustible que usaban los antiguos. (He olvidado ya cómo lo llamaban.)». Déjame ayudarte. ¿Un puro? No. ¿Una pipa? ¡No, no! ¿Una boquilla? Caliente. ¿Un cigarrillo? ¡Eso es! Mientras tanto, «ella siguió lanzando humo, mirándome tranquila de cuando en cuando y echando las cenizas de su tubo de forma negligente sobre mi cupón pink» en el original. ¡Es decir rosado! Ella pagará por ese placer prohibido, ya verás. «Oye», le dije, «seguro que sabes que El Estado Único no tiene clemencia para aquellos que se envenenan con nicotina».
More Powell To You
William Powell es el triunfo del estilo sobre el contenido y del contenido sobre el descontento. Era un actor feo, alopécico y de mediana edad perpetua y aun así su elegancia, tan natural como sólo lo es la verdadera elegancia, su réplica hábil y su cadencia exacta y la forma en que podía vestir de smoking, incluso de frac y esos evidentes zapatos de charol de los que presumía sin que se notara que lo hacía, no eran muy corrientes a lo largo de los años treinta —esa década decadente de depresión y de guerras. No está aquí entre nosotros porque fuera un artifex elegantiarum sino porque en Jewel Robbery inventaba la marihuana. Es un ladrón de guante de seda que administra a sus futuras víctimas un cigarrillo que los deja tan felices, indefensos y tontos que todo les da igual. Entonces, entre sonrisas, jolgorios y risotadas Powell pasa a limpiarlos limpiamente. Ahora, si esas finas varitas blancas de felicidad instantánea no son porros, qué son— ¿antiporras lívidas?
Auto da fe
¿Es jerga, como siempre, cuando llaman al cigarrillo otro clavo para el ataúd?
En Los ángeles del infierno (The Wild Angels) Bruce Dern, un motociclista mariguano moribundo que ha chupado toda su vida adulta, tiene una última voluntad urgente: «¿Alguien tiene uno regular?». Se refiere, es obvio, a un cigarrillo.
Se ruega no fumar
El uso más dramático de un cigarrillo se da en ¡Feliz Navidad, Mr. Lawrence! (Merry Christmas, Mr. Lawrence!), en la que David Bowie reproduce el acto de fumar un cigarrillo mientras está confinado en un campo de concentración japonés durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, Bowie fuma un cigarrillo que no existe: lo enciende, lo disfruta, tira la colilla al suelo e incluso la aplasta con su zapato, con su bota mejor dicho. Aunque el cigarrillo es imaginario y, por lo tanto, invisible, el placer es tan real como todo lo que vemos en la pantalla, Bowie incluido. En cuanto a fumar cigarrillos se refiere, ¿puede alguien pedir más?
Zeta Jones
No sólo es el único estado del futuro el que está contra nosotros los fumadores, también el actual estado de las cosas. Cualquiera que fuera su nombre, la adorable, la fresca, la atrevida E-330 paga su atrevimiento en la novela de Zamyatin: la atrapan, la meten a la cárcel y la ejecutan así: la introducen en una gigantesca campana de cristal y allí la queman hasta que se convierte en una exhalación. Humo al humo.
Queda prohibido fumar en la plaza Roja desde la medianoche pasada. Un «vasto cenicero público», según los moscovitas más mendaces. ¿Y de las colillas qué?
Evening Standard
Así que Zamyatin tenía razón, al fin y al cabo.
Los fumadores serán el último movimiento underground, el humo saliendo de las alcantarillas, de las rejillas de ventilación, de los sumideros, de las cloacas —cualquier ciudad que pretenda ser Nueva York en invierno.
Los cigarrillos son para las mujeres —¡y pueden ser un peligro! Pero también los fuman los duros. Algunos héroes de serie negra lían sus propios pitillos para parecer pétreos. Nada de Camels de blandas jorobas para mí, bonita. Mr. Hardboiled Hero, el durísimo Humphrey Bogart que es Sam Spade, aparece liando un cigarrillo al comienzo de El halcón maltés (The Maltese Falcon). Está tratando de liar el primero del día, una operación que requiere calma, lujo, tranquilidad y voluptuosidad después de haberle echado huevos duros (claro está) al estómago con peligroso café negro encima. Así aparece Bogie enrollando mientras la cámara rueda cuando entra la fiel miss Perine. Es su secretaria. También es Effie, la chica que llama Sam a Spade. Viene a anunciar visita: hay otra chica que desea llamar Spade a Sam. Está buenísima, dictamina ella, un veredicto que suena extraño en una mujer, a menos que sea de uso facultativo. Parece que la que está buenísima viene a dar trabajo. Es la fatídica Brigid O’Shaughnessy que se esconde bajo un alias disperso, diverso. «Que venga», musita Sam. «Déjala que venga», todavía ocupado con el primer rollo del día: el duro arte del lío.
El oficio de liar tus propios cigarrillos, muy en boga —por necesidad— durante la depresión, se convirtió en un verdadero arte en los sesenta. Fue entonces que —por curiosidad— los jóvenes (y no tan jóvenes) se vieron atraídos y aun fascinados por unas hojas de hierba, la marihuana, y su variedad oriental el hachís, a quien los iniciados y los snobs llamaban hash. Todos ellos moraban en Cannabis Row y se les conocía como la Flower People, cuando deberían haberlos llamado la Maligna (yerba). Se vino a denominar canuto al cigarrillo de marihuana hecho a mano. En los treinta se les llamaba reefers, porros y eran tabú. Lo que le sucedió al jazzman Gene Krupa causó estupor sino estupro por un porro: en mitad de un riff, un redoble, le encontraron un reefer. Y dicen que era tan largo como una baqueta.
En Chantaje en Broadway (Sweet Smell of Success) Tony Curtis es Sidney Falco («una galleta de arsénico», como le llama Burt Lancaster, un Satán sádico para quien Curtis es un Mefistófeles meloso), trata de cagar la reputación de Martin Miller, que interpreta a un jazzman de la escuela del Cool, metiéndole en el bolsillo «algo de mierda» —que era como se llamaba a veces a la marihuana. Más afortunado que Krupa (que la llamaba manteca), Miller va a lo que Piranesi ya llamaba carcere— pero por poco tiempo y con la reputación tan intacta como el virgo de la hermana de Lancaster, novia de Miller y manzana de la discordia en la Gran Manzana, llena de gusanos incestuosos y orugas que fuman como ejemplo de rectitud para la sociedad.
Pero en los sesenta todos aporreaban de lo lindo, incluso aunque no supieran hacer la O con humo.
Sin embargo, algunos porros eran obras maestras de la artesanía: los más finos de los cigarrillos extrafinos. Otros eran tayuyos odiosos, porros como tamales en dirección retrógrada: de vuelta a Colón. Es de esos años transgresores (cuando fumar droga hizo de cada casa un garito clandestino), que algunas marcas de papel de fumar se volvieron más famosas que sus mejores cigarrillos legítimos y legales. Como Rizla, empaquetado en rojo brillante: el papel de arroz preferido de los colgados para enrollar, engomar y pasar a tu vecino más cercano. En los setenta esnifar coca sustituyó a fumar hierba y los mejores dedos se volvieron de absolutos en obsoletos, suplantados por cucharillas de plata liliputienses y fosas nasales tan sensibles como un túnel de hormigón. Hoy retorna el arte de liar cigarrillos, sin duda porque la moda es un círculo vicioso. «Los tigres blancos de papel» (como se llamaba al porro en círculos más maoístas) han vuelto a la ciudad . Roll over, Spade.
Quienes la ligan y lían han vuelto entre nosotros, no para apocar a los sicarios de Midas, sino para aumentar sus ahorros: la frugalidad ha vuelto a ser virtud. Los chicos de Chicago son ahora los hombres de Friedman y no los mafiosi. El tabaco de liar puede ayudarte, si no a acabar con el vicio sí a reducir gastos. O tal vez el dandi que hay en uno (o en otro) desee aportar algo de originalidad a tus cigarrillos. O serás capaz de fumar menos. Piensa: mientras estés liando no estarás fumando. Sea como sea, hay vallas enormes por todo Londres, ciudad que una vez fue nebulosa, carteles que anuncian tabaco de hebra para cigarrillos con una muletilla ingeniosa: «For a Real Roll-Up», («Para un buen enrollado») dice el emblema marinero de Old Holborn Blended Virginia. No es con mucho el único tabaco de liar que se anuncia hoy. (Véase el lío más arriba.) A Sam Spade lo habría azorado no tanto el cuerpo de delito como la elección del papel. No sabría cómo ponerse manos a la hebra al comenzar el día. Tom también lía sus pitillos —de un zarpazo. Pero es Jerry el que debe lamer, pegar y encender. ¿Es un hombre o un ratón?
El primer anunciante de la hebra fue ese falso introductor de la planta de tabaco en Inglaterra, sir Walter Raleigh. Ese honor (que algunos consideran dudoso) pertenece en verdad a sir John Hawkins, aunque Aubrey, en sus Brief Lives (Vidas breves: buen título cuando el arte es largo) dice: «Sir Walter fue el primero que trajo el tabaco a Inglaterra y quien lo puso de moda». Pero sir John ni era poeta ni amigo de poetas, como sir Walter. Lean lo que Raleigh escribió en su «Ode to Tobacco» ,un jingle prematuro:
Pero el humo de verdad es un fuego que dura,
Que en la boca siempre arde
Nunca craso, nunca viejo, jamás muerto.
¡Que no huirá jamás de mí!
No eran malos versos para un hombre cuya vida fue su anverso. Aunque Raleigh no fuera el primer fumador de Inglaterra, al menos sí fue, con Spenser, el primero en ver la relación existente entre la palabra escrita y la hebra fumada. Por cierto, que fue Raleigh quien fió la sólida divisa inglesa para el sueño americano de El Dorado, soñado primero por Colón tras haber leído Il Milione de Marco Polo, muchos años antes del descubrimiento de lo que se llamaría, doble error, América.
Pero en Inglaterra no todo era hoja y lumbre sobre el tabaco, por aquel entonces. Aquel que nos dio la Biblia, el mismo rey Jacobo, expectoró ante el tabaco en su Counterblaste to Tobacco, o diatriba real contra el tabaco. Aunque publicada de forma anónima, es bien sabido que el rey Jacobo, que al menos sabía leer, la escribió de (mala) memoria. Comienza cuestionando el rey las supuestas cualidades curativas de la planta —y en eso tenía razón. El tabaco no es bueno sólo para fumar. Pero el rey trota como un caballero andante de la medicina a la moral. Su tintero de virtud salpica con letra real el hábito de fumar por producir indolencia— cuando produce insolencia.
Aubrey cuenta unas cuantas historias sobre Raleigh, pero una de ellas posee visos de ser breve —y veraz. «Cuando sir Walter Raleigh fue traído prisionero a Londres desde la costa, se aposentó en Salisbury donde, gracias a sus amplios conocimientos de química, llegó a parecer un leproso.» Si la vida fuera un cuento de misterio de Poe, Raleigh se habría convertido en un leopardo. Pero debemos recordar que Shakespeare en Hamlet llamaba al veneno que mata al rey Hamlet un «destilado leproso». Éste no es otro que el «jugo de la hebona maldita», que Shakespeare tomara de Marlowe, quien, en cambio, escribió hebon. O sea, beleño. Pero hebon es también ébano, la madera de la noche. Según Shakespeare, la Escuela de la Noche era un círculo de magos y nigromantes capitaneados por el mismísimo sir Walter. Así fue que se cierra el círculo de lo que, para los contemporáneos de Raleigh, era un círculo viciado.
Raleigh tenía ingenio de sobra como para haberse hecho un disfraz de leproso. Podía, por ejemplo, pesar vapores. En la ficción, incluso apostaba que podía pesar el humo nada menos que contra la reina Isabel Primera. Primero «pesó algo de tabaco antes de fumarlo en la pipa y luego procedió a pesar las cenizas». Aseguró que la diferencia era «el peso del humo». Según la leyenda la Reina Virgen pagó al perder. Pero no sin observar divertida que «sabía de alquimistas capaces de convertir el oro en humo, mientras que Raleigh había sido el primero en invertir el proceso». No obstante sir Walter jamás consiguió hacer con la hebra un experimento más sencillo: convertir el tabaco en oro. Eso es lo que una compañía de pipas ha hecho en nuestro tiempo. La marca, qué curioso, se llama Raleigh.
Escribe, en su breve biografía, Andrew Sinclair: «Comió un buen desayuno y fumó una última pipa… Resultó espléndido ante la final». Eso es hacer de Raleigh un rey.
El tabaco siempre se fuma atendiendo al ocio del fumador y no al ritmo de la hebra. Es sólo a partir de la introducción del cigarrillo en Europa hace dos siglos que los hombres (y las mujeres) pudieron trabajar y fumar al mismo tiempo. Tanto los puros como las pipas deben disfrutarse en paz y tranquilidad, y mascar tabaco requiere espacio y una escupidera. Ripio al rapé.
Pero el rey Jacobo era un hombre civilizado si lo comparamos con los monarcas de Oriente, «con poder y ciencia rara». Fumar fue considerado un delito moral en Rusia porque inducía a la modorra y el aturdimiento. ¿A qué delito aludían? A la vagancia, por supuesto. El sobrio zar impuso entonces un castigo corporal a aquellos criminales que osaran fumar una pipa. Veinte latigazos era la mejor cura de pecadores. A los reincidentes les cortaban el labio superior en cumplimiento de la ley, que causaba en todo fumador incondicional un labio leporino. A otros, con el labio intacto, se les enviaba al invernadero del zar, Siberia. La contraseña samizdat significaba, para el fumador clandestino, «Lobo estepario, extrema las precauciones». En cualquier caso, hay hoy en Rusia más fumadores de papirosa (el papelete arcaico, en ruso) que comunistas. ¿Será tal vez porque tanto Marx como Stalin eran acérrimos fumadores? El primero concibió sus sueños (y pesadillas) con un puro, el segundo la pasó pipa con sus innúmeros cautivos desarmados.
En Turquía, un mandatario otomano llamado por capricho oriental Murad el Cruel, una verdadera pasión turca, dejó atrás a los zares cuando decretó que fumar violaba todos los principios del Corán. No los enumeró, pero durante sus últimos cinco años de reinado 25.000 turcos, con fez o sin fe, fueron odiados por amor al humo. Éste es el mismo país que inventó «the Turkish Blend», la mezcla turca que hiciera posible que aparecieran los Camels en América. Turquía, de hecho, ha originado más variedades de Nicotiana que ningún otro país, con la posible excepción de Cuba. Es evidente que algunas de las cabezas que el sultán cortó eran sólo turbantes vacíos.
El tabaco lo introdujeron en China los marineros españoles que venían de Filipinas y los mercaderes portugueses que operaban desde Macao. Fumar se volvió de pronto tan chino como beber té. Los chinos no son amigos de los puros pero poseen tanta adicción al cigarrillo como si lo hubieran inventado: donde hay humo, hay un chino fumando un cigarrillo. El último emperador de la dinastía Ming intentó prohibir el tabaco en 1641, una ley que no fue efectiva ni siquiera en la Ciudad Prohibida. Los chinos pasaron el vicio, junto con el arte y los idiogramas, a los japoneses y los coreanos. Hoy China produce (y consume) más tabaco que ningún otro país en el mundo con excepción de Estados Unidos. El fumar sin pausa de Mao aportó al vicio un imprimatur escrito en humo sobre la Puerta Celestial. El tabaco es ahora el opio de los chinos.
Allí donde la planta era más verde y mucho más extrema cuando madura, no fue en Extremadura, fue en Abisinia. La iglesia abisinia promulgaba que la Caída ocurrió porque Adán fue tentado no por una serpiente y una fruta que coincidieran en una huerta sino por la maleva Eva: ella tuvo la destreza de prender el tabaco de Adán y hacerle fumar y soñar. (Éste no es el Paraíso sino Parodyso.) Abisinia ya no existe. Tenemos en Etiopía una utopía. Pero Etiopía es la tierra sagrada de los Rastafaris —todos ellos fumadores de marihuana— y salón de baile donde el coronel Megistu se daba su vals de sangre.
Uno de los primeros detractores literarios del tabaco fue el autor de un libro titulado a propósito Work for Chimney Sweepers. (Obra de deshollinadores: ¿Qué te dije?, le podría preguntar De Xeres a Colón.) Publicado en 1601 (el Counterblaste del rey Jacobo era de 1604) apareció firmado con seudónimo, Philaretes. Aunque se sabía que, en realidad, lo había escrito un tal Hall, obispo, y se puede leer como Los crímenes del Obispo. Allí el tabaco aparece otra vez como una inventio diabolis, un proyecto del demonio. Otro tabacófobo inglés, John Taylor, aseguraba que el mismísimo Satán había ordenado a sus secuaces que propagaran el tabaco y el vicio de fumar. ¿Era el doctor Pretorius un emisario del demonio o fue acaso el bueno y musical eremita el diablo con un puro? No es coincidencia que esta oposición al tabaco estuviera orientada contra la obra de los Reyes Católicos. Colón era italiano y católico. También lo era Rodrigo de Xeres, también los españoles, los portugueses y los franceses que popularizaron la hebra por toda Europa. Incluso sir Walter Raleigh lo hizo por su amistad con Marlowe el ateo y su Escuela de la Noche, ralea irreal de Raleigh. Mucho malhecho, como dice Shakespeare. Allí fumamos.
Taylor citaba un viejo dicho, medieval lo más probable, que advertía «Bebe y el demonio hará el resto», actualizándolo en «Fuma y el demonio echará el humo». La demonología es una doctrina temprana de la Iglesia, como lo prueba el Malleus Maleficarum. Pero fue justo en Inglaterra donde los clubs de fumadores proliferaron no mucho tiempo después de la retreta como diana del obispo. Si los comparamos con un escritor español como Francisco de Quevedo, enemigo del tabaco en Madrid y Toledo, tanto el obispo Hall como John Taylor son dos inquisidores iniciáticos. Así es que Sam Slick, un contemporáneo que se declaró converso, pudo decir: «Un hombre se convierte en filósofo en el momento de fumar su pipa». En 1614, el doctor William Barclay publicó su Nepenth or the Virtues of Tobacco y se la dedicó a «Mi lord Bishop Murray». Más tarde, un tal doctor Cheynell tuvo el valor de defender el acto de fumar tabaco contra la opinión de su rey Jacobo, cuando éste visitó Oxford. Todo ocurrió en vida de sir Walter Raleigh, aunque estaba encarcelado en la Torre de Londres y con su cabeza todavía en su lugar.
En 1642 el papa Urbano VIII promulgó una bula biliar amenazando de excomunión a todos los feligreses que fumaran, durante el servicio, «esa hierba que se conoce como tabaco». ¿Qué pasó con aquellos que sabían latín y llamaban a la hebra Nicotiana? ¿O con los que fumaban pura hierba? Pero no era una burla papal cuando trató de extirpar «un abuso escandaloso de la Casa del Señor». Condenó y prohibió que todas «las personas de cualquier sexo, seglares, eclesiásticos y todas las órdenes religiosas usen tabaco tanto en los pórticos como en el interior de las iglesias, ya sea mascándolo, fumándolo o inhalándolo en polvo. En definitiva, usarlo de cualquier modo o manera». Lo que demuestra que fumar era un acto de fe católica.
Tiempo después vino otra vez la peste, y su nueva cura fue —¡fumar tabaco! El remedio se puso en boga y a esa moda la llamaron ebolición cubana. Nadie sabe qué demonios —o ángeles— significaba ebolición pero Ben Jonson escribió sobre este asunto. En su obra Every Man Out of His Humour Jonson habla a su vez de Euripus y Whiffe, que no eran dos comediantes ingleses sino otras formas de la ebolición. Según el académico y erudito Jerome Brooks, ebolición «supone una exhalación agitada del humo mediante la retención del aire seguida de un trago súbito y una bocanada posterior». ¡El resto, por supuesto, es una gran tabacanal! (El término, ay, no es de mi invención sino fiel al espíritu del siglo XVII.)
Si el Gran Bardo fumaba o no, no viene al caso, pero podemos saber qué hacía su público al venirse al coso. Edmond Malone en su History of Stage (Historia de las tablas) de 1780 (Que cada uno saque su humor —y supongo que su humo), que se remontaba hasta Jonson, Beaumont y Fletcher, describe al público shakesperiano antes del comienzo de la función, «ya que no se reservaban los asientos». El primero en llegar se sentaba, «mientras una parte del público se entretenía leyendo o jugando a las cartas, otros se entretenían con quehaceres menos refinados, como beber cerveza o fumar tabaco… suministrado por los celadores…». Eso ocurría a comienzos del siglo XVII. Para 1660, «la mujeres fumaban tabaco en los corrales, tanto como los hombres». ¡Oh, «tiempos de mudanzas llenos»!
Samuel Pepys (Pepys se pronuncia Pis no Pepsy) tiene algo que decir sobre el tabaco y la peste (fechado el 7 de junio de 1665 en su diario): «El día más caluroso de mi vida. Ese día, contra mi voluntad, vi en Drury Lane[28] dos o tres casas con las puertas marcadas con cruces rojas, y la inscripción ¡Que el Señor se apiade de nosotros!, lo que me produjo una gran tristeza ya que, hasta donde me alcanza el recuerdo, era la primera vez que lo veía. Me dejó tal mal concepto de mí mismo y de mi olfato que tuve que comprar algo de tabaco para mascarlo y olerlo, lo que acabó con mis miedos».
Según Tobacco Talk, «De forma general se comentaba que ningún estanquero ni sus familias sufrieron los ataques de la peste». Aún más, «los médicos que visitaban a los enfermos lo tomaban [el tabaco] a menudo. Aquellos hombres que se movían entre las carretas de muertos mantenían sus pipas ardiendo incesantes». Claro, «esto dio mucha popularidad al tabaco, y volvió a recuperar gran estima médica, según los cirujanos de la corte francesa».
El péndulo del humo oscila de vuelta desde los pozos de España y de cualquier lugar de Europa, incluso Alemania, donde Lutero, a pesar de la Dieta de Worms (o acaso por ella) nunca dice nada del tabaco. Aunque tiene palabras para otros placeres terrenales, en un tono muy cercano al de Marlowe como poeta elegiaco: «Aquel que no ama las mujeres, el vino y las canciones será un necio toda su vida», dijo maese Martín. Éste era el cura que le arrojó su tintero al demonio, no su pluma. En Francia, otro escritor amante de las mujeres, el vino y las canciones como deleites humanos, proclamó divino al tabaco. Dijo Molière, «Le tabac est divin: il n’est rien qui l’égale!». ¡Nada lo iguala! Según algunos historiadores, éste fue el final de la dinastía de los Capeto. Aunque quizás sea ir demasiado lejos. Digamos que fue el comienzo de la dinastía Gaulois. Más tarde vendría la Caporal.
Los puros siempre se esfuman con el humo pero pueden llegar a convertirse en riquezas firmes, incluso en inversiones contantes y sonadas. Los vástagos de las familias más ricas de Londres llevan a depositar sus tesoros a los recintos de madera de cedro en los sótanos de Dunhill[29] como si fueran las bóvedas del Banco de Inglaterra. Hace poco murió sir Maxwell Joseph y dejó una renta de más de 28 millones de libras —más un stock de puros. En la lectura de su testamento, sus herederos querían saber quién se iba a quedar con sus habanos. ¿Ahora quién les baja los humos a los puros?