Puro humo

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Puro humo » Nota Beníssima

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Entonces, ¿qué puede ser peor que el tabaco? ¡Un estanquero, por supuesto! De aquéllos, según Robert Burton en The Anatomy (toma Dos), Inglaterra tenía más de los que le correspondían. O, al menos, tantos como «Alemania tiene borrachos, Francia bailarines, Holanda marinos… e Italia ella sola maridos celosos». Pero seguro que Burton había oído hablar de los celosos árabes que manufacturan eunucos y decapitan intrusos de sus harenes y serrallos. ¿Habría leído acerca de ese mercenario marroquí al servicio del Estado veneciano que «amaba sin prudencia»? Pero claro, el «asesino honorario» afirmaba, oh celos, que no se ponía «celoso con facilidad». Burton el melancólico manifestó que «hay mucha más necesidad de eléboro que de tabaco». ¿Qué quería decir con eso? Llamó a todos los hombres «poco afectados, melancólicos, locos, mareados». Pero ¿por qué rebajar el tabaco y elevar el eléboro, una planta con flores vistosas pero partes venenosas? To hell a bore!

Algunos viejos fumadores de puros de La Habana solían hablar de un legendario don Gil que «lo sabía todo de los puros». De niño pensaba yo que sería algún caballero español que vivía en Castilla la Vieja. Pero cuando fui ya mayor para preguntar, me contaron que el afamado don Gil era londinense. «Don Gil de Londres», me dijeron mis mayores. Sólo mucho tiempo después, cuando llegué a Londres por primera vez, oí hablar de Dunhill: ése era el don Gil al que tanto le debían los fumadores cubanos. Descubrí entonces que don Gil o Dunhill of London a su vez respetaba mucho a los cubanos —no a la gente sino a los puros. El primer Alfred Dunhill abrió una tienda modesta en Picadilly en 1907. Su tienda aún continúa allí, pero está lejos de ser modesta. Está ahora en el 30 de Duke Street, St James, como si anunciara su proximidad a la corte. No lo harán nunca de forma ostentosa, por supuesto. Es tan sólo una insinuación de su vínculo con la corona que comienza con Eduardo VII, un amante de los puros cubanos y de las mujeres inglesas— acaso en ese mismo orden.

Dunhill sigue siendo un sitio elegante, pero son ahora nostálgicos y melancólicos en su publicidad. «Sobre el triste declinar de los placeres de la vida», dicen en un panfleto que habría firmado Robert Burton, «de refinamiento y elegancia, la delicia de fumar un puro distinguido —reina supremo con su sutil aroma y su agradable gratificación». El tono le lleva a uno a decir «Quizás» y luego a preguntar retórico: ¿pero por cuánto tiempo? Un día los habanos serán el gozo de antaño, como dijo un poeta puro.

Mientras tanto, disfrutemos del placer que antes fue de curas, luego de príncipes y ahora se ha vuelto tan excesivo que resulta exclusivo para la mayoría de los mortales y una buena razón para apagarle su fuma a Thomas Marshall: no volverá a haber buenos puros de cinco centavos. ¡Ésos no volverán!

Aparte de su tienda famosa, que almacena los puros «en alacenas de madera de cedro numeradas de forma individual» —contra necesidades futuras o hasta que la muerte haya cobrado una vida. Dunhill tiene existencias de buenos puros e incluso hay un habano «hecho a mano de forma exclusiva» para la House of Dunhill: Don Alfredo, llamado así en honor a su fundador, Alfred Dunhill. Es una pena que no hayan llamado Don Gil a este puro onomástico.

A Dunhill lo siguió Zino Davidoff. El nombre de Davidoff, como dice la dama inglesa de porte aristocrático en el anuncio de patatas fritas, «es con dos efes» —y por ser tan snob y artificial la echan de la mesa del banquete para siempre. El capitán Ffoliot, el del monóculo platónico puede que sea adicto a las patatas fritas, pero se atiene a las reglas como el primero. ¡Nada de aguafiestas en las fiestas del capitán! The dinner is off! Con dos efes. Como el último zar. Pero Davidoff no tiene un Don Zino llamado así en su nombre en su cadena de tiendas para fumadores compulsivos en Suiza, París, España, incluso Londres— y en la misma St James Street, una calle llena de viejos clubes para caballeros que rodean casi la tienda de la esquina. Le molesta a Davidoff que digan que su establecimiento sea un poco demasiado llamativo para la calle en que habita —o al menos en la que sus puros cohabitan. Davidoff exhibe en sus escaparates no un puro nombrado en su honor sino una artillería completa de habanos torcidos en exclusiva. Llevan su nombre como una marca registrada: Davidoff es ahora lo que era el viejo Bock, casi lo que una vez fue H. Upmann.

Zino Davidoff tiene una fábrica de tabacos[30] en La Habana donde, con el beneplácito oficial —e incluso con la bendición del papa Castro— hacen puros que ostentan el nombre de Davidoff en cada banda, a cada lado de la caja e incluso en la tapa. Uno casi se espera, como en el caso de Zanuck, la marca de la Z en cada puro —o un habano que escriba con humo un diáfano signo de Zino que se pueda ver en días claros en La Habana. Las cajas llevan el nombre de Davidoff quemado en cajas de madera de cedro y no tienen cromos ni ningún otro adorno, salvo un lazo de seda de imitación atando los puros en un mazo. Los puros de Davidoff copian diligentes la mise-en-scène de los antiguos Por Larrañaga, incluso hasta en las dimensiones de la caja chata pero orgullosa— como un gnomo que sabe que lo han promovido a enano. Davidoff no imprime el año de cosecha en cada caja, como hiciera siempre Por Larrañaga, pero todo lo demás en esta marca de puros nouveau riche viene de Larrañaga, incluso el lazo y la tapa corrediza —y el humo.

Las pretensiones de Davidoff de transmutar los puros en vinos recuerdan a Des Esseintes en A Rebours, que pretendía que su boca era un órgano de pedales y cómo el vino tocaba «melodías silenciosas» en su paladar. Esos traspasos de un sentido a otro siempre son peligrosos en el arte. (La Sinfonía Pastoral de Beethoven tiene más de musas remisas que de misa.) Pero metamorfosear puros en receptáculos de humo como un espíritu paladeable es convertirlos en una suerte de genio de la botella. No se da. Un puro no es una botella de vino sino las hojas de antaño que vuelven en una caja para rondarnos: espectros, memorias, revenants.

Pero Davidoff ha cometido un fallo aún mayor. Un hombre que sin duda sabe de puros (vivió en Cuba cuando era joven, trabajó en una vega y lleva 50 años en el negocio), Zino Davidoff disfruta de la inversión de Goldoni: ahora es señor donde era antes sirviente. Ha conseguido la proeza fabulosa de tener obreros de un país comunista trabajando a tiempo completo para un capitalista convencido en una aventura lucrativa. Ahora vienen el hubris del habano y los malos humos. ¡Zino Davidoff pone a sus puros nombres de vinos franceses! Junto a su firma inflada de efes, una leyenda con garantía (el triste trazo de Zino) dice «Hand Made in Havana Cuba», en inglés y en cada boîte, casi tan grande como su firma en caligrafía, el nombre de lo que Davidoff llama sus châteaux en francés: Château Margaux, Château Latour, Château Yquem, hasta que tenemos todo el mapa de los vins de France, haciéndose pasar por puros —o puros cubanos pasando, posando, como vinos franceses.

Davidoff confiesa que tuvo esta idea genial en 1947. Ha estado denominando sus puros como vinos desde entonces: l’appellation controlée. De manera bastante presuntuosa, Davidoff asegura que su nombre se ha convertido en un seudónimo de La Habana —cuando debería decir de los habanos. Quería hermanar, como dice, puros grand cru y vinos franceses grand cru. (¡Tráguese ésa, Santa Teresa!) No es de extrañar que el embajador cubano en París le dijera diplomático a Davidoff que «la idea era imposible de realizar»— en ese momento, añadió Davidoff. El diseño de la mise en bouteillepardon, mise en boîte— es de Davidoff en su totalidad, como afirma orgulloso. Pero ¿se le ocurrió alguna vez a este astuto hombre de negocios que vive y muere en Ginebra[31], que esa gau-cherie (denominar como vinos franceses a sus puros cubanos en la Suiza neutral) podría no ser fructuosa sino luctuosa?

Hablando de nouveau riche, el Davidoff número 1 (no hay forma de distinguirlo del Montecristo número 1) es el puro más caro del mundo. Cuesta alrededor de 1.500 pesetas en Madrid, sin los impuestos que debes pagar en Inglaterra (unos diez dólares cada uno: ¡Thomas Riley Marshall se habría revuelto en su tumba!) y es prohibitivo (y prohibido) en los Estados Unidos. De los habanos considerados como caviar para el general. A este puro lo llaman, como era predecible, Dom Perignon (ver James Bond de Bond Street). En realidad, el puro más caro es un Havana Havana, el Montecristo A, que cuesta 11 libras en Inglaterra (casi 17 dólares la unidad[32]). Es un cigarro de nueve pulgadas, pero el Dom Perignon es aún más caro a £9.90 (unos 15 dólares) y sólo siete pulgadas: pulgada a pulgada, el Dom Perignon es el puro más caro que hay hoy en el mercado. Aquel amanecer que descubrieron los puros también inventaron el champaña.

A casi 500 años del descubrimiento, los habanos son con diferencia los mejores puros del mundo. Aunque las distintas marcas que aún existen en Cuba no son más que nombres: todas se hacen en tres fábricas unificadas para eliminar la competitividad capitalista y, en teoría, la avaricia. «Al principio», dice un dependiente pendiente de Dunhill sacando anillos de euforia del delgado panetela de su cuerpo cubierto de marrón, «querían hacer todos los puros en una fábrica y poner todos los puros en una gran caja sin etiqueta». Cerró los ojos y los volvió a abrir. «Eso era, por supuesto, inviable», prosiguió, «así que les convencimos para que lo hicieran de otra manera. Esto es, como antes. Ahora tenemos las viejas marcas con sus colores pintados en las etiquetas donde imprimen las medallas que ganaron en la exhibición de 1800 o lo que sea». Aspiró el aire seco de Dunhill como si fuera agua de colonia de hombre para añadir, invitándome a un apartado gabinete de madera de cedro sin nombre en la puerta: «Entre, ande». Elevado y reservado como era, le dije: «Creía que me invitaba a Cuba, no a los Andes». «¡Perdone!» No me seguía, pero cuando le seguí me hizo saber que no apreciaba mi juego de palabras. (Los ingleses, ya saben, no tienen sentido del humor.) Alzó su labio superior retroussé para enseñarme su dentadura sin molestarse en sonreír y exclamó con fingido acento de Oxford pero con un nada compungido —ni eufórico— eufemismo: «¡Oh!, era eso lo que quería decir». Fin de la visita.

Pero hay otras tiendas de tabacos en Londres. Siempre las ha habido. Esos viejos estancos a veces parecían tiendas de curiosidades. Por ejemplo, veamos el salón de Salas. «Hace algunos años había un pequeño estanco en alguna parte entre Pall Mall y Duncannon Street, con el nombre de The Morro Castle. Era una tienda tan pequeña y olía tan fuerte a cedro y a hebra india que en sí misma no era muy diferente de una caja de puros… The Morro Castle… tenía un negocio de puros pequeño pero, creo, provechoso de entre tres y seis peniques la fuma. Bien que recuerdo con afecto a Mr. Alcachofado, el propietario del Morrow…»

Lo siento pero debo decir que Salas, que tiene un palíndromo por nombre, es un fullero o quizás una falla él mismo. The Morrow Castle —como lo llama en inglés— es el Castillo del Morro, una fortificación a la entrada del puerto de La Habana, que los ingleses tomaron (el castillo, la bahía y la ciudad) en 1762. Pero la tienda como caja es pura invención. Su propietario, Mr. Alcachofado, destapó la olla. Llamarle eso a un hombre en español sería como llamarle a alguien en inglés Mr. Arty Choke. (Lo sé, lo sé, tanto Lana Turner como Ava Gardner tuvieron un marido con un nombre similar. Se llamaba Artie Shaw.) Hay otras tiendas pero se parecen más a una cabaña encantada que se podría llamar Mariana Alcanforada.

John Croley, un mercader de tabacos de Londres, revela la extraña metamorfosis sufrida por H. Upmann, una verdadera Verwandlung salida de Kafka: «El manufacturero de puros H. Upmann era un banquero en la City de Londres con una sucursal en La Habana. Un día el gerente que tenía allí (esto ocurrió hace ya cien años) envolvió una caja de puros en papel con el membrete del banco y la envió a Londres. Los puros acabaron siendo tan famosos que H. Upmann acabó dejando los negocios bancarios para dedicarse a tiempo completo a los puros». ¡Ésa es la peor patraña que de él se ha oído!, como dijo don Baltasar de Alcázar.

Croley es dueño de Robert Lewis, un negocio en la calle St. James, una tienda que debería ser descrita como una caja de puros mágica. «Los reyes venían aquí», nos cuenta el hombre de You. «También fumaban aquí», interpola un intruso. «Las paredes están forradas con paneles de madera de cedro y alineadas con cajas de puros. El puro barato se sitúa cerca de la puerta principal, una suerte de apéame-uno para fumadores.» Pret-a-fumers ,como quien dice. ¿De veras? ¿En serio? «Lo valioso está a mi espalda», dice la tienda con aliento a tabaco fresco. «Unas 18 marcas diferentes, con una oferta de unos 350 o 400 distintos tamaños y formas.» «¡Caray, esto va en serio!», comenta una voz cedrosa. Es un estante en el instante de tantear los puros o uno mismo en el contento de tentar el aliento del tabaco —lo que sea. ¡Shhh! «Aquí la gente debe hablar en tono mesurado», suplica Robert Lewis con voz incorpórea. Algunos de ellos hablan incluso en semitonos. Son los músicos, como Sibelius, que gustaba de fumar entre compases. Schoenberg, un infiel, o fumaba en doce tonos o sin ton ni son. Era atonal, como oyen. En cuanto a Cage, prefiero un pájaro en mano. «Si el vendedor siente que vales de verdad la pena», te dicen, «quizás te invite a bajar al sótano». Tienen también un ático, pero es para los puros explosivos.

«En el sótano, John Croley ha creado lo que debe ser considerado como el único intento de tener un museo del puro en este país.» Anoten.

«Los puros ya no son un pasatiempo reservado a los ricos», dice Yo u. «¡Ese caro Ícaro de hojas marrones aromáticas!» Ésa es la mejor definición de un puro que he oído. Debe de ser de Dédalo. ¿O por qué no del mismo Minos? «El rey Victor Manuel solía venir solo a la tienda.» Ése era el rey de corazones, no hay duda. «Pero la mayor parte de la realeza de hoy no fuma», dijo Mr. Croley. La mayor parte de la realeza no vale un real en Suiza: Suiza es una república, como saben. O creo que saben. «En una vitrina de cristal hay una caja de puros de caoba con esta simple inscripción, “El Fuerte”. Era el humidor personal de Eduardo VIII.» Hay también humidificadores y una caja de cristal para habanos hecha para la Gran Exposición de 1851. «Me temo que ahora son infumables.» ¿Qué te quieres apostar? Mándalos todos a Nueva York para una subasta y jura que son verdaderos Flor de Farach. ¿Farach? Nunca había oído ese nombre. Yo tampoco.

Los libros de cuentas datan de mediados del siglo XIX: «Lamento decir», dice un tenedor muy viejo, «que nuestros anteriores libros de cuentas se han perdido». Un libro de cuentas se abre a sí mismo para señalar una entrada hecha a mano: «9 de agosto de 1900: 50 puritos habanos con un coste de 4 libras, más 100 cigarrillos turcos a 11 chelines». Le fueron vendidos a un tal Mr. Winston Churchill. ¿El hombre que era un habano? ¡Sí! No sabía que Churchill fumara cigarrillos. «Sir Winston no fumó puros hasta más tarde en su vida.» ¿Cómo es eso? «No tenía dinero por aquel entonces. En algún momento en mitad de la guerra los cubanos le regalaron 10.000 puros de la mejor calidad… Y convocaron a mi padre para aprobarlos.» Pero ¿por qué? «Por si alguien los había adulterado.» Tengo una razón mejor. ¿Cuál? Churchill tenía miedo de que un cubano hubiera trucado un habano en un puro explosivo.

Robert Lewis vende pajuelas, de cedro cubano según parece. Será así, pero lo que parece innegable es la propuesta de Croley de que Londres es la capital del mundo de los puros. Otra aseveración mía que no creo que Croley dispute: Robert Lewis es la más bella tienda de puros de todas, sin comparación posible —ni en Londres ni en ninguna otra parte. Del suelo al techo la muestra de cajas de puros de todas, viejas o nuevas, con o sin cromos, no sólo es asombrosa, sino de lo más atractiva a la vista. El olor a habano es apabullante para el advenedizo, pero de contento con tiento para el iniciado. Si tuviese que vivir en una tienda, habitaría por siempre en Robert Lewis. Los precios son, como en todas las tiendas de Londres, prohibitivos. Así que olvídate de la libra y del libro y concéntrate en la visión de tantos puros y el aroma: el aroma es como habitar en Odorama— y luego está la perspectiva del humo. Sí, venden pajuelas de cedro, pero también el cetro de la vida.

Dije adiós a la tienda pero no me contestó. Las tiendas nunca lo hacen. El viejo Proudhon tenía razón: la propiedad es un arrobo.

Non-vintage Havanas

Ha aparecido una nueva línea comercial llamada Non-Vintage Havanas (Habanos sin cosecha). Las vinosas manos de Mr. Davidoff, aquel que fuma caldos, no deben andar muy lejos de esta costumbre de llamar habano a cualquier puro. Pero en Davidoff también cultivan la nueva vid. Algunos mercaderes de tabaco de Londres anuncian lo que, a juzgar por la bolsa, parece una categoría. «Disponible en este país por vez primera, esas nuevas y excitantes gamas de habanos hechos a máquina ofrecen ahora un puro a precio verdaderamente competitivo dentro de los altos niveles de calidad de las marcas de habanos famosas en el mundo entero.» Esta larga frase que traduzco del inglés de la reina viene a decir más o menos que éstos no son habanos hechos a mano sino puros más baratos hechos, como los cigarrillos, a máquina en La Habana. El fumador inglés tiene la oferta de varias marcas: La Flor de Caney, Flor de Cano, Troya y el falso Montero. Los puros son para los puristas, así que no veo ninguna herejía en fumar cigarros hechos a máquina, ya sean habanos o manilas. Lo que es lamentable es el precio de estos puros, en verdad exorbitante si lo comparamos con el de los dominicanos Ma Haya o los hondureños Don Ramos, todos ellos torcidos por manos cubanas en el exilio. Flor de Cano es un buen puro hecho a máquina, pero no es nada barato. Los selectos de Flor de Cano se venden en Inglaterra a £51.70 la caja de 25 puros. Una caja de coronas de Ma Haya cuesta £61.00 en Londres, el mercado europeo más cercano a Nueva York. Mientras que veinte Don Ramos hondureños cuestan £48.90 los Magnums, £47.20 los Gran Coronas, y £59.00 los Churchills. Muy buenos puros todos ellos y los Churchills hondureños pueden ser fumados hasta por un primer ministro. Si fuma.

Hoy ya no te puedes fiar con los puros cubanos de las marcas conocidas, famosas. Las marcas se han tornado en maracas: hay que tocar de oído. Como dijo Guillermo Tell hablando de manzanas, «Todo es cuestión de dar en el blanco. Díganle al pequeño Willie que estoy aquí, arco en mano».

Dice The Guide of Arquitecture of London: «Pasaje Burlington, 1815-19, entre Picadilly y Burlington Gardens, W1, por Samuel Ware. Este pasaje, construido en una pequeña franja del jardín de la Burlington House en los años posteriores a Waterloo, es el arquetipo de los pasajes londinenses y uno de los pocos que han mantenido su estilo en los años siguientes». Fue Urban Grandeur, el famoso arquitecto eduardino, quien construyó el club enfrente del pasaje. Al otro lado de la calle, un poco más abajo, casi en la esquina, ahí, sí, ahí, no te muevas, es sólo un segundo. ¡Eso es! Sólo para pedir un puro y unas cerillas en Fox Cigar Merchants, uno de los mejores estancos de Londres. Tienen Bolívar, Rey del Mundo, Hoyo de Monterrey, Montecristo, Partagás, Romeo y Julieta, Punch y H. Upmann —lo que quieras. Pero, ay, llaman Larranga a los viejos Larrañagas: nombre espurio para un puro postizo. Los Larrañagas, tal como los conocí, ya no existen. Llamarlos Larranga nos hace recordar aquella vieja película de Errol Flynn, El burlador de Castilla (The Adventures of Don Juan), en la que el prototipo de Tenorio, el sevillano legendario don Miguel de Mañara, recibe todo el rato el nombre de Maraña.

Pero en Fox poseen el coraje de sus gustos —y sus gastos. Fueron los únicos mercaderes de tabaco ingleses en importar, exhibir y vender puros Sosa, hechos en Miami por aquel capitán infatigable de las Canarias, Arturo Sosa, antes de Remedios, Cuba, que murió en su casa de Miami, aún luchando tras muchos exilios, aún hablando, respirando y soñando con el habano perfecto fuera de La Habana: el perfecto Perfecto.

No importa lo que recen las bandas de los puros cubanos, ahora sólo hacen habanos claros y habanos oscuros, habanos gruesos y habanos delgados —además de habanos suaves y habanos fuertes. El resto es propaganda. Ya no compras un Montecristo, compras un puro sabroso que puede tener esa marca o llevar un cromo de Romeo y Julieta. No importa cuál sea, lo habrán hecho en el Consolidado número 1 o en la Fábrica de Tabacos 3. No obstante, los Don Alfredos, Don Cándidos y los Flor de Puntos de Dunhill todavía parece que los hicieran[33] especiales para ellos y tan atractivos como falsarios son los Por Larrañaga que hacen ahora en La Habana— elegantes, a pesar del guiño de pega en una imitación de su vieja boîte nature: la caja de puros ci-devant Por Larrañaga. «No hacen más que cambiar la caja», dijo el hombre de Dunhill que se ocupaba de los habanos. «Pero los puros son los mismos.» ¿Seguro?

Hunters & Frankau (el último nombre se pronuncia Franco pero no lo es), los importadores de puros ingleses que han estado haciendo negocios con Cuba durante los últimos ciento treinta años, no estaban de acuerdo con Dunhill en cuanto al número de fábricas que hacen puros ahora en La Habana. «No importa si hay tres o cinco», dijo Hunters o acaso fue el franco Frankau el que se puso al teléfono. No se quiso involucrar para dar la impresión que un mero intercambio de palabras con un exilado cubano podía de pronto poner en peligro sus negocios con Cuba. Reunió todo su coraje para resumir: «En cualquier caso, todo eso es fútil, ya que todas las fábricas de tabacos de La Habana están cerradas». ¿Cómo así? «Falta de hoja.» No quería describir a Eva antes de la Caída sino que no había en Cuba suficiente tabaco como para torcer un solo puro. Ésta es una especie de apogeo en el Paraíso.

La cosecha de 1979-80 fue terrible por el gran daño que el moho azul causó en la hebra. La cosecha de 1980-81 fue desastrosa debido al huracán Alberto (antes Alberta: ahora hasta los huracanes cambian de sexo en medio del camino), que destrozó plantaciones enteras de Vuelta Abajo. Todas ellas fueron declaradas zonas de desastre, dijo Sartre, fumador fuerte. La de 1981-82 fue otra vez buena: la hebra es fuerte. El registro cubano que adoptó Davidoff la declaraba «Exceptionnelle», con sabor galo —¿favor o fervor? La verdad es que si en 1980 el gobierno cubano se vio obligado por primera vez en la historia a importar hoja de tabaco extranjera, 1981 era aún una fecha algo temprana para una recuperación tan milagrosa. En apariencia, la cosecha de 1981-82 fue sólo buena. Hubo entonces una mejoría parcial hasta que de pronto, a principios de año, fuertes tormentas destrozaran todas las cosechas en extensas zonas de Vuelta Abajo, afectando al área de Hoyo de Monterrey. Las acusaciones por parte del gobierno cubano de que la CIA había envenenado no sólo algún puro sino arruinado plantaciones enteras se hicieron más políticas que fantásticas.

Y no obstante «el lujo, la elegancia, lo snob de fumar un puro y por lo tanto su estética», escribe el antropólogo Bronislaw Malinowski, «estarán por siempre hermanadas a estas tres sílabas: Habana». Pero ¿qué pasa entonces con los habanos fuera de La Habana? De Cuba a los Estados Unidos se han exportado no sólo puros, sino fábricas enteras ya desde el siglo pasado.

En 1831 se fundaba un chinchal en Cayo Hueso, Florida. Un chinchal (literalmente, una habitación llena de chinches: chinche es otro nombre para un puro barato) es menos que una cheruta (cheruta, un puro casero hecho a mano), la menor de las fábricas, pero no había allí menos de quince tabaqueros trabajando a jornada completa. Fue a partir de estos comienzos tan humildes que «la ciudad cigarrera de Ibor» (el barrio de Ibor City) hizo famosa a Tampa en el mundo fumador de finales de siglo. La mayor parte del dinero que José Martí y otros patriotas cubanos cosecharon para la causa de la independencia de España se recolectó haciendo propaganda no para las municipales sino para municiones. Así fue como los habanos hechos en Tampa se convirtieron en verdaderos puros explosivos.

Había torcedores trabajando cuando visité a Camacho en Miami un domingo a la mañana. Es curioso, uno de ellos era una mujer —o mejor una niña. Después de hablar con un hombre que cargaba con unas cuantas cajas de puros, se fue adentro para volver con un hombre alto y oscuro. Era Camacho. Era reservado, casi desconfiado. Tenía razones para serlo. La familia Camacho dejó Cuba cuando Fidel Castro, tras haberse apoderado del poder, se apoderó también de su fábrica floreciente de La Habana. No salieron por Decepción, como se dice, sino por un Dece Diez de la Douglas. Los Camacho, de entre todos los lugares del planeta, se fueron a Nicaragua. Allí les volvió a ir bien. Cuando el régimen Sandinista los amenazó con nicaraguanizar (en palabras del mismo Camacho) su fábrica o atenerse a las consecuencias, no tuvieron que imaginar a qué consecuencias se referían. La nacionalización, como en Cuba, era entonces un premio de consolación no deseado: o eso se creía. A los Camacho fils les ofrecieron convertirse en la dirección oficial de su fábrica de puros de Managua. Eso es lo que Fidel Castro le había hecho a Camacho père veinte años antes en La Habana. El joven Camacho conocía el significado de oferta tan resistible: convertirse en el director oficial designado de su propio negocio: una especie de sustituto del jefe pero en la nómina del gobierno. Dijo no por segunda vez en una década. Sin un centavo, dejó Nicaragua y se fue a Miami, Florida. Esta tierra, como había sido para Ponce de León, tenía que ser tierra de promisión o tierra suficiente para una tumba. Todo lo que tuvo Ponce fueron seis pies de tierra cubana: Ponce murió en La Habana. Pero Camacho era un ganador. Cuando le dije que yo era un autor en busca de un puro se mostró algo escéptico. Cuando le dije que andaba a la busca del Santo Grial del fumar, abrió la puerta interior de su fábrica y se abrió al libro. Lo que tenía que decir no era muy interesante, sin embargo. Yo quería un mito y él ofrecía cifras.

Su fábrica de Miami trata con pedidos hechos desde todo Estados Unidos y sus agentes, de entre toda la gente del mundo, son Pipas Savinelli, de Decatur, Indiana. Camacho manufactura más de 150.000 puros al día, la mayoría de ellos hechos en El Sagüés (cubano para South West, el suroeste de Miami), a pesar de toda la publicidad que asegura que los puros Camacho están hechos en Honduras. A diferencia de los May Rosa, los Camachos se presentan de manera atractiva, profesional y casi nostálgica de correcta que es: su cromo es exacto al que los Camacho llevaban en Cuba. Manufacturan una cantidad ingente de vitolas: de El César, uno de los más grandes puros de la historia, hasta los pequeños Monarcas y los Elegantes, panetelas delgados y suaves. También hacen un Conchita que es como una media panetela: virtuosa golfilla, más Carmen que Concha. Todos los puros se ofrecen en natural, maduro y claro, que es como el claro pajizo tradicional: un tono más pálido del habano.

El puro de las Islas Canarias (lo que Bertolt Brecht llamaba die zigarren von des Kanarischen) es, hoy en día, el verdadero cigarro puro, la Cenicienta de los puros. El fumador que conoce un Condal, por ejemplo, puede buscar la zapatilla de cristal, ahora hecha más bien de madera de cedro, y ver cómo antes de la medianoche se convierte en fragancia, luego humo, luego cenizas, luego memoria, luego nada. En una nueva cruzada (o crucero), los españoles van también en busca del Santo Grial del humo. El año pasado era el Cohiba de Cuba, hoy es el Condal de las Canarias, en especial el número 6, que no se encuentra en todas partes. De Zaragoza a Sevilla, de Bilbao a Barcelona, los Condales son difíciles de encontrar. Éste es el canario más caro y si andas en su busca, como yo, quizás tengas suerte y lo encuentres —en el viejo Madrid.

Después de andar tras él trota que trota por toda España me lo topé, de entre todos los lugares de la casi península, en Santander. Santander es una ciudad al pie del golfo de Vizcaya. Es, por tanto, un inmenso humidor hecho por un Dios que fuma y lo sabe todo sobre puros y hombres impuros. Fue allí donde fumé mi primer Condal número 6, una panetela holgada que quiere una vida de lujo. Es, por tanto, caro. Como con otras bellezas profesionales, mi primer encuentro con la panetela fue una desilusión. Algunos puros saben a ceniza incluso antes de haber sido encendidos. El panetela Condal no sabía a cenizas: sabía a hebra, pero también a paja. Era un ligero aroma a heno, lo admito, pero estaba ahí. Era una bocanada de hierba seca que aspiraba a la condición de hoja. Era paja, paja seca al fin y al cabo, pero una paja lo suficientemente presente como para denunciar la viga en el ojo ajeno.

Pero en las Canarias puedes fumar un puro que es lo opuesto al Condal: más barato y a menudo mejor. Es el puro de Breña Alta. Escribe Enrique Calduch, un conoisseur español:

Los habitantes del municipio de Breña Alta, en la isla de La Palma, aseguran con orgullo ser los fumadores más refinados del mundo. Lo suyo no es fanfarria ni fanfarronería, ya que la mayor parte de los vecinos se ganan la vida con la producción de puros, aunque no en fábricas ni en una industria organizada, sino de forma individual en sus propias casas, torciendo y siempre al acecho para lograr esa calidad en el puro que más satisface a sus muchos clientes.

A estos cigarreros canarios se les conoce con el nombre de chinchaleros, del habanero chinchal. Hay muchos vocablos cubanos, habaneros en su mayoría, que hicieron el viaje de vuelta a las Canarias. Uno es guagua, cubano para autobús, otro es chinchal, el negocio tabaquero más ínfimo. «Estos cigarreros artesanos», nos asegura Calduch, «venden sus mazos de puros en persona por bares y tiendas: de hecho, su éxito ha sido tal que ahora encabezan el mercado doméstico de las Canarias». Estos tabaqueros, que en su mayoría han trabajado antes en Cuba, compran tabaco del Camerún, de México, de Indonesia, de donde sea, guardándolo en sus casas —donde asimismo tienen sus fábricas: chinchales. Según Calduch: «Todos los bares de Canarias siempre tienen un surtido de estos puros artesanos deliciosos y nada caros.

No puede haber muchas poblaciones en el mundo como Peña Alta, donde los vecinos se otorgan con orgullo —y algo de pomposidad— el título de Académicos del Puro».

Así es. En las Canarias puedes encontrar los puros más baratos y más caros que se hacen en Europa. En cualquier parte. Ver arte.

¿Hay algo peor que un verso malo? Sí, un mal puro. ¿Y peor aún que eso? Un puro que se te muere entre las manos. Imagina que estás fumando a gusto y de pronto te aturdes. O algo peor que tiene que ver contigo y la noche y la música. O algo incluso más catastrófico: que estás fumando y hasta te olvidas de la chica que tienes al lado. Te olvidas del puro y de ti mismo y te dejas ir. Tiempo después, cuando vuelves en ti, te acuerdas del puro y ves que es un perfecto perfecto. Que es más de lo que puedes decir de la noche y la música. Incluso de la chica, a quien ya has dejado por completo. Lo tomas otra vez, te lo llevas a la boca y aspiras y aspiras y aspiras —¿y sabes qué? Que tienes un fiambre, chico, en la mano. El maldito puro no tira. ¡Está muerto!

«Se te cayó el tabaco», cantaba Beny Moré.

Ahora sentirás en la boca el sabor más asqueroso del mundo moral: el sabor a ceniza: ¡Uggh! Pero digamos que amabas ese puro como nunca habías amado otro puro en tu vida. ¿Qué se puede hacer? Bueno, puedes enterrarlo en el cenicero más cercano. ¿Pero qué hago luego? ¿Escribo un epitafio? ¿De alguna nueva marca, Epitafios de Hoyo de Monterrey? No, sólo procura mostrar tus condolencias a la antigua llama del puro. De mortuis, como sabes. Déjame pensar: «Todo ha pasado tan presto: si lo sé, ni me molesto». ¿Vale? Valdrá. O bien puedes olvidarte de todo y encender uno nuevo. Con los puros, como en la vida, debes seguir adelante. «The show must go on —and on and on». ¿Hay algo peor que un mal verso? Sí, su anverso.

El 9 de diciembre de 1983 fue un día señalado para los fumadores de puros americanos. Un anuncio desusado a toda página en Variety ,la revista de la farándula, revelaba la «Primera Subasta de este tipo —Una colección añeja de puros cubanos». Lo inusitado no era la venta de puros cubanos en los Estados Unidos sino que Variety la anunciara. Este hecho nos confirma el vínculo desde tiempos inmemoriales entre el puro y el mundo del espectáculo: la fuma y la fama.

La subasta era de 200.000 puros, que iban a «ser divididos en diversas cantidades». Así se podía atraer la atención «tanto de fumadores individuales, como de gente en busca de un obsequio o marchantes de puros». La subasta tuvo lugar en la Seventh Regiment Armory, en el neoyorquino Park Avenue. Sólo el catálogo costaba 5 dólares. El evento duró desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde —¡y fue no un mitin sino un motín!

La revista New York informó de la venta, aunque no la anunció. Pero su texto era mejor que cualquier anuncio: «Los puros habanos evaden el embargo», rezaba el título y la historia decía: «Por vez primera desde que los Estados Unidos embargaran a Cuba en 1960, los neoyorquinos podrán echarle mano de forma legal a una partida de puros cubanos para la Navidad». New York levantaba la cortina de humo: «Los puros son pre-Castro, pero hemos tenido que pedir una autorización gubernamental para poder importarlos», aclaraba Arlam (casi un acróstico) Ettinger, presidente de Guernsey’s, la compañía del East Side que iba a subastar los puros. «Los puros fueron fletados a España cuando Castro se hizo con el poder. Estuvieron guardados en un almacén español porque el importador murió y sus herederos se tiraron quince años litigando por la herencia.» La historia acabó sin ningún tipo de apuro: «Se espera que las pujas asciendan a 300 dólares por caja».

Pero fue el New York Times el que dio al suceso su visto bueno con este único titular de primera página: «HALLAZGO DE PUROS CUBANOS ATRAE A LOS COMPRADO RES». Tras el evento, había un relato de lo sucedido en primera página, junto a una fotografía que mostraba el salón de subastas con la gente de pie. Se veía a algunos caballeros compradores blandiendo ya grandes puros. Como la foto se había sacado de mañana temprano esos neoyorquinos mordisqueando sus tabacos podrían ser futuros compradores de puros muy caros, pero como fumadores eran zafios y vulgares. Dice el pie de foto: «Vendido: cajas de puros de tesoros cubanos legales». Luego la noticia clamaba, aclamaba y exclamaba: «Esto», dijo un tal George Warner frente a un altar de metro y medio de cajas de puros que contenían lo que consideraba ambrosía de los dioses, «es una experiencia religiosa».

Bien dicho —y mejor vendido. Muy pronto desaparecieron todos los puros (¿con el humo?). «El precio estimado en el catálogo», decía el New York Times, «mostraba que la casa de subastas esperaba conseguir de dos a doce dólares por puro». Wow! «Pero Arlam Ettinger tuvo un golpe de suerte con un apostador que se identificó a sí mismo como Al Goldstein», un fumador de puros que vale su peso en oro, editor de Cigar y, ¿qué más?, una obscenidad adocenada, Screw Magazine, cuya puja se impuso a una concurrencia de 700 personas de pie por el primer lote de 25 puros. Su puja fue de 2.100 dólares: 84 dólares por puro. El resto no fue silencio, sino chocar de manos, tintineo de monedas y ojos en blanco. Arlam con un Baedeker y Al con un cigarro.

Una venta de puros a precios tan abusivos merece una explicación. Lew Rothman, presidente de J. R. Corporation y «descubridor de los puros cubanos» la llevó a cabo. En la práctica, si no otro Colón, era al menos un segundo Rodrigo de Xeres. Nuestro actual De Xeres, como su antepasado De Torre, habló de su hallazgo. Garantizaba su frescura, argumentando que «habían estado recogidos en España, en un almacén de temperatura controlada, desde su envío de La Habana en 1958… Los había refrescado en un humidor durante seis meses, incluso probado unos cuantos él mismo». El señor Rothman nunca explica que los puros así vendidos no pueden ser refrescados —sea lo que sea. De hecho, los puros son siempre perecederos. Aparte de que después de diez años de almacenaje no hay quien los fume.

A pesar de lo que diga Davidoff, los puros no son vinos, pese a los nombres que ostenta su marca. Hablando de nombres, todos los puros subastados eran de Flor de Farach, un fabricante menor de la vieja Habana más que de La Habana Vieja. Pero Mr. Rothman tuvo una expresión afortunada al final de la subasta, teniendo en cuenta todo lo que se ha comentado arriba: «Me temo que más del diez por ciento de estos puros no se fumará nunca», dijo. «Es como la botella de vino más singular. Ninguna ocasión es lo suficientemente buena como para descorcharla.» La banda tocaba en la sala, de forma muy apropiada, Smoke Gets in Your Eyes: el humo se mete en sus ojos pero no en los míos. Riley tenía razón. Lo que este país necesita es un puro de 84 dólares.

Connoisseur, la revista americana con nombre francés, publicó hace poco un artículo sobre puros escrito por un periodista llamado Alan Schwartz (Schwartz en alemán quiere decir prieto o pardo). Este académico de la legua trataba de lograr lo imposible dos veces: intentar encontrar el «mejor puro» del mundo en cualquier sitio a excepción de Cuba y desmitificar el habano. La revista otorgó mucho espacio al artículo: incluso lo puso en portada, en la que aparecían nueve de los que parecían ser «los mejores puros del mundo». (Uno debe suponer que el décimo indio es un habano escondido.) Uno de los nueve es una marca ya famosa desde sus días cubanos, Hoyo de Monterrey. Algunos de los otros ocho tienen un eco que resulta familiar (Santa Clara o Vuelta Arriba, Cuba) pero el resto luce nombres como Mocha y Fundadores. ¡Señores, por favor! Hasta Davidoff puede hacerlo mejor. Pero, entre las clasificaciones para Don Pepe y Mocambo (este último un homenaje a John Ford, supongo, en Mogambo) está el que Schwartz considera que es el mejor puro del mundo —o casi. Se llama Excalibur. ¡Si sólo el rey Arturo hubiera podido fumarlo en la Mesa Redonda! Es obvio que habría convertido su espada en un puro de marca. Ése es un truco fácil para un mago. Los puros arden pero ¿transformar un puro en una espada de fuego? Obi Wan Kenobi sacudió su cabeza: «Que la fuerza del puro te acompañe». Merlín dijo: «Eso, señor, es, en dos palabras, in posible».

Schwartz comienza su historia con un comentario acerca de la fiebre del puro sufrida por los fumadores de Nueva York hace poco. ¡Ridículo!, dice después de mostrar como prueba lo que parece una pila de cajas decrépitas de puros Farach. «Lo único que importa de estos puros de aquí», afirma, «es que los hicieron en Cuba». Pero eso es lo que son los habanos: puros hechos en Cuba. Como dice la canción: «There’s no Havana cigars without Havana». Luego aparece un testigo del fiscal aportando más pruebas: «Yo diría que los Excalibur de Hoyo de Monterrey de Honduras», atestigua un tal Mr. Wagner, del Cigar Warehouse en Los Ángeles, «es lo que más se acerca al habano más espléndido». Schwartz se embarca entonces en una visita a todos los mejores productores de puros del hemisferio occidental (las Filipinas quedan excluidas) —que resultan ser todos cubanos.

Ni que decir tiene que podría estar yo de acuerdo con Schwartz[34] en lo que respecta a la excelencia de los puros de Tampa y Honduras. Pero no puedo coincidir para nada con un apunte histórico que es a todas luces falso. «La República Dominicana», dice Schwartz, para apoyar las pretensiones de grandeza de los puros dominicanos, «es el escenario donde se testimonia que Rodrigo de Xeres, que viajaba con Colón, fumó el primer puro en el Nuevo Mundo, el 28 de octubre de 1492». Eso es algo más que una metedura de pata, es un fallo feudal. Rodrigo de Jerez (ortografía moderna) vio fumar y fumó tabaco por vez primera en lo que es hoy Gibara, antiguamente un poblado indio en la provincia de Oriente, Cuba. Colón (y esto es un hecho histórico) descubrió Cuba el mismo 28 de octubre de 1492. Aunque el Almirante de la Mar Océana podía obrar maravillas en cuanto a geografía se refiere, habría necesitado algo más que magia para haber podido descubrir la República Dominicana y Cuba en la misma fecha. De hecho, lo que Colón descubrió días después fue la isla de Haití, a la que vino a llamar la Hispaniola. Tanto la moderna Haití como la República Dominicana comparten hoy día esa pequeña isla. El primer puro (o su esbozo tosco) Jerez lo fumó —de la manera más apropiada— en domingo. Ésa es tal vez la razón por la que Colón, siendo tan catolicón, se negara a compartir un tabaco en el Sabbath.

Todos los puros que cita Schwartz son placebos para el placer. Justo como el cava español. Viene en una botella de champaña, tiene sus mismas burbujas, incluso sabe a champaña —pero no es champaña, por supuesto. Pero no todo está perdido. Si la búsqueda ha terminado, el espíritu del puro se siente como el espíritu del amor en esta historia. Debatiendo sobre puros, al preguntarle Dan Blumental «¿Quién es la chica de tus sueños?», Schwartz tuvo que contestar, «Tenía nombre cubano». Luego llega a compararla con «la inaccesible reina del instituto». ¡Sí, hermano Schwartz! ¡Cuánta razón tienes! Yo también la conocí. Pero, ay, no lo bastante.

En teoría, el mejor tabaco del mundo aún crece en Cuba y se supone que los mejores puros siguen siendo torcidos en La Habana, pero uno de los mejores habanos hechos fuera de Cuba crece en Manhattan, esa ciudad de fumadores gordos y puros baratos —¿o es fumadores baratos y puros gordos? Aquello que Thomas Riley Marshall, vicepresidente de los Estados Unidos con Woodrow Wilson, afirmara («Lo que este país necesita es un buen puro de cinco centavos»), es aún cierto. Pero lo que hay en América cuesta ahora más de cinco centavos (¡Ya ni siquiera un puro explosivo cuesta cinco centavos!) pero de veras es más que un buen puro: es un puro excelente. Se llama May Rosa, y lo fabrican en el medio de Manhattan, por Union Square, allá donde Martí convocara tantas reuniones en los 1880. Si vas, no esperes un establecimiento de lujo con escaparates espectaculares, como los de Dunhill y chez Zino. Ni siquiera te encontrarás en la puerta con ese negrito que muestran los estancos europeos del mismo modo que en los Estados Unidos tenían un indio de palo. Por cierto que de ese negrito de hierro fundido nace la nana Diez negritos (The Little Indians) que inspiró la novela de Agatha Christie. Las razones por las que se cambió el título original a Ten Little Indians (diez inditos) continúan siendo un misterio en un misterio. (Una pista: no tiene nada que ver con los estancos.)

May Rosa no puede competir con Davidoff o con Dunhill en cuanto a exhibiciones de lujo y escaparates suntuosos, pero tiene ocho o más vitolas (Churchill, Senadores, Imperiales, Cetros, Presidentes, Ambassadores, Queens y Panetelas) y son todos excepcionales: el fumador los quiere todos. Para los fumadores cubanos en el exilio de Nueva York son puros lo suficientemente frescos como para compararlos con los habanos fumados en La Habana, una proeza posible sólo en mis sueños de invierno —que se tornan de pronto en pesadillas de verano. Algunos fumadores americanos o ingleses considerarán que estos puros están algo verdes. En Inglaterra, por ejemplo, dejan reposar un puro que está fresco y suave y huele a trópico hasta que «madure». A veces esto puede llevar hasta un año. ¿Por qué entonces esa diferencia entre un habano fumado en La Habana y otro en Londres? La respuesta es simple. En Cuba, todos los puros son frescos. Hoy día no debería existir ningún impedimento para que un fumador distante disfrutara de un puro tan fresco como en La Habana— excepto, cómo no, por eso que viaja lento y a lo que Tevye canta en alabanza: la tradición.

Los May Rosas se hacen (adivino) con tripa jamaicana o dominicana y capa del Camerún. Así es como se hace otro gran puro cubano en el exilio, Sosa. Aunque los Sosas se tuercen en la República Dominicana y se les añaden las bandas, se empaquetan y se venden desde Miami. (De la misma manera que otros puros cubano-americanos, como los Benedit, Caballero o Moro.) José Padrón, el mayor productor de puros cubanos en los Estados Unidos (afirma que vende tres millones de puros al año, ¡y ésos son muchos puros!), tuvo hace poco la mala pata (o el mal cálculo) de volver a La Habana con una comisión de exiliados en una suerte de melopea nostálgica. Allá en Cuba, se hizo notar al ofrecerle al mismísimo Fidel Castro uno de sus puros hechos en el exilio pero no venenosos —cerca de un fotógrafo tan atrevido como el señor Padrón que capturó la ofrenda ardiente. A su vuelta a Miami, Padrón se encontró con que su mejor tienda de puros había volado por los aires una noche. Claro que no fue un puro explosivo ex tempore, sino una oportuna bomba de tiempo— lo único que es puntual con los exiliados— de los contrarrevolucionarios cubanos. (Nota bene :un puro impuro se llamaba en La Habana un petardo. La Mafia lo rebautizó como un torpedo.)

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