Puro humo
Puro humo » Nota Beníssima
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El color de los May Rosa es habano oscuro y no llevan banda. Pero no son Por Larrañaga: desgraciadamente vienen envueltos en celofán. Esto es un incordio para el fumador que tiene mejores cosas que hacer que ponerse a olisquear su puro. (Es algo peor que lo que la bella Gigi le hizo al habano de Gastón al colocárselo en la oreja enjoyada esperando que el puro crujiera sobre el trajín de Maxim’s y el trueno de las piedras de su pendiente: una banda de metales.) Para nosotros, los fieles fumadores, lo que cuenta es el aspecto y la piel del puro: los buenos puros tienen un notorio tacto suave, generoso tanto en aroma como en humo. Todos los May Rosas vienen en cajas grandes y extrañas que son de una madera que no es cedro ni por asomo: algo a lo que podría llamarse, como en los ataúdes baratos, una pena de pino. La caja está hecha con desgana y la tapa se cierra con una especie de cinta adhesiva. Para colmo, el conjunto de todos los puros viene envuelto en un polietileno atroz. (En verdad que aparentan ser las bajas del exilio envueltas en una bolsa de plástico.) Pero el cuerpo marrón de los puros, como una belleza cuyas ropas están hechas harapos es lo que cuenta. (¡Ah Carmen, Carmen!) Desnudo, un May Rosa es como un único muslo de las negresses que hicieron a Mérimée soñar con caricias cubanas: May Rosa es quizás el mejor puro cubano hecho hoy día en los Estados Unidos. Es aún más: un producto americano de lo más exótico: un puro hecho en Broadway. Si T. R. hubiera sido un productor y no un político, habría declarado que lo que esta ciudad necesitaba era un buen peepshow de cinco centavos[35]. No obstante, los May Rosa tienen lo que se puede llamar regusto. Debes fumarlos frescos, ya que con el tiempo se vuelven algo pajizos. (Aunque supongo que esto les pasa a la mayoría de los puros.) Pero los May Rosa se han ido antes de que se vaya la memoria de los May Rosa.
Los puros de los que hablo vienen del hemisferio occidental. Quiero hacer un somero repaso a unos puros excelentes de las antípodas: los filipinos.
Los puros filipinos han sido excepcionales desde sus comienzos. Los marineros españoles llevaron la primera semilla de tabaco cubana a las Filipinas a finales del siglo XVI. Los agricultores españoles se beneficiaron de la rica tierra filipina y del clima de las islas de Asia, tan parecido al de Cuba. Los primitivos mercaderes españoles crearon un monopolio de tabaco que sólo fue suprimido en 1881, mucho después que el estanco real de Cuba. Hoy, las Filipinas producen unos cuantos puros de gran calidad, como la asidua cheroot que Ben Gazzara fumaba en Saint-Jack y que el deshonesto Bogdanovich encontraba tan de mal gusto. Engaña a Gazzara con el cebo de sus habanos genuinos: puros como piezas negras en un juego de poder de ajedrez. Que yo sepa, no hay nada malo en que a uno lo sobornen con manilas, en especial con los de La Flor de Isabela, con su caja con el nombre grabado a fuego y con todas las leyendas en español. Antaño lengua oficial de las Filipinas, el español es ahora como el griego en Egipto: la memoria verbal de un pasado del que nadie se acuerda y al que tan sólo perpetúan el nombre de las islas y las cajas de puros. (Zamboanga, qué ganga.) Los manilas eran los preferidos de la poetisa Amy Lowell. Ella era tan adicta a la hebra filipina que, cuando vio de lejos que venía la Primera Guerra Mundial, compró diez mil «de ésos». Por aquel entonces, los filipinos eran puros baratos, pero no tan baratos.
Tras la contienda y 10.000 manilas, Amy Lowell seguía dando guerra. Así es como Robert McAlmon la vio observando el conflicto:
Antes de llegar (a París), me vino a la mente que tanto Amy Lowell como Gertrude Stein eran del mismo tipo… No es una experiencia que yo tuviera en persona, pero la fuente es auténtica. También lo es la fuente de la historia de Amy al quedarse atrapada en Londres en 1914, cuando se declaró la guerra. Llegaba tarde a una cita por las multitudes que se agolpaban en la calle y le indignó que la policía no hiciera nada para ayudarla a llegar al hotel. «¿Es que acaso no saben que soy Amy Lowell?», gritó, y encendió un largo puro y deambuló de un lado para otro de la habitación. «¡Y además justo en el momento en el que va a salir mi nuevo libro de poemas!»… Pero una cosa es cierta, Amy tenía mucho más peso que Gertrude.
No sé si, en Being Geniuses Together (Ser genios juntos), McAlmon se refiere al peso físico o al literario, lo que sé es que describe a Amy Lowell como una fumadora empedernida. Era, asimismo, una lesbiana robusta. Pero Gertrude Stein, que también era lesbiana, no fumaba. Por otra parte, aunque George Sand no era lesbiana, fumaba puros. McAlmon, así de simple, era un chismoso. Pero también lo eran Scott Fitzgerald y Hemingway, quien en sus cartas siempre suplicaba que le pusieran al corriente de «el último polvo». Ésta no era la Lost Generation sino la Lot’s Generation, siempre mirando hacia atrás en dirección a Sodoma y hablando de lo que había allí. Aunque, bien pensado, ésta es la Get Lost Generation: la generación del piérdete por ahí. Gertrude Stein con un Baedeker, Amy Lowell con un puro. «Tira, tira la porquería / a lo largo, sobre la fina capa de mi manila.» The lost degeneration.
Bonnie Parker fumó puros y escribió poemas, justo como Amy Lowell. ¿Convierte esto a Parker con un puro en una Lowell con un arma? ¿A cuál se la recuerda mejor? ¿Quién escribió esto, Amy o Bonnie?
Así como a las flores más dulces
las forman el sol y el relente
Así este mundo es más grato
cuando como tú es la gente.
Por supuesto, ésa era Amy Lowell. ¿Sí? ¡Seguro! Falso. Era Bonnie Parker escribiendo a la carrera. Poesía de evasión, podríamos llamarla. La aflicción del fugitivo.
¿Y esto? ¿Bonnie o Amy? ¿O ambas?
Mas no moriré. Ya verán.
Lograré otra forma de vida.
Aún si me entierran, viviré.
No pueden matarme. No soy esa víctima.
¡Que el diablo me ayude a lograrlo!
¿La tránsfuga alegre o Amy la rotunda? Amy Lowell, claro. Nellie Melba, esa intérprete australiana que inventó el Melocotón Melba, no era lesbiana. (A las sopranos masculinas se las llamaba castrati incluso antes de Castro.) Pueden ser calvas, como la de Ionesco, o locas, como la de Enesco, pero nunca pertenecen por entero a la tribu de las tríbades. Madame Melba se llamaba en realidad Mrs. Armstrong, née Mitchell. Tomó su nombre artístico de Melbourne y su fuerza vocal de fumar puros: un habano antes de cada aria. Le encantaba hacer anillos de humo pero nunca cantó El anillo del Nibelungo. Dame Melba sabía que La Africana (L’Africaine) era una ópera compuesta por Meyerbeer, pero también estaba al tanto de que La Africana era una fábrica de puros de La Habana. Su dueño siempre le enviaba una partida de torcidos dondequiera que fuese ella a hacer la Melba. Por cierto que La Africana fue la primera fábrica en donde una cubana torciera en 1878. No era ni esclava negra ni mulata liberta sino una blanca libre. A la sombra de Mérimée. Tampoco era lesbiana. Al asombro de Pierre Louys.
Una dama notoria por su apego a los puros a principios de siglo fue la mecenas inglesa (de James Joyce, de los Sitwell y más tarde de Dylan Thomas), Bryher Ellerman o B. E. Estaba casada con (¿coincidencias de la vida?) Robert McAlmon y la poeta americana (iniciales sólo, por favor) H. D. fue el amor de su vida. H. D., como contrapartida, llamaba Fido a su compañero constante. Como era de prever, a la querida de Fido no le gustaba el tabaco y, entre otras excentricidades americanas, se negó a comer pollo durante un bombardeo en Londres por miedo a que fuera gato. Era, según la curiosa descripción física que le hiciera el psiquiatra Havelock Ellis o H. E., «una figura tímida y sinuosa, tan alta y delgada que parecía frágil, pero ágil, divina, de una textura sólida y firme». Freud, otro detective consultado, fue más al grano y adivinó con mayor pericia: le dijo que era bisexual —pero, perdona, «un ejemplo clásico de bi-sexualidad». ¿Pensó alguna vez el docto doktor que ella podría sufrir de envidia del puro?
La mejor fumadora de puros en la pantalla no fue Merle Oberon haciendo de George Sand en Canción inolvidable (A Song to Remember) (y una película para olvidar), con Cornell Wilde tocando Chopin. De hecho, no fumaba en ese romance à clef (en realidad una sonatatrío) entre el débil Chopin, la fornida Sand y el pianoforte. Merle Oberon ni siquiera acariciaba un panetela junto a su oreja como hiciera la Caron —¿descendiente de Caronte?— en Gigi. Aunque el director de la película, Charles Vidor (húngaro y, por tanto, tan devoto de los puros como lo eran Michael Curtiz y Alexander Korda), apuraba a su estrella siempre para que imitara a George Sand —cuyo nombre Vidor insistía en pronunciar, sólo Dios sabe por qué, George Sanders. Miss Oberon fue tan testaruda como debe ser toda primera actriz. «Fumar es poco femenino», insistía. «¡No fumaré!» Y allí no fumó. Pero lo hizo una verdadera primera dama: Beulah Bondi, interpretando a Mrs. Andrew Jackson ya instalada en la Casa Blanca, fumaba una pipa de maíz en The Gorgeous Hussy.
Acerca de las pipas de maíz, un pequeño recorte extraído de The New Yorker:
Cuando el presidente Truman relevó al general (Mac Arthur) de su puesto en Corea en la primavera de 1951, una empresa de pipas de maíz de Washington, Missouri, lugar donde había comenzado la fabricación de ese trasto en 1872 y uno de cuyos modelos más vendidos era The Mac, recibió un montón de pedidos de partidarios furibundos del general que deseaban enviarle las pipas como evidencia de su lealtad incuestionable. Sin embargo, aquellos que habían visto a Mac Arthur detrás de la cámara eran de la opinión de que el general prefería fumar puros.
Un iconoclasta es aquel que rompe las imágenes sagradas, según el Concise Oxford Dictionary. «Fig. Aquel que ataca las creencias entrañables.»
Cuando Dickens fue a París en 1885, conoció a Aurore Dupin, Baronne Dudevant, mujer a la que Ernest Renan denominara como «la harpe eolienne de notre temps». (Odio traducirlo como «el arpa eólica de nuestro tiempo» —signifique lo que signifique.) Esta francesa no era otra que George Sand. Era una adelantada a su tiempo, según Joyce Read, especialista en literatura francesa de Oxford: «llevaba una vida en pantalones en París». Apantalonada y apurada. En la película, Merle Oberon se quedaba sólo con los pantalones. Ambas mujeres eran consideradas en Hollywood como «exóticas». Ninguna de las dos despertaba la menor urgencia erótica. Pero la rima tiene razones que la prosa no conoce.
«Cuba era conocida por sus puros, salidos del cultivo de una pequeña extensión de tierras de la Cuba occidental que produce un tabaco tan respetado a nivel internacional como lo es el vino de la Cote d’Or en la Borgoña», dice lord Thomas de Swinnerton. La analogía entre los caldos franceses y los puros habanos parece ser inevitable. Ha pasado ya mucho tiempo desde que Panduca le revelara el secreto de la tribu a Pela, venido de las Islas Canarias. De hecho, el puro es la culminación del más sofisticado cultivo, cosechado y procesado de una planta que ha visto el mundo desde que aquellos monjes medievales revivieran el arte de hacer vino de la cepa a la copa. Esto es, después del gran salto desde el falerno de Horacio y de aquí a la invención del corcho y la botella. Sin olvidarnos de la pourriture noble o el arte de dejar que la uva se pudra en la cepa. El contrapunteo entre cultura y agricultura que es el vino está también presente en los puros. Es cierto que la hebra, de hecho una hierba gigante, no tiene un Noé que «plantó una viña» en la Biblia ni un Teócrito que la ensalce en griego ni un Horacio latino que muestre al profano que el Por Larrañaga, al que se llevaron los vientos de la historia, era un puro que se merecía una oda. Los habanos tienen uno o dos bardos, es cierto. Pero un Byron no es bastante. ¡Ojalá Marlowe hubiese saldado sus cuentas en vez de echarle un ojo a su contrincante!
Una vez descubierto y habiéndose conocido su único uso, no es posible imaginarse al hombre moderno (ni tampoco a la mujer) sin tabaco. Resulta irónico que ni siquiera una reconstrucción chapucera de la vida civilizada pueda sostenerse sin tabaco. Era así ya desde la Inglaterra del siglo XVIII. Ése era el dilema de Robinson Crusoe tras el siniestro de su barco. Habiendo alcanzado la orilla como un náufrago, recrea tantos rasgos de la civilización como puede usando los materiales que encuentra a mano o rescatándolos con peligro de los restos del naufragio.
No bien hubo comenzado a otear el terreno, «encontró gran cantidad de tabaco verde creciendo de un tallo grande y robusto». Este hallazgo es sorprendente por partida doble: para el naúfrago y para el lector. ¿Cómo podía un habitante de la ciudad reconocer tan rápido una hierba que tan sólo había visto antes en su forma procesada o en hojas color marrón secas? Y no sólo eso. Encuentra otras plantas de las que «no tenía ningún tipo de conocimiento aunque acaso tuvieran sus propias virtudes» —y decide en consecuencia olvidarse de ellas. ¡Cómo si, por lo que se sabe, podían ser patatas o tomates o algún otro tipo de verduras comestibles y nutritivas!
Justo después de cosechar la hebra, Robinson siente un irrefrenable deseo de fumar. Entonces confiesa: «La segunda cosa que de buena gana hubiera deseado era una pipa de tabaco». Está claro que el naúfrago quería fumar: este hombre es un caballero y éste es su único vicio reconstruido. Pero fumar le es imposible: necesita una pipa. Podría haber reinventado el puro allí mismo, pero es un inglés del siglo XVIII y debe fumar en pipa. Como las perlas preceden al cerdo, la historia viene antes que la naturaleza.
Un inglés es un inglés incluso en una isla desierta y Robinson emplea su considerable ingenio en fabricar un artefacto muy inglés y de uso diario. Invierte gran cantidad de tiempo y esfuerzo en hacer un paraguas. Lo lleva en sus paseos por la playa y el paraguas parece una caricatura del artefacto londinense. Pero es útil, tanto como parasol como paraguas. Crusoe refina su tecnología y pronto puede reproducir en arcilla muchos utensilios. «Pero creo», confiesa, «que nunca me he sentido más orgulloso de mi propia labor que cuando hice una pipa para tabaco». Se declara «sumamente reconfortado». No es de extrañar. Una pipa es un utensilio muy difícil de hacer, incluso de reparar, como conoce cualquier fumador de pipas. Pero Robinson está más feliz que orgulloso: ahora puede darse a su antiguo vicio oscuro y sentirse como si hubiese reingresado en la sociedad de los hombres. Disfruta con su gozo, aunque sea solitario.
Puedo entender las razones porque Crusoe era feliz con su pipa y su cosecha de Nicotiana rustica. Pero la felicidad es un bien pasajero. Su siguiente sentimiento es «una alarma espantosa al ver huellas de pisadas en la costa». Cada vez que llego a esta parte del cuento siento que Robinson no teme por su vida sino por sus reservas de tabaco. ¿Acaso ha aparecido un miembro de la Liga de la Templanza este Sabbath? Pero claro, es sólo Viernes. Más tarde, invirtiendo el proceso que comenzara con Rodrigo de Xeres, el marinero europeo enseña al noble salvaje a fumar —en pipa.
Hay un gran salto de calidad desde la pipa imperfecta de Crusoe hasta la «Pipa Perfecta de 1984».
Cuando Sherlock Holmes fumaba su pipa y se sumía en el misterio, los misterios se desvelaban. La relación entre la pipa y el hombre era elemental. Pero, para el fumador contemporáneo (inveterado o neófito), la elección de una buena pipa de brezo es un enredo casi criminal. No es de extrañar: esos acabados de lujo con ribetes de oro o plata deslumbran al ojo, las importaciones caras seducen con promesas de clase y de status y las imágenes de tweeds, de bosques otoñales y perros de caza hechizan la imaginación o son manipuladas de forma consciente para venderte ese trozo de madera y las hojas procesadas que quemar en él.
¿Qué tabaco es mejor?
Básicamente, hay dos tipos de tabaco. Están las mezclas basadas en tabacos de Virginia o Burley aderezadas con diversidad de tabacos como el turco (y sus muchas variedades), el Latiaka y el Perique. Éstas son mezclas variadas y ricas en sabor, como un buen whisky escocés. El otro tipo, el tabaco sin mezcla, Virginia o Burley, tiene un sabor más directo y simple, como el bourbon. El término cavendish del que tanto se abusa se refiere —o debería referirse— en general a tabacos que han sido tratados, esto es, mezclados: son mestizos. Estos alcanzan, en cuanto a sabor, desde lo más o menos zafio hasta lo más dulce. No creo que una sola clase de tabaco le vaya bien a todo el mundo. Más bien soy de la opinión de que el fumador de pipa debería tratar de desarrollar un humo suave para interiores, otro vigoroso para exteriores con un Virginia o un Burley (especialmente en los días fríos) y, para el buen tiempo o después del desayuno, un cavendish suave, no demasiado aromático.
La mayor parte de los nuevos fumadores de pipa empiezan con los tabacos cavendish más ligeros y progresan hacia mezclas de más peso. Sin embargo, es importante que no te aturda la lengua cambiando todo el rato de pipa cuando fumes. Una pipa domada con un tabaco particular deja aflorar mejor su sabor y lleva tiempo que se acomode al cambio. Dale una oportunidad a cada nueva mezcla y trata de tener una pipa para cada tipo de tabaco.
Alan Schwartz (¡otra vez!) Esquire Magazine
Pero recuerda, Viernes o Crusoe, que cuando fumas una pipa no estás fumando sólo tabaco. Con cada pipa fumas: anís, miel, bergamot, boit de rose, canela, cascarilla, casia, raíz de violeta, geranio, mentol, nuez moscada, hierbabuena, romero, sándalo, vainilla, valeriana —y salvia, que brindan al fumador todo el encanto de un viejo sabio. («Mac fumó aquí».) A todo lo señalado arriba se le añaden al tabaco aceites y perfumes. No es de extrañar que el humo de una pipa huela a arco iris.
Con una pipa puedes salirte con la tuya casi siempre. Vean lo que le sucede al fumador ávido de Tallo de hierro (Ironweed), de William Kennedy: «El padre de Francis fumaba las raíces de la hierba que moría en las sequías periódicas que afligían al cementerio. Guardaba la esencia de las raíces en los bolsillos hasta que estaba quebradiza al tacto, la pulverizaba entre los dedos y rellenaba su pipa». El amor del padre de Francis por la hebra (bueno, por las yerbas) soportó incluso la muerte: «El padre de Francis encendió su pipa, sonrió ante la inquietud de su esposa y miró hacia fuera desde su pequeño baldío».
Compton MacKenzie asegura que «pertenece a Inglaterra el mérito de haber expandido por Europa el fumar en pipa: España puede ser alabada por el puro. Por otra parte, Portugal ha llevado por todo el mundo tanto la pipa como el puro». ¿Y qué pasa con el tabaco de mascar y el rapé, ese dúo de detritus?
El rapé, vino y se fue.
Y en cuanto a masticar la hebra
fueron pocos y con el alma en quiebra.
Los portugueses introdujeron el tabaco en Ceilán, como cura para el beri-beri. La pelagra era un «agravamiento de la piel» y no se iba con el humo sino que la causaba una nutrición insuficiente. Aunque, por aquel entonces, la gente no fumaba tabaco sino que prefería beberlo. En Ceilán llaman al tabaco biri o bidi. ¿Por qué no biri-bidi?
Ahí van algunas confidencias desde la tienda ideal de MacKenzie, The House of Rattray en Perth, Escocia:
Charles Rattray, nacido a finales de la década de 1880 y bien instruido en la industria tabacalera escocesa, pasó sus primeros años trabajando en la fábrica de tabaco de Fairweather en Dundee. A la edad de 23 años decidió empezar su propio negocio y crear sus propias mezclas de tabaco de pipa de primera calidad.
Después de una larga búsqueda, halló una tienda con extensos locales en la Calle Mayor de Perth, conocida entonces como la Ciudad Rubia y antigua capital de Escocia. Por la calle pasaban lentamente tranvías tirados por caballos. Las tiendas estaban abarrotadas de citadinos bulliciosos y aquellos que habían llegado tras un largo trayecto por entre los valles escuetos. Perth, llena de vida, se encuentra a horcajadas del río Tay, meca de los pescadores de salmón y de donde sale el agua pura que usan los destiladores para hacer el whisky escocés. Rattray compró el 158 de la Calle Mayor y convirtió el edificio en lo que iba a ser uno de los negocios de tabaco más singulares de todos los tiempos.
Han pasado seis décadas, dos guerras mundiales y el modo de vida ha cambiado para millones de fumadores. Pero aquí, en la Ciudad Rubia, las cosas siguen más o menos igual. El viejo Charles y sus trabajadores originales ya no están más, sustituidos por nuevos rostros, pero su dedicación continúa vigente.
Un poco de Perth
Vea a un inveterado fumador de pipa —posee ese aire de tranquilidad con su pipa que arde lenta. Es un hombre en paz con el mundo: él y su tabaco favorito. ¿Qué hace a un fumador así? Algunos, desde la primera apetencia de fumar, tomaron la pipa y rara vez, si acaso, se molestaron en usar cualquier otro instrumento para fumar. Ésos son fumadores innatos. Otros, sin haber hallado verdadera satisfacción ni en los cigarrillos ni en los puros, se volvieron hacia la pipa, perseveraron y se convirtieron en auténticos fumadores de pipa.
Pero ¿qué pasa con aquel que lo ha intentado con la pipa de cuando en cuando, pero no ha llegado a alcanzar la utopía? Lo más seguro es que por falta de consejo haya elegido el tabaco equivocado y la pipa menos recomendable. Una combinación así no queda lejos del desastre, ya que el hombre se ha gastado sus buenos cuartos con la mejor intención posible y se encuentra con unos útiles de fumar que nunca más volverá a usar.
Sir Thomas Moro inventó la Utopía, tierra impía regida más por la razón que por la rima: de Moro se decía que era «un hombre con más razones que excepciones». Aunque no era muy razonable por discreto y fue, para el rey Enrique VIII, culpable por decreto. Perdió su cabeza aunque no la razón. No fumó nunca porque, entre otras razones, el tabaco aún no había llegado a Inglaterra —y nunca ha crecido en Utopía.
¿Era sir Isaac Newton de verdad tan distraído o era un misógino? «Se sabe de él», atestigua Tobacco Talk, «que, en una ocasión, en un instante de abstracción mental utilizó como tapón de tabaco el dedo de una dama a quien estaba haciendo la corte, mientras se sentaba y fumaba a su lado». Debo recordar a todos los newtonianos (y a los viejos etonianos) que Stan Laurel usaba el dedo fofo de su gordo amigo, el perenne Hardy, con el mismo propósito. Pero Stanley no necesitaba el dedo de Ollie para encender su pipa: su propio pulgar era combustible. (Ocurrió en Estudiantes en Oxford [A chump at Oxford].)
Los puros siempre se han asociado con Hollywood. No sólo con John Ford o con Orson Welles sino con otros directores como John Huston o Samuel Fuller. El historiador del cine John Kobal dijo, hablando de una entrevista con Joe Mankiewicz, quien a su vez divagaba sobre William de Mille, hermano mayor de Cecil B., y se sorprendió cuando Mankiewicz aludió a Olga Baclanova (la vulgar vampiresa que sufrió una perversa mutación en La parada de los monstruos (Freaks) como una belleza de la era muda). «¡Ahí estaba», dijo Kobal, «un hombre que parecía un cabo de tabaco de puro viejo que era, viejo, hablando por la esquina de su boca, con palabras en vez de un puro!» «Pero John», interrumpí a Kobal, «Mankiewicz era un hombre de pipa. Jamás fumó puro». «¿Estás seguro?» «Absolutamente. Mira sus viejas fotografías y siempre lo verás con una pipa de brezo atrapada entre los dientes.» «Bueno, ahí estaba», prosiguió Kobal impertérrito, «Mankiewicz, nada menos», su cara fruncida como si tuviera una pipa invisible atrapada en la boca, hablando de la belleza de la Baclanova. Kobal hizo que el director de Eva al desnudo (All About Eve) sonara como si mascara una baclava de por vida, todo almendras y miel en el infierno de un restaurante libanés en el centro de Beirut. Entra un terrorista con la cabeza embutida en una balaklava.
Cary Grant es quien mejor sostiene una pipa en todo Hollywood. Y hasta él se ve torpe, molesto y falso cuando lleva su pipa. A veces parece más un fontanero que un gran galán. En En busca de marido (Every Girl Should Be Married), el viejo Cary vaga por la ciudad pipa en mano y a veces pipa en boca. Está haciendo su ronda. Pero está tan ocupado jugando al buen doctor que no tiene tiempo ni de fumar su pipa. Ni siquiera de encenderla. Bueno, la enciende una vez en mitad de la calle, pero luego se olvida de echar una bocanada. Ése es el problema con las pipas: son tan falsas que ni tienes que molestarte en fumar para hablar en falsete. El otro nombre de las pipas (como, por ejemplo, las de calabaza) es, en español, cachimba. ¡Caramba!
En People Will Talk Cary Grant es de nuevo un médico (fue en otra ocasión un prócer pediatra, pero ahora es ginecólogo) con problemas y necesita un favor. No lo obtiene pero su director sí. Joseph L. Mankiewicz es un notorio fumador de pipa aunque para prenderla tuviera que colocarse a la lumbre de sus cámaras. Mankiewicz siempre fue único a la hora de arrimar la trompa a su sordina. En sus películas siempre hay un hombre fumando una pipa —y a veces incluso una mujer. (Ella es Beulah Bondi en The Gorgeous Hussy.) Mankiewicz fue también el productor de un proyecto largamente acariciado: era la película de un niño fumando una pipa que aparentaba ser un barquero veterano. El muchacho que enviaron Mississippi abajo a hacer el trabajo de hombre no era otro que Mickey Rooney en Huckleberry Finn. Fuma una pipa de maíz, pero en la película toda pipa es un sueño que va río abajo.
Nada puede ser más divertido que ver al flagrante Cary interpretando a un urbano de N. Y. que se hace rural vestido de tweed y codos de cuero una mañana en Connecticut. Está a la entrada de su mansión, su perro (un mastín no mucho más grande que el que dejó chico al pobre Baskerville) frente a él y, no podía ser menos, con una sólida pipa estólida entre los dientes. Es Mr. Blandings que posa frente a una casa de ensueño. A nadie deberá extrañarle entonces que la exclamación favorita de Cary en esta película sea «Holy Smoke!».
En Los Blandings ya tienen casa (Mister Blandings Builds His Dream House) —ése es el título— todos los personajes de clase acomodada, como el abogado Melvyn Douglas, el arquitecto Reginald Denny y el publicitario Cary Grant, esgrimen pipas. Pero, en el lado opuesto del reparto, todos los trabajadores fuman puros, en especial Néstor Paiva, que parece tener un veguero apagado pegado a la boca por siempre jamás. Sólo se lo despega para decirle a Cary Grant, como despedida irónica: «Le mandaré la factura».
El único vicio que se permitía el capitán Ahab, aparte de la pesca pecadora impuesta como venganza y la macabra muerte, era fumar. «Encendiendo su pipa en la lámpara de bitácora… se sentó y fumó.» Ahab, su pipa prendida, emprendió la tarea de deleitarse en su taburete de marfil como si estuviera sobre un trono nórdico: «Pasaron unos instantes, en los que un vapor espeso se escapó de sus labios en bocanadas rápidas y constantes y le cubrió el rostro». Es aparente que Ahab está fumando tabaco de inferior calidad: «Cómo es», monologa al fin, «que el tabaco ya no me calma». Más tarde pasa del soliloquio a entonar un canto: «¡Oh, mi pipa! ¡Mal me deben ir las cosas si tu encanto se ha desvanecido!». No es que el pobre capitán estuviera fumando tabaco malo o una pipa inservible sino que se había colocado de cara al viento que no era: «Fumando ignorante a barlovento todo el rato». ¡Ahí está el quid! Pero el pecador pescador ya no quiere tener tratos con su pipa: «¿Qué hago con esta pipa?». Ahab promete en la proa: «No fumaré nunca más». Y luego: «Arrojó la pipa aún encendida al mar». Todo lo relativo a Ahab es tan poderoso que su pipa encendida debe parecerse más a unos altos hornos que a una pipa: «El fuego siseó entre las olas» y la pesada pipa se esfuma: «En ese momento el barco pasó entre las burbujas que creaba la pipa hundiéndose». El capitán Ahab, como siempre, tiene la última pose posible: «Con el sombrero caído, se largó por la cubierta tambaleándose» —Ahab sin su pierna, Ahab sin su pipa.
¿Qué es una pipa Kemble? ¿Una pipa Kemble? Conozco una Fanny Kemble, sobrina de Mrs. Siddons, actriz tan memorable como un puro de marca. Pero ¿una pipa Kemble? Según Tobacco Talk, «a un sacerdote católico pero pobre llamado Kemble lo colgaron en 1679, a los dieciocho años, después de haberse visto implicado en la trama de Titus Oates[36]. Se encaminó a su destino fumando una pipa. Hasta este día, la gente de Herefordshire llama Kemble a la última pipa que se fuma ante el patíbulo». ¡Ah! Esa pipa Kemble.
Todo el mundo sabe lo que es una pipa de la paz, pero sólo unos pocos conocen qué cosa era la pipa de la tranquilidad. A. W. Kinglake nos lo describe en su Eothen:
Methley comenzó a recuperarse una vez que llegamos a Constantinopla, pero parecía que no iba a poder recobrar sus fuerzas para viajar en invierno, así que decidí quedarme con mi camarada hasta que se recobrara; y me compré un caballo y una pipa de la tranquilidad[37], y tomé un profesor de turco.
El mayor descubrimiento de Axel Munthe no fue en el terreno de la medicina ni sobre las rocas de Capri, sino en una esquina de Anacapri llamada San Michele. Un granjero italiano le ayudó: «El viejo Pacciale, que había estado cavando en mis viñedos de Demecuta, me llevó dentro con aires de mucho misterio y de importancia. Una vez que hubo comprobado que nadie podía oírnos, se sacó del bolsillo una pipa de barro rota, negra de hollín.»
«“La pipa di Timberio”, dijo el viejo Pacciale.»
Timberio no es otro que Tiberio. Cosa curiosa, Tiberio Claudio Nerón César Augusto había sido ¡el primer fumador romano!
¿Pero qué sucede con el rapé? ¿Qué pasa con él? ¿Qué crees que es? Bueno, la picadura debe ser tirada a menos.
«El rapé le conviene al hombre estudioso», dijo Flaubert —¿o fue el valiente de Bouvard o acaso el pobre Pecuchet? «El tabaco», como Gustave gustaba de decir, «es la causa de todas las enfermedades del cerebro y de la espina dorsal». Pero el tatarabuelo de las letras francesas recapituló (le atraían las palabras (y las piernas) largas y esbeltas): «La marca gubernamental [de tabaco de liar] no es tan buena como la que llega de contrabando». Todo esto tenía lugar en su Dictionnaire des idées reçues, un diccionario de clichés de Clichy.
Un amigo mío, amante del rapé, a veces derrapa. Una vez se dio un paseo por la zona segura del West End en busca de un estanquero que pudiera satisfacer su antojo de polvo marrón. Dijo como dicen ahora las cocainómanas que se iba a empolvar la nariz: es un bromista, claro. Había que temerle. Pero no estaba sino tratando de ocultar el propósito de su viaje. Como un leopardo no puede cambiar sus manchas, confesó, al volver tan tenue como manchado de blanco:
«Fui a la Tate»
Ya sabía yo adónde habías ido.
«¿A la Tate?»
«¡Tate!»
El duque de Wellington tomaba ávido rapé y fumaba puros —Napoleón no hacía ninguna de las dos cosas. Fue así que perdió en Waterloo: el coraje del coñac es el coraje de las dos de la mañana, como observó Bonaparte mismo. Wellington no fumaba en pipa pero Napoleón dijo en el exilio que «Allí donde pueda flotar la madera estoy seguro de encontrar la bandera de Inglaterra». Los puros pueden flotar, las pipas no.
En el fondo, Napoleón tenía madera de escritor. Todo lo que planeó hacer en Santa Helena para olvidarse del tiempo feliz en la desgracia fue pensar en escribir sus memorias. Wellington, sin embargo, imprecó a todos los escritores: «¡Publica y que te zurzan!».
Cartel visto en el Centro de Fumadores en el 142 de Knightsbridge:
A TODOS LOS ESNIFADORES
LA FORMA MÁS SENCILLA, LIMPIA Y ADECUADA
DE DEJAR LOS CIGARRILLOS ES
¡EL RAPÉ!
Rapé, ante le vice anglais:
El tomante de rapé
… Cuando aún estoy en cama
un pellizco me reclama;
y tras tres tazas de té
de otro pellizco doy fe;
y como llegue el correo
más de un pellizco deseo.
The Rev. W. King (1778)
Entrevistando a Saul Bellow para el Observer londinense, Martin Amis notó que «Su pelo es blanco y periférico» —y aquí uno debe aguantar la respiración antes de proseguir: «Pero los ojos siguen siendo del color del rapé caro». ¿Deberíamos tomarnos esta revelación sobre Bellow con un grano de Saul? Saul, Saul ¿porque me persigno?
La nariz contraataca
Después de todo un verano de ofensiva comercial realizada por la mayor compañía manufacturera de Inglaterra, la industria británica del rapé se reúne para convencer al público de que oler rapé no es una mera reliquia de la era victoriana.
Un análisis temprano de su campaña de cinco meses valorada en 20.000 libras ha persuadido a J. y H. Wilson, de Sheffield, que sus esfuerzos, dirigidos sobre todo a los jóvenes, parecen estar justificados. «La respuesta», comenta Jerry Jones, director general de la compañía, «prueba que sin duda alguna existe un interés cada vez mayor». (Por el rapé.) La Asociación de Moliendas y Mezclas de Rapé se ha sumado a esta iniciativa, aunque de manera más moderada, con la esperanza de revivir los días gloriosos de finales del siglo XVII hasta principios del XIX cuando hombres y mujeres de cualquier edad y posición social disfrutaban de la picadura en polvo.
Londres (IHT). —Vistiendo su guardapolvo azul claro, Jeremy Palmer se sitúa ante la máquina registradora y habla sobre el rapé. Habla también de los cigarrillos, las pipas, los puros, y todo aquello que guarde relación con fumar y el tabaco. Eso es lo que lleva haciendo durante cuarenta años.
Su foro ha sido Fribourg & Treyer, una de las tabaquerías más reputadas del mundo. Ha sido una especie de meca de la mezcla del tabaco durante 258 años[38].
El rapé es un polvo hecho con una mezcla de tabacos escogidos y perfumados con aceites aromatizados —clavel, jazmín, limón, sándalo, etcétera. F&T asegura vender una gama de rapés inigualable (32 tipos), incluido el Attar de Rosas (se requieren 200.000 rosas para conseguir media onza), que se vende a 26 libras la onza. Los tomadores de rapé consideran que una onza al día es una ración racional. (Hay que estar loco de attar.)
Los entusiastas contemporáneos del rapé cuyo número está en alza, según afirma La Asociación de Moliendas, Mezclas y Suministros de Rapé, aún siguen «el método verdadero y artístico de tomar un pellizco de perico», como dispusiera A. Steinmetz de Londres en 1857. Mr. Palmer dice: «El rapé hace su primera aparición en tierras británicas en 1702, cuando sir George Rooke, comandante de la flota, capturó dos grandes cargamentos —uno español y otro cubano— que iban con destino a España. Se vendía barato en los puertos británicos, y su popularidad fue creciendo poco a poco (y F&T con ella) a lo largo del siglo XVIII hasta los tiempos de la Regencia (1810-20) cuando su práctica se hizo casi universal».
La llamada Era del Rapé obtuvo el beneplácito social alrededor de 1800 cuando el príncipe de Gales, que más tarde sería regente y áun más tarde Jorge VI, admitió su apego al rapé, provocando que las más altas esferas de la sociedad británica acudieran en bandada a la sala de rapé de F&T. Jorge IV moría en 1830 y al exhalar su último aliento se acabó la notoriedad del rapé.
El declive
El declive final del rapé tuvo lugar cuando la aristocracia inglesa se fue a la guerra de Crimea a mediados de 1850 y volvió a casa con cigarrillos turcos, egipcios y rusos en la boca. De esta forma, fumar esas mezclas de tabaco se convirtió en un signo de status. F&T vendió su primer cigarrillo en 1852.
International Herald Tribune
En el caso de que se prohíba fumar y el rapé retorne
Pero, antes de que alcances esa caja de polvo, recuerda que todos los productos del tabaco conllevan ciertos peligros para la salud. La polémica se ha visto avivada porque una empresa americana quiere importar un tipo de rapé «húmedo» llamado Skoal Bandits. Este rapé se empaqueta en bolsas de té y se retiene entre el labio inferior y las encías. A David Simpson, director de la organización antitabaco ASH, le preocupa que la estrategia de marketing en América deja entrever que Skoal Bandits conlleva ciertos riesgos para la salud. Así, una investigación en 1981 realizada en América entre un grupo de mujeres blancas de Carolina del Norte, indicó que se encontraron aumentos significativos de casos de cáncer de boca y garganta que podrían guardar conexión directa con el snuff dipping, o uso de dichas bolsitas. Aparte, otros investigadores han señalado que la utilización crónica del «tabaco sin humo» está relacionada con problemas dentales y de encías, mal aliento y pérdida del sentido del gusto y de las cualidades olfativas. The Times
Cómo tomar rapé según Steinmetz
El método artístico y verdadero de «echar un polvo» consiste en doce operaciones que se parece asombrosamente a cómo tomar coca:
1. Tome la caja de rapé con su mano derecha.
2. Pase la caja de rapé a su mano izquierda.
3. Agite la caja de rapé.
4. Abra la caja de rapé.
5. Ofrezca la caja a su compañía.
6. Reciba la caja una vez concluida la ronda.
7. Recoja el rapé en la caja golpeando un poco con los dedos índice y corazón.
8. Tome una pizca con la mano derecha.
9. Mantenga un segundo el rapé con los dos dedos antes de llevárselo a la nariz.
10. Coloque el rapé en la nariz.
11. Aspírelo por ambas fosas nasales con precisión, y sin hacer muecas.
12. Cierre la caja, estornude, escupa y suénese la nariz[39].
Fin del polvo
Dickens y Oscar Wilde (que dijo que América era «una expectoración enorme») se habrían opuesto a lo de estornudar y escupir. Doscientos años antes, el escritor, poeta y agudo ingenio español Francisco de Quevedo dijo que la picadura era «un abominable moco negro peor que el catarro». Pero la sabiduría popular de la época estaba del lado del rapé:
¿Quién al Whig y al Tory presenta,
Y con ellos parlamenta
Cuando cada cual su orgullo ostenta?
¡Un pellizco de rapé!
Ningún inglés ha unido su nombre al tabaco como George Bryan Brummell, el celebrado Beau Brummell. Ni siquiera Churchill y su puro alcanzaron el status de Brummell con el rapé. El primer dandi, el dandi primordial, fue arbiter elegantiae de la aristocracia, amigo de la realeza, íntimo de los escritores. Lord Byron dijo de él que sólo había tres grandes hombres en Europa: Brummell, Bonaparte y Byron. ¿Recuerdan las tres B en música?
Carlyle lo alabó como «el hombre del vestir, el hombre cuya profesión, cargo y existencia radica en el vestir. Toda facultad de su alma, de su bolsillo, de su persona, está consagrada de manera heroica a este único objetivo: vestir bien y de manera sabia; así que mientras otros visten para vivir, él vive para vestir». Algún esprit burlón dijo de Brummell que era «sólo ropas que visten a un hombre». Baudelaire, discípulo suyo, dijo: «El dandismo no es un regodeo exagerado en la vestimenta… Es, en definitiva, el deseo de una persona de distinguirse de sus semejantes… El dandismo es el último gesto heroico entre la decadencia. Es un sol poniente, glorioso pero sin calor, pleno de melancolía». El sol de Brummell brilló un día con luz propia. Pero a la estrategia del Beau (o gambito del rey) le salió el tiro por la culata —y murió en la penumbra, pobre y olvidado.
Brummell [nos habla su biógrafo, Hubert Cole] era muy adicto al rapé. Está la historia, verdadera o falsa, de que un buen día fue a Fribourg & Treyer justo cuando había llegado un gran envío de hogshead de la Martinica —su polvo favorito— y observó que había sido ya requerido por sus amigos. Solicitó probarlo y lo dictaminó abominable. Los otros compradores cancelaron sus pedidos, mientras que Brummell les encargó tres yardas a sus propietarios, asegurándoles que tan pronto como la gente supiera que lo había comprado venderían el resto. Suena como una invención urdida por el propio Bean para divertirse y darse brillo, pero es una muestra de su nivel como connoisseur.
Brummell nunca se hubiera imaginado que el rapé del dandi londinense y el del caballero afrancesado tenía sus orígenes en Cuba, entre los fieles infieles. De hecho, fue una ceremonia sagrada la que dio a luz a su práctica. El behique o brujo era el único en tomar la picadura, en presencia del jefe indio, el cacique. El behique usaba un tubo, a veces con el extremo ahorquillado, para inhalar el polvo de tabaco, llamado cohoba. Para ello, se preparaba durante una semana de ayuno y descanso. Cuando estaba listo para la ceremonia, aunaba fuerzas con hojas de coca (abundantes en la isla por aquel entonces) y justo después olía el polvo y hablaba con el cacique en los términos más familiares. Dos siglos más tarde, en Londres, Brummell, después de haber aunado sus fuerzas con licores, le preguntó a un cortesano que escoltaba al futuro rey Jorge IV, ahora heredero al trono y antes anfitrión de sus expansiones de ocio: «¿Quién es ese gordo amigo tuyo?». Luego abrió, con calma, no sus venas sino la cajita enjoyada y aspiró el aire de la tarde tras el desaire. El sacerdote salvaje se habría matado antes de insultar a su cacique. Incluso la menor insinuación sobre su gordura habría sido tomada como una apreciación sólo digna de un caribe pensando en la próxima cena.
No obstante, a comienzos del siglo XIX había un rapé muy fuerte llamado Peñalver que se exportaba casi de forma exclusiva a Inglaterra. F. W. Fairholt, uno de los primeros y es probable que el mejor de los historiadores del tabaco, escribió sobre el rapé en su El tabaco: su historia y asociaciones: «En ocasiones, el rapé perfumado era portador de veneno». Es por ello que a veces se le llamaba el «rapé del jesuita». Pero no es mera metáfora. El Duc de Noailles, un snob, le dio una caja de rapé español a la dauphine francesa. El polvo estaba mezclado con veneno y la pobre delfina moría cinco días después quejándose de un terrible dolor de cabeza —un caso clásico claro de envenenamiento por rapé. Los puros también pueden ser peligrosos. Dejando a un lado los puros explosivos, no hace mucho que se habló de un presunto intento de la CIA para asesinar a Fidel Castro con una panetela ponzoñosa. Por desgracia, el dictador cubano siguió fiel a su marca, que su catador de puros fuma pro forma previa. La conspiración se abortó in partibus Fidelium.
Entonces, ¿sólo la pipa queda libre de culpa? Sí, mete eso en la cazoleta y fúmatelo. ¿No has oído hablar del opio, también llamado apio de Severo?
El rapé del golfo sobrevive aún hoy pero disfrazado: «En el simple caso de un niño con cara de pudín el extracto de pituitaria se inyecta o bien se da en forma de picadura». (Pears Medical Encyclopedia.)
Los conquistadores, como haría más tarde la monarquía, despreciaban el tabaco. «Pestífero y vicioso veneno del diablo», afirmó Hernán Cortés, aquel que ordenó que todos los puros ardieran, como sus barcos venidos de Cuba, a sus espaldas. Pero los cubanos siempre han sido fumadores de puros. (Y, con el tiempo, también de cigarrillos.) Desde los comienzos de la nación cubana hasta mucho antes de su independencia como consecuencia de la guerra entre España y los Estados Unidos (que comenzó cuando una colilla sin nombre hizo volar al Maine en La Habana: el puro explosivo más sonado de la historia), los puros han tenido un mayor atractivo para los cubanos: es el vicio nacional. Aunque, allá por el siglo XVII, había un refrán racista que rezaba: «Los puros son para los negros: el pardo va con el pardo». Pero una caricatura cubana de 1858 muestra a un hombre y un chico, ambos blancos, ambos fumando negros puros. En el pie de grabado el hombre le dice al niño: «Fuma, muchacho. Fumar es lo que distingue al hombre de las bestias». ¿Haciéndole ser alguien, acaso?
La cantidad de tabaco que se fumaba en Cuba asombraba a todos los visitantes de la isla desde comienzos de 1800. ¡Todo el mundo fumaba! Las mujeres fumaban hasta que les sobraban dientes y les faltaba el aliento. Las muchachas fumaban tras las comidas y, para horror de los franceses, incluso entre platos. Los niños fumaban a espaldas de sus padres en los callejones y los lunáticos fumaban en los manicomios —y a veces les prendían fuego como a un puro. Los hombres fumaban en todas partes. De Cuba venían no sólo los mejores puros, sino también los mejores cigarrillos (que España recién había adoptado y adaptado), la pipa y para mascar, el andullo, de primera calidad (el afamado andouille): a Cuba deberían haberle puesto Tabaco y no a Tobago. Un mito quiere que el cargamento de rapé que los ingleses saquearan de un barco en mitad del mar fuera cubano y no español. (Se dice que dio lugar a la locura del rapé.)