Puro humo

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Puro humo » Nota Beníssima

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Por aquel entonces un habanero emprendedor aunque desconocido inventaba la boquilla para puros: que más tarde se convertiría en la boquilla del cigarrillo. No era el objeto fotogénico que lucían en los treinta Roosevelt y su contrapartida china, la temible Dama del Dragón o su primo americano, el canallesco Allison de Witt[40]. Pero la demente Dama sólo sabía hacer una O de humo no O de humor (Virginia Woolf alardeaba de una boquilla de cigarrillos que sostenía como una pluma). De igual forma, hay boquillas hechas de marfil de distintas formas. Otras están hechas de hueso de ballena. Boquillas articuladas para bocas articuladas para boquillas. De esta mala manera:

El hueso final al lado,

Conectado.

Al hueso medio azulado,

Conectado.

Al hueso de la mandíbula

Como un cable encajado,

Conectado.

Como un sable en quijada.

Conectado.

Pero el artefacto cubano estaba hecho de oro o de plata. Eran una especie de tenacillas con las que tener y sostener el puro y un pequeño anillo con el que agarrarlo todo con un dedo, normalmente el índice. Algunos fumadores encontraron este aparato no sólo demasiado afectado sino afeminado —y poco tiempo después de huso caía en desuso. De hecho, las tenacillas se parecían bastante a las pinzas que usaban algunos amantes selectos de la marihuana en los sesenta, del tipo de las que utilizara Leigh Taylor-Young en I Love You, Alice B. Toklas para llevarse a Peter Sellers al huerto donde la hierba ardía tardía.

Cuba era también una fuerte exportadora de puros casi desde los comienzos de su historia. A mediados del siglo XIX los habanos ya eran los dueños del mundo fumador. Éste era un mundo de hombres, en aquella época, como se puede ver en Carmen, ya que los papeletes que les gustaban a las mujeres aún no se habían puesto de moda en Europa. Antes de que el presidente James Buchanan anunciara en 1857 que iba a subir la tarifa para importaciones de tabaco, desde Cuba se exportaban cada año 360 millones de puros a los Estados Unidos. Un siglo después, en 1950, las importaciones de puros americanas habían disminuido a 50 millones al año. Lo que aún alzaba su buena columna de humo —al hacer a unos cuantos millonarios, multimillonarios. Dos años después de que Castro tomara el poder en 1959, las cifras de importaciones cayeron a cero, salvo unos cuantos puros metidos de contrabando en los Estados Unidos desde Canadá y México. Se les llamaba entonces «Have-and-Have-Not Havanas». (Tener y no tener habanos.) Esto no incluye el contrabando oficial realizado por los diplomáticos americanos que mantenían al presidente Kennedy bien provisto de sus fumables, amables Montecristos. Después de ser asesinado, nadie en Estados Unidos se jactó jamás de fumar habanos, ni en público ni en privado. Ahí fue cuando Cuba se convirtió en una mala palabra: a four-letter word. Aunque la reputación del cigarro habano alcanzó proporciones míticas. Era, de hecho, la hoja prohibida. (Que se lo pregunten a Eva.)

Después de un viaje a La Habana en 1840, la condesa de Merlin (1789-1852) publicó en París un libro con el inevitable título de Voyage à la Havane. La condesa, nacida en Cuba con nombre aristocrático (María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo) se hizo noble en Francia por casamiento y parisina de pies a cabeza por mimetismo. Pudo, por tanto, ver a Cuba con ojos a un tiempo extranjeros y afectuosos, como José María de Heredia, el poeta francés, haría cincuenta años más tarde. En su libro la señora condesa ofrece una visión auténtica y exótica de la sociedad esclavista, refinada pero remota, descarnada y descarada. Algunas de sus apreciaciones son lícitas incluso hoy: «No hay gente en Cuba: sólo amos y esclavos». Estaba muy atenta a las costumbres y las modas y lo que vio fue que en Cuba todo el mundo fumaba: tanto amos como esclavos eran a su vez esclavos del tabaco. Advirtió ella lo extendido de este hábito que no era ajeno incluso en el campo cubano y fue digno de su interés como pasión propia del país. En la enorme casa colonial de sus parientes «los hombres vienen y van fumando por los pasillos para hablar de cualquier cosa o seducir a la luz de las velas». Se sumió (y presumió) en los paseos por las calles de la tarde habanera «donde nadie iba a pie» —quería decir, por supuesto, los blancos: aquellos que son alguien. «Los hombres iban graves, embutidos en la parte trasera de sus cabriolés, fumando tranquilos: degustando en la quietud el sabor de su bonheur.» Pero si los negros deben andar bajo el sol tropical «las calles pertenecían a las negresses», ya una obsesión francesa. «Se podía verlas en grupo a la sombra de los portales, casi desnudas, con sus hombros suaves y tersos— y un puro en los labios».

La imagen de una mujer fumando o mejor de las mujeres fumando, impactó a madame la Comtesse mientras visitaba a los filisteos, aunque era cubana y venía de París donde George Sand, su amiga, marcaba la moda con puros y pantalones.

La condesa de Merlin tiene narración de algo que ocurrió en La Habana antes de volverse a París de nuevo y para siempre. Dice así ella:

Anoche había escrito una carta a una de mis amistades, describiéndole la manera en que se trata el tema de la muerte en La Habana, cuando uno de mis familiares mayores vino a mi habitación y quiso saber qué noticias enviaba yo a Europa sobre la isla.

«Tienes razón», me dijo después de haber leído mi carta al marqués de C… «Aquí no sabemos ni queremos morir. Dime, ¿sabes lo que es un velorio? Un velatorio en La Habana.»

«Sería divertido», dije con ironía.

«Mucho más de lo que piensas.»

Bueno, este personaje, a quien debo mucho, vino a mi casa antes de ayer, y me dijo de forma inocente:

«Uno de mis familiares ha muerto.»

Y luego, bajando la voz pero con un tono alegre y misterioso, añadió:

«Te lo pasarías muy bien. Habrá mucha gente divertida en su velorio y una comida magnífica.»

Eran las nueve de la noche, me vestí de luto y fui hacia el velorio. Acababa de llegar cuando escuché una voz que sobresalió de entre los murmullos:

«¿Qué calzones viste el finado?»

«Aún no lo sabemos», le replicó una voz temblorosa desde dentro.

«¿Los de cutí color de rosa o los de paño violeta?»

En ese momento vino por el pasillo una vieja dama, pasó por frente a mí y alzó la cortina negra:

«¡A qué te refieres con eso de calzones!», exclamó. «¿Calzoncillos largos? Vestirá un hábito de monje.»

Unos minutos más tarde nos mostraban al muerto y cada uno de los presentes lo roció con agua bendita. Y entonces yo también entreabrí la cortina negra. El cadáver lívido se podía ver sobre unos escalones dispuestos como un altar, rodeado de velas cuyas luces rojizas se reflejaban tristes sobre los pliegues azules del hábito de monje. Era un espectáculo terrible. La tumba[41] o ataúd estaba sola; el rostro del muerto descubierto; sus ojos cerrados con cera caliente lucían como si tuviera lágrimas en los párpados y sobre el cadáver rígido e inmóvil había una claridad teatral irresoluta.

Este escenario de melancolía no era del gusto del doctor Saturio, que había venido conmigo: pensando en que era su obligación presentarme a la viuda y parientes del difunto que habitaban en la casa de al lado. Por mi parte, dejé a la viuda y fui a otra habitación. Allí el espectáculo que se me ofrecía era lo menos análogo posible a la tristeza y quietud de las ceremonias funerales. Había como cuarenta personas de ambos sexos formando grupos vivaces; los más jóvenes jugaban a un juego de prendas; otros hablaban muy alto y alternaban la conversación con carcajadas; otros rodeaban a la vieja señora que había presidido la mortaja del finado y que estaba haciendo un recuento de los días de su juventud, de sus virtudes, su riqueza y todos los detalles de su enfermedad.

El doctor Saturio era quien hablaba más alto y se quejaba más que nadie.

Salí un segundo a tomar aire y al cruzar el pasillo oí unos susurros. No lejos de la habitación en la que estaba el difunto había un par de muchachas hablando, la una apoyada en el hombro de la otra.

¡Oh, deliciosa ilusión de esta vida! Estaba a un punto de exclamar: ¡Ardor de las pasiones creativas, cómo escondes tu horror de los ojos de las criollas!

Y luego vi al doctor Saturio, en la habitación donde yacía el cadáver, ¡encendiendo un puro en una de las velas del ataúd!

La condesa cubana de París no podía saber que el habanero imperturbable, galante estaba sólo acompañando al difunto en la vela de su velorio. No podía ver que un velorio es algo parecido a un Irish wake, un velatorio irlandés, donde los puros, y no el whisky, son la pasión dominante.

Si hubiera vivido un poco más, la condesa habría podido presenciar cómo un cubano podía fumar puros toda su vida —e incluso después de muerto. Carl Sifakis, en su curioso libro American Eccentrics, cuenta la historia de una familia cubana, un hombre, su mujer y su hija, todos ricos, que se mudaron a una habitación del hotel América en Dream Street (¡la calle del sueño!), Nueva York. El hombre, el señor Romero, fumaba habanos en Manhattan. Después de unos cuantos inviernos, el señor Romero murió y su mujer y su hija se vistieron de negro pero nunca volvieron a dejar el hotel. Escribe Sifakis:

La vida, tal como era —de puertas afuera—, siguió su curso. El estanquero de la esquina enviaba un ejemplar del periódico en español, La Prensa. El botones subía un puro caro y tres cenas table d’hôte a la suite. Sifakis trató de despejar el misterio con probabilidades cotidianas: «Es cierto, pedían tres cenas. ¿Era una de ellas para el difunto Papá José? ¿O es que, así de simple, comían mucho?». Lo que sabemos es que ninguna de ellas fumaba los caros puros. Pero los comentarios de los empleados del hotel en los 50 eran que incluso el puro no era para el padre sino para el reumatismo de Mamá Micaela. Acacia (la hija) lo ponía a remojar en agua y cubría con él la pierna de su madre.

Esta explicación no es convincente. Tanto el doctor Saturio como yo sabemos que los puros eran brevas para los muertos. Incluso madame la Comtesse lo admitiría. Por otra parte, ¿por qué no tratar de curar el reumatismo con un puro de cinco centavos y no con los caros Por Larrañagas que el señor Romero había disfrutado tanto en vida?

Otra fallecida en la flor de la viña de su vida fue doña Gertrudis, una mujer tan apasionada que hubiera enviado a George Sand a fumar a un convento. Al igual que la francesa tan ávidamente masculina, fue prolífica. Gertrudis Gómez de Avellaneda, también conocida como La Avellaneda, fue la más grande poetisa cubana del siglo XIX —y entonces había no pocas poetisas en Cuba, créanme. La Avellaneda devoraba hombres y fumaba puros— y viceversa. También echaba a la gente el humo en la cara. Debido a su manera de fumar se vio obligada a dejar Cuba en 1836 y eligió Madrid como su versión de subversión de París, donde en los Camps Elysées campeaba George Sand. Su hermana mayor, Brígida (¿o era Rígida?), censuraba con todas sus fuerzas tanto a los hombres morenos como sus tabacones y con tacones cubanos —y viceversa. Se largó a España, donde los hombres eran más claros, los tabacos más suaves y los días más cortos. (Llegó en invierno.) Escribió un poema en España acerca de cómo se fue de Cuba. Se titula «Al partir», aunque podría haberle titulado sin ningún problema «Al huir». Viene a decir así verba verbatim :Algo y algo y algo más, etcétera:

¡Voy a partir!… La chusma diligente,

para arrancarme del nativo suelo

las velas iza, y pronta a su desvelo

la brisa acude de tu zona ardiente.

¡Adiós!… Ya cruje la turgente vela…

el ancla se alza… el buque, estremecido

las olas corta y silencioso vuela!

(Aunque el filo de la proa —en prosa—

se enredaba al timón varias veces,

según Luis Carlos presto)

Se fue, pero dejó su corazón en San Francisco de Paula, donde Hemingway también vivió. Fueron vecinos en el espacio, aunque no en el tiempo.

Pero esto es lo que José Jacinto Milanés, severo colega de doña Gertrudis (1814-1863) tiene que decir cuando se encuentra a la señorita Petra, de entre todas las personas de su mundo, ¡fumando! El poema se titula, de entre todos los títulos, «¡Tabaco!» Aunque lo mismo hubiera sido llamarlo «Infidelidad»:

¿Qué es esto?, dije. ¿Usted fuma?

Usted, que es la nata, espuma

y flor de beldad y amor,

¿Es posible que consuma

su pulmón en tal horror?

Milanés es contemporáneo nuestro, incluso como médico módico al identificar la relación entre fumar y el cáncer de pulmón. Pero Petra, incapaz de aprehender que de todo lo que su prometido se queja es de que sea ella la que fuma (la bailarina no enferma y en forma aunque entrada en carnes rara vez muere de cáncer), le informa acerca de lo que tiene que declarar en la aduana del deseo:

No me puedo hallar

sin el tabaco en la boca.

Cuando coso y cuando lavo,

cuando me acuesto o acabo

de comer, como prefiero

un cabo a un tabaco entero

cojo al instante mi cabo.

Un cabo es un «cigarro corto abierto por ambos extremos» —muy parecido a la colilla de un puro: un stumpen según Ludwig van. Una preferencia que la Petra del poema compartía con Brahms y Brecht y Chaplin en La quimera del oro (The Gold Rush): todo aquel que quiera ser alguien que encienda su cabo al cabo.

Pero Milanés tenía razón. Ante notario no podríamos negar que un puro luce decididamente masculino. Esto no es sexismo, ya que un creyón de labios es siempre un apéndice (ver clítoris) femenino y no un cigarrillo. No obstante, ambos objetos son itifálicos: tienen forma de falo —y si el falo no es un atributo masculino ya me dirán lo que es. Claro, podría ser una porra: pero recuerden que hasta en la baraja española más de un miembro pinta bastos.

En contra del dictamen de Freud, el cigarro puro es un símbolo sexual en Cuba. Así lo ratifica Beny Moré, el gran cantante de son cubano, en su éxito de 1959. «Se te cayó el tabaco» es su título y un modo cubano para sugerir que te has vuelto impotente: la letra conforma, de hecho, un cetro itifálico.

Se te cayó el tabaco,

mi hermano

se te cayó.

Tú me dijiste

que tú eras

candela.

Pero se te olvidó

decirme a mí

que tu tabaco se te cayó.

En Gigi, la tautológica, ilógica Gigi condena a un indiferente Gaston Lachaille mientras entona: «An ugly black cigar is love». «El amor», canta, «es un atroz cigarro negro». Pero un puro, al contrario que el verso de Kipling, es muy parecido a una mujer en la canción gitana española que advierte que no hay mujer fea:

Tráiganme una mujer fea,

yo le encuentro algo bonito

No hay puros feos. Ni siquiera la truculenta cheruoot de Birmania es lo suficientemente fea. O el Rothschild que Thompson de Tampa llama «el magnífico impostor», aunque se parece más al basto bastón de Neanderthal que Trucutú portaba para percutir suave en su frente a Ulanita. Por cierto que Thompson vende la elegante Arabella y la delgada Comtessa, nombres que me gustan porque es difícil encontrarse puros con nombres de mujer. Los panetelas de Thompson (sic: en cubano en vez del inglés panatella) se llaman Emeralds cuando los podría haber denominado, como Hugo, Esmeraldas: ¿acaso un cuasi acoso a Cuasimodo? A propos de damas delgadas, Thompson produce el puro más delgado delicado del mundo. Por qué lo denomina Rembrandt es un misterio: ¿por el pintor o sólo por el pincel? No hay puros feos. Ni aun el Yukon Jack que, aunque bastante malcarado, no es tan feo como declara su productor. Ni siquiera parece un forajido. Pero, puestos a pensar en ello, a Mérimée tampoco don José, el bandolero vasco que mató a Carmen, le parecía un forajido. ¿Sabían que Carmen era tan descarada que pronunciaba el nombre del narrador Mérimée en inglés, como «Marry me»? Cásame, Casanovias.

No hay puros feos, sólo fumadores feos. H. L. Mencken, hijo de comerciantes de tabaco, un hombre feo, era un fumador atractivo a pesar de su cara de besugo, que Anita Loos adoraba.

Hace poco, el mayor William Donald Shaefer se convirtió en un doble de Mencken con raya al medio y todo y mordisqueando un veguero para ganar el premio de 300 dólares del certamen de dobles de Mencken, que patrocinan los agentes de publicidad de la Cigar Association of America.

International Herald Tribune

Rip Torn, un actor pasablemente apuesto que se atrevió a compartir escenas con el increíblemente bello David Bowie en The Man Who Fell to Earth, es un feo fumador de fumas finas. A veces incluso resulta repulsivo con su puro entre los dientes. Lo mismo le sucede a John Huston quien, desde El tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre), fuma y habla con un puro en la boca. Estos dos actores confunden el cigarro con el tabaco de mascar. Edward G. Robinson podía ser tanto un fumador feo como una bella persona con un puro en la mano. Es mi fumador americano favorito en cuanto a puros se refiere: esto entonces debería ser considerado un avance. Un consejo para actores que fuman feo: dejen de meterse el puro en la boca para hablar: es obsceno aun fuera de escena (incluso sin público es impúdico).

Uno de mis fumadores de puros favoritos, aún con vida, es David Hockney: fuma sus cigarros como si se los comprara a un vendedor de colillas. Otro famoso fumador de cabos, Bertolt Brecht, fumaba puros de a tres peniques la ópera. Parecía que escogía siempre sus colillas de la cuneta. Una pena que tuviera que demostrar no ser el genio que alguna vez pensé que era. Fue tan sólo un Shakespeare de matadero: un fumador de a cinco centavos la docena. Ésta es la razón por la que me ofendió lo que me dijo Joseph Losey, que lo conocía bien: «Eres peor que Brecht». ¿Debería habérselo agradecido? «Aunque fumas mejores puros» —ahí le di la razón. «¿Y qué pasa con Pinter?», le pregunté. «¿Qué pasa con él?» «Fuma unos puritos aparentemente apestosos liados en pectoral.» «¿Qué demonios es eso?» «Pectoral es un papel de liar hecho de paño bañado en regaliz. Se fumó mucho en Cuba durante un tiempo.» ¡Dios mío! Esos cigarrillos pardos deben ser otro de los amaneramientos de Harold, como sus trajes marrones con camisa rosa y corbata mareadas. Fuma cigarrillos normales y corrientes pero quiere hacer creer que está fumando algo más peligroso. Aunque para mí un cigarrillo ya es de por sí peligroso. «¿Qué marca son?» «No sé, ¿importa?» «Con cigarrillos, no, pero sí con puros. Pero podría estar fumando Tiparillos marrones.» «Y ésos, ¿son buenos o malos?» «La gama de los cigarrillos va de lo malo a lo peor. Los Tiparillos son los peores.» «¿Son cubanos?» «No, son tan americanos como el último mohicano.» «Entonces Harold fuma otra cosa.» «Siendo del Medio Oeste y luterano, tú eres tan americano como el último mojigato.» Losey sonrió como si supiera. De hecho, su nombre recuerda al «Lo sé», en español, como decía Gary Cooper en Solo ante el peligro (High Noon), tan solo como el último sheriff y tan americano y tan tranquilo.

El cabo y el cigarro grande siempre se han visto con malos humos. Un fumador de puros largos, bien visible, es Peter Bogdanovich, que sigue de cerca a Orson Welles. Brecht y Hockney fuman, en apariencia, sólo colillas. La cuestión es, ¿en qué grupo deseas que se te clasifique? ¿Entre los exhibicionistas o entre los amantes íntimos de la hoja escogida? Lo cierto es que siempre se está en ambos campos. Cuando enciendes tu peor puro para ser alguien, a la Welles, estás bien dotado. Pero cuando has fumado tu puro hasta el cabo, no cabes en ti: mira a Bert y a Dave y observa cómo sonríen. Sólo hay un hombre que nunca ha sufrido tal dicotomía. Es (o mejor, era) una persona real, como dicen los diarios, y su verdadero nombre era Cigar Stubbs. No hay duda ni de la autenticidad del patronímico (una declaración jurada de la Oficina de Estadísticas Vitales del Estado de Florida lo prueba) ni de que su nombre, en inglés, significa «colilla de puro». Se las trae, colilla y cabo. Pero la pregunta es, ¿él fuma?

Mark Twain, que fumó puritos baratos, bastantes manilas y, más tarde en su vida, todos los habanos que le pudo permitir su economía, afirmó en una ocasión: «El hombre es el único animal que fuma —o que necesita hacerlo». Pero yo cambiaría todos esos famosos fumadores por uno que jamás se jactó de ello. Su nombre es Marcel Duchamp y jugaba mal al ajedrez. Se casó con la idea de Rose Selavy, un ideal, consiguió que Cartier Bresson lo retratara y se hizo famoso de fuma infame. Como a Brecht, nunca le importó si lo fotografiaban fumándose un cabo. Se puede ver que al fumar disfrutaba tanto como disfrutó jugar al ajedrez o montando en bicicleta. En la foto, una joya de Cartier, la destripada bicicleta conserva una sola rueda y es tan sólo un círculo con radios: un estudio en geometría. Pero Duchamp sostiene su cigarro impasible, casi como si la Estatua de la Libertad alzara su antorcha de acero y cristal y luces de neón. Duchamp, siempre impertérrito con su puro, dijo en una ocasión: «Yo, que he nacido para no hacer nada, debo hacer de todo al menos una vez». Pero es obvio que fumaba su puro más de una vez.

¡Ahora! Fue así que llegué a escribir este libro. William Shawn, de The New Yorker, lo hizo irrealidad de más de una manera. Pero mi editor americano y amigo Cass Canfield Jnr, de Harper & Row, insistió en más de una ocasión:

«Deberías escribir un libro sobre puros, ¿sabes?», me decía, pero yo me mantenía terco a pesar del cerco.

«Cass», le dije haciendo anillos de humo, «todo lo que busco del tabaco es disfrutarlo».

Luego me acordé de Duchamp para hacer otros anillos con el humo. Las cosas existen en el humo, el arte anida en los anillos. El libro, pensé, sería para Duchamp y los anillos podrían ser considerados como las ondas de Marcel, pero él se mantendría impasible, imposible. Justo como los anillos. Hola, halo.

En El club de los suicidas (The Suicide Club), el príncipe Florizel, el héroe, fuma una cheroot, pero en la película, Trouble for Two, se viste de frac y fuma cigarrillos. La boca del ahora presidente del club infame «abrazó un gran puro, que mantenía rodando de un lado a otro de la boca». Es el típico fumador giratorio, para quien fumar es hacer girar un tornillo infinito. Para entrar en el Club de los Suicidas debes pasar por el salón de fumadores. «La mayor parte de los asistentes fumaban», nos aclara Robert Louis Stevenson. De hecho, fuman puros como si fueran cigarrillos. Es obvio que están en el infierno.

Stevenson llegó a conocer esos lugares oscuros y apartados donde uno podía fumar en Londres (ciudad que denominaba la Bagdad de Occidente) con la mayor comodidad. En la zona norte de Leicester Square, un personaje le dice a otro:

Si me permite que le guíe… Le brindaré el mejor puro de Londres.

Y asiendo el brazo de su compañero, lo condujo en silencio a paso rápido a la puerta de un local en Rupert Street, Soho. La entrada estaba adornada con uno de esos Highlanders gigantescos de madera que casi han alcanzado la condición de antigüedades; y al otro lado del cristal de la ventana, que protegía el típico escaparate de pipas, puros y tabaco, se leía esta inscripción dorada: Bohemian Cigar Divan, by T. Godall. El interior de la tienda era pequeño, pero cómodo y esmerado; el vendedor grave, sonriente y urbano; y los dos jóvenes, cada uno fumando alhajas selectas, pronto habían buscado su posición sobre un sofá lujoso de color ratón y se dedicaban a intercambiar historias.

Salvo por el sofá color ratón (sería mejor llamarlo color tabaco o color habano), Stevenson ha dado la mejor semblanza de un diván de puros londinense. Godall, por cierto, era uno de los apellidos favoritos de Stevenson. ¿Alguien quiere incienso? Un cuento para Mr. Hyde, de Hyde Park Corner.

Dice Compton Mackenzie à propos de divanes: «Fue presuntamente la oposición de los miembros viejos de los clubes de la era victoriana lo que condujo a la institución de los divanes de puros y los salones de fumadores… Éstos estaban amueblados con butacas cómodas y sofás, y los hombres fumaban puros para acompañar al café turco».

Ahí tienes, dos autores de origen escocés que escriben sobre una típica institución victoriana londinense. Hay otro escritor, H. J. Nellar, que escribe sobre los divanes, enumerándolos así: The Oriental Divan, en Regent Street; The Private Subscription Divan, Pall Mall; The Royal City Divan, Cementerio de St. Paul; The Royal Divan, King Street, Covent Garden; The Royal Divan, Strand; y The Divan, Charing Cross.

Es probable que Nellar tuviera la última palabra sobre divanes: «Todos los divanes están amueblados con comodidad en un estilo de esplendor asiático, que produce en el ojo no experimentado un efecto agradable y novedoso; mientras que un examen más exhaustivo hace que los restantes sentidos se deleiten no menos». ¿Qué es lo que causó el declive de estos divanes divinos? Según Mackenzie, la clientela: los jóvenes solos que los frecuentaban usaron los divanes como trampolines de arribistas para subir por la escala social. Ya no fumaban puros sino cigarrillos. Pero ni siquiera los cigarrillos de «Turkish blend» eran aptos para un diván. Servían para una otomana —a la que el Oxford Dictionary define como un «escabel acolchado».

Pero la reina Victoria, más cercana a Gigi que a Carmen, opinaba que los puros eran repulsivos, largos y poco ingleses. Fue la única de todos los monarcas modernos en aborrecer de tal forma el tabaco que convirtió el palacio de Buckingham, junto con su príncipe consorte el alemán Albert, en una especie de ein feste Burg inexpugnable para fumadores. Aborrecía y odiaba que fumaran con tal virulencia que incluso prohibió a su hijo, el príncipe de Gales, que fumara en palacio. Así fue como la sociedad victoriana decidió odiar a su vez el tabaco. En la época victoriana, ni siquiera la mirada asesina de Jack el Destripador era comparable con la que recibía un caballero que osara fumar delante de una dama. (Pretorius nunca se atrevió a mostrar en público su vicio privado.) Un caballero jamás fumaba si alguna señora estaba presente. Después de la cena y el café, el caballero inglés se quedaba en el comedor o se iba a fumar a otra habitación, mientras las damas se retiraban a la sala de estar para charlar durante la sobremesa. Esta costumbre aún se estila hoy en ciertos círculos de Londres. Para disgusto de algunos amigos, siempre he preferido la compañía de las mujeres a la de los hombres. Las mujeres son bellas (al menos algunas de ellas pueden serlo alguna vez en su vida como aseguraba el cantante gitano) y nunca, nunca hablan por hablar. Como dice la admirable Jane, «ninguna reunión es divertida hasta que llegan las mujeres». Padecemos de anantropía.

Sin ser aún inglés y nunca un caballero en una velada inglesa me largué del comedor a la sala de estar con las mujeres y al entrar en la estancia vi que la cosa iba a requerir algo más que prestancia: no sólo era que mi anfitrión estaba molesto, sino que hasta mi anfitriona se había incomodado. ¡Así no se comporta uno! Puede que la casa de un inglés sea su castillo, pero su sala de estar es, de seguro, su zenana. El puro, de hecho, parece en ocasiones el refugio de las mujeres blancas. Algunas señoras inglesas que se adentran tranquilas en una sala llena de hombres se asemejan a una versión femenina de Kurtz en El corazón de las tinieblas. The horror! The horror of it!

En Cambridge, que fue una universidad sólo para hombres, crearon una versión académica del music hall llamada el Club de Fumadores. Aquí no podían estar presentes las mujeres (que no eran admitidas en la universidad todavía) y por tanto el público podía fumar cómodo. En la escena, como en épocas del teatro isabelino, el coro de damiselas encantadoras estaba compuesto por estudiantes transformistas. Pero cómo son las cosas, la imagen masculina de la era victoriana la ejemplarizó el príncipe Eduardo de Gales, gran fumador de habanos tanto en público como en privado. Claro que, por supuesto, no se permitía fumar en el palacio que Bertie (el apodo del príncipe) llamaba la Ciudadela Prohibida. Cuando la reina Victoria se dignó a expirar por fin a los 80 años, Bertie, ahora ya el rey Eduardo VII, reunió a sus amigos más allegados en el palacio de Buckingham. Los condujeron a una gran sala de estar y allí entró el rey, fumando: «Bien, caballeros», anunció, «pueden fumar ahora —¡por real mandato!».

Una chica americana llamada Lorelei Lee escribió a casa contando cosas de Bertie: el rey también las prefería rubias. «Piggie», narraba ella, «está hablando todo el día de un amigo suyo que es un rey famoso en Londres y se llama el rey Eduardo». Lorelei Lee proseguía: «Así que Piggie», cuyo verdadero nombre en la novela es sir Francis Beekman, «dijo que nunca iba a olvidar los chistes que el rey Eduardo contaba todo el día». Le explicaba Lorelei a una amiga tan simple como ella: «Él nunca olvidaría un momento cuando estaban todos en el yate, sentados alrededor de una mesa y el rey Eduardo se levantó y dijo: “Caballeros, no me importa lo que hagan ustedes, pero yo voy a fumarme un puro”». Eso mató a Piggie y casi mata también a Lorelei, ya que rió como una loca. Risa real. Lorelei sabía reír los chistes reales: «Bueno, es que siempre puedes saber cuándo reírte porque Piggie siempre se ríe antes».

Algunos fumadores de puros siempre ríen los últimos. Tanto por la revolución como por tantas otras cosas cubanas, la industria del tabaco se hundió porque era allí donde los capitalistas se habían atrincherado. Las plantaciones de tabaco fueron embargadas, aunque no eran propiedad de latifundistas. Es fácil nacionalizar una fábrica: incluso el niño de cinco años proverbial de Groucho Marx puede hacerlo y emprender un plan quinquenal. Pero es mucho más difícil colectivizar los minifundios en los que un agricultor cultiva sólo dos o tres áreas acres. Se devolvieron algunas vegas a sus antiguos dueños (que en su mayoría ya habían dejado la isla), pero las fábricas continuaron en manos del gobierno. Aunque en apariencia, como dijo el hombre de Dunhill, la mayoría de las marcas tradicionales existen todavía y el gobierno cubano ha repuesto otras mediante Cubatabaco. Todo esto es en realidad un timo a gran escala. Pero, a pesar de los trucos sucios con los nombres, que juegan con el caballero europeo que todavía se puede permitir un habano, la vitola aún perdura, como la melodía de un puro —que es humo, que es una canción.

La nacionalización de todas las fábricas, incluidos los chinchales y las cheroots que proliferaban en el pasado, dio lugar a la guerra de las marcas. Es curioso, hubo un precedente en la lucha por liberar al puro de su banda que es un bando. En Cuba ha habido puros que han mantenido su calidad, que han sido extraordinarios (como era Por Larrañaga) desde comienzos del siglo XIX. Como aquel baile cubano que llegó a todas las salas al avanzar el siglo y que se llamó habanera, el puro hecho en La Habana se conocía como habano. La Habana, para el mundo, era toda Cuba entonces. Pero así como Bizet compuso una habanera famosa para su ópera Carmen, al pedir prestado próximo al plagio del por entonces popular compositor Sebastián Yradier, un cubano-español, aparecieron en Europa brotes de habanos que jamás habían visto tierra ni sol cubanos.

También se les llamó habanos. En ésa era tan emprendedora, el siglo XIX, se creó una especie de feria mundial, la Exposición Universal. Los puros habanos ganaron premios en muchas exposiciones —pero también lo hicieron otros provenientes de islas tan tropicales como Liverpool o Londres.

La práctica de denominar habano a todo lo que era cilíndrico, marrón, perdón, pardo y con humo (con excepción de las chimeneas cf. De Xeres) continuó hasta 1907. Es entonces cuando la Corte Internacional de La Haya recibe una propuesta «para proteger a este país de imitaciones más baratas» y la halla acertada: sólo los puros provenientes de Cuba serán denominados habanos. (Nada se dijo de las imitaciones más costosas.) Ahora es «delito según la ley británica utilizar el término habano para puros que no hayan sido hechos allí». En inglés, havana, el verdadero color de un puro, debe escribirse con h minúscula. Pero hubo una medida de consolación para manufactureros de fumas foráneas (es decir, nativas): «No existe ninguna objeción sobre el uso de términos en lengua española para colores, formas y tamaños». Puedes poseer el copyright de la geografía (como en el caso de Champaña) pero no puedes hacerlo con la lengua del rey, incluso si eres español.

Pero puedes registrar las marcas —esto es, de manera internacional. Eso es lo que hicieron los abogados sutiles de la familia Bacardí antes de que Castro tomara el poder. Ahora tienes ron Bacardí hecho en todos lados, desde España a las Bahamas a Brasil— menos en Cuba, donde la familia catalana original destiló por vez primera esa poción que Telly Savalas debería probar como loción capilar. Algunos manufactureros cubanos, como La Corona, fueron sabios al imitar a los Bacardí y ahora tuercen sus puros en el extranjero. Quizás no podrías fumar un habano (aunque a veces resultan mejores que algunos habanos) si no estuviera hecho en Cuba, como Hoyo de Monterrey, el puro hecho en Honduras con el nombre de Excalibur: la espada que arde tarde en la tarde. Pero un puro, como aventuró Kipling, es una fuma. Ahora los fumadores de puros tienen unas cuantas opciones: habanos que no son aquello que su nombre indica (un habano verdadero que es un falso Montecristo: más dantesco que Dantés) y puros que son lo que dicen ser pero que no son habanos. Como en Finnegans Wake, c’est l’embarras de Joyce.

Los habanos serán infumables por un tiempo pero el puro, hecho de humo, traspasará la niebla. Al fin y al cabo, lo han soportado todo: Castro, los comunistas, los comisarios más las plagas, las pestes y los políticos del pasado —los puros, como si fueran de goma, siempre rebotan. Hoy no sólo el mejor habano viene de La Habana sino que El Mejor Puro del Mundo viene de Cuba. Como sucede siempre con los habanos, este puro ya es un mito. Se llama Cohiba, uno de los nombres indios para el tabaco. (Los incas tenían 65 nombres para la patata: un buen ejemplo de la importancia que los indios daban a estas dos plantas.) Los Cohibas vienen en coronas, panetelas y margaritas tan delgadas que parecen cigarrillos fuertes. Son, en textura, de un rosado brillante, lo que es raro para un puro, aunque ya existían uno o dos precedentes en Cuba antes de la revolución. Esto, por supuesto, supone que la selección de la capa debe ser más rigurosa para conseguirla roja. ¿Es, por fin, ese puro comunista que el Che Guevara deseaba para el Hombre Nuevo? Debo decir que no. Es un puro para millonarios.

El Cohiba es un puro exquisito, con la forma redondeada, el extremo amputado y el final en perilla: una voluta que anticipa el humo en esperas espirales. Desde el punto de vista de la manufactura, éste es el apogeo de los puros hechos a mano. Todo atestigua perfección en este habano nuevo con nombre viejo. Todo salvo la caja y la banda, ambas adornadas con ese mal gusto de finales de los cincuenta que los españoles apodan hortera. Es en verdad tan hortera que cualquier productor de Hollywood de antaño lo habría encontrado el diseño ideal para un póster chillón en Cinemascope. Jerry Wald lo acataría con ensueño, a Saul Bass le quitaría el sueño.

En la muy alardeada independencia de la isla, Fidel Castro ha recuperado una vieja usanza española: el primer habano de la cosecha se enviaba siempre al rey Borbón de Madrid, para que probara y aprobara. Esta costumbre colonial se rompió para siempre cuando Cuba se hizo independiente en 1902. Y es ochenta años después que Castro envía una caja de Cohibas la «primera flor», como se la llama en La Habana. Como el rey (o la reina) de Inglaterra tenía la custodia de todos los cisnes del reino, el rey de España tuvo y todavía tiene el privilegio de catar puros. Es, más que un censo de puros, el consenso de uno solo. De hecho, la primera flor es una especie de fumata reale del Rey don Juan Carlos —que los fuma en la privacidad de su palacio de la Zarzuela. Una zarzuela es una suerte de comedia satírico-lírico-musical pero el rey en España no está solo en el reino. Otra caja (flor de tabaco de segunda clase, supongo) se le enviaba al Presidente quien, como político, los fumaba tanto en privado como en su oficina— aunque no sea un Churchill. Una tercera caja se le envía por correo urgente al que fue (allí fumé) tercer hombre de España, Adolfo Suárez, anterior presidente y ahora político aspirante a la condición de estadista retirado. Aquel que fuma último.

Uno de los primeros en fumar (fumata irreale) fue Jean Paul Sartre. Desde su visita a Cuba en 1960, a Sartre se le regalaba una caja de habanos asiduos: del gran tirano al pequeño filósofo. Sartre era un fumador acérrimo pero un día, tras 1968 y el apoyo de Castro a la invasión rusa de Checoslovaquia, dijo no, gracias, no más puros impuros. Cuando el novelista Alejo Carpentier, agregado cultural de la embajada de Cuba en París, trató de dar a Sartre otra caja de habanos escogidos, el autor de El ser y la nada escogió la nada y Carpentier no regresó a la embajada con las manos vacías: volvió con los puros de su jefe todavía en su caja. Cubanos con regalos —de la boca misma del Caballo.

La política siempre se ha liado con el tabaco en Cuba y a veces los habanos se han convertido en materia explosiva. El doctor Fernando Ortiz en su Contrapunteo cubano del azúcar y el tabaco dice con el retruécano en la boca: «Quien ha mandado en Cuba ha gobernado, bien o mal, sobre el tabaco». Fidel Castro ha sido el primer dirigente cubano en fumar puros en público. Durante los cuarenta y los cincuenta, el presidente Prío Socarrás fumaba cigarrillos pero tanto Batista como el doctor Grau no eran fumadores. En sus concentraciones a la Nuremberg el puro de Castro era el contrapeso pardo de su pistola perenne y el uniforme sempiterno que viste verde. El puro se convirtió para Castro en una nueva arma ofensiva. Más tarde se supo que la CIA había tratado de transformar el corona de Castro en un puro explosivo. O mejor en un panetela envenenado que soltara vahos letales. Se olvidaron que ya existía en Cuba un puro peligroso llamado horro, tan cercano al horror, que según la tradición era venenoso por naturaleza y rezumaba un destilado virulento («el jugo de la hebona maldita», según Shakespeare) que en vez de tu oreja atacaba tus fosas nasales buscando «una enemistad de la sangre del hombre» —y a veces de la hembra, como lady Macbeth. Golda Meir e Indira Gandhi no fumaban puros y Mrs. Thatcher es una imperiosa impertérrita, impermeable al tabaco.

Fue Aldous Huxley, que no fumaba, el que dijo que sólo hay tres tipos de inteligencia: la humana, la animal y la militar. Ahora Huxley habría reconocido la existencia de un nuevo tipo de inteligencia: la vegetal. Esta inteligencia, a su vez, originó una contrainteligencia, una inteligencia nativa. En el pasado, los funcionarios cubanos habían acusado al gobierno de los Estados Unidos de intentar asesinar a Castro. ¡En 1981 el dictador cubano aseguró que la CIA no sólo estaba envenenando sus puros sino también los campos de tabaco cubanos! ¿Qué jugo podría entonces acabar con la hebona maldita? Quae mundi plaga? ¿Qué peste? Era algo nuevo y algo viejo, algo prestado y algo azul —y con un nombre muy bonito en español para hacerle juego al jugo: el moho azul. Moho azul pero ¿por qué no mono azul, para darle el status de un espía descolgándose por las ramas del jardín? Una serpiente azul en la hierba y un pájaro azul en tu traspatio.

Le pregunté sobre esto a Arturo Sosa en su casa de Miami, donde guarda un loro gris singular y cajas de puros con su nombre como marca. Había sufrido la pérdida de una pierna debido a problemas circulatorios y con su séquito parecía una versión benévola de Long John Silver. Pero dulce era el hombre que había conocido en 1960, en casa de unos parientes suyos, durmiendo en el piso: había conseguido refugio allí como en un santuario. De pronto, avivó la conversación recordando todo todavía referente al moho azul.

Tuvimos el mismo problema en Remedios en 1934. Pero Papá [resultaba simpático escuchar a un hombre de 80 años llamando papá a su padre muerto] sabía de qué se trataba. Me asusté al principio, al ver todas las plantas destruidas por maldad. ¡Pero Papá lo sabía! «Es un hongo que viene de África», me dijo. «¿De África, Papá?» «Sí, hijo, de África. Como la esclavitud. Cruza el océano Atlántico con los vientos cálidos y aterriza en la primera tierra que encuentra. Como Colón.» Papá tenía razón porque Colón vino de las Canarias.

Papá también me enseñó cómo acabar con el moho. Cavas un sendero de seguridad lejos del hongo. Como si fuera una trocha, una trinchera, una contracandela. Luego destruyes todas las plantas alrededor de la infección. ¡Todas! Hay que hacerlo. Ya que una vez que el hongo ha aterrizado no puede propagarse sino de planta a planta. A veces el remedio es peor que la enfermedad. No se puede aplicar porque destruyes toda la plantación. Entonces, debes esperar hasta que el moho la arruine, ¡más lento pero mucho más eficaz! Siempre matas a un pobre con el moho, el agricultor. No se le puede proteger. El moho azul es un parásito que en vez de fumar el tabaco lo masca y lo come. Pero lo puedes quemar. O chamuscar con el fuego. Entonces es el hombre el que hace arder la yerba.

Sosa, que murió en Miami en 1983, sabía más de tabaco que ningún cubano que yo haya conocido. Era el típico dueño de plantación de tabaco, de ascendencia canaria pero puro remediano. Su padre había sido un plantador canario en Cuba en los veinte, y el hijo se convirtió en fabricante de tabacos por amor a la hebra. Era devoto del tabaco. Murió añorando las sierras de Remedios, quejándose de que la ciudad, ahora Miami, era plana, llana.

Con frecuencia Sosa recibía a sus amigos, que eran unos cuantos, en su mayoría tipos raros, hombres del tabaco. Aunque el mismo Sosa nunca fumó, era un verdadero connoisseur. Bernard Berenson jamás pintó un cuadro ni Anthony Blunt organizó un tableau. Así, Sosa era como esos expertos que saben más sobre arte que el mismo artista. O los críticos que no podrían escribir jamás una novela, como Lévi-Strauss. Era un académico de los puros. Allí estaba, gobernando su reino, un reino que es de la estopa de que está hecho el humo: el tabaco. Disponía su corte entre la vegetación tropical de su sala de estar, presidida por el pájaro azul de la selva, el loro que se había traído del Brasil, según él la Última Thule de los puros. Hablaba de tierras ultra mare, al otro lado del océano, donde no había llegado en sus viajes pero que habían sido visitadas por sus puros. Europa, aseguraba, fuma bien pero fuma feo. Tampoco había ido nunca al África, pero estaba seguro de que allí el tabaco no crecía bien —y los hongos florecían. Nunca se olvidó del blues del moho azul. Pero antes de dejarnos, tuvo unas cuantas palabras de elogio para Camerún: la tierra de sus capas. Y adoraba los animales africanos. Decía que todos ellos, salvo la hiena, le llenaban de gozo. En cuanto a Asia— mejor dejarla donde está.

Sosa nació, y vivió hasta 1960, en Taguasco, en la sierra de Escambray, Cuba central. Todavía tierra de tabaco pero conocida en el oficio como Vuelta Arriba, la tierra que produce la hoja de Remedios, tabaco de tripa de buen sabor y gran cuerpo. Allí prosperó y era conocido dentro del mercado del puro como un plantador aplicado. En toda la región se le tenía por hombre justo y patrón honesto. Después de que Castro tomó el poder le expropiaron de forma brutal la plantación, su casa, finca incluida, y el mismo comandante, que había sido su capataz, se encargó de acorralarlo en una vendetta personal. Sin un centavo, emigró a Florida. Primero a Cayo Hueso y luego a Miami, ahora el centro de la industria tabaquera en los Estados Unidos. En Little Havana, en el suroeste de Miami, se las arregló para levantar una fábrica de la nada, lo que era contribuir a un exilio que había pasado su auge. Pero se las compuso para hacerse una reputación como productor de puros de calidad a precios razonables —que viene a ser mucho más de lo que Marshall soñara como el buen puro patrio. Sosa realizó una gran proeza y antes de morir a los 83 años aseguró sus contactos en Inglaterra. Fue uno de los pocos exportadores cubanos en el exilio que vendía sus puros al caballero inglés, siempre a tough customer, un cliente difícil, cuando se trata de lo que va a fumar. Los puros de Sosa, su verdadero monumento marrón, memoria en el humo, se venden hoy en Fox, la tienda exclusiva de la galería Burlington lindante con Picadilly. El viejo Sosa amaba el tabaco y, por fortuna para mí, siempre estaba dispuesto a hablar del negocio. Él lo tendía, yo lo entendía: el reverso de Pela y Panduca.

¡Pela y Panduca de veras! Suenan como un dúo de vodevil. Al menos como una versión cubana del vodevil, el teatro bufo: los pioneros Pela y Panduca. A esos cubanos emprendedores les debe el vodevil más de una risa y la coordinación exacta de uno o dos genios cómicos: W. C. Fields forever y las fumas de Groucho. «¿Escribiendo sobre puros?», me preguntó Sosa hablando por encima del fragor furioso de su loro gris perla. «¡Muchacho, te va a tomar más de un día!» De hecho, fueron más de dos años.

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