Puro humo
Puro humo » Nota Beníssima
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Italo Calvino, compatriota de Italo Svevo, el autor de La conciencia de Zeno (el hombre al que dejar de fumar le parecía la parodia de una paradoja: antes de dejar de fumar debes fumar, antes de fumar debes encender tu cigarrillo, antes de encender tu cigarrillo —y así hasta el infinito: hasta que la paradoja se vuelve parálisis) nació en Cuba no lejos de la tierra del tabaco. Siendo más joven que Svevo (né Schmidt), a Calvino no le interesa Freud, pero Marx sí. Calvino opina que es el puro lo que distingue a Groucho de «los otros grandes cómicos de la pantalla». Quizás. Pero esto no distingue a Groucho de otros cómicos de la pequeña pantalla, como George Burns o Ernie Kovacs. Para Calvino un puro significa «los atributos eternos [perdón externos] del prestigio, éxito y savoir faire». Incluso cuando se fuma en una cripta: presente de Pretorius. ¡Pero el vagabundo de Chaplin era lo contrario al prestigio y el éxito y le encantaban los puros! Sobre todo si se le aparecían en forma de colilla camino de la alcantarilla. En La fiebre del oro, incluso tras haberse hecho rico y regresar del Yukón en barco en primera, otro pasajero tiraba el cabo de un puro barato a la cubierta. Charlie lo vio y, justo enfrente de los fotógrafos, los periodistas y los admiradores (atributos externos del éxito) voló, literalmente, detrás del cabo, aunque ahora podía irrumpir en el Savoy y mudarse al Ritz de por vida. De hecho, podía permitirse todos los habanos de Cuba, una isla entonces.
Esto es una bagatela en comparación con los extremos a los que podía llegar Charlie para fumar en Luces de la ciudad (City Lights). En la película le enseña a fumar habanos —¿quién si no?— un millonario excéntrico al que ha conocido en la Quinta Ruina, donde viven siempre los vagabundos. El rico es rico de veras. También es suicida en ocasiones y es muy amigable cuando está borracho —pero arrogante y olvidadizo a la mañana siguiente. Así el millonario, un maníaco depresivo, de forma alternativa (y confusa) consiente al vagabundo cuando está con el agua al cuello. (En verdad éste ha trabado contacto con aquél al salvarle de morir ahogado al intentar suicidarse en un río cercano poco antes en la película.) Tratando de aprender a fumar un verdadero puro, Charlie prende fuego al vestido de noche de una dama y causa estragos en un restaurante elegante mientras era el invitado del rico. Pero sólo de noche. Es una circunstancia de Jekyll y Hyde y a Charlie le ha tocado hacer, formal, de Hyde.
A la mañana siguiente, mientras deja la mansión del millonario (que hasta le ha regalado su descapotable la noche anterior) el vagabundo siente ganas de fumar. Un peatón enciende un cigarrillo a su lado para sentirse más que un extra. ¿Hermano, tienes tabaco? Pero ahora un caballero baja la calle fumando un puro. ¡Vaya, qué placer es fumar!, piensan ambos hombres al unísono. El señor fumante pasa a su lado y Charlie casi se cae tras su estela. Pero tiene una idea mejor. Vuelve al descapotable reluciente para seguir al señor del puro. Una calle más allá, el caballero tira la colilla: estaba ardiendo demasiado cerca de su boca rica para resultar cómoda. Charlie, a su espalda, para el coche y de hecho se abalanza sobre el puro en plena contienda con otro mendigo deseoso. Charlie gana por una nariz —la suya. Regresa a su descapotable caro fumando el cabo de sobras— para asombro del segundo mendigo, menos afortunado. Este último se rasca la cabeza, pasmado ante lo que cree que debe ser le dernier cri en indigencia.
Todos los clowns americanos, pequeños o grandes, han fumado —o bien usado— un puro como accesorio cómico. Eso es justo lo que era para Groucho, quien confesó haber tomado el hábito (o la práctica) de un viejo actor de vodevil antes de haber aprendido a fumar. Hacía tanto tiempo que, para cuando se hizo la entrevista, Groucho había olvidado el nombre del cómico que hablaba tan alto y portaba un puro tan grande como un bastón de mando. Pero Groucho podía recordar su primer puro. «Era un Imperfecto Perfecto ¡y mira que me dio guerra! Me mareé y eso que nunca lo encendí. Estábamos en un barco por el Mississippi viajando a Peoria. Eso en español significa peor que peor y no queda muy lejos de Pittsburg.»
Cerca de Pittsburg, en Filadelfia, un tal Claude Dukenfield aprendía a hacer juegos malabares y fumar al mismo tiempo —los malabares eran con cajas de puros de a cinco y de a diez. Más tarde se cambió el nombre, que consideraba atroz, por el algo escatológico W. C. Fields. Este artista cómico puede ser alabado como un hombre que, aunque admiraba a Dickens, que era mucho, odiaba las navidades. Incluso al Día de Boxeo (Boxing Day). No podía ser amante de los puros y a su vez diestro en el arte de hacer volar cajas de puros. Fields, en su defensa, los convirtió en un instrumento de su placer. Se le puede ver fumando con gusto en una de sus primeras películas, El boticario rural (It’s the Old Army Game). Pero eso es porque en alguna parte de la ronda está la incierta faz felina de Louise Brooks. Ella puede tornarse al instante en felix culpa, como demostraba en su admirable, admirado volumen Lulu en Hollywood. Brooks es culpable, por supuesto, de que en la película el siempre infeliz Fields prenda fuego a una caja de puros (y todo su contenido) y que los bomberos deban venir en su auxilio con la intrusa eficacia que les caracteriza cuando se enfrentan a cualquier cosa que eche humo. Fields tuvo que transigir en una comedia llamada Flaming Youths (Jóvenes flamantes) y se hizo cargo de todo lo que tuviera que ver con las llamas. Casi me olvido de cómo fumaba en The Dentist pero sobre dentistas siempre me olvido de todo de facto y de facturas. Como forma de probar lo cosmopolita que era, en Casa internacional (International House) Fields llevaba kimonos y fumaba puros, manilas maníacos en su mayoría y piloteaba un autogiro sobre Shanghai preguntando megáfono en mano: «Is this Kansas City, Kansas?». Fields fumaba a lo largo de Un par de tíos (Tillie and Gus), a veces como un Capitán Coraje que se hunde con su bote de remos: vestía una falsa gorra de marino y un habano genuino. A W. C. Fields se le vio por última vez cuando ya no le permitían fumar y sólo podía olfatear un puro pagado pero apagado. Un John Barrymore ebrio, y no de triunfos, lo acompañaba en su intento.
Fields escribió un epitafio futuro para Mae West cuando la llamó «la idea que un fontanero tiene de Cleopatra». Debería haber añadido «y de un fontanero anglosajón en todo caso». O un fontanero feudal. Pero ya había provocado con anterioridad la ira de miss West por su afición a beber y fumar. Louise Brooks, la mujer que fue Lulú, dice del bar de Fields que «era un baúl de ropa abierto con anaqueles que estaba plantado, como si fuera un object d’art, junto a su silla». Shorty, un enano, atendía no ante cámaras sino en su recámara a lo que Fields habría denominado su parafernalia para cuidar de sus habanos y de su ginebra. Mientras Fields se empolvaba literalmente la nariz, un bulto bulboso, la bella Brooks bailaba en su torno y su entorno: un puro en la boca, un trago en su mano, bebiendo y fumando en su camerino. Mae West condenaría con vehemencia y sin clemencia ese «vicio asqueroso». Creo que tenía razón. El alcohol deterioró el talento considerable de Fields y sus fans y admiradores no pueden sino suponer ahora todo lo que podría haber hecho en el cine de no haber bebido tanto. Pero aún aprecio el still, la foto-fija de ese momento memorable, capturado cine die por la cámara, en el que está W. C. sibilino en su neblina, mientras John Barrymore, su amigo íntimo en la vida real, le ofrecía un puro (tenía que ser un habano) a un por siempre W. C. animado, asombrado.
Me preguntaba por qué Fields decía que lo mejor de las películas era su still. Ahora sé que por still no quería decir la foto-fija sino lo inmóvil, lo quieto: su baúl inamovible. Still es destilería.
Incluso en su primer corto, Pool Sharks, se ve a Fields fumando un puro —que más tarde cambia por un cigarrillo que viajará confortable sobre su oreja derecha, la parte más sensible según Van Gogh. Fields era aquí perseguido por la ley por haberle revelado a un indio los datos de su vida. ¿Podría ser uno de ellos cómo fumar el puro de la paz?
El amor por los puros de Fields puede llegar al último límite. En su mejor comedia, It’s a Gift (Ese don), baja a desayunar fumando lo que parece ser un cruce entre una cheruta y un coracero pero que sólo es su versión, subversión, del puro de cinco centavos a las siete de la mañana. Camino al comedor pisa sin darse cuenta un patín abandonado (del niño, claro) y hace un doble salto mortal más una mirada doble. Cuando se las arregla para sentarse a la mesa, lleva un clavel en la mano —que está a punto de encender. Luego se ensarta el puro en la solapa. ¿No ven que para este hombre todo puro es una flor?
En la extensa, intensa, tensa asociación entre el caballero sureño entrado en carnes pero con voz volátil de tenor y su compinche el inglés magro con su acento cockney lloroso contaminado con giros americanos, es Oliver Hardy quien fuma los mejores puros (precio: 5 centavos, su valor: asombrosas riquezas en risas) y su socio, Stan Laurel, aquel que siempre se las arregla para arruinar de alguna manera su grasosa felicidad llamada ya no fama sino fuma. De todos los peligros que fumar un puro presenta para la salud de Ollie, el más memorable sucede en Chickens Come Home (Los pollos regresan). Ollie es un político y siguiendo su viejo lema («Sé nonchatant») fuma exquisito su primer habano del día en su oficina, en la privacidad de su cargo público. De pronto alguien llama a la puerta. Nuestro futuro alcalde fumando todavía va a la puerta pero Stanley la abre antes para entrar —y echa la puerta estrecha directa sobre el habano de Ollie.
Ollie mira a la cámara en agonía: una cara redonda con una estrella negra donde estuvo su bigote. No es nonchalant. Créanme, nadie puede serlo con un puro estrellado en la cara.
Laurel y Hardy son los ases del toma y daca cuando se trata de puros. Tan pronto han regalado un puro como lo vuelven a recobrar. Son, según nos enseñó Colón, los que engañan como a un indio. En El abuelo de la criatura (Pack Up Your Troubles) (Quita allá con tus líos), una de sus películas largas, usan sus puros como salchichas que fuman cuando visitan su banco y como ciudadanos normales intercambian cumplidos. Le dan un puro que es en realidad una salchicha al distinguido banquero, que la toma con lo que podríamos llamar la bonhomía del banquero. Laurel intenta encender su salchicha. Por supuesto, no puede. Así que se come su puro. Esto es, su salchicha. Oliver con un ademán de su puro (o salchicha) le pide un crédito al banquero. «¿Tienen algún colateral?», inquiere el director, como es natural. Nunca han oído esa palabra antes. Pregunta Hardy con las salchichas cambiando de manos: «¿Colesterol?».
En Bajo cero (Below Zero), un Oliver Hardy florido llama al camarero: «Garçon, une demitasse». «Yo también, Gastón», dice Stan Laurel. Se molesta Ollie con su pareja dispareja: «Camarero, deje la demitasse y tráigame un parfait y un Perfecto», pide. «Perfect», asiente el camarero. «Yo también», dice Stan Laurel —y así era él. ¡Así era! Un perfecto. Los dos. Eran el dúo perfecto.
Stan es Satán con un puro en Dos entrometidos (Busy Bodies). Hardy y él trabajan en un aserradero bajo un aviso enorme. «NO» —así empieza. Stan le da un puro a su colega más próximo. Su compañero lo acepta. Stan, casi excediéndose, incluso le enciende el puro a su camarada— antes de llamar la atención del capataz atroz ante el cartel que reza «NO FUMAR» en letras grandes y negras y ante el transgresor que fuma, iletrado tan evidente como bon fumeur.
La comedia silente era el paraíso de los fumadores —pero también el infierno. En una de un rollo muy primitiva de Harold Lloyd, Luke’s Movie Muddle (El rollo de Lucas, un episodio en el que un jovencísimo Harold sin sus gafas de carey imita tosco a Chaplin: pelo rizado, bigote y todo lo demás), unos espectadores prematuros van a la primera tanda demasiado temprano— para ser maltratados por el acomodador, el muermo mudo. Es la típica demostración exagerada de la violencia en la oscuridad a la que eran tan adeptas y aptas las comedias mudas. El episodio culmina con un espectador rezagado que llega fumando una pipa humeante. Para entrar en el recinto festivo («No smoking!», grita el portero Lloyd) el futuro espectador debe meterse la pipa aún encendida en el bolsillo. Pero al tratar de impedir que sus clientes fumen Lloyd prende fuego al local. El corto termina pronto entre el humo y el pánico y nadie tiene ocasión de ver la película por la que habían pagado. Realismo mudo.
Hoy en día los directores de teatro británicos no son menos restrictivos que Lloyd (o Lloyd’s) pero son más inteligentes —y por tanto más severos. Permiten que aquellos espectadores que deseen fumar en paz durante la función se sienten en el lado derecho del auditorio. Así se ha reducido a la mitad el peligro de incendio— y el humo. (Pero ya no más, ya no más. Hoy no se fuma más que, a veces, en la pantalla.)
Oliver Hardy y Stan Laurel fumaban hasta en Suiza —y también lo hace asiduo un primate pardo en un puente colgante sobre el abismo suizo que el dúo donoso debe atravesar con un piano demasiado ventral. Ahora que me acuerdo, Lou Costello recuperaba a la carrera su último puro de la boca de un gorila grotesco. Los comediantes americanos menores también tratan lo suyo. El único gran comediante americano aparte de Buster Keaton (pero Keaton vivía en otro país: el pasado lleno de locomotoras a vapor, barcos y vaporosa hospitalidad sureña que se vuelve pavorosa) que asegura que no fuma, que no le gusta y que incluso odia los puros es Bob Hope— y nació en Inglaterra. En Morena y peligrosa (My Favorite Brunette) el malo le ofrece un habano y Hope responde al instante, «No, gracias, soy el que conduce». Por cierto, es el último de los veteranos que sigue vivo. ¿Casualidad? Quizás.
Un ejemplo pretérito, remoto incluso, del íntimo vínculo entre el puro encendido o apagado o una mera cheruta desactivada es esa pareja arcaica, Mr. Gallagher y Mr. Shean: Shean con un Baedeker, Gallagher con un cigarro. (¿O era al revés?) De hecho, no importa. Lo que importa es que Al Shean, el comediante judío prehistórico, era tío de Groucho Marx en la vida real —o como quiera que denominara Groucho a esa causalidad casual. Al Shean introdujo obediente a su pariente Groucho en el mundo del espectáculo. El resto, como dijo Hegel, es histeria. En Los cuatro cocos (The Cocoanuts), su debut cinematográfico, Groucho hace su primera aparición en lo alto de una escalera— y ya está fumando un puro. A Groucho lo rodea un grupo de botones abiertos que esperan su propina, pero su puro es de juego, de fuego.
Groucho con su puro hizo a la comedia lo que el otro Marx con sus cherutas hizo a la economía: revolucionarla y, al hacerlo, destruir el orden, la jerarquía y las reglas. Todo está ahí en Das Kapital y en Sopa de ganso (Duck Soup), una de las primeras películas de los Marx: su primer intento de regar la anarquía absoluta por el mundo. En su segunda (o quinta) venida, Groucho, trata de salvar a Freedonia para la Libertad o para Mrs. Teasdale (o para ambas), aniquilando a todos (a ella antes) y el final es lo que se llama un Harpo End. Groucho consiguió todo esto gracias al apoyo (financiero o de otro tipo) de Margaret Dumont, que era como Engels pero sin la barba: judía, alta, bien nacida y rica. Ambos capitalistas echaron una mano —y acabaron con el mal de Marx. A eso también se le llama, en ambos sentidos, la enfermedad del sueño. O la pesadilla Tse tse.
Por favor tengan en cuenta que en la película Duck Soup, como en cualquier película de los hermanos Marx, lo único que Groucho ama de veras es su puro. Al menos besa y babosea a su vitola todo el tiempo, tanto durmiendo como dirimiendo con su rival, el embajador Trentino: un enviado enemigo en misión amiga. Curioso, Groucho abofetea a Trentino no porque éste le haya hecho lances y avances de paz a Margaret Dumont sino porque lo llamó advenedizo insolente. Por cierto que, como sucede con Mrs. Thatcher, uno no puede llamar Maggie a Mrs. Dumont.
Una de las facetas que adopta (y no es un niño de cinco) el sabotaje a la ley y el orden en esta película ácrata es la de un puro. Cuando Trentino (Louis Calhern en el colmo de lo absurdo: un pudin diplomático) entrevista a sus así llamados espías, Chico y Harpo (en el colmo de la división y la diversión), el así llamado Chico corta el caro corona (¡por amor de Dios, Montresor, podría haber sido un habano!) de Trentino con un arma encubierta, unas sucias tijeras suizas. Pero no sin antes tratar de prenderles fuego al puro y a su dueño con un soplete —en verdad una versión antigua del lanzallamas, un mechero de Bunsen vertical. (Véase encendedores y encendidos.) Todo lo que tiene que decir Chico (Harpo no tiene nada que decir, como siempre) al contemplar el habano cortado a la medida de un cabo es: «Ése es un buen cuarto de puro». (Con un acento que podríamos llamar neopolitano.) Mientras tanto, el tercer hermano le hace el amor a su manera (o sea, con retruécanos y palíndromos) a Mrs. Dumont de forma sucesiva pero no satisfactoria: una combustión devota del deseo— y más más tarde a la sofocante Carmen Torres, su pareja mexicana. Después de usarla para encender su puro, Groucho, que ahora ya es alguien, se dedica a darle plankton como dejaba plantada a Thelma Todd en Pistoleros de agua dulce (Monkey Business). En este motín anterior, añadiendo chufla a lo que fuma (eso se llama flama), Groucho, totalmente vestido y con los zapatos sucios, está tirado en la cama con su puro, mientras miss Todd se pasea de arriba abajo por la habitación con un atavío brillante y revelador que le va (y le viene) de perillas. Ella estaba que echaba humo, él seguía fumando —y fumando y fumando. Por siempre jamás. Los Lonsdales son para la eternidad.
Así es como Perelman describe su primer encuentro con nuestros Marx: «Vestido con un chaqué honrado por el tiempo, con los ojos moviéndose juguetones tras sus gafas y con un perfecto sin encender entre los dientes, irrumpió Groucho». Por favor, adviertan «perfecto sin encender». Groucho podría ofenderse. Y se ofendió, ya que en apariencia hay una corrección en cierto modo: «Su (el de Groucho) corona enorme y sus gafas desentonaban con su vestimenta caval». Pero eso es culpa mía. Cada vez que veo a Groucho vistiendo algo naval, me da siempre por escribir caval. Dislexia, claro. O algo de la vista: todo, todo, menos cabal.
Larga es la historia de la asociación entre el comediante y su puro. «Siempre he fumado puros», le dijo Groucho a Richard Anobile, miembro de su escuela de biógrafos: todos ellos serios y gentiles y no fumadores. «Era conocido por fumar puros. Muchos comediantes fumaban puros, como George Burns.»
Thackeray, quien llamaba al tabaco «esa yerba buena», tiene algo que comentar acerca de los puros y la coordinación en El tabaco y los días:
Los hombres buenos con… un puro en la boca, poseen grandes ventajas en la conversación. Puedes dejar de hablar, si así lo deseas —pero los silencios nunca resultan desagradables, si son seguidos por bocanadas de humo… el puro armoniza a la sociedad y, a un tiempo, al que habla y al tema sobre el que conversa. No me cabe la menor duda de que es gracias al hábito del tabaco que… los indios americanos son hombres tan monstruosamente educados.
«Nunca fumo puros buenos», afirma Burns en Hello I Must Be Going, una crónica marxiana. «Son demasiado fuertes para mí. Sólo fumo aquellos puros que caben en mi boquilla.» ¡Un puro con boquilla! Eso, peor que un edema, es anatema. «No fumo puros domésticos.» ¿Ha dicho puros dogmáticos?
«Me encantan porque caben en mi boquilla.» Acabará Burns por fumar puros ¡con filtro! «Creo que deberían darte algo en plata», prosigue, «por fumar un habano. Son muy fuertes. Como los puros de Milton». (Burns se refiere a Berle y no a John Milton. Berle (junto con Ernie Kovacs) era un cómico de la televisión americana que fumaba los habanos más gordos, agresivos y ostentosos del mundo —Lonsdale king-size, lo más probable.) «Sabes, dos dólares son dos dólares», dice Burns mientras hace un reverso obsceno del signo de la V, «si me gastara el dolor de dos dólares en un puro, me iría a la cama con él». Tengo buenas y malas noticias para el señor Burns. Primero las buenas: Groucho hizo eso fácil mientras la rubia Thelma se hacía la difícil. Ahora las malas: hoy un puro tan deseado como una mujer mala podría costarle a Burns tanto como una call girl. (Ésa es la Lección Primera de Economía de Riley Marshall.) Por cierto, George Burns significa en español Jorge Quemado.
En Una noche en Casablanca (A Night in Casablanca), el último grito nocturno de los tres hermanos, Groucho baila una rumba —febril. (Es la única manera que Groucho puede bailar la rumba.) Está bailando y fumando— frenético. (Es la única manera que Groucho fuma.) Mientras baila frente a otra rubia que observa a los que bailan desde un asiento de primera fila, Groucho le da su puro: «Ténmelo hasta que vuelva». Una vuelta más y el bailarín procaz le advierte a la dama con su puro: «¡Sorpresa! ¡Aquí estoy!» —y ambidextro recupera su habano. Esto me recuerda a Fidel Castro en un gran mitin en Montevideo en 1959. Aclamado por el gentío uruguayo, se levantó para hablar— cuando se dio cuenta de que llevaba en la mano su habano encendido. Camino del micrófono le tendió su puro prendido a Luis Conte Agüero, su consejero político, y le dijo en voz alta ya casi por el altavoz: «¿Me lo aguantas, Conte?». Los Marx y los marxistas todos se parecen.
ÁRBITRO DE FÚTBOL: ¿Qué es lo que hace con ese puro en la boca?
GROUCHO: ¿Conoce alguna otra manera de fumarlo?
DECANO DE LA FACULTAD: La facultad le agradecería que lo tire.
GROUCHO: Advierta a los miembros de la facultad que este puro no tira.
CHICO: ¿Quién tiene un gran bigote negro, fuma un gran puro y me cae como una patada?
GROUCHO: No me digas. A ver: tiene un gran bigote negro, fuma un gran puro y te cae como una patada.
Esos intercambios pasados (y presentes) llevaron a la correspondencia siguiente. Podría haber acabado con Groucho diciendo «¡Mis padrinos, Chico y Harpo, le verán por la mañana temprano!». Por desgracia no fue así.
Querido Groucho Marx:
Postdata: A mí también me gustan los puros, pero no hay ninguno en su retrato.
Le saluda atentamente,
T. S. Eliot
Querido Mr. Eliot:
Leo en el último número de la revista Time que se encuentra enfermo. Quiero que sepa que le deseo que se recupere pronto. Primero, por su contribución a la literatura y, después, por el hecho de que no haya dejado, ni aun en las condiciones más molestas, de fumar puros.
Recuerdos,
Groucho Marx
Querido Groucho Marx:
Postdata: Su retrato está «enmarcado» en la repisa de mi oficina, pero se lo tengo que señalar a mis visitas ya que nadie le reconoce sin el puro y los ojos saltones. Trataré de conseguirle un puro digno de usted.
Le saluda muy atentamente,
T. S. Eliot
Querido Groucho,
Desconozco si seré capaz de conseguirte un puro tan bueno como el que aparece en tu retrato[42]. Pero haré todo lo que esté a mi alcance.
Con agradecimiento,
Tu admirador,
T. S.
Querido Gummo:
Anoche, Eden[43] y yo cenamos con mi celebrado amigo el escritor, T. S. Eliot. Fue una noche maravillosa… Eliot me preguntó si recordaba la escena del juzgado de Sopa de ganso (Duck Soup). Por fortuna, yo había olvidado cada palabra. Fue, obviamente, el final de una velada literaria, pero muy agradable en cualquier caso. Descubrí que Eliot y yo tenemos tres cosas en común: (1) apego a los buenos puros y (2) a los gatos y (3), debilidad por los retruécanos —debilidad que he tratado de vencer. Por el contrario, T. S. es un retruecanista nada avergonzado, orgulloso incluso.
Tuyo, Tom Marx
Si Groucho no tenía un Punch en la boca es que lo había trocado por un Pun. Así era también Sigmund Freud. El profesor era un trágico no un cómico, judío, pero amaba los puros. Freud fumaba 20 puros al día —y alguno más por la noche. Todos sus colegas fumaban puros, herramienta de los analistas en aquellos días (c. f. RobbeGrillet). Las veladas en el 19 de Bergasse, Viena, Austria, Europa, siempre los miércoles, eran la ocasión para que Der Meister y sus discípulos (Adler, Stekel, Ferenczi y Otto Rank en ese rango) fumaran en armonía y fulminaran a quienes los habían tratado como un grotesco grupúsculo de charlatanes. Vincent Brome, biógrafo de Jung y Jones, escribe: «¡Qué atmósfera habrá habido con cuatro, cinco o seis personas, todas fumando puros!». No todos: Jung fumaba en pipa.
Freud como anfitrión: «Siéntese en el sofá de los adioses». ¡Ay! «Perdone. He intentado arreglar ese muelle desde el verano pasado.»
Pero no era un chiste freudiano.
Los fumadores no marxistas más increíbles que hay son los Negritos de Luzón, en Filipinas, que rara vez dejan de fumar puros —¡pero es su extremo encendido el que se meten a la boca!
Cuando era niño, Groucho solía fumar papel de periódico enrollado, algo muy similar a los mosquetes de papel que el padre Las Casas vio fumar a los indios de Cuba. Pero Groucho podía hacer algo mejor —y lo hizo. Vaya si lo hizo. «Cuando era joven», le dijo a su entrevistador, «había un puro llamado La Preferencia que prometía “treinta minutos en La Habana”. Era un cigarro de los de a diez centavos, así que compré uno y fui a mi habitación, me metí en la cama y lo encendí. Puse el reloj. Después de veinte minutos el puro se apagó. Así que volví a la tienda y les dije: “Anuncian ustedes media hora en La Habana y sólo ha durado veinticinco minutos. Quiero otro puro.” Y me dieron otro puro.» ¿Qué tal ese ejemplo de literalidad? Groucho obtuvo dos puros más con ese truco, pero nunca fue a La Habana. «No eran habanos», confesaba, «era tabaco hecho en (sic) Connecticut». Groucho se hizo rico y famoso y viejo, pero nunca estuvo muy enterado. Debería haber sabido que Connecticut también es tierra de tabaco, la segunda de los Estados Unidos— plantada en un principio con semilla cubana.
Inclusive hay una película, Noche nupcial (The Wedding Night), ambientada en el «cinturón del tabaco» de Connecticut. Gary Cooper es el protagonista, un escritor que cree que el bloqueo de escritor tiene que ver con la ciudad. Como su nombre no es Urbano del Campo se va lejos de Manhattan pero demasiado cerca de Anna Sten, una editora rusa en el exilio. Cooper sufría de bloqueo mental sólo con intentar pronunciar su verdadero nombre. No es de extrañar: ¡se llamaba Anjuschka Stensky Sujakevich! Más al sur, en El rey del tabaco (Bright Leaf) (no tienen que hacer conjeturas acerca de a qué hoja me refiero), Cooper, siempre un señor, es un agricultor que se convierte en un magnate del tabaco. Aquí el humo se te mete en los ojos de veras y te hace llorar, sobre todo por esa belleza patricia de nombre Neal, a quien Cooper heredaba de Raymond Massey en El manantial (The Fountainhead). No era éste un monumento arquitectónico en imágenes, como se había proyectado, sino un canto de amor al rascacielos con el lema: «Mi casa es su casa —y si no lo es la destruyo».
Pero volviendo a las andadas con Groucho. Le explicó a Anobile por qué el comediante americano siempre se las arreglaba en torno a un puro, como si fuera un asta en ascuas. «Un puro te daba tiempo a pensar», teorizaba tras Thackeray. «Podías contar un chiste y si el público no se reía, podías darle unas chupadas al puro». Anobile le preguntó lo que tú y yo estamos pensando ahora: «¿Y si el chiste no era divertido?». Groucho respondió con rapidez: «¡Entonces cambiabas de puro!».
Acerca de un tipo distinto de puro —Marx, Karl, decía en Das Kapital: «Nada puede tener valor sin ser un objeto de utilidad». ¿Qué pasa con la utilidad de los diamantes y de los puros ahora que tenemos rayos láser y sexo libre? No hay ninguna utilidad en el humo, la colilla de un puro, salvo para anunciar un fuego y sus cenizas, a diferencia de los diamantes, no son para siempre, como sostenía Marilyn Monroe con su canción que era tema y lema. Diamantes, días amantes: desayuno en Tiffany, almuerzo en Cartier. Marx conocía el valor del placer que hay en fumar y en oír música. Pero ¿dónde reside entonces el placer del puro, en el humo o en las cenizas? Sacha Guitry dijo que en ambos. Qué extraño este artículo producido para ser consumido, no por la digestión o el tiempo, sino por el fuego. Marx admitía el valor espiritual de los puros y aun así, es un vicio, una esclavitud. Karl Marx fue el hombre que escribió «no tienes nada que perder salvo tus cadenas», pero, como Zeno, era incapaz de dejar de fumar. Aunque, por supuesto, cuando hablaba de cadenas no estaba aludiendo a fumar en cadena.
Éste es Marx, visto por Wilhelm Liebknetch, su amigo y seguidor aunque no fumaba:
Marx era un fumador entusiasta, apasionado incluso. Como en todo lo demás que hizo, como fumador era desenfrenado. Ya que el tabaco inglés era demasiado caro para él, cada vez que podía compraba puros de los que procedía a mascar la mitad, para acentuar el placer o acaso para doblarlo. Sin embargo, como los puros eran muy caros en Inglaterra entonces, siempre estaba a la búsqueda de puros baratos. ¡Uno puede fácilmente imaginarse los puros que fumaba! Todos ellos de la variedad de lo «barato y malos», por lo que todos los amigos de Marx temían a los puros que fumaba. Esas atrocidades de cinco peniques le arruinaban el sentido del gusto y del olfato. A pesar de esto, se tenía por un experto extraordinario. Hasta el día en que maquinamos una trampa para atraparle.
La pasión de Marx por los puros era un aguijón a su genio económico, no de forma teórica sino práctica. Durante mucho tiempo había estado fumando una marca de puros apestosamente barata para Inglaterra. Encontró, en un viaje a Holborn, una marca aún más barata. Creo que esta caja costaba tan poco como un chelín y seis peniques. Aquí fue donde su genio económico se topó con su sentido del ahorro. Con cada cajita que fumaba se «ahorraba» exactamente un chelín y seis peniques —por lo tanto, cuanto más fumara, más «ahorraría». De modo que cuando consiguió fumar una cajita al día estaba a punto de vivir de sus «ahorros». Se dio a su «sistema de ahorros» con tanta intensidad que nos lo exponía en repetidas ocasiones. Una tarde, su doctor intervino para prohibir, categóricamente, que Marx se hiciera rico siguiendo «su sistema».
Si Marx tenía razón entonces nos encontramos con más distinciones en el fumar que en el beber: un beodo es un borracho, no un connoisseur. Esto lo expuso de manera impecable ese supremo judío haute-bourgeois, Arthur Schnitzler, en ésa, a primera vista, obra frívola, La ronda. Schnitzler, médico, fue muy preciso a la hora de redactar sus recetas para que nadie fumara pasando sobre su clase social. (Todas las acotaciones escénicas siguientes son suyas.) Al comienzo de la obra, el Soldado de clase baja fuma un puro de Virginia, mientras que el Joven Caballero fuma un puro no identificado (holandés lo más seguro) y hojea una novela francesa. Sus puros deben ser muy caros, ya que la criada se roba uno de ellos «para luego», cuando él deja la habitación. Así que digamos que el Joven Caballero mete mano a un manila o a un jovial java. Pero come marrons glacés y bebe coñac. Entonces su puro debe ser un brasileño o un Macanudo. Algo más tarde, el Marido fuma un habano. Por tanto debe ser rico y generoso, incluso algo extravagante. Su vitola será rubia pero gruesa, como la preferían los alemanes y austríacos entonces. Todas las mujeres de esta obra atrevida, desde la Prostituta a la Doncella, desde la Señora hasta la Actriz, son iguales en la cama. Pero las diferencias sociales de los hombres se ven claras en su humo. En Cuba, cuando era una democracia, estas barreras de clase no importaban para nada: en La Habana todos los hombres fumaban habanos.
Con el público gritando «¡Autor! ¡Autor!», Oscar Wilde replicó subiendo al escenario con un cigarrillo en la mano. Qué escándalo. El príncipe de Gales había estado en su palco real viendo la función. Sin duda, un insulto a la realeza. Pero Oscar, que escribía en inglés, siempre fue leal no a la royalty sino a los royalties. Se excusó diciendo que no había entendido las protestas alzadas por haber fumado en el escenario. Era el mejor cigarrillo que pudo permitirse para tal ocasión: largo, con boquilla de oro y caro, muy caro. Ocurrió en el estreno de La importancia de llamarse Ernesto en el teatro St James el 14 de febrero de 1892. Pero en esa cima comenzó su caída y el choque de símbolos: Wilde fumaba un Fátima delgado, el príncipe un gordo Villar y Villar.
Bertolt Brecht, fumador de puros (sólo fumaba cabos y su palabra favorita no era puro sino pero), quería que su teatro se rebautizara como «el teatro de la épica del humo» y soñaba con que el público del «teatro de los fumadores» tuviera más ganas de pensar mientras miraba «si pudieran fumar al mismo tiempo».
Dice Jean Genet a propósito del puro de Brecht: «Cuando fumas un puro como debería hacerlo un fumador de puros, cuando puedes ser calificado de fumador de puros, cuando escuchas el Requiem de Mozart y el hecho de fumar el puro es más importante que el Requiem, todo eso no tiene que ver con Verfremdung, tiene que ver con no poseer mucha sensibilidad». Genet no está, por supuesto, en contra de los puros sino de Brecht y su efecto de la alienación: el dramaturgo con la teoría, el espectador con la praxis del puro.
Brecht suplicaba a su público que fumara. Una súplica que no era necesaria en Inglaterra hace 25 años ni lo es hoy en China. La diferencia está en que en Drury Lane, la calle del teatro, nunca se usó una escupidera, artefacto tan común en la ópera de Pekín como una fortune cookie en un restaurante cantonés de Nueva York. Por mera coincidencia, fue en un restaurante cantonés de Nueva York que abrí mi última galletica de la suerte, una experiencia nada afortunada. La banda de papel celestial decía: «Un hombre no puede ser demasiado cuidadoso con la elección de sus enemigos». ¿Confucio? No. ¿Madame Mao? ¿La Dama del Dragón? ¡No, no, no! Oscar Wilde. Esa noche fatídica perdí todo el respeto por la sabiduría oriental. Un hombre no puede ser demasiado cuidadoso con la elección de su restaurante chino en Nueva York. Es el camino más corto para ganarse un Oscar.
Cuando los escritores se encuentran con un puro mientras escoltan a una mujer bella puede pasar cualquier cosa. Cesare Zavattini, el guionista neorrealista italiano, visitó Cuba por vez primera en los cincuenta, acompañado de Silvana Mangano, tan esbelta como un cigarillo. Allí se percató de un raro ritual rústico —y no era de santería. Los clientes cubanos, jóvenes o viejos, llamaban al camarero en los cafés y los restaurantes y decían: «¡Ecce homo!». Esta cita bíblica en vez de provocar una respuesta religiosa en el camarero, como ocurriría en Italia, lo hacía desaparecer— ¡para volver de inmediato con un puro! Esto sucedió más de una vez en los distintos restorantes y cafés de La Habana que Zavattini visitó con la Mangano. Cada vez que un cliente decía Ecce homo! le recompensaban su aparente frase pía con un habano. Corpo di Bacco! Todos los cubanos eran Pilatos o co-Pilatos: ¡Ecce homo nada menos! Zavattini descubrió más tarde que lo que hacían los habaneros era pedir un H. Upmann. Los cubanos lo pronunciaban igual que los italianos pronuncian Ecce homo, eche humo. A Zavattini le encantó esta homofonía confusa sin fin. Sin ser creyente ni fumador, le dio por pedir un Ecce homo después de cada comida, incluso después de cada taza de café, tanto espresso como demitasse. Silvana Mangano, católica, siempre se oponía con argumentos de película.
Cyril Connolly dice en The Unquiet Grave que «de entre todas las drogas, la adormidera tiene la literatura más noble». Lo que Connolly afirma del opio (elegante, elude la palabra a la que alude) puede decirse también del vino. Esto, por supuesto, es discutible, pero yo reuniría una antología escrita en humo desde Kit Marlowe a Philip Marlowe y algunos otros. (Véase la separata mediata.) Es más, puedo decir que de las hierbas el tabaco tiene las mejores películas. Hay, en verdad, muchas obras maestras hechas bajo los auspicios de un puro, como todas las películas que dirigió Samuel Fuller, algunas hechas por John Huston y una o dos obras maestras de Orson Welles —el hombre que afirmó que hacía cine para fumar puros gratis. «Ésa es la razón por la que tengo tantos héroes y villanos que fuman puros», declaraba Welles. «Mi inspiración son los puros. Cuanto más grandes, mejor.»
Samuel Fuller es un director que fuma puros constantemente. Fuma puros en el plató, lejos del plató e incluso frente a la cámara, como hiciera en Pierrot el loco (Pierrot le Fou), en la que ayudaba a Godard con sus fantasías infumables. Jean Paul Belmondo se hace estallar a sí mismo al final de la película con un cinturón de castidad hecho de dinamita: él es el verdadero personaje explosivo. Pero Fuller fuma sin parar —lo que es malo. Además, siempre tiene en la boca una frase que es una parodia de Kipling— lo que es peor: «Una mujer es sólo un guión, pero un puro es toda una película». Luego sonríe con su sonrisa de judío de Nueva York, como un Moisés sabio cuyo Nilo es el río Hudson, en sus manos las tablas de la ley de fumar. Ahora abre un viejo humidor (todo lo que necesitas para mantener tus puros frescos es un sentido del humidor), una cripta carmesí y extrae —¡un puro ya encendido! Toma el habano con cuidado, como si fuera un puro explosivo. Se lo lleva a la boca— el Lonsdale más grande del mundo. «Éste es mi único vicio», musita y parece un enano poderoso sonriendo entre la estaca de medio metro de su puro que suspira en su boca. Nada puede tocarlo ahora —salvo su propio humo.
Los puros grandes van con los hombres pequeños, los cigarrillos son para tipos altos y la pipa se asocia con el hombre en el medio: mediana estatura, edad media, clase media. Los mendigos y los ricos prefieren los puros, los pistoleros y las putas los cigarrillos. La pipa es para los escritores de misterio y para los detectives desde Sherlock Holmes al otro Marlowe —salvo Sam Spade, que liaba sus propios cigarrillos. A los hombres de cine les gusta la pipa pero John Ford siempre tenía su pañuelo en la boca, para mascar y mandar. Barnum presentó al general Tom Thumb por vez primera en un acto circense como «¡El hombre más pequeño del mundo!»— fumando un habano enorme. Desde entonces, los gnomos que aspiran a la condición de enanos con pretensiones en el mundo del espectáculo siempre han tenido apego a la pértiga que se fuma como prueba de altura. Michu, con el circo de los hermanos Ringling y Barnum y Bailey, fue el hombre más pequeño del mundo con una altura de apenas 33 pulgadas —y un fumador de perfectos perfectos. Lo que buscan los enanos en el show business no es ser perfectos (los puros ya lo son), sino más pequeños: lo pequeño es lucrativo. Michu el enano reducía su estatura fumando puros que lo enanizaban aún más. Algunos hombres del cine, como Zanuck y Robinson y Fuller, parecían más altos con un puro.
Hay un montón de películas sobre borrachos pero no todas son de borrachos que beben vino. Ni siquiera Días de vino y rosas (The Days of Wine and Roses), una película melancólica sobre cuitas y cirrosis, se avino al vino —y por supuesto no se trataba del rosé. Está también la vieja historia del comediante alcohólico que trataba de beber menos cuando le confía a su público entre hipidos: «La semana pasada perdí tres días». Supongo que de ahí nace el título, Días sin huella (The Lost Week-End). En la película Ray Milland va a la ópera pero ha olvidado su preciada botella en la gabardina, ahora muda en el guardarropa. La ópera es La Traviata y llega la escena en que Alfredo le ofrece un brindis a Violeta: «¡Libbiamo, libbiamo!». De pronto, todos los asistentes al party in fidelium se aparecen ante los ojos de Milland como un coro de gabardinas danzantes con copas de champaña en las mangas. Traviata significa mujer descarriada, pero nunca he visto una sola escena en una película en la que el protagonista padezca delirium tremens con arias de Verdi sólo porque él o ella no pueden fumar en la ópera. Aunque en Un mes de abstinencia (Cold Turkey), la sátira más bestial sobre como no fumar cigarrillos, había una mujer convertida en cenizas. ¿Una fénix femenina?
En todas esas películas de bebe-y-alégrate el nombre del malo es Estes Etílico pero los puros son para los héroes. Si los cigarrillos fueron los clavos del ataúd de Humphrey Bogart, lo mataron antes en su carrera. Después de fumar en The Maltese Falcon, donde certero debía liar sus cigarrillos, Bogart fumaba con su papel en Casablanca. Se le ve por vez primera como una figura sin cabeza vestido con elegancia que juega al ajedrez. Luego la mano que movía una pieza toma un cigarrillo del cenicero y ambas, mano y cámara, suben para presentar a Bogart como un fumo sapiens. En The Big Shot Bogart muere no con un beso en los labios sino con un cigarrillo que cae de su boca a su mano y de ahí al suelo, en una jugada mortal triple. Luego se ve a un enfermero del hospital de la prisión acabando la colilla de un pisotón. Así que fue un cigarrillo y no un coracero lo que terminó con la vida de Bogart tan letal como una bala.
Pero los puros son otra cosa. Resucitado gracias a la magia del cine, se ve a Bogart vivo en África dos o tres películas más tarde, ya no más descolorido sino bastante subido de complexión, cortesía del Technicolor —de Natalie Kalmus, técnica[44]. Viste casi como un pordiosero, y gasta una gorra de capitán que ha visto días mejores— y mejores viajes y mejores puros. Ahora, de hecho, fuma una colilla de puro, un viejo cabo de ayer noche en el río, lo más probable. En cualquier caso es casi un cabo. Bogie está a punto de entrar en la iglesia de la aldea cuando una Katharine Hepburn, calambuca y solterona, lo está esperando a él o a Dios, al primero que la salve de su aburrimiento. Pero antes de entrar Bogart se quita la gorra. Está en el umbral de la falta de respeto cuando se acuerda de su colilla brechtiana. Como no es Groucho, la arroja aún encendida a un grupo de nativos, todos ellos buscando bulla a causa del cabo como si éste fuera un Montecristo fresco: la ley de la selva de Parkinson sin duda.
Una medida del grado actual de nuestra inflación es que en Perdición (Double Indemnity) en 1945 ese connoisseur de puros que era o mejor es (los grandes actores del cine nunca mueren: sólo hacen un cierre en negro para aparecer de nuevo) Edward G. Robinson que siempre compra sus puros en un estanco de la planta baja, ¡a dos por 15 centavos! Apenas por dos centavos de diferencia eso era lo que Thomas Riley Marshall había ideado (o idealizado) como la panacea americana.
Ahora un sketch humeante.
Un caballero americano bien vestido de mediana edad, de obvia descendencia judía a quien puedes llamar Eddie Robinson, de nombre real Emmanuel Goldenberg, va a un estanco que se ve al fondo y pide una panacea con panache.
«El señor querrá decir una panetela», dice el estanquero.
«Quiero decir lo que he dicho: una cura para todos los males. Eso podrá ser una panetela para usted, pero para mí es una panacea.»
El vendedor está un poco aturdido.
«¿De qué país —República Dominicana, Filipinas, las Islas Canarias?»
«Así se hace, amigo. Déme uno de Florida. Todavía no es una isla, es una península.»
«Aquí tiene, señor —son de los fuertes fuertes.»
«Hermano ¿qué es lo que vendes —puros explosivos?»
Por supuesto que los puros de Robinson no eran habanos pero tampoco eran considerados poca cosa en aquel tiempo. De hecho, Robinson los fumaba en esa película a todas horas (una mala costumbre, fumar puros baratos) pero tenía problemas para encenderlos. Robinson no encontraba nunca su fuego prometeico, ni su pareja en el arte de la interpretación. En Perdición (Double Indemnity) era un detective de seguros, en La mujer del cuadro (The Woman in the Window) era un profesor universitario. «Profesor agregado», le confiesa a la policía como si fuera un privilegio y no un crimen. Después de cometer adulterio y homicidio sin premeditación lo ascienden a miembro de la facultad y de forma fortuita a mejores puros: decano en diciembre, Upmanns por Navidad.
Edward G. Robinson siempre estaba dentro de su personaje, con el puro en la mano —o mejor en la boca. Incluso alguien tan descortés como el director John Huston, él mismo un mascapuros, tiene algo que decir de las habilidades interpretativas del puro de Robinson: «Creo que lo que mejor recuerda la mayoría de la gente de Cayo Largo (Key Largo) es esa escena introductoria, con Eddie en la bañera, el puro en la boca. Parecía un crustáceo sin caparazón». Eddie, por supuesto, es Edward G[45].