Puro humo
Puro humo » Nota Beníssima
Página 14 de 75
En The Crime of Lord Arthur Savile (un episodio de Flesh and Fantasy) Edward G. Robinson es su próspero merryman que hace de viejo fumador que siempre saborea un habano. Pero su doble maldito, un malvado de la clase criminal, fuma cigarrillos. No me cabe ninguna duda de que fue Edward G. y no el director Julien Duvivier quien soñó esta fantasía con humo. «Fumar es lo que importa», aporta Robinson. «Es mi único vicio como actor.»
Puedo ver (y oír, sobre todo oír) a Edward G. Robinson en una película mía, en glorioso blanco y negro, hecha en un cielo de celuloide, con un dedo metido en el chaleco mientras se saca el puro de la boca, para asegurar. Cuando lo saludo: «El gusto es mío».
Bogart fue el más grande fumador de cigarrillos en el reino del cine. ¡Y mira que había entonces gigantes fumando cigarrillos en la tierra! Aunque Bette Davis es la mejor de entre todos ellos en expulsar el humo. Vean el modo en que toma un cigarrillo ya encendido de los dos que le ofrece Paul Henreid a cada rato en La extraña pasajera (Now, Voyager) como la llave maestra de la vida. Observen cómo actúan los cigarrillos a partir de ahí. Óiganla cómo dice «¿Por qué pedir la luna?» y hace que nuestro satélite silente suene como una vieja marca de cigarrillos: medialunas mentolados.
Pero Edward G. Robinson es el mejor fumador de puros de todo tiempo y lugar. Podía usar su puro vivo o muerto, encendido o apagado, en su mano o en su boca, para aseverar o para esperar, para hacer trizas un argumento contrario y para rechazar un ataque o para concretar por siempre lo que declara y que su idea quede clara, y, por fin, para fumarlo con un gusto que nadie muestra como él en el cine —con la excepción de Orson Welles. Es curioso que, cuando ambos coincidieron en El extranjero (The Stranger), Welles no fumaba (era un nazi, no lo olviden) y ¡Robinson fumaba en pipa! Casi hasta el final de su carrera Robinson usó su puro no como respuesta sino como propuesta que puede ser evidente y a la vez inquisitiva. En una de sus últimas películas, Dos semanas en otra ciudad (Two Weeks in Another Town), Robinson es aún Burbank y Blaustein en uno: un Baedeker en su mente y en su mano un puro humeante.
Orson Welles es un connoisseur y un bon vivant que se ha convertido, como hubiera dicho el dandi, desdeñoso, en nuestro amigo gordo. Pero en Ciudadano Kane (Citizen Kane) introdujo el motivo de fumar como alegres alteregos. Todo está hecho de manera tan brillante que el espectador no cae en cuenta hasta que la pantalla está llena de humo. Kane fuma (pipa), su amigo más cercano también fuma (puros), su leal factótum fuma a su vez pero no muy bien (cigarrillos) y es en medio de las nubes de la memoria ajena que el periodista desconocido comienza su búsqueda de la última frase famosa convertida ahora en una sola palabra, la clave para la vida pública privada de Kane: «Rosebud». La sala de prensa está tan llena de humo como la pantalla: desde un foco de proyección hasta una cortina de humo. El botón de muestra de un nombre es para los periodistas (y para la película y también para nosotros) la madeleine de un Proust muerto. «Rosebud» asciende en el humo, de palabra a frase a fragor a trueno a trineo y dentro del puro punto final, enorme, vertical de la chimenea en Xanadú (manes de Xeres) llega a escribir en el cielo un signo de interrogación con humo mientras el filme se esfuma finalmente.
Ciudadano Kane (Citizen Kane) es la apoteosis de la historia de amor de un hombre que corteja su tabaco como a una novia. Incluso el anillo del puro se utiliza a veces como alianza. Las primeras palabras de Leland (un joven Joseph Cotten, si es posible: Cotten nunca fue joven) son «Pediré prestado un puro». Bernstein (su fiel factotum, al reves del director de orquesta, no quiere que su nombre se pronuncie Berstain sino Bernstin) dice «De Cuba» aludiendo al cable que tiene en la mano pero como si dijera «Amén». Kane, una versión más alta de Stalin, observa la escena mientras enciende su pipa. Cuando entrevistan a un Leland, ya mayor, éste pregunta al periodista: «¿No tendrá por casualidad un buen puro?». Como Riley, Leland no sólo pide un puro sino un buen puro. El entrevistador, a quien Evelyn Waugh denominaría «un americano escuálido», no tiene un puro: es más, no fuma. «¿Un buen puro?», insiste Cotten. Más tarde, en la entrevista, vuelve a preguntar: «¿Está absolutamente seguro de que no tiene un puro?». Al final de la entrevista Leland-Cotten vuelve una vez más a la carga con su única pasión: «Mire, joven, hay una cosa que puede hacer por mí». «¿Qué cosa?» «Pase por el estanco al salir, ande, y consígame un par de buenos puros.» De seguro los mismos puros que Edward G. Robinson compraba en Perdición (Double Indemnity) y no los tufos de los que hablaba Katharine Hepburn parodiando a la amante de un gángster en La fiera de mi niña (Bringing Up Baby): «Sí, tufos», decía, con labia y más linda que nunca. «Los de dos por cinco, ¿sabe?».
La pasión de Cotten se ha convertido ahora, como la mayoría de las pasiones, en una obsesión subliminar más que sublime. «No se olvide de esos puros, ¿quiere?» Puedo decir yo por el entrevistador: «No lo haré». Cotten le da las instrucciones finales al periodista: «Y no se olvide que se los envuelvan para que parezca pasta de dientes o cosa así. O no los dejarán pasar por la recepción. ¿Sabe, ese médico joven del que le hablé? Tiene la idea de que quiere mantenerme vivo». ¿Y cómo va a conseguir ese médico joven que Cotten siga vivo? «Cree que voy a dejar de fumar.»
El puro, gordo o delgado pero siempre erecto, podría ser un símbolo de juventud y de hecho el joven Kane anuncia como un gran honor que a Richard Harding Davies le van bien las cosas: «Acaban de ponerle su nombre a un puro». A Leland no le gusta nada y esto dice picado: «Yo no le llamaría puro a eso». Kane tiene un comentario cainita como última observación: «Mr. Bernstein, un hombre de muy buen juicio» —y nunca sabremos si Kane deseaba apreciar a Davies o poner aprensivo a Leland. El puro podría ser un símbolo fálico en Ciudadano Kane (Citizen Kane)— y también podría no serlo. Auden, que debía saberlo, llamó la atención sobre otra posibilidad distinta: «Hasta Freud dejó claro que a veces un puro no es más que un puro».
Cotten, que mendigaba puros baratos pero no podía conseguirlos y podía tener todas las chicas que quisiera pero no quería ninguna en Ciudadano Kane (Citizen Kane), sufre en El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons), su siguiente película, un revés del recuerdo. Tendría todos los puros del mundo, inclusive un Rey del Mundo, pero no podría conseguir a la mujer que era su pasión más desmedida —después de los coches. «¿¡Supongo que no habrá pensado en dejar de fumar!?», le pregunta el mismo mayor Amberson, interpretado de maravilla por Richard Bennett, padre de bellezas en la vida real: Joan y Constance Bennett eran sus hijas más famosas. «¡No, señor!», le responde un Cotten deseoso que está ansioso por convertirse en su yerno. «Bien», dice el mayor Amberson, «tengo aquí unos habanos»— y habanos genuinos son lo que son. Un rato después, cuando Cotten está fumando su puro con Ray Collins, la banda comienza a tocar unas síncopas sonoras de Joplin. El único ritmo americano que recuerda a un habano, su ragtime siempre suena casi con compás de habanera.
En La sombra de una duda (Shadow of a Doubt) el mismo Joseph Cotten alto, suave, elegante (un visitante perenne en Ambersons) es un maníaco depresivo con un puro: fuma ávido cuando se siente maníaco y sostiene sin encender el puro en su mano cuando está deprimido. Un simple puro (si es que un puro puede ser simple) le indicará al espectador cómo se siente Cotten. Justo al comienzo de la película se ve a Cotten tirado sobre su cama, totalmente vestido y calzado, con un puro sin encender, apático entre sus dedos delgados. (Tienen razón: no es un maníaco ahora, está deprimido.) De hecho es el tío Charlie, un asesino, a punto de conocer a una joven llamada Charlie. Es sólo su sobrina, pero dentro de poco se convertirá en su némesis. Esa palabra es griega y las palabras griegas siempre aparecen en pareja en el teléfono. La otra palabra griega asoma durante un intercambio ingenioso involuntario entre la sobrina y la telegrafista en la oficina de correos. Charlie va a enviar un telegrama para decirle a su tío que vuelva pronto. Pero en vez de dárselo a la telegrafista, ésta le da un telegrama de su tío Charlie diciendo, a su vez, que regresa en el próximo tren. «Mrs. Henderson», dice radiante la bella Teresa Wright haciendo de Charlie, «¿usted cree en la telepatía?». Mrs. Henderson, quien no se interesa tanto como para hacer el cotejo entre lo que le conviene a Teresa o al tío, la despide: «Tiene que ser. Es mi oficio». Pero ¿quién podría despedir a la joven Teresa Wright de su memoria? Eso no es asunto tuyo, me podrían decir, ¡su asunto son los puros! Claro que sí, pero es sólo una interpolación, me encantan las interpolaciones. Parecen darle una nueva apariencia a las cosas. El verbo es interpolar. Interpol es un nombre y significa otra cosa.
Cotten es ahora rico y puede permitirse más de un puro. Ha ganado los suficientes salarios del miedo como para abrir una cuenta en el banco de la pequeña, pulcra Santa Rosa: población, $ 40.000 —y en 1943 eso era lo que se dice dinero. Pero de pronto Cotten ya no puede fumar sus elegantes panetelas: son habanos, no hay ninguna duda, pero ha perdido su entusiasmo por la vida. Policías de paisano lo persiguen. Como no puede fumar, sus dolores de cabeza constantes se le vuelven migrañas y la policía hace que su paranoia se active. Pero debería saber que el momento en que la policía te persigue de veras, la paranoia cesa: no hay delirio de persecución cuando la persecución es un delirio. Al final, ya loco, Cotten muere al ser arrollado por algo cilíndrico, oscuro, humeante— una locomotora que se acercaba en dirección contraria.
Joseph Cotten era por aquel entonces un joven de edad indeterminada y en las películas sólo prohíben que fumen a los más viejos. Ya hemos visto qué pasaba en Ciudadano Kane (Citizen Kane) al mismo actor al que le ofrecían habanos mientras era joven para, al final de sus días, negarle un mísero cigarro de cinco centavos.
En It Started With Eve un Charles Laughton achacoso fuma en su lecho de muerte bajo sus sábanas que son verdaderos sudarios. «¡Ese puro vale dos dólares!», se queja Laughton, que siempre ha tenido problemas para fumar en las películas. Ahora el médico regresa para llevarse con él también su caja de puros. Quizás todo empezaría con Eva pero en 1941, cuando se hizo la película, la inflación aún no había llegado al tabaco. Hoy día el fantasma de Laughton regresaría a la tumba al instante al saber que el mismo puro podría costarle 20 dólares —y no sería un habano.
En Testigo de cargo (Witness for the Prosecution) es Laughton, que vuelve a ser viejo, a quien se niega su instrumento de placer. En Sabrina es Walter Hampdem, el padre de Bogart, el novio viejo. Cotten parece el peor favorecido del grupo, disminuido a su silla de ruedas. Hampdem se mete en un armario para saborear su habano a escondidas —y para ahogarse en su humorada. Humareda. Antes en la película Audrey Hepburn había tratado de suicidarse con monóxido de carbono al encerrarse en un garaje lleno de Rolls, con los motores en marcha, silenciosos. En un garaje más humilde Cotten había tratado de asesinar por asfixia a su sobrina Teresa Wright con monóxido de carbono que salía del tubo de escape del viejo Ford de la familia. Los garages pueden ser perjudiciales para las mujeres— ya sean Sabrinas o sobrinas— que fuman. En Witness Laughton, a punto de sufrir un paro cardíaco, mete habanos de contrabando en la sala del juicio que había escondido antes en un bastón hueco: es un rico abogado criminalista. Su enfermera, la siempre adorable Elsa Lanchester, aún novia (y gloria) del Monstruo, ya adicto a los puros, descubre el plante. Laughton acepta defender al fumador de cigarrillos Tyrone Power (que moría en la película como en la vida real: de un ataque al corazón) de los cargos de asesinato una vez que su abogado ha sobornado a Laughton con uno de sus habanos frescos. Con mala suerte para los puristas (los verdaderos fumadores de puros), Laughton no tiene fuego y enciende el caro puro con el mechero de Power. Sin duda, un Dunhill: la película pasa en Londres.
Algunos actores viejos hacen de médicos, pero no están aún listos para dejar de fumar. Thomas Mitchell, en La diligencia (Stagecoach), es uno de ellos. Pero ahí está la sociedad arremetiendo contra las escasas amenidades de la vida. En una de las escenas sobre puros más entrañables que se hayan podido rodar jamás, Mitchell es Doc Boone, un médico derrelicto más que retirado y ahora incapaz de curar siquiera su alcoholismo (el buen doctor podría asegurar que beber es una necesidad pero los puros son su único vicio), está sentado en la diligencia frente a la puta del pueblo ahora repudiada por sus mayores: el alcohol versus la alcoba. Pero Boone le sonríe amistoso a Peacock, un viejito vestido de negro que carga con una gran maleta negra. Parece ser un enterrador pero a los ojos del doctor se ve el puro retrato de la vida: parece que está hablando. Boone tiene la suerte de que Peacock sea un viajante de whisky. Doc plácido fuma y carga la maleta de Peacock sobre sus rodillas, acariciándola como a un bebé bobo. Pero ahí vienen los problemas —y no me refiero a combatir a los apaches. Son señales de humo que provienen del puro barato de Thomas Mitchell. (Por favor adviértase que la escena habría sido la misma aun si el buen Boone fumara un habano: la prueba de un puro está siempre en el humo.) Hatfield, otro pasajero, es un caballero sureño indignado por el humo que ahora molesta a Lucy, la bella sureña. Southern belle. Ella está embarazada y a punto de convertirla la guerra en madre y mártir.
El doctor Boone aparece abstraído fumando su cheruta frente a la puta mientras acuna gozoso la cartera de Peacock. «Tire ese puro», gruñe Hatfield, interpretado por John Carradine en voz baja y lúgubre pero sobreactuando como siempre. Ahora Doc mira a Hatfield mientras Lucy ahoga su tos. «¡Está molestando a esta señora!», dice Hatfield y rechina los dientes. Doc Boone mira a Lucy, se da cuenta de que está embarazada y le muestra su puro, una mera colilla. «Perdóneme, señora», dice el doctor y arroja el cabo de la tagarnina por la ventana. «Teniéndole tanto apego al tabaco», explica educado, «se me olvida que a otros les puede molestar». Lucy sonríe pálida pero Hatfield, que representa la moralidad victoriana con maneras sureñas, dice brusco: «Un caballero no fuma en presencia de una dama». Doc Boone, o mejor Thomas Mitchell, demuestra finalmente quién es el caballero en la diligencia. «Hace tres semanas», recuerda, «le saqué una bala a un hombre que había recibido un tiro de un caballero». Apacible, mira al frente: «El plomo estaba en su espalda».
A Charles Coburn, otro viejo bajo prescripción facultativa y vigilancia de una enfermera, no le dejaban fumar habanos en su mansión suntuosa, pero al instante de mudarse a la casa pobre de sus descendientes putativos fuma libre su coracero que compra en el único estanco del pueblo. El paseo hasta la esquina lo mantiene en forma: un puro es el mejor reconstituyente.
Coburn es mi segundo actor favorito con un puro pero en Vigor embotellado (Monkey Business) no fuma nada de nada. Sólo se queda ahí boquiabierto con un puro marchito en la mano. No es suya la culpa ya que su secretaria es Marilyn Monroe con un vestido de los más ceñido. Vigor embotellado (Monkey Business) es en realidad El doctor Jekyll y Mr Hyde como la hubiera escrito Feydeau, el autor de Mais ne te’n promène donc pas toute nue! Pero Marilyn Monroe sólo tiene que darse una vuelta por la oficina tal como está y Charles Coburn se vuelve un doctor honoris causa. Ahora le habla a ella frente a Cary Grant para dictarle su última carta que una verdadera mecanógrafa rescribirá más tarde. «Oh, doctor Oxley», implora Marilyn, «¿podría intentarlo de nuevo? Me lo prometió». «No, miss Laurel», dice severo Coburn tratando a Marilyn como a una inepta, «encuentre a alguien que mecanografíe esto por usted». Grant está turbado de la única manera que puede manifestarlo: con una mueca muda. Charles Coburn debe explicarse, aunque no tiene por qué hacerlo. Para nada: «Cualquiera puede escribir a máquina». Formular esta línea a sus 75 años mientras Coburn observa irse a Marilyn Monroe meneando el trasero es el momento álgido nada frígido de esta película —y uno de los primeros chistes sobre la anatomía mortal y roja de una asesina. Eso es justo lo que era Marilyn Monroe en su siguiente película, Niágara. Por cierto, la siguiente película de Charles Coburn era Has Anybody Seen My Gal? (Véase más arriba.)
En Idiot’s Delight Coburn es un viejo acaudalado que puede permitirse sus puros pero no la guerra. Se ha hecho amigo de Clark Gable, un tipo que canta y que baila, y una rubia que no codicia nada. Coburn fue antes el protector y el pagano de esa muñeca deseable, deseada de Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen Prefer Blondes): era, de nuevo, no otra que Marilyn Monroe, su epítome epónima. La rubia es Norma Shearer, una actriz maltratada por ser en la vida la viuda del gran Thalberg. Ella usa peluca ahora y un acento ruso tan falso que suena a sueco. Han encallado en algún lugar de Europa del Este a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial. En el tren Gable ha dado una charla sobre puestos fronterizos ante los que debe sacar los pasaportes de todas ellas y el suyo propio: «Éste es mi análisis del problema que tiene Europa: demasiadas fronteras. No paran de despertarte».
Más tarde, encerrados en un balneario en mitad del invierno y justo en medio de la guerra y la confusión, Gable hace una confesión mientras guarda lo que parece ser un trozo macilento de chicle en una cajita de píldoras. Le explica a Charles Coburn, que está sentado tranquilo fumando su habano, por qué debe conservar su chicle de menta que antes era de Wrigley: «Ésta es una pieza de museo, período de Luis XV» y añade: «Hay que conservarlo cuando vienes por estos pagos». El viejo Coburn, parpadeando el ojo del monóculo y con el asomo de una sonrisa, no dice nada pero se saca el puro de la boca, extrae de un bolsillo interior un estuche de puros de plata, coloca dentro el habano aún encendido (un caballero inmolando su puro con el menor trasiego posible) y cierra el estuche con resolución. Ahora sonríe plácido pero con un dejo de nostalgia: tanto en la paz como en la guerra los días de los habanos están contados. (En este cuento.)
Cuando se trata de puros Charles Coburn puede ir más lejos aún sin moverse de su silla —que todavía no es de ruedas, gracias a Dios. Ahora le ofrece un puro a Don Ameche cuando este último venía a decirle que acababa de inventar el teléfono. «¿Qué diantres es eso, Mr. Bell?», le pregunta Coburn, futuro suegro de Ameche además de inversionista renuente. El inventor se explica: «Es un aparato para enviar la voz humana a lugares lejanos mediante un alambre». En otras palabras, sólo para que se posen los pájaros. Coburn se queda mirando a Ameche, luego lo invita a que tome asiento y se calme. Ahí es cuando le ofrece un habano: «Tenga, Mr. Bell, coja un puro». Ameche se pone nervioso: no ha sido padre. Todavía no, al menos. «Venga, cójalo. Parece usted un poco excitado.» Entonces Coburn hace la publicidad del tabaco. La mayor publicidad que nunca hizo: «Los puros, Mr. Bell, son la mejor receta para asentar el estómago». No se molesta en mencionar otros órganos, como la oreja humana. (Manes de Van Gogh.) Está claro que Coburn tiene más fe en las señales de humo que en los cables que cantan con voz telegráfica.
En toda una vida de peros Ameche encuentra su destino final en El diablo dijo ¡no! (Heaven Can Wait). No es de extrañar. Su padre favorito era su abuelo, no otro que Charles Coburn en su momento más feliz: en cada ocasión que se le presenta exclama bullicioso «Holy Smoke!» y da una chupada a su perenne Partagás. No hay mejor publicidad para este libro. Pero otros, otras, se aprovecharán. Ya verán.
Algunas señales parecen ser una acusación rotunda de que los puros son malos para tu salud tanto física como moral. Pero la advertencia convencida de las Autoridades Sanitarias parece arremeter sólo contra los cigarrillos. A los puros nunca se les menciona en la caja, como si fueran emisarios del alcaloide en misión de tregua. De hecho, un corona tiene menos que ver con una coronaria que una tostada con mantequilla, por no hablar de la mermelada en tarro —y todo lo que sigue hasta el entierro. Un Corona corona puede coronar la cena, pero es menos rico en calorías que toda la comida de la ensalada a la sopa, al filete y las patatas fritas y la bombe surprise de postre.
Y tras este parte de salud de parte de los puros pasemos al arte de la luz. Desde el principio, el cine ha sido muy buena publicidad para los puros, desde los habanos vivos hasta colillas extintas. El mendigo de Chaplin solía recoger sus cabos como si fueran brevas de la misma alcantarilla. Desde entonces los puros han ardido como ardides en los chistes malos, tanto en forma de accesorios y tramoya o como trampantojos.
Los puros también han sido una especie de símbolo de riqueza y de poder. De hecho, eran un signo claro de sinecura en las primeras películas habladas. En Scarface, el terror del hampa (Scarface, Shame of a Nation) Muni-Camonte le ofrece un veguero a Osgood Perkins, su jefe llamado Lovo y el primer capo de Hollywood. Perkins ve al instante que es un puro barato y le dice a su secuaz, «Toma, coge uno de los míos». Muni lo enciende para ser el segundo que va a por el número uno. Pronto los puros, la seda y la querida del capo (todo esto y una ametralladora Thompson) se vuelven el fin y los medios para escalar al poder. En esos días de la Prohibición, el Scotch era tabú pero los habanos estaban de moda. Da capo, en la película, Muni coge un puro, lo huele, sacude su cabeza para halagar y agasajar súbitamente argentino: «Qué lindo, che». Luego mira al jefe y sonríe ya cubano: «Carito, ¿eh?». Aquí para Muni-Capone caro significa clase. En verdad, su lucha por el poder con todos los miedos a su alcance es una verdadera lucha de clases —con la aprobación de Marx.
En La dalia azul (Blue Dahlia) el malvado Howard da Silva le ofrece una pista de vital importancia al detective descarriado Newall cuando éste ya se va: «Se olvida su puro». El viejo Newall es un sabueso agradecido: «¡Vaya, gracias!». Pero Da Silva tiene la última palabra: «Intuyo que se ha apagado» y luego atina a entonar en un tono que podría ser espinoso para el granuja que es un gran fumador: «Un puro se extingue con facilidad, ¿no?». En el guión, Harwood es aún más inhóspito cuando Da Silva añade: «Lo mismo que un hombre —a veces».
Pero los puros pueden ser peligrosos también para los jóvenes. En La loba (Little Foxes) los puros como signo de riqueza fascinan al cretino de Dan Duryea y aún sin haber cumplido los 25 ya fantasea con los puros inefables por fumar. Antes de que su sueño pueda hacerse realidad el tío de Duryea, Charles Dingle, aplasta el puro aún sin encender en el rostro rubio del alucinado albino de Duryea. Éste es el mismo Charles Dingle, aún malvado pero ahora bonachón, que le ofrece un puro de la paz a Bob Hope en Morena y peligrosa (My Favorite Brunette). Es gracioso, Hope fue el primer cómico americano en rechazar el puro como accesorio escénico. Lo mismo hizo Jack Benny pero tenía su violín. Lo mismo hace ahora Heynie Youngman, pero todavía tenía, sostenía, tiene el Extravagario de Benny.
La misma Leslie Caron que elegía y encendía los puros para Louis Jourdan, cantaba un momento antes (en la película y en este libro), «El amor es un puro feo fuego». La cito dos veces porque lo dijo dos veces. Pero debemos perdonarla: era demasiado joven para darse cuenta. Aunque aprendió rápido los lances de la vida pública.
En una película estúpida que debe permanecer sin nombre para proteger al inocente espectador, un joven mangante, a bordo de un barco que atraca en el puerto de La Habana, pregunta antes de desembarcar a un anciano que viene a por él: «¿Se puede comprar un panamá en La Habana?». «No», le dice el viejo por encima del hombro, «pero puedes comprar un habano». De hecho podrás comprar ambos en La Habana. Nariz de Esquí, rival constante por el amor de Lamour, los llevó a todas partes, desde Etiopía hasta Utopía, canta un mensaje de Bolo para Caron en su ferry hasta Maxim’s:
Cuba,
donde las chicas
a los chicos de entretela
encienden la panetela.
Mientras que King Cole Porter, nacido en Perú (Indiana), se pregunta retórico:
What’s a cigar without Havana?
Sí, ¿qué es un habano sin su Habana?
Walter Burns en The Front Page estaba siempre a punto de arder, no porque su puro tuviera su temperamento sino porque siempre estallaba para explotar mejor las noticias. Treinta años más tarde, en 1953, aún puede verse a un contemporáneo suyo que viaja por tren en el mismo compartimento que varios magnates del acervo pero no va con ellos. Por modestia, se esconde tras la primera plana del New York Times. Los otros pasajeros hablan del trabajo y de los días y del trabajo de un sin trabajo llamado Tony Hunter, bailarín fracasado en el que ven un caso incurable de veneno para la taquilla. Se le considera curare para el género.
Mientras el tren aminora en la estación de Grand Central, el pasajero que ha estado detrás de la pantalla de las noticias impresas, baja el periódico para revelar su rostro y sonríe ácido a los comentaristas —¡Es Tony Hunter! O mejor el cazado no casado. Tony, Acteón activo, se levanta y mientras sale ofrece a cada caballero uno de sus habanos hechos a la medida. «Venga», sugiere grato con sonrisa ingrata: «¡Cojan un puro explosivo!».
Fred Astaire hace de Tony Hunter en Melodías de Broadway 1955 (The Band Wagon), pero la reacción del personaje ante sus críticos se basa en la reacción de T. S. Eliot. El autor de Asesinato en la catedral solía ofrecer puros explosivos a todos sus detractores críticos.
Los puros explosivos han salvado, literalmente, la vida de más de un cómico. Siempre es divertido observar cómo el fastuoso habano (o lo que sea) remonta no en humo sino en un estampido y luego ver, en vez del perfecto instrumento del placer, un chicote chamuscado: una estrella negra en la cara del fumador inadvertido. El puro explosivo más viejo que recuerdo lo fumaba el larguirucho de Lee Tracy que era un reportero desgarbado, desastroso en El Doctor X (Doctor X), una película infumable. Se lo daba un policía simpático que, en su ronda nocturna, lo salvaba del orate de la familia de su novia. Pero el policía era en la práctica otro bromista al que Tracy había dado una sacudida eléctrica en forma de apretón de manos poco antes. El puro, como ya han adivinado, era una tagarnina explosiva. Tan inevitable como el destino cuando Tracy se sienta plácido a fumar (su único vicio) en el jardín a medianoche y el monstruo casero viene subrepticio a darle una. Pero el puro que Lee había encendido le explotaba en la cara al intruso en ese instante. ¿Astucia? No, idiotez. El Doctor X (Doctor X) tiene tanto de película no de desastres sino desastrosa como Lee Tracy de cómico, pero es un ejemplo temprano del estallido del puro explosivo en la pantalla. Lo último en eso de cosas que estallan como bombas en la noche es un acto que el cómico Richard Pryor aún está por perfeccionar. No tenía público cuando hizo su actuación pero se le oyó en todo el mundo. ¡Qué combustión! Uno sólo puede conjeturar qué guardaría Pryor para los bises —¿fumar rapé?
Rocky, padre de Jim Rockford, hijo de Noah Beery y sobrino de Wallace Beery, trata de consolar a Cleavon Little, el primer detective negro en The Rockford Files. Le ofrece —adivina «Ten, toma un puro, un verdadero habano.» «¿En serio?», dice un Cleavon agradecido pero pasmado. Era el primer sheriff negro en Blazing Saddles y el primer disc jockey negro ciego en Punto límite: cero (Vanishing Point), pero ahora no puede creer lo que ven sus ojos negros: «¡Hey, gracias Rocky! Eres un buen tipo». Pero a juzgar por la forma en que James Garner mira a su padre putativo y a su amigo, el detective crédulo, parece que se trama algo como sucede siempre con los detectives privados— desde que Sherlock Holmes puso tienda. ¿Puede permitirse Rocky un puro cubano? ¿Puede regalar habanos así, —como si fueran bananas? Hoy, en Estados Unidos, la posesión de un habano puede ser material explosivo. O un puro que estalla en la aduana.
¡Sursum Korda! Alcen sus puros, damas y caballeros. Según su sobrino, sir Alexander Korda viajó siempre con su humidor de viaje de azófar judío por Marruecos: «Tenía una tapa corredera ajustable y sus iniciales, AK, impresas en el cuero oloroso». Ése es un humidificador portátil y, como Merle Oberon, un affair dudoso. (Ha salido ahora al mercado un tipo nuevo de humidor con pilas que desarrolla vapor en vez de usar agua inerte. Parece que es un éxito en Bélgica. Al menos lo hacen en secreto, ¡en Boom!, cerca de Bruselas. A lo que ha sucedido con los fumadores belgas lo llamaría yo un asunto pavoroso, vaporoso.)
Sir Alex era un fumador furioso. Michael Korda muestra a su famoso tío con tres puros en el bolsillo de la pechera. Lo siento, pero ningún fumador respetable haría eso. Es como fumar el puro con la banda puesta. Los puros se llevan siempre en un bolsillo interior, a ser posible dentro de un estuche de tabaco o etui, si es que has decidido ser francés este año. En Vidas encantadoras (Charmed Lives), su biografía familiar de 500 páginas, Michael Korda habla mucho de su tío fumador de puros, pero nunca deja que su genio brille entre un haz de humo. Louis B. Mayer, productor rival, va directo a lo más alto del panteón de los puros por una sola frase. Dijo Mayer hablando de Ricardo Cortéz, famoso actor silente que era, como los hermanos Korda, húngaro de nacimiento: «Cortéz es el único actor de Hollywood que tomó su nombre de un puro». Aquéllos eran, como recuerdas, años de vacas gordas («Todos los actores son ganado», dijo Hitchcock) para galanes oscuros con rasgos latinos y nombres españoles. ¿De dónde tomó Jakob Krantz su nombre? ¡De dónde va a ser! ¡Pues de los puros Don Cortéz, de allí mismo!
En otra historia muy diferente de éxitos exóticos, David Niven, el hombre que quería odiar a Errol Flynn y no sabía cómo, habla maravillas de Ernst Lubitsch, el gran director y aún más gran hombre de puros. «Lubitsch era un hombrecito pequeño», dice Niven, que era un hombre alto pero pequeño, «con un acento alemán muy espeso». (Por qué todos los acentos alemanes tengan que ser espesos es algo que se me escapa.) Aquel que hablaba espeso, Lubitsch tenía «el cabello negro y aplastado, ojos negros y saltones y un puro fuera de toda proporción con el resto de su anatomía». Sus hábitos de trabajo eran tan singulares como plurales eran sus puros. «Lubitsch se subía a lo alto de una escalerita.» ¿Era tal vez para dirigir a sus actores alcanzando las estrellas mientras él ya tenía la luna, que no era más que un globo según Niven? La escalera estaba «a un lado de la cámara» y Lubitsch llevaba su «puro inevitable como un obús en la boca». «Todo director tiene sus pequeñas idiosincracias», sugiere Niven. «Lubitsch tenía su puro y su escalerita.» Al final, valora al director: «Lubitsch era un duende». ¿Un duende director, tal vez? Según Bring on the Empty Horses (Tráiganme los caballos vacíos), el libro de Niven, es de un pobrecito hablador.
«Deberías haberte puesto encima de tu escalera y no encima de una mujer», se dijo en alemán Ernst Lubitsch, cuando estaba a punto de concluir La dama del armiño (That Lady in Ermine), su última comedia. (Una tragedia, en realidad.) Pero no era una posición tan inestable como creía y, como siempre que tenía alguna duda, encendió un puro. Siempre hizo así, en todas partes. Pero no era el típico gnomo con un gran puro, como Niven desea que se crea. (Aunque medía poco más de metro y medio.) En realidad uno de los hombres de puros legendarios del cine, Lubitsch murió como había vivido: fumando en la cama. Pero no murió justo en la cama. Había acabado de hacerle el amor a una extra. (Por aquel entonces toda dama adorada de Hollywood era un extra: así era también la rosa según Sherlock Holmes. Escuchen: «¡Ah, pero mire, Watson, la rosa es un extra!».) Una coincidencia feliz: esta extra se llamaba Rosa. Lubitsch encendió su último (su último último), subiendo (o bajando: nunca se sabe con estas extras) dijo entre el humo: «Me voy a dar una ducha, no tardo un minuto». Era el equivalente de Saki diciendo: «Apaga ese maldito cigarrillo». Lubitsch dejó el baño como lo hacen los muertos, después de que el juez del juzgado de Beverly Hills vino a echar un vistazo a los cuerpos, uno rígido, el otro temblando como un pétalo. Veredicto: muerto decúbito dorsal, supino como algunos actores.
Así se nos fue el hombre que hizo un arte de la insinuación con sólo abrir o cerrar una puerta y entrar en un armario en el que habita un esqueleto que sale sonriendo. También hizo reír a Garbo, proeza nada execrable. (Una pena que la grata Garbo cuando habló hiciera gárgaras con el inglés.) Lubitsch dirigió cada uno de los sets de cada una de las escenas de cada una de sus películas con un puro en la boca, rodando en silencio. «¡Akzión!», gritaba y nadie movía un pelo ante esta orden sucinta hasta que clamaba: «¡Korten!». Entonces era que los fotógrafos tomaban sus fotofijas. Era un genio que los empequeñecía a todos. Don Ernst tenía un don: el don de Lubitsch. En especial con las damas. Pero una Rosa cavó su fosa. Su epitafio, considerando su trabajo y mirando a esa extra rubia, aún desnuda sobre el lecho esperando que Ernie volviera, debería haber sido: «¡Es una cita, cinta!». Lubitsch y el forense habrían estado de acuerdo. Pero, por supuesto, todos sabemos que Lubitsch nunca consumó esa cinta que era La dama del armiño (That Lady in Ermine) —que se convirtió en su sintonía inconclusa.
Rosa se marchitó, se marchó culpable pero sin culpa.
Coartadas cortadas.
El director Billy Wilder «estaba amedrentado por Ernst Lubitsch y lo iba a seguir estando hasta la muerte de Lubitsch», dice Maurice Zolotow, su biógrafo oficial. Cuando murió, Lubitsch no Wilder, que está vivo y quejándose, lloró todo el camino al cementerio. Wilder había trabajado como escritor en varias películas dirigidas por Lubitsch, que también era un productor astuto. Estuvieron juntos en Ninotchka, en la que Garbo funde y confunde (en inglés pronunciaba igual love y laugh) entre emisarios y comisarios. Después del funeral, Willie Wyler, el casi tocayo perfecto de Billy Wilder («Es como con los pintores», replicó Wilder cuando el Estudio quiso cambiarle el nombre. «Manet, Monet —¿qué más da?») se puso a su lado y le susurró: «¡Ya no más Lubitsch!». Wilder suspiró: «Peor que eso— ¡ya no más películas de Lubitsch!». Ernst Lubitsch murió con un puro en la boca. Wilder heredó el talento pero no el puro.
Billy Wilder es un Oscar Wilde heterosexual, sólo que Wilder. En vez de cigarrillos de boquilla dorada que compra cuando no puede permitírselos, desperdicia habanos con gente que no los puede fumar, como Fred Clark, el productor dispéptico de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard). Más tarde tiene al verdadero Cecil B. dándole la bienvenida a Norma Desmond de pura lástima: un De Mille gloriosus. Wilder no fuma puros. Ésa es la razón por la que no es Lubitsch. Eso y que no necesita una escalera al paraíso. Ya está en el infierno de los actores.
En La amargura del general Yen (The Bitter Tea of General Yen) Walter Connolly, un traficante de armas durante la guerra civil en China, apunta a un general chino con su puro calibre 45 y grita: «¡No pierda la camisa!». Un puro puede ser tan persuasivo que el general barbudo abandona la mesa redonda y se va molesto por este dardo que le envía no al convento sino a la lavandería: «¡No pierda la camisa, general!».
No es que el general Yen, un cauto caudillo chino, mantenga una posición con los huérfanos que pudiéramos llamar humanitaria —aunque hablen chino. Cuando un señor americano, metodista por más señas, le apremia a que acuda en ayuda de unos huérfanos atrapados, replica: «¡Huérfanos! ¿Qué es lo que son, en todo caso? ¡Gente sin ancestros! ¡Nadie! ¡Nada!». Su oyente el evangelizador se queda tartamudo en su posición de misionero.
Más tarde Nils Asther, el general Yen, nos da una galleta de la suerte más dura que su postura. Al ser amonestado por Barbara Stanwyck porque su coche ha atropellado «a su hombre rickshaw» y ha muerto. Asther le contesta: «En ese caso, señora, es muy afortunado. La vida, incluso en sus mejores momentos, es apenas soportable». Pero el general implacable comete un fallo fatal. «¿Un cigarrillo?», le ofrece a Barbara Stanwyck. «Tengo tabaco turco y de Virginia». Elija, señora. Bárbara elige la excepción: «¡No he oído nada más pérfido en toda mi vida!». «Pero, pero», desespera el general. No puede entenderla, nunca podrá. ¡Inescrutables americanos!
«¿Fuma usted?», dice amable Leif Ericson y le ofrece un puro a Dick Powell en El blanco más alto (The Tall Target) —mientras sostiene una pistola con la mano derecha. Ambos están subidos con máximo peligro entre dos coches de un tren expreso a Filadelfia. «¿La gracia antes de la presión?», parece pensar Dick desdeñoso. «Así tendrá las manos ocupadas», añade truculento Ericson mientras está a punto de guardar su puro «para luego». «En ese caso, lo acepto», dice Powell, de nombre Dick y de oficio también dick: es detective: a Hollywood le gustan las tautologías tanto como al Papa el mambo. «Sería una pena desperdiciar un buen tabaco.» Pero cuando Powell está a punto de encender el puro y convertirse en alguien para la historia, lanza la cerilla a Ericson y ambos quedan trabados en lucha incierta: es la vida del presidente la que está en juego. La película es en blanco y negro (con eso de los sureños y sus criados) basada en una conspiración real de los confederados para asesinar a Abraham Lincoln, por aquel entonces el nuevo líder electo de los Estados Unidos, que ahora viaja de incógnito a Washington para convertirse en presidente, es the tall target. Lo que hace de esta película una suerte de profecía es que Powell, el hombre que aborta la conspiración, se llama John Kennedy. Interesante, ¿no? En el caso de que don Retro Visor quiera saberlo, la película se hizo en 1950— diez años antes de que el verdadero John Kennedy fuera elegido.
¿Coincidencia? Quizás. Pero a Oscar Wilde le habría encantado de todas formas. «La vida siempre imita al arte», dijo una vez —o dos.
En Rufufú (I Soliti Ignoti) (esa obra maestra de la comedia italiana de 1956 que Louis Malle rehízo sin gracia, sin ninguna presión en su Crackers de 1984) Memmo Carotenuto y Vittorio Gassman et al, esos soldados desconocidos del crimen, alcanzan el no va más del fumar: se fuman una botella. O mejor beben el humo de una botella de vino vacía, antes llena del humo de las colillas de otros hombres más afortunados. Todo esto ocurría en una prisión romana y la historia sucedía en el blanco y negro de una Italia muy pobre. Hecha por directores neorrealistas que copiaban la nada cotidiana, hoy, los soliti ignoti son los renombrados capos de la mafia que fuman habanos importados en exclusiva para ellos en la cárcel.
En Scarface Two (1959) Rod Steiger en ese Al Capone que sólo husmea su primer puro fatal y lo deja desganado sobre el despacho de Jimmy Torrio, el hombre al que debe matar para ascender a la cima y suma. Éste es Capone que se labra el futuro: más poder fulminante para el capo. Más tarde, Capone, ahora capo capacitado en puros, quiere sobornar a un capitán de la policía de Chicago. ¿Qué es lo que hace? Envía al periodista Martin Balsam, alias el Mensajero, con un regalo si no de los griegos al menos sí de los italianos. «Capitán», pregunta Balsam mientras le ofrece un habano, «¿ha probado alguna vez uno como éste?».
En El fuego y la palabra (Elmer Gantry) un Arthur Kennedy ocupado, preocupado, fuma cigarrillos taimado mientras que un Burt Lancaster descarado saborea un puro cada vez que se le presenta. Pero nosotros los fumadores de puros sabemos a quién creer: Lancaster es nuestro hombre en la fuma por su corazón generoso, enérgico apretón de manos y cuerpo lúbrico: es un predicador ambulante. Kennedy traba contacto con Lancaster al ofrecerle un puro. Y al mismo tiempo darle lumbre. ¡Aleluya! Es la luz de Dios.
En Los crímenes del museo de cera (House of Wax) Reggie Rymal, pirómano, prende fuego al Museo de Cera de Vincent Price con una caja de cerillas y un puro. Nunca enciende el puro, gracias a Dios. Todo lo que hacía, de veras, era tratar de ser alguien al sacarse el premiun del seguro del palacio (de cera) que ardía. O tal vez era uno de esos idiotas que dejan que sus puros se apaguen y se enfríen antes de volverlos a encender. Por fortuna, esta película incluía a una Carolyn Jones que grita ante cualquier banalidad deliciosa, «Holy smoke!». Eso es suficiente como para que me olvide de su amiga del alma Phyllis Kirk, cuyo nombre real es Kierkegaard. ¡Ah, ese angustioso Concepto de la angustia!
En El rey del juego (The Cincinnati Kid) hay muchos fumadores de puros en una habitación toda llena de naipes, jugadores y apuestas: hay tanto juego que también hay juegos de palabras. Todos juegan al póquer, pero Edward G. Robinson como el viejo rey del plus que sabe también lo que es la plusvalía usa su panetela como palanca y mueve al mundo del juego del azar. Steve McQueen, el protagonista, se dedica a los cigarrillos mentolados, Koolest. Rip Torn, el millonario jugador y apostador tímido pero temido, chupa su puro como si cada corona fuera una coronaria. Jack Weston (Pig en la película, por la sencilla razón de que parece un cerdo) es un perdedor dolido y peor fumador de puros. «¡Ya las pagarás!», le grita a Edward G. Robinson y no se refiere a su Partagás medio mordido sino a los dos mil verdes que ha perdido ante su antagonista. Cab Calloway, que recobra su sentido del ritmo, esgrime cigarillos y Tiparillos y sonríe como Leo Carrillo. Hay, en la sala, algunas damas turbias. Melba, que parece un peach Melba, es interpretada por Ann-Margret: el busto más colosal que se ha visto al oeste de Mae West. La buena de Joan Blondell, haciendo de Dama de Dedos, es la que tiene cara de póquer y manos de gitana que tira las cartas.
McQueen acaba perdiendo ante el profesor Robinson, llamado con justa justicia el Profesor, echa las cartas entre voces afiladas como cartas: «Tiene la reina de espadas». «No, tiene el rey de diamantes.» «Tiene el flush, tiene el flu.» En cualquier caso, el perdedor es McQueen, pero consigue un premio de consolación: Tuesday Weld para cada día de la semana, incluyendo el Viernes. (¡Dios mío, los nombres que escogen los actores de reparto!) Rip Torn, Tuesday Weld, Ward Bond. Las stripteasers lo hacían mejor: Gypsy Rose Lee, Ann Corio, Rita Cadillac. Eso es lo único que tienen: bueno, aparte de que no bailan el tango sino que llevan la tanga más poderosas que pudorosas. McQueen of Hearts, un perdedor vuelto a nacer, perdió lo que el film llama «el codiciado título de El Hombre», pero ganó a su Martes. ¡Ah, si los hombres jugaran al póquer tan bien como las mujeres juegan al strip-bridge!
Steve McQueen en El caso de Thomas Crown (The Thomas Crown Affair) hizo por la esbelta panetela lo que Faye Dunaway hiciera por los planeadores: objetos bellos, elegantes y del todo inútiles para subir a las nubes y hendir el aire con donaire. Surgieron casi como objets trouvés. Pero no se debe olvidar a Marcel Duchamp, el hombre que dijo «Yo, que he nacido para no hacer nada, ¡debo jugar al ajedrez!». El mejor hallazgo entre los artilugios ready-made de Duchamp era algo blanco, elegante y curvilíneo pero muy útil: la taza del retrete.
En Crisis, curiosa cosa, Cary Grant es el médico americano que, de visita por Suramérica, debe tratar de salvar la vida de José Ferrer, el tirano local con un tumor en el cerebro. De entrada, el doctor Grant advierte a Ferrer que no fume el puro que está a punto de encender. El dictador enfermo arroja su vitola como si se tratara de una víbora. Dos días más tarde vemos a Ferrer, ya mejor, fumando un cigarrillo. Incluso le ofrece uno a Grant, que apenas lo nota no lo anota. Moral de la película: los cigarrillos te darán cáncer de pulmón pero son la mejor cura para el tumor cerebral. Es obvio que en esos días los Camels ¡tenían una sola joroba!
La guerra es un infierno, lo admito. Pero es infierno y medio para los puros. En las guerras, los puros se mascan, no se fuman. No pueden ser tan nocivos como el tercer cigarrillo encendido con una misma cerilla, pero los puros nunca se encienden en una película de guerra. (Si no preguntarle a Samuel Fuller inventor del cepillo de su nombre.) Los fumadores de puros viven más durante la guerra, pero los puros sufren mucho. Por ejemplo, vean al mayor Darro en Operación Pacífico (Operation Petticoat). Sin bajarse de su jeep, se queja ante el comandante Cary Grant y le muestra su puro gravemente herido. Parece casi un fiambre. «¿Ve esto? Pertenece a mi capitán. ¡Lo robé!», y lo vuelve a dejar en su bolsillo como si el veguero filipino fuera Deborah Kerr retozando en la playa mientras Burt Lancaster cabalga hacia la eternidad. C’est Daguerre!, ya sabes.
A modo de ficción, en Fog over Frisco, cuando Douglas Dumbrille se ofrece a encender el puro de Henry O’Neil con un mechero de gas, supe al instante que Dumbrille era el malo de película. Elemental, mi querido Waugh.