Puro humo

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Puro humo » Nota Beníssima

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En A quemarropa (Point Blank) y en medio de una dureza extrema (el duro Lee Marvin lo apunta con una pistola), el rollizo Carroll O’Connor saca de pronto un puro escondido no encendido de un cajón. Eso se llama valor. La valentía es algo bastante inesperado en un jefe de la mafia en las películas, incluso si el mafioso es irlandés. Pero, en cualquier caso, todos son irlandeses en esta película: ¡Keenan Wynn es el capo di tutti capi! Begorrah y no Camorra. Pero O’Connor, aunque no es el bueno, es al menos hombre de puros tomar. Por eso me sentí desilusionado cuando lo matan al final, traicionado en Alcatraz.

¿Por qué debería sentir lástima por Carroll O’Connor? Porque no pudo encender ese puro que necesitaba tanto. Una bala lo alcanzó antes de que pudiera alcanzar una cerilla. No, no era así. Primero lo alcanzó el miedo y luego la bala. Era un fumador imprudente pero cobarde que trataba de encender un puro antes del desayuno. Un fumador valiente habría muerto con su puro en su lugar. Como Clinton.

Percy Kilbride era el que mejor mascaba tabaco en las películas, mucho mejor con su cacho en la boca que Chill Wills, subcampeón y actor que simulaba mascar con su lengua en el carrillo. (Mejor, por supuesto, que Leo Carrillo, que siempre viene cuando leo carrillo.) Kilbride podía rumiar a la manera popular (en los mascadores de tabaco todo es cosa de saber cuándo hay que escupir), tan lento que su mascar era, mascar, más tascar, masticar. Nunca se veía el tabaco que Kilbride guardaba en la boca —por la sencilla razón de que no lo tenía. Kilbride fue el rumiante perfecto del cine: aquel que da la impresión de mascar mientras habla. La serie de Ma & Pa Kettle le hizo famoso pero en La llama sagrada (Keeper of the Flame) era un conductor de taxi nada presto que conducía como mascaba: tartajeando información de manera ociosa, zumbona, cansina. Tomó de su viejo Ford la marcha descansada. Pero no necesitaba ni un salivazo a la escupidera. Después de todo, escupidera es en inglés cuspidor, una suerte de cúspide pero allá abajo. Extraño amor el inglés.

El mejor comentario que he oído sobre mascar tabaco tenía que ver con el tabaco lo que mascar tiene con fumar. La mítica Belle Starr le decía a su pretendiente Cole Younger, «Vamos, masca» y le ofrecía su cinturón de terciopelo negro. Era para que lo tuviera y mantuviera en la boca durante el duelo cruel con su marido, el mestizo Sam Starr, que mordía el otro extremo. Cada uno de ellos esgrimía un cuchillo Bowie bien afilado, por aquel entonces un arma peligrosa que suena ahora, ay, a ídolo del rock. El verdadero Sam Starr era una bestia de metro noventa que esgrimía más de cien kilos y gastaba un semblante feroz. En Forajidos de leyenda (The Long Riders), de donde es esta escena, David Carradine, haciendo de Cole con su mano diestra, se enfrenta a un mestizo muy alto, muy burdo y muy zurdo —a quien se dedica a poner en su sitio. Mientras tanto, Belle Starr, que en esta película se la llama puta más que a María Magdalena en la Biblia, mira y se muerde las uñas entre sus «labios convexos», sea lo que sea.

En Pat Garrett and Billy the Kid, un enredo pseudo borgiano, James Coburn fuma más puros que Charles, su tocayo mayor, en toda su larga carrera. Pero Coburn muerde cheruta tras cheruta, todas negras y todas denigradas. También viste de negro, de pies a cabeza, entre amigos y enemigos. Muy pronto sabemos por qué. Es Mr. Muerte. La muerte viene hacia el pistolero en forma de un hombre vestido de negro que fuma puros y carga un revólver. Pero, en serio, aquí los puros no son de ninguna consecuencia. Lo es el Diablo Alcohol. «Everybody must get stoned…», susurra Dylan (actor en la película y cantante en la banda sonora) y todos se cuecen en whisky, en aguardiente, en tequila, en mescal sin mezclar. Escojan. Se beben hasta el agua de los floreros. Y la de colonia. Fumar es de hombres, beber, de desperadoes. El alcohol no es sólo el modus operandi de esta película, también es el modus moriendi. Tragos para los muertos.

En Mi bella dama (My Fair Lady) cuando las lecciones en papel de Eliza arden en la llama de sus haches aspiradas, expiradas, Rex Harrison no observa a la bella Audrey Hepburn con amor sino al coronel Pickering con odio: se le ve fumando un puro que proviene seguro del humidor de Higgins. Está claro que el profesor es rico, pero algo mezquino cuando se trata de habanos. Más tarde, a la vuelta triunfante de la gala en la embajada y para celebrar su victoria ante «ese falso húngaro» fuma uno de sus elegidos, extraído al azar de un étui de ébano —¡a medianoche! Hasta Enry Iggins debería saber que los puros no son para el toque de queda o de diana sino para el almuerzo y la cena. Pero desespera porque no podía esperar.

Ese robot errante británico también conocido como James Bond estuvo una vez bajo el capote del hercúleo, hirsuto de Sean Connery. Bond era entonces un gran fumador de cigarrillos. Le gustaban, como a su creador Ian Fleming, los Balkan Sobranies, tabaco negro. El rubio y rubicundo Roger Moore, el otro 007, hace de Bond un hombre de puros. En Vive y deja morir (Live and Let Die) Bond (también llamado más tarde Mr. B en otra secuencia) se afeita en la bañera de su hotel de Guyana mientras sus enemigos buscan camorra soltándole una indirecta en forma de mamba por el agujero del ventilador abajo. El ignorante Moore deja de afeitarse para permitir la entrada en su suite de un camarero negro que trae champaña en un cubo y dos copas. ¿Está esperando a alguien? (Me refiero a Bond.) Después de despedir al camarero, James enciende un Upmann extralargo y vuelve al cuarto de baño. Es cuando usa un spray de aftershave que ve la abmam en el espejo y decide rápido que es una mamba. Bond fresco (debe ser el aftershave) se da vuelta para convertir tanto al puro como al bote de spray en un lanzallamas . Presto chango! La serpiente pasa de ser una mamba reptante a convertirse en una espiral en llamas. De pronto alguien entra sin haber sido invitado (las emociones siempre vienen de tres en tres) que viste sólo un Saturday Night Special. «Ésta debe ser la especialidad para la noche del sábado», dice Bond y se lo piensa dos veces ante el intruso. Así que otra vez utiliza su puro para marcar el moreno brazo armado. Que el intruso sea una chica negra de la CIA sólo demuestra con cuánta habilidad había jugado Bond con su Up-mann mano a mano.

Bond queda desarmado ante el malvado de Foxfire, la serie de televisión. Aquí el puro que sostiene este canalla puesto al día (viste ropa de tropa asalto) se convierte en una cerbatana asesina —el soplido más letal que se haya visto jamás.

Es en Camino de venganza (The Scalphunters) donde uno puede encontrar, entre los indios, una fumadora de puros. En este oeste vemos a Shelley Winters «royendo un veguero», tal como lo reseñó una señora crítica. Pero debo declarar a Shelley Winters fuera de concurso. Shelley es en esta película una espantosa de espanto. Hay que tener un corazón de puro pedernal para no reírse de ella, incluso en su esplendor. En Doble vida (A Double Life), su primera película importante, Shelley sólo fuma cigarrillos, y no la mata el cáncer sino su ignorancia de los clásicos. No estaba, se ve, versada en Shakespeare. Ese conocimiento se hace esencial: la doble vida del título pertenece a Ronald Colman, un actor que se vuelve loco tras interpretar a Otelo en Broadway durante dos años. Colman acostumbra a vagabundear por Broadway después de la función y así es como conoce a Shelley en una cafetería a medianoche. Colman es el tipo del bigotito, Shelley es la camarera de grandes tetas y menú escaso. Ella tira disparos peligrosos: «¿Lo conozco de algún lado, mister?», entona. Pero su belleza vulgar baña a Colman con olas de desmadre de la madre de Lolita —y el humo de un puro invisible: un ministro ardiente. Él la rechaza: haz el café, no el amor. «Eres tan mono», dice Shelley. Es probable que quisiera decir momio, pero su pase pasa de largo. Aunque su paso próximo resulta irreparable. Lleva a Colman (que ya va por su tercer año de trágico con la cara tiznada y cada vez más enajenado) a su habitación, la insensata. Se pone cómoda en la cama y trata de que Colman se sienta a gusto. Pero hace una seña que es la contraseña: «Ven, apaguemos la luz». Lo que revive en la mente demente del actor no es amor sino su opuesto: un suceso terrible que ocurrió hace tiempo y allá lejos «en un puerto de mar de la isla de Chipre» y en su Chipre de cartón y realismo trágico ahora cada noche. Musita en el murmullo del corazón más tenue: «Apaguemos la luz y de seguida». El oscuro Otelo debe matar en la noche más oscura: «Apaguemos su luz», sentencia Colman con la resolución de un verdugo que es la solución de un iluso. Pero, ¿por qué matar a la ramera? ¿Es que la señorita Winters fumaba en la cama? ¿O es que estaba desesperadamente en cueros? ¿Era Colman tal vez un mojigato? ¿Es que vio a Shelley en verso acaso?

En Kid Glove Killer (¿Por qué no llamarla Kid Glove Kidder?), Lee Bowman es el asesino —y el tenedor del título de peor sostenedor de puros del mundo. ¿A quién trata de engañar? Cuando vemos a los ediles de la ciudad que dan tranquilos una chupada a sus cherutas de seis centavos (la cheruta es la ruta del tabaco barato), Lee Bowman, uno de los hermanos jóvenes de Clark Gable, todos ellos con peluquines de terciopelo y bigotes de raya, sostiene su habano con el inconveniente dedo medio y el pulgar. El puro costoso le había sido dado por el jefe despiadado de la mafia que trata de transformar la Ciudad del Pecado en Ciudad del Capo. Pero hay algo equívoco en la forma que fuma Bowman: sostiene su panetela con las puntas de los dedos, como una prima donna remilgada. «Escucha, nene», que diría Brod Crawford, «los maricas no fuman puros nunca».

Toda la película es un campo de batalla de los puros versus los cigarrillos. Hay un gag socorrido y corrido del forense Van Heflin que es incapaz de fumar un cigarrillo —sin que antes se lo haya encendido su asistenta Marsha Hunt. Al cabo de un rato no del puro la película como la pelea llega cuando Hunt le dice sí a Heflin pero sólo después de que éste haya desenmascarado a su rival, Bowman, un falsario, y de haberlo enviado al infierno de los fumadores caídos. Mientras ella toma el cigarrillo sin encender de los labios masculinos de Heflin (¿o son su labia?, sólo Freud lo sabe) y dice fresca, afable: «Dame candela»— lo que él hace dócil.

Pero Fred Zinnemann, que hacía este claro mientras se fumaba un Lucky Strike, lleva su pasión por los cigarrillos demasiado lejos: ¡incluso muestra a un chef fumando un cigarrillo mientras prueba una bouillabaisse! Lo mismo hace el cocinero de la mafia en Malas calles (Mean Streets): sus útiles de cocina son gli spaghetti, il capello bianco e la sigaretta. Ésta sería una fijación típica no sólo del recluta Beetle Bailey sino de la urbana Blondie. Ambos cómics tienen un cocinero con el cigarrillo colgando perenne de su labio inferior. Sobre la sopa, la ensalada y el salami en Blondie y más allá de toda llamada del deber en Beetle Bailey. El general Patton estaba equivocado: las cenizas también son para los héroes de tebeos.

Otras creaciones de las tiras cómicas que fuman son Mr. Jiggs, el viejo advenedizo con un puro de Educando a papá, Popeye y su pipa, Andie Capp y su cigarrillo pegado a los labios —y Mammy Pansy Yokum y su pipa de maíz en Li’l Abner. Todos ellos fuman en las nubes y hablan en los globos cautivantes.

En Alma en la sombra (Rage in Heaven) Robert Montgomery es el dueño de unas acerías en Inglaterra, un enorme complejo británico cercano a Londres. Nadie nos explica cómo Montgomery, tan americano como el chicle, se ha convertido en heredero de una fábrica inglesa. A nadie le importa. Salvo a mí, ahora. Pero sea como sea, Montgomery, un bisoño en su primer día de oficina, da la bienvenida a sus subordinados y les ofrece algo a la altura de un barón británico del acero. ¿Scotch? No. ¿Té? Tampoco. ¿Dulces? Ríndete —nunca adivinarías lo que es. ¡Puros! Uno de los hombres lo rechaza. «Gracias, señor. Pero como sabe, darme a la nicotina va contra mis principios.» Un principio tan altivo como ninguno nunca. Impertérrito, Montgomery abre su caja de puros pulida y pálida— para mostrarla vacía. Es obvio que eran los puros del Hombre Invisible. Éste también era un bromista. (Si haces memoria.) Por cierto, ésta es la película en la que la joven Ingrid Bergman realiza una proeza lingüística, inigualable incluso para la Gran Garbo. Bergman informa apasionada a un George Sanders entre rejas (sentenciado a muerte por matar a Robert Montgomery: odia a los bromistas) de lo único que le puede salvar ahora: «A miracle!», entona de modo que perpetra el milagro de pronunciarlo «Amerika!». Al final, con Sanders salvado de una muerte que no era peor que su destino (aquí llamado smorgasbord con todo) son vistos en un barco —navegando hacia América. Así es como me gustan mis estrellas suecas— prescientes.

En Náufragos (Lifeboat), otra película de guerra, el multimillonario Henry Hull ahorra puros. «¿Fuego?», le pregunta su compañero de travesía Hume Cronyn al ver a Hull con un puro sin encender en la boca. Pero el viejo hombre lobo sacude su cabeza y dice: «No, gracias. Tengo que acaparar mis reservas por ahora». Están en un barco perdido en mitad de la nada.

En La sospecha (Suspicion) (véase Idiot’s Delight), las primeras palabras que Cary Grant le dirige a Joan Fontaine son para quejarse de que había un hombre en el compartimento contiguo (de donde se ha fugado aprovechando la noche de túnel) fumando «el puro más perverso». Ese Hombre podría ser Hitchcock, para que lo sepas. Para asegurarse de que no tendrá a Hitchcock travestido en este compartimento él, Grant, pregunta a su compañía actual, la muy femenina y frágil miss Fontaine: «Usted no fuma, ¿no?» —y ése es el comienzo de un romance ruinoso.

El gesto, aunque desafiante, lo repetía el valet vil al comienzo de Agente secreto (The Secret Agent). Aquí Hitchcock juega mucho con artefactos humeantes. Robert Young, el malo, le pide en un alemán adulterado algo para fumar a un suizo: «Cigarroozen», dice y el hombre trae dos pipas: una para él y otra para Madeleine Carroll. R, antecesor de M, se está marinando en un baño turco, encubierto tras una toalla, con un puro desplumado en la mano. El habano se vuelve lacio, laxo, fláccido como un arma impotente mientras el espía maestro, al tomar el mando, sigue erecto, recto.

El policía de la Seguridad Nacional («La infame Stasi») bromea, como si no tuviera que hacerlo al dar la bienvenida a la Alemania del Este al tránsfuga Paul Newman: Alemania sigue siendo un Estado policial, aunque se la corte por la mitad. El primer gesto excelso del especialista en seguridad es sacar un estuche de puros de cuero de cerdo negro y tendérselo tierno a Newman. «¿Un habano?», susurra el agente alemán al sugerir que los puros también conspiran: «Son cubanos» dice con más tautología que ideología. Luego lanza este lance: «Su pérdida es nuestra ganancia». Se refiere al puro pero también a Cuba, el irónico. El insípido de Paul, como el cardenal Newman, no fuma: «Paso». El chiste ahora nos corta corto en Cortina rasgada (Torn Curtain). Hitchcock, que dirigió esta obra maestra, era un fumador de puros exquisito y se alegró de poder hacer este melodrama en Europa, donde podía darse a le vice Cubain.

En Cuba, mal dirigida por Richard Lester, se rodó lo último en torcer puros: los puros los lía una máquina que sólo es accionada por mujeres con rollos más que materia gris en sus cabezas. Esto es «Carmen» con revancha y Jones con un puro. Jones es un hombre de negocios americano interpretado por Jack Weston en su típico ipso infarto, que ahora habla de llenar de puros los aviones militares antes de que caiga el régimen de Batista. Nadie se dio cuenta de a lo que se refería Weston hasta 1984, con las famosas subastas de Nueva York, donde una caja de puros llegó a alcanzar los 2.500 dólares. Trae los puros inmune y crea un imperio de habanos cerca del Empire State. Go Weston, young man!

En El extraño amor de Martha Ivers (The Strange Love of Martha Ivers) el lazo amoroso entre la esbelta Lizabeth Scott y el robusto, vangoghiano Van Heflin es ese cigarrillo que pasa de mano en mano como un voto de amor al humo. El vínculo se vuelve esclavitud cuando ambos se casan al final, en un final feliz. No obstante, es el no fumador Kirk Douglas, el único Van Gogh verdadero de todos ellos, y su esposa Barbara Stanwyck, que mueren del humo de un arma que acarician como un puro de juguete —o un, ején, ur-vibrador.

En Intruso en el polvo (Intruder in the Dust), tanto en la novela como en la película, el joven Chuck Stevens le compra cuatro puros a Lucas Beauchamp para pagarle su hospitalidad —que éste rechaza, por supuesto. Tratar de comprar su hospitalidad es tratar de comprar al viejo Lucas. Pero no puedo imaginarme a ese negro altanero, Juano Hernández, recibiendo un paquete de Camels como pago por su deuda de gratitud.

John Ford, como la mayoría de sus forajidos urbanos (en especial Ed Brophy y Jimmie Gleason), parece preferir los puros de cinco centavos. Al menos eso es lo que aparentan ser en la pantalla, por lo menos en La diligencia (Stagecoach), en especial en La diligencia (Stagecoach). Seguro que es más de lo que valen los puros en realidad. Los políticos fuman tagarninas, los policías y ladrones coraceros y los soplones escogen los cigarrillos —salvo George E. Stone en Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot). Prefería un palillo, hasta el extremo de morir con una astilla enterrada entre sus labios apretados (todos los chivatos tienen los labios finos, al menos en Hollywood), hasta que Spats Colombo, un sartorialmente impecable George Raft, saca mordaz con un zapato de polaina la astilla limpia de su boca.

Le dice una huraña y hosca Katy Jurado a Lloyd Bridges, el único fumador de puros de Solo ante el peligro (High Noon), «¡Se necesita algo más que hombros fornidos [y un puro] para ser un hombre!». Lo del puro, por supuesto, es interpolación mía.

A Ned Sparks siempre se le veía atacando a un puro frío con su boca irascible, mientras los ojos le ardían de rabia ante las rubias coristas como si hubiesen sido entrenadas focas albinas: sin piernas, sin brazos y gateando. También gruñía a los coreógrafos de todos esos musicales a comienzos de los treinta: un personaje avinagrado pero un adicto fumador de puros de la siempre fiel. No podía alejarse de su cabo muerto encajado en esa agria boca como el cepo del guardia de tráfico en el coche aparcado de forma ilegal. Parece ser que había más allí de donde provenía: el verdadero nombre de Ned era Sparkland (la Tierra de las Chispas) y había nacido en Canadá.

El irascible Jesse White es muy bueno masticando puros muertos mientras se ocupa de sus cosas de manera vivaracha y bulliciosa. Elwood P. Dowd lo llamó una personalidad dinámica. Pero White puede gritar, vocear y vociferar con un puro en la boca. Él y Wallace Ford, Wally para sus amigos, coincidieron sólo una vez, en El invisible Har-vey (Harvey). Pero Jesse masticaba poco en esa aparición. Wally, aunque habla poco, era muy elocuente al cargar con el mensaje de la película: los locos son sólo ángeles que no temen propasarse.

Pero ésa no es la razón por la cual Victor McLaglen lo delataba a la policía inglesa durante la rebelión del Sinn Fein en Dublin en El delator (The Informer): el llanto de John Ford ante una ciudad política.

El mayor fumador de puros que me he encontrado en la ficción estaba interpretado por Marvin Miller, un amargado. En Deadline at Dawn (El plazo expira al amanecer) es un pianista ciego que puede tocar de oído. Es también esa fijación del film noir, el flojo al que tiran de la lengua antes de ahorcarlo. Ahora su adicción es el puro. Cuando su amante Lola Lane lo reta recta («¿Aún fumas veinte puros al día? ¿Ya puede tu corazón con ellos?»), todo lo que hace es guardar su «puro para luego» con un suspiro. Le podría haber dicho a ella sonriendo «No seas cruel» y haberla asustado, ya que Marvin tiene la testa ruda de Ray Charles combinada con el arte de Art Tatum, pianistas ciegos. Pero Arty Fate guionista de films noirs, fuerza al pianista cuyo nombre es Sleepy Parsons a morir de un infarto galopante. Aunque no antes de que Joseph Calleia, el vil villano, le dé una paliza en el vestuario donde habita y cohabita. «Fumaba demasiado», es el dictamen de Calleia como si fuera un bombero. Incluso el capitán Bender, de la policía apolítica, se creyó el veredicto del mafioso y se fue mascando su veguero para siempre. ¿Tendría Bender algo que vender?

Up in Smoke, ni que decir, no tiene nada que ver con los puros, las pipas o los cigarrillos —aunque la historia está bien torcida.

En Odio entre hermanos (House of Strangers) un puro se convierte en un hatohet pipe. Luther Adler es hermano de Richard Conte (sí, son hermanos: en Hollywood no hay nadie imposible y un actor judío alemán puede tener un gemelo italiano) y de mañana temprano le ofrece un puro en prueba de su buena voluntad. Conte le da un par de caladas y de pronto se levanta de su cómoda butaca —para arrojarle el puro a la cara. Bastard! ¡Basta! ¡Nada de puros gordos tan de mañana! Parece que este habano tan caro pasa de ser la pipa de la paz a la primera hacha de guerra desenterrada. Eso es lo que los cheyenes llamaban hatchet pipe, la pipa que es hacha.

En El pirata (The Pirate) Gene Kelly es un artiste itinerante cuyas posesiones más preciadas son su espejo de ilusionista y su puro final. Cuando por fin lo enciende, siendo el gran mago que es, hace que su troupe indigente crea que hay más puros de donde venía éste. ¡Vaya caja mágica! Todos contienden ante el contenedor para encontrarlo vacío: no quedaba ni el fantasma vaporoso de un puro. En la calle, el enano del mago lo aborda para reclamarle que ese último puro de ensayo es suyo. Gene se rinde. «Sólo guardaba la brasa», afirma Kelly como si quisiera decir de la brisa —y así es, así es. Siempre que hay brasa hay esperanza. Vaya, cómprate una caja de Pandoras.

Así es como Louis Armstrong, parte en argot, parte en scat, presentaba a uno de sus secuaces del jazz:

Y aquí está Bud Scott

Y su vieja guitarra,

Siempre fumando su gran cigarra.

¡Ay, el pobre Bud Scott fumaba su puro por persona intermedia de su boquilla amarilla! Satchmo fue el hombre que era jazz pero no sabía nada de puros. Ni Bud Scott. Tampoco éste era un Charlie Christian. Su forma de tocar la guitarra se parecía a como fumaba: con un plectro de plástico. Todo ocurría en la vieja New Orleans, esa silly symphony en la que tenía que ser Arturo de Córdova ¡quién diera su nombre al jazz!

El encuentro más cercano entre puros inhumados y música exhalada se daba en Lo mejor de la vida es gratis (The Best Things in Life Are Free). Allí, todo un coro masculino compuesto de gángsters con fedora, pistola y traje a rayas fumaban habanos tan largos como sus saltos. La mujer del capo que les deja a todos kaputt es la dulce Sheree North. El pistolero en apuros es Jacques d’Amboisse, un bailarín que podría darte lo que los franceses llaman angoisse. Sartre es su sartor.

El fumador de puros más optimista que he visto es ese viajero rico que llega al restaurante Last Chance en The Petrified Forest y le pide a Bette Davis: «¿Tienen puros buenos?». Esos puros saguaro deben ser sabrosos seguro, ya que algo después el mismísimo Humphrey Bogart, que es Duke Mantee, le dice a miss Davis: «Dame uno de ésos, hermana». Dicen que el desierto te hace ver cosas que no son pero nunca antes había oído hablar de espejismo interno. ¿Será el infierno?

En El señor Skeffington (Mr. Skeffington) un Claude Rains bondadoso, frágil, le ofrece un puro a Bette Davis, que ha pasado por su oficina. Por supuesto, no es un chiste. El inmutable Mr. Skeffington sólo tiene negocios con hombres. Se excusa. El lugar y el tiempo son los Estados Unidos en 1914, justo antes del estallido de la gran guerra. En cualquier caso, Skeffington ha dejado de fumar. Ya hay demasiado humo en el frente occidental. Sin novedad.

En The Conspirators (1944), una secuela pobre de La máscara de Dimitro s (The Mask of Dimitrios) (o mejor aún, como si Dimitrios hubiera pasado una noche en Casablanca), todos los malvados fuman puros en Lisboa. Incluso el pequeño Steven Geray, que era el funcionario doblemente engañado en Dimitrios, ahora esgrime un puro enorme con autoridad maligna más que suficiente para hacer de embajador alemán. Todos los actores de Dimitrios están aquí, más Paul Henreid que fumaba dos cigarrillos a la vez en La extraña pasajera (Now, Voyager). En Casablanca se esfumaba ante Humphrey Bogart, que vestía un cigarrillo para que le hiciera juego con su smoking blanco. Pero la película fue un fracaso, una pérdida de talento que incluía al fotógrafo Arthur Edeson y al director Jean Negulesco. Total. No podría haber sido de otra manera. En esta película de manicomio los nazis son histriones que fuman puros. Los héroes, incluida la heroína (la bella Hedy Lamarr), fuman cigarrillos. Cortos, sin filtro. Deben estar todos cancerosos ahora.

El único detalle simpático de la película se da en la banda sonora, donde tocan Perfidia una vez más. Esta canción mexicana, un bolero, fue propiedad privada de la Warner Brothers. La tocaban en La extraña pasajera (Now, Voyager) y la tocaban en Casablanca, donde competía por la atención del público con As Time Goes By (me quedo, ni que decir tiene, con Perfidia.) También se oía, por poco tiempo, en La máscara de Dimitro s (The Mask of Dimitrios), en la boîte de minuit sórdida con humo que regentaba una de las mujeres más extraordinarias del Hollywood de entonces, Faye Emerson: su sola frente era ya un auténtico domo del placer. Ahora todos los conspiradores escuchan la canción en Lisboa. En Estoril, mejor dicho. Por cierto, la versión que prefiero es la que canta en español Cliff Richard. Hace de Perfidia una canción pérfida. Lo que los oyentes entienden, por la manera en que pronuncia el título, es porfiria.

Ser adulto es uno de los estados del camino del infierno para Dickie Moore que confiesa sus pecados no a un sacerdote sino ante la sexy Signe Hasso en El diablo dijo ¡no! (Heaven Can Wait). Siempre un mozalbete bretero Moore cierra la puerta de su habitación con Hasso (que rima con lazo) alrededor de su cuello. Cuchichea cositas dulces en la oreja de la falsa sirvienta francesa: «Apuesto a que no puedes adivinar en un millón de años lo que tengo en el bolsillo». ¿Es alegría por ver a Signe en privado o sólo una pistola? «No, no lo sé», dice Signe riéndose con ilusión. «Pero seguro que es algo muy malo.» Dickie escarba con la mano en el bolsillo de su chaqueta para sacar un puro. «¿Fumas puros?», pregunta ella. «Claro que lo voy a fumar —un día de éstos». Y Dickie lo vuelve a dejar en su bolsillo, acaso para siempre. Signe sonríe, Dickie elude la cuestión. Eso sucedía en Manhattan alrededor del 1900. Bastantes ceremonias más tarde —raptos, bodas y muchas fiestas de cumpleaños— la muerte le llega al libertino de la forma más dulce posible. Es el puritano en el infierno. Don Ameche, en otra reencarnación de Dickie Wilson, va a una entrevista con Mr. Caronte acerca de la tarifa del transporte. Pero tenía un número equivocado y en cambio va al paraíso. Todo eso sucedía en su lecho de muerte aunque él aún no lo sabía. Tenía un sueño y ese sueño era la Gloria. «Había un trasatlántico enorme», recuerda, flotando en un océano de whisky y soda, y en vez de chimeneas había grandes puros. (Está en el invierno de Xeres.) ¡Y sobre el buque, cantando desde un bote salvavidas, estaba la rubia más bella jamás vista! Eso es el infierno de la música, mi hijo.

La reivindicación de los puros se realiza de primera base en Damn Yankees, donde el mismo diablo fuma cigarrillos —que enciende con sólo un movimiento rápido de muñeca: «¿Le importa si fumo?», pregunta a Shoeless Joe de Hannibal, Mo— o a Fausto convertido en un jugador de béisbol «de manigua» que vende su alma (al demonio, por supuesto) por jugar con los Washington Senators contra los Yankees. Joe se queda pasmado ante el truco: «Hey, ¿cómo hace eso?». «Se me da bien el fuego, macho», responde Satán con la voz satinada de Ray Walston au gratin. El cándido Joe, un natural con la voz de Tab Hunter, le dice al diablo adónde debería irse. Pero hasta el diablo tiene alma —o la tuvo alguna vez. «Todo me cuesta mucho esfuerzo», se explica, «lo único que me sale con facilidad es este truco del cigarrillo», y enciende un Camel para demostrarlo. «¿Ves?» Un golpe de mano y ya puede encender su pitillo— para toser terrible: «¡Ahora debo sacudirme de este vicio asqueroso!». Pero no hace nada y sigue dando caladas y tosiendo. Por supuesto, sabemos que el diablo es una mujercita. De todas formas, se redime en esta cinta tan medieval. Ahora un Mefistófeles victorioso nos muestra un puro para que nos encontremos con nuestra antigua amenaza, el puro que se enciende a sí mismo: visto y no visto y ¡listo! ¡El diablo fuma un habano! De pobre diablo ha pasado a graduarse del mismo Lucifer en persona. El paraíso es un puro para hombres puros —el infierno es para el resto.

En El mejor (The Natural) los malos fuman puros y también los buenos: todos los jugadores de béisbol fuman puros tan grandes como sus bates. Todos, salvo Robert Redford. Tiene un bate personalizado llamado Wonderboy, que es una versión moderna de la Excálibur de Arturo Pendragon. Cuando uno posee una espada flamígera, ¿quién necesita encender un puro para ser alguien? El béisbol, como se puede ver, ha seguido la senda de los mitos. Pronto tendremos a don Juan calentando el brazo y a Babe Ruth bateando un Homer!

En El hombre que vendió su alma (The Devil and Daniel Webster) el diablo aparece por primera vez envuelto en niebla y bruma —y fumando un puro: una larga panetela que parece durar una eternidad. Y es más: es así: alumbra y deslumbra por siempre en la mano del demonio. «Llámame Scratch», notifica Mefistófeles como un introito ad altare Diaboli. «Me conocen con ese nombre en la Nueva Inglaterra, como sabes»— y Walter Huston, el diablo que más fuma, luce la sonrisa de Luzbel. Luego, para sellar su pacto, el diablo usa su puro como una tea y graba una fecha en la corteza de un árbol. Ni que decir tiene que el diablo es, como se dice, el alma de la fiesta. Es aquel que sonríe con su pacto bajo la capa. Sin ser jamás de los que temen perder, hasta es buen perdedor. Gracias a su puro, sin duda. Ese ejercicio ameno de teología no podría haberse dado sin el diablo —ni sin su puro. Todos los discípulos del demonio fuman puros en esta película. Pero también los fuma Daniel Webster, el extraordinario cazador de brujas. Como todo tiene lugar a mitad del siglo XIX, todos los puros se encienden con cerillas Lucifer. Todos salvo, claro está, la cheruta del diablo.

Conocimiento carnal (Carnal Knowledge) debería haberse titulado Humo Sabio, aunque Jack Nicholson, el necio, fuma sin embargo Winstons. Sólo fuma cigarrillos, incluso cuando fuma lo que Walt Whitman llamaría hojas de hierba. Primero fuma casi todo el rato, luego todo el rato, como establece el guionista Jules Feiffer, con dos effes. Al principio su amigo del alma, Arty Garfunkel, ni fuma ni enciende, mientras que Nicholson se casa por fin con Ann-Margret, su chica del alma con el diablo en el cuerpo. Él se vuelve neurótico, histérico, ofensivo, psicótico y loco. Grita, se crispa la crisma, se rasca y pone los ojos en blanco. Como nunca se le ve comiendo ni bebiendo nada más fuerte que una cerveza, la locura de Nicholson debe originarse en sus cigarrillos: tres paquetes al día, sin filtro, todo alquitrán. Por el contrario Garfunkel se vuelve más calmado, más maduro con el paso del tiempo. Esto no es sorprendente ya que ha transcurrido un cuarto de siglo desde sus años de universidad, cuando de forma involuntaria compartió su chica con Nicholson, hasta el momento en que este último le propone un intercambio de mujeres —al que aquel accede con muecas, mohínes y meneos de su circuncidada cola. La serenidad y el arreglo sobrevienen cuando Arty por el Arty deja de comportarse como Simon Garfunkel para convertirse en el compinche de Nicholson. Pero en mitad de la película se le puede ver— ¡fumando un puro! ¡Ah! ¡Eso es! ¡Corten! ¡Tenemos toma! ¡A sacar copias! Nuevo título para la película: Coronal Knowledge que viene de los Coronas corona.

En Patton mientras le imponen las cuatro estrellas, el general se felicita a sí mismo por su ascenso encendiendo un habano tan grande como el cañón de un tanque. Nunca se verá un soldado más orgulloso. O un puro más largo.

En El viaje de los malditos (Voyage of the Damned) Orson Welles deja que sea su puro quien realice la poca actuación que hay que hacer. No es de extrañar. En esta película convertida en una serie de televisión de dos partes (una para el viaje y otra para los malditos), Welles es cubano y vive en La Habana. Una historia improbable: todos sabemos que los buenos cubanos siempre viven fuera. En esta obra maestra de bazofia documental, un presidente cubano, el aristocrático Federico Laredo Bru, se convierte en un brebaje: siempre le llaman presidente Brew. Está claro que ésta es la historia de la vida de Orson: siempre situado, al menos en televisión, entre el puro y la cerveza.

En Mr. Arkadin (Confidential Report) Orson Welles, ahora el todopoderoso Mr. Arkadin, le da un puro enorme, un Churchill lo más probable, a su futuro yerno, que tiene la improbable misión de bucear en el pasado de Arkadin afín en su afán. La reunión de mentes afines se acaba y el barbaján todavía lucha con una barba imposible. Para acentuar la importancia de un Churchill barbaján, se le ha visto primero en un garito de mala muerte en Barcelona. Pero hasta la camarera se queja: «¡Puede apagar de una vez ese puro asqueroso!».

Orson Welles sabe que en una película se diferencia a los caballeros de los recaderos por lo que fuman.

En su siguiente película, Sed de mal (Touch of Evil), que comienza con el estallido de un descapotable gracias a un cartucho de dinamita, Welles es Hank Quinlan, un jefe de policía podre pero pobre: sólo fuma colillas. Borracho rehabilitado, ha cambiado las tabernas por las barras de chocolate. Quinlan, un hombre al que no le queda tiempo, se conforta con un puro muerto y es un hombre también muerto. Para él, la felicidad consiste en hacer confesar su culpabilidad a un inocente. Es, de hecho, la última parada de Charles Foster Kane hacia su destino, el infierno. Welles aprovecha el fuste que imprime su bastón, un bastión.

Mickey Rooney no sólo fue un niño prodigio, también era un hombre prodigio. Podía cantar y fumar un puro a la vez. ¡También podía fumar un puro y cantar y componer una canción! Aún más, podía ser Lorenz Hart, letrista loco por Nueva York y cantante todo en uno. Y amaba a Manhattan y a Staten Island too. Todo eso sucedía en Words and Music y volvía a pasar en Hollywood, Hollywood (That’s Entertainment Part Two!)

Cuando Iranoff, Bulkanoff y Kopalski, los tres apparatchiks soviéticos más adorables de la historia rusa, desertaron al mundo libre (o al menos a Guei Paguí cuando gay no significaba Jean Cocteau & Co., ni Gay-Lussac sino sólo París), y se hicieron a la vida occidental, tomaron como enseña el champaña, los puros y las cigarreras fáciles, ágiles. En ese orden. Cada vez que vemos Ninotchka podemos oír a Iranoff, Bulkanoff y Kopalski mascullar, murmurar y tartajear al unísono «¡AH-AHH-AH!». Eso significa alegría en ruso.

Dios nos obliga a elegir a cada rato entre dos judíos: Caín o Abel, Jesús o Judas, Marx o Engels, Freud o Wilhelm Reich, Lou Andreas Salomé o Alma Malher, Gropius, Werfel, etc., etc. Ahora es Mel Brooks o Woody Allen. Dios se comporta a veces como un tahúr: cuando no está jugando a los dados con el universo nos está forzando a elegir una carta, cualquier carta. O un carcamán si me apuras. Pero entre Mel y Woody, demonios ¡si ni siquiera se llaman Mel y Woody!

Bueno, denme entonces a Mel. No puede bailar pero al menos canta un poco y grita, ya ve. (No, no ese Yavhé.) Prefiero un comediante ruidoso a uno ruin. Aparte, entre la parodia y la paráfrasis, me quedo con la parodia cada día. Y cada noche. Como con la esclavitud siempre preferiré la libertad. Eso también se aplica a los grandes almacenes: ¡Liberty’s o muerte! Se puede usted quedar con Herod’s y Marx & Spengler, yo me quedaré con Brook’s en vez de Wood’s. ¿Te parece bien, Señor? Lo sé, lo sé: Mel fuma puros y Woody los odia. Pero créanme que no ha tenido esto nada que ver con mi elección. Elegir es humano, la elección correcta, es divino —y yo nunca podría adivinar: ni siquiera con un soplo di vino.

En El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein) es Gene Hackman, que hace del Eremita, quien le ofrece una vez más un puro al monstruo interpretado por Peter Boyle. La mala suerte quiere que el Eremita no sólo es ciego sino torpe y muy torpe, y mientras le ofrece fuego al monstruo le prende el pulgar sin querer. ¡Uy! Lo siento mucho. El monstruo sale chillando mientras corre. Fin de una bella amistad.

En Los productores (The Producers) ese architimador de Max Byalistok se ufana de su máquina íntima para encender puros. El encendedor juega con fuego. Es, de hecho, una rubia conocida como Lyuba, rusa de rabia. Tiene tal pericia con un panetela que nadie lo habría esperado de una chica de detrás del Telón de Acero. No habla una palabra de inglés pero le hace al puro lo que Hitler le hizo a Varsovia. Si fuera polaca sería un poco loca.

Esa horrible, horrible nurse Diesel de Máxima ansiedad (High Anxiety) fuma los puros más gordos y temibles: los más negros. También lleva ropa interior negra bajo su uniforme nazi. Le atrae mucho el sadomasoquismo, como ven. Creo que debo añadir que no es la típica fumadora de puros. Pero seguro que es la fumadora más fea de todos los tiempos.

La fumadora más atractiva que se haya visto nunca no ha sido en una película sino en la portada del Playboy y se llamaba Bo Constrictor. Aparecía soplando una cheruta para hacerla humo y ceniza. (El cabello se me eriza). Ninguna otra planta, ni siquiera el opio, podría fumarse con tanto savoir faire rubio. En la foto, Bo parece vestir un boa de humo, el puro como su prenda preciosa, predadora: un beso marrón sobre sus labios pálidos. Grandes labios. Labia.

En la Carmen de Peter Brook se ve primero a la gitana traviesa fumando un puro. Pero antes de encenderlo lo besa, lo chupa e incluso se traga un poco del cilindro pardo. ¿Símbolo fálico? Con calma: Carmen, el alma de la fiesta ahora, aferra su puro como un verdadero arpón para hincarlo en la boca de Micaela. La pobre Micaela no fuma. Suplica que la excusen y le pasa la panetela a un don José confuso. Los cómodos camaradas (que viene de cama) de Bizet dan entrada a su beguina como una habanera.

Alan Bates y James Mason compiten por el amor de Georgy, la damita gorda y desgarbada que interpreta Lynn Redgrave con tanto encanto en La soltera retozona (Georgy Girl). Ambos caballeros de visita exhiben puros: Mr. Mason con habanos, Mr. Bates con cheruta. Es justamente una justa: el rico versus el cockney. Que gane el mejor —y gana con ganas.

Es probable que John Wayne personificara caballeroso el último bastión del fumador, el hombre que una vez fue una delgada panetela y moría humeante como cualquier escopeta recortada en El último pistolero (The Shootist). Al contrario de lo que la gente cree, Wayne murió de cáncer pero no de cáncer del pulmón. Lo contrario del mito, Wayne nunca fumó puros ni puritos fuera del set, sino sólo cigarrillos —tres paquetes diarios hasta que le llamó (o le tocó) lo que él llamaba the big C. Nadie, ni siquiera Clint Eastwood, ha fumado en un western con la gentileza fornida de Duke Wayne. Incluso podría haber interpretado a un personaje llamado mister Gusto.

Pero en esta película Wayne cambia su panetela por tintura de opio. Acaba repleto de plomo y láudano en esta meditación seria sobre la muerte de un hombre de acción. Mata a todos sus rivales pero uno echa en falta su puro. Como todos los dioses, Big John ha muerto. Ah, muerto.

En El arrabal (The Bowery), no es otro que George Raft quien ofrece un puro explosivo a un don nadie como Wallace Beery. Para añadir escarnio a la injuría Beery, dueño de un pub, es el jefe honorario del departamento de bomberos del Lower East Side de Manhattan. Beery es el fin y el cabo de los puros explosivos, que estallan no sólo dos veces sino tres veces. Aunque nunca se da por vencido. Tampoco Raft, quien parece regentear una fábrica de cigarros explosivos. ¡Ésos, señor, sí que eran los buenos tiempos!

El mejor puro aplastado del mundo del espectáculo se debe a los Three Stooges, Unlimited. Pero en una de sus comedias más largas y chifladas, Uncivil Warriors, se las compusieron para obrar un milagro, camino hacia Catástrofe. En realidad son espías de la Unión discutiendo sus planes para infiltrarse en el ejército confederado, que se ve al fondo. De pronto, el general Ulysses (US) Mayhem lanza a lo lejos pero en primer plano un puro sano y salvo. El trío truculento se tira sobre el puro para atrapar —¡tres puros! Eso es un stogey para cada Stooge.

Después de todos esos chistes aburridos y aborrecibles sobre tarjetas de embarque que echan humo si viajas en la sección de fumadores de un avión, ¡me alegro que nadie fumara un puro explosivo en Aterriza como puedas (Airplane!) W. C. Fields tenía razón. No hay que darle sosiego al ciego.

Los puros no han sido tan tórridos en películas recientes. En El síndrome de China (The China Syndrome) (que parece un remake de El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate) pero no lo es) el malo o mejor el pesado de las aguas pesadas Scott Brady es el único fumador de puros de toda la central nuclear. Encima, se tiñe visible el pelo y gruñe audible, terrible, a Jack Lemmon. Lemmon es aquí un blando metido en podernografía dura basada en la energía nuclear. Hasta Jane Fonda, que fumaba un porro de puta en Klute, es aquí aficionada a decir que no sabe fumar cuando la pillan dándole una calada a un Camel fuera de cámara. El vehículo que viene, aerobics. Ah publicidad.

En Magic Burgess Meredith, un hombre pequeño, es el agente teatral que esgrime los puros más gordos de Manhattan. Si los fumara verticales, serían los puntos prominentes de la ciudad: grandes chimeneas marrón de humo inútil y fragante. (Ah, de Xeres.) Aunque sus puros vienen en tubos de cristal, Burgess es generoso con ellos. Nada de ese complejo de bella durmiente: el ataúd de cristal bien puede ser el domo del placer. Anthony Hopkins, mago de renombre, deserta pero Burgess rastrea su pista hasta el bosque en el que habita. Como gesto de paz, Burgess le da uno de sus puros a Hopkins, que es en realidad un ventrílocuo loco. Hopkins acepta la ofrenda, pero ni siquiera abre el recipiente de cristal ni fuma el regalo que contiene. Burgess debería habérselo olido. Cinco minutos más tarde Hopkins lo asesina a golpes con la cabeza de su muñeco de palo. Burgess nunca terminó de fumar su puro: no le dieron tiempo. Hopkins nunca encendió el suyo. Aviso a todos los agentes: los no fumadores pueden ser perjudiciales para su salud.

Alguien que se llamaba a sí mismo el conde Kolowrat-Krokowsky aseguraba haberse casado con la heredera de la fortuna de los Upmann. Ésta podría ser la heredera de los puros holandeses, no los habanos. Me recuerda a Warren Beatty casándose con una Stockchard Channing bella gracias a la personne interposée de Jack Nicholson tratado como personne (que quiere decir don nadie en francés) en Dos pillos y una herencia (The Fortune). Es una boda por poderes: todas las odiosas falsificaciones del amor son una misma y sola. Por cierto, Beatty llevaba bombachos y un bigote a la Ameche y fumaba puros que, bajo su cabello negro, alisado y acharolado, parecían de medio pelo. Eso es lo que fuman los timadores de café con leche en las beatitudes banales de Beatty.

Corazonada (One from the Heart) es un musical muy maltratado pero hace por los puros lo que El Padrino (The Godfather) hacía por las armas y los hijos: de la famiglia avant toute chose o la familia viene primero, grave graffito. Pero aquí encontrarán a esa muchacha Kinski una doble de Marlene, como una joven Bergman, como una Lamarr lasciva y —¿por qué no?— como La Lolla, esa vulvar belleza italiana, frígida, Lollobrígida llamada Lollorígida. Esta Nastassia es en ocasiones, incluso, una audaz Audrey: délfica, draga entre sus pechos con la mano para extraer un largo cigarrillo. Luego le pide lumbre a Frederic Forrest en la noche alumbrada de neón como si fuera de día de Las Vegas. ¿Es éste el final de Rico? No es para tanto. Se trata de una comedia lírica, lívida, y Raul Julia viene al rescate de todos los fumadores de puros de América con una canción que revela que, aunque le esté cantando a Teri Garr, su letra está escrita con humo:

Bésame esta noche,

¡Que están lloviendo

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