Puro humo
Puro humo » Nota Beníssima
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en mis manos
puros cubanos!
«¿Lloviendo puros cubanos?», se pregunta Teri con total descrédito. Sabe que éste es un milagro más increíble que el dinero que cae del cielo. Julia le da un nuevo giro a la canción:
Bésame esta noche
¡Y lloverán
Chateaubriands!
Eso es lo que sale de su boca. Su corazón, sin embargo, pertenece a Davidoff.
En Lío en Río (Blame it on Rio) Joe Bologna, un Cary Grant italoamericano, fuma su primer puro —un gran veguero brasileño. Su compañera, vehemente carioca, le pregunta: «¿Qué, le gusta?». «¡Mirivilloso!», dice Bologna. «Mi marido», le confía esa mujer de Río, «odiaba los puros, tan tonto». Inversiones y diversiones, es obvio. Pero no le eches la culpa a Río, no le eches la culpa a la luz de la luna. Échasela al director Donen, que hace que la bella Michelle Johnson se acerque a dar un beso de buenas noches a su padre y reaccione, más repelida que en rebeldía: «¡Agg! Papi, apestas a puro».
Bologna olía a puros aún más grandes en Mi año favorito (My Favorite Year), pero allí personificaba a Sid César, que los fumaba grandes, muy grandes, y era él mismo un hombre grande. Un contemporáneo de César, el añorado Ernie Kovacs, era un hombre de puros enormes también. En Nuestro hombre en La Habana (Our Man in Havana) hacía que los Lonsdales más grandes parecieran mondadientes. Era engreído, arrogante, insolente, pero en esta película desafortunada era la única vida que había —y una buena pareja para Noel Coward, que era breve pero brillante. Coward el hombre con su paraguas, Kovacs con su habano en La Habana.
En Un ruso en Nueva York (Moscow on the Hudson) un Alejandro Rey pulcro, bien vestido, hace de abogado cubano en su exilio de Nueva York. Conoce la ley de la calle y lleva más de un as en la manga. Pero cuando enciende su puro quemándole la punta se sabe que es no sólo un picapleitos sino también un impostor: cubano no es. Por supuesto que no: es de Buenos Aires. Argentino, a tu mate. O de México. Mexicano, con tus cuates. Tu tequila te delata.
El fumador más irreverente que ha habido en el cine era un tal Eddie Anderson, alias Rochester, quien en The Green Pastures se volvía una versión de Thomas Riley Marshall fulminado no por un rayo sino por una inflación súbita. Clamaba nada más y nada menos que a Dios con esta proposición inmodesta: «Un puro de diez centavos, señor».
Muchos dieron la bienvenida a los filipinos como si de los filisteos se tratara. Pero aquellos que vinieron a abuchear acabaron vitoreando. «¡Tres hurras por un buen puro!», gritaron —y les dieron a cada uno tres arras para casarse y un buen puro en señal de paz. Los puros filipinos son de lo mejor que hay al oeste de Los Ángeles y al este de Calcuta— con la excepción, por supuesto, de los timos de Java: Javanias et framboises. Ese viejo trabalenguas francés adorado por Flaubert, hombre que odiaba tanto al burgués como el filisteo entre nosotros. De ellos y para nosotros proyectó un diccionario en el que los puros son «tous infects!». Así es como demostró su caso: Maintenant, mesdames et messieurs! ¡Y ahora, señoras y señores! La pièce de résistance de notre soirée, Monsieur Flaubert par lui meme! ¡La última aerobacia de Flaubert! «Cuando era joven… cada vez que iba a un burdel con mis amigos siempre escogía a la chica más fea e insistía en hacerle el amor frente a ellos sin sacarme el puro de la boca. No era divertido para mí: lo hacía tan sólo para la galería.» (Diario de los Gouncourt, 1865.)
Los filisteos ya no están en las antípodas: están en televisión. Nada puede tener valor en televisión sin ser un objeto fútil. Eso es Marx avant l’image. De cada ejecutante de acuerdo a sus capacidades, a cada televidente de acuerdo con sus necedades. Así es como nació el anuncio televisivo. La televisión son imágenes más electrones. Entre telones los anuncios sirven para ver cómo lavan sus trapos sucios en público. Los anuncios de cigarrillos están prohibidos en Inglaterra pero no los de puros. No es que sean cricket sino, para algunos, un cri de coeur destinado al crematorio de una cerilla, una calada de vez en cuando y luego al cenicero. El eslogan más británico y más corto es «La felicidad es un puro llamado Hamlet». Claro que esto era antes de que Hamlet se topara con el gran calavera Yorick en el cementerio.
Castella, anunciados como los mejores puros británicos, tienen un spot televisivo lleno de retruécanos y panetelas. Los retruécanos están bien, las panetelas son acres. En cualquier caso son más bien Picayunos. El Picayuno es una cheruta que no es tan jejune como suena. Los Picayunos los solían fumar los piccaninnies. Todos sabemos, sin embargo, que un fuego piccaninny no tiene mucha mecha. Lo mismo puede decirse de un puro Picayuno.
Por otra parte, Panamá nos vende puros con sexo. El eslogan de su anuncio televisivo dice: «El único puro con six appeal» —y para acrecentar el retruécano un seis brilla sobre la nebulosa noche londinense. (Se me olvidaba comentar que Panamá es una marca y no un país de América Central, con muchas emisoras pero un solo canal.)
Un crucero de lujo en alta mar. Luego —un aviso en voz alta, seguido de otro anuncio en voz aún más alta: ¡El barco se hunde! En el bar, recostado sobre la barra de caoba y vistiendo un traje blanco y un sombrero panamá, hay un hombre— ¿o no? Lo que sigue es confusa confusión, el hombre sigue el ejemplo, corriendo. Sauve qui peut! Pero el hombre de blanco se controla y vuelve al bar y a la barra para encender un puro del paquete que había dejado detrás. Insertar: un puro Falstaff. Fumando pero calmo, tranquilo y astuto, el hombre con el puro Falstaff se dedica a abandonar el barco como un cobarde: ha escondido una peluca rubia bajo su sombrero panamá. Ahora su traje blanco se convierte en un vestido de seda y deja caer los pantalones (no podría estar vistiendo faldas porque no era escocés) para embarcar en el último bote salvavidas, mientras la tripulación y la turba gritan, «¡Mujeres y niños primero!».
Créanlo o no, lo que acaban de presenciar es un anuncio televisivo británico para un producto británico: los puros Falstaff. Es evidente que Falstaff es un puro para pillos. Es eso o que los creativos publicistas de Falstaff son fulleros. O fallan. Los canales privados de la televisión británica emiten anuncios de tabaco de pipa y de puros, como se ve, en apuros.
En el pasado ha habido grandes campañas del tabaco de pipa, como los anuncios de Saint Bruno y de puros y de puritos, como el famoso eslogan de Hamlet, «the mild cigar not the excessive play» («el puro suave no el héroe excesivo»). La mayor parte de los anuncios cuentan una historia o hacen un chiste para avivar el vicio, pero el anuncio de Falstaff echa fuego por los ojos, al menos para mí. Todavía hay seres humanos, aun fumadores de puros, que, trabados en el dilema de salvar su cuerpo o su alma, elegirán lo último —aunque eso suponga, en vez de un infierno de llamas y humo y pecadores un cielo de arpas y sin puros para los puros.
¿Qué pasa con los anuncios que vendrán? Aquí están: una marca de puros llamada Rosebud. Una litografía de un trineo que lleva un Rosebud pintado, ya destiñéndose. Las llamas han comenzado a tornar el Rosebud gris, luego carbón, luego azul ceniza y el nombre arde, friéndose en chispas por un momento. Luego se esfuma el humo en el humo.
Están los nombres de distintos puros de la misma marca. Kanes (grandes, calvos y gordos, como un Churchill), Lelands (panetelas largas y elegantes), Bernsteins (una cheruta que se pronuncia «Berns teen»). Orson Welles debería narrar los anuncios. No es un hombre demasiado difícil de convencer si uno se asegura de proveerle con una buena petaca. Otro anuncio podría tener a Joseph Cotten de «Joe Leland». Ahora es un fumador de puros, un hombre de mundo, un connoisseur. Si es nuestro hombre de habanos carente de habanos, muéstrese la secuencia de Ciudadano Kane (Citizen Kane) (blanco y negro) donde se le ve viejo, sentado decrépito en una silla de ruedas en la azotea del asilo de ancianos. Su voz suena muy, muy vieja mientras conversa con el «reportero». Está diciendo: «Oye, chico, ¿no tendrás por casualidad un puro? Hay un médico joven aquí que piensa que voy a dejar de fumar». (Corte a un rato después.) «¿Estás absolutamente seguro de que no tienes un puro?»
REPORTERO: Mr. Leland, ¿qué es lo que sabe de Rosebud?
LELAND: ¿Rosebud? Oh, le diré una cosa en la que me puede echar una mano.
REPORTERO: Pida por esa boca.
LELAND: Cuando salga, pase por el estanco, ¿quiere?, y me manda un par de puros.
(Corte al actor Joseph Cotten hoy en día con color. Aparece ante la cámara en forma y vigoroso):
COTTEN: Entonces le dije a Mr. Thompson, el reportero, el nombre de mis puros favoritos —puros Rosebud, por supuesto. Recuerdo que le dije
(Corte de vuelta a la escena de Citizen Kane) ¿No se olvidará de los puros? (Corte al actor Cotten hoy en día en color) ¡¡Claro que no se olvidó!! (Sonríe.) Ni yo tampoco y eso que ya ha llovido desde la primera vez que pedí un Rosebud, el mejor puro del presente que trae de vuelta lo mejor del pasado. (Saca un puro, lo enciende y exhala una bocanada.) ¡Rosebud, el puro que se hace humo para la eternidad! (Sonríe de nuevo, da una calada, etcétera.) ¡Y lo que vale! Quiero decir su valía, no lo que cuesta. Es un Rosebud y cualquiera se lo puede permitir porque es el más barato, ¡y el mejor de los puros!
(Mr. Cotten sonríe y acaba envuelto en el humo de su puro. Denso, denso. ¡Muy denso! Cotten em pieza a toser como un hombre camino de ahogarse.)
Fin repentino del anuncio.
En Low Tar, es decir, bajo de alquitrán, cómicos televisivos como Jackie Gleason, hombres de bocanadas y bocadillos, fumaban puros frente a las cámaras de televisión y cigarrillos en las películas. A diferencia de George Burns, esos hombres sólo fumaban habanos. Como una tautología triple Ernie Kovacs estaba en La Habana para interpretar al antagonista de Nuestro hombre en La Habana (Our Man in Havana). Kovacs siempre llevaba tres Lonsdales enormes en el bolsillo de su chaqueta más otro ya encendido en la boca, sonriendo y fumando. Fumaba con avidez, contento de tener sus habanos en La Habana mientras duraran. Su siguiente película fue Despiértame cuando se acabe. Danny Kaye como Gaylord Mitty, un avatar de Walter, fumaba con indiferencia un «habano hecho a mano». Pero también hay, ay, habanos hechos a máquina. Guardo sobre mi escritorio una caja vacía de Partagás que es un memento mori: tiene una nota que especifica que los puros están todos hechos a máquina —y así matan al mito de Mitty. Dentro de poco incluso el monstruo estará hecho en la factoría Frankenstein cerca de Düsseldorf— y lo llamarán Rolf.
Aviso —Los puros hechos a mano son a los hechos a máquina lo que los libros de tapa dura a los de tapa blanda. El humo será el mismo, pero están mejor hechos y se obtiene un placer privado al tenerlos en la mano. Un puro hecho a mano es algo que, si no hechos en exclusiva para ti y para mí, parece que lo están. Poseen en verdad la cualidad y el tacto de una edición príncipe. Los tabaqueros más rápidos (que no son necesariamente los mejores) del mundo pueden hacer, como mucho, 300 puros al día.
Una máquina corriente puede manufacturar 1.000 a la hora. Para volver a tomar prestado algo de lord Thomas, un habano hecho a mano es un vintage, uno hecho a máquina es un vin ordinaire. Drácula nunca bebe vino. Un curda nunca toca uno de marca y aquí Yquem quiere decir Château d’Yquem. ¿Es esto una reivindicación del falso Davidoff? ¿La conciencia de Zino?
Un aviso de las tropas de asalto
En 1933 Adolfo Hitler dijo bien alto (bueno, por los altavoces): «Aquellos que no fuman, ¡que me sigan!». El bello Adolfo fue uno de los mayores inquisidores contra el tabaco que ha conocido el mundo —y créanme que el mundo ha conocido unos cuantos. Hitler estaba en contra de los fumadores, pero no tuvo reparo en enviar a millones de hombres (fumadores y no fumadores) y mujeres y niños a la muerte, sus cuerpos reducidos a columnas de humo que emergían de chimeneas obscenas: la pesadilla de Xeres. Por supuesto, no todos aquellos que odian el tabaco son como Hitler. Pero todos comparten un impulso fanático, desde el rey Jacobo hasta la acomodadora que viene echando humo, desenrollándose por el pasillo para decir que, señor, está usted en la parte equívoca del teatro. Hoy, una misma señal unifica la Alemania del Este con la del Oeste. Es un cartel que reza Rauchen Verboten! Se puede ver desde el momento en que aterrizas en Düsseldorf si no te llamas Rolf. Incluso antes, desde el avión a punto de tomar tierra. De alguna manera el aviso aún tiene el eco marcial de los soldados (uniformes grises, rojos brazaletes con esvásticas negras) en Berlín y desfilando Unter den Linden arriba. Pero significa, tan sólo, «No fumar», en alemán. Una contradicción en el humo: no se permite fumar puros durante el vuelo pero se aceptan los cigarrillos. Excepto si vas a Siberia en Iberia.
En todas partes aparece gente tratando de hacerte dejar de fumar, incluso extraños —sobre todo extraños. Fumar es en sí un acto íntimo y sólo las mentes totalitarias pueden concebir hacernos dejarlo por la fuerza. Hitler solía aconsejar a sus seguidores que no fumaran, como si los no fumadores fuesen un grupo elegido o una raza superior: los arios nunca fuman— salvo los vikingos con la proa puesta hacia el Valhalla. Jung ensayó con Freud al sentarlo en el sillón para curarle el vicio, como si fumar puros fuese igual a inhalar cocaína. (Por cierto: Freud fumaba y halaba.) Jung sostenía que fumar puros (él fumaba en pipa) era lo que le había causado a Freud su cáncer de mandíbula. Freud solía bromear diciendo que su cáncer no era una enfermedad psicosomática sino psicosemítica iconoclásica. Freud nunca dejó de fumar y vivió treinta años con un cáncer que no lo mató: lo mató Hitler. Un año después de que lo expulsaran de su amada, odiada Viena moría en el brumoso Londres donde reinaban Fog y Magog. Tampoco Inglaterra lo mató: lo hizo el exilio.
Nadie nunca se dio cuenta de lo mal que olían los puros hasta que se prohibió fumar en lugares donde antes había estado siempre permitido. La actual campaña contra el tabaco (hoy, como en el siglo XVI, no es más malsano pero es más sano no fumar), la pésima calidad de muchos puros y los exorbitantes precios de los habanos (e incluso de los jamaicanos y muchos manilas) hacen el famoso eslogan (alterado) de Thomas Marshall más necesario que nunca: «Lo que este país necesita es un puro para no fumar».
La prohibición de fumar ha sido siempre más religiosa que política o económica: es por el humo, presumo. Y, en sus últimas consecuencias, un movimiento reaccionario: volvemos a los tiempos, como en Rusia y Turquía, cuando el tabaco era tabú. O acaso un poco más cerca: cuando Victoria censuraba su uso de igual manera que repudiaba a Bertie, su hijo fumador. Hoy, aquellos que prohíben el tabaco, igual que quienes prohibieron el alcohol en los años veinte, crean nuevos transgresores. Éstos son, en su mayoría, jóvenes es decir jóvenas. Es, de hecho, una demostración de independencia irreverente tanto hacia el padre como al predicador que hoy en día las jóvenes fumen más que nunca. Todavía más: lo hacen en masse, en todos lados: en casa, en el trabajo y, principalmente, en la calle. Puedes ver chicas preciosas por delicadas fumando por la avenida, de paseo por el parque y en otros lugares públicos de todo el mundo —y todas ellas fuman con cierta altivez. Resultan insolentes porque la mayoría son, al menos en Inglaterra, blancas, jóvenes y solteras. Aunque una oscura gitana promiscua, Carmen, la fumadora de papeletes, les habría dado el visto bueno. Carmen Jones, su colega negra americana, habría cantado en solidaridad. Solidarias pero no solitarias.
En Carmen, esa ópera llena de humo y fatalismo, el telón se alza sobre una plaza de Sevilla «con una fábrica de tabaco a un lado», como precisa el libreto. Un coro de chicas raudas salen de la fábrica alegres fumando cigarrillos. Todas desfilan por la plaza. La audiencia que asistió al estreno salió escandalizada, como sucedería posteriormente con Oscar Wilde. ¡Mujeres fumando en el escenario! ¡Realmente! Pero ¿qué habría dicho el público parisino si en vez de gitanas hubiese visto secretarias, turistas y ociosas, graciosas, preciosas chicas yendo a todos lados como un coro —todas caminando, todas fumando?
Chicas, chicas, chicas, todas fumando cigarrillos, como podemos ver cualquier día claro en las calles de Londres, la antigua capital del mundo ahora sumida en simio facsímil —à la King Kong— de Nueva York. Dice el Evening Standard londinense citando a un experto americano: «Vayan a cualquier centro comercial o a un concierto de rock y verán niños fumando». Entre los adolescentes hay más chicas que chicos que fuman hoy en día, justo lo contrario de lo que sucedió en las décadas de los cincuenta y los sesenta según el príncipe Valentí. (¿Recuerdan de Puig Mujeres que fuman?) Uno de los reclamos más atrevidos para las fumadoras es un nuevo cigarrillo llamado Satin. Suena en realidad como Satán. ¿Te acuerdas de Lucifer, la cerilla que prometía fuego y azufre? Sé doña Diabla, enciende uno y prueba un Satin. Ésta es una reivindicación de E-330, aquella joven promesa que, hace tiempo, vivió en el futuro.
El periódico británico sugiere que es un vicio del siglo XX. Pero que las mujeres fumaran puros era una costumbre española desperdigada por toda Europa —por no mencionar Cuba y Suramérica. George Sand fue la más probada (y réproba) fumadora de su tiempo. Pero, aparentemente, no lo hizo como provocación, como sus pantalones y su levita y su corbata— por no hablar de sus amantes. Desde el final del siglo XIX (ya no más el fin de siècle) pocas mujeres se atrevieron a fumar puros en público pero lo hicieron en privado en sus casas, zenanas de pecado. ¿Por qué las mujeres no podrían ser como los hombres? Marilyn Monroe tenía, como siempre, una teoría sobre el tema. En La tentación vive arriba (The Seven Year Itch) le confía a Tom Ewell, que trata de dejar el vicio: «Había una chica en el club que sólo fumaba puros». Y aquí está la opinión de Marilyn sobre esta extravagancia: «Personalmente, creo que sólo lo hacía para parecer mayor». Y también más mortífera, como testimoniara Bonnie Parker, que siempre portaba una cheruta entre los labios pintados pero con el dedo esmaltado en el gatillo: tanto ella como su arma estaban que echaban humo a la primera de cambio de sexo.
Algunas mujeres nacieron para fumar; otras tan sólo adquieren el hábito; a otras las impelen a que lo adquieran. Ella conocía el placer verdadero del cigarrillo; y lo sobrellevaba con el mayor agrado y acaso por toda la gracia que conlleva era algo afín a ella misma, que era pequeña y delicada, flaca aunque curvilínea y modelada con puro primor.
Confessions Unfinished. Anónimo
En La conciencia de Zeno[46] un hombre, Tom Ewell de Trieste, trata de dejar de fumar cigarrillos. En Un mes de abstinencia (Cold Turkey), la película, toda una ciudad lo intenta. Aún no he visto una película o una obra de teatro ni he leído un libro en los que un personaje trate de dejar de fumar puros. Al contrario, el señor fumador de puros, sin el menor alboroto, ni lo intenta. No se encuentra atrapado por un vicio sino disfrutando de sí mismo. Un escritor, dijo Conrad, tiene que tener su justificación en cada línea y un fumador, digo yo, la tiene en cada fuma —o no la tendrá nunca. Algún otro, por supuesto, intentará que deje el placer de la compañía que brinda su panetela. Estos días puedes sentir las punzadas de Mark Twain no una sino dos veces. Se va usted al cine del barrio, donde la antigua casa encantada ha dejado paso a cuatro o cinco salas crasas, escasas, o mejor cajas de zapatos vacías donde exhiben una película mediocre como la Mayor Producción desde que Dios Creó el Cosmos. (Los fantasmas gaseosos de Madam Blavatsky eran más divertidos, no hay duda.) O va usted a una librería amiga, de pronto transformada en un montón de anaqueles repletos de libros de tapa blanda, que son olvidados tan pronto como se publican (incluso por el autor) pero que no desaparecen por completo de los anaqueles como frutas podridas en un árbol demasiado alto para escalarlo.
O va usted a algún restaurante exótico (pakistaní, tailandés o italiano de Ischia) y te plantan el aviso de reconocimiento de las nuevas ordenanzas de la salud pública: NO FUMAR. Es entonces cuando se siente uno (o dos) como Mark Twain a bordo de un vapor en The Innocents Abroad. Aseguraba haber «recogido mucha información por la tarde». Toda en su primer paseo por cubierta. Ésta es la información que obtuvo en una tarde: «En una ocasión subía a cubierta cuando la popa de la nave apuntaba hacia lo alto; estaba fumando un puro y sintiéndome bastante cómodo. Alguien voceó: “¡No fumar detrás del timón!”».
Bueno (éste soy yo de vuelta de mi viaje con Twain), desconozco si se puede estar sobre el timón en un cine o pateando la cubierta en una librería o con la popa apuntando hacia lo alto en un restaurante, pero en todos esos lugares me he quedado aturdido con un nada familiar rito de travesía cuando alguien grita con el Snark, por así decirlo, a la puerta para:
«NO FUMAR»
hacer la policía con distintas voces. Nadie llamó señor a Mark Twain, ya que la voz que le gritaba pertenecía a un tal capitán Duncan. Pero puedo garantizar que yo también me he quedado de piedra ante un parecido
«NO FUMAR»
en los gritos y avisos producidos por acomodadores molestos, libreros cabreados y camareros italianos de tres tenedores —e incluso por algún friegaplatos que salía de una cocina maloliente y humeante. Ya desde los tiempos de Mark Twain fumar no es lo que era: un placer público. Ahora se ha convertido en el único vicio furtivo. Aún me queda por ver la señal de «NO HAGAN RUIDO AL ESNIFAR» y que no se refiera, por supuesto, al rapé. Las señales contra fumar están en todos lados: multilingües, visibles, compulsivas, legales, desleales. Algunas advertencias están en alemán y suenan como propaganda nazi del Tercer Reich.
Pero los italianos, como siempre, son apáticos: «Fumare e Molto Pericoloso», lo que suena más como unas instrucciones para poder tocar la flauta. Los franceses suenan corteses pero llenos de intensidad pasional: «Ne Pas Fumer, S. V. P.». La dicotomía (o hipocresía, si gustan) es que en esos tres países (como en España) las campañas contra el tabaco están promovidas por el gobierno —¡que controla el monopolio de tabaco y vende cigarrillos con mayores gastos en publicidad de lo que emplean para advertir a la gente contra fumar!
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Si usted fuma, entonces ya está al corriente de lo difícil que es tratar de dejarlo. Hay una razón. El tabaco genera en su organismo una necesidad de nicotina que es una pasión incombustible.
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la reduce y poco a poco la extingue, ya que actúa como un sustituto de la nicotina. También anula el efecto tóxico que la nicotina produce en su sistema nervioso, eliminando así todo deseo. Si quiere dejar de fumar
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es la solución a sus problemas.
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Ahora sé por qué el doctor Pretorius, un rufián romántico, sonaba tan apologético cuando le confesó al monstruo que fumaba puros —su único vicio. Era, por supuesto, porque el buen doctor Pretorius era apologético. Por fumar su puro, había quedado recluido en una cripta decrépita, vieja, hundida: savoir vivre sólo es posible ahora entre cadáveres.
En cualquier caso, cuando todo quede dicho («Los cigarrillos pueden hacer un agujero en el bolsillo») y hecho («Que se prohíba fumar ya —y disparen contra ese bastardo cuando vean el gris de su humo»), aún podré volver de nuevo a nuestro amanecer y retornar y retocar.
Entonces Chris Columbus, el cómico ítalo-americano con su nombre sobre el título (¡America! ¡America!), un primo cartello en el Nuevo Mundo, se volvió hacia el chamán tras la chamada, un showman que por fin capta que su acto no ha tenido impacto ni se adapta a bailar el Khan Khan. Con tacto, pero simpático, rechazó la oferta del segundo puro de la historia —De Xeres estuvo allí antes ¿recuerdan?— Colón cambió colores cual camaleón dulce y amable, como debe ser en un descubridor. Y el primer no fumador que consta en acta solicitó con una genuflexión que se le excusara para decir por último el primero:
«¿Le importa si no fumo?»