Puro humo

Puro humo


Ta Vague Littérature

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Ta Vague Littérature

Desde sir Walter Raleigh quien, según algunos, murió fumando, hasta Evelyn Waugh, que fumó durante toda su vida creativa, el acto de fumar se menciona más en textos en inglés que en ninguna otra literatura occidental. O, en cualquier caso, mucho más que en las literaturas hispánicas. España, como sabemos, descubrió el tabaco al mundo y fue un español el primer europeo que fumó. No obstante, no se ha escrito gran cosa en español que tenga que ver con el tabaco en general y con los puros en particular. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que es en inglés donde más abundan las referencias al tabaco: al rapé, a los puros, los cigarrillos, la pipa o mascar tabaco —más incluso que en el conjunto de todas las demás lenguas occidentales. El inglés es la lengua del humo. ¿Dónde, si no, puede uno encontrar un vocablo que designa aquella prenda confeccionada con el sólo propósito de sentirse cómodo en casa, el castillo del inglés, y fumar? En Francia y en España aún hoy se llama smoking al traje de etiqueta nocturna, pronunciándolo esmoquín. Un lugar típicamente británico es el Salón de Fumadores y en cockney se conoce a Londres como The Big Smoke. Una pipa, en la mayoría de las lenguas europeas, es lo que conocemos como una pipa (según Magritte) pero el vocablo fue acuñado por un inglés, John Florio. Aparte del tabaco aborigen, el puro es la mayor contribución del español al lenguaje del humo: vitola, breva, panetela, corona, regalia así lo atestiguan. ¿Y qué pasa con el cigarrillo? Como dice el cuplé, «fumando espero»— o es pero…

Citar lo que los escritores opinaron sobre el acto de fumar puede erigirse en una antología de Salón de Fumadores. Lo mismo se puede decir de una antología sobre el vino. Pero el vino ha atacado al hombre (o al revés, el hombre ha catado el vino) por cuatro mil años. Sin contar los bisiestos. Una de las primeras tareas acometidas por Noé tras el diluvio fue la de plantar una viña —y la siguiente fue beberse su vino y emborracharse. Como tantos otros borrachos, se deshizo al momento de sus ropas: Cam lo vio desnudo. Después «Noé se despertó de su embriaguez». Esto, Génesis 9:24, es probablemente la primera resaca jamás registrada. Pero Homero puede ser también citado en lo que al vino se refiere. No solamente aprovecha cada oportunidad que se le presenta para llamar al océano oscuro como el vino sino que tiene, en La Odisea, una oda al vino: «… pues me empuja a ello el insensato vino, el que induce a bailar al más prudente, a cantar, a reír…». Pero el tabaco fue descubierto para Europa hace menos de quinientos años. ¿Qué pasa entonces con el café? ¿O el té? ¿O el chocolate? Me quedo con el café, pero el té no es lo suficientemente universal, gracias. El chocolate es una bebida bastante original. La mayoría de las veces aparece en forma de barritas Hershey o de bombones belgas. No habrá muchos escritores que concedan que beben chocolate mientras trabajan. O que el té te hace soñar como un opio legal. Además, soy yo quien escribe este libro y, entre el té y el tabaco, me quedo siempre con el tabaco— lo fumo y lo aspiro y lo expiro pero no lo masco. Nil aspirandum.

Para quienes prefieran, con Mallarmé, el humo de su puro escrito en tinta y no vuelto imágenes, que se muevan o no, he aquí una antología que comienza en el siglo XVIII pero aún no ha terminado: es mi libro tan sólo el que se acaba. Ninguna elegía podrá ser el canto del cisne del cigarro. La última palabra, en cualquier caso, es, como una selección suprema, casi una mujer. Y pertenece al pobre poeta que jugó en serio con palabras y hojas en blanco y versos: esos borrones que hacen de mi escritura, de nuestra escritura, de toda escritura una vaga literatura, una vana gloria, una vana causa —aunque algunos sugieran que es, más bien, una vena humorística viciosa: son aquellos que entre el humo y el humor no distinguen la «r».

Debo confesar, no obstante, que estoy convencido de que fumar no es precisamente escribir. Los puros, de hecho, son como el cine: un arte que es industria, una industria que hace arte. Como las películas, los puros son el material de que están hechos los sueños. Llamo felicidad a sentarme solo en el lobby de un viejo hotel después de una cena tardía, cuando se han apagado las luces de la entrada y solamente se distingue, desde mi cómoda butaca, al portero en su vigilia. Es entonces cuando fumo mi puro en paz, tranquilo en la oscuridad: lo que fue antaño una hoguera primitiva en el bosque, transformado ahora en las ascuas civilizadas que relucen en la noche como el faro del alma. Al vestir mi puro en elegías, yo, el peor Tíbulo, paso a ser un vestíbulo.

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