Puro humo

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Vieja Habana, viejo habano

Todo esto lo vi reflejado en el chico con el pelo en punta en la mesa cercana. Tomó un cigarrillo de un estuche de seda negra y me acordé inmediatamente de mi cigarro.

En el Café Inglaterra, entre bombones y souvenirs, licores y cigarros, lo había elegido con un cuidado inmenso. Pensé que era tan increíble, mientras observaba el cajón que contenía una desconcertante oferta de formas y colores, estar en una tierra donde todos los cigarros eran, por lo que sabía, importados. Me demoré un minuto entre un Larrañaga y un corona de banquete y finalmente me decidí por el primero. Era tan largo como el llamado Fantasías, pero un poco más grueso y enrollado en punta por ambos extremos; y la primera calada al fumarlo, que se mecía por la ventana en una nube azul, me dijo que hasta entonces no sabía nada del tabaco. Un café tan negro que manchaba el blanco de la taza, una copa diminuta de Grand Marnier, la destilación última de naranjas y champán, y el Larrañaga, con el color de las hojas del roble, marrón fresco, combinado en una magia transcendental de gozo… El cigarro siguió velándome con su humo reflejo por otra media hora… El calor frenético del día me envolvía como un conjuro, como una malla contra el fresco, los vientos lúgubres y la lluvia del norte… Todo esto, todas las facetas de estar en La Habana, era el regalo —el peligroso regalo— de su situación, de su clima. El día cegador, la ciudad velada en la noche burbujeante, como una visión en seda pálida con luciérnagas en su pelo, no fueron más meteorológicos.

Joseph Hergesheimer, San Cristóbal de La Habana

(1921)

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