Puro humo
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Mientras hago cenizas
Para Faulkner (en Las palmeras salvajes), «cigarrillos y pijamas eran para los mujercitas y para las mujeres». El doctor que es tan arbitrario «fumaba una pipa que nunca había aprendido a fumar y sabía que nunca aprendería a saborear, entre el ocasional cigarro que le dieran sus clientes en el intervalo de los domingos en los que fumaba los tres puros que creía que podía comprarse…». Faulkner compone, en la misma novela, el mejor encendido de un puro de este lado de Edward G. Robinson: «El convicto alto…», finaliza Las palmeras salvajes, con un puro «ardiendo suave y gustoso en su mano limpia y tranquila, el humo trenzándose sobre su rostro saturnino, exento de humor, calmado». El rostro de un fumador de puros, no hay duda.