Puro humo

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Dickens y Thackeray

Thackeray siempre comenzaba a escribir con un puro en la boca. Cada nueva mañana lo encontraba levantado y dispuesto a comenzar el trabajo, aunque a veces tuviese dudas y dificultad sobre si debía emprender sus operaciones sentado o de pie, paseándose o tumbado. Frecuentemente encendía un puro, después de haber ido de un lado a otro de la habitación por unos cuantos minutos, dejaba los restos no fumados sobre la chimenea y reanudaba el trabajo con renovada alegría, como si hubiese encontrado nueva inspiración en los gentiles vapores del tabaco.

Tobacco Talk, 1897

Dickens no era un fumador tan ávido como Thackeray, pero le gustaba el tabaco. Una vez, en Lausana, conoció en una institución para inválidos físicos y mentales a un muchacho que era sordo y ciego y retrasado, pero aficionado a los puros. Dickens le dio al chico todos los cigarros que llevaba encima y, un día que volvió a pasar por allí (Dickens era aficionado a los manicomios, los reformatorios y las cárceles y los visitaba tan asiduamente como podía), dejó algún dinero con el director de la institución «para gastarlo en puros para el paciente que fuma». El director trató de revivir algún recuerdo de Dickens en el inválido pero, al no ver éste ni oír, resultó imposible. «Ah», dijo Dickens. «¡Si me hubiese traído mi puro! Eso habría establecido mi identidad.» Lo que desmiente a Casanova, que opina que fumar sin ver el humo no es fumar. Pero acaso Dickens estuviera en lo cierto, después de todo.

En Boloña, Dickens fumó un puro de despedida con Thackeray, a quien había encontrado en la terminal de trenes. Se acordó de una Lady A, «personaje en cuyo arsenal tenía una caja de puros con varios cigarros hechos de cabeza de negro». Estos puros negros, según Dickens, eran lo suficientemente fuertes como para «sofocar a un elefante en seis fumas». Pero Thackeray siempre expresó su repugnancia al contemplar a una señora «con un puro en la boca». ¿Qué es lo que, en realidad, replicó Thackeray ante la mujer del cuento de Dickens con su cabeza de negro?

Thackeray fue, de hecho, un gran fumador de puros. Ofrece, en La feria de las vanidades (Vanity Fair), pruebas fehacientes de ello —más la inmortal frase: «No le molesta mi cigarro, ¿verdad, miss Sharp?». Miss Sharp amaba el aroma de un puro más que nada en el mundo— y también probó uno de la manera más encantadora posible: le dio una fumadita con un gritito y una risita, y le devolvió la delicia al capitán, quien se atusó el bigote y, de inmediato, aspiró (el cigarro) hasta convertirlo en una llamarada que brillaba roja en la oscura plantación, y juró «¡Por Júpiter! —humm— ¡Dios! —humm— es el mejor cigarro que he fumado en mi vida, hmm», y tanto su intelecto como su conversación fueron igualmente brillantes y adecuadas a un joven y pesado dragón.

Un dragón que aspira hasta crear una llamarada roja en la oscuridad —debe ser— «¡por Júpiter! —humm— ¡Dios! —de seguro— ¡Un dragón!».

Los cigarros son esenciales en La feria de las vanidades (Vanity Fair), donde se encuentran fumadores en todo momento —incluso cuando parten para Waterloo. (La batalla, no la estación.) Y van a prisión por deudas de idéntica guisa: «Rawdon metió a su mujer en el carruaje, que partía. Mr. Wenham le había propuesto caminar hasta casa y le ofreció al coronel el solaz de un cigarro… Encendieron sus cigarros afuera, en la lámpara de uno de los recaderos y Rawdon se fue con su amigo». En ese momento, allí mismo, dos hombres acosaron a Crawley. «Ese oficial gallardo supo de pronto lo que le había acontecido. Estaba a merced de los alguaciles… “Préstame cien, Wenham, por Dios”, dijo el pobre Rawdon. “Tengo setenta en casa.” “No tengo nada parecido a diez libras”, dijo el pobre Mr. Wenham. “Buenas noches, mi estimado amigo.” “Buenas noches”, dijo Rawdon tristemente. Y Wenham se alejó.» Pero Rawdon Crawley deseaba devoto un sosiego (y una resolución): «Y Rawdon Crawley terminó su cigarro mientras el coche llegaba al lugar del juicio».

Becky Sharp incluso «le trajo su cigarro y se lo encendió». Creo que no le hizo un Gigi. ¿Recuerdan cómo la pequeña Leslie Caron sobaba y servía el cigarro a Louis Jourdan en Gigi? Rawdon Crawley, con su nombre tan, tan aburrido, había caído en la trampa, en el pasado. No por nada llamaban Sharp a Becky. Ahora, George Osborne, a quien Becky llama Cupido, exclama: «¡Dios mío, qué noche tan bella y qué luna tan brillante!». Eso es, un efecto retardado de su puro, es indudable, que él aspira y la ve ir «subiendo vertiginosamente por el cielo». Luego hace un comentario que es un vicio añadido en los personajes de Thackeray. «¡Qué delicioso este aroma al aire libre!» Como sabe todo fumador que valga sus cenizas, los cigarros huelen mejor, sientan mejor, saben mejor y son mejores bajo techo. Lo que una vez Holmes comentó sobre pensar, se aplica también al cigarro: el cuarto cerrado tiende a concentrar la atmósfera brumosa y humeante.

Dickens no odiaba a las mujeres que fumaban, sólo a los hombres que mascaban tabaco. En sus Apuntes americanos, tiene mucho que decir sobre el tema. Debería haber titulado este artículo «Un escurrir de escupideras». Así es como comienza:

En el juzgado el juez tiene su escupidera, su secretaria la suya, el celador la suya y el acusado la suya; mientras que a los miembros del jurado se les provee con tantas como hombres, por arbitrio de la naturaleza, deseen escupir incesantemente. En los hospitales, carteles en las paredes advierten a los estudiantes de medicina que escupan los jugos del tabaco en las cajas dispuestas para este propósito y que no descoloren las escaleras. En los edificios públicos, la misma táctica implora a los visitantes que chorreen en las escupideras nacionales (y no en las bases de las columnas de mármol) la esencia de sus mascadas, o plugs, como he oído que las denominan los caballeros entendidos en esta suerte de cachadas. En algunos sitios esta costumbre está indisolublemente asociada a cada comida y a todas las transacciones de la vida social.

Dickens llevaba razón sobre las escupideras, como a veces llamaba a los spittoons. Es un vicio atroz. Pero ¿qué sucedía en los Estados Unidos cuando no había suficientes spittoons? Después de haber viajado en barco por el canal, camino de las plantaciones de tabaco de Richmond, sin suficientes escupideras a bordo, Dickens escribe: «Esta mañana me vi obligado a extender mi abrigo de pieles sobre la cubierta y frotarle las manchas medio secas de escupitajos con mi pañuelo; ¡y lo único que parecía sorprendente era que me fuera necesario hacerlo! Cuando entré anoche, lo coloqué sobre un taburete a mi lado, y allí se quedó, bajo el fuego cruzado de cinco hombres —tres enfrente, uno arriba, otro debajo». Como en una de sus pesadillas, el abrigo de pieles de Dickens, ¡se transformó mientras dormía en un negro spittoon! (Esto es, por supuesto, una versión temprana de la Taza de té forrada de piel). O quid pro quos. ¿O es acaso nuestra spittalidad? Quiere decir hospitality cruzada con escupir.

Pero Thackeray era un hombre amable y tenía el concepto de un comediante sobre el cigarro, al que denominaba «el gran desahogo de los secretos». Aquí tenemos una de sus opiniones más reveladoras: «Los hombres honestos con un cigarro en su boca poseen grandes ventajas físicas en la conversación. Pueden, si así gustan, dejar de hablar, y los silencios jamás parecerán desagradables, colmados con las caladas de los cigarros. Así, no existe ningún malentendido si se termina la conversación, ninguna necesidad de impresionar…» (Véase en alguna parte de este libro lo que Groucho Marx tiene que decir sobre el tema.) En cualquier caso, back to Thack: «Los sentimientos se expresan de manera grave y asequible. No albergo ninguna duda de que es gracias al hábito de fumar que los indios americanos son hombres tan monstruosamente bien educados». ¿Está hablando de los patagones, los míticos habitantes de Tierra del Fuego? Para hacer las paces con Thackeray, debo dejarlo con una nota agridulce: un cigarro es «el fragrante compañero de la soledad», escribió. Es probable que fue por esta razón que su hija, preguntada por su infancia, dijo: «Puedo recordar que, en una ocasión, a través de una nube de humo…». No digas más, ése era tu padre después de cenar.

Pero se les hizo honor a ambos, en cierto modo. Thackeray tiene una calle que lleva su nombre y Dickens un cigarro. Según Tobacco Talk, «Los empresarios de tabaco de Londres decidieron rendir un homenaje cubano a Charles Dickens. Se creó un acertado purito que cuesta sólo un penique, y se le bautizó con el nombre de Pickwick, que aún conserva su popularidad». ¿Un Pickwick por un penique? Una broma con bromuro. Pero eso era en 1897. ¡Ah, ésos sí que fueron buenos tiempos!

Una frase final de La feria de las vanidades, libro que literalmente no puede existir sin su puro, resume la filosofía de Thackeray: «Ya acabo. Paga las cuentas y consígueme un cigarro».

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