Puro humo
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Daños y años del tabaco
Existen muchas fotografías que muestran a Anton Chejov como un fumador entusiasta y elegante. Es, de hecho, el más fotografiado de los autores rusos del siglo pasado y fumaba con avidez, sobre todo puritos. Ahí está, con una pequeña panetela en su mano o en su boca, Chejov mirando a la cámara (y a nosotros) con ojos inteligentes tras los quevedos y, no obstante, con dulzura en la mirada: el escritor es su escritura. Vive en el siglo XIX pero posee también su aura moderna. Chejov fue un tuberculoso la mayor parte de su vida, pero, al ser médico no se recetó abstinencia del tabaco o de otra gratificación oral semejante. Justo antes de morir pidió a su esposa una alta copa de champaña. Murió en Badenweiler, su último refugio alemán.
Un biógrafo comenta que, mientras estaba en Yalta, donde pasó algún tiempo tratando en vano de curarse su tuberculosis, Chejov «cayó bajo la influencia de Tolstoi, pero pronto rompió filas con Tolstoi». Una parte de esta filosofía de la negación tiene que ver con fumar. Tolstoi, escritor que renegó la literatura, dijo varias cosas acerca del tabaco que eran meras tonterías. «La nicotina narcotiza la consciencia… fumar tiene como objetivo anular la razón… La necesidad de fumar se acentúa a medida que el hombre necesita amordazar sus remordimientos.» Cosas así. El credo de Chejov era bastante más simple: «Mi oficio es tener talento». Y eso, por supuesto, lo tenía. Mucho. Tal vez demasiado para su bien. Chejov fue sin duda descendiente directo de Gogol —quizás el único— en la literatura rusa. No pudo buscar consuelo en la locura como hiciera Gogol y, en cambio, encontró un paliativo en la tuberculosis. Al contrario que Tolstoi nunca dejó de fumar —o de vivir. Hasta su muerte.
Chejov escribió, à propos, una obrita divertida titulada Sobre el daño que hace el tabaco. Una suerte de ponencia como monólogo dado por uno de esos personajes chejovianos, enfermos de la vida, holgazanes, neuróticos todos. El ponente, Ivan Niujin, ha dado otras charlas antes. Una versaba sobre el daño causado por los insectos —especialmente las chinches. El ponente no es prepotente sino fumador y su ponencia es de encargo— encargada por su mujer. El mayor ejemplo que ofrece sobre lo perjudicial que puede llegar a ser el tabaco es encerrar una mosca en un tarro de tabaco: ¡Morirá al instante! Da una pista al decir que el tabaco es, en realidad, una planta. Luego confiesa sus secretos más íntimos. Su esposa es profesora de música y es ella la que tiene dinero. El ponente no tiene un kopek y debe hacer todas las tareas domésticas de su casa. La ponencia desemboca en la música, en lecciones de ballet y en el emplazamiento de la escuela, en el número 13 de Piatisobachi.
El ponente considera esta dirección particularmente desafortunada. «Sobre todo», confiesa, «ese número 13». Da a entender que es tan mal bebedor que se agarra la peor borrachera con un solo vaso. En un paroxismo de sinceridad, un desnudo moral sin burla, se despoja por último de su chaqué: «Con el que me casé hace treinta años». De pronto mira su reloj y exclama: «El tiempo asignado para esta ponencia se ha acabado». Pero, al tratar de dejar el estrado, echa una ojeada a los lados y ve a su esposa entre bastidores. Rápidamente se resitúan el ponente nada prepotente y sus papeles: «Una vez admitido que el tabaco contiene este terrible veneno del que les he venido hablando», es su posdata, «no puedo sino aconsejarles terminantemente que no fumen». Y, como colofón: «Espero que esta charla mía, titulada Sobre el daño que hace el tabaco, sea beneficiosa para todos ustedes». Dixi et animam levavi.