Puro humo
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El viejo tenía razón
El relato de Jack London «Encender un fuego» no solamente te enseña cómo encender un fuego sino sobre la conveniencia de llevarlo contigo si te encuentras en las regiones árticas. En este cuento inexorable, sobrecogedor, sobre la vida y la muerte en el Yukón, un joven cateador (buscaoro por más señas), cuya mayor «desgracia era que estaba desprovisto de imaginación», se ve en serias dificultades. Era testarudo, como la mayoría de los tipos sin imaginación. Además el muchacho mascaba mucho. Este cateador se fue una mañana del campamento solo, sin compañía. Afuera hacía más (o mejor dicho, menos) de cincuenta y cinco grados bajo cero Fahrenheit. (¿Cuánto es eso en Celsius?) «Estaba mascando tabaco» cuando se largó solo —o acaso sólo seguido por su perro, que trotaba a sus pies. Vean cómo se veía el mascador de tabaco la última vez que fue visto: «Un bozal de hielo unía sus labios tan rígidamente que le era imposible limpiarse la barbilla para escupir el jugo. El resultado era una barba de cristal, del color y la solidez del ámbar». Una verdadera escupidera en el infierno bajo cero. London, que conocía bien a esta gente, añade: «Era el castigo que todos los mascadores sufrían en este territorio». Sufrió un castigo más severo que la imagen repulsiva que ofrecía al día siguiente, cuando encontraron su cadáver: una carcasa congelada. El joven murió tan terco como era tratando de encender un fuego para calentarse antes de que el lívido sol de invierno se ocultara. De haber sido un fumador, habría llevado consigo ese fuego promisorio que fútilmente había intentado encender. El último sueño que tuvo este mascador temerario fue «una visión del Viejuco». (Éste era el nombre que daba al explorador experimentado que le había advertido acerca del frío asesino del Ártico.) En su sueño «podía verlo claro, caliente y cómodo y fumando una pipa». Existe un refrán ritual que corre a lo largo del relato. Dice: «El viejo tenía razón».