Puro humo

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El hombre que fue humo

Chesterton, que era fumador y gentleman, pregunta en El hombre que fue jueves, adecuado, educado:

—¿Puedo fumar?

—¡Por supuesto! —dijo Gregory, sacando su petaca. Pruebe uno de los míos.

Syme escogió un puro, sacó del chaleco una guillotina y amputó el extremo, se llevó el puro a la boca, lo encendió con calma y después echó una larga bocanada de humo. Y es muy a su favor que realizara este rito con tal compostura…

(De hecho, todo es a favor del cigarro: la flauta mágica.)

… porque, apenas había comenzado, la mesa empezó a girar frente a ellos, al principio de modo casi imperceptible y después con toda rapidez, como en una insana sesión de espiritismo.

(¿La graciosa gravedad del gregario Gregory?)

«No haga usted caso», dijo Gregory, «es una suerte de tornillo».

(Por supuesto que no era «una suerte de tornillo» sino el efecto de una panetela paranoica.)

Un momento después, el humo del puro, que hasta entonces serpenteaba por el aire del cuarto, subió recto como por la chimenea de una fábrica, y los dos, con su mesa y sus sillas, se hundieron igual que si se los hubiese tragado la tierra… Syme continuaba fumando con las piernas cruzadas, tranquilamente, sin que siquiera se le alterara una cana rubia.

(¡Vaya cigarro! ¡Vaya fumador! ¡Lo que un puro puede hacer por ti! Por favor, adviértase el Efecto De Xeres. Pero aún hay más dentro del puro.)

Pasaron por diversas galerías semejantes y aparecieron por fin en una estancia de muros curvos de acero, casi esférica…

No hay duda: estaban dentro de un puro hueco —o acaso en el corazón de la vitola.

… a lo largo de las paredes colgaban unos objetos de aspecto aún más chocante y horroroso, objetos que parecían bulbos de plantas metálicas o los huevos de un pájaro de hierro. Eran bombas. Y el cuarto mismo semejaba una bomba por dentro.

(No hay duda: ¡ése sí que era un puro explosivo! No es de extrañar que «Syme apagara su puro contra el muro» antes de entrar. Éste es el sueño de un fumador convertido en pesadilla. ¿O tal vez los efectos del puro que Syme, «el poeta convertido en detective», estaba fumando? Ya que solía fumar «un puro largo, delgado, negro, adquirido en el Soho por dos peniques». ¡Dos peniques! ¿Dos peniques? Es peor de lo que dijo Rily. No es de extrañar tampoco que Syme paseara «por el Embankment del Támesis, mordiendo amargamente» su puro y «rumiando sobre el avance del anarquismo. No había anarquista con una bomba en el bolsillo que fuera más salvaje y solitario que éste». Eso es lo que fomentan los puros baratos: mera anarquía que se expande por el mundo. La Segunda Venida de Yeats es un puro de cinco centavos reptando hacia un estanco en Belén.)

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