Puro humo

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Mi primer puro

No fue en mis cámaras universitarias sino trescientas millas más al norte donde aprendí a fumar. Pienso que puedo decir con seguridad que nunca se fumó anteriormente un primer puro en tamaña circunstancia.

Por entonces yo era un estudiante que vivía con su hermano, que ya era un hombre. La gente malinterpretaba nuestro parentesco y pensaban que yo era su hijo. Me preguntaban cómo estaba mi padre y, cuando mi hermano lo oyó, me miró con el ceño fruncido. Incluso hoy día luzco tan joven que la gente que me recuerda de muchacho piensa ahora que debo ser el hermano menor de mi muchacho. Podría relatar una confusión de ese tipo bastante reciente, pero de momento pienso en la tarde que nació la hija mayor de mi hermano —acaso el peor momento que mi hermano y yo hayamos pasado juntos. Hasta donde puedo recordar el incidente ocurrió muy de improviso y lo lamenté tanto por mi hermano como por mí mismo…

Estaba él riéndose y bromeando en lo que me pareció una actitud poco seria, considerando las circunstancias. Cuando tocó a mi puerta agarré mi libro y leí tan inmerso como pude. Venía pavoneándose un poco, pero su pavón desapareció en cuanto me echó el ojo.

Me imagino que había venido a contármelo, pero ahora no sabía cómo empezar. Anduvo sin parar de un lado a otro de la habitación, mirándome cuando venía de frente mientras que yo lo observaba cuando se daba vuelta. Al rato se sentó de nuevo y tomó su libro. No trató de fumar. El silencio era tan terrible que no se oía nada salvo una ascua ocasional que saltaba en la chimenea. Todo duró como unos veinte minutos y luego cerró él su libro y lo arrojó sobre la mesa. Supe que el juego se había acabado y cerré Anne Judge, Solterona. Entonces dijo, con jovialidad afectada, «Bueno, joven, ¿sabe que es usted tío?». Hubo de nuevo un silencio, ya que yo trataba de pensar en algún comentario apropiado. Después de un rato dije, con un hilo de voz, «¿Niño o niña?». «Niña», respondió. Volví a cavilar y casi al momento me acordé de algo. «¿Están las dos bien?», susurré. «Sí», dijo severo. Sentí que se esperaba de mí que hiciera algo monumental, pero no podía saltar y estrecharle la mano. Ya era tío. Alargué mi brazo hasta la caja de habanos y, firme, encendí mi primer puro.

J. M. Barrie, My Lady Nicotine

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