Puro humo
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El menor fulgor rojizo
Y más tarde, en muchas ocasiones, en distintas partes del mundo, Marlow se sentía dispuesto a recordar a Jim, a recordarlo minuciosamente, en detalle y de manera audible.
Acaso ocurría esto después de alguna cena, la escena en alguna terraza coronada de quietas hojas y de flores: en esa profunda oscuridad en la que brillaban las colillas fieras de los cigarros. La prolongada forma de los sillones de junco ofrecía descanso al oyente silencioso. De cuando en cuando, un rojo fulgor de fuego se movía bruscamente, esparciendo claridad por los lánguidos dedos de la mano, parte de algún rostro en profundo reposo o un chispazo escarlata sobre unos ojos pensativos sombreados por la frente sin arrugas: y, con la primera palabra pronunciada, el cuerpo de Marlow, tendido en descanso sobre el sillón, se quedaba muy quieto, como si su espíritu hubiera volado hacia un espacio de tiempo más o menos lejano y estuviera hablando, por sus labios, el pasado.
Joseph Conrad, Lord Jim (1900)