Puro humo
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Hemingway: Mr Way
En Fiesta, Hemingway comienza el día fumando: «Por la mañana bajé por el boulevard hasta la Rue Sufflot a tomarme un café y un brioche». Allí «leí los periódicos con el café y luego me fumé un cigarrillo». Más tarde, ya de Jack Barnes, va a trabajar: «Arriba en la oficina leí los matutinos franceses, fumé y después», y sólo después, «me senté a la máquina de escribir» ya que «en eso de la prensa… es una parte tan importante de la ética profesional que no parezca que se trabaja». Aun tarde, a la noche, se encuentra con su amante y el amante de su amante, un conde griego. El conde observa a Brett desde el otro lado de la mesa bajo la luz de gas. Ella fumaba su cigarrillo dejando caer la ceniza sobre la alfombra. Lady Brett, toda una dama, vio a su antiguo amante que se daba cuenta de todo. Era tan ordenado, como impotente. «¿No puedes darle un cenicero a este chico?», le dijo. Mientras tanto, el conde «sacó una petaca de piel y me la ofreció. “¿Quiere un genuino puro americano?”». ¿Qué podía ser eso? Espero que no sea un cigarro de cinco centavos. «Gracias», dije, «voy a acabar mi cigarrillo». Luego, el conde se dedica a «cortar la punta de su puro con una guillotina de oro que llevaba a un extremo de la cadena del reloj». Las guillotinas eran muy útiles para saber la hora entonces. «Me gusta que el puro tire bien», dijo el conde. A mí también.
De hecho, mi puro más joven tira lo suyo. «La mitad de los puros que se fuman no tiran.» La otra mitad tiran la casa por la ventana. «No bromeo.» El conde exhaló una bocanada de humo fresco. «No bromeo, nunca bromeo. Ándate con bromas y te crearás enemigos.» ¿Me lo dice a mí? «El conde se veía radiante. Muy feliz… estaba fumando su puro de nuevo.» El resto del libro es todo toros y cuernos: en la plaza, en las calles e incluso en la cama. Uno de los toros es un dilema con cuernos. El pobre Jake no sabe por dónde tirar pero Brett sí lo sabe: por el rabo.
En su último libro que es probablemente su segunda mejor apuesta para la posteridad, París era una fiesta, él, E. H., nunca menciona el tabaco, ni siquiera ese vaho que surge de la boca en el invierno europeo. E. H. decía apreciarlo tanto que vivió el resto de sus días en el trópico. Aquí está Hem (todavía no era Papa sino Ernest para los amigos y Tatie para su primera mujer) hablando de Gertrude Stein, una de las más sublimes obsesiones del escritor: «Acabó pareciendo un emperador romano, que está bien si te gusta que una mujer parezca un emperador romano». También dice de la casa de ella, escribiendo desde la finca Vigía, en La Habana, Cuba, que «era triste ver las nuevas telas baratas colgadas al lado de cuadros excelentes». De hecho tenía en La Vigía, en el comedor, La Masía —probablemente la obra maestra de Miró— colgada junto a lo más trivial y trillado de la pintura cubana —aparte de las cabezas disecadas de gacelas, kudus y búfalos. Era triste la verdad.
Dicho sea de paso, en París era una fiesta, Hemingway dice de Gertrude Stein que su cabeza estaba cubierta de «pelo inmigrante». No puedo evitar ver el pelo rizado de la señora Stein sobre su «cabeza de emperador romano» navegando de un lado a otro, de la nuca nunca al frontón etrusco, siempre moviéndose ese pelo inmigrante para el que partir era una fiesta, tratando de emigrar y a la vez eludir a los agentes de inmigración. ¡El cabello se me riza! Algunos textos te hacen eso, como sabes.