Puro humo

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El prisionero de Zelda

Scott Fitzgerald, novelista beodo cuya idea de los habanos era estar como una cuba, nunca supo lo bastante de puros como para escribir sobre ellos. Ni siquiera cuando escribió acerca de los muy ricos que eran tan diferentes de nosotros, queriendo decir Hemingway y él mismo. Hem, tan superficial, dijo que había dicho, que sí, que ellos tenían más dinero, cuando ésa no es para nada la cuestión. La verdad la tiene Yeats, irlandés como Fitzgerald pero más viejo y, por consiguiente, más sabio: «the rich/Are driven by wealth as beggars by itch…/ And cannot have a humorous speech». («A los ricos/los mueve la riqueza como a los mendigos la sarna…/ y no pueden tener un discurso con sorna.»)

En El último magnate, los personajes se sientan, en su mayoría, airados: «Incluso cuando encendió un cigarrillo a invitación de Stahr, uno notaba que la cerilla estaba guiada por fuerzas exteriores que desdeñaba controlar». En una oficina de reunión con productores de Hollywood repartidos de pared a pared todo lo que tiene que decir Stahr sobre habanos o lo que sea, es que «había humo en la habitación». Los hermanos Marx fumaron para expulsar a Stahr de su propia oficina como se humean los zorros para sacarlos de la cueva.

El gran Gatsby, por otro lado, es la novela donde la ley y el orden se convierten en un césped bien abonado con heces en el lugar de las eses. Cuando Fitzgerald habla de tabaco es para avisar al lector, como un mayordomo bien entrenado, que «no había cigarrillos» —señor. El narrador sale «a comprarlos en la tienda de la esquina». Cuando regresa todo el mundo ha escapado. Ése sí que es un esmerado acto de escapismo, si los hay— y los hay. Hay, como es habitual en Fitzgerald, salas llenas de humo pero no fumadores ni nada de que hablar. Solamente «un perrito, [no un perito ni un purito] sentado sobre la mesa, mirando con ojos ciegos por el humo» —y eso bien podía ser por haber asado castañas antes. Que yo sepa. El perrito es como tantos productores de Hollywood en El último magnate: le mueven la cola al Big Boss, que mira tu película como si te estuviera vigilando o ladrando al árbol genealógico: es la ascensión de los cuñados: O The sun in law also rises. Luego el narrador coloca un cartel que reza, sucintamente: «La carrera de Gatsby como Trimalción se acaba de acabar». ¿Se había equivocado el perro con el Trimalción que no era? Pero aún no ha acabado. De hecho, nunca empezó. Así los amigos del trillado Trimalción no eran más que una banda de burdos palurdos. Es por ello que cinco páginas antes del final, un personaje menor, que comete el pecado de llamar Oggsford a Oxford oggsceno, le ofrece un puro al impuro. De cualquier manera, con malas maneras, el narrador lo enciende. Es seguro que se le subieron los humos.

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