Puro humo
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Todos los latosos vivos
De acuerdo con Kay Boyle, en Being Geniuses Together (Siendo ambos genios), Gertrude Stein, que tenía un hermano latoso, conoció a Raymond Duncan en el palacio del Dayang Muda de Sarawak. Raymond, hermano de Isadora Duncan, estaba allí de visita. Gertrude era un genio ella sola y, de pronto, cuando llegó Raymond «Gertrude Stein», dice Boyle, «se transformó». (Era una transformista formidable.) De inmediato empezó a pullar a Raymond, que era una especie de griego à la mode, vestido siempre con sandalias y túnica por París. «¡Eres tan pisabonito, tan dandi, Raymond! se desternillaba Gertrude Stein», dijo Boyle, «que casi se atraganta de la risa». No veía la causa de tanto alborozo, pero de súbito subida la señora nos hacía revelaciones: Raymond Duncan, «antes de ser griego, llevaba un clavel en el ojal y fumaba largos puros». ¡Allá va eso! «Tienes una memoria excelente, Gertrude», dijo Raymond, «probablemente porque siempre estás repitiendo la misma cosa una y otra vez». Aquí Alice B. Toklas intervino, como el conejo negro que salía del agujero, para mirar su reloj. Es hora de decir buenas noches, Gertie. ¡Buenas noches Gertie!
Raymond Duncan fue uno de los pocos americanos que dieron su merecido a Gertrude Stein en vida. Hemingway hizo algo parecido en su París era una fiesta, veinte años después, cuando la muy difunta Gertrude Stein ya yacía inmóvil en el cementerio de Père Lachaise. Aunque entonces el tema no era tanto los griegos que fuman puros como las judías que eran lesbianas ambas.
El siguiente artículo se llama «Joyce y los puros» y lo cuenta Robert McAlmon en el mismo Being Genuises Together. La mitad del libro adolece de mucho Boyle pero esta parte es donde McAlmon es el adolescente y Joyce es el artista que más mea: «Joyce y yo nos quedamos hasta las cinco de la mañana, momento en el que el patrón nos dijo que nos fuéramos. Nos fuimos y nos acomodamos en un bistró barato del bulevar St. Germain. Compramos puros y bebimos». Bebamos antes. Bebamos. «Como habíamos decidido beber toda la lista de bebidas francesas, Joyce empezó a tirar sus puros [no a tirar de ellos]». Esto suena al típico irlandés que lo tira todo, pero, un poco antes en la velada, McAlmon colocó a Joyce en una situación, digamos, irlandesa. Djuna Barnes y Mina Loy (no Mirna Loy la actriz sino Mina Loy, la groupie literaria) adoraban a Joyce ambas. «Joyce saboreó entonces un colapso profundo de desespero irlandés… Las mujeres trataban de consolarlo pero él prefería beber.» Muy irlandés todo. Djuna y Mina se fueron enfundadas en su enfado. Ese año todos, salvo Joyce, transformaban su desenfado en fado.
Ahora McAlmon, coautor, hace el bien, con un poco de limosna, pero con puros por recobrar al alimón. «Al principio me agaché para recogerlos y devolvérselos». (¡Es obvio que fue Joyce quien compró los puros!) «Cuando ya no podía inclinarme sin perder el tipo, empecé a encenderle los puros y a pasárselos. Casi inmediatamente los dejaba caer y yo le encendía puro tras puro hasta que se acabaron los puros y entonces nos pasamos para cigarrillos.» (Pálido placebo.) «A las diez de la mañana estábamos sentados solos en el bistro, el suelo cubierto con veinte puros, innumerables cigarrillos» (pauvres placebos) «y la mesa con cuarenta vasos vacíos». El final llega, por supuesto, cuando Joyce (Julises para ella) vuelve a Nora (Penny para él) con la ayuda de McAlmon: un genio genuino para todos. Pero no quiere dejar a los Joyce en fiesta infausta. Después, un discreto telón irlandés cae sobre ellos.