Puro humo
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Cide Hammett Benengeli
Dashiell Hammett fue un misógino que aborrecía los puros, quizás en ese orden. Las damas primero. En uno de sus primeros cuentos cortos en los que aparece el detective de la Agencia Continental (debo añadir que con bastante poco brío) titulado El asesinato del adiós, «Kavalov y Ringgo (sic) estaban fumando puros, Mrs. Ringgo y yo cigarrillos con creme de menthe». Más tarde les llega el olor de algo que se quema, pero no es el cigarrillo de Mrs. Ringgo o el licor. Es Kavalov, «que mascaba entre sus dientes el puro y me miraba sin quitarme ojo». Los puros, para el que no fuma, pueden oler a trapo o a yerba quemada, qué más da. Pero no es sólo el puro de este tipo. «Cuando Kavalov se sentó, vi la silueta de una pistola automática en su bolsillo trasero.» ¡Ese hombre es letal! Hasta provee el cadáver del asesinato del título del cuento. El suyo.
En uno de los mejores relatos de Hammett contado por su narrador anónimo hay más asesinatos y más puros. El detector de verdades es invitado por una amable, adorable viejita a una casa modesta en San Francisco. Ya dentro, el sabueso que husmea sin escrúpulos, conoce al marido de la viejita, un hombre con la bondad escrita en cada arruga de su cara. La anciana le ofrece a la primera persona (del narrador) una taza de té.
Tuve que tomar una taza de té con ellos y comer algunas pastitas antes de que pudiera hacerles oír una pregunta. Luego Mrs. Quarre hizo unos distraídos ruiditos con la lengua mientras yo les contaba lo de la vieja que se cayó del tranvía. El viejo murmuró desde su barba que era una «desvergüenza» y me dio un puro enorme. Oscurecía. El viejo encendió la luz de una lámpara alta, que echó un círculo de luz suave y amarilla sobre nosotros mientras el resto de la habitación se apagaba… No esperaba conseguir aquí ninguna información, pero me sentía cómodo y el puro era bueno. Tenía tiempo suficiente de volver a la llovizna cuando acabara de fumar. Algo frío rozó mi nuca.
«¡Levántese!»
No me levanté: no pude. Estaba paralizado.
Es lo que te puede hacer un puro infumable. Pero, a decir de Hammett, un buen puro puede hacer sufrir los mismos síntomas siniestros. «Mrs. Quarre seguía sentada erguida sobre los cojines que su marido le había colocado a su espalda; sus ojos aún pestañeaban amistosos tras sus gafas. El viejo se mesó la barba blanca y dejó que el humo del puro saliera pausado por su nariz.»
¿Un fumador de puros que inhala? Extraño. Pero espera, que el mejor humo está por llegar: «De alguna parte de entre su barba, su abrigo o su chaleco tieso el viejo sacó un grande y negro…» —¿otro cigarro?— «… revólver, que manejaba como si estuviera acostumbrado a hacerlo… Mrs. Quarre me sonrió. “Siéntese, Mr. Tracy”, dijo. Me senté». Pero la broma embroma al sabueso sabichoso. Les había dado el nombre del gran Dick Tracy como un alias inter pares y ahora la vieja demuestra que también lee las tiras cómicas. Pero qué pasa entretanto con Mr. Quarre: «El viejo dejó su puro sin apuro y vino hacia mí y me cacheó». Luego, la pareja se va de la casa pero no de la historia. Volverán más tarde con un arma y un puro como en una pesadilla recurrente: «A través de la otra puerta… apareció Mrs. Quarre, con un revólver enorme en su manita». Su marido no anda muy lejos. ¿Con otro puro en la mano? ¡Sorpresa, sorpresa! Trae otra arma gemela. Pero «siguió teniendo la misma apariencia del mismo viejo amable que me había dado un puro excelente».
Hammett no sólo en sus relatos odia los puros. Desde esta obra maestra de latrocinio y antiguallas demostró que la historia de detectives es siempre una suerte de obra de teatro. «La casa de la calle Turk» se compone solamente de dos habitaciones y mucha conversación letal —más armas y puros buenos. Sólo falta un martillo, Martirio. If I had a hammett.
Desde el comienzo de su primera novela, Cosecha roja, su agente de la Continental ve fumar cigarros como un signo de negligencia. Al llegar a Personville (alias Poisonville: villa veneno) «en el centro del mayor cruce de la ciudad…» un tercer policía «con un puro en un extremo de la boca» ¡dirigía el tránsito!
No sólo los policías fuman de guardia. Los políticos corruptos fuman puros. Los rateros también. Incluso los chivatos fuman —para caer muertos de humo. Hasta las pistolas echan humo, como las chimeneas y los autos. Esa personificación del demonio en El halcón maltés (The Maltese Falcon), Casper Gutman, es fofo, flojo y flatulento. Para colmo es un fumador de puros. Pero es también decepcionante. Tiene, en el centro de la mesa central, junto a «una botella de Johnnie Walker en una bandeja, una caja de puros». Hasta aquí, me cae bien el Gordo Gutman. Pero la caja, entérense, es de Coronas del Ritz. (¡Nombre falso para falsos habanos como nunca oí otro igual! Excepto cuando Ricardo Cortez cambia de nombre.) Spade tampoco es tan fantástico. Como fumador de puros. Esto es lo que Hammett tiene que decir al respecto. El Gordo «dejó su vaso sobre la mesa y alargó la caja de Coronas del Ritz a Spade». “¿Un puro?”. Spade tomó un puro, le cortó el extremo— ¡y lo encendió! Dispuesto a ser alguien, Spade se permitió fumar de fantasía: «Spade exhaló una bocanada de humo como una larga pluma corva por encima de la cabeza del Gordo». No sólo eso: «Se quedó mirando pensativo la ceniza de su puro».
No me sorprendería que Spade, después de soplar esas plumas barrocas sobre La Cabeza del Gordo (buen nombre éste para un pub), para vanagloriarse de su ánimo de fumador, vana gloria del Ritz, se hubiera quedado mirando la punta encendida de su puro y se la hubiera metido a la boca, con cenizas y todo. Unas líneas más abajo, Spade se apunta al pecho con su puro y afirma, más críptico que crítico: «Ése soy yo». Después, dice Hammett: «El rostro de Spade se endureció y se puso pálido». (Reconocemos los síntomas, ¿no?) Luego se vuelve y, más con rabia que con sorna, tira su vaso contra la mesa. El Gordo («tolerante», dice Hammett: sí, es la tolerancia de los fumadores de puros que nunca se apuran) dijo: «La verdad, señor mío, debo decir que tiene usted un carácter de lo más violento». Debe haber sido el puro. ¡Coronas del Ritz! Por Dios, ¿qué es lo que van a inventar ahora, esos falsificadores? ¿Panetelas del Palace, acaso?