Puro humo

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Marlowe y el humo

Tras Spade, que fuma cigarrillos y odia los puros, el Marlowe de Chandler es un tipo grato, de Camel y de pipa. En El sueño eterno, la primera novela de Chandler, Marlowe se las arregla para impresionar al viejo general Sternwood, en otro tiempo padre duro, más pedernal que paternal, echándole literalmente el humo a la cara adusta, rígida. Cuando el coronel Sternwood ve a Marlowe dudar entre un cigarrillo y el aburrimiento, accede de todo corazón, aunque está más cerca de un paro cardíaco que Marlowe está del paro laboral. «Puede fumar, caballero», concede el coronel Sternwood. «Me gusta el olor del tabaco.» Supongo que también le gustaban el aroma del alquitrán y del papel ardiendo. En cualquier caso, Marlowe obedece. «Encendí el cigarrillo y le eché un pulmón hecho de humo…» ¿Vejó al viejo con una sola bocanada del Camel? Ni mucho menos: «Lo olió como hace un terrier ante el hoyo de una zorra». Eventualmente, el humo se mete en los ojos y en las fosas nasales del inválido y una «sonrisa desmayada se asomó en la comisura oscura de su boca». Que abrió no para maldecir o expulsar al visitante, como sería hoy el caso, sino para alabar a Marlowe al menospreciarse: «Bonita cosa cuando un hombre debe satisfacer sus vicios por poder». Ése fue el primer cigarrillo que Marlowe fumó en público. El apellido del detective privado parece elegido por su antepasado, el poeta que fumaba en la cama y echaba el humo en los ojos a su camarada de gustos particulares. Es aparente el comienzo de la decadencia de la escuela dura de la serie negra de fumadores de cigarrillos y algunos opinan que Marlowe tomó en realidad su nombre de Philip Morris, la famosa marca.

Los últimos cigarrillos que fuma Marlowe están reunidos en un paquete en Playback, novela de Chandler casi póstuma. Desde el mismo comienzo, Marlowe planta su pie de pisaverde para subir a un vagón «ya lleno del humo flotante de los cigarrillos, que es tan agradable a la garganta y casi te deja con un solo pulmón sano». ¡El general Sternwood lo habría envidiado! Pero daría envidia a otro hombre —al viejo y cachazudo Marlowe. El Marlowe de ahora despectivamente «llenó y encendió su pipa y la añadió al vaho general». No, perdona, al smog, una palabra tan angelena. En estos años que han pasado Marlowe se ha anglicanizado. El vaho general suena vago y degenerado. Nadie, ni siquiera el otro Marlowe, se atrevería a cantar fumando espero y desespero.

La más deliciosa fumadora de cigarrillos en el corpus de la serie negra aparece, sin embargo, en Playback. Es una tal miss Vermilyea, que vestía «medias de medianoche». Marlowe, el hetero y deletéreo Phil, «se fijó en ellas con deliberación, especialmente cuando ella cruzaba las piernas y mostraba un cigarrillo para que le dieran fuego». Ella añadía así al calentón general. Pero Marlowe ya no es tan ágil con los cigarrillos y el encendedor: «Extraje un cigarrillo del paquete y traté de levantar el cierre de mi Zippo». Zippo, por favor, no el zipper, «con el pulgar para hacer girar la ruedita. Debería ser capaz de hacerlo con una sola mano». Harpo sí pero no Zeppo: «Es una maniobra incómoda. Finalmente lo logré: encendí el cigarrillo, bostecé y eché humo por la nariz. “¿Qué es lo que dejas para los bises?”, preguntó ella». Pero dijo algo entre vices y bíceps. Es otra de esas niñas modelo, que saben decir que sí con la cabeza. Veamos, vamos. Marlowe está a punto de hacer lo que siempre hace con sus pupilas.

«Crucé las piernas, me recosté y levanté el cenicero de cristal verde de la mesa junto a la butaca y lo puse en equilibrio sobre una rodilla y agarré el cigarrillo que estaba fumando entre el pulgar y el índice de mi mano derecha.» (Y en equilibrio inestable.)

Luego anuncia: «Yo no me movería de esta habitación». ¡Seguro que no! «Yo me quedaría así sentado, cómodo y relajado.» (Y en equilibrio inestable.)

Marlowe, como de costumbre, es un hipócrita divertido —en el sentido de que disimula bien, por supuesto. No quiero decir que sea, palabra cruel, un encubridor. O algo peor. El otro territorio de Marlowe es un país lleno de fumadores. Un taxista «se puso un pitillo en los morros y lo encendió con su Ronson». También es, temprano en la mañana en un país de jerga y marcas registradas.

No es de extrañar que cuando Marlowe se sienta y enciende un cigarrillo tenga que experimentar: «La siempre mecánica reacción que se ve tan aburrida cuando es otro quien la hace». Más tarde, las cosas se complican, incluso sus clientes no fuman. Son lo contrario del general Sternwood aunque deberían ser más fuertes: «Encendí un cigarrillo, después de haberle ofrecido uno a Mr. Henry Clarendon IV. Lo rechazó con un vago movimiento de cabeza». Es, o eso —o algo peor. Un tal capitán Alessandro «hizo un gesto delicado con la mano y pescó un cigarrillo de una gaveta. Se lo puso en la boca pero no lo prendió». El coronel Sternwood habría degradado al capitán Alessandro a cabo (segunda acepción) ipso facto. Cuando Big Brandon (otro peso pesado) va a fumar, Marlowe se pone sarcástico: «Prendió un cigarrillo con filtro dorado con un encendedor de oro. Qué bien». O, mejor dicho, qué mal. Mala es también la cháchara de la novela. La más triste porque es la peor de las obras de Chandler. Playback fue el breve adiós de Raymond Chandler. Al contrario que Christopher, Philip Marlowe murió con las bostas puestas.

«Abrí de un golpe el cajón de abajo de su escritorio, engullí dos pulgadas de bourbon de un trago, besé a Birdie en una esquina de su boca roja y exuberante y encendí un cigarrillo.» Esto es S. J. Perelman dándole a Philip Marlowe sus merecidos pastiches dementes: «Dejé que el cigarrillo se consumiera entre mis dedos hasta que me dejó una marquita roja». ¿Cigarrillo a lo Xeres? Parece un Philip Morris.

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