Puro humo
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¡Que me mencken!
H. L. Mencken tenía un abuelo que, como la mayoría de los abuelos de muchos grandes hombres, parecía más bien un bisabuelo. Mencken, nuestro hombre Mencken, empezó a reparar en su abuelo cuando él (su abuelo) se acercaba a los sesenta. «Vestía cuello duro a lo Gladstone [y] una corbata como de surtido con un diseño arcaico.» El abuelo de Mencken era más sorprendente por lo que cultivaba que por su ropa: «En el patio… realizó extensos experimentos de horticultura, de los que virtualmente todos… fracasaron. Lo que recuerdo sobre todo de ellos son sus informes recurrentes de que… algún designio divino había saboteado sus esfuerzos por conseguir una cepa de tabaco resistente a los gusanos, a los fuertes vientos —y a las fluctuaciones irracionales del mercado». Justo como los plantadores de Cuba de aquel tiempo: como el viejo Sosa y su padre. Con una buena máquina de perder el tiempo puedo incluso remontar hasta Pela y Panduca.
El abuelo de Mencken llevaba el comercio en la sangre: compraba a los cultivadores alemanes en Pennsylvania y «vendía su tabaco por todas partes». Para conseguir algo más se fue hasta Cayo Hueso, región que la mayoría de los americanos consideraban «territorio extranjero», esto es: cubano, «donde utilizaban solamente hoja habanera en sus famosos puros». Famosos, de hecho, ya que todos los torcedores de Cayo Hueso eran cubanos o descendientes de cubanos. Luego, Mencken relata algunos actos fraudulentos que se cometían a menudo con la hoja cubana: «En deferencia a los visitantes que a veces se dejaban caer por las fábricas, la hoja de Pennsylvania que se les enviaba era reempaquetada en fardos vacíos de tabaco habano».
(«¡Saca esa saca! ¡Fardo a cargar! ¡La hoja se empaca! ¡En el valle del Pinar!», todo para ser cantado con voz de basso profondo como en Showboat.)
«Mi abuelo, como un teólogo moral, concedía que había algo irregular en la transacción, pero se consolaba diciendo que Cayo Hueso estaba lleno de artistas del timo huidos de Cuba…» Fidel Castro, hoy día, lo suscribiría. Chicanery is for chicanos.
Pero hombres como Mencken, como Conrad, valen su peso en oro. Incluso, en el caso de Mencken, en oro y plata. Aquí es donde habla de su padre, el hijo de su abuelo: «Nuestro padre nos parecía a mi hermano Charlie y a mí un tremendo explorador, casi un Marco Polo. Sus viajes para comprar tabaco iban desde… Connecticut en el Norte hasta Cuba en el Sur». (Nótese, por favor, el suave tono imperialista.) El padre traía recuerdos «de sus viajes para comprar tabaco, con lo que la casa siempre estaba bien abastecida. Recuerdo, especialmente, unos abanicos adornados, de Cuba, algunos tarros de jalea de guayaba del mismo lugar» —y luego un par de cuentos de Calleja. «Los relatos de los viajes de mi padre estaban cargados de emoción… especialmente aquellos que tenían que ver con la fiesta de los toros en Cuba.» Aquí hay que recordar que no es toro todo lo que reluce: no había en Cuba ninguna fiesta que pudiésemos denominar una corrida. Seguro que el viejo, como un personaje de Sherwood Anderson, les contaba cuentos cubanos a sus hijos. O es que Mencken el mayor viajó hasta México. O tal vez incluso hasta Venezuela o Colombia, en busca de emoción y animación. En cualquier caso, un par de detalles demuestran que hay que andar aquí con cien ojos, aunque antes se pille al Mencken mentiroso que al cojo. Desde Dublín, Irlanda, de Joyce, de Dublineses: «El viejo Cotter estaba sentado junto al fuego, fumando… Empezó a dar caladas a su pipa, sin duda ordenando sus ideas. ¡Viejo idiota y cargante! Cuando lo conocimos era interesante…, pero rápidamente me harté de él y de sus historias interminables…». Todos los viejos tienen vocación de embusteros.
Es probable que hayan oído hablar de personas que fuman mientras comen, echando a perder tanto la comida como el tabaco. Lo hacen, sobre todo, a la hora del almuerzo, no me pregunten por qué. La primera vez que observé tal perversión practicada en público fue en Nueva York, el verano de 1955, viendo a dos damas (manos enguantadas, cabezas cubiertas, todas de blanco) comiendo finas en una terraza, en un health restaurant, grandes platos de ensalada de fruta y yogur sólido. Después vi esta performance muchas veces en París y Londres (y, ahora, incluso en Madrid) pero, en vez de cocina sana, era repostería inglesa o, más tarde, la nouvelle cuisine, lo que podrímos llamar la cuisine bête. El crimen, como en un film noir, lo cometían siempre mujeres. Ya que cualquiera puede comprobar que hoy día hay más mujeres que fuman cigarrillos que hombres con puros —¿se me permite que infiera que los verdaderos culpables son los cigarrillos? Tanto hombres como mujeres acaban siempre degustando unos platos que no son salmón ahumado, precisamente.
Madame Genot, cocinera extraordinaire, no recibía sino a unos pocos gourmets en su restaurante de la Rue de la Banque. La exasperaban especialmente los clientes americanos, culpables de encender un cigarrillo después de haber consumido una sopa deliciosa y aromática. Fríamente, madame Genot les servía el café. Si el cliente fumador protestaba, madame Genot replicaba airada: «Creí que monsieur había terminado de comer».
Le Livre blanc du tabac
Esto es ejemplar pero lo que Mencken menciona es… ¡ridículo! El capitán Asmus Leonhardt era «marino superintendente de la Munson Line», sea lo que sea at sea. Cuando Mencken y los otros «llegamos finalmente a La Habana y pasamos el Morro, un joven y despierto mulato en la lancha del capitán Leonhardt que salía del litoral, me acogió en su embarcación y me ayudó a pasar por la aduana. El capitán en persona me estaba esperando frente al hotel Pasaje, en El Prado, comiendo un plato de frijoles negros y fumando al mismo tiempo un Romeo y Julieta». ¡Por Dios! Humo en la sopa y Romeo y Julieta que se acaban ahogando en la misma ceremonia de inocencia que Ofelia. El puro debe de saber a aceite de oliva. El capitán ya sin sopa sopesa ante Mencken la situación de la guerrita cubana. Que era entre el dispéptico general Menocal, ahora presidente, y el general Gómez, soldado y sólido fumador de puros, anterior presidente y ahora un renegado. En un segundo y, aunque no se sepa nada de su equipaje, Mencken corre a entrevistar al presidente Menocal. Es obvio que Mencken andaba tan disparado como su abuelo —o abuelo bis.