Puro humo

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Ser y no ser Ishavood

En el comienzo de La violeta del Prater (Prater Violet), de Christopher Isherwood, su héroe —que no es por casualidad que se llame Ishavood— es visto en Londres después del desayuno: «Me paré en el rellano y encendí un cigarrillo… Eché una gran bocanada de humo, oteando el reloj de la repisa». El doctor Bergmann, un director de cine que no guarda ningún parentesco con Ingmar y que se convertirá más tarde en su jefe y amigo, también fuma cigarrillos, del «tipo continental». Está bien que el Ishavood de Isherwood fume cigarrillos, pero resulta algo incongruente que el imperioso Bergmann también los fume.

Poco tiempo después «nos sirvieron el café y Chatsworth sacó una formidable petaca de cuero rojo marroquí, de trabajado bellísimo, tan grande como un Nuevo Testamento de bolsillo, que contenía cigarros —cada uno cuesta cinco-y-seis peniques, nos informó. Yo no acepté pero Bergmann tomó uno… Chatsworth le previno: “Una vez que los has probado no puedes fumar otra cosa”, y añadió cortésmente: “Le enviaré una caja mañana…”. El cigarro, de alguna manera, completó a Chatsworth. Mientras lo fumaba, pareció hacerse más grande que su tamaño natural. Sus ojos pálidos brillaban con una luz profética… Bergmann se dio vuelta y echó una rápida, enigmática ojeada. Luego expelió con tanta fuerza que el humo del puro de Chatsworth fue lanzado de vuelta a su cabeza. Chatsworth parecía contento. Evidentemente, ésa era la forma adecuada de reaccionar».

El tema, sin embargo, no fueron los habanos sino Garbo, Greta Garbo. Como ven, Chatsworth era un productor generoso y pensaba en grande. Los productores mediocres fuman puritos y se quejan eternamente de extreñimiento y hemorroides.

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