Puro humo
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Esperando a Punch
Los escritos de Samuel Beckett nos hacen pensar en dos achaques opuestos: extreñimiento y poliuria. Todo puede oler mal y, a su vez, crear tensión. Como se ve en su obra más famosa, Esperando a Godot, buscavidas, vagos y mendigos son piojos a la espera de un milagro carente de sentido. Esperan con la ayuda del más paciente de los instrumentos, la pipa. Aquí está, tal como se muestra en las voces de los personajes incluso en las acotaciones escénicas del autor.
Pozzo, acabado de comer, exclama: «¡Bascardo!», prende una cerilla y empieza a encender su pipa… Luego: «prende otra cerilla y enciende su pipa». Más tarde, «da unas chupadas a su pipa…». Y luego otra vez: «da unos golpes a su pipa y reflexiona: “A menos que me fume otra pipa antes de irme…”». Se explica a sí mismo: «¡Oh!, yo soy sólo un fumador, un fumador ínfimo y no estoy acostumbrado a fumar dos pipas una tras otra porque (se lleva la mano al corazón) me produce taquicardia… Es la nicotina, uno se la traga a pesar de cuantas precauciones pueda tomar». (Suspira.) Este Pozzo (su nombre significa pozo en italiano) suspirante demuestra que no es un verdadero fumador —o tal vez su pipa no sea lo suficientemente real. Tose. Vuelve a llenar su pipa y, habiéndola encendido, exclama: «La segunda nunca es tan dulce… como la primera, quiero decir». Vuelve a ponerse la pipa en la boca. Se apaga y vuelve a encenderla. Se saca otra vez la pipa de la boca y la examina para explicar: «Se apagó». Ése es el problema con las pipas: una vez que las enciendes se apagan. Son muy difíciles de encender y se pierden con gran facilidad: «¿Qué he hecho con mi pipa?», pregunta Pozzo— todo su gozo en el pozo. Dejemos de esperar a Godot y arrojemos la pipa de Pozzo al pozo del olvido. Estoy seguro, de todas formas, que Esperando a Godot habría sido totalmente distinta —y mejor— si Pozzo hubiera fumado habanos. Incluso el nombre habría cambiado. Con un Pozzo que fumara puros, la obra se podría haber titulado Esperando a Fonseca. Entonces Beckett se podría haber aprovechado del encanto de Lorca y la pericia de Fonseca. O se podría haber llamado, con más esperanzas que las de Pip, Esperando a Montecristo. ¡Hay un tesoro oculto por ahí, en esa isla, muchachos!