Puro humo

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Turba Thurber

Si la Termagant no hubiese hecho su debut en una obra con moralina hacía ya tiempo, Thurber se habría dedicado a inventarla. Si no hubiese cantado a Ohio en mayo o a Illinois —ayer u hoy—, habría rimado Chicago con virago, como hiciera Cole Porter tiempo atrás. Lo que Thurber no podía hacerles a las mujeres —ignorarlas— se lo hizo a los puros. Canta al té y al café y a la leche pero nunca ensalza un habano ni te promete un corona grande. Escribió sobre pipas y cigarrillos, aunque de forma maliciosa y desconcertante.

En «The Lady on 142», Thurber nos perturba: «Estaba abriendo un paquete de cigarrillos cuando oí al jefe de estación hablando otra vez por teléfono». Antes, ha visto a un «hombre moreno abstraído chupando la boquilla de una pipa apagada». Un rato después, la expresión del rostro del «hombre de la pipa no había cambiado». Y, aun más tarde, «el hombre de la pipa parecía inconsciente». ¡Chúpate ésa! Luego, él, Thurber sin duda alguna, «encendí un cigarrillo y me senté, pensando». Esta doble operación (la interna y la externa) hace que todos aquellos que están esperando un tren que llega con retraso, se turben más con Thurber: «La única persona que no me estaba mirando era el hombre de la pipa». No hay que dar ni un respiro a quien chupa una pipa —ni siquiera para que les observes mientras prendes un cigarrillo.

Pero las cosas van de mal en peor: «Cuando el tren llegó resoplando por la vía (entonces los trenes resoplaban por la vía) le dije a Silvia al oído, “Se va a sentar con nosotros, fíjate”. “¿Quién?” dijo ella. “El extranjero”, le dije, “el hombre de la pipa”». Como en Seven Footprints to Satan con el pavoroso hombre de las muletas, una voz que retumba el maleficio nos advierte ahora , ¡Guardaros del hombre de la pipa! En efecto: «El hombre de la pipa estaba sentado tres asientos, enfrente, al otro lado del pasillo, cuando nos instalamos». Luego, el revisor viene por el pasillo y la verdad se le aparece a Thurber para deslumbrarle: «Voy a decirle al revisor», declara, «que Reagan tiene a la mujer en el 42». Está claro que se trata de la Primera Dama de los trenes. Debe de serlo. Pero Silvia (¿Quién es Silvia? ¿Qué es de ella?) pone en ridículo a Thurber cuando éste observa que el revisor «parece que sabe exactamente dónde está escondido el halcón maltés».

Todo puede ir a peor y así es como van las cosas —mucho peor. Después de que los aullidos ¡Abajo Mata! ¡Abajo Pedro! (¿Tal vez dos cocky-spaniels? ¡Perros de casa!) se oigan ve a un tipo «inclinado, joven delgado y pequeño, con la mano en el bolsillo de su abrigo y un cigarrillo colgándole del labio». Más tarde todo va pero peor: «¿Quién tiene a Sandra Gail?». «Reagan, en el 142.» ¡Un minuto, un minuto! Debería ser Reagan en el 84 si lo queremos completo. En el 42 solamente podremos conseguir algo suyo, no al hombre entero. Recuerden que él mismo andaba ansioso preguntando dónde estaba el resto suyo entonces. ¡Ahora viene lo peor de lo peor! «El tipo moreno y chaparro se lanzó a sus pies “Todo rato Egipta dice Mata a este Rreagan”, dijo. “Todo rrato Egipta dise Bombarrdea a este Reagan”». ¡Lo sé, lo sé! Deberían ser Libia o Siria, no Egipto— pero ¿no creen que alguien debiera avisar al presidente?

Es obvio que, para entonces, algo que era una tabaquina con inquina que cogió Thurber, de mente demente. Finalmente encendió un cigarrillo. «La señora en el 42», dije firmemente, «no estaba enferma, definitivamente», reflexionó estupefacto. Evidentemente, su cigarrillo era un porro pírrico. «Ay, Dios», dijo Silvia, quienquiera que fuese, «volvemos a las andadas». Pero no. Ya que este ur-Thurber justamente acaba aquí. Aunque debo admitir que su mito no su nota, Zubin Metha, se inmuta.

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