Punk 57

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Capítulo 19

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Ryen

Me siento como si me hubiese vapuleado un tornado. Tengo agujetas en los músculos del brazo, me duele el cuello, tengo moretones en las caderas y en el trasero... Fue divertido mientras sucedía anoche, pero al despertarme esta mañana con dolor por todas partes, le dije a Misha que no podíamos volver a hacerlo. Él respondió que mi cuerpo no estaba acostumbrado y que deberíamos hacerlo más.

Nuestros profesores de quinto estarían orgullosos.

Aparco en el instituto y gruño mientras salgo del Jeep con cautela. Pasamos despiertos la mitad de la noche y, aunque no estoy nada cansada, lamento no haberme quedado toda la mañana metida en la bañera. Esta tarde tengo clase de natación y me he olvidado las aspirinas en casa.

Busco en la parte trasera del coche la bolsa donde llevo el traje de baño y una muda limpia. Esta mañana, Misha me llevó al instituto para recoger mi Jeep y luego se fue a La Cala a recoger sus cosas mientras yo iba a casa a ducharme. No estoy segura de si va a venir a clase hoy, pero entonces siento que unas manos me rodean la cintura y me estremezco cuando un susurro golpea mi oído desde atrás.

—¿Te duele todo? —bromea.

Arqueo una ceja y me doy la vuelta, viéndolo sonreírme.

—¿A ti qué te parece?

—Sin embargo, fue divertido.

No puedo contener la sonrisa mientras mis mejillas se calientan. «Sí que lo fue.»

Entramos en el edificio, nos dirigimos hacia mi taquilla y noto que está pegado a mí.

—Ya estoy bien —le aseguro—. Lo que pasó ayer en el comedor con Trey y Lyla me parece que haya sido hace siglos. No tengo miedo.

—Lo sé.

—Masen —lo llama alguien.

Me doy la vuelta para ver a la señora Till, la profesora de Arte, que lleva una nota rosa en la mano. Se la da y le habla dulcemente.

—A la directora le gustaría verte en su despacho. Me pidió que te diera esto en clase, pero te acabo de ver. Será mejor que vayas ahora.

Él toma el papel, ella le da una palmada en el brazo y se aleja. Misha no lo lee, simplemente lo arruga en su puño y lo tira al suelo.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto—. No solo puede contarles a tus padres lo de las peleas, podría llamar a la policía. ¿Quieres que te descubran?

—Creo que sabemos lo bien que me sienta que me arresten —responde, con una mirada arrogante en el rostro.

Pongo los ojos en blanco. Pues vale, Niño Rico.

Saco mi cuaderno de bocetos, veo la bufanda de cachemira en la taquilla, y de repente me acuerdo de que la había tratado de reemplazar con la de otra chica.

—¿De quién era la bufanda que me intentaste regalar?

Sus ojos se muestran sombríos.

—De Annie.

¿De su hermana? Entonces mis ojos se agrandan y me vuelvo hacia él, recordando lo que dije.

—Ay, Dios —estallo—. Lo siento mucho. No sabía lo que decía.

Me estremezco. La llamé zorra, pensando que era una cualquiera que se había dejado su ropa en su camioneta. Mierda.

—Está bien. —Me lanza una media sonrisa—. No te preocupes.

Puaj. Me doy asco. Soy lo peor.

—Bueno, no podría habérmela quedado de todos modos —le regaño—. Seguro que te pediría que se la devolvieses.

Se calla, evitando mis ojos. Me había olvidado por completo de su hermana. Es un año menor que nosotros. ¿Dónde estaba anoche? Su padre debió de haber vuelto a casa mientras yo dormía, porque Misha tuvo que cerrar la puerta para que no nos pillara, pero no mencionó a Annie.

—Señor Laurent.

Vuelvo la cabeza y veo a la directora Burrowes acercarse por el pasillo. Los estudiantes se mueven a su alrededor, todos se dirigen a su primera clase.

—A mi despacho —le ordena—. Ahora.

Él se aleja de ella.

—No, gracias.

Me quedo congelada, mirando. «Haz lo que te pide, Misha.» Ella no va a dejar que se vaya de rositas.

—Ahora.

—Prefiero no abandonar a mi amiga cuando el cabrón de tu hijo deambula por los pasillos —gruñe—. ¿La ley no impide a los depredadores sexuales estar a una cierta distancia de los centros educativos?

La ira contorsiona su rostro.

—Si tengo que volver a decírtelo, llamo a la policía.

—Mi... Masen —me corrijo—. Vamos.

Burrowes le pone la mano en la espalda y le hace un gesto para que se mueva, pero él se aleja y frunce el ceño.

—Vete a la mierda. —La mira y luego se vuelve hacia mí—. Me largo. Ya he terminado lo que vine a hacer aquí. Nos vemos en La Cala después de clase.

—¿Qué? —exclamo.

Me besa en la frente y le lanza a Burrowes una última mirada antes de caminar por el pasillo y salir por la puerta principal. Miro a mi alrededor y veo que otros estudiantes están presenciando el intercambio. La directora me mira a los ojos brevemente, pero no va tras él. Se da la vuelta y desaparece entre la multitud.

Misha se ha ido, y estoy un poco cabreada de que prefiera huir que ocuparse de ella. Si regresa a Thunder Bay, apenas lo veré. Al menos hasta las vacaciones de verano. ¿Qué diablos le pasa? Ahora que al fin me permito pensar en ello, descubro que todavía no ha respondido a todas mis preguntas. ¿Por qué había venido? ¿Por qué Trey tenía su reloj? Y ¿por qué vive en La Cala?

 

 

Todos se dirigen a su próxima clase o a almorzar, y yo me paro junto a la fuente de agua para llenar mi botella. A pesar de que tengo un poco de hambre, no me siento con fuerzas de enfrentarme a la cafetería. Sé que debería entrar y sentarme a una mesa sin la protección de mi teléfono, de los deberes o de un libro, y simplemente estar allí. Si escucho susurros, que hablen. No obstante, no me apetece. Quizá simplemente no quiera verlos. Tal vez no me dé la gana de empaparme de zumo cuando tengo que pasar aquí media tarde.

Quizá me esté concediendo un poco de debilidad.

El pasillo se vacía lentamente, los zapatos chirrían por el suelo y las taquillas se cierran de golpe. El ruido de las bandejas y el parloteo de las conversaciones se filtran hacia el pasillo y oigo que se abre una puerta a mi izquierda: es Trey saliendo del baño. lleva en la mano un collar negro con un colgante de piedra, lo rompe y luego lo tira a la basura. Creo que es de Manny. Es uno de los collares góticos que usa, con el nombre de un grupo de música o algo así.

Trey levanta los ojos y me ve, enrosco la tapa de mi botella de agua y camino en su dirección, manteniéndome a la derecha para subir la escalera hacia la biblioteca, pero me detiene, encerrándome contra la pared. Exhalo un fuerte suspiro y me doy la vuelta, enfadada.

—¿Dónde está tu guardaespaldas? —pregunta, apoyando sus manos en la pared a mis costados—. Ah, es verdad. Me he enterado de que ha dejado el instituto. ¿Regresará?

Empujo su brazo, tratando de escabullirme, pero él me empuja hacia atrás y se me cae la botella.

—Aléjate de mí —gruño.

—Es tu culpa —responde—. No deberías estar a solas conmigo. Vas pidiéndolo a gritos.

Miro alrededor, en busca de un adulto, pero el pasillo está casi vacío.

—¿Sabes lo que creo que haré? —Me lanza una sonrisa enfermiza—. Una de estas noches, te llevaré al aparcamiento después de natación, abriré esas bonitas piernas y te follaré allí mismo en el suelo. ¿Te gustaría, nena?

—No me asustas.

—Pero ¿puedes conmigo? —Una mirada divertida cruza sus ojos—. Tu novio ya no está. En cada esquina, cada noche, me encontrarás a tu lado y descubriré exactamente lo que me he estado perdiendo.

Empuja la pared y yo aprieto los dedos, dándome cuenta de que están helados hasta los huesos.

—Eres como cualquier otra zorra. Todas lo querían.

Respiro profundamente mientras lo veo caminar por el pasillo hacia el comedor, e intento ralentizar mi pulso. No me importa que crea que puede salirse con la suya. Hablaré con mi madre esta noche y se lo contaré a la directora. Si ella no lo maneja, tomaremos medidas más drásticas. No me volverá a amenazar.

Me muevo para subir los escalones, pero veo la puerta del baño de hombres por la que salió Trey y recuerdo el collar negro. Debe de habérselo quitado a Manny. Si está ahí, ¿por qué no ha salido todavía? No hay nadie en el pasillo, de modo que empujo lentamente la puerta para abrirla.

—¿Manny? —lo llamo.

¿Por qué diablos estoy haciendo esto? No querrá verme. Además, seguro que está bien.

—Manny, soy Ryen —digo.

No escucho nada, y por un momento creo que el baño está vacío, pero luego oigo un ruido y entro. Camino a lo largo de los lavabos hasta el espacio oculto donde se encuentran los secadores de manos. Manny está de espaldas a mí, con la mochila colgando de la mano derecha y la cabeza inclinada. Está temblando.

—¿Manny?

Levanta la cabeza, pero no se da vuelta.

—Pírate —exige—. Aléjate de mí.

—Manny, ¿qué ha pasado?

Me acerco para intentar verle la cara, pero de pronto me detengo. Le sale sangre de la oreja y baja por su cuello. El agujero en su lóbulo donde llevaba la dilatación negra ahora está vacío, y ensangrentado, aunque parece que la hemorragia se ha detenido.

Dios mío, ¿Trey se lo arrancó?

Doy un paso hacia Manny, pero se estremece y se aleja. Lo entiendo. Me ve tan peligrosa como a Trey. Cree que lo atacaré. Es lógico. No sería la primera vez. El dolor llena mi corazón. ¿Cuántas veces le he hecho sentirse solo? Me quedo donde estoy, no pretendo asustarlo, pero quiero ayudar.

—No siempre será así.

—Siempre ha sido así —replica.

Me quedo ahí, pensando en nuestra historia. Manny y yo nos llevamos bien hasta cuarto, cuando yo... cambié. No obstante, siempre ha estado en la periferia. Era flaco y larguirucho, nunca lo elegían para los deportes y, a menudo, se metía en problemas por no entregar los deberes. Yo sabía que su situación familiar era complicada, pero los demás niños no entienden esas cosas. Simplemente juzgan.

—Cuando era pequeño —prosigue—, podía irme a casa y alejarme de toda esta mierda, pero ahora somos mayores, tenemos Facebook, y todo lo que dicen sobre mí durante el día lo veo en internet por las noches.

Puedo escuchar las lágrimas en su voz, y me apetece darle unas servilletas para que se limpie la sangre, pero no quiero que deje de hablar.

—Uno de los vuestros me tira la comida encima y lo primero que hacen todos es sacar los teléfonos. Y luego tengo que revivirlo a través de fotos incluso días y semanas después. Una y otra vez. Ya no puedo escapar de eso. Ni siquiera cuando salgo del instituto.

Nunca lo pensé así. Cuando éramos más jóvenes, los problemas se quedaban en el colegio. Cuando regresábamos a casa, éramos libres y, con suerte, la mayoría nos sentíamos seguros allí. Ahora, lo único que dejamos en el instituto es el instituto. La presión, los cotilleos, los malos sentimientos, nos siguen a todas partes. No hay descanso.

—Es constante. La humillación...

—No siempre será así —insisto, acercándome.

—Mi familia lo ve, mis hermanas y sus amigos. Los avergüenzo. —Él tiembla, sollozando de nuevo—. Por eso me drogo.

Saca un trapo y una lata de aerosol de su mochila y yo avanzo, con un nudo en la garganta.

—Tanto como puedo y tan a menudo como me es posible —dice—, para ser capaz de soportar el puto dolor de respirar, comer y mirar a personas como tú.

—Manny...

—Cuando todo duele —deja caer la mochila y rocía el espray en el trapo— empiezas a cuestionarte para qué lo haces. A nadie le importa, y entonces te preocupa aún menos. Solo quieres que el dolor desaparezca.

Se lo lleva a la nariz y yo le quito la tela de la mano y agarro la lata. Envuelvo mi brazo alrededor de él y lo atraigo hacia mí, ambos comenzamos a llorar.

—Está bien. Está bien —susurro.

Dejo caer las cosas al suelo y sostengo su cuerpo frágil y tembloroso mientras las lágrimas corren por mi rostro. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? No era así de niño. Ninguno de los dos éramos así.

Respira con dificultad y pienso en todas las veces que no lo tuve en cuenta ni a él ni todas las cosas que no estaba viendo. Ignoré lo que estaba pasando por miedo a estar sola, vacía y avergonzada de quién era.

Fuimos niños y nos caíamos bien. Éramos felices. ¿Cómo cambió eso?

Me aparto y tiro las cosas a la basura; le acerco unas servilletas mojadas para que se limpie el cuello. Me inclino sobre la encimera y trato de calmar los sollozos que siento en el pecho.

Qué locura. ¿Cómo puede hacerse daño a sí mismo de esa manera? Tiene que saber que el mundo pronto se abrirá y no nos sentiremos tan atrapados. Solo debemos aguantar. Pero lo miro, veo lágrimas en su rostro, ojeras debajo de sus párpados. Se limpia distraídamente la sangre de su cuello, parece completa y jodidamente vacío y como si ya no pudiese aguantar más.

Me seco las lágrimas y trato de endurecer mi tono.

—No siempre será así. —Quiero que le quede muy claro.

Sin embargo, simplemente me mira, como si estuviera colgando de un hilo.

—¿Cuándo se pone mejor?

Me duele el corazón. ¿Eso, cuánto tiempo tiene que esperar? La esperanza es lo último que se pierde: cambiamos, nuestro entorno se modifica y la sociedad evoluciona. Se pondrá mejor.

No obstante, eso no significa que seamos impotentes mientras tanto. No puedo cambiar su vida, pero al menos puedo ser amable con él. Agarro su mochila, me levanto y se la entrego. Tomo su mano, lo llevo al pasillo y lo veo tirar el paño mojado a la basura al salir. Atravesamos el pasillo hasta el comedor y relajo el agarre de su mano por si acaso quiere soltarme. Pero no lo hace. Caminamos hacia la fila del almuerzo, escuchando que el ruido ensordecedor se desvanece un poco y los murmullos comienzan a llenar la estancia. Le doy una bandeja y tomo otra para mí.

—¿Por qué estás haciendo esto? —pregunta en voz baja—. No te caigo bien.

—Siempre me has caído bien. —Vuelvo mis ojos hacia él—. Y necesito un amigo.

El que yo fuera una idiota era algo personal para él, pero para mí no. Nunca dejó de caerme bien. Avanzamos por la línea y noto la espalda caliente. Ojalá sea solo paranoia, sentir todas esas miradas. Si no, supongo que los estoy desafiando abiertamente. Y sin Misha para protegerme.

—Yo siempre como en la biblioteca. —Mira a su alrededor con nerviosismo.

Tomo un bote de gelatina.

—Se come en el comedor.

—Todos nos están mirando.

—Es porque tienes mejor trasero que yo.

Se le escapa una risa, pero se la traga rápidamente, a lo mejor porque no está seguro de poder confiar en mí. No lo culpo.

Cargamos nuestras bandejas con patatas fritas, macarrones con queso y brownies. También tomo un refresco, porque, joder, tengo hambre y quiero beber algunas calorías hoy. Después de pagar, me acerco a una mesa redonda y miro hacia atrás, asegurándome de que me siga. Sus ojos se mueven de izquierda a derecha, y probablemente esté nervioso como nunca en su vida. Después de todo, no recuerdo la última vez que lo vi aquí, y todos nos están mirando. Mantengo la vista hacia delante y tomo asiento. Rápidamente Manny se desliza en una silla al otro lado de la mesa, y aunque los pelos de mi piel están erizados y soy consciente de cada maldita persona presente, respiro hondo y le lanzo una sonrisa tranquilizadora.

—¿Ves? —Me jacto, abriendo mi Coca-Cola—. Ya está mejorando.

Pero luego algo se estrella frente a mí y los macarrones con queso golpean mi brazo y mi cabello.

¿Qué...?

—¡Hala! —Se escuchan aullidos seguidos de risas, y sé que provienen de mi vieja mesa.

Las personas que nos rodean comienzan a reír, algunos sacan sus teléfonos para tomar una foto. Yo me quedo congelada. Veo un fideo colgando de mi cabello, sobre mi frente, y miro a los ojos a Manny mientras se acerca y toma la manzana roja que se había estrellado contra mi bandeja. Me mira fijamente, sorprendido, pero luego sus ojos se disparan hacia los macarrones y resopla.

—Oye —digo bruscamente—. ¡No tiene gracia!

De todos modos está sonriendo, temblando de risa. Pongo los ojos en blanco y siento que se me hace un nudo en el estómago, pero dejo la bebida y me arranco el fideo del cabello. Tomo una servilleta, empiezo a limpiarme el brazo donde el queso espeso se me pega a la piel.

—Hola —dice una voz masculina.

Miro hacia arriba y veo a J.D.. Le quita la manzana a Manny y la arroja al otro lado de la cafetería, de regreso al lugar de donde vino. No miro, pero escucho un estrépito y chillidos.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto, mirándolo recostarse en una silla, relajándose.

Se encoge de hombros, toma mi Coca-Cola y desenrosca la tapa.

—Bueno, cuando tu chica se folla a tu mejor amigo, es hora de buscarse una nueva chica y un nuevo mejor amigo, supongo.

—Además, tú nos caes mejor, de todos modos —dice alguien más.

Vuelvo la cabeza y veo a Ten tomando asiento junto a Manny. Él mira al chico.

—Hola.

Este se sienta desplomado, y de repente parece aterrarlo incluso mirar a alguien.

—Hola —murmura.

J.D. toma un sorbo de mi refresco.

—¿Cuándo te enteraste? —le pregunto

Seguro que Misha no se lo ha contado.

—Un poco antes de escribir el mensaje en el césped.

Levanto las cejas y Ten lo mira, sorprendido.

—¿Eras tú? —Disparo.

Hostia puta. Si lo sabía entonces, ¿cómo se hizo el tonto con ellos todo este tiempo?

—Supongo que tenía miedo de estar solo —explica—. Hasta que te vi hace cinco segundos.

—No eres Punk —dice Ten, aunque es más una pregunta que una afirmación.

J.D. niega con la cabeza.

—No. Fue solo esa vez.

Por un momento me pregunto si debería revelarles quién es Punk, pero no. No es ni el momento ni el lugar, y no estoy segura de que Punk haya terminado su labor. No quiero salir del armario hasta que esté lista.

Termino de limpiarme y abro mi bolsa de patatas fritas, agradecida de que todos parezcan haber reanudado sus conversaciones. Gracias, sin duda, a la llegada de J.D. y de Ten. Supongo que lo que siempre pensé es cierto. Hay seguridad en los números.

—Tengo reservada una limusina para el baile de graduación —dice J.D., mirando a su alrededor—. ¿Cita grupal?

Ten asiente, pero Manny y yo guardamos silencio. Confío en mi mejor amigo, pero en J.D. todavía no, en las últimas semanas he notado que está mejorando, pero estoy paranoica. No quiero que me líe para ir al baile de graduación y de repente acabar empapada en sangre animal como Carrie.

—Esto no es una broma, ¿verdad? —le pregunto—. ¿Estás de nuestra parte?

Él me mira pensativo.

—Si Masen no está allí, yo te protegeré. —Luego mira a Manny—. Y a ti también. Y créeme, nadie querrá meterse conmigo.

No puedo evitar sonreír. Sus ochenta kilos de futuro jugador de fútbol americano, aunque siempre ha sido bastante inofensivo, evitan que la gente lo incordie.

—Entonces suena bien. Me encantaría. —Me vuelvo hacia Manny—. ¿Y a ti?

—¿Tienes un vestido? —le pregunta Ten.

Manny frunce el ceño y le lanza una mirada sucia.

—¿Y tú?

Ten sonríe y Manny parece relajarse un poco. No responde, pero lo llamaré más tarde. No confía en nosotros y no quiero presionarlo.

Todo el mundo está ocupado comiendo. J.D. roba bocados de las bandejas de todos, y yo saco el móvil para enviarle un mensaje a Misha. Espero que no le importe que lo invite al baile de graduación.

Sin embargo, lo pienso mejor y voy a Google para encontrar su Facebook. He leído mucho sobre su vida y creo que ahora me gustaría verla. Supongo que lo último de lo que le apetece hablar es el baile de graduación, pero me gustaría comentárselo más pronto que tarde, para que al menos piense en ello.

No obstante, mientras escribo «Misha Lare Grayson» en el buscador y me desplazo para encontrarlo, me pierdo en más información de la que puedo manejar. Mi estómago se hunde y mi corazón se acelera.

«Ay, Dios mío.»

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