Punk 57

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Capítulo 20

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20

Ryen

La Cala aparece ante mí, enorme e imponente bajo las nubes grises. Aparco junto a la camioneta de Misha, salgo de mi Jeep y me dirijo a la entrada.

Ahora sé por qué me dejó de escribir hace tres meses.

Nunca debí dejar pasar tanto tiempo. Fue muy egoísta esperar a que él me respondiera, asumiendo que su problema era pequeño e insignificante y que proteger el statu quo de nuestra relación era más importante. Obviamente, no habría dejado de escribir por nada trivial. Había estado comprometido conmigo durante siete años. ¿Por qué pensé que sería tan arrogante? Ahora sé por qué se ha estado escondiendo aquí, lejos de su padre. Todo tiene sentido.

Casi.

Al entrar en el parque, siento la brisa fresca del aguacero de ayer rozar mis brazos. El aire es denso y pesado, y las nubes sobre nuestras cabezas amenazan más de lo mismo. Me abrazo para contrarrestar el ligero escalofrío. Paso por delante de los juegos mecánicos y de las antiguas cabinas y veo la caseta . Entro y bajo la oscura escalera, al instante veo una luz en el pasillo.

Este lugar me da mal rollo. Me he enterado que una empresa de Thunder Bay iba a comprar el terreno y planeaba derribar el antiguo parque temático y convertirlo en un hotel con campo de golf y muelle y todo eso, pero tal vez sea solo un rumor. Me entristecería que desapareciese La Cala, pero bueno.

Doblo las esquinas medio esperando ver aparecer a los payasos de la muerte. Demasiadas películas de terror, supongo. La habitación de Misha está iluminada por la lámpara de la mesita de noche, así como por algunas velas. Está recostado en la cama, con los pies en el suelo y las orejas cubiertas con auriculares mientras se golpea el muslo con un lápiz. Hay algunas cajas que parecen llenas de sus pertenencias junto a la puerta, pero además de la cama, la mesa y la lámpara, todo lo demás está guardado. Sonrío suavemente, incapaz de apartar los ojos de él. Su pie golpea el suelo al ritmo de la música, el aro de su labio hace que su boca parezca deliciosa y su cabello castaño oscuro, casi negro, ralo como si estuviera al viento. Me duele el corazón, mi estómago da volteretas y mis pulmones se llenan de aire que envía un escalofrío por mi columna vertebral.

Me encanta.

Doy un paso, me subo encima de él, me siento a horcajadas sobre su cintura y planto mis manos a ambos lados de su cabeza. Él se sacude y abre los ojos, su mirada se vuelve gentil y feliz cuando me ve. Se quita los auriculares.

—¿Estás bien?

Probablemente estuviese preocupado por dejarme en el instituto sola con Trey y Lyla. Asiento. Siento la tentación de contarle cómo me ha ido el día. Las amenazas de Trey, el encuentro con Manny en el baño, la conversación con J.D. y con Ten en el almuerzo. Pero no, ya basta de distracciones.

—¿Por qué no me hablaste de Annie? —pregunto.

Su expresión se vuelve sombría y se incorpora lentamente. Me aparto de él, me deslizo sobre la cama y me siento a su lado.

—Iba a hacerlo —dice, evitando mis ojos mientras apaga su iPod—. Solo estaba esperando a que nos tranquilizáramos.

Lo entiendo, pero no estoy hablando de cuando era Masen. Me refiero a sus cartas.

—¿Por qué me dijiste que tu apellido era Lare?

La chica de diecisiete años que murió en Old Pointe Road de un ataque al corazón se llamaba Anastasia Grayson. Annie para los amigos, supongo, pero Misha nunca me dijo su verdadero apellido.

—Lare es mi segundo nombre —responde—. Todo Thunder Bay conoce a los Grayson, mi abuelo es importante. Siempre he sentido presión para ser y actuar de cierta manera. De niño me resultaba irritante, y cuando comencé a escribirte, lo vi como una oportunidad para ser libre. Aunque dudo que un niño de diez años sepa quién era el senador Grayson de todos modos. —Él me lanza una risa débil—. Sin embargo, me lo cambié legalmente cuando cumplí los dieciocho. Me queda mucho mejor.

Así que supongo que no era la única que se hacía pasar por otra persona.

—Mi hermana era una estudiante de matrícula —explica—, una gran atleta, y siempre fue perfecta. No sabía cómo encontraba el tiempo y la energía para ser todo lo que era, pero no me di cuenta de lo que le estaba haciendo a su cuerpo hasta que fue demasiado tarde. Hubo señales, pero se nos escaparon. El dinero que me sisaba de la cartera, lo poco que dormía, la disminución del apetito...

Había leído los detalles cuando la policía había dado a conocer su nombre hace meses. Estaba corriendo, era tarde y estaba sola. Su coche no arrancaba, por lo que supusieron que estaba tratando de llegar a una estación de servicio o algo así. Se había derrumbado con el teléfono en la mano y, cuando había llegado la ayuda, era demasiado tarde. Gracias a la autopsia se descubrió que llevaba mucho tiempo drogándose.

No seguí la historia, no me interesaba. Ella era solo una chica desconocida, pero escuché lo suficiente como para conocer los detalles y me dan escalofríos al recordar lo que pensé sin saber que era la hermana de Misha.

—Sucedió la noche que nos conocimos, en la fiesta del almacén —digo, recordando la fecha.

Asiente distraídamente, sin dejar de mirar al vacío.

—Tú y yo estábamos hablando, y ella...

«Se murió.» Aparto la mirada.

—No pude soportar nada después de eso —explica—. Dejé de escribir porque no era capaz de hablar del tema, pero tampoco de otra cosa. No podía seguir como antes ni afrontar que ella se hubiese ido. Me sentí morir. —Al fin me mira—. Te necesitaba, pero ya no sabía cómo hablarte. Ni a nadie. Yo había cambiado.

—Puedes hablar ahora.

Sonríe y me lleva a su regazo.

—Sí, nunca volveré a dejar de hablarte.

Toco mi frente con la suya, sin saber qué haría sin él. Odio que me dejase de escribir. Odio que fingiera ser Masen. Pero estoy muy contenta de estar aquí. Lo que más detesto es que fuese la muerte de su hermana lo que lo trajo aquí.

—Entiendo por qué dejaste de escribir y por qué te escapaste, pero... —Lo miro a los ojos—. ¿Para qué te matriculaste en el instituto? Si no fue por mí, ¿por qué?

Niega con la cabeza y deja escapar un suspiro.

—Por nada.

—Misha.

—En serio, no es nada —asegura—. Pensé que tenía otra razón para estar aquí, alguien a quien conocía, pero no. Me siento estúpido. No debería haber venido. —Y luego sonríe, envolviendo sus brazos alrededor de mí—. Pero no lamento haberlo hecho.

Ladeo la cabeza, exasperada. Me está ocultando algo.

—Te quiero —dice—. Eso es todo lo que importa.

Y parece tan tranquilo y feliz que no quiero arruinarlo. Respiro hondo y me relajo.

—¿Puedo recuperar la bufanda?

—Sí.

—Te quiero —le digo, mis dedos hormiguean mientras el latido de mi corazón se acelera.

Sus dedos agarran mi cintura.

—Ya venía siendo hora.

Exhalo una carcajada y lo beso. Siempre se está metiendo conmigo.

—Y creo que ya es hora de que conozca a tu madre —afirma.

—Uf, ¿es obligatorio? —Dejo besos por su mejilla y por su cuello, más interesada en otra cosa en este momento.

—¿Crees que no le caeré bien?

Suspiro, mirándolo de nuevo. Mi madre es encantadora, pero estricta. Al verme enamorada y alegre y tal, su primera preocupación será asegurarse de que no deje la universidad para casarme.

—Bueno, eres nieto de un senador —digo—. ¿Podemos contarle eso primero?

Él bufa y niega con la cabeza. Supongo que no.

—Vale, vale —corto—. Pero después, tengo un favor que pedirte.

—Mejor ahora.

—No —digo—. Te lo diré en la camioneta. Es algo ilegal.

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